Homilía del Papa en el cementerio monumental militar de Redipuglia
Viendo la belleza del paisaje de esta zona, en la que hombres y mujeres
trabajan para sacar adelante a sus familias, donde los niños juegan y los
ancianos sueñan… aquí, en este lugar, solamente acierto a decir: la guerra es
una locura.
Mientras Dios lleva adelante su creación y
nosotros los hombres estamos llamados a colaborar en su obra, la guerra
destruye. Destruye también lo más hermoso que Dios ha creado: el ser humano. La
guerra trastorna todo, incluso la relación entre hermanos. La guerra es una
locura; su programa de desarrollo es la destrucción: ¡crecer destruyendo!
La avaricia, la intolerancia, la ambición de
poder… son motivos que alimentan el espíritu bélico, y estos motivos a menudo
encuentran justificación en una ideología; pero antes está la pasión, el
impulso desordenado. La ideología es una justificación, y cuando no es la
ideología, está la respuesta de Caín: “¿A mí qué me importa?”, «¿Soy yo el
guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). La guerra no se detiene ante nada ni ante
nadie: ancianos, niños, madres, padres… “¿A mí qué me importa?”.
Sobre la entrada a este cementerio, se alza el
lema desvergonzado de la guerra: “¿A mí qué me importa?”. Todas estas personas,
cuyos restos reposan aquí, tenían sus proyectos, sus sueños… pero sus vidas
quedaron truncadas. La humanidad dijo: “¿A mí qué me importa?”.
Hoy, tras el segundo fracaso de una guerra
mundial, quizás se puede hablar de una tercera guerra combatida “por partes”,
con crímenes, masacres, destrucciones…
Para ser honestos, la primera página de los
periódicos debería llevar el titular: “¿A mí qué me importa?”. En palabras de
Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?».
Esta actitud es justamente lo contrario de lo
que Jesús nos pide en el Evangelio. Lo hemos escuchado: Él está en el más
pequeño de los hermanos: Él, el Rey, el Juez del mundo, es el hambriento, el
sediento, el forastero, el encarcelado… Quien se ocupa del hermano entra en el
gozo del Señor; en cambio, quien no lo hace, quien, con sus omisiones, dice:
“¿A mí qué me importa?”, queda fuera.
Aquí hay muchas víctimas. Hoy las recordamos.
Hay lágrimas, hay dolor. Y desde aquí recordamos a todas las víctimas de todas
las guerras.
También hoy hay muchas víctimas… ¿Cómo es
posible? Es posible porque también hoy, en la sombra, hay intereses,
estrategias geopolíticas, codicia de dinero y de poder, y está la industria
armamentista, que parece ser tan importante.
Y estos planificadores del terror, estos
organizadores del desencuentro, así como los fabricantes de armas, llevan
escrito en el corazón: “¿A mí qué me importa?”.
Es de sabios reconocer los propios errores,
sentir dolor, arrepentirse, pedir perdón y llorar.Con ese “¿A mí qué me
importa?”, que llevan en el corazón los que especulan con la guerra, quizás
ganan mucho, pero su corazón corrompido ha perdido la capacidad de llorar. Ese
“¿A mí qué me importa?” impide llorar. Caín no lloró. La sombra de Caín nos
cubre hoy aquí, en este cementerio. Se ve aquí. Se ve en la historia que va de
1914 hasta nuestros días. Y se ve también en nuestros días.
Con corazón de hijo, de hermano, de padre, pido
a todos ustedes y para todos nosotros la conversión del corazón: pasar de ese
“¿A mí qué me importa?” al llanto… por todos los caídos de la “masacre inútil”,
por todas las víctimas de la locura de la guerra de todos los tiempos. La
humanidad tiene necesidad de llorar, y esta es la hora del llanto.
Celebración presidida por el Santo Padre Francisco en
Redipuglia con motivo del centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial
(13 de septiembre de 2014)