viernes, 14 de diciembre de 2012

Señor, auméntanos la fe

Isabel nos ha mandado esta oración:


Señor auméntanos la fe
Caminamos llenos de esperanza,pero a tientas en la noche .
Vienes tú en el Adviento de la historia ,eres tú el Hijo del Altisimo.¡ Creo, Señor!
Con los santos que caminan con nosotros,
Señor,te pedimos:¡Auméntanos la fe!
Caminamos fatigados y perdidos, sin el pan de cada día.
Tú nos nutres con la luz de Navidad ,eres tú la estrella de la aurora.
¡Creo,Señor!
Con María, la primera creyente,
Señor,te rogamos:¡Auméntanos la fe!
Caminamos esperando el fuego nuevo que se enciende en Pentecostés .
Tú recreas la presencia de aquel soplo ,eres tú la Palabra del futuro .
¡Creo, Señor !
Con la iglesia que anuncia tu Evangelio ,
Señor , te imploramos : ¡Auméntanos la fe !
Caminamos cada dia que nos donas , con los hombres de este mundo .
Tú nos guias por las sendas de la tierra ,eres tù la meta que anhelamos .
¡Creo, Señor !
Con el mundo donde el Reino está presente ,
Señor , te clamamos : AUMÉNTANOS LA FE !

Santa Lucía

Con el descubrimiento, hecho en 1894, de la inscripción sepulcral sobre el “loculus” o sepulcro de la santa en las catacumbas de Siracusa, desaparecieron todas las dudas sobre la historicidad de la joven mártir Lucía, cuya fama y devoción se deben en gran parte a su legendaria Pasión, posterior al siglo V. La inscripción se remonta a comienzos del siglo V, cien años después del glorioso testimonio que dio de Cristo la mártir de Siracusa. 

Epígrafes, inscripciones y el mismo antiguo recuerdo litúrgico (se debe probablemente al Papa Gregorio Magno la introducción del nombre de Santa Lucía en el Canon de la Misa) demuestran la devoción desde antiguo, que se difundió muy pronto no sólo en Occidente, sino también en Oriente.

Lucía pertenecía a una rica familia de Siracusa. La madre, Eutiquia, cuando quedó viuda, quería hacer casar a la hija con un joven paisano. Lucía, que había hecho voto de virginidad por amor a Cristo, obtuvo que se aplazara la boda, entre otras cosas porque la madre se enfermó gravemente. Devota de Santa Águeda, la mártir de Catania, que había vivido medio siglo antes, quiso llevar a la madre enferma a la tumba de la santa. De esta peregrinación la madre regresó completamente curada y por eso le permitió a la hija que siguiera el camino que deseaba, permitiéndole dar a los pobres de la ciudad su rica dote.

El novio rechazado se vengó acusando a Lucía ante el procónsul Pascasio por ser ella cristiana. Amenazada de ser llevada a un prostíbulo para que saliera contaminada, Lucía le dio una sabia respuesta al procónsul: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma es consciente”. 

El procónsul quiso pasar de las amenazas a los hechos, pero el cuerpo de Lucía se puso tan pesado que más de diez hombres no lograron moverla ni un palmo. Un golpe de espada hirió a Lucía, pero aun con la garganta cortada la joven siguió exhortando a los fieles para que antepusieran los deberes para con Dios a los de las criaturas, hasta cuando los compañeros de fe, que estaban a su alrededor, sellaron su conmovedor testimonio con la palabra Amén.

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martes, 11 de diciembre de 2012

El Papa: Juan Bautista enseña a vivir la Navidad como fiesta del Hijo de Dios


Papa Benedicto XVI



VATICANO, 09 Dic. 12 / 07:42 am (ACI/EWTN Noticias).- En sus palabras previas al rezo del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, el Papa Benedicto XVI afirmó que en medio de la sociedad consumista, San Juan Bautista nos enseña a vivir la Navidad como la fiesta del Hijo de Dios.

El Santo Padre señaló que “en la sociedad de consumo, en la que se está tentado de buscar la felicidad en la cosas, el Bautista nos enseña a vivir de manera esencial, para que la Navidad sea vivida no solo como una fiesta exterior, sino como la fiesta del Hijo de Dios que ha venido a traer a los hombres la paz, la vida y la verdadera felicidad”.

El Papa indicó que durante “el Tiempo de Adviento la liturgia pone en relieve, de manera particular, dos figuras que preparan la venida del Mesías: la Virgen María y Juan Bautista. Hoy san Lucas nos presenta a este ultimo, y lo hace con características diversas de los otros Evangelistas”.

Citando a su reciente libro, “La Infancia de Jesús”, Benedicto XVI recordó que “‘todos los cuatro Evangelios colocan al inicio de la actividad de Jesús la figura de Juan Bautista y lo presentan como su precursor. San Lucas ha llevado hacia atrás la conexión entre las dos figuras y sus respectivas misiones. Ya en la concepción y en el nacimiento, Jesús y Juan son colocados en relación entre ellos’”.

El Papa explicó que “esta impostación ayuda a comprender que Juan, en cuanto hijo de Zacarías e Isabel, ambos de familias sacerdotales, no solo es el ultimo de los profetas, sino que representa también al entero sacerdocio de la Antigua Alianza y por lo tanto prepara a los hombres al culto espiritual de la Nueva Alianza, inaugurado por Jesús”.

Además, el evangelista Lucas “deshace toda lectura mítica que a menudo se hace de los Evangelios y coloca históricamente la vida del Bautista: ‘En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, mientras Poncio Pilato era gobernador … bajo los sumos sacerdotes Anás y Caifás’”.

“Al interior de este cuadro histórico se coloca el verdadero gran acontecimiento, el nacimiento de Cristo, que los contemporáneos ni siquiera notarán. Para Dios los grandes de la historia ¡hacen de marco a los pequeños!”, exclamó el Papa.

Benedicto XVI recordó que “Juan Bautista se define como la ‘voz de uno que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos’. La voz proclama la palabra, pero en este caso la Palabra de Dios precede, en cuanto es ella misma a bajar sobre Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto”.

“Él por tanto tiene un gran rol, pero siempre en función de Cristo”, indicó.
San Agustín, recordó el Santo Padre, dijo que “Juan es la voz. Del Señor en cambio se dice: ‘Al principio existía la Palabra’. Juan es la voz que pasa, Cristo es el Verbo eterno que era en un principio. Si a la voz se quita la palabra, ¿que cosa queda? Un sonido vago. La voz sin palabra resuena en el oído, pero no edifica el corazón”.

El Papa señaló que “a nosotros hoy espera la tarea de dar escucha a aquella voz para conceder espacio y acogida a Jesús en el corazón, Palabra que nos salva”.

“En este Tiempo de Adviento, preparémonos a ver, con los ojos de la fe, en la humilde Gruta de Belén, la salvación de Dios.

Al concluir sus palabras, el Papa Benedicto XVI confió a la intercesión de la Virgen María “nuestro camino al encuentro del Señor que viene, para estar listos a acoger, en el corazón y en toda la vida, al Emanuel, el Dios-con-nosotros”.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Navidad. Una invitación de.....Jesús


Llega la Navidad. Para algunos, un tiempo de descanso. Para otros, momentos de inquietud: salen a la luz tensiones y problemas que uno, a veces, puede ocultar gracias al trabajo. Para los cristianos, un momento de fiesta: ¡nace el Salvador!

Para Dios, ¿qué es la Navidad? Dios no tiene tiempo, lo sabemos. Pero entró en el tiempo. Jesús sigue siendo Hombre en el cielo: cada Navidad "recuerda" que es su "cumpleaños".

Ese día (lo hace todos los días, pero también en Navidad) mirará al mundo con cariño inmenso. Buscará, como hace más de 2000 años, a la oveja perdida. Pensará en su pueblo, en su raza, en quienes viven en Tierra Santa entre odios tristes, angustias profundas, lágrimas por los fallecidos y los ausentes.

Mirará el corazón de cada hombre, de cada mujer, para mendigar algo de cariño. Más aún, para ofrecer su Amor, para derramar bálsamos de ternura, para vendar heridas profundas, para animar buenos deseos que no acaban de hacerse realidad.

Me mirará también a mí, con mi historia, con mis penas, con mis esperanzas, con mis angustias, con mi generosidad. Querrá decirme que sintió frío porque quería calentar mi corazón egoísta, que pasó sed porque venía a darme agua viva, que conocerá el hambre porque se convertirá en el Pan que se inmola por el mundo.

Entre las postales o los mensajes que me lleguen durante estos días, el más importante viene del Corazón de Cristo. Me invita a abrir el Evangelio, a descubrir que los pobres son llamados al banquete, a recordar que el pecador no es condenado, a vivir en la alegría profunda del perdón divino. Me buscará, aunque tenga que pasar entre abrojos, para tomarme sobre sus hombros, para llevarme nuevamente a casa, para sentarme en un banquete eterno.

Llega la Navidad. La invitación de Dios descansa sobre mi mesa de trabajo o en lo más profundo de mi espíritu hambriento de esperanzas. Es una invitación sencilla y perfumada, amable y sugestiva, bondadosa y humilde. Como todo lo que viene de Dios, que abraza a los que se hacen como niños, a los que viven con la sencillez propia de quienes se sienten muy amados.
P. Fernando Pascual

sábado, 8 de diciembre de 2012

DEDICADO A LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Hoy celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, el dogma que declara que por una gracia singular de Dios, María fue preservada de todo pecado, desde su concepción.
Este dogma fue proclamado por el Papa Pío en la bula Ineffabilis Deus (1854): “...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles...”

Que María Santísima los cubra a todos con su manto... cuidándoles y protegiéndoles... y sobre todo, guiándoles por el camino de la humildad y de la virtud... camino que conduce a los brazos de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo... DLB!



De: Tengo sed de Ti

viernes, 7 de diciembre de 2012

El hombre está vivo cuando espera, por Benedicto XVI

En el Adviento, la Iglesia inicia un nuevo Año Litúrgico, un nuevo camino de fe que, por una parte, hace memoria del acontecimiento de Jesucristo, y por otra, se abre a su cumplimiento final. Es precisamente desde esta doble perspectiva de donde vive el Tiempo de Adviento, mirando tanto a la primera venida del Hijo de Dios, cuando nació de la Virgen María, como a su vuelta gloriosa, cuando vendrá a "juzgar a vivos y muertos", como decimos en el Credo. 

Sobre este sugestivo tema de la "espera" quisiera ahora detenerme brevemente, porque se trata de un aspecto profundamente humano, en el que la fe se convierte, por así decirlo, en un todo con nuestra carne y nuestro corazón.

La espera, el esperar es una dimensión que atraviesa toda nuestra existencia personal, familiar y social. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y banales hasta las más importantes, que nos implican totalmente y en lo profundo. Pensemos, entre estas, en la espera de un hijo por parte de dos esposos; a la de un pariente o de un amigo que viene a visitarnos de lejos; pensemos, para un joven, en la espera del éxito en un examen decisivo, o de una entrevista de trabajo; en las relaciones afectivas, en la espera del encuentro con la persona amada, de la respuesta a una carta, o de la acogida de un perdón... 

Se podría decir que el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y al hombre se le reconoce por sus esperas: nuestra “estatura” moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos, por aquello en lo que esperamos.

Cada uno de nosotros, por tanto, especialmente en este Tiempo que nos prepara a la Navidad, puede preguntarse: yo, ¿qué espero? ¿A qué, en este momento de mi vida, está dirigido mi corazón? Y esta misma pregunta se puede plantear a nivel de familia, de comunidad, de nación. ¿Qué es lo que esperamos, juntos? ¿Qué une nuestras aspiraciones, qué las acomuna? 

En el tiempo precedente al nacimiento de Jesús, era fortísima en Israel la espera del Mesías, es decir, de un Consagrado, descendiente del rey David, que habría finalmente liberado al pueblo de toda esclavitud moral y política e instaurado el Reino de Dios. Pero nadie habría nunca imaginado que el Mesías pudiese nacer de una joven humilde como era María, prometida del justo José. Ni siquiera ella lo habría esperado nunca, pero en su corazón la espera del Salvador era tan grande, su fe y su esperanza eran tan ardientes, que Él pudo encontrar en ella una madre digna. Del resto, Dios mismo la había preparado, antes de los siglos. 

Hay una misteriosa correspondencia entre la espera de Dios y la de María, la criatura "llena de gracia", totalmente transparente al designio de amor del Altísimo. Aprendamos de Ella, Mujer del Adviento, a gestionar los gestos cotidianos con un espíritu nuevo, con el sentimiento de una espera profunda, que solo la venida de Dios puede colmar.


Palabras del Papa Benedicto XVI pronunciadas el domingo a mediodía, durante el rezo del Ángelus, el domingo 28 de noviembre de 2010 en la Plaza de San Pedro. 

Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net

Ven, Señor Jesús

jueves, 6 de diciembre de 2012

CREEMOS EN DIOS

En nuestra generación parece que el hombre se ha olvidado de Dios, pero sin embargo, el hombre tiene un deseo inmenso de Dios, y lo demuestra en las distintas manifestaciones de su vida diaria. En la búsqueda continua de algo nuevo, ya que lo que tiene y con lo que se divierte no le llega a satisfacer del todo. En el vacío que nota en su vida, en ese continuo querer aparentar esa felicidad y esa alegría que no le llena por dentro.

Dios nos ha creado por Él y para Él, nos ama con todas sus fuerzas y espera lo mismo de nosotros. Tener fe plena en Dios es abandonarnos totalmente en su amor, aceptar todas nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, tener plena confianza en que Él vela por nosotros.

Pero, ¿nosotros tenemos verdadera fe?, ¿nos abandonamos totalmente al amor de Dios?.
Muchos de nosotros tenemos una gran necesidad de dios en nuestra vida, verdaderamente amamos a Dios y es del todo cierto que sabemos que nos ama, a cada uno de nosotros personalmente.
Pero, en los momentos difíciles de nuestra existencia, ¿tenemos la misma confianza en Dios?,¿recurrimos a Él para que nos ayude?, ¿o procuramos salir del problema sólo con nuestras propias fuerzas? ¿tenemos la misma sensación de su proximidad o lo notamos lejos y oculto?  

Si nos ocurre esto último, quizás no tenemos toda la fe que deberíamos en el amor de Dios, porque no nos abandonamos a Él. Deberíamos dedicar más rato a la oración, a la lectura y meditación de la Palabra de Dios. O dedicar un rato al día a estar simplemente con Él.

Y si el momento es tan duro que se oscurece todo, tenemos que tener la seguridad de que Él está a nuestro lado y quizás con ese problema que estamos teniendo nos quiere comunicar algo y debemos estar más atentos que nunca a lo que sucede a nuestro alrededor.

Y tampoco debemos olvidarnos de nuestros hermanos en la fe, debemos amarlos, pero de verdad, no sólo con palabras sino también con obras, estar siempre disponibles, rezar por ellos, preocuparnos de sus problemas y acudir a ellos cuando vemos que necesitan ayuda.
Y También "saber" recurrir a ellos cuando somos nosotros los que necesitamos su amor.

Todos estamos unidos en nuestro amor a Dios, juntos ofrecemos al Señor nuestras ofrendas en la Eucaristía y juntos estamos caminando en la senda del Señor.

Señor, ayúdanos en este caminar hacia Ti.
H. de Carmen.

martes, 4 de diciembre de 2012

De Bach y Berlioz a Ratzinger


Javier nos ha mandado un artículo muy interesante de Olegario González de Cardedal, teólogo. :

"En los últimos decenios, cuando han tenido lugar coloquios sobre el cristianismo entre filósofos o científicos por un lado y teólogos por otro; aquellos siempre querían tener como dialogante a Ratzinger, no a otros teólogos más liberales o exponentes de la última moda teológica. Sabían que con él tenían delante a alguien que tomaba en serio los artículos duros del Credo cristiano. 

En el cristianismo hay tres o cuatro afirmaciones en las cuales consiste y sin las cuales perece. Estas tienen que ser presentadas a los no cristianos con delicadeza pero sin rebozo. Sería una traición ofrecerles solo aquellos aspectos de la vida cristiana que les pueden agradar. No se trata de proponer solo el hecho aislado de la cruz, que entonces sería insoportable; pero tampoco de guardar silencio sobre ella y sobre aquellos artículos del Credo que chocan con la mentalidad dominante. 

Si es verdad que la religión es una vocal y la historia es una consonante, y uniendo las dos se forman las sílabas, podríamos decir que uniendo los hechos y experiencias originarias en torno a Jesús con la experiencia y esperanza de cada generación tendríamos la consonancia sintáctica que es la fe cristiana. Consonancia de testimonio y de razón, de inteligencia y de libertad, de amor y de esperanza. 

Benedicto XVI acaba de publicar La infancia de Jesús, último volumen de su trilogía sobre Jesucristo. T. S. Eliot comienza y cierra el segundo de sus Cuatrocuartetos con esta afirmación que ya encontramos en los presocráticos y en el Nuevo Testamento: «En mi comienzo está mi fin. En mi fin está mi comienzo». Ratzinger cerraba el tomo segundo de su obra hablando del fin: la resurrección. Los evangelistas han descrito el inicio (infancia) de Jesús desde su final (resurrección). Cuando tuvieron la experiencia de que aquel, a quien los hombres habían crucificado, Dios lo había resucitado, les fue inevitable preguntarse por el sentido de todo lo que habían vivido con Jesús y sobre todo a pensar quién era y desde dónde venía para que Dios hubiera actuado así con él. Y comienza un proceso de relectura de lo vivido, hasta llegar al mismo nacimiento de Jesús. Una convicción anima todo el proceso: la unidad personal del sujeto. Dios no ha incrustado su acción de buenas a primeras en alguien sin cualificación para tal misión y sin una relación especial con él. El que ha resucitado es el mismo que ha muerto en la cruz, el que ha predicado el Reino, el que ha nacido en Belén. Y concluyen: este a quien Dios ha resucitado es su Hijo. Y el que nace en Belén es ese mismo Hijo encarnado.

Los Evangelios nacen de tres fuentes, sin las cuales no son inteligibles: la memoria viva de las palabras y de los hechos de Jesús, la experiencia de la iglesia que nace y crece, la relectura del Antiguo Testamento hecha desde la convicción de que en cuanto anuncio anticipado del Mesías prometido por Dios se había cumplido en Cristo.

No son biografías en el sentido científico moderno del término. Presuponen los hechos relatados, ya que aún perduran testigos que pueden acreditar o desacreditar lo que los evangelistas y Pablo narran. Escriben no desde la sospecha sino desde la confianza, con la alegría de saber que llevan entre sus manos vasijas de barro, un tesoro que ofrecen a los demás. Estos tres elementos tienen que ser tenidos en cuenta a la hora de leer los Evangelios y a la hora de utilizarlos como fuente para el conocimiento de Jesús. Con estos criterios escribe Ratzinger su libro. Pero, ¿es serio dedicar un libro a estudiar la infancia de Jesús? ¿No es la infancia un mero tránsito hacia la juventud y madurez? ¿Tiene sentido hablar de la infancia del Hijo eterno de Dios compartiendo nuestra encarnadura en el seno de una mujer, nuestro nacimiento y nuestros primeros pasos? ¿Son los relatos de Navidad algo más que « cuentos de navidad » ? Los Dickens como literatos y los Schleiermacher como filósofos, ¿no los han desmitificado para siempre? Reducirlos a mito o mera poesía es la eterna tentación del hombre ante la condescendencia divina. Han suscitado tanta poesía y tanta música porque son mucho más que eso. No nos atrevemos a creer que Dios, siendo bueno de verdad, quiera compartir destino con nosotros, que sea Enmanuel. El Dios cristiano no es simplemente el dios de los deístas, motor inmóvil o relojero que de una vez para siempre dio cuerda al mundo. Lo que afirman los Evangelios y repite Ratzinger es que Dios se ha insertado en un mundo que es su creación y actúa por medio de ella, colaborando con el hombre y siendo hombre. 

La dignidad de la naturaleza no se consuma enfrentándose a Dios su creador desde una hipotética autonomía sino sirviéndole para llevar a cabo su designio salvífico. Y este es el sentido del milagro. Dios se inserta en el mundo para ayudar al hombre. Así se entiende la encarnación como nueva creación del Espíritu, haciendo surgir la humanidad de Jesús en el seno de María, lo mismo que en el Génesis vemos surgir todo desde la nada por la fuerza del Espíritu. Así se entiende también la resurrección como anticipación al corazón de la historia de la recreación gloriosa del final. Concepción virginal, encarnación y resurrección consuman así el milagro originario que es la creación: Dios dándose en su amor y libertad creadora hasta el extremo de la carne.
Atreverse a hablar absolutamente en serio de la infancia de Jesús es atreverse a hablar absolutamente en serio de Dios hecho hombre, del hombre niño en su desvalimiento y de la nueva forma de ser persona desde esa nueva creación en Cristo. No nacieron de la ingenuidad el Oratorio de Navidad de Bach (1723), las Veintemiradas al niño Jesús de Messiaen (1944), ni la Infancia de Jesús de Berlioz (1854). A éste debemos los españoles especial agradecimiento. Oyéndole vivió lo que llama «El hecho extraordinario» —su conversión— el filósofo García Morente, alma de la Facultad de Filosofía en la nueva Ciudad Universitaria (Madrid). Él escribe: «Oía un trozo de Berlioz titulado “La infancia de Jesús”. Tuvo un efecto fulminante en mi alma. Ese es Dios, ese es el verdadero Dios, Dios vivo; esa es la Providencia viva —me dije a mí mismo—. Ese es Dios que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los da aliento y los trae la salvación».
Olegario González de Cardedal, teólogo".

sábado, 1 de diciembre de 2012

Adviento por Benedicto XVI


Volvamos a escuchar la primera antífona de esta celebración vespertina, que se presenta como apertura del tiempo de Adviento y que resuena como antífona de todo el Año Litúrgico: «Anunciad a todos los pueblos: Dios viene, nuestro Salvador». Al inicio de un nuevo ciclo anual, la liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a todos los pueblos y lo resume en dos palabras: «Dios viene». Esta expresión tan sintética contiene una fuerza de sugestión siempre nueva. 

Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado--Dios ha venido-- ni el futuro, --Dios vendrá--, sino el presente: «Dios viene». Si prestamos atención, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que siempre tiene lugar: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá una vez más. En cualquier momento, «Dios viene». 

El verbo «venir» se presenta como un verbo «teológico», incluso «teologal», porque dice algo que tiene que ver con la naturaleza misma de Dios. Anunciar que «Dios viene» significa, por lo tanto, anunciar simplemente al mismo Dios, a través de uno de sus rasgos esenciales y significativos: es el «Dios-que-viene». 

Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento provechoso que tiene lugar con el pasar de los días, de las semanas, de los meses: ¡Despierta! ¡Recuerda que Dios viene! ¡No vino ayer, no vendrá mañana, sino hoy, ahora! El único verdadero Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob» no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene. 

Es un Padre que no deja nunca de pensar en nosotros, respetando totalmente nuestra libertad: desea encontrarnos, visitarnos, quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Este «venir» se debe a su voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo aquello que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos. 

Los Padres de la Iglesia observan que el «venir» de Dios --continuo y por así decir, connatural con su mismo ser-- se concentra en las dos principales venidas de Cristo, la de su Encarnación y la de su regreso glorioso al fin de la historia (Cf. Cirilo de Jerusalén, «Catequesis» 15, 1: PG 33,870). El tiempo de Adviento vive entre estos dos polos. En los primeros días se subraya la espera de la última venida del Señor, como demuestran también los textos de la celebración vespertina de hoy.

Al acercarse la Navidad, prevalecerá por el contrario la memoria del acontecimiento de Belén, para reconocer en él la «plenitud del tiempo». Entre estas dos venidas, «manifestadas», hay una tercera, que san Bernardo llama «intermedia» y «oculta»: tiene lugar en el alma de los creyentes y tiende una especie de puente entre la primera y la última. 

«En la primera --escribe san Bernardo--, Cristo fue nuestra redención en la última se manifestará como nuestra vida, en ésta será nuestro descanso y nuestro consuelo» (Disc. 5 sobre el Adviento, 1). 

Para la venida de Cristo que podríamos llamar «encarnación espiritual», el arquetipo es María. Como la Virgen conservó en su corazón al Verbo hecho carne, así cada una de las almas y toda la Iglesia están llamadas en su peregrinación terrena a esperar a Cristo que viene, y a acogerlo con fe y amor siempre renovados.

La Liturgia del Adviento subraya que la Iglesia da voz a esa espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad, una espera a menudo sofocada y desviada hacia direcciones equivocadas. Cuerpo místicamente unido a Cristo Jefe, la Iglesia es sacramento, es decir, signo e instrumento eficaz de esa espera de Dios. 

De una forma que sólo Él conoce, la comunidad cristiana puede abreviar la venida final, ayudando a la humanidad a salir al encuentro del Señor que viene. Y esto lo hace antes que nada, pero no sólo, con la oración. Las «obras buenas» son esenciales e inseparables a la oración, como recuerda la oración de este primer domingo de Adviento, con la que pedimos al Padre Celestial que suscite en nosotros «la voluntad de salir al encuentro de Cristo, con las buenas obras».

Desde este punto de vista, el Adviento es más adecuado que nunca para convertirse en un tiempo vivido en comunión con todos aquellos --y gracias a Dios son muchos—que esperan en un mundo más justo y más fraterno. 

Este compromiso por la justicia puede unir en cierto sentido a los hombres de cualquier nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes. Todos de hecho están animados por un anhelo común, aunque sea distinto por sus motivaciones, hacia un futuro de justicia y de paz. 

¡La paz es la meta a la que aspira toda la humanidad! Para los creyentes «paz» es uno de los nombres más bellos de Dios, quien quiere el entendimiento entre todos sus hijos, como he tenido la oportunidad de recordar en mi peregrinación de estos días pasados a Turquía. 

Un canto de paz resonó en los cielos cuando Dios se hizo hombre y nació de una mujer, en la plenitud de los tiempos (Cf. Gálatas 4, 4).

Comencemos pues este nuevo Adviento --tiempo que nos regala el Señor del tiempo--, despertando en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, de que venga su reino de justicia y de paz, y que se haga su voluntad así en el cielo como en la tierra. 

Dejémonos guiar en esta espera por la Virgen María, madre del Dios-que-viene, Madre de la Esperanza, a quien celebraremos dentro de unos días como Inmaculada: que nos conceda la gracia de ser santos e inmaculados en el amor cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo, a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, se alabe y glorifique por los siglos de los siglos. Amén.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit

miércoles, 28 de noviembre de 2012

CREER


Creer es una palabra que podemos definir como la plena confianza en alguien, todos tenemos amigos con quienes fácilmente nos abrimos, confiamos en ellos y ponemos en ellos lo más escondido de nuestro corazón. Creer es en cierto sentido algo natural desde la perspectiva humana. 

En la primera catequesis sobre la fe, el Papa ha hecho estas preguntas: ¿qué es creer hoy? ¿qué sentido tiene vivir? ¿Hay un futuro para el hombre, para nosotros y para las nuevas generaciones? ¿En qué dirección orientar las elecciones de nuestra libertad para un resultado bueno y feliz de la vida? ¿Qué nos espera tras el umbral de la muerte?

La fe no es aprenderse el catecismo de memoria, no es un trabajo intelectual de verdades sobre Dios, es un acto donde libremente pongo mi confianza en Dios. La fe es no desesperarse ante la maldad del hombre, sino es creer que Dios puede transformar toda esclavitud, empezando por la mía. En estás palabras del Papa, la fe es "confiarme a Dios con la actitud del niño, quien sabe que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados". 

Todos tenemos que meditar esto más seguido, todos en nuestra vida nos encontramos con problemas e incluso "situaciones a veces dramáticas", pero no hay que olvidar que "creer cristianamente significa este abandonarme con confianza en el sentido profundo que me sostiene a mí y al mundo, ese sentido que nosotros no tenemos capacidad de darnos, sino sólo de recibir como don, y que es el fundamento sobre el que podemos vivir sin miedo." 

"La fe es don de Dios, pero es también acto profundamente libre y humano." Con razón tenemos que pedir con insistencia ¡Credo Domine, adauge nobis fidem! en esta peregrinación de la vida, en la oscuridad, en el desierto y con las llagas abiertas. La fe es una aceptación con el que nuestra mente y nuestro corazón dicen su «sí» a Dios. Y este «sí» transforma la vida, abre el camino hacia una plenitud de significado, la hace nueva, rica de alegría y de esperanza fiable. 

En nosotros tiene que empezar la búsqueda de la fe, la confianza absoluta y la familiaridad con Dios en sus sacramentos, para poder convertirnos en un "libro abierto que narre la experiencia de la vida nueva". 
Mariano Hernández

domingo, 25 de noviembre de 2012

Te buscamos Señor, en el camino.

Te buscamos, Señor, en el camino,
necesitamos tu presencia a nuestro lado.
Qué las lágrimas vienen constantemente
a nuestros ojos.
y tu mirada es el consuelo
para esta oscuridad que nos envuelve esta noche.

Te buscamos, Señor, en nuestras horas,
aguardamos aquí
tu gesto y tu palabra.
Que el silencio sepulta
los cantos de la aurora ya perdida
en este cementerio
sin estrellas que alarguen
nuestra vigilia hacia la luz.

En la meta, Señor, te encontraremos.
Esperamos beber de tu costado
y calmar esta sed que nos ahoga.
Que estamos muy cansados y en agobios
por este largo caminar y a oscuras
y ya sólo esperamos reclinar
la cabeza en tu pecho,
que se prolonguen más los sueños y fecunden.
Amén.

Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación.

El cristiano debe aprovecharse de este mundo, pero no servirse de este mundo. ¿En qué consiste esto?. En poseer como sino se poseyera.

Es eso lo que dice san Pablo: Hermanos, el momento es apremiante....Desde ahora, los que lloran como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él; porque la representación de este mundo se termina. Quiero que os ahorréis preocupaciones.

El que está libre de preocupaciones espera con confianza la venida de su Señor. Porque ¿ama uno a su Señor si teme su venida?.
Hermanos míos, ¿no nos avergonzamos de esto?. Le amamos ¿y tememos su venida?. Verdaderamente le amamos ¿o es que más bien amamos nuestros pecados?.

Odiemos, pues, nuestros pecados, y amemos a Aquel que ha de venir.

El Señor vino una primera vez y volverá para juzgar la tierra; entonces encontrará llenos de alegría a todos los que creyeron en su primera venida.
San Agustín

sábado, 24 de noviembre de 2012

Cristo Rey por el papa Juan XXIII

En la fiesta de hoy, la de Cristo Rey, yo siento algo en el fondo de mi alma que la conduce a la severidad. La palabra del Evangelio no ha cambiado, sino que resuena de un confín al otro del mundo y encuentra el camino de los corazones.
Peligros y dolores, prudencias y perspicacias humanas, todo debe reducirse a un cántico de amor; en una renovada y suplicante invitación dirigida a todos los hombres para que deseen y se esfuercen en instaurar el reino de Cristo:


"Reino de verdad y de vida; 
reino de santidad y de gracia;
reino de justicia, de amor y de paz".


En todo el mundo hay un fervor de obras y trabajos para construir y resanar; y para que resplandezca más viva la luz sobrenatural sobre el hombre.
De ello son prueba las reuniones y congresos internacionales de diversa temática y amplitud que ofrecen el espectáculo de un espíritu nuevo que va penetrando en el ánimo de los políticos y economistas, de los científicos y de los literatos.

Queridos hijos: Que por ello sea ejemplar la aplicación de cada uno de vosotros, de todos nosotros, para hacer penetrar y renovar en los individuos, en las familias y en la sociedad el esplendor del rostro de Jesús.

Nuestro Señor Jesucristo, al ofrecerse como víctima inmaculada y pacífica sobre el altar de la Cruz, ha traído al hombre el abrazo del Padre celestial y ha abierto los caminos del verdadero progreso que eleva y santifica las civilizaciones humanas.
Con estos sentimientos de confianza, pidiendo a Dios que disipe de los horizontes de la convivencia internacional las nubes nefastas, se derrama sobre esta reunión dominical del "Angelus" y sobre las personas queridas de cada uno de vosotros, la bendición apostólica: prenda de gracia, aliento en las penas y dificultades de la vida, augurio de gran alegría.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Jesucristo, creo que contigo todo lo puedo.


Porque creo en tus promesas. Si Tú has dicho: "Todo lo que orando pidiereis, lo obtendréis", es porque dices la verdad. Los que se atreven a creer son los hombres y mujeres que logran todo en el mundo. Quiero ser uno le ellos.

En realidad nos has dado la clave para obtener todo, la fe, pero no la usamos sino medianamente. En nuestra oración, en nuestro trato contigo, no nos fiamos plenamente de Ti. Por eso no somos más ricos, más santos, más apóstoles. Hombres y mujeres de poca fe. Ese reproche nos cae como un saco de piedras en la cabeza.

Tan cierto es que nada puedo sin Ti como que contigo lo puedo todo. Estar seguro de esta verdad es honrarte, pues te agrada mucho que confiemos en Ti y es al mismo tiempo disponer de la omnipotencia de Dios. Dios se complace en prestar su omnipotencia en los que confían en Él. Tú puedes ser uno de ellos.

Somos más peritos en usar la inteligencia que en utilizar la fe. La inteligencia ve, mide, pesa, cuenta y saca las conclusiones de su estudio. La fe no mide, no cuenta, simplemente se agarra de la mano de Dios omnipotente y realiza los milagros. 
P. Mariano de Blas