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martes, 1 de julio de 2014
El Papa: hoy en día hay más mártires cristianos que en los primeros siglos
Hay más cristianos perseguidos hoy que en los
primeros siglos: es lo que dijo Papa Francisco en Santa Marta, quien presidió
la misa en el día en que recordamos a los santos Protomártires de la Iglesia
Romana, cruelmente asesinados a los pies de la colina del Vaticano por orden de
Nerón después del incendio de Roma en el año 64:
La oración al inicio de la Misa recuerda que el Señor ha “fecundado con la sangre de los mártires los primeros brotes de la Iglesia de Roma”. “Se habla del crecimiento de una planta”, afirmó el Papa en la homilía, y esto hace pensar en lo que decía Jesús: “El reino de los cielos es como un hombre que ha arrojado la semilla a la tierra, luego va a su casa y – duerma o esté despierto - la semilla crece, brota, sin que él sepa cómo lo ha hecho”. Esta semilla es la Palabra de Dios que crece y se convierte en el Reino de Dios, se convierte en Iglesia gracias a “la fuerza del Espíritu Santo” y al “testimonio cristiano”.
La oración al inicio de la Misa recuerda que el Señor ha “fecundado con la sangre de los mártires los primeros brotes de la Iglesia de Roma”. “Se habla del crecimiento de una planta”, afirmó el Papa en la homilía, y esto hace pensar en lo que decía Jesús: “El reino de los cielos es como un hombre que ha arrojado la semilla a la tierra, luego va a su casa y – duerma o esté despierto - la semilla crece, brota, sin que él sepa cómo lo ha hecho”. Esta semilla es la Palabra de Dios que crece y se convierte en el Reino de Dios, se convierte en Iglesia gracias a “la fuerza del Espíritu Santo” y al “testimonio cristiano”.
“Sabemos que no hay
crecimiento sin el Espíritu: es Él quien hace la Iglesia, es él el que hace
crecer a la Iglesia, es él el que convoca la comunidad de la Iglesia. Pero
también requiere el testimonio de los cristianos. Y cuando el testimonio llega
al final, cuando las circunstancias históricas nos piden un testimonio fuerte,
allí están los mártires, los más grandes testigos. Y aquella Iglesia es regada
por la sangre de los mártires. Y esta es la belleza de martirio. Comienza con
el testimonio, día tras día, y puede terminar como Jesús, el primer mártir, el
primer testigo, el testigo fiel: con la sangre”.
Pero hay una condición para que el testimonio
sea verdadero, agregó el Papa – “debe ser sin condiciones”
“Hemos escuchado el
Evangelio, el que dice al Señor que lo sigue pero con una condición: ir a
despedirse o a enterrar a su padre... el Señor lo detiene: “¡No!”. El
testimonio es sin condiciones. Debe ser permanente, debe ser decidido, debe ser
con aquel lenguaje que Jesús nos dice, que es tan fuerte: “Que tu sí sea sí,
que tu no, no”. Este es el lenguaje del testimonio”.
“Hoy - dijo el Papa - miramos esta Iglesia de
Roma que crece, regada por la sangre de los mártires. Pero también es justo -
continuó - que pensemos en tantos mártires de hoy, tantos mártires que dan su
vida por la fe”. Es cierto que han sido muchos los cristianos perseguidos en la
época de Nerón, pero “hoy - señaló - no son menos”:
“Hoy en día hay tantos mártires en la Iglesia,
muchos cristianos son perseguidos. Pensemos en el Medio Oriente, los cristianos
que deben huir de las persecuciones, los cristianos asesinados por sus
perseguidores. También los cristianos expulsados de manera elegante, con
guantes blancos: esta también es una persecución. Hoy en día hay más testigos
más mártires en la Iglesia que en los primeros siglos. Y en esta misa,
recordando a nuestros gloriosos antepasados, aquí en Roma, también pensamos
en nuestros hermanos y hermanas que viven perseguidos, que sufren y que con su
sangre hacen crecer la semilla de tantas pequeñas iglesias que nacen. Oramos
por ellos y también por nosotros”.
(GM – RV)
(GM – RV)
lunes, 30 de junio de 2014
Abramos el corazón para que Jesús lo transforme como hizo con San Pedro y San Pablo, el Papa en el Ángelus
Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!:
Desde la antigüedad, la Iglesia de Roma celebra a los apóstoles Pedro y Pablo en una única fiesta en el mismo día, 29 de junio. La fe en Jesucristo los hizo hermanos y el martirio los convirtió en una sola cosa. San Pedro y San Pablo, tan diferentes uno del otro a nivel humano, fueron elegidos personalmente por el Señor Jesús y respondieron a su llamada, ofreciendo toda su vida. En ambos la gracia de Cristo hizo grandes cosas, los transformó: ¡y cómo los transformó! Simón había negado a Jesús en el momento dramático de la pasión; Saulo había perseguido a los cristianos con dureza. Pero ambos recibieron el amor de Dios y se dejaron transformar por su misericordia; así se convirtieron en amigos y apóstoles de Cristo. Por eso ellos continúan hablando a la Iglesia y aún hoy, nos muestran el camino de la salvación. También nosotros, si por caso cayéramos en los pecados más graves y en la noche más oscura, Dios siempre es capaz de transformarnos, así como transformó a Pedro y Pablo; transformarnos el corazón y perdonarnos todo, transformando así nuestra oscuridad del pecado, en un alba de luz. Dios es así: nos transforma, nos perdona siempre, como lo hizo con Pedro y como lo hizo con Pablo.
El libro de los Hechos de los Apóstoles muestra muchos aspectos de su testimonio. Pedro, por ejemplo, nos enseña a mirar a los pobres con los ojos de la fe y a donarles lo más precioso que tenemos: el poder del nombre de Jesús. Esto hizo con aquel paralítico, le dio todo lo que él tenía: Jesús.
De Pablo, se cuenta tres veces el episodio de la llamada en el camino de Damasco, que señala el punto de inflexión en su vida, marcando claramente un antes y un después. Antes, Pablo era un enemigo acérrimo de la Iglesia. Después, pone toda su existencia al servicio del Evangelio. También para nosotros, el encuentro con la Palabra de Cristo es capaz de transformar completamente nuestras vidas. No es posible oír esta Palabra y permanecer en el propio lugar, quedarse bloqueados en las propias costumbres. Ella nos empuja a vencer el egoísmo que tenemos en el corazón para seguir con decisión aquel Maestro que ha dado la vida por sus amigos. Pero es Él que con su palabra nos cambia; es Él el que nos transforma; es Él el que nos perdona todo, si nosotros abrimos el corazón y pedimos el perdón.
Queridos hermanos y hermanas, que esta fiesta inspire en nosotros una gran alegría, porque nos pone de frente a la obra de la misericordia de Dios en los corazones de dos hombres. Es la obra de la misericordia de Dios en estos dos hombres, que eran grandes pecadores. Y Dios quiere llenar con su gracia también a nosotros, como lo hizo con Pedro y Pablo. Que la Virgen María nos ayude a acogerla como ellos, con el corazón abierto, ¡a no recibirla en vano! Y nos sostenga en los momentos de prueba, para dar testimonio de Jesucristo y de su Evangelio. Hoy le pedimos en particular por los arzobispos metropolitanos nombrados el último año, que esta mañana han celebrado conmigo la Eucaristía en San Pedro. Los saludamos con afecto junto con sus fieles y familiares, y rezamos por ellos.
La solemnidad de san Pedro y san Pablo. Cristo eligió de entre los doce a Pedro y lo puso al frente
La solemnidad de san Pedro y san Pablo nos permite contemplar la estrecha
amistad que se establece entre Jesucristo y estos dos hombres elegidos para
misiones muy importantes. En la primera lectura, tomada de los hechos de los
apóstoles, Pedro recibe la visita en la cárcel de una ángel enviado por Dios
que lo invita a ponerse en pie y seguirlo. Pedro deberá reemprender su misión
al frente de la Iglesia naciente(1L). Pablo, en la carta a Timoteo hace un
recuerdo emocionado de su entrega a Cristo: “he combatido el buen combate”.
Sabe que Dios lo escogió desde el seno de su madre para revelarle a Cristo y
para llamarlo a anunciarlo a todos los pueblos. Ahora al final de su carrera,
reconoce con gratitud que Cristo lo ayudó y le dio fuerzas (2L). En Pedro y en
Pablo aquello que más resalta es su íntima amistad con el maestro. Ambos
tuvieron experiencia del amor de Dios en Cristo Jesús. Esa experiencia los
acompañó durante toda su vida y les dio una viva conciencia de su misión.
Tiene, pues, razón Pedro al concluir con emoción : “Señor, Tú sabes todo, Tú
sabes que yo te amo” (EV).
Mensaje doctrinal
1.Pedro y Pablo fieles a su
misión. La solemnidad de san Pedro y san Pablo es una de las más antiguas del
año litúrgico. Ella aparece en el santoral incluso antes que la fiesta de
navidad. En el siglo IV ya existía la costumbre de celebrar tres misas una en
la basílica vaticana, otra en san Pablo extra muros y otra en las catacumbas de
san Sebastián, donde se escondieron las reliquias de los apóstoles durante
algún tiempo. En un principio se consideró que el 29 de junio fuese el día en
el que, en el año 67, Pedro sufrió el martirio en la colina vaticana y Paolo en
la localidad denominada “Tre fontane”. En realidad, si bien el hecho del
martirio es una dato histórico incuestionable que tuvo lugar en Roma en la
época de Nerón, no es tan seguro, en cambio, el día y el año de la muerte de
los dos apóstoles, pero parece que se sitúa entre el 67 y el 64.
Esta solemnidad festeja a las dos columnas de la Iglesia. Por una parte, Pedro
es el hombre elegido por Cristo para ser “la roca” de la Iglesia: “Tú eres
Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ( Mt 16,16). Pedro, hombre
frágil y apasionado, acepta humildemente su misión y arrostra cárceles y
maltratamientos por el nombre de Jesús.(cf. Hch 5,41). Predica con “parresía”,
con valor, lleno del Espíritu Santo (cf. Hch 4,8). Pedro es el amigo entrañable
de Cristo, el hombre elegido que se arrepiente de haber negado a su maestro, el
hombre impetuoso y generoso que reconoce al Dios hecho hombre, al Mesías
prometido: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”(cf. Mt 16,16). Los Hechos
de los apóstoles narran en esta solemnidad la liberación de Pedro de las
cárceles herodianas. “Con esta intervención extraordinaria, Dios ayudó a su
apóstol para que pudiera proseguir su misión. Misión no fácil, que implicaba un
itinerario complejo y arduo. Misión que se concluirá con el martirio “cuando
seas viejo otro te ceñirá y te llevará donde no quieres” (cf. Jn 21,18)
precisamente aquí, en Roma, donde aún hoy la tumba de Pedro es meta de
incesantes peregrinaciones de todas las partes del mundo
“Pablo, por su parte, fue conquistado por la gracia divina en el camino de Damasco y de perseguidor de los cristianos se convirtió en Apóstol de los gentiles. Después de encontrarse con Jesús en su camino, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio. También a Pablo se le reservaba como meta lejana Roma, capital del Imperio, donde, juntamente con Pedro, predicaría a Cristo, único Señor y Salvador del mundo. Por la fe, también él derramaría un día su sangre precisamente aquí, uniendo para siempre su nombre al de Pedro en la historia de la Roma cristiana” (Juan Pablo II, 29 de junio de 2002). Pablo es el apóstol fogoso e incansable que recorre el mundo conocido en la época para anunciar la buena nueva de la salvación en Cristo Jesús. Sabe que se le ha dado una misión, una responsabilidad, una tarea que no puede declinar. “Ay de mí si no evangelizare” (1 Co 9,16).
2. El colegio episcopal y su cabeza, el Papa. “Cristo,
al instituir a los Doce, "formó una especie de Colegio o grupo estable y
eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él". "Así como,
por disposición del Señor, san Pedro y los demás apóstoles forman un único
colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano
Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los apóstoles".
El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la
piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella; lo instituyó pastor de
todo el rebaño. "Está claro que también el Colegio de los apóstoles, unido
a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro". Este
oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de
la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.
El Papa, obispo de Roma y sucesor de san Pedro, "es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles". "El Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad". (Catecismo de la Iglesia Católica 881-882).
El Papa, obispo de Roma y sucesor de san Pedro, "es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles". "El Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad". (Catecismo de la Iglesia Católica 881-882).
Testimoniar a Cristo. El misterioso itinerario de fe y
de amor, que condujo a Pedro y a Pablo de su tierra natal a Jerusalén, luego a
otras partes del mundo, y por último a Roma, constituye en cierto sentido un
modelo del recorrido que todo cristiano está llamado a realizar para
testimoniar a Cristo en el mundo. Él también es llamado, como Pedro y Pablo,
para dar testimonio de Cristo por medio de su vida, de su palabra, de sus
obras. Ser cristiano es, por esencia, ser testigo de la resurrección de Cristo,
testimoniar que en Cristo el Padre nos ha reconciliado consigo y nos ha espera
en la vida eterna.
"Yo consulté al Señor, y me respondió, me liberó de todas mis ansias" (Sal 33, 5). ¿Cómo no ver en la experiencia de ambos santos, que hoy conmemoramos, la realización de estas palabras del salmista? La Iglesia es puesta a prueba continuamente. El mensaje que le llega siempre de los apóstoles san Pedro y san Pablo es claro y elocuente: por la gracia de Dios, en toda circunstancia, el hombre puede convertirse en signo del poder victorioso de Dios. Por eso no debe temer. Quien confía en Dios, libre de todo miedo, experimenta la presencia consoladora del Espíritu también, y especialmente, en los momentos de la prueba y del dolor (Juan Pablo II, 20 de junio de 2002).
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"Yo consulté al Señor, y me respondió, me liberó de todas mis ansias" (Sal 33, 5). ¿Cómo no ver en la experiencia de ambos santos, que hoy conmemoramos, la realización de estas palabras del salmista? La Iglesia es puesta a prueba continuamente. El mensaje que le llega siempre de los apóstoles san Pedro y san Pablo es claro y elocuente: por la gracia de Dios, en toda circunstancia, el hombre puede convertirse en signo del poder victorioso de Dios. Por eso no debe temer. Quien confía en Dios, libre de todo miedo, experimenta la presencia consoladora del Espíritu también, y especialmente, en los momentos de la prueba y del dolor (Juan Pablo II, 20 de junio de 2002).
TRES LLAMADAS DE JESÚS
El evangelio de Mateo ha recogido tres
llamadas de Jesús que hemos de escuchar con atención sus seguidores, pues
pueden transformar el clima de desaliento, cansancio y aburrimiento que a veces
se respira en alguno sectores de nuestras comunidades.
“Venid
a mí todos los que estáis cansados y agobiados. Yo os aliviaré”. Es
la primera llamada. Está dirigida a todos los que viven su religión como una
carga pesada. No son pocos los cristianos que viven agobiados por su
conciencia. No son grandes pecadores. Sencillamente, han sido educados para
tener siempre presente su pecado y no conocen la alegría del perdón contínuo de
Dios. Si se encuentran con Jesús, se sentirán aliviados.
Hay
también cristianos cansados de vivir su religión como una tradición gastada. Si
se encuentran con Jesús, aprenderán a vivir a gusto con Dios. Descubrirán una
alegría interior que hoy no conocen. Seguirán a Jesús, no por obligación sino
por atracción.
“Cargad
con mi yugo porque es llevadero y mi carga ligera”. Es la segunda llamada.
Jesús no agobia a nadie. Al contrario, libera lo mejor que hay en nosotros pues
nos propone vivir haciendo la vida más humana, digna y sana. No es fácil
encontrar un modo más apasionante de vivir.
Jesús
libera de miedos y presiones, no los introduce; hace crecer nuestra libertad,
no nuestras servidumbres; despierta en nosotros la confianza, nunca la
tristeza; nos atrae hacia el amor, no hacia las leyes y preceptos. Nos invita a
vivir haciendo el bien.
“Aprended
de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso”.
Es la tercera llamada. Hemos de aprender
de Jesús a vivir como él. Jesús no complica nuestra vida. La hace más clara y
más sencilla, más humilde y más sana. Ofrece descanso. No propone nunca a sus
seguidores algo que él no haya vivido. Nos invita a seguirlo por el mismo
camino que él ha recorrido. Por eso puede entender nuestras dificultades y
nuestros esfuerzos, puede perdonar nuestras torpezas y errores, animándonos
siempre a levantarnos.
Hemos
de centrar nuestros esfuerzos en promover un contacto más vital con Jesús en
tantos hombres y mujeres necesitados de aliento, descanso y paz. Me entristece
ver que es precisamente su modo de entender y de vivir la religión lo que
conduce a no pocos, casi inevitablemente, a no conocer la experiencia de
confiar en Jesús. Pienso en tantas personas que, dentro y fuera de la Iglesia,
viven “perdidos”, sin saber
a qué puerta llamar. Sé que Jesús podría ser para ellos la gran noticia.
José Antonio Pagola
domingo, 29 de junio de 2014
Dios, padre tierno que nos ama y nos tiene de la mano: homilía del Papa en Santa Marta
Para comunicar su tierno amor de Padre al
hombre, Dios necesita que el hombre se haga pequeño. Es el pensamiento que Papa
Francisco desarrolló en la homilía de la Misa matutina presidida en la Casa de
Santa Marta, en el día en que la Iglesia celebra al Sagrado Corazón de Jesús.
No espera sino “da”, no habla sino “reacciona”. No hay sombra de pasividad en el modo en que el Creador entiende el amor por sus criaturas. Papa Francisco lo explica al comienzo de una homilía en la cual se centra en el Corazón de Jesús celebrado en la liturgia. Dios, afirmó, “nos da la gracia, la alegría de celebrar en el corazón de su Hijo las grandes obras de su amor. Podemos decir que hoy es la fiesta del amor de Dios en Jesucristo, el amor de Dios por nosotros, el amor de Dios en nosotros”:
No espera sino “da”, no habla sino “reacciona”. No hay sombra de pasividad en el modo en que el Creador entiende el amor por sus criaturas. Papa Francisco lo explica al comienzo de una homilía en la cual se centra en el Corazón de Jesús celebrado en la liturgia. Dios, afirmó, “nos da la gracia, la alegría de celebrar en el corazón de su Hijo las grandes obras de su amor. Podemos decir que hoy es la fiesta del amor de Dios en Jesucristo, el amor de Dios por nosotros, el amor de Dios en nosotros”:
“Hay dos aspectos de
amor. En primer lugar, el amor está más en el dar que en el recibir. El segundo
aspecto: el amor está más en las obras que en las palabras. Cuando decimos que
está más en dar que en recibir, es que el amor se ‘comunica’: siempre comunica.
Es recibido por la persona amada. Y cuando decimos que está más en los hechos
que en las palabras: el amor siempre da vida, hace crecer”.
Pero para “comprender el amor de Dios”, el
hombre tiene necesidad de buscar una dimensión inversamente proporcional a la
inmensidad: es la pequeñez, dice el Papa, “la pequeñez del corazón”. Moisés,
recuerda, explica al pueblo judío que ha sido elegido por Dios porque era “el
más pequeño de todos los pueblos”. Mientras Jesús en el Evangelio alaba al
Padre “porque ha escondido las cosas divinas a los sabios y las ha revelado a
los pequeños”. Así, observa Papa Francisco, lo que Dios busca en el hombre es
una “relación de papá-hijo”, lo “acaricia”, le dice: “yo estoy contigo”:
“Esta es la ternura del
Señor, en su amor; esto es aquello que Él nos comunica, y da fuerza a nuestra
ternura. Pero si nosotros nos sentimos fuertes, no experimentaremos nunca la
caricia del Señor, ‘las’ caricias del Señor, tan bellas ... tan hermosas. ‘No
temas, Yo estoy contigo, te llevo de la mano’... Son todas palabras del Señor
que nos hacen comprender ese misterioso amor que Él tiene por nosotros. Y
cuando Jesús habla de sí mismo, dice: ‘Yo soy manso y humilde de corazón’.
También Él, el Hijo de Dios, se abaja para recibir el amor del Padre”.
Otro signo particular del amor de Dios es que Él nos amó a nosotros “primero”. Él está siempre “primero que nosotros”, “Él está esperando por nosotros”, asegura Papa Francisco, que termina pidiendo a Dios la gracia “de entrar en este mundo tan misterioso, sorprendernos y tener paz con este amor que se comunica, que nos da alegría y nos lleva por el camino de la vida como a un niño, de la mano”:
Otro signo particular del amor de Dios es que Él nos amó a nosotros “primero”. Él está siempre “primero que nosotros”, “Él está esperando por nosotros”, asegura Papa Francisco, que termina pidiendo a Dios la gracia “de entrar en este mundo tan misterioso, sorprendernos y tener paz con este amor que se comunica, que nos da alegría y nos lleva por el camino de la vida como a un niño, de la mano”:
“Cuando llegamos, Él está. Cuando lo buscamos, Él
nos ha buscado antes. Él siempre está adelante nuestro, nos espera para recibirnos
en su corazón, en su amor. Y estas dos cosas pueden ayudarnos a comprender este
misterio de amor de Dios con nosotros. Para expresarse necesita de nuestra
pequeñez, de nuestro abajamiento. Y, también, necesita nuestro asombro cuando
lo buscamos y lo encontramos ahí, esperándonos”.
(GM – RV)
(GM – RV)
La lucha entre el bien y el mal
Tocamos continuamente la lucha entre el bien y
el mal. En la familia y en el trabajo. En la ciudad y en el Estado. Entre
amigos y con desconocidos.
Esa lucha penetra
también en lo más profundo de mi corazón. A veces opto por el bien: soy
generoso, perdono, fomento la paciencia, me comprometo a ayudar a familiares,
amigos y conocidos. Otras veces elijo el mal: busco sólo mis intereses, me dejo
atrapar por la avaricia, envidio a quien parece tener éxito, daño con mi lengua
a cercanos o lejanos.
Se trata de una
lucha que recorre toda la historia humana, y que llegó a niveles inauditos
durante la vida de Cristo: el Maligno en persona tentó al Maestro, y desencadenó
odios que llevaron al drama del Calvario.
Pero la última
palabra de la historia humana queda en manos de Dios, que es bueno,
omnipotente, misericordioso. La esperanza, desde entonces, es la palabra clave
para la vida del cristiano.
En medio de la
lucha, ante las tentaciones de cada día, necesitamos mirar hacia un crucifijo
para aprender el camino que lleva a la victoria: humildad, total obediencia al
Padre, perdón, entrega hasta el heroísmo.
Tenemos, además, la
presencia de una Madre. Ella está cerca de los hijos. Ella nos indica el camino
que lleva a Cristo. Ella nos da un ejemplo maravilloso de escucha y acogida de
todo aquello que Dios pueda pedirnos.
A la Virgen María
san Juan Pablo II dirigió una emotiva oración ante los males del mundo, que
necesitamos recordar en medio de la lucha que vivimos en nuestros días:
Corazón
Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga
en los corazones de los hombres de hoy y que con sus efectos inconmensurables
pesa ya sobre la vida presente y da la impresión de cerrar el camino hacia el
futuro.
¡Del hambre y de la guerra, líbranos!
¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo de guerra, líbranos!
¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos!
¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!
¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, líbranos!
¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!
¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, líbranos!
¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!
¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos! (Juan Pablo II, 25 de marzo de 1984).
Estamos en una lucha a muerte. Cada derrota implica un avance del pecado en nuestra historia. Cada victoria abre el mundo a Dios y aumenta el amor hacia el hermano.
En este momento decido. Necesito ayuda, desde una súplica humilde a Cristo y a su Madre para que la gracia triunfe en más y más corazones, también en el mío...
¡Del hambre y de la guerra, líbranos!
¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo de guerra, líbranos!
¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos!
¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!
¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, líbranos!
¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!
¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, líbranos!
¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!
¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos! (Juan Pablo II, 25 de marzo de 1984).
Estamos en una lucha a muerte. Cada derrota implica un avance del pecado en nuestra historia. Cada victoria abre el mundo a Dios y aumenta el amor hacia el hermano.
En este momento decido. Necesito ayuda, desde una súplica humilde a Cristo y a su Madre para que la gracia triunfe en más y más corazones, también en el mío...
P. Fernando Pascual.
martes, 24 de junio de 2014
Natividad de San Juan Bautista. De los sermones de san Agustín: «LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO»
La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como
algo sagrado, y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja. [...]
Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo
y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas
llegaron hasta Juan.
Por tanto, él es como la personificación de lo antiguo y
el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos;
porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún
no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su
madre. Con ello queda ya señalada su misión, aun antes de nacer; queda
demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea. Estas cosas
pertenecen al orden de lo divino y sobrepasan la capacidad de la humana
pequeñez. Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la lengua de
su padre. Estos acontecimientos hay que entenderlos con toda la fuerza de su
significado.
Zacarías calla y pierde el habla hasta que nace Juan, el precursor del
Señor, y abre su boca. Este silencio de Zacarías significaba que, antes de la
predicación de Cristo, el sentido de las profecías estaba en cierto modo
latente, oculto, encerrado. Con el advenimiento de aquel a quien se referían
estas profecías, todo se hace claro.
El hecho de que en el nacimiento de Juan
se abre la boca de Zacarías tiene el mismo significado que el
rasgarse el velo al morir Cristo en la cruz. Si Juan se hubiera anunciado a sí
mismo, la boca de Zacarías habría continuado muda. Si se desata su lengua es
porque ha nacido aquel que es la voz; en efecto, cuando Juan cumplía ya su
misión de anunciar al Señor, le dijeron: ¿Tú quién eres? Y él respondió: Yo soy
la voz que grita en el desierto. Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra
que en el principio ya existía. Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra
eterna desde el principio.
De News.va
“Un cristiano sabe abajarse para anunciar al Señor”: el Santo Padre en la homilía de la misa
Un cristiano no se anuncia a sí mismo, sino al Señor. Lo subrayó Papa
Francisco en la Misa matutina en la Casa de Santa Marta, en la solemnidad de la
Natividad de San Juan Bautista. El Papa habló de las vocaciones del “más grande
entre los profetas”: preparar, discernir, disminuir.
Preparar la venida
del Señor, discernir quién sea el Señor, disminuirse para que el Señor crezca.
Papa Francisco ha indicado en estos tres verbos las vocaciones de Juan el
Bautista, modelo siempre actual para un cristiano. Juan, dijo el Papa,
preparaba el camino a Jesús “sin tomar nada para sí mismo”. Él era un hombre
importante, “la gente lo buscaba, lo seguía porque las palabras de Juan eran
fuertes”.
Sus palabras, prosiguió Francisco, “llegaban al corazón”. Y allí, observó, tuvo tal vez “la tentación de creer que era importante, pero no cayó”. Cuando, de hecho, se acercaron los doctores para preguntarle si él era el Mesías, Juan respondió: “Son voces: solamente voces”, yo sólo “he venido a preparar el camino del Señor”. “Aquí está la primera vocación de Juan el Bautista”, dijo el Papa: “Preparar al pueblo, preparar los corazones de la gente para el encuentro con el Señor”.
Sus palabras, prosiguió Francisco, “llegaban al corazón”. Y allí, observó, tuvo tal vez “la tentación de creer que era importante, pero no cayó”. Cuando, de hecho, se acercaron los doctores para preguntarle si él era el Mesías, Juan respondió: “Son voces: solamente voces”, yo sólo “he venido a preparar el camino del Señor”. “Aquí está la primera vocación de Juan el Bautista”, dijo el Papa: “Preparar al pueblo, preparar los corazones de la gente para el encuentro con el Señor”.
Pero, ¿quién es el Señor?:
"Y esta es la segunda vocación de Juan: discernir, entre tanta gente buena, quien era el Señor. Y el Espíritu Santo le reveló esto y él tuvo el valor de decir: 'Es éste. Éste es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo’. Los discípulos miraron a este hombre que pasaba y lo dejaron que se marchara. Al día siguiente, sucedió lo mismo: '¡Es aquel! Él es más digno de mí’… Y los discípulos fueron detrás de Él. En la preparación, Juan decía: "Detrás de mí viene uno... "Pero en el discernimiento, que sabe discernir e indicar al Señor, dice: "¡Delante de mí... está Éste!'".
"Y esta es la segunda vocación de Juan: discernir, entre tanta gente buena, quien era el Señor. Y el Espíritu Santo le reveló esto y él tuvo el valor de decir: 'Es éste. Éste es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo’. Los discípulos miraron a este hombre que pasaba y lo dejaron que se marchara. Al día siguiente, sucedió lo mismo: '¡Es aquel! Él es más digno de mí’… Y los discípulos fueron detrás de Él. En la preparación, Juan decía: "Detrás de mí viene uno... "Pero en el discernimiento, que sabe discernir e indicar al Señor, dice: "¡Delante de mí... está Éste!'".
La tercera vocación de Juan, prosiguió el Papa, es disminuir. Desde aquel momento, “su vida comenzó a abajarse, a disminuirse para que creciera el Señor, hasta eliminarse a sí mismo”: “Él debe crecer, yo, en cambio, disminuir”, “detrás de mí, delante mío, lejos de mí”:
"Y esta
fue la etapa más difícil de Juan, porque el Señor tenía un estilo que él no
había imaginado, hasta el punto de que en la cárcel -porque Juan estaba en la
cárcel en ese momento - sufrió no sólo la oscuridad de la celda, sino también
la oscuridad en su corazón: " “¿Pero será Él? ¿No me habré equivocado?
Porque el Mesías tiene un estilo tan accesible y normal... que no entiendo...”
Y como que era un hombre de Dios, pidió a sus discípulos que fueran a
preguntárselo a Él: "¿Pero, es usted realmente, o debemos esperar a otro?”.
“La humillación de Juan - constató el Papa – es doble: la humillación de su muerte como precio de un capricho”, pero también la humillación “de la oscuridad del alma”. Juan que ha sabido “esperar” a Jesús, que ha sabido “discernir”, “ahora ve a Jesús lejano”. “Aquella promesa – reiteró el Papa – se ha alejado. Y termina solo. En la oscuridad, en la humillación”. Se queda solo “porque se anuló tanto para que el Señor creciera”. Juan, repite Francisco, ve al Señor que está “lejos” y él, “humillado, pero con el corazón en paz”:
"Tres vocaciones en un hombre: preparar, discernir, y dejar crecer al Señor disminuyéndose a sí mismo. También es hermoso pensar la vocación cristiana así. Un cristiano no se anuncia a sí mismo, anuncia a otro, prepara el camino para otro: al Señor. Un cristiano debe aprender a discernir, debe saber discernir la verdad de lo que parece verdad y no lo es: un hombre de discernimiento. Y un cristiano debe ser también un hombre que sabe cómo abajarse para que el Señor crezca, en el corazón y en el alma de los demás".
GM / ER - RV
24 Junio 2014, Natividad de San Juan Bautista
Cuando
llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo.
Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se
reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre;
pero la madre dijo: "No, debe llamarse Juan".
Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre".
Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre".
Entonces
preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió
una pizarra y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron
admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a
alabar a Dios.
Este
acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y
se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él.
El
niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares
lunes, 23 de junio de 2014
Evangelizadores con Espíritu
Evangelizadores con Espíritu quiere decir
evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En
Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los
transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a
entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para
anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a
contracorriente. Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual
toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de
alma. Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo
con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la
presencia de Dios.
Una evangelización con espíritu es muy diferente
de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se
tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y
deseos.
Una evangelización con espíritu es una
evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia
evangelizadora. Antes de proponeros algunas motivaciones y sugerencias
espirituales, invoco una vez más al Espíritu Santo; le ruego que venga a
renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí
para evangelizar a todos los pueblos.
Evangelizadores con Espíritu quiere decir
evangelizadores que oran y trabajan. Y no digamos que hoy es más difícil;
es distinto. Pero aprendamos de los santos que nos han precedido y enfrentaron
las dificultades propias de su época. Para ello, os propongo que nos detengamos
a recuperar algunas motivaciones que nos ayuden a imitarlos hoy[207].
La primera motivación para evangelizar es
el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que
nos mueve a amarlo siempre más. Pero
¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de
mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de
comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a
cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra
el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Puestos ante Él con
el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de
amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo:
«Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48). ¡Qué
dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y
simplemente ser ante sus ojos!
A
veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde
a las necesidades más profundas de
las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el
Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno. Cuando se logra
expresar adecuadamente y con belleza el contenido esencial del Evangelio,
seguramente ese mensaje hablará a las búsquedas más hondas de los corazones:
«El misionero está convencido de que existe ya en las personas y en los
pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por
conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la
liberación del pecado y de la muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo
deriva de la convicción de responder a esta esperanza»
No
se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido,
por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no
conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo
poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo,
adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo
tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia
razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él
es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos. El verdadero
misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla
con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de
la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la
entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que
transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida,
entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie.
Comentarios que hizo nuestro Papa Francisco en su Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” sobre los evangelizadores:
“La persona que juzga se equivoca, se confunde y se derrota", el Papa en la misa de Santa Marta
Quien
juzga al hermano, se equivoca, y terminará por ser juzgado al mismo modo. Dios
es “el único Juez” y quien es juzgado podrá contar siempre con la defensa de
Jesús, su primer defensor, y con el Espíritu Santo. Lo afirmó el Papa Francisco
en la homilía de la Santa Misa de esta mañana, celebrada en la Casa de Santa
Marta.
Usurpador de un
puesto y de un rol que no le compete, y además, también un derrotado, porque
terminará víctima de su misma falta de misericordia. Esto es lo que sucede a
quien juzga a un hermano. El Papa Francisco hablando hoy del párrafo del
Evangelio sobre la paja y la viga en el ojo, distingue claramente: “La persona
que juzga –dice– se equivoca, se confunde y se derrota”, porque “toma el puesto
de Dios, que es el único juez”. Aquel apelativo, “hipócritas”, que Jesús dirige
varias veces a los doctores de la ley, en realidad va dirigido a cualquier
persona. También porque, observa el Papa, quien juzga lo hace “rápido”,
mientras que “Dios, para juzgar, se toma tiempo”:
“Por eso, quien juzga se
equivoca, simplemente porque toma un lugar que no es para él. Pero no sólo se
equivoca, también se confunde. ¡Está tan obsesionado con aquello que tiene que
juzgar en aquella persona – ¡tan, pero tan obsesionado! – que aquella pajita no
lo deja dormir! ‘¡Pero yo quiero sacarte esa pajita’!... y no se da cuenta de
la viga que él tiene. Se confunde: cree que la viga es aquella paja. Confunde
la realidad, es un fantasioso. Y quien juzga acaba derrotado, termina mal,
porque la misma medida será usada para juzgarlo a él. El juez que se equivoca,
porque toma el lugar de Dios –soberbio, autosuficiente– apuesta por una
derrota. ¿Y cuál es la derrota? Aquella de ser juzgado con la misma medida con
la que él juzga.”
“El único que juzga
es Dios, y aquellos a los que Dios les da potestad para hacerlo”, añade el Papa
Francisco, que indica en la actitud de Jesús el ejemplo a imitar, respecto a
quien no se hace escrúpulos en el realizar juicios sobre los otros:
“Jesús, delante del Padre, ¡nunca acusa! Es al contrario: ¡defiende! Es el primer Paráclito. Después nos envía al segundo, que es el Espíritu Santo. Él es el defensor: está delante del Padre para defendernos de las acusaciones. ¿Y quién es el acusador? En la Biblia, se llama ‘acusador’ al demonio, a Satanás. Jesús juzgará, sí: al final del mundo, pero mientras tanto intercede, defiende…”
“Jesús, delante del Padre, ¡nunca acusa! Es al contrario: ¡defiende! Es el primer Paráclito. Después nos envía al segundo, que es el Espíritu Santo. Él es el defensor: está delante del Padre para defendernos de las acusaciones. ¿Y quién es el acusador? En la Biblia, se llama ‘acusador’ al demonio, a Satanás. Jesús juzgará, sí: al final del mundo, pero mientras tanto intercede, defiende…”
En definitiva,
quien juzga –afirma el Papa Francisco– “es un imitador del Príncipe de este
mundo, que va siempre detrás de las personas para acusarlas delante del Padre”.
Que el Señor –concluye– “nos de la gracia de imitar a Jesús intercesor, defensor,
abogado, nuestro y de los otros”. Y de “no imitar al otro, que al final nos
destruirá”:
“Si nosotros queremos ir por
el camino de Jesús, más que acusadores tenemos que ser defensores de los otros
delante del Padre. Yo veo una cosa fea en otro, ¿voy a defenderlo? ¡No!
¡Quedate callado! Andá a rezar y defendelo delante del Padre, como hace Jesús!
¡Rezá por él, pero no lo juzgués! Porque si lo hacés, cuando vos harás algo
malo, serás juzgado. Recordemos esto bien, nos hará bien en la vida de todos
los días, cuando nos vienen las ganas de juzgar a los otros, de hablar de
ellos, que es una forma de juzgar”.
(Traducción de Mariana Puebla y Eduardo Rubiò)
(Traducción de Mariana Puebla y Eduardo Rubiò)
domingo, 22 de junio de 2014
La medida del amor de Dios es amar sin medida: el Papa en el Ángelus
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días: en Italia y en muchos otros países se
celebra este domingo la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo -se utiliza a
menudo el nombre latino: Corpus Domini, o Corpus Christi. La comunidad eclesial
se reúne en torno a la Eucaristía para adorar el tesoro más precioso que Jesús
le ha dejado.
El Evangelio de Juan presenta el discurso sobre el "pan de vida", impartido por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, en la que afirmó: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Jn 06:51). Jesús señala que no vino a este mundo para dar algo, sino para darse a sí mismo, para dar su vida como alimento para los que tienen fe en Él. Esta comunión nuestra con el Señor nos compromete a nosotros, sus discípulos, a imitarlo, haciendo de nuestra existencia, de nuestros comportamientos, pan partido para los demás, como el Maestro partió el pan que es realmente su carne. Para nosotros, en cambio, son los comportamientos generosos con el prójimo que demuestran la postura de partir la vida por los demás.
Cada vez que participamos en la Misa y nos alimentamos con el Cuerpo de Cristo, la presencia de Jesús y del Espíritu Santo obra en nosotros, da forma a nuestro corazón, nos comunica actitudes internas que se traducen en comportamientos de acuerdo con el Evangelio. En primer lugar, la docilidad a la Palabra de Dios, después la hermandad entre nosotros, el valor del testimonio cristiano, la fantasía de la caridad, la capacidad de dar esperanza a los desesperados, de acoger a los excluidos. De este modo, la Eucaristía hace madurar en nosotros un estilo de vida cristiano. La caridad de Cristo, recibida con el corazón abierto, nos cambia, nos transforma, nos hace capaces de amar, no a nivel humano, siempre limitado, sino de acuerdo a la medida de Dios, es decir, sin medida.
¿Y cuál es la medida de Dios? ¡Sin medida! La medida de Dios es sin medida. ¡Todo! ¡Todo! ¡Todo! No se puede medir el amor de Dios: ¡es sin medida! Y entonces llegamos a ser capaces de amar incluso a los que no nos aman, y esto no es fácil, ¿eh? Amar a quienes no nos ama... ¡No es fácil! Porque si sabemos que una persona no nos quiere, también tenemos nosotros el deseo de no quererla. Pues no. ¡Hemos de amar incluso a los que no nos aman! Oponernos al mal con el bien, a perdonar, a compartir, a acoger a los demás. Gracias a Jesús y su Espíritu, también nuestra vida se convierte en "pan partido" para nuestros hermanos. ¡Y viviendo así, descubrimos la verdadera alegría! La alegría de convertirse en don, de devolver el gran don que recibimos por primera vez, sin nuestro mérito.
Es hermoso esto: ¡nuestra vida se convierte en don! Esto es imitar a Jesús. Yo quisiera recordar estas dos cosas. En primer lugar, la medida del amor de Dios es amar sin medida. ¿Está claro esto? Y nuestra vida, con el amor de Jesús, recibiendo la Eucaristía, se hace don. Tal como fue la vida de Jesús. No olviden estas dos cosas: la medida del amor de Dios es amar sin medida. Y siguiendo a Jesús, nosotros -con la Eucaristía- hacemos de nuestra vida un don.
Jesús, el Pan de vida eterna, bajó del cielo y se hizo carne gracias a la fe de María Santísima. Después de haberlo llevado con Ella, con amor inefable, lo siguió fielmente hasta la Cruz y la Resurrección. Pidamos a la Virgen que nos ayude a redescubrir la belleza de la Eucaristía, para que sea el centro de nuestra vida, especialmente en la Misa dominical y en la adoración.
ER - RV
Después del rezo Marianao del Ángelus el Santo Padre dedicó saludos a fieles de diferentes partes del mundo e hizo un llamamiento contra la tortura.
Queridos hermanos y hermanas:
El 26 de junio próximo se celebrará el Día de las Naciones Unidas por las Víctimas de la Tortura. En esta circunstancia reitero la firme condena de cada forma de tortura e invito a los cristianos a comprometerse para cooperar a su abolición y apoyar a las víctimas y sus familias. ¡Torturar a las personas es un pecado mortal! ¡Un pecado muy grave!
Extiendo mi saludo a todos ustedes, ¡romanos y peregrinos!
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