domingo, 6 de noviembre de 2016

Francisco pide que se mejoren las condiciones de vida en las cárceles del mundo

Queridos hermanos y hermanas,
En ocasión del Jubileo de hoy de los Reclusos, querría hacer un llamamiento a favor de la mejora de las condiciones de vida en las prisiones de todo el mundo, de manera que respete plenamente la dignidad humana de los detenidos. Además, deseo reiterar la importancia de reflexionar sobre la necesidad de una justicia penal que no sea exclusivamente punitiva, sino que esté abierta a la esperanza y la prospectiva de insertar al encarcelado en la sociedad. De manera especial, someto a consideración de las autoridades civiles de cada país la posibilidad de hacer, en este Año Santo de la Misericordia, un acto de clemencia a favor de los presos que considerarán idóneos para que se beneficien de tal disposición.
Hace dos días entró en vigor el Acuerdo de París sobre el clima del Planeta. Este importante paso hacia delante demuestra que la humanidad tiene la capacidad de colaborar para salvaguardar lo creado, para poner la economía al servicio de las personas y para construir la paz y la justicia. Mañana comenzará en Marrakech, Marruecos, una nueva sesión de la Conferencia sobre el clima, dirigida, entre otras cosas, a la actuación de dicho acuerdo. Deseo que todo este proceso esté guiado desde la consciencia de nuestra responsabilidad para el cuidado de la casa común.
Ayer en Escútari, Albania, fueron proclamados beatos 38 mártires: dos obispos, numerosos sacerdotes y religiosos, un seminarista y también laicos, víctimas de la durísima persecución del régimen ateo que dominó durante mucho tiempo este país en el siglo pasado. Ellos sufrieron la cárcel, las torturas y al final la muerte, por ser fieles a Cristo y a la Iglesia. Que su ejemplo nos ayude a encontrar en el Señor la fuerza que sostiene en los momentos de dificultad y que inspira actitudes de bondad, de perdón y de paz.
Saludo a todos ustedes, peregrinos, llegados de diferentes países: las familias, los grupos parroquiales y las asociaciones. En particular, saludo a los fieles de Sídney y de San Sebastián de los Reyes, al Centro Académico Romano Fundación, y a la comunidad católica venezolana en Italia, como también a los grupo de Adria-Rovigo, Mendrisio, Roccadaspide, Nova Siri, Pomigliano D’Arco y Picerno.
A todos les deseo un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!
(Mónica Zorita- RV)   (rom Vatican Radio)

LA VIDA FUTURA

Hemos celebrado esta misma semana la Conmemoración de los Fieles de Difuntos y quizá hemos acudido a honrar el lugar donde reposan nuestros seres queridos. En este contexto, es oportuna y providente la enseñanza que nos ofrece la Liturgia de la Palabra de este domingo.
En una de mis parroquias, el día de la fiesta patronal, uno de los vecinos expresaba con gracejo ante quien no viene ordinariamente a la iglesia, “Ya ve, hoy ha venido hasta el chino”. Y la persona aludida me confesaba: “Qué feliz era mi madre porque creía en esto, pero yo tengo otras ideas”.
El profesor Miguel García Baró afirmaba en una de sus conferencias: “La cultura actual es nihilista porque no cree en ningún absoluto”, y también: “El cristiano es el testigo de la esperanza absoluta”. Hoy la Palabra nos ofrece la razón de la esperanza: “Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente”.
Es muy distinto caminar de cara al vacío, que hacerlo poniendo los ojos en el horizonte luminoso del abrazo de Dios, como dice el salmista: “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor”.
Desde la esperanza teologal cabe hasta el acto supremo de entregar la vida: “Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará”. Y sigue el texto: “Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”.
No estamos en este mundo como desterrados sin futuro. No hemos recibido la existencia para padecer o gozar de manera presentista los acontecimientos aciagos o afortunados de la vida. Tenemos a Alguien que nos ha precedido y que ha superado la muerte.
Gracias al Redentor es posible caminar con esperanza y mirar la existencia desde la luz de la fe como antesala de lo definitivo, de tal forma que algunos en razón de esta perspectiva se atreven a tomar una forma de vida profética. “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección”.
Te deseo que en cualquier circunstancia te sostenga la certeza de la vida futura.
Ángel Moreno de Buenafuente

A Dios no se le mueren sus hijos

Jesús ha sido siempre muy sobrio al hablar de la vida nueva después de la resurrección. Sin embargo, cuando un grupo de aristócratas saduceos trata de ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, Jesús reacciona elevando la cuestión a su verdadero nivel y haciendo dos afirmaciones básicas.
Antes que nada, Jesús rechaza la idea pueril de los saduceos que imaginan la vida de los resucitados como prolongación de esta vida que ahora conocemos. Es un error representarnos la vida resucitada por Dios a partir de nuestras experiencias actuales.
Hay una diferencia radical entre nuestra vida terrestre y esa vida plena, sustentada directamente por el amor de Dios después de la muerte. Esa Vida es absolutamente «nueva». Por eso, la podemos esperar pero nunca describir o explicar.
Las primeras generaciones cristianas mantuvieron esa actitud humilde y honesta ante el misterio de la «vida eterna». Pablo les dice a los creyentes de Corinto que se trata de algo que «el ojo nunca vio ni el oído oyó ni hombre alguno ha imaginado, algo que Dios ha preparado a los que lo aman».
Estas palabras nos sirven de advertencia sana y de orientación gozosa. Por una parte, el cielo es una «novedad» que está más allá de cualquier experiencia terrestre, pero, por otra, es una vida «preparada» por Dios para el cumplimiento pleno de nuestras aspiraciones más hondas. Lo propio de la fe no es satisfacer ingenuamente la curiosidad, sino alimentar el deseo, la expectación y la esperanza confiada en Dios.
Esto es, precisamente, lo que busca Jesús apelando con toda sencillez a un hecho aceptado por los saduceos: a Dios se le llama en la tradición bíblica «Dios de Abrahán, Isaac y Jacob». A pesar de que estos patriarcas han muerto, Dios sigue siendo su Dios, su protector, su amigo. La muerte no ha podido destruir el amor y la fidelidad de Dios hacia ellos.
Jesús saca su propia conclusión haciendo una afirmación decisiva para nuestra fe: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos». Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le va dejando a Dios sin sus hijos e hijas queridos. Cuando nosotros los lloramos porque los hemos perdido en esta tierra, Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre.
Según Jesús, la unión de Dios con sus hijos no puede ser destruida por la muerte. Su amor es más fuerte que nuestra extinción biológica. Por eso, con fe humilde nos atrevemos a invocarlo: «Dios mío, en Ti confío. No quede yo defraudado» (Salmo 25,1-2).
José Antonio Pagola

¿Resucitar?


Jesús llega al final de su largo viaje hacia Jerusalén, donde, tras su entrada triunfal, se dirige al grandioso templo para purificarlo de las actividades mercantiles que profanaban su verdadero sentido. Las consecuencias lógicas de este atrevimiento es el conflicto y la controversia con las autoridades judías. Había alterado el ambiente establecido y los líderes religiosos, sobre todo escribas y saduceos, emprenden una campaña para desprestigiar y atrapar a Jesús con preguntas capciosas que cuestionen y comprometan su autoridad. Jesús se enfrenta a la oposición de estos grupos relevantes de la sociedad judía que buscan estratégicamente poder arrestarlo.
Anteriormente Jesús a criticado el orgullo y la avaricia de los fariseos; ahora se opone abiertamente a los saduceos, ricos y sabios, pertenecientes a las nobles familias sacerdotales de Jerusalén asociadas al templo, con gran influencia política, que negaban la resurrección de los muertos e incluso la creencia en los ángeles, porque, -según su opinión- no hay referencia alguna de estos conceptos en los libros de la Torá, considerada por ellos la única autoridad o Ley. Los saduceos saben que Jesús cree en la resurrección de los muertos. Se enfrentan a él y le preguntan en público para que diga algo escandaloso ante el pueblo y tengan motivo para acusarlo y arrestarlo.
La Ley del levirato
La ridícula pregunta que hacen a Jesús plantea un caso poco probable, pero posible. Se trata de una situación hipotética para proponer una discusión acerca de la aplicación correcta de un mandato bíblico: la ley del levirato. Según el libro del Deuteronomio 25, 5-6, cuando muere un hombre casado sin hijos, el hermano tiene que casarse con la viuda para dar descendencia al difunto y, además, el primogénito de la pareja llevará el nombre del difunto.
Apoyados en este texto, los saduceos se dirigen a Jesús llamándole «maestro» con el fin de adularlo, pero la pregunta pretende confundirle y menospreciar su autoridad: En el caso hipotético que una mujer tuviera que casarse con siete hermanos y si hubiera resurrección e inmortalidad después de esta vida… ¿cuál de todos ellos será su marido en la vida futura? La pregunta considera la resurrección como una prolongación de la vida terrena, tal como la conocemos. Invitan a Jesús a entrar en una discusión entre saduceos y fariseos, porque éstos no creen en la resurrección y los saduceos, sí.
Enseñanza de Jesús:
Jesús aprovecha la ocasión para enseñar sobre el matrimonio y la resurrección de los muertos. Advierte que el matrimonio sirve al orden natural del mundo creado y, por ende, es la base de la familia y de la sociedad. La ley del levirato sirve precisamente para estos propósitos queridos por Dios. Sin embargo, los muertos que alcanzan la resurrección participan de una nueva creación fuera de nuestro entendimiento y en la que el matrimonio será irrelevante. La procreación es necesaria solo en el mundo donde la gente muere, pero no en el mundo donde quienes lo habitan son «como ángeles» y no hay muerte.
Y aprovecha una cita del libro del Éxodo, precisamente de la Torá para afirmar ante los saduceos su enseñanza sobre al resurrección. Dios se manifiesta a Moisés como el «Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob» (Éxodo 29,37). En el tiempo de Moisés hacía muchos años que habían muerto ya los patriarcas citados, sin embargo, Dios habla de ellos en presente, como si estuvieran vivos. Jesús, al referirse a este pasaje fundamental del judaísmo, afirma que la Torá sí habla de la resurrección. La respuesta de Jesús afirma una diferencia radical entre la vida terrena y la vida de la resurrección. Ésta no consiste en una mera continuación de la vida terrena, sino en una vida distinta y plena, que no podemos limitar con nuestras categorías humanas. Jesús afronta el reto de sus opositores y resuelve sabiamente la cuestión planteada. Afirma abiertamente la resurrección de los muertos y la vida después de la muerte.
También hoy mucha gente continua haciéndose preguntas sobre este tema. Para muchos resulta absurdo creer en la resurrección, y prefieren optar por la reencarnación o por la nada. Sin embargo, los cristianos, confiados en la promesa de Jesucristo, no solo creemos, sino que esperamos la resurrección, como respuesta de Dios al enigma de la muerte. El Dios cristiano no es «Dios de muerte», es decir, del vacío absurdo y de la nada final. Es un «Dios de vida», del que procede la vida y al que tienden todos los vivientes. Así lo afirma Jesús en el evangelio: «No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos». El evangelio nos invita a reafirmar con Cristo nuestra fe y esperanza en la vida eterna, tal como profesamos en el Credo: «Creo en la resurrección de los muertos, en la vida del mundo futuro. Amén.»
Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
Alfa y Omega

No es Dios de muertos, sino de vivos


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 20, 27-38
En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron cono mujer».
Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».
Palabra del Señor.

sábado, 5 de noviembre de 2016

5 de noviembre: santa Ángela de la Cruz


Desde pequeñita fue alegre, devota y trabajadora. Sus problemas de salud le impidieron entrar en las Carmelitas Descalzas y las Hijas de la Caridad. Pasado el tiempo, y tras una profunda maduración espiritual fundamentada en la oración, fundó el Instituto de Hermanas de la Compañía de la Cruz, que se caracterizaban por el servicio a los pobres, «haciéndose pobre con el pobre para llevarlo a Cristo». Murió en 1932 y fue canonizada en 2003 en Madrid por san Juan Pablo II
Santa Ángela de la Cruz, más conocida como sor Ángela de la Cruz, nació en Sevilla en 1846. De pequeña era una niña alegre, devota y trabajadora. A los 13 años se tuvo que poner a trabajar y entró en un taller de zapatería. Tres años después, sor Ángela conoce al padre José Torres, un apoyo para su vida espiritual que le anima a madurar en su fe.
Tras un proceso de maduración espiritual, Ángela decide hacerse religiosa pero las Carmelitas Descalzas y las Hijas de la Caridad la rechazan por motivos de salud, así que, a pesar de no poder entrar como monja, Ángela continúa su vida de oración. Es estando en recogimiento, cuando ve una cruz vacía frente a la Cruz de Cristo crucificado, y recibe la inspiración de inmolarse junto a Jesús para la salvación de las almas. Esta inspiración presidirá toda su vida y la de sus hijas en la orden que iba a fundar.
Tras el suceso el padre José le manda escribir un diario espiritual. En él fue detallando su estilo de vida, que sería después el de sus hijas, cuando, en 1875, Ángela funde el Instituto de Hermanas de la Compañía de la Cruz, caracterizado por el servicio a los pobres «haciéndose pobre con el pobre para llevarlo a Cristo».
Las vocaciones crecen rápidamente así como las personas a las que tienen que atender. Pobres y ricos, todos estiman a las Hermanas de la Compañía de la Cruz. Son años de muchas fundaciones para Ángela, que morirá el 2 de marzo de 1932 a los 86 años de edad.
Fue beatificada en 1982 y canonizada por san Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003 en la madrileña plaza de Colón.
José Calderero @jcalderero

 Alfa y Omega

Comentario de Benedicto XVI al evangelio según san Lucas (16,9-15)



«Narrando la parábola de un administrador injusto, pero muy astuto, Cristo enseña a sus discípulos cuál es el mejor modo de utilizar el dinero y las riquezas materiales, es decir, compartirlos con los pobres, granjeándose así su amistad con vistas al reino de los cielos. 

"Haceos amigos con el dinero injusto —dice Jesús—, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas" (Lc 16, 9). El dinero no es "injusto" en sí mismo, pero más que cualquier otra cosa puede encerrar al hombre en un egoísmo ciego. 

Se trata, pues, de realizar una especie de "conversión" de los bienes económicos: en vez de usarlos sólo para el propio interés, es preciso pensar también en las necesidades de los pobres, imitando a Cristo mismo, el cual, como escribe san Pablo, "siendo rico, por vosotros se hizo pobre, a fin de que os enriquecierais con su pobreza" (2 Co 8, 9). Parece una paradoja Cristo no nos ha enriquecido con su riqueza, sino con su pobreza, es decir, con su amor, que lo impulsó a entregarse totalmente a nosotros. 

Aquí podría abrirse un vasto y complejo campo de reflexión sobre el tema de la riqueza y de la pobreza, incluso a escala mundial, en el que se confrontan dos lógicas económicas la lógica del lucro y la lógica de la distribución equitativa de los bienes, que no están en contradicción entre sí, con tal de que su relación esté bien ordenada. La doctrina social católica ha sostenido siempre que la distribución equitativa de los bienes es prioritaria. El lucro es naturalmente legítimo y, en una medida justa, necesario para el desarrollo económico. 

(...) La emergencia del hambre y la emergencia ecológica muestran cada vez con más evidencia que cuando predomina la lógica del lucro aumenta la desproporción entre ricos y pobres y una dañosa explotación del planeta. En cambio, cuando predomina la lógica del compartir y de la solidaridad, es posible corregir la ruta y orientarla hacia un desarrollo equitativo y sostenible. 

María santísima, que en el Magníficat proclama el Señor "a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos" (Lc 1, 53), ayude a los cristianos a usar con sabiduría evangélica, es decir, con generosa solidaridad, los bienes terrenos, e inspire a los gobernantes y a los economistas estrategias clarividentes que favorezcan el auténtico progreso de todos los pueblos. 

(Benedicto XVI, Ángelus del 23-9-2007)

NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO


Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,9-15):


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. 

El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? 

Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.»

Oyeron esto los fariseos, amigos del dinero, y se burlaban de Él.
Jesús les dijo: «Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro. La arrogancia con los hombres Dios la detesta.»

Palabra del Señor

viernes, 4 de noviembre de 2016

La mirada de Dios hacia ti. Una mirada de amor incondicional que nunca se olvida


«El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda su ternura y bondad» (Benedicto XVI).
Se dice que los ojos son el espejo del alma. La mirada de las personas expresa muchas veces lo que viven en su interior. Miradas, a veces, vacías; miradas desinteresadas; miradas de dureza o de tristeza. Miradas profundas que nos expresan experiencias de dolor o sufrimiento; miradas de esperanza y alegría. Miradas esquivas que expresan sentimientos de culpa.
En relación con las personas a nuestro alrededor, podríamos preguntarnos: ¿Cómo reaccionamos ante las miradas de las personas? ¿Nos dejamos tocar por lo que vemos a nuestro alrededor? ¿Por qué muchas veces volteamos la mirada? Puede ser por miedo al compromiso; podría también ser por el dolor de lo que percibimos.
Cabe preguntarnos: ¿Cómo es nuestra mirada? Muchas veces buscamos la seguridad en nuestras vidas teniendo la mirada puesta en cuestiones exteriores: lo que los demás piensan de nosotros, la imagen que queremos proyectar, entre otros. No está en la mirada exterior la búsqueda de la seguridad que tanto buscamos. Es en la mirada interior. Es la mirada de amor y el percibirnos amados por otro, lo que nos da la auténtica seguridad.
Mirada divina
Existe un tipo de mirada que cuando uno la percibe en su interior, nunca olvida: la mirada divina. Es la mirada del amor incondicional de Dios que se fija en ti independientemente de lo que hayas hecho o de tus méritos. Es una mirada gratuita de amor que cuando toca nuestro corazón nunca vuelve a ser el mismo. En Dios descubrimos un amor incondicional donde cada uno redescubre su dignidad y su propia identidad. Es esa mirada interior, que se aleja de lo vano y de lo superfluo; esa mirada sencilla y penetrante que cuestiona e interpela, que en ocasiones es como un susurro que resulta ser una brisa confortante para el que busca paz o una palabra tan aguda como espada de dos filos que penetra hasta el fondo del alma.
¿Cuánto dura esa mirada? Es una mirada de amor eterno. A diferencia de las ilusiones que plantea el mundo y se acaban, la mirada de Dios permanece. Dios nos ha visto desde siempre. Somos fruto de un sueño eterno de Dios quien nos invita a cumplir una misión que tiene algo de la eternidad de Dios impresa en nuestro interior. En esa mirada está contenida la eternidad. En el momento donde la mirada de Dios y la nuestra se encuentran, se define nuestro destino eterno.
Solo dejándonos impulsar, día a día, por esa mirada no habrá tristeza, ni dolor, ni angustia que pueda resistir el ardor de ese encuentro.
¿Cómo ilumina la mirada divina mi propia mirada?
Es una mirada que quiere a través de mi pobre mirada irradiar la fuerza de su amor. La mirada de Dios sondea lo más profundo de mi interior. Es una mirada esperanzadora pues reconoce la dignidad de cada hijo. Es una mirada en la que tú reconoces algo de ti mismo, pero siempre te sobrepasa. Es una mirada que traspasa el tiempo y el espacio y por eso anticipa la gloria a la que un día participaremos si somos fieles.     
«El Salmo 122 es una súplica en la que la voz de un fiel se une a la de toda la comunidad: de hecho, el Salmo pasa de la primera persona del singular –«a ti levanto mis ojos»– a la del plural «nuestros ojos» (Cf. versículos 1-3). Expresa la esperanza de que las manos del Señor se abran para difundir dones de justicia y de libertad. El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda su ternura y bondad, como se lee en la antigua bendición sacerdotal del libro de los Números: 2ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz2 (Números 6, 25-26)» Benedicto XVI.
Artículo escrito por Carlos Muñoz.

Desde mi cruz, te envío este mensaje: Desde mi cruz a tu soledad

Todo sufrimiento humano, unido al de Cristo, es fuente de salvación, de redención. Podemos aprovechar nuestro sufrimiento y convertirlo en fuente de frutos de salvación. El sufrimiento del inocente sólo se entiende desde Cristo, el cordero inocente llevado al matadero. Él fue inocente: "Pasó haciendo el bien", fue signo de contradicción, fue llevado como un malhechor, sufrió uno de los más terribles tormentos, la crucifixión; pero lo hizo por amor, para enseñarnos el valor del dolor y que también cada uno de nosotros lo podamos vivir así cuando nos llegue.

Te escribo desde mi cruz a tu soledad, a ti, que tantas veces me miraste sin verme y me oíste sin escucharme. 
A ti, que tantas veces prometiste seguirme de cerca y sin saber por qué te distanciaste de las huellas que dejé en el mundo para que no te perdieras.

A ti, que no siempre crees que estoy contigo, que me buscas sin hallarme y a veces pierdes la fe en encontrarme; a ti, que a veces piensas que soy un recuerdo y no comprendes que estoy vivo.

Yo soy el principio y el fin, soy el camino para no desviarte, la verdad para que no te equivoques y la vida para no morir. Mi tema preferido es el amor, que fue mi razón para vivir y para morir.

Yo fui libre hasta el fin, tuve un ideal claro y lo defendí con mi sangre para salvarte. Fui maestro y servidor, soy sensible a la amistad y hace tiempo que espero que me regales la tuya.

Nadie como yo conoce tu alma, tus pensamientos, tu proceder, y sé muy bien lo que vales. Sé que quizás tu vida te parezca pobre a los ojos del mundo, pero Yo sé que tienes mucho para dar, y estoy seguro que dentro de tu corazón hay un tesoro escondido; conócete a ti mismo y me harás un lugar a mí.

¡Si supieras cuánto hace que golpeo las puertas de tu corazón y no recibo respuesta! A veces también me duele que me ignores y me condenes como Pilatos, otras, que me niegues como Pedro y que otras tantas me traiciones como Judas.

Hoy te pido que te unas a mi dolor, que lleves tu pequeña cruz junto a la mía, te pido paciencia y perdón para tus enemigos, amor para tu pareja, responsabilidad para con tus hijos, tolerancia para los ancianos, comprensión para todos tus hermanos, compasión para el que sufre, servicio para todos, así lo he vivido Yo, y así te lo he enseñado.

Quisiera no volver a verte egoísta, orgulloso, rebelde, disconforme, pesimista. Desearía que tu vida fuera alegre, siempre joven y cristiana. Cada vez que aflojes, búscame y me encontrarás; cada vez que te sientas cansado, háblame, cuéntame.

Cada vez que creas que no sirves para nada, no te deprimas, no te creas poca cosa, no olvides que yo necesité de un asno para entrar en Jerusalén y necesito de tu pequeñez para entrar en el alma de tu prójimo. Cada vez que te sientas solo en el camino, no olvides que estoy contigo. No te canses de pedirme, que yo no me cansaré de darte, no te canses de seguirme, que yo no me cansaré de acompañarte, nunca te dejaré solo.

Aquí a tu lado me tienes, estoy para ayudarte.
Desde mi cruz, te envío este mensaje, te quiero mucho. Tu amigo: Jesús
 P. Dennis Doren 

Asumir la muerte

El hombre contemporáneo consume la vida pero no asume la muerte, que es su consumación: el descanso eterno, la paz perpetua. Nuestro viejo heroísmo fatuo nos impide asumir nuestra parte oscura de víctimas, el otro lado del espejo, lo dracontiano de la existencia considerado como monstruoso.
Solamente en la experiencia hospitalaria de un Hospital entrevemos la otra visión o versión del mundo, el auténtico heroísmo de médicos y enfermeras que no se enfrentan al mal belicosamente, sino que lo afrontan positivamente para sanarlo o salvarlo.
Llegó el otoño y yo pensaba que había cogido una astenia estacional, pero tenía una anemia estacionaria causada por cierta pérdida de sangre. Ingresé en el impresionante Hospital Miguel Servet de Zaragoza, el panteón de los enfermos aragoneses, bajo el patronazgo de nuestro famoso médico y teólogo, propugnador de la salud física o corporal y la salvación anímica o espiritual. Allí me han sometido en su inframundo a sus benévolas máquinas infernales y me descubrieron la causa: un tumor cancerígeno, un cáncer de colon, con un puntito negro en el hígado, cuya operación preparamos para su próxima ejecución.
Inmediatamente te rodean como un cordón sanitario médicos y enfermeras, la familia y los amigos, los cofrades de la residencia y los recuerdos fundantes de los padres ya fallecidos.
A estas alturas de la vida ya no me asusto y lo asumo y encajo bien. Ya he vivido, que sea lo que Dios quiera. Noto que esta enfermedad tan simbólica como real confiere una cierta autoridad moral, siquiera desautorizada y desmoralizada físicamente. Estoy bien, un poco débil o debilitado, pero tranquilo, observo que al estar enfermo te quieren un poco más.
Por eso sería un buen momento existencial para realizar el tránsito trascendental al otro ámbito radical (el trasmundo). Pero aprovecho para participar en la presentación de mi último librejo de poemas -Poética del sentido- en la Biblioteca de Aragón, acompañado por los amigos aragoneses pero también vascos. Nuestro bailarín Miguel Ángel Berna puso un colofón brillante, al ofrecernos una preciosa escenificación de mi propia filosofía del contraste o de los contrastes.
En nuestra existencia se trata de vivir la vida sana y enferma, la juventud y la vejez. Lo mejor al respecto es implicar la existencia en su devenir, plantando fuerte en la adversidad, así pues asumiéndola para tratar de trasfigurarla. En este contexto la figura de Miguel Servet resulta arquetípica, ya que condensa en su vida y muerte la libertad personal y el destino o necesidad impersonal, la fe religiosa y la caridad humana.
Por lo demás, nuestro patrono afirmó que todos tienen/tenemos parte de verdad y error, por eso se trataría por tanto de compartirla (y no de partirla). Un mensaje política y socialmente muy relevante en nuestra actual circunstancia nacional e internacional.
Andrés Ortiz-Osés

Misa del Papa por los cardenales y obispos difuntos: testimoniaron y donaron a los demás el amor de Jesús

El primer viernes de noviembre, en el mes en que la piedad cristiana recuerda a los fieles difuntos, el Papa Francisco presidió la celebración de la Santa Misa en la Basílica Vaticana en sufragio de los Cardenales y Obispos fallecidos durante los últimos doce meses. De todos ellos el Pontífice recordó que han concluido su jornada terrenal a la vez que invitó a la asamblea a encomendarlos, una vez más, a la bondad misericordiosa del Padre, renovando nuestro reconocimiento por el testimonio cristiano y sacerdotal que han dejado.
Después de recordar que el camino hacia la casa del Padre comienza para cada uno de nosotros el mismo día en que abrimos los ojos a la luz, y mediante el Bautismo, a la gracia, el Santo Padre destacó que los Cardenales y Obispos que hoy recordamos en la oración, durante toda su vida, especialmente después de haberla consagrada a Dios, se han dedicado a testimoniar y donar a los demás el amor de Jesús. Y con su palabra y ejemplo – dijo – han exhortado a los fieles a hacer lo mismo.
“Han sido pastores de la grey de Cristo y, a imitación suya, se han gastado, entregado y sacrificado por la salvación del pueblo que se les había encomendado. Lo han santificado mediante los Sacramentos y lo han guiado por el camino de la salvación; henchidos por el poder del Espíritu Santo han anunciado el Evangelio; con amor paterno se han esforzado por amar a todos, especialmente a los pobres, indefensos y necesitados de ayuda. Por esta razón, al término de su existencia, pensamos que el Señor “los ha recibido como la oferta de un holocausto”.
Y ahora – dijo el Papa Bergoglio – nosotros estamos aquí, rezando por ellos, y ofreciendo el divino Sacrificio en sufragio de sus almas, pidiendo al Señor que los haga resplandecer para siempre en su reino de luz. Asimismo recordó el Santo Padre que “en nombre del Dios de la misericordia y del perdón, sus manos han bendecido y absuelto, sus palabras han consolado y enjugado lágrimas, su presencia ha testimoniado con elocuencia que la bondad de Dios es inagotable y que su misericordia es infinita.
Y al recordar que algunos de ellos fueron llamados a dar testimonio del Evangelio de modo heroico, soportando grandes tribulaciones, el Sucesor de Pedro invitó, en esta misa de sufragio, a alabar a Dios por el bien que el Señor ha hecho por nosotros y por su Iglesia a través de estos hermanos nuestros y padres en la fe.
“A la luz del Misterio pascual de Cristo, su muerte es en realidad, el ingreso en la plenitud de la vida. En esta luz de fe, nos sentimos aún más cerca de nuestros hermanos difuntos: la muerte nos ha separado aparentemente, pero el poder de Cristo y de su Espíritu nos une de manera aún más profunda. Seguiremos sintiéndolos junto a nosotros en la comunión de los santos. Alimentados por el Pan de la vida, también nosotros, junto a cuantos nos han precedido, esperamos con firme esperanza el día del  encuentro cara a cara con el rostro luminoso y misericordioso del Padre”.
Que sobre ellos, y sobre nosotros – terminó diciendo Francisco en su homilía – vele siempre nuestra madre María, para que no nos separemos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

San Carlos Borromeo – 4 de noviembre



entre otros santos, este ilustre cardenal fue contemporáneo de Felipe Neri, Ignacio de Loyola, y Francisco de Borja. Se convertiría en una de las figuras representativas de la Contrarreforma. California honra su memoria con una misión que lleva su nombre gracias al gran apóstol franciscano y santo mallorquín, fray Junípero Serra, que lo eligió para nominar su segunda fundación en 1770. Los restos mortales de este heroico misionero, que fue beatificado por Juan Pablo II el 25 de septiembre de 1988, se custodian en el Duomo de Milán.
Carlos nació el 2 de octubre de 1538 en la fortaleza de Arona, propiedad de sus padres, los nobles Gilberto Borromeo y Margarita de Médicis, hermana del papa Pío IV. Era el tercero de seis vástagos, aunque la familia vivió la tragedia de la desaparición del primogénito que se cayó de un caballo. Precisamente este suceso fue interpretado por el santo como una señal del cielo que le invitaba a centrarse en la búsqueda del bien, para no ser sorprendido por la postrera llamada de Dios sin estar preparado. Fue un niño devoto, prematuro en su vocación, muy responsable, como lo fue en la asunción de las altas misiones que le serían confiadas. Con solo 12 años recibió la tonsura. Luego cursó estudios en Milán y en la universidad de Pavía, formación que completó provechosamente, a pesar de que no era excesivamente brillante, y además tenía una seria dificultad para expresarse. Su conducta intachable, en la que se advertía su gran madurez, le convirtió en modelo para otros estudiantes.
Ya había muerto su hermano mayor, cuando determinó ser ordenado sacerdote después de renunciar a sus derechos sucesorios y a los bienes que llevaba anejos. También se alejó de una vida, que sin ser disipada, era bastante despreocupada, por así decir. El lujo, la música, y el ajedrez formaban parte de su acontecer. Se doctoró a los 22 años. Unos meses antes, en enero de 1560, su tío Giovanni, elegido pontífice Pío IV tras la muerte de Pablo IV, lo designó cardenal diácono. Con posterioridad le encomendó la sede de Milán, a la que ascendió como arzobispo a la edad de 25 años, y en la que permaneció hasta el fin de sus días. Evidentemente, su carrera estaba siendo meteórica. Por si fuera poco, el pontífice añadió nuevas misiones como legado de Bolonia, de la Romagna, de la Marca de Ancona, del protectorado de Portugal, de los Países Bajos, de los cantones de Suiza y otras. Fueron tantas y de tal envergadura las responsabilidades que recayeron sobre él que no pueden sintetizarse en este espacio. Asumió todas con dignidad, y lo más sorprendente: aún sacaba tiempo para ocuparse de asuntos familiares, hacer ejercicio y escuchar música.
Como Pío IV lo retuvo junto a él, inicialmente no pudo afrontar in situ los graves desórdenes que había en Milán. Un día el arzobispo de Braga, Bartolomé de Martyribus, acudió a Roma, y Carlos le confesó: «Ya veis la posición que ocupo. Ya sabéis lo que significa ser sobrino, y sobrino predilecto de un papa, y no ignoráis lo que es vivir en la corte romana. Los peligros son inmensos. ¿Qué puedo hacer yo, joven inexperto? Mi mayor penitencia es el fervor que Dios me ha dado y, con frecuencia, pienso en retirarme a un monasterio a vivir como si solo Dios y yo existiésemos». El consejo que le dio el noble prelado luso fue que se mantuviese fiel a su misión. Pero más tarde, Carlos supo que el motivo del viaje de este obispo había sido renunciar a la suya, y naturalmente le pidió una explicación, que aquél le proporcionó con sumo tacto y delicadeza.
Gracias a su fe, tesón y energía logró que salieran adelante proyectos de gran calado en circunstancias adversas y sumamente difíciles. Fue un hombre de oración, caritativo, exigente y severo consigo mismo, piadoso y misericordioso con los demás, muy generoso con los pobres a los que constantemente daba limosna; un gran diplomático y defensor de la fe, así como restaurador del clero. Convocó sínodos, erigió seminarios y casas de formación para los sacerdotes,  construyó hospitales y hospicios donando sus bienes, visitó en distintas ocasiones la diócesis, alentó en la vivencia de las verdades de la fe a todos, etc. Fue un ejemplar pastor entregado a su grey que luchó contra la opresión de los poderosos, e hizo frente también a las herejías, además de cercenar las costumbres licenciosas. «Las almas se conquistan con las rodillas», solía decir, sabiendo el valor incomparable que tiene la oración, siempre bendecida por Dios.
Pío IV murió en 1565 y Carlos pudo regresar a Milán. Desempeñó un papel decisivo en el Concilio de Trento y no tuvo reparos en sujetar a los religiosos y al clero con una severa disciplina. Por este motivo, los violentos se cebaran en él al punto de atentar contra su vida, como hizo Farina en su fallido intento el 26 de octubre de 1569, después de haberla tasado en veinte monedas de oro. Durante la epidemia de peste su objetivo principal fue atender a los enfermos acogidos en su propia casa; palió las carencias que tenían para poder vestirse utilizando los cortinajes del palacio episcopal. En 1572 participó en el cónclave que eligió a Gregorio XIII. Ese mismo año se convirtió en miembro de la Penitenciaría Apostólica.
Cuando en Milán se desató la epidemia de peste en 1576, socorrió a los damnificados, consoló a los afligidos enfermos en los lazaretos y ayudó a dar sepultura a los fallecidos. En 1578 fundó los Oblatos de San Ambrosio, congregación de sacerdotes seculares, las «escuelas dominicanas», una academia en el Vaticano, fundó el Colegio helvético para ayudar a los católicos suizos, y encomendó a Palestrina la composición de la Missa Papae Maecelli, entre otras acciones. Maestro y confesor de san Luís Gonzaga, le dio la primera comunión en julio de 1580. Sus conferencias y reflexiones se hallan compendiadas en la obra Noctes Vaticanae. Murió el 3 de noviembre de 1584. Pablo V lo beatificó el 12 de mayo de 1602, y también lo canonizó el 1 de noviembre de 1610.

«Si Dios no abandona a nadie, ¿cómo vamos a hacerlo los que nos decimos discípulos suyos?»

El arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, presidió este miércoles, fiesta de los Fieles Difuntos, una Misa en la iglesia de San Antón por las personas sin hogar «que tuvieron una muerte en la soledad, sin atención». En su homilía, incidió en que, como nos está repitiendo el Papa en este Año de la Misericordia, «Dios no se cansa nunca de amar, como no se cansa nunca de perdonar, como no se cansa nunca de estar al lado de los hombres». «Si el Dios que ha hecho todo lo que existe no abandona a nadie, ¿cómo los que decimos llamarnos y ser discípulos del Señor vamos a abandonar, incluso en los momentos más duros y difíciles, que es dejar este mundo y dejarlo sin sentir, a lo mejor, la mano amiga de alguien que nos acompaña?», se preguntó.
En este sentido, el prelado subrayó que todo ser humano necesita el amor, ilustrándolo con una historia de su época de arzobispo de Oviedo: «Una mujer de raza gitana de Mieres, de unos treinta y tantos años, me conoció y todas las semanas venía a verme y a pedirme... Ella vivía en las afueras de Oviedo y tenía un caballo muy viejo que había comprado. Un día estaba celebrando un funeral por el que había sido rector de la universidad de Oviedo –ni este ni el anterior, el otro–, y estaba despidiendo a la gente, y ella llegó llorando, con un lloro tremendo. "Se ha muerte, se ha muerto", y yo creía que eran los padres o algún hermano suyo, que vivían en Mieres. Y le pregunto que quién había muerto, y me contesta: "¡El caballo! Que era lo que más quería yo, a él y a usted"». «Me di cuenta de que la necesidad del amor, la siente todo ser humano. Y cuando no lo encuentra en el ser humano, lo busca donde sea. Porque el amor es cosa de Dios. La necesidad de Dios la tiene todo ser humano, y Dios se vale de los demás para revelarse y hacerse presente», aseveró.
Este amor, según recordó, «está unido a la esperanza, no puede separarse». «La gente, las personas, todos nosotros, tenemos esperanza, y cada día más cuanto más sentimos que se ocupan los demás de nosotros», por lo que es importante «hacer memoria de ese Dios que se hizo hombre, que se ha hecho hombre, que ha pasado por uno de tantos, y de este Dios que incluso pasó por la muerte, y que ha conquistado para nosotros la vida». «Este Dios es del que hacemos memoria en este Día de los Difuntos», añadió.
«Los demás nos revelan el cariño de Dios»
Y a su vez, el amor y la esperanza van unidos a la «invitación a creer» que nos hace el Señor, a la fe. «Cuando tú regalas el amor, te acercas a Dios. Por eso, la invitación que nos ha hecho el Señor en el Evangelio a tener fe, a acoger este don que nos da, nos hace entender precisamente lo que nos decía el Señor hace un momento: que no tiemble vuestro corazón, ni se acobarde, creed... pero es posible creer en el Señor cuando también experimentamos la acogida que tiene de nosotros. Normalmente eso viene también a través de los demás; son los demás los que nos revelan el cariño de Dios», detalló monseñor Osoro.
«No hay fe verdadera sin amor y sin esperanza, no hay esperanza verdadera sin fe y sin amor, y no hay amor verdadero sin fe y sin esperanza. Se dan la mano. Esto nos lo hace ver Jesucristo. En Él ponemos la vida de tantos seres humanos que mueren solos, que están solos en el momento más sublime de esta vida: pasar de este mundo, pasar de esta historia. Queridos hermanos, es imposible que todo termine en la vida. Es imposible que quien ama nos deje a la intemperie, tirados. Lo vemos en nuestra vida, cuando hemos querido a alguien lo recordamos para siempre, para siempre. Si eso lo sabemos hacer nosotros, ¿cómo no lo va hacer Dios, que es eterno y su amor permanece?». concluyó.
Infomadrid / R.P. / Foto: Mensajeros de la Paz

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (16,1-8)




Hoy Jesús nos lleva a reflexionar sobre dos estilos de vida contrapuestos: el mundano y el del Evangelio: el espíritu del mundo no es el espíritu de Jesús. Y lo hace mediante la narración de la palabra del administrador infiel y corrupto... 



Es necesario precisar inmediatamente que este administrador no se presenta como modelo a seguir, sino como ejemplo de astucia.



Este hombre es acusado de mala administración de los negocios de su señor y, antes de ser apartado, busca astutamente ganarse la benevolencia de sus deudores, condonando parte de la deuda para asegurarse, así, un futuro. Comentando este comportamiento, Jesús observa: «los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz».



Ante tal astucia mundana nosotros estamos llamados a responder con la astucia cristiana, que es un don del Espíritu Santo. Se trata de alejarse del espíritu de los valores del mundo, que tanto gustan al demonio, para vivir según el Evangelio. 



Y la mundanidad, ¿cómo se manifiesta? La mundanidad se manifiesta con actitudes de corrupción, de engaño, de abuso, y supone el camino más equivocado, el camino del pecado, ¡porque uno te lleva al otro! Es como una cadena, aunque sí —es verdad— es el camino más cómodo de recorrer generalmente. 



En cambio el espíritu del Evangelio requiere un estilo de vida serio —¡serio pero alegre, lleno de alegría!—, serio y de duro trabajo, basado en la honestidad, en la certeza, en el respeto de los demás y su dignidad, en el sentido del deber. Y ¡esta es la astucia cristiana! 



El recorrido de la vida necesariamente conlleva una elección entre dos caminos: entre la honestidad y deshonestidad, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. No se puede oscilar entre el uno y el otro, porque se mueven en lógicas distintas y contrastantes. 



El profeta Elías decía al pueblo de Israel que iba por estos dos caminos: «¡Vosotros cojeáis con dos pies!» (cf. 1 Re 18, 21). Es una imagen bonita. Es importante decidir qué dirección tomar y después, una vez elegida la adecuada, caminar con soltura y determinación, confiando en la gracia del Señor y en el apoyo de su Espíritu. 



Fuerte y categórica es la conclusión del pasaje evangélico: «Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro» (Lc 16, 13). 



Con esta enseñanza, Jesús hoy nos exhorta a elegir claramente entre Él y el espíritu del mundo, entre la lógica de la corrupción, del abuso y de la avidez y la de la rectitud, de la humildad y del compartir. 



Hay quien se comporta con la corrupción como con las drogas: piensa poderla usar y dejarla cuando quiera. Se empieza con poco: una propina por aquí, un soborno por allá... Y entre esta y aquella lentamente se pierde la propia libertad. También la corrupción produce adicción, y genera pobreza, explotación, sufrimiento. Y ¡cuántas víctimas hay hoy por el mundo! Cuántas víctimas de esta difusa corrupción. 



Cuando en cambio intentamos seguir la lógica evangélica de la integridad, de la transparencia, en las intenciones y en los comportamientos, de la fraternidad, nosotros nos convertimos en artesanos de justicia y abrimos horizontes de esperanza para la humanidad. Con la gratuidad y la donación de nosotros mismos a los hermanos, servimos al dueño justo: Dios.



Que la Virgen María nos ayude a elegir en cada ocasión y cueste lo que cueste el camino justo, encontrando también el valor de ir contracorriente, con el fin de seguir a Jesús y a su Evangelio”.
(Papa Francisco, Ángelus del 18-9-2016)