lunes, 26 de septiembre de 2016

"Estuve preso y me visitasteis"


En este mes de septiembre, el calendario nos ofrece la oportunidad de acercarnos al mundo de la cárcel: el pasado día 24 se celebró la fiesta de la Virgen de la Merced, patrona de las Instituciones Penitenciarias. Ella, en efecto, es la buena Madre que nos acerca a Aquel que nos libera de todas nuestras esclavitudes. Y esta fiesta, en el Año Jubilar de la Misericordia, tiene para nosotros una resonancia especial.
Cuando hablamos de «redimir al cautivo», que es una de las obras de misericordia que hemos querido ir recorriendo a lo largo de este tiempo, resuenan en nosotros los textos bíblicos que nos invitan a acordarnos de los que están encarcelados y a sentir con ellos su sufrimiento y su esperanza de liberación. No olvidemos aquel pasaje relativo al juicio final donde el mismo Jesús nos recuerda algo que al hacerlo a los demás se hace a Él mismo: «...estuve preso y me visitásteis» (Mt 25).
Tenemos que reconocer que el mundo de la prisión nos queda bastante alejado: las casi cuatrocientas personas que viven en nuestra prisión de Burgos, para muchos no dejan de ser exclusivamente un simple número. Por eso, la cárcel es hoy una de esas periferias a las que tenemos que acercarnos. Yo mismo, una de las primeras visitas que realicé a mi llegada a Burgos fue precisamente a la cárcel, visita de la que guardo un hondo recuerdo. Me alegra también que, a lo largo del año, bastantes parroquias os hayáis acercado a la prisión para celebrar vuestra fe con esas personas privadas de libertad y compartir con ellas un rato de animosa y cálida tertulia.
Igualmente me alegra que un grupo numeroso de sacerdotes de nuestro presbiterio realice labores de voluntariado, que permiten ayudar a normalizar su vida a las personas que están a punto de recobrar la libertad. Agradezco también al grupo de voluntariado que, desde la Capellanía de la Cárcel, comparten semanalmente diferentes actividades formativas, culturales, lúdicas y, por supuesto, de celebración de la fe.
En este sentido es obligado e imprescindible por parte de la Iglesia diocesana resaltar y agradecer el magnífico e incalculable servicio que durante estos 25 últimos años ha realizado D. José Baldomero Fernández de Pinedo Arnáiz. Los sacerdotes que toman ahora el relevo en la Capellanía, D. Fermín Ángel González López y D. Jesús María Álvarez Martínez, proseguirán sin duda esta ejemplar tarea realizada.
Todas las iniciativas mencionadas no dejan de ser pequeños gestos de misericordia que, desde el trato cercano y personal, contrarrestan la vorágine de despersonalización que puede manifestarse en la cárcel.
Me uno al diagnóstico que el papa Francisco hacía en la visita a un penal en Ciudad Juárez (Méjico): «Las cárceles son un síntoma de cómo estamos en la sociedad, son un síntoma en muchos casos de silencios y de omisiones que han provocado una cultura del descarte. Son un síntoma de una cultura que ha dejado de apostar por la vida; de una sociedad que, poco a poco, ha ido abandonando a sus hijos». En efecto, pensamos que los problemas se solucionan apartando, aislando, encarcelando, alejando, olvidando, castigando... Y así solo alentamos el círculo de la violencia y de la exclusión.
Jesús nos indica, sin embargo, que hay otros caminos diferentes que sí que son capaces de rehabilitar y reinsertar: caminos que pasan siempre por la misericordia entrañable que a lo largo de este año venimos celebrando. Dios siempre nos ama infinita e incondicionalmente, por encima de nuestro actuar. Dios abraza, acoge, perdona, comprende, acompaña, nos lleva de la mano y nos reconcilia con nosotros mismos recordándonos siempre nuestra inviolable dignidad de hijos. Sólo la medicina de la misericordia sabe poner a cada persona en el centro, sanándola de sus actos y comportamientos, y reinsertándola así en la sociedad.
Cuando miramos como Dios, desde la misericordia, nuestra mirada a cada persona privada de libertad también se transforma: no es una mirada que condena, sino que es la mirada que posibilita el acompañamiento, la liberación y la esperanza. Es la mirada que se interroga interiormente y que hasta llega a preguntarse, como hace el papa Francisco cuando entra en una cárcel: «¿Por qué ellos y no yo?» Todos cuantos están privados de libertad, por los motivos que sean, esperan ser liberados de su situación. Son hermanos nuestros que necesitan ser visitados por el Evangelio y por sus mensajeros. Son personas que necesitan nuestra oración, nuestro recuerdo, nuestro apoyo, nuestro tiempo.
Mis últimas palabras quisiera que fueran para las personas privadas de libertad: me gustaría que cada uno de vosotros viváis este tiempo no como tiempo perdido, sino como una nueva e importante oportunidad en vuestras vidas. No cuenta tanto el por qué estamos aquí, sino el para qué. Que Dios os ayude, os bendiga y derrame su misericordia entre vosotros, a través de nuestra Virgen de la Merced.
(Fidel Herráez, arzobispo de Burgos)

Manos manchadas de sangre


El reciente discurso de Ban Ki-moon en la 71 Asamblea General de las Naciones Unidas no debe pasar inadvertido. Luego de 10 años de Secretario General de la ONU, el estadista surcoreano se despide de sus funciones haciendo un balance de su gestión con un discurso sumamente realista, duro y desolador, aunque con signos de esperanza.
El mundo es un lugar terrible, muchos, muchos niños y jóvenes, viven en peligro día a día. La tierra nos ataca con océanos que se alzan, records de temperatura, tormentas extremas. La vida de la humanidad está en peligro.
En estos años los conflictos armados han crecido. Ban Ki-moon cita entre otros, los conflictos de Yemen, Irak, Afganistán, Ucrania. Corea del Norte y sobre todo la guerra de Siria, una guerra que no tiene solución militar. Aquí sus palabras se vuelven duras: poderosos mecenas siguen alimentando la máquina de la guerra de Siria, tienen las manos machadas de sangre. Y se dirige a los representantes de gobiernos allí presentes para denunciar a los gobiernos que ignoran, facilitan, organizan y llevan a cabo las atrocidades infligidas contra civiles sirios. Directamente menciona la crueldad del gobierno sirio.
Critica también a los líderes palestinos e israelíes por falta de avances para resolver el conflicto de Oriente Medio. Negar a los palestinos su libertad y su futuro es una locura, abandonar la idea de los dos Estados, está condenado a la perdición.
Ban Ki-moon constata también la brecha de confianza que separa a los ciudadanos de sus líderes, lo cual es aprovechado por los extremistas. Y critica a los dirigentes que cambian la Constitución para agarrarse al poder: los líderes han de prestar servicio al pueblo, no ir contra la democracia ni eliminar las críticas.

La Naciones Unidas no escapan de la crítica, hay que reformar la ONU para que la decisión de un país no detenga su maquinaria...
En medio de este panorama desolador hay señales de esperanza como la paz en Colombia o los juicios contra genocidas de Ruanda y la ex Yugoeslavia, los avances técnicos favorecen la comunicación...
El motor del cambio es el pueblo, el poder popular puede cambiar el mundo. Pero para el cambio se requiere reconocer los derechos humanos universales, cerrar las brecha entre ricos y pobres, poner en práctica los acuerdos de París sobre el medio ambiente, fomentar un desarrollo inclusivo y sostenible (reducir la emisión de gases en un 50 %), promover los derechos de la mujer y empoderarla, responder a las crisis humanitarias, evitar discursos demagógicos contra refugiados y migrantes y no demonizar a los migrantes musulmanes, prevenir los conflictos...
Este audaz canto de cisne de Ban Ki-moon nos recuerda a los pronunciamientos de los profetas bíblicos o del mismo Jesús de Nazaret contra los que oprimen al pobre, los hipócritas, los abusivos...Las palabras del Secretario General sintonizan con expresiones del Papa Francisco contra la idolatría del dinero, contra un sistema que mata, contra el armamentismo, contra el paradigma tecnocrático y en favor de los pobres, la paz y el cuidado de nuestra casa común.
Ojalá estas palabras no caigan en el vacío, sino que susciten en todos nosotros un deseo de cambio profundo de mentalidades, valores y actitudes para construir un mundo mejor, más conforme al proyecto de Dios.
(Víctor Codina sj)

Éxito de la Fiesta del Perdón y la Misericordia celebrada en La Almudena. Osoro: "La familia es el lugar que más se parece a Dios, donde se ama, se perdona, donde se da la vida"


La catedral de Santa María la Real de la Almudena y su explanada han acogido, entre el jueves y el sábado la Fiesta del Perdón y la Misericordia, convocada por el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, por primera vez en la capital
Durante tres días, cientos de madrileos han participado en diferentes actividades festivas como el concierto de Toño Casado, la proyección de la película Cartas de la madre Teresa, las canciones del grupo de alabanza Nuevo Tiempo, el concierto Su amor infinito y su ternura entrañable, con piezas de música clásica, gospel y rociera que sirvieron para ambientar algunos textos acerca de la misericordia de la carta pastoral del arzobispo de Madrid, Ungidos y urgidos por la misericordia.
También ha habido espacio para las familias y los niños, con la actuación del mago Antonio Grande, suelta de globos, música del grupo One Way y el musical al aire libre: Los Miserables, a cargo del grupo de teatro Áncora.
En su catequesis a las familias el sábado, monseñor Osoro recordó que "hay un lugar especial para sentir el cariño: es la familia, el nido en el que nacemos. Cuando vosotros erais pequeños, tuvisteis quien os quisiera. Eso lo necesita todo ser humano".
"El Papa Francisco nos habla de la alegría del amor. El ser humano está contento cuando le quieren, cuando tenemos personas alrededor que nos quieren. Y el primero que nos quiere es Dios, que nos ama. Sabemos que Él nos quiere y no estamos solos", subrayó el prelado, quien abundó que "la familia es el lugar que más se parece a Dios, un lugar donde se ama, donde se perdona, donde se da la vida".


El más pequeño de vosotros es el más importante


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 9, 46-50
En aquel tiempo, se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.
Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo:
«El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mi; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante».
Entonces Juan tomó la palabra y dijo:
«Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir».
Jesús le respondió:
-«No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro».
Palabra del Señor.

Papa Francisco en el Jubileo de los Catequistas: "Somos portadores de alegría"

El Apóstol Pablo, en la segunda lectura, dirige a Timoteo, y también a nosotros, algunas recomendaciones muy importantes para él. Entre otras, pide que se guarde «el mandamiento sin mancha ni reproche» (1 Tm 6,14). Habla sencillamente de un mandamiento. Parece que quiere que fijemos nuestros ojos fijos en lo que es esencial para la fe. San Pablo, en efecto, no recomienda una gran cantidad de puntos y aspectos, sino que subraya el centro de la fe. Este centro, alrededor del cual gira todo, este corazón que late y da vida a todo es el anuncio pascual, el primer anuncio: el Señor Jesús ha resucitado, el Señor Jesús te ama, ha dado su vida por ti; resucitado y vivo, está a tu lado y te espera todos los días. Nunca debemos olvidarlo. En este Jubileo de los catequistas, se nos pide que no dejemos de poner por encima de todo el anuncio principal de la fe: el Señor ha resucitado. No hay un contenido más importante, nada es más sólido y actual. Cada aspecto de la fe es hermoso si permanece unido a este centro, si está permeado por el anuncio pascual. Si se le aísla, pierde sentido y fuerza. Estamos llamados a vivir y a anunciar la novedad del amor del Señor: «Jesús te ama de verdad, tal y como eres. Déjale entrar: a pesar de las decepciones y heridas de la vida, dale la posibilidad de amarte. No te defraudará».
El mandamiento del que habla san Pablo nos lleva a pensar también en el mandamiento nuevo de Jesús: «Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12). A Dios-Amor se le anuncia amando: no a fuerza de convencer, nunca imponiendo la verdad, ni mucho menos aferrándose con rigidez a alguna obligación religiosa o moral. A Dios se le anuncia encontrando a las personas, teniendo en cuenta su historia y su camino. El Señor no es una idea, sino una persona viva: su mensaje llega a través del testimonio sencillo y veraz, con la escucha y la acogida, con la alegría que se difunde. No se anuncia bien a Jesús cuando se está triste; tampoco se transmite la belleza de Dios haciendo sólo bonitos sermones. Al Dios de la esperanza se le anuncia viviendo  hoy el Evangelio de la caridad, sin miedo a dar testimonio de él incluso con nuevas formas de anuncio.
El Evangelio de este domingo nos ayuda a entender qué significa amar, sobre todo a evitar algunos peligros. En la parábola se habla de un hombre rico que no se fija en Lázaro, un pobre que «estaba echado a su puerta» (Lc 16,20). El rico, en verdad, no hace daño a nadie, no se dice que sea malo. Sin embargo, tiene una enfermedad peor que la de Lázaro, que estaba «cubierto de llagas» (ibíd.): este rico sufre una fuerte ceguera, porque no es capaz de ver más allá de su mundo, hecho de banquetes y ricos vestidos. No ve más allá de la puerta de su casa, donde yace Lázaro, porque no le importa lo que sucede fuera. No ve con los ojos porque no siente con el corazón. En su corazón ha entrado la mundanidad que adormece el alma. La mundanidad es como un «agujero negro» que engulle el bien, que apaga el amor, porque lo devora todo en el propio yo. Entonces se ve sólo la apariencia y no se fija en los demás, porque se vuelve indiferente a todo. Quien sufre esta grave ceguera adopta con frecuencia un comportamiento «estrábico»: mira con deferencia a las personas famosas, de alto nivel, admiradas por el mundo, y aparta la vista de tantos Lázaros de ahora, de los pobres y los que sufren, que son los predilectos del Señor.
Pero el Señor mira a los que el mundo abandona y descarta. Lázaro es el único personaje de las parábolas de Jesús al que se le llama por su nombre. Su nombre significa «Dios ayuda». Dios no lo olvida, lo acogerá en el banquete de su Reino, junto con Abraham, en una profunda comunión de afectos. El hombre rico, en cambio, no tiene siquiera un nombre en la parábola; su vida cae en el olvido, porque el que vive para sí no construye la historia. ¡Y un cristiano tiene que hacer historia! Tiene que salir de sí mismo, ¡para hacer historia! Quien vive para sí mismo no hace la historia. La insensibilidad de hoy abre abismos infranqueables para siempre. Y nosotros hemos caído en este momento, en esta enfermedad de la indiferencia, del egoísmo de la mundanidad.
En la parábola vemos otro aspecto, un contraste. La vida de este hombre sin nombre se describe como opulenta y presuntuosa: es una continua reivindicación de necesidades y derechos. Incluso después de la muerte insiste para que lo ayuden y pretende su interés. La pobreza de Lázaro, sin embargo, se manifiesta con gran dignidad: de su boca no salen lamentos, protestas o palabras despectivas. Es una valiosa lección: como servidores de la palabra de Jesús, estamos llamados a no hacer alarde de apariencia y a no buscar la gloria; ni tampoco podemos estar tristes y disgustados. No somos profetas de desgracias que se complacen en denunciar peligros o extravíos; no somos personas que se atrincheran en su ambiente, lanzando juicios amargos contra la sociedad, la Iglesia, contra todo y todos, contaminando el mundo de negatividad. El escepticismo quejoso no es propio de quien tiene familiaridad con la Palabra de Dios.
El que proclama la esperanza de Jesús es portador de alegría y sabe ver más lejos, tiene horizontes, no un muro que lo cierra; ve lejos porque sabe mirar más allá del mal y de los problemas. Al mismo tiempo, ve bien de cerca, pues está atento al prójimo y a sus necesidades. El Señor nos lo pide hoy: ante los muchos Lázaros que vemos, estamos llamados a inquietarnos, a buscar caminos para encontrar y ayudar, sin delegar siempre en otros o decir: «Te ayudaré mañana, hoy no tengo tiempo, te ayudaré mañana». Y esto es una pena. El tiempo para ayudar a los demás es tiempo regalado a Jesús, es amor que permanece: es nuestro tesoro en el cielo, que nos ganamos aquí en la tierra.
En conclusión, queridos catequistas y queridos hermanos y hermanas, que el Señor nos conceda la gracia de vernos renovados cada día por la alegría del primer anuncio: Jesús nos ama personalmente. Que nos dé la fuerza para vivir y anunciar el mandamiento del amor, superando la ceguera de la apariencia y las tristezas del mundo. Que nos vuelva sensibles a los pobres, que no son un apéndice del Evangelio, sino una página central, siempre abierta ante todos.
(from Vatican Radio)

domingo, 25 de septiembre de 2016

Omella, a los líderes catalanes: "Unidos podremos más que separados"


El arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, ha pedido unidad a los líderes sociales y políticos catalanes este sábado en la homilía de su primera misa por la patrona de la capital catalana, La Mercè, a la que han asistido unas 1.000 personas y en la que ha pedido tender puentes: "Unidos podremos más que separados".
Omella ha defendido una sociedad más fraterna y humana y ha explicado que muchas personas le preguntan su opinión sobre la situación social y política de Catalunya, ante lo que pide que las personas que tienen alguna responsabilidad e influencia social y política "trabajen por el bien común y por una sociedad más unida, más libre y más justa".
"Y para conseguirlo hace falta unir fuerzas", ha defendido, dirigiéndose tanto a los gobernantes como a la sociedad civil, empresarios, intelectuales, educadores y juristas, en una misa a la que ha asistido el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont; el expresidente Artur Mas; los consellers Santi Vila y Jordi Jané; la delegada del Gobierno en Catalunya, Llanos de Luna, y el inspector general del Ejército de Tierra, Ricardo Álvarez Espejo.
En representación del Ayuntamiento de Barcelona han asistido el segundo teniente de alcalde, el socialista Jaume Collboni, aunque no ha asistido la alcaldesa, Ada Colau, en una misa en la que no estaba previsto que acudiera ningún edil de BComú pero finalmente ha asistido la concejal de Movilidad, Mercedes Vidal, que no se ha sentado en el banco de autoridades.
También ha presenciado la misa el exalcalde y líder municipal de CiU, Xavier Trias; la de C's, Carina Mejías; el de ERC, Alfred Bosch, y el del PP, Alberto Fernández, entre otras autoridades militares y políticas, ante las que Omella ha pedido a la Mercè que proteja a todos los barceloneses y todos los catalanes.
"No deberíamos excluir a nadie en la tarea de crear puentes, de atender las demandas sociales, empezando por los pobres y necesitados, de establecer ámbitos de cultura, de formación en valores morales", ha expresado Omella, en una homilía que ha dedicado a los dirigentes, a los jóvenes y a la familia, a los que ha dirigido sus deseos y peticiones.
La familia
"Hace falta, asimismo, que los que dirigen los destinos de las naciones e influyen con sus ideas en la sociedad, valoren y ayuden a las familias con auténticas políticas sociales y económicas", por ser para Omella un medio para lograr los demás ámbitos de la vida cotidiana.
Ha observado que hay familias que lo pasan mal y no solo económicamente, "sino, sobre todo, porque les falta la unión, la estima", y ha destacado que es imprescindible que las familias tomen conciencia de su importancia en la sociedad y la Iglesia.
También se ha mostrado "impresionado" por la participación de los jóvenes de Barcelona y Catalunya en la Jornada Mundial de la Juventud, en la que ha dicho que participaron casi un millar de jóvenes. (RD/EP)

AVISOS PARA LAS FIESTAS

En el mes de septiembre y en los primeros días de octubre, muchos pueblos celebran sus fiestas patronales, por la tradición de que se terminaban las tareas del campo la recolección de las cosechas. Es una manifestación necesaria en todas las comunidades.
Sin embargo, según las Sagradas Escrituras, no es bueno entregarse a la diversión descontrolada, en la que por abuso de bebida y de comida, de charangas y festejos, se llegue a perder el sentido de la solidaridad, y caigamos en cierto embrutecimiento. “¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaria! Os acostáis en lechos de marfil; arrellanados en divanes, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales; bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José” (Am).
La fiesta es una dimensión esencial del ser humano, y la comida y la bebida son elementos que entrañan relaciones familiares y amigas. El Señor nos ha dado el mejor testimonio al participar de una boda o comiendo en casa de muchos pecadores, y, sobre todo, al dejarnos el banquete de la Eucaristía. El salmista profetiza los gestos de Jesús: “Él da pan a los hambrientos. Sustenta al huérfano y a la viuda”.
El consejo de San Pablo es oportuno: “Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza”. Todo en su medida es bueno, mientras con los excesos se vuelven contra uno mismo.
Jesús presenta una parábola que denuncia el modo insolidario de vida, y también para explicar cuándo debemos hacer el bien. El texto evangélico parece que contradice el principio de la misericordia y del perdón al impedir que el pobre Lázaro alivie la sed del rico Epulón, quien está arrojado al abismo de los tormentos. Pero lo que desea exponer la enseñanza evangélica es cuál es el tiempo oportuno para hacer el bien: mientras vivimos en esta vida.
Mientras vivimos es el momento de la hospitalidad, de dar pan al hambriento y bebida al sediento. Hay más dicha en dar que en recibir, y al final de la fiesta y de toda acción humana, la paz interior y la felicidad dependen de la generosidad del propio comportamiento.
Los musulmanes, en la fiesta del cordero, tienen el precepto de dar parte de las viandas a los pobres. Los cristianos tenemos el ejemplo de Jesús y siguiéndolo, tenemos que darnos a nosotros mismos, por amor, en todo lo que hacemos por los demás.
Ángel Moreno de Buenafuente

No ignorar al que sufre

El contraste entre los dos protagonistas de la parábola es trágico. El rico se viste de púrpura y de lino. Toda su vida es lujo y ostentación. Solo piensa en «banquetear espléndidamente cada día». Este rico no tiene nombre pues no tiene identidad. No es nadie. Su vida vacía de compasión es un fracaso. No se puede vivir solo para banquetear.
Echado en el portal de su mansión yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Solo unos perros se le acercan a lamer sus heridas. No posee nada, pero tiene un nombre portador de esperanza. Se llama «Lázaro» o «Eliezer», que significa «Mi Dios es ayuda».
Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. El rico es enterrado, seguramente con toda solemnidad, pero es llevado al «Hades» o «reino de los muertos». También muere Lázaro. Nada se dice de rito funerario alguno, pero «los ángeles lo llevan al seno de Abrahán». Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres.
Al rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío alejado de la Alianza. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.
Según los observadores, está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.
La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.
Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, a través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, no esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.
Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.
- José Antonio Pagola

Recibiste bienes y Lázaro males: ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 16, 19-31
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
- «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que se murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
"Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas".
Pero Abrahán le dijó:
"Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros".
El dijo:
"Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos:que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también vengan ellos a este lugar de tormento".
Abrahán le dice:
"Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen".
Pero él de dijo:
"No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán"
Abrahán le dijo:
"Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto"».
Palabra del Señor.

sábado, 24 de septiembre de 2016

24 de septiembre: Nuestra Señora de la Merced


Alfonso el Sabio, en plena Edad Media, ya empleaba el término merced relacionándolo con la redención de los cautivos: «sacar a los omes de captivo es cosa que place mucho a Dios, porque es obra de merced». Así empleaba el término para expresar misericordia, gracia, caridad o limosna. Indudablemente, para él, los cautivos son «aquellos que caen en prisión de omes de otra religión».
Santa María de la Merced fue el nombre mediterráneo de la Virgen en el siglo XIII. Siglos de lucha y de fe. Son aguas infectadas de turcos y sarracenos que abordan barcos en el mar; cuando pisan las costas dejan a su paso ruina y destrucción. El viejo abuso de la sociedad que se llama esclavitud era el pan de cada día. Fruto de luchas religiosas. Pedro Nolasco no podía sufrir este mal social. Pedía a la Virgen el remedio corporal y espiritual para los pobres desgraciados cautivos. Más, vendió sus bienes y, como mercader, se propuso tratar la compra y rescate de los cautivos.
La fundación de la Merced es uno de los acontecimientos religiosos más notables acaecidos durante el reinado de Jaime I rey de Aragón, protagonista de la incorporación a sus dominios de Mallorca y del reino de Valencia. La fecha de fundación fue objeto de largas controversias; pero hay que situarla alrededor de 1212. Según la tradición, en la noche del 2 de agosto de 1218, la Virgen se apareció a Pedro Nolasco, nativo del sur de Francia, a Ramón (Raimundo) de Penyafort y al rey Jaime I para manifestarle su voluntad consistente en fundar una orden religiosa que tuviera como fin la imitación de Jesús con la redención de los cristianos cautivos de los infieles, dándose si fuera necesario a cambio. Fue el 10 de agosto de 1218, en Barcelona, en la catedral y en el altar de santa Eulalia, cuando el obispo Berenguer vistió el hábito blanco, con las armas reales bajo la cruz en el pecho, a Pedro Nolasco y a otros jóvenes fundándose la orden de la Merced. El rey la protegió largamente, ha sido venerado siempre como patrono y fundador, le concedió privilegios y en los últimos años de su vida se los confirmó.
Su organización era muy parecida a la de las órdenes militares y, hasta 1312, sus maestros generales eran caballeros laicos. En 1235, el Papa Gregorio IX, a instancias de Ramón de Penyafort, les autorizó a constituirse en orden religiosa. Adoptaron la regla de san Agustín. Pronto se le une una caterva de jóvenes llenos de fe dispuestos a secundarle.
Rápidamente se fundaron conventos en Barcelona, Mallorca, Santa María del Puig, Valencia, etc. La orden tuvo amplia difusión en la Cristiandad por su función religiosa, humanitaria y social.
En torno a la redención de los cautivos, hay en el mercedario primacía de lo espiritual y una intensa predicación de Cristo entre los infieles.
Es preciso recabar fondos para conseguir la libertad. Y eso se hace con una intensa predicación de la caridad en nombre de la Virgen de la Merced. Se habla a nobles y sencillos; hay un pulular de mercedarios por los templos, los castillos, las calles y los campos pidiendo limosna para ayudar a otros. Es preciso motivar a la gente con el fin de que, por Dios, piensen en los demás. Lo que hace creíble a la Iglesia de todos los tiempos es la caridad.
Luego viene la oferta y la demanda en tierra de moros para liberar cautivos. Fez, Argel, Tetuán y otros puntos son el terreno propio de la transacción. Se busca a los cautivos principalmente en las cárceles y desde allí se tocan las almas de los que se tienen a sí mismos como perdidos para la fe, otros están flacos, en muchos casos se previene la apostasía y se combate el error del Corán, manteniendo una presencia de la Iglesia allí donde hay tanto sufrimiento.
Y, si llega el triste momento de que peligrara la fe, el mercedario sustituye al cautivo como lo atestigua el número de los mártires mercedarios. Y entre tanto, la Virgen, la oración, la esperanza, el consuelo y la ilusión hasta que se rompan los grilletes de la esclavitud.
La vuelta, el regreso a los puertos españoles, franceses e italianos es triunfal y rayana en lo apoteósico. Esperan las novias o esposas, las madres y los hijos de los cautivos. Se escuchan cantos de libertad con estandarte de redención. No puede faltar la acción de gracias al Señor que lo ha hecho posible y la Procesión con la Virgen de la Merced.
Después, hace falta prestar atención médica, alimentos, descanso y disponer las cosas para que los centenares de cautivos puedan reintegrarse a su hogar. Así va corriendo de boca en boca el nombre de la Virgen de la Merced por los caminos y posadas, y se le nombra en los puertos y ciudades y se celebra su mediación en las iglesias y en las casas. Lo cantan los poetas. Gratitud y alabanza.
Venerada públicamente la Virgen de la Merced ya desde el 1230.
La Cofradía de la Merced colabora con los misioneros mercedarios.
Y las primeras mercedarias aparecen en 1265 con María de Cervellón.
Conocer, amar y servir a Santa María está en la médula de vivir mercedario. ¡Qué bien nos vendría hoy una actividad apostólica mercedaria intensa que ayudara a librar tanto cautivo de las nuevas esclavitudes!
Archimadrid.org

Tras el asesinato de otros dos en Veracruz. Un sacerdote, secuestrado en Michoacán


El secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), monseñorAlfonso Miranda Guardiola, ha anunciado la desaparición de un sacerdote en el estado de Michoacán, información que se conoce tan solo cuatro días después de que aparecieran los cuerpos de otros dos sacerdotes previamente secuestrados en el estado de Veracruz.
A través de su cuenta oficial de la red social Twitter, Miranda ha pedido unirse "en oración" para "recuperar con vida al padreJosé Alfredo López Guillén, que ha sido secuestrado en Michoacán".
Por su parte, el cardenal de la ciudad de Morelia (Michoacán), Alberto Suárez Inda, se ha sumado a la petición de Miranda por la recuperación con vida del párroco y ha pedido que se respete "su integridad" y "su vida" y que "pueda volver pronto al ejercicio de su ministerio".
En un vídeo publicado en el canal de YouTube de la Arquidiócesis de Morelia, Suárez Inda ha señalado que "después de compartir la pena grande por el asesinato de dos sacerdotes jóvenes en la diócesis de Papantla, en Veracruz", ahora Morelia sufre "en carne propia" la "angustia" por el secuestro de uno de sus sacerdotes.
López Guillén, párroco de la comunidad de Janamuato, en Michoacán, fue sustraído de la casa parroquial, tal y como ha explicado el cardenal, después de haber robado varios objetos y su automóvil.
"Nuestra comunidad sufre la angustia de cualquiera de nuestros fieles, y en este caso se trata de un hombre bueno, dedicado a hacer el bien y pacífico", ha señalado Suárez Inda, antes de indicar que "no se justifica de ninguna manera esta barbaridad".
La desaparición de López Guillén se conoce tan solo unos días después de que se localizaran los cadáveres de dos sacerdotes en el municipio de Poza Rica de Hidalgo (Veracruz), identificados como Alejo Nabor Jiménez y José Alfredo Suárez, que habían sido secuestrados junto a un chófer de la iglesia de Nuestra Señora de Fátima.
Los cuerpos de Jiménez y Suárez fueron encontrados maniatados y con heridas de bala en varias partes del cuerpo. El conductor logró escapar y se encuentra bajo protección de las autoridades.
A su vez, este suceso tuvo lugar un día después de que el ejército pusiera en marcha un operativo especial para hacer frente al incremento de la violencia en la región. (RD/EP)

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO SOBRE EL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (9,43b-45)




En el tiempo del relato del evangelista «Jesús estaba ocupado en muchas actividades y todos estaban admirados por todas las cosas que hacía. Era el líder de ese momento. Toda Judea, Galilea y Samaría hablaba de Él. Y Jesús, tal vez en el momento en el que los discípulos se alegraban de ello, les dijo: Tengan bien presente en la mente estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». 

En el momento del triunfo, Jesús anuncia su Pasión. Los discípulos, sin embargo, estaban tan absorbidos por el clima de fiesta «que no comprendieron estas palabras; seguían siendo para ellos tan misteriosas que no captaban el sentido». Y «no pidieron explicaciones. El Evangelio dice: tenían miedo de interrogarle sobre esto». Mejor no hablar de ello. Mejor «no comprender la verdad». Tenían miedo a la cruz.

En verdad, también Jesús le tenía miedo; pero «Él no podía engañarse. Él sabía. Y era tanto el miedo que esa tarde del jueves santo sudó sangre». Incluso le pidió a Dios: «Padre aleja de mí este cáliz»; pero también dijo: «Que se cumpla tu voluntad. Y esta es la diferencia». 

Esto es también lo que sucede cuando nos comprometemos en el testimonio del Evangelio, en el seguimiento de Jesús. «Estamos todos contentos», pero no nos preguntamos más, no hablamos de la cruz. Sin embargo, como existe la «regla que el discípulo no es más que el maestro», existe también la regla por la que «no hay redención sin derramamiento de sangre». Y «no hay trabajo apostólico fecundo sin la cruz». 

Cada uno de nosotros «puede tal vez pensar: ¿a mí qué me sucederá? ¿Cómo será mi cruz? No lo sabemos, pero estará y debemos pedir la gracia de no huir de la cruz cuando llegue. Cierto, nos da miedo, pero el seguimiento de Jesús lleva precisamente allí. Me vienen a la mente las palabras de Jesús a Pedro en aquella coronación pontificia: «¿Me amas? Apacienta.... ¿Me amas? Apacienta... ¿Me amas? Apacienta ». (cf. Juan 21, 15-19). Y «las últimas palabras eran las mismas: te llevarán allí donde tú no quieres ir. Era el anuncio de la cruz». Es precisamente por esto que los discípulos tenían miedo a interrogarle. 

«Muy cerca de Jesús en la cruz, estaba su madre. Tal vez hoy sea bueno pedirle la gracia de que no se nos quite el temor, porque eso debe estar presente. Pidámosle la gracia de no huir de la cruz. Ella estaba allí y sabe cómo se debe estar cerca de la cruz». 

(Papa Francisco, homilía en santa Marta del 28 de septiembre de 2013)

JESÚS SE ENTREGA POR NOSOTROS




Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,43b-45):

Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, Jesús dijo a sus discípulos:

«Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».

Pero ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Ortodoxos y católicos alcanzan un acuerdo histórico sobre el primado del Papa



La Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa rusa luego de una división milenaria comienzan a dar pasos importantes en un tema duro. Parece que atrás queda la inmovilidad que está detrás de la máxima irónica de «dejar a los teólogos en una isla» para resolver temas dogmáticos, mientras el Papa se abraza con Bartolomé I y firma una declaración conjunta con el patriarca Kirill de Moscú.
A través de un comunicado de la parte rusa, la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa reunida en Chieti Italia hasta este jueves 22 de septiembre, informó de un acuerdo para la aceptación del documento Hacia una comprensión común de la sinodalidad y del primado al servicio de la unidad de la Iglesia.
Precisamente, la novedad está en el pacto alcanzado casi a la unanimidad. De esta manera, se llega a un acuerdo sobre la definición compartida del principio del primado.
En los primeros siglos, entre altos y bajos, el obispo de Roma era reconocido por la Iglesia de Oriente y Occidente como primus, debido a que era el titular de la primera sede, o sea la Iglesia de Roma.
El documento es un paso adelante aunque no vinculante, pero en esta ocasión la Iglesia ortodoxa rusa no se ha levantado de la mesa del diálogo como había ocurrido en la sesión de Rávena, Italia, en 2007. Los observadores consideraban «crítico» el momento además por los precedentes de incomunicación dentro de la ortodoxia.
Uniatismo, piedra en el zapato del diálogo
Luego de la conclusión de la XIV Sesión plenaria, el departamento sinodal para las relaciones eclesiásticas externas del patriarcado de Moscú ha dado la noticia, pero también advierte que aún existe un problema con el tema de las secuelas del uniatismo, es decir, el tema de los católicos griegos ucranianos con rito oriental que son fieles al Papa.
La Iglesia rusa puntualizó: «será difícil seguir adelante con el diálogo si no se resuelve la cuestión de las consecuencias eclesiológicas y canónicas del uniatismo».
El documento es producto de un documento borrador que tuvo dos procesos de realización anteriores: la Sesión realizada en Amán en el año 2014 y la reunión del Comité en Roma en 2015. En Chieti se trabajó con ese borrador. Según Moscú, el Comité, que incluye la presentación de 14 Iglesia ortodoxas y autocéfalas, ha llegado a un acuerdo en el tema del primado y la sinodalidad.
Sólo la Iglesia georgiana manifestó su desacuerdo con algunos párrafos específicos, esto se reflejará en algunas notas del documento.
Sin embargo, se trata de un paso adelante en el diálogo entre las Iglesias de oriente y occidente. A pesar de la posición de la Iglesia de Georgia, la Iglesia ortodoxa rusa adoptó el documento final.
El patriarcado de Moscú espera que en la próxima Sesión plenaria, que se realizará en 2017, se resuelva el uniatismo.
El metropolita Hilarión, jefe de la delegación ortodoxa rusa, sostuvo que no aceptaba la posición de la Iglesia católica griega de Ucrania y la tachó de «inaceptable» desde la perspectiva de la «ética cristiana».
El también ministro de Relaciones Exteriores alzó la voz contra el arzobispo mayor de Kiev, Sviatoslav Shevchuk, por sus declaraciones anti-rusas. Hilarión sostiene que Shevchuk está soplando sobre el fuego de la desconfianza que aleja a católicos y ortodoxos y es obstáculo del diálogo presente y futuro.
La Comisión mixta ha sido presidida por el cardenal Kurt Koch, presidente del consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, y por el arzobispo de Telmessos Iob (Getcha), del patriarcado ecuménico.
Ahora, hay que esperar la publicación del documento completo por parte de ambas partes.
Ary Waldir Ramos Díaz/Aleteia.org

23 de septiembre: san Pío de Pietrelcina, religioso capuchino


Es común el vicio de hablar mucho de lo que se sabe poco. Está claro que los que padezcan de insuficiente información sobre un tema estén desautorizados para asegurar algo que no conocen con profundidad en ese ámbito del saber, por muy peritos que sean de otras ciencias, y que la veracidad de sus afirmaciones no quede garantizada. Digo esto porque no es infrecuente oír que hoy no hay santos. Los afirmantes son en ocasiones personas religiosas, aunque con no mucha formación, o bien gente que no suele gastar los suelos de las iglesias. Y lo dicen entre la ironía, el lamento y la desilusión. Algunos –los irónicos–, porque la pretendida carencia de santos con hechos prodigiosos en sus vidas les sirve de disculpa y apoyo para mantener su poca disposición a ser buenos cristianos, y de disculpa para seguir viviendo al estilo agnóstico, como si Dios no existiera. Otros –los del lamento–, porque bien quisieran poder exhibir un buen número de personas entre los contemporáneos que sirvieran como puntos de referencia incuestionables para la fe. Finalmente, los de la desilusión querrían contar con algún botón de muestra en que apoyarse y llegar a descabalgar de la increencia a los que la montan. Contemplar la figura del padre Pío, religioso capuchino, de nuestros días, sacerdote humilde, predicador, y maravillosamente adornado con fenómenos místicos y prodigios inexplicables, les servirá a todos.
Francesco Forgione nació en Pietralcina, pueblecito de la provincia de Benevento (Italia) el 25 de mayo de 1887, se hizo capuchino el 6 de enero de 1903 y se ordenó sacerdote el 10 de agosto de 1910. Residió casi todo el tiempo de su vida sacerdotal en San Giovanni Rotondo –al este de Italia– hasta su muerte ocurrida el 23 de setiembre de 1968.
El día 2 de mayo de 1999, acabándose el segundo milenio cristiano y cuando ya cae a la Tierra la vetusta Estación Mir por obsoleta, se reunió en Roma la mayor multitud de fieles conocida para asistir a la ceremonia de beatificación que realizaría el Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro y que podía seguirse por la televisión del mundo. De esta manera se ha cumplido el vaticinio del propio padre Pío, que llegó a decir que su persona atraería más fieles «muerto que en vida»; y eso que su santuario es visitado anualmente, hasta el momento, por más de siete millones de peregrinos. En la ceremonia de beatificación se reunió toda clase de personas de Italia, Europa y América. Estaban presentes las más altas autoridades del Estado y del Gobierno italiano y el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede.
¿Qué hizo en su vida el Padre Pío para ser tan venerado y para aglutinar a gente tan diversa? La respuesta es clara: llenar su vida de Dios; todo lo que salió hacia el prójimo, tanto lo que se conoce de extraordinario como lo que no pasa de vulgar, no es más que la consecuencia de esa plenitud de fidelidad.
Fue un estigmatizado. Desde la mañana del 20 de setiembre de 1918, en que recibió el don celeste reservado solo a los místicos, llevó en su cuerpo las heridas sufridas por Cristo clavado en la cruz. Las dos manos, los dos pies y el tórax del Padre Pío las llevaron –dolientes y sangrantes– por lo que dura medio siglo.
Pero este fenómeno místico tan llamativo no impedía el ejercicio habitual de su ministerio sacerdotal, sino que más bien lo animaba y alimentaba: predicación, confesiones, ánimo a las almas para subir, liturgia bien realizada y vivida. Oración, penitencia y mucha expiación.
Sus ochenta y un años de vida dieron para mucho más en hechos prodigiosos. Vaticinó el futuro en varias ocasiones; una de ellas –poco mencionada por sus biógrafos– bien la conocía el papa que le elevaba a los altares, porque al mismo Juan Pablo II, cuando solo era un simple sacerdote, le predijo en 1946 que llegaría a papa, que sufriría una violencia física (el atentado de Alí Agca), aunque no moriría por ella.
Pero también tuvo visiones de ángeles y de ánimas.
Además, fue repetidas veces bilocado cuando aún vivía; bien se sabe que el don de la bilocación consiste en dejarse ver por distintas personas al mismo tiempo en diversos y distantes lugares; una de ellas tuvo lugar a dos tripulantes de un bombardero americano durante la Segunda Guerra Mundial con el aviso de que no dejaran caer su carga destructora sobre San Giovanni Rotondo, cosa que se cumplió.
Otro de los fenómenos inexplicables, durante la vida del padre Pío, fue la falta de apetito y de sueño. ¿Cómo podrían explicarse los médicos que pudiera vivir con las escasas cien calorías que ingería cada día?
Ha dejado a la humanidad como testamento, además del Hospital Casa Alivio del Sufrimiento, los Grupos de oración: asociaciones de laicos, reconocidas por la Santa Sede, que hoy se encuentran esparcidas por los cinco continentes. Se trata de fieles que se reúnen bajo la guía de un sacerdote para formarse espiritualmente y llevar una vida cristiana coherente, en obediencia al propio obispo. En el mundo hay más de tres mil grupos con medio millón largo de miembros.
Muchas curaciones se le han atribuido, entre ellas la de la prestigiosa psiquiatra polaca Wanda Poltawska, pero no fue la única; la milagrosa recuperación de una grave enfermedad de Consiglia de Martino ha sido reconocida oficialmente por la Iglesia.
No faltó en la homilía de la pontifical de la beatificación una alusión a lo que supuso el fenómeno estigmático en la vida del Padre Pío: fueron «dones singulares» que suponían «una participación en la Pasión» y llevaban consigo «sufrimientos interiores y místicos» que le permitieron llegar a tener «una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor».
Entre los dones que Juan Pablo II recibió de la Orden Capuchina, había una preciosa reliquia consistente en un estuche que contenía, en marco de plata, uno de los paños con los que el padre Pío enjugaba la sangre que manaba de sus heridas.
Aunque para tener fe y vivir según ella no nos hacen falta más milagros que los del Evangelio, agradecemos rendidamente a Dios que también hoy se prodigue su bondad en algunos hombres y mujeres cuya vida deje boquiabiertos a los listillos de la ciencia, imposibilitados para explicar lo inexplicable, y ponga en pie a los buenos cristianos tanto para no ceder en lo que debe mantenerse con firmeza como para comunicar al mundo confiadamente dónde esta la verdad.
Archimadrid.org