domingo, 9 de junio de 2013

"Francisco pone a Juan XXIII como "modelo de santidad"


Francisco, durante una misa en Santa Marta
"Los corruptos son el anticristo, un peligro también para los cristianos"
 

El Papa advierte contra los "adoradores de sí mismos", que hacen mucho mal a la Iglesia

Redacción, 03 de junio de 2013 a las 13:02
El papa Francisco afirmó hoy que los corruptos son "el anticristo", hacen mucho daño a la Iglesia y son "un peligro, ya que son adoradores de sí mismos, sólo piensan en ellos y consideran que no necesitan de Dios".
El pontífice hizo estas manifestaciones durante la misa que celebró en la capilla de la residencia de Santa Marta, donde se aloja, en la que se refirió a la parábola de los labradores malvados, del Evangelio de Mateo y a los tres modelos de cristianos en la Iglesia: los pecadores, los corruptos y los santos.
Francisco señaló que de los pecadores no es necesario hablar demasiado, "ya que todos los somos, nos conocemos desde dentro y sabemos que cosa es un pecador y si alguno de nosotros no se siente así, que vaya a la consulta de un médico espiritual".
El Obispo de Roma añadió que la parábola habla de otra figura, la de aquellos que quieren adueñarse de la viña y han roto relaciones con el dueño de la misma, "un patrón (Dios) que nos ha llamado con amor, nos custodia y nos da libertad, pero esas personas se sienten fuertes y autónomas de Dios".
"Esas personas, poco a poco han roto esa relación con Dios y dicen: 'nosotros no necesitamos a ese patrón, que no venga a molestarnos". Esos son los corruptos, aquellos que eran pecadores como todos nosotros, pero han dado un paso adelante,se han consolidado en el pecado", aseguró Francisco.
El papa Bergoglio agregó que los corruptos "son un peligro también para los cristianos, ya que sólo piensan en ellos", en su grupo.
El pontífice advirtió que Judas, "de pecador avaro acabó en la corrupción" y subrayó que los corruptos "son grandes desmemoriados, han olvidado el amor con el que Dios ha creado su viña, y se han convertido en adoradores de sí mismos".
"¡Cuanto mal hacen los corruptos en la comunidad cristiana, que el Señor nos libere de caer en ese camino de la corrupción", agregó el papa, que recordó al apóstol Juan que decía que los corruptos "son el anticristo, están en medio de nosotros, pero no son de los nuestros".

Francisco agregó que, al contrario que los corruptos, los santos hacen "mucho bien a la Iglesia", son los que "obedecen al Señor, los que le adoran y no han perdido la memoria del amor con el que el Señor ha creado su viña".
El papa argentino imploró a Dios la gracia "de no convertirnos en corruptos".

"Pecadores sí, corruptos no", subrayó Francisco, que recordó que hoy se cumplen 50 años de la muerte del beato papa Juan XXIII (25 de noviembre 1881-3 de junio de 1963), al que puso como "modelo de santidad". Francisco rezará hoy ante la tumba del "Papa bueno", como era conocido Juan XXIII, en la basílica de san Pedro del Vaticano.
El italiano Angelo Roncalli fue elegido papa el 28 de octubre de 1958. En su corto pontificado convocó el Concilio Ecuménico Vaticano II, que cambió la Iglesia y la lanzó al tercer milenio. Fue beatificado por Juan Pablo II el 3 de septiembre de 2000, durante el año jubilar de la Iglesia católica.


martes, 4 de junio de 2013

``El milagro, más que la multiplicación, es el compartir"

“La fiesta del Corpus Domini nos pide convertirnos a la fe en la Providencia, saber compartir lo poco que somos y tenemos y no cerrarnos jamás en nosotros mismos”, "pidamos a nuestra Madre María que nos ayude en esta conversión, para seguir verdaderamente, cada vez más, a ese Jesús que adoramos en la Eucaristía", concluyó el obispo de Roma su reflexión previa a la oración mariana de Ángelus con la multitud de peregrinos venidos a la plaza de San Pedro de Italia y de otros países. 

La fiesta de la Eucaristía, Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, fue el tema abordado por Francisco. Expresó que Jesús se preocupa por la multitud hambrienta pero de manera distinta de sus discípulos que proponen despedir a la gente, respondiendo así a la actitud humana más realista y que no genera problemas. 

Mientras que la actitud de Jesús, netamente diversa, que nace de su unión con el Padre y de la compasión por la gente lo lleva a pensar en la Providencia: de lo poco Dios puede sacar lo necesario para todos. 

Jesús dice a sus discípulos que den ellos mismos de comer a la gente, les pide que hagan sentar a la gente formando comunidades de cincuenta, toma el pan, los peces, levanta los ojos al cielo, los bendice, los parte –en clara referencia a la Eucaristía- y hace que los discípulos distribuyan los panes y los peces que no se acaban y que sacian la multitud. 

“Este es el milagro –afirmó el papa- más que una multiplicación es un compartir, animada por la fe y la oración.” "Comieron todos y sobró: es el signo de Jesús, pan de Dios para la humanidad. 

Los discípulos lo vieron, pero no comprendieron bien el mensaje. Quedaron prendados, como la multitud, por el entusiasmo del éxito. Una vez más, siguieron la lógica humana y no la de Dios, que es la del servicio, del amor y de la fe". 

El sufrimiento ha de ser tomado en serio

Por JOSÉ ANTONIO PAGOLA / Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.
En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también éste acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?
El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, “el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.
No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: “No llores”. Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.
No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”. Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús “lo entrega a su madre” para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.
Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.
En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.

Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando.

martes, 28 de mayo de 2013

Mucho bienestar impide seguir a Jesús, por el Papa Francisco

Dejar todo por el Reino

Jesús pide a un joven que dé todas sus riquezas a los pobres y le siga, pero este se va triste. El papa ha desarrollado la homilía partiendo del famoso episodio narrado en el evangelio de hoy. Sobre esto, ha subrayado que "las riquezas son un impedimento", que "no hacen fácil el camino hacia el Reino de Dios”. Además, advirtió, "Cada uno de nosotros tiene sus riquezas, todo el mundo." Siempre hay, dijo, una riqueza que “nos impide caminar cerca de Jesús".   

Todos –continuó--, “debemos hacer un examen de conciencia sobre las que son nuestras riquezas, porque nos impiden acercarnos a Jesús en el camino de la vida". El papa se refirió a dos "riquezas culturales": primero, la "cultura del bienestar, que nos hace poco valientes, nos hace perezosos, incluso nos vuelve egoístas". El bienestar "nos adormece, es una anestesia"



Encanto por lo temporal

También hay, agregó, "otra riqueza en nuestra cultura", una riqueza que nos "impide caminar cerca de Jesús: es el encanto por lo temporal". Nosotros –dijo, estamos "enamorados de lo temporal". Las "propuestas definitivas" que nos hace Jesús, "no nos gustan". En cambio lo temporal nos gusta, porque "tenemos miedo del tiempo de Dios" que es definitivo: 

"Él es el Señor del tiempo, nosotros somos los amos del momento. ¿Por qué? Porque en el momento que somos los amos: hasta aquí sigo al Señor, luego veré…». El encanto de lo temporal es una de esas riquezas. Tenemos que convertirnos en dueños del tiempo. Estas dos riquezas son las que en este momento nos impiden seguir adelante. Pienso en tantos, tantos hombres y mujeres que han dejado su tierra natal para ir como misioneros toda la vida: ¡esto es algo definitivo!" 

"Ante la invitación de Jesús, frente a estas dos riquezas culturales pensemos en los discípulos: estaban desconcertados. Nosotros también podemos estar desconcertados por este discurso de Jesús. Pidamos al Señor que nos dé el coraje para seguir adelante, despojándonos de esta cultura del bienestar, con la esperanza --al final del camino, donde Él nos espera-- puesta en el tiempo. No con la pequeña esperanza del momento, que ya no sirve". 

Traducido del italiano por José Antonio Varela V.

El silencio del alma

domingo, 26 de mayo de 2013

Comunidad de Amor

Según los científicos, el “Big Ban”, ese acontecimiento que dio inicio a todo lo que existe, tuvo lugar hace 13.75 billones de años… nuestro planeta, en cambio, es mucho más joven, habiéndose formado hace 4.5 billones de años… y nuestra fe nos enseña que antes de existir la Tierra… el Universo… y todo lo creado… antes de que hubiera nada… aún antes del tiempo… en el completo vacío de la eternidad… ya Dios era…


Dios, el Creador de todo y todos… el Amor perfecto, que se dona y entrega en toda su magnitud e infinitud, existe desde siempre… no te parece algo maravilloso…!?!

Cuando nos detenemos a pensar en ese insondable misterio… y descubrimos que la misma naturaleza de Dios, su ser más íntimo, es Amor… comprendemos que Él tiene que existir en comunidad… pues el Amor solamente sabe amar y ser amado… y ambas acciones requieren de otro, fuera de sí mismo, que sea objeto y origen del Amor…El Padre se desborda en amor… pero ese desbordar necesita, por naturaleza propia, Alguien que lo reciba… ese Alguien es el Hijo… quien recibe el amor del Padre y se lo devuelve, desbordándose a su vez.

Oración al Espíritu Santo

Creo en Ti, Dios Padre,
Creo en Ti, Dios Hijo,
Creo en Ti, Dios Espíritu Santo,
pero aumentad mi fe.


Espero en Ti, Dios Padre, Espero en Ti, Dios Hijo,
Espero en Ti Dios Espíritu Santo,
pero aumentad mi esperanza.


Te amo Dios Padre,
Te amo Dios Hijo, mi Señor Jesucristo, Dios y hombre verdadero,
Te amo Dios Espíritu Santo,
pero aumentad mi amor.

Gloria al Padre,
Gloria al Hijo,
Gloria al Espíritu Santo,
Gloria a la Santísima e indivisa Trinidad,
como era en el principio, ahora y siempre,
por todos los siglos de los siglos. Amen.

jueves, 23 de mayo de 2013

La Santísima Trinidad

1. Jesús se va, pero se queda

  • Los discípulos no entienden las palabras de Jesús: se va, pero seguirá con ellos. Lo que quiere manifestarles Jesús es su nueva presencia en la comunidad.
  • Los discípulos interpretan la ausencia de Jesús como abandono, quedando ellos en soledad. 
  • Jesús desaparece físicamente al morir, pero quedará con ellos siempre de un modo nuevo, más profundo y más interior. Esto se realiza cuando Jesús les trasmite su mismo Espíritu, que es también el Espíritu del Padre.
  • Cuando venga el Espíritu de la verdad, los iluminará para que puedan entender la verdad completa (v. 13).

2. El Espíritu, memoria viva de Jesús

  • El Espíritu, la presencia íntima del Padre y del Hijo en el corazón de los creyentes, es quien iluminará para entender la verdad. El Espíritu es la memoria, siempre actual, de la Palabra y de los gestos de Jesús.
  • Si los discípulos se dejan guiar por el Espíritu, la Verdad y el Amor, sabrán interpretar el porqué de tantos sucesos, agradables o desagradables, que experimentarán en su vida.
  • El Espíritu dará a los discípulos la capacidad de experimentar la Verdad y el Amor del Padre, manifestado en el Hijo.
  • El Espíritu hará que los discípulos transformen su vida, pensamiento y acción, al estilo de Jesús, para que sean glorificados junto con Él.
  • El Espíritu es el maestro interior de la Verdad y del Amor. Nadie puede considerarse poseedor de la verdad absoluta. Esto sería atentar con la Verdad plena, propia del Espíritu.


3. Creer en la Trinidad es creer en el Amor


  • La Trinidad es el misterio íntimo del mismo Dios. El Padre conoce y se relaciona con el Hijo. Y así engendran al Espíritu, que es la expresión del Amor entre las tres personas divinas.
  • Ese mismo Amor intra-trinitario ha sido trasplantado a nosotros: Dios ha derramado su amor en nuestros corazones (Rom 5, 5; segunda lectura de hoy).
  • Nuestro Dios no es alguien lejano a nuestra condición humana. Se metió dentro de nosotros. "Es más íntimo que nuestra propia intimidad" (San Agustín).
  • Al celebrar la solemnidad de la Trinidad, afirmamos que el ser de Dios es el Amor. Y celebramos la Trinidad cuando descubrimos con gozo que la fuente de nuestra vida es un Dios-Comunidad.
  • Celebrar la Trinidad es entender nuestras relaciones humanas como un acto permanente de comunión para crear comunidad con los hermanos.

miércoles, 22 de mayo de 2013

El Papa Francisco: abrirse a las sorpresas de Dios

“La novedad  nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida... Y esto nos sucede también con Dios... nos resulta difícil abandonarnos a Él... dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados... para abrirnos a los suyos. 

Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. 

No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?”. 

 En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo.... Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia... la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá... de la doctrina y de la Comunidad eclesial, y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo”. 

Como último punto, el Papa ha observado que “los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio... . El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga... Es el Espíritu Paráclito, el “Consolador”, que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo”.

domingo, 19 de mayo de 2013

Oración al Espíritu Santo de San Agustín

Respira en mí

Respira en mí
Oh Espíritu Santo
para que mis pensamientos
puedan ser todos santos. 

Actúa en mí
Oh Espíritu Santo
para que mi trabajo, también
Pueda ser santo. 

Atrae mi corazón
Oh Espíritu Santo
para que sólo ame
lo que es santo. 

Fortaléceme
Oh Espíritu Santo
para que defienda
todo lo que es Santo. 

Guárdame pues
Oh Espíritu Santo
para que yo siempre
pueda ser santo.
(S. Agustín)
 

viernes, 17 de mayo de 2013

Dios Espíritu Santo


Dentro de dos días celebraremos la gran fiesta de Pentecostés… y nos gozaremos con la maravillosa noticia de que Dios ha cumplido su Promesa, enviando el Espíritu Santo sobre su Iglesia… pero, ¿conocemos realmente quién es el Espíritu Santo…? Hoy les dejo esta pequeña catequesis del Padre Ángel Peña, de su libro “Experiencias de Dios”…

El Espíritu Santo es el Espíritu de amor. Es la personificación del amor del Padre y del Hijo, de los cuales procede. San Pablo dice que: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Romanos 5,5). Esto quiere decir que no podemos tener amor en el alma sin el Espíritu Santo. No puede haber santidad sin el Espíritu Santo, como lo decía san Basilio en el siglo IV. Sin el poder del Espíritu Santo, los discípulos de Jesús no hubieran sido capaces de predicar. 

 Estaban reunidos en el Cenáculo unas 120 personas con las puertas y ventanas cerradas por miedo a los judíos. El día de Pentecostés quedaron todos llenos el Espíritu Santo y recibieron una fortaleza y una claridad tan grande sobre las verdades de la fe que ese mismo día salieron a predicar, sin temor a la muerte, y convirtieron a tres mil personas.

El poder del Espíritu Santo es el poder del amor que transforma las vidas de quienes están perdidos en la oscuridad de la ignorancia, de la tristeza o de la desesperación. Sin el Espíritu Santo, nuestra vida estaría triste, sin luz, sin sentido. Sin el Espíritu, la Iglesia estaría vacía, sin poder y sin vida. El Evangelio sería letra muerta, incomprensible, fuente de división. El Espíritu Santo se encuentra en el origen y término de todas las obras buenas de todos los hombres.
Jesús, como hombre, también necesitó el poder del Espíritu Santo. Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (Lucas 1,35). Estaba lleno del Espíritu Santo (Lucas 4,1). A veces, actuaba impulsado por el Espíritu Santo (Lucas 1,14). Fue llevado por el Espíritu Santo al desierto (Lucas 4,1). Ungido por el Espíritu Santo pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo (Hechos 10,38). Y con frecuencia, se sentía inundado de la alegría del Espíritu Santo (Lucas 10,21).

Por eso, si Jesús necesitó el Espíritu Santo, nosotros también lo necesitamos para ser santos y crecer cada día más en el amor a Dios Padre, nuestro papá. Y también para amar todo lo que es de Jesús, pues el Espíritu Santo nos da un amor especial para la madre de Jesús, la Virgen María; para la Iglesia de Jesús, nuestra Iglesia católica; para el representante de Jesús en la tierra, el Papa; para la palabra de Jesús, escrita en los Evangelios; para todos los hermanos de Jesús, que son todos los hombres. Y, muy en especial, nos da un amor grande y sublime para Jesús presente como Dios y hombre en la Eucaristía.
Por todo ello, digamos día y noche sin cansarnos jamás: Ven, Espíritu Santo, y lléname de tu amor y de tu felicidad. Así podremos comprender que el Reino de Dios es justicia, alegría y paz en el Espíritu Santo (Romanos 14,17).
De "Tengo sed de Ti"

martes, 14 de mayo de 2013

Pentecostés. Ven, Espíritu de Dios

GEMIDOS DE AMOR DEL ESPÍRITU SANTO


Dios, Nuestro Señor, es tan amoroso con todos nosotros que nos ha dado la conciencia. Esa voz de Dios que nos habla internamente. Ahí donde nada más estás tú y Dios, ahí es donde el Espíritu Santo te hablará. Sus llamadas amorosas no son con gritos, sino con suavidad. Se necesita que haya silencio para que podamos oírlo. Pero, nuestro mundo de hoy hace tanto ruido que no nos permitimos escuchar esa voz de Dios. Dejemos que Dios nos hable. Escuchemos sus gemidos de amor por nosotros. Esforcémonos por escucharle..


Leamos la Secuencia de la Misa de Pentecostés, que nos dice:

Ven, Dios Espíritu Santo, y envíanos desde el Cielo tu luz, para iluminarnos.
Ven ya, padre de los pobres,
luz que penetra en las almas,
dador de todos los dones.
Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo.
Eres pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto.
Ven luz santificadora, y entra hasta el fondo del alma de todos los que te adoran.
Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina.
Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas.
Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas.
Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza tus siete sagrados dones.
Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno.


Esta hermosa oración ha sido rezada por la Iglesia durante cientos de años. Ahí vemos la dulzura de Dios que, por medio del Espíritu Santo, inunda a las almas. Escuchemos una y otra vez esas hermosas palabras que decimos del Espíritu Santo, ese dulce huésped de nuestra alma. 

Lo nombramos Padre de los pobres, pues Él es quien se identifica con ellos, con los que más necesitan, con los que tienen hambre y sed de Dios. Por eso, Santa Teresa decía: "quien a Dios tiene, nada le falta". Ahí estaba presente el Espíritu Santo.

Luz que penetra las almas: ¡Cuántas veces vivimos en la oscuridad del pecado, de la angustia y de la tristeza! Parece que nunca se va a hacer de día. Sin embargo, si pedimos a Dios que, por medio del Espíritu Santo nos ilumine, pronto las tinieblas de nuestro corazón se llenarán de esa luz amorosa de Dios.

Dador de todos los dones: Todos los dones que pueda recibir una persona, un alma, son originados por el Espíritu Santo quien, con el fuego de su amor, piensa personalmente en cada uno de nosotros.

Fuente de todo consuelo. ¡Cuántas veces parece que estamos inconsolables porque todo lo humano está en nuestra contra! 
 
Dificultades con los miembros de la familia, los hijos, el cónyuge; en el trabajo, en la sociedad. Nada, parece, que nos puede consolar. Sin embargo, ahí está Dios quien, por medio del Espíritu Santo está en espera para consolarnos.

Amable huésped del alma. Sí, ese es el Espíritu Santo, ese amable, dulce y tierno visitante de nuestra alma, que habita en ella si nosotros se lo permitimos. Pero, nuestro egoísmo lo expulsa cada vez que optamos por el pecado. Dulce huésped, ¡quédate conmigo! No permitas que nada me separe de ti.

Paz en las horas de duelo. ¿Quién será quien nos levante el corazón cuando el dolor es fuerte? Ahí está el dulce huésped del alma, buscando consolar y dar paz en los momentos de duelo. Pero, ¿por qué no queremos escucharle?, ¿por qué nos hacemos sordos a su voz? Cuando el alma está atribulada, cansada, fatigada, ahí se presenta quien es pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto. ¡Sí! Ahí está el Espíritu Santo quien ha de confortar en todo momento.

Así podríamos ir hablando del Espíritu Santo, escuchando las palabras de esta oración que la Iglesia durante cientos de años ha recitado.

Sin embargo, esta maravillosa realidad del Espíritu Santo es muy poco conocida. Por algo se suele afirmar que el Espíritu Santo es el Gran Desconocido, pues si realmente lo conociéramos viviríamos con permanente paz en el alma. Dediquemos un tiempo para conversar amorosa e íntimamente con el Espíritu Santo, amable y dulce huésped del alma.

Recordemos algunas palabras que la Iglesia, por medio del Credo, nos dice sobre el Espíritu Santo. Recordemos que es el Señor y dador de vida. Por medio de Él, Dios vivifica al mundo, nos comunica la vida y lo santifica todo.
Los siete dones del Espíritu Santo son: 
1. Sabiduría
2. Inteligencia
3. Consejo
4. Fortaleza
5. Ciencia
6. Piedad
7. Santo Temor de Dios

Los frutos del Espíritu Santo nos ayudan a saborear la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce:
1. Caridad
2. Gozo
3. Paz
4. Paciencia
5. Generosidad
6. Bondad
7. Benignidad
8. Mansedumbre
9. Fidelidad
10. Modestia
11. Continencia
12. Castidad

El pecado mortal es el peor enemigo del Espíritu Santo, pues si lo cometemos expulsamos de nuestra alma a su dulce huésped.

No tengamos miedo de ser testigos de Dios en la sociedad, pues si contamos con el Espíritu Santo, toda dificultad será vencida, todo cansancio refrescado y cada tristeza consolada.

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu Creador. Y renueva la faz de la Tierra. Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, haznos dóciles a sus inspiraciones para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. 
Amén.

Fuente: Catholic.net