martes, 12 de septiembre de 2017

Acercarse al otro



No debe permitirse que el veneno del odio terrorista se infiltre por las grietas de las diferencias políticas, sociales o religiosas
Una imagen no captada por ninguna cámara es tal vez la que mejor resume la respuesta de la Iglesia a los atentados de Barcelona y Cambrils: el cardenal Juan José Omella acude a un hospital a visitar a los heridos, entre ellos a un padre musulmán y a su hijo de tres años, en estado grave. Rezan juntos y el hombre le pide al arzobispo de Barcelona su bendición para toda la familia.
En Ripoll, lugar del que procedían los terroristas, el párroco habla de otra estampa muy distinta: los musulmanes se han esfumado; ya no se los ve en las calles como antes; se sienten estigmatizados… Desde una actitud derrotista, pareciera que todo el trabajo pacientemente hecho durante años para integrar a estos nuevos vecinos se hubiera desvanecido. Desde una mirada de esperanza, lo que hay es, sin embargo, una llamada a seguir tendiendo puentes, hoy más necesarios que nunca.
Esa responsabilidad no es exclusiva de la Administración, sino que corresponde también a sociedad civil, incluidas (o particularmente a) las confesiones religiosas. Esa es la razón de ser del Pacto de Convivencia suscrito, entre otros, por el Arzobispado de Madrid, junto a los representantes ante la Administración de las comunidades musulmana, judía o evangélica, el Movimiento contra la Intolerancia o la Plataforma del Tercer Sector.
La respuesta al terrorismo obliga a presentar la realidad en términos de blanco y negro, a trazar una línea nítida e infranqueable entre los victimarios y sus víctimas. Y víctimas son los fallecidos y los heridos, pero también la sociedad contra la que los ataques van dirigidos. Y es víctima el grupo, en cierto modo secuestrado, al cual los asesinos dicen representar, ya sea una comunidad religiosa, una ideología política o un pueblo oprimido, supuesto o real. No debe permitirse que el veneno del odio terrorista se infiltre y ensanche las grietas provocadas por las divisiones políticas, sociales, culturales, religiosas… Y para ello existe solo una vacuna: acercarse al otro. Seguirá habiendo, claro está, diferencias y controversias, pero será mucho más fácil abordarlas desde la amistad y la voluntad común de construir una sociedad en paz y armonía.
Alfa y Omega

12 de septiembre: Dulce nombre de María

El Papa, a Trump sobre los dreamers: «Si es provida, que defienda la unidad de la familia»


«Me asomé para saludar a los niños y no vi el vidrio, y…¡pum!». El Papa, con una sonrisa y un evidente moretón en el pómulo izquierdo de la cara, respondió de esta manera a quien le preguntó cómo se sentía después del pequeño accidente que tuvo en Cartagena. Inmediatamente después de que despegara el vuelo de Avianca hacia Roma, Francisco dialogó durante 38 minutos con los periodistas que lo acompañaban sobre temas como la inmigración, el cambio climático, la última medida de Trump y la situación en Venezuela. Confirmó que se reunió en privado con el primer ministro italiano Paolo Gentiloni, pero negó que hubieran hablado sobre los migrantes. Manifestó su apoyo a Italia por todo lo que está haciendo para tratar de ocuparse de la emergencia de los desembarcos y regular los flujos de migrantes.
La Iglesia italiana ha expresado comprensión hacia la política del gobierno para restringir el flujo de migrantes desde Libia. Se habló de un encuentro entre usted y el presidente del Consejo Gentiloni: ¿hablaron sobre este tema? ¿Qué piensa usted sobre esta política de cerrar las partidas, considerando que los migrantes que se quedan en Libia viven en condiciones inhumanas?
El encuentro con Gentiloni fue personal, se dio antes de este problema, y no fue sobre este argumento. Siento, como sea, el deber de expresar gratitud a Italia y Grecia porque han abierto el corazón a los migrantes. Acogerlos es un mandamiento de Dios… Pero un gobierno debe ocuparse de este problema con la virtud propia de la prudencia. Entonces, primero: ¿cuántos sitios tienes? Segundo: no solo acogerlos, sino también integrarlos. He visto ejemplos en Italia de integración bellísima. Cuando fui a la Universidad Roma Tre, me pareció que conocía de cara a la última de los cuatro estudiantes que me hicieron preguntas. Es una de las que vinieron de Lesbos conmigo en el avión. Ha aprendido la lengua, hizo que le convalidaran sus estudios. Esto se llama integrar. Tres: hay un problema humanitario. La humanidad cobra conciencia de estos lagers, de las condiciones en las que viven estos migrantes en el desierto, he visto algunas fotos. Tengo la impresión de que el gobierno italiano está haciendo de todo en ámbito humanitario, para resolver también los problemas que no podría asumirse. Pero después está nuestro inconsciente colectivo, que piensa: «Hay que explotar África». Hay que invertir esto: «África es amiga y debe ser ayudada».
Mientras estamos volando, pasamos cerca del huracán Irma que, después de haber provocado decenas de muertos en el Caribe, ahora va hacia Florida y hay millones de desplazados. Los científicos creen que el calentamiento de los océanos hace que los huracanes sean más intensos. ¿Hay una responsabilidad moral de los líderes políticos que rechazan colaborar con las demás naciones negando que este cambio climático es obra del hombre?
Quien niega esto debe preguntárselo a los científicos: ellos hablan muy claro, son precisos. El otro día salió la noticia de esa nave rusa que fue de Noruega a Japón y atravesó el Polo Norte sin encontrar hielo. Dijeron en una universidad que solamente tenemos tres años para volver atrás, al contrario: habrá consecuencias terribles. Yo no sé si lo de los tres años sea cierto o no, pero si no volvemos atrás, ¡nos vamos a caer! EL cambio climático se ve en sus efectos, y todos nosotros tenemos una responsabilidad moral al tomar decisiones. Creo que es algo muy serio. Cada uno tiene su responsabilidad moral y los políticos tienen la suya. Que uno le pregunte a los científicos y que luego decida. La historia juzgará sus decisiones.
El cambio climático se deja sentir también en Italia, ha habido muchos muertos en estos días y muchos daños…. ¿Por qué los gobiernos tardan tanto en cobrar conciencia mientras en otros sectores son más presurosos; pienso, por ejemplo, en la carrera armamentista de Corea?
Me viene a la mente una frase del Antiguo Testamento: el hombre es un estúpido, un testarudo que no ve. Es el único animal que cae dos veces en el mismo hoyo. La soberbia, la suficiencia… y luego está el «dios bolsillo». Muchas decisiones dependen del dinero. Hoy, en Cartagena, comencé visitando una parte pobre de la ciudad. Del otro lado está la parte turística, un lujo, y un lujo sin medidas morales. Pero, ¿los que están allá no se dan cuenta de esto? ¿Los analistas socio-políticos no se dan cuenta? Cuando no se quiere ver, no se ve, se mira solo hacia una parte. Y sobre Corea del Norte: de verdad no entiendo el mundo de la geopolítica, pero creo que allí hay una lucha de intereses que no logro comprender.
Cada vez que usted se reúne con los jóvenes siempre les dicen que no se dejen robar la esperanza, el futuro. El presidente Trump, en los Estados Unidos, abolió la ley de los «dreamers», los «soñadores», y perderán el futuro 800 mil chicos que entraron ilegalmente cuando eran menores de edad. ¿Qué le parece?
Escuché sobre la abolición de esta ley, pero no he podido leer los artículos, sobre cómo y por qué se tomó esta decisión. No conozco bien la situación. Pero separar a los jóvenes de la familia no es algo que dé buenos frutos ni para los jóvenes ni para la familia. Esta ley viene del ejecutivo y no del Parlamento: si es así, tengo la esperanza de que lo vuelvan a pensar un poco. He oído hablar al presidente de Estados Unidos, que se presenta como un «pro-life». Si es un buen «pro-life», comprende la importancia de la familia y de la vida: hay que defender la unidad de la familia. Cuando los jóvenes se sienten explotados, al final se sienten sin esperanza. ¿Y quién les roba la esperanza? La droga, las demás dependencias, el suicidio, al que se puede llegar cuando se es separado de las propias raíces. Cualquier cosa que vaya en contra de las raíces roba la esperanza.
Usted, al final de este viaje, habló sobre Venezuela y rezó para que se acabe la violencia en ese país. En Bogotá se reunió con algunos obispos venezolanos. La Santa Sede está comprometida en el diálogo, pero el presidente Nicolás Maduro usa palabras muy violentas contra los obispos y afirma, en cambio, de estar «con el Papa Francisco». ¿Qué puede decir?
Creo que la Santa Sede ha parlado de manera fuerte y clara. Lo que dice Maduro que lo explique él. Yo no sé qué tiene en mente. La Santa Sede ha hecho tanto, ha invitado a ese grupo de trabajo compuesto por cuatro ex-presidentes, un nuncio de primer nivel; ha hablado con las personas y públicamente. Yo, muchas veces, en el Ángelus, he hablado siempre buscando una salida, ofreciendo ayuda para salir de esta situación, pero parece que la cosa es muy difícil y lo que es más doloroso es el problema humanitario: mucha gente escapa o sufre. Debemos ayudar a resolver la situación de cualquier manera. Creo que las Naciones Unidas deben hacerse oír allí para ayudar.
Usted llegó a Colombia, un país dividido entre los que aceptan los acuerdos de paz y los que no los aceptan. ¿Qué hay que hacer concretamente para que las partes divididas superen el odio? Si volviera dentro de algunos años, ¿cómo le gustaría encontrar a Colombia?
El lema de este viaje era «Demos el primer paso. Volviendo, me gustaría que el lema fuera: «Demos el segundo paso». Son alrededor de 54 años de guerrilla, y ahí se acumula mucho odio, muchas almas enfermas. La enfermedad no es culpable, viene… Estas guerrillas y los paramilitares han cometido pecados feos y han traído esta enfermedad del odio. Pero hay pasos que dan esperanza. El último fue el cese al fuego del ELN (el Ejército de Liberación Nacional), y le agradezco mucho. He percibido una voluntad de seguir adelante que va más allá de las negociaciones en acto, una fuerza espontánea. Allí está la voluntad del pueblo. El pueblo quiere respirar y debemos ayudarlo con la cercanía y la oración.
Colombia ha sufrido muchas décadas de violencia por un conflicto armado y por el narcotráfico. La corrupción no es nueva en nuestro país, pero ahora que ya no hay noticias sobre la guerra, se ha vuelto muy evidente. ¿Qué hacer con este flagelo? ¿Hay que excomulgar a los corruptos?
¿El corrupto puede obtener el perdón? Me lo pregunto y, cuando se da un hecho en una provincia de la Argentina, la violencia y el abuso contra una chica en el que estuvieron implicados poderes políticos, escribí un libro titulado «Pecado y corrupción». Todos somos pecadores, y sabemos que el Señor está cerca e nosotros y que no se cansa de perdonarnos. Pero el pecador pide perdón, mientras que el corrupto se cansa de pedir perdón y se olvida cómo se pide perdón: está en un estado de insensibilidad frente a los valores, a la explotación de la persona. Es muy difícil ayudar a un corrupto, pero Dios puede hacerlo.
Usted ha hablado sobre el primer paso, hoy dijo que para llegar a la paz hay que involucrar a diferentes actores. ¿Cree que el modelo Colombia se podría replicar en otros conflictos?
Involucrar a otras personas: no es la primera vez que sucede, se ha hecho en muchos conflictos. Es una manera sapiencial de seguir adelante, es la sabiduría de pedir ayuda. Los acuerdos políticos ayudan y piden, a veces, la intervención de la ONU para salir de una crisis, pero un proceso de paz solo podrá salir adelante si lo toma en las manos el pueblo.
Andrea Tornielli/Vatican Insider

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6, 12-19)





En el lugar de la revelación, "el monte", Jesús, con una iniciativa que manifiesta absoluta conciencia y determinación, constituye a los Doce para que sean con él testigos y anunciadores del acontecimiento del reino de Dios... El número Doce, que remite evidentemente a las doce tribus de Israel, revela... la nueva iniciativa de refundar el pueblo santo.

... Al elegir a los Doce, para introducirlos en una comunión de vida consigo y hacerles partícipes de su misión de anunciar el Reino con palabras y obras, Jesús quiere manifestar que ha llegado el tiempo definitivo en el que se constituye de nuevo el pueblo de Dios, el pueblo de las doce tribus, que se transforma ahora en un pueblo universal, su Iglesia. 

Con su misma existencia los Doce —procedentes de diferentes orígenes— son un llamamiento a todo Israel para que se convierta y se deje reunir en la nueva Alianza, cumplimiento pleno y perfecto de la antigua. 

El hecho de haberles encomendado en la última Cena, antes de su Pasión, la misión de celebrar su memorial, muestra cómo Jesús quería transmitir a toda la comunidad en la persona de sus jefes el mandato de ser, en la historia, signo e instrumento de la reunión escatológica iniciada en Él. 

En cierto sentido podemos decir que precisamente la última Cena es el acto de la fundación de la Iglesia, porque él se da a sí mismo y crea así una nueva comunidad, una comunidad unida en la comunión con él mismo. 

Desde esta perspectiva, se comprende que el Resucitado les confiera —con la efusión del Espíritu— el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20, 23). Los doce Apóstoles son así el signo más evidente de la voluntad de Jesús respecto a la existencia y la misión de su Iglesia, la garantía de que entre Cristo y la Iglesia no existe ninguna contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia. 

Por tanto, es del todo incompatible con la intención de Cristo un eslogan que estuvo de moda hace algunos años: "Jesús sí, Iglesia no". Este Jesús individualista elegido es un Jesús de fantasía. No podemos tener a Jesús prescindiendo de la realidad que él ha creado y en la cual se comunica. 

Entre el Hijo de Dios encarnado y su Iglesia existe una profunda, inseparable y misteriosa continuidad, en virtud de la cual Cristo está presente hoy en su pueblo. Es siempre contemporáneo nuestro, es siempre contemporáneo en la Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles, está vivo en la sucesión de los Apóstoles. Y esta presencia suya en la comunidad, en la que él mismo se da siempre a nosotros, es motivo de nuestra alegría. Sí, Cristo está con nosotros, el Reino de Dios viene.

(Audiencia general del 15 de marzo de 2006)

EVANGELIO DE HOY: JESÚS ELIGE A LOS APÓSTOLES




Lectura del santo evangelio según San Lucas (6, 12-19):

Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles.

A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás,
a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.

Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados.

Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos.

Palabra del Señor

Concluyó el Viaje Apostólico del Papa Francisco a Colombia

Concluyó este 11 de septiembre el XX Viaje Apostólico del Papa Francisco a Colombia. El Pontífice volvió al Vaticano no sin antes realizar la acostumbrada visita a la Basílica de Santa María La Mayor, a donde fue para dar gracias a la Virgen, la Salus Populi Romani, por el viaje apenas terminado y llevarle un homenaje floreal.
Como de costumbre, el Santo Padre regresó en un vuelo especial de la línea aérea de bandera del país visitado. El velívolo que traía al Pontífice desde Cartagena a Roma, aterrizó en el Aeropuerto militar de Ciampino, después de aproximadamente 11 horas de vuelo, a las 12.55.
Durante el viaje de regreso, el Papa Francisco dedicó un tweet a los “hermanos colombianos” donde se lee: “He conocido tantas personas que me han tocado el corazón. ¡Me hicieron tanto bien!
Después del Beato Pablo VI y  San Juan Pablo II, Francisco decidió emprender su viaje a Colombia, con el objetivo de sellar un nuevo camino de reconciliación para esta nación sudamericana.
(MCM-RV)

El Papa al concluir su Viaje: “Colombia, tu hermano te necesita, ve a su encuentro llevando el abrazo de paz”


Al terminar esta celebración, quiero agradecer a Mons. Jorge Enrique Jiménez Carvajal, Arzobispo de Cartagena, las amables palabras que me ha dirigido en nombre de sus hermanos en el episcopado y de todo el pueblo de Dios.
Agradezco al señor Presidente Juan Manuel Santos por su invitación a visitar el país,  a las Autoridades civiles, y a todos los que han deseado unirse a nosotros en esta celebración Eucarística, aquí o a través de los medios de comunicación.
Agradezco el esfuerzo y colaboración para haber hecho realidad esta visita. Son muchos los que han colaborado dando su tiempo y su disponibilidad. Han sido días intensos y hermosos en los que pude encontrar a tantas personas, conocer tantas realidades que me han tocado el corazón. Ustedes me han hecho mucho bien.
Queridos hermanos, quisiera dejarles una última palabra: no nos quedemos en «dar el primer paso», sino que sigamos caminando juntos cada día para ir al encuentro del otro, en busca de la armonía y de la fraternidad. No podemos quedarnos parados. El 8 de septiembre de 1654 moría aquí mismo san Pedro Claver; lo hacía después de cuarenta años de esclavitud voluntaria, de incansable labor en favor de los más pobres. Él no se quedó parado, después del primer paso siguieron otros, y otros, y otros. Su ejemplo nos hace salir de nosotros mismos e ir al encuentro del prójimo. Colombia, tu hermano te necesita, ve a su encuentro llevando el abrazo de paz, libre de toda violencia, esclavos de la paz, para siempre.
(from Vatican Radio)

Dignidad de la Persona y condena a las drogas: profunda homilía del Papa en Cartagena de Indias

En esta ciudad, que ha sido llamada «la heroica» por su tesón hace 200 años en defender la libertad conseguida, celebro la última Eucaristía de este viaje a Colombia. También, desde hace 32 años, Cartagena de Indias es en Colombia la sede de los Derechos Humanos porque aquí como pueblo se valora que «gracias al equipo misionero formado por los sacerdotes jesuitas Pedro Claver y Corberó, Alonso de Sandoval y el Hermano Nicolás González, acompañados de muchos hijos de la ciudad de Cartagena de Indias en el siglo XVII, nació la preocupación por aliviar la situación de los oprimidos de la época, en especial la de los esclavos, por quienes clamaron por el buen trato y la libertad» (Congreso de Colombia 1985, ley 95, art. 1).
Aquí, en el Santuario de san Pedro Claver, donde de modo continuo y sistemático se da el encuentro, la reflexión y el seguimiento del avance y vigencia de los derechos humanos en Colombia, la Palabra de Dios nos habla de perdón, corrección, comunidad y oración.
En el cuarto sermón del Evangelio de Mateo, Jesús nos habla a nosotros, a los que hemos decidido apostar por la comunidad, a quienes valoramos la vida en común y soñamos con un proyecto que incluya a todos. El texto que precede es el del pastor bueno que deja las 99 ovejas para ir tras la perdida, y ese aroma perfuma todo el discurso: no hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón. Desde esta perspectiva, se entiende entonces que una falta, un pecado cometido por uno, nos interpele a todos pero involucra, en primer lugar, a la víctima del pecado del hermano; ese está llamado a tomar la iniciativa para que quien lo dañó no se pierda.
En estos días escuché muchos testimonios de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. Heridas terribles que pude contemplar en sus propios cuerpos; pérdidas irreparables que todavía se siguen llorando, sin embargo han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos. Porque Colombia hace décadas que a tientas busca la paz y, como enseña Jesús, no ha sido suficiente que dos partes se acercaran, dialogaran; ha sido necesario que se incorporaran muchos más actores a este diálogo reparador de los pecados. «Si no te escucha, busca una o dos personas más» (Mt 18,15), nos dice el Señor en el Evangelio.
Hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente. No se alcanza con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales entre grupos políticos o económicos de buena voluntad. Jesús encuentra la solución al daño realizado en el encuentro personal entre las partes. Además, siempre es rico incorporar en nuestros procesos de paz la experiencia de sectores que, en muchas ocasiones, han sido invisibilizados, para que sean precisamente las comunidades quienes coloreen los procesos de memoria colectiva. «El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 239).
Nosotros podemos hacer un gran aporte a este paso nuevo que quiere dar Colombia. Jesús nos señala que este camino de reinserción en la comunidad comienza con un diálogo de a dos. Nada podrá reemplazar ese encuentro reparador; ningún proceso colectivo nos exime del desafío de encontrarnos, de clarificar, perdonar. Las heridas hondas de la historia precisan necesariamente de instancias donde se haga justicia, se dé posibilidad a las víctimas de conocer la verdad, el daño sea convenientemente reparado y haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes. Pero eso sólo nos deja en la puerta de las exigencias cristianas. A nosotros se nos exige generar «desde abajo» un cambio cultural: a la cultura de la muerte, de la violencia, respondemos con la cultura de la vida, del encuentro. Nos lo decía ya ese escritor tan de ustedes, tan de todos: «Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano para seguirnos matándonos los unos a los otros... una legítima revolución de paz que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante casi dos siglos hemos usado para destruirnos y que reivindique y enaltezca el predominio de la imaginación» (Gabriel García Márquez, Mensaje sobre la paz, 1998).
¿Cuánto hemos accionado en favor del encuentro, de la paz? ¿Cuánto hemos omitido, permitiendo que la barbarie se hiciera carne en la vida de nuestro pueblo? Jesús nos manda a confrontarnos con esos modos de conducta, esos estilos de vida que dañan el cuerpo social, que destruyen la comunidad. ¡Cuántas veces se «normalizan» procesos de violencia, exclusión social, sin que nuestra voz se alce ni nuestras manos acusen proféticamente! Al lado de san Pedro Claver había millares de cristianos, consagrados muchos de ellos; sólo un puñado inició una corriente contracultural de encuentro. San Pedro supo restaurar la dignidad y la esperanza de centenares de millares de negros y de esclavos que llegaban en condiciones absolutamente inhumanas, llenos de pavor, con todas sus esperanzas perdidas. No poseía títulos académicos de renombre; más aún, se llegó a afirmar que era «mediocre» de ingenio, pero tuvo el «genio» de vivir cabalmente el Evangelio, de encontrarse con quienes otros consideraban sólo un deshecho. Siglos más tarde, la huella de este misionero y apóstol de la Compañía de Jesús fue seguida por santa María Bernarda Bütler, que dedicó su vida al servicio de pobres y marginados en esta misma ciudad de Cartagena.[1]
En el encuentro entre nosotros redescubrimos nuestros derechos, recreamos la vida para que vuelva a ser auténticamente humana. «La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada» (Discurso a las Naciones Unidas, 25 septiembre 2015).
También Jesús nos señala la posibilidad de que el otro se cierre, se niegue a cambiar, persista en su mal. No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad: «Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos lucran despreciando las leyes morales y civiles. Este mal atenta directamente contra la dignidad de la persona humana y va rompiendo progresivamente la imagen que el creador ha plasmado en nosotros. Condeno con firmeza esta lacra que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos. No se puede jugar con la vida de nuestro hermano, ni manipular su dignidad. Hago un llamado para que se busquen los modos para terminar con el narcotráfico que lo único que hace es sembrar muerte por doquier, truncando tantas esperanzas y destruyendo tantas familias.
Pienso también en otros dramas como en la devastación de los recursos naturales y en la contaminación; en la tragedia de la explotación laboral; pienso en el blanqueo ilícito de dinero así como en la especulación financiera, que a menudo asume rasgos perjudiciales y demoledores para enteros sistemas económicos y sociales, exponiendo a la pobreza a millones de hombres y mujeres; pienso en la prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la abominable trata de seres humanos, en los delitos y abusos contra los menores, en la esclavitud que todavía difunde su horror en muchas partes del mundo, en la tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2014, 8), e incluso en una «aséptica legalidad» pacifista que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo. También para esto debemos estar preparados, y sólidamente asentados en principios de justicia que en nada disminuyen la caridad. No es posible convivir en paz sin hacer nada con aquello que corrompe la vida y atenta contra ella. A este respecto, recordamos a todos aquellos que, con valentía y de forma incansable, han trabajado y hasta han perdido la vida en la defensa y protección de los derechos de la persona humana y su dignidad. Como a ellos, la historia nos pide asumir un compromiso definitivo en defensa de los derechos humanos, aquí, en Cartagena de Indias, lugar que ustedes han elegido como sede nacional de su tutela.
Finalmente Jesús nos pide que recemos juntos; que nuestra oración sea sinfónica, con matices personales, distintas acentuaciones, pero que alce de modo conjunto un mismo clamor. Estoy seguro de que hoy rezamos juntos por el rescate de aquellos que estuvieron errados y no por su destrucción, por la justicia y no la venganza, por la reparación en la verdad y no el olvido. Rezamos para cumplir con el lema de esta visita: «¡Demos el primer paso!», y que este primer paso sea en una dirección común.
«Dar el primer paso» es, sobre todo, salir al encuentro de los demás con Cristo, el Señor. Y Él nos pide siempre dar un paso decidido y seguro hacia los hermanos, renunciando a la pretensión de ser perdonados sin perdonar, de ser amados sin amar. Si Colombia quiere una paz estable y duradera, tiene que dar urgentemente un paso en esta dirección, que es aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias. Sólo si ayudamos a desatar los nudos de la violencia, desenredaremos la compleja madeja de los desencuentros: se nos pide dar el paso del encuentro con los hermanos, atrevernos a una corrección que no quiere expulsar sino integrar; se nos pide ser caritativamente firmes en aquello que no es negociable; en definitiva, la exigencia es construir la paz, «hablando no con la lengua sino con manos y obras» (san Pedro Claver), y levantar juntos los ojos al cielo: Él es capaz de desatar aquello que para nosotros pareciera imposible, Él ha prometido acompañarnos hasta el fin de los tiempos, Él no dejará estéril tanto esfuerzo.
También ella tuvo la inteligencia de la caridad y supo encontrar a Dios en el prójimo; ninguno de los dos se paralizó ante la injusticia y la dificultad. Porque «ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 227).
(from Vatican Radio)

lunes, 11 de septiembre de 2017

Texto completo de la homilía del papa Francisco en el puerto de Contecar


En la misa celebrada en el puerto de Cartagena, en Colombia, en la zona Contecar, el papa Francisco realizó una amplia y articulada homilía que reproducimos a continuación.
Texto completo de la homilía:
«En esta ciudad, que ha sido llamada «la heroica» por su tesón hace 200 años en defender la libertad conseguida, celebro la última Eucaristía de este viaje a Colombia. También, desde hace 32 años, Cartagena de Indias es en Colombia la sede de los Derechos Humanos porque aquí como pueblo se valora que «gracias al equipo misionero formado por los sacerdotes jesuitas Pedro Claver y Corberó, Alonso de Sandoval y el Hermano Nicolás González, acompañados de muchos hijos de la ciudad de Cartagena de Indias en el siglo XVII, nació la preocupación por aliviar la situación de los oprimidos de la época, en especial la de los esclavos, por quienes clamaron por el buen trato y la libertad» (Congreso de Colombia 1985, ley 95, art. 1).
Aquí, en el Santuario de san Pedro Claver, donde de modo continuo y sistemático se da el encuentro, la reflexión y el seguimiento del avance y vigencia de los derechos humanos en Colombia, la Palabra de Dios nos habla de perdón, corrección, comunidad y oración. En el cuarto sermón del Evangelio de Mateo, Jesús nos habla a nosotros, a los que hemos decidido apostar por la comunidad, a quienes valoramos la vida en común y soñamos con un proyecto que incluya a todos. El texto que precede es el del pastor bueno que deja las 99 ovejas para ir tras la perdida, y ese aroma perfuma todo el discurso: no hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón.
Desde esta perspectiva, se entiende entonces que una falta, un pecado cometido por uno, nos interpele a todos pero involucra, en primer lugar, a la víctima del pecado del hermano; ese está llamado a tomar la iniciativa para que quien lo dañó no se pierda. En estos días escuché muchos testimonios de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. Heridas terribles que pude contemplar en sus propios cuerpos; pérdidas irreparables que todavía se siguen llorando, sin embargo han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos. Porque Colombia hace décadas que a tientas busca la paz y, como enseña Jesús, no ha sido suficiente que dos partes se acercaran, dialogaran; ha sido necesario que se incorporaran muchos más actores a este diálogo reparador de los pecados. «Si no te escucha, busca una o dos personas más» (Mt 18,15), nos dice el Señor en el Evangelio.
Hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente. No se alcanza con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales entre grupos políticos o económicos de buena voluntad. Jesús encuentra la solución al daño realizado en el encuentro personal entre las partes. Además, siempre es rico incorporar en nuestros procesos de paz la experiencia de sectores que, en muchas ocasiones, han sido invisibilizados, para que sean precisamente las comunidades quienes coloreen los procesos de memoria colectiva. «El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 239). Nosotros podemos hacer un gran aporte a este paso nuevo que quiere dar Colombia. Jesús nos señala que este camino de reinserción en la comunidad comienza con un diálogo de a dos.
Nada podrá reemplazar ese encuentro reparador; ningún proceso colectivo nos exime del desafío de encontrarnos, de clarificar, perdonar. Las heridas hondas de la historia precisan necesariamente de instancias donde se haga justicia, se dé posibilidad a las víctimas de conocer la verdad, el daño sea convenientemente reparado y haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes. Pero eso sólo nos deja en la puerta de las exigencias cristianas.
A nosotros se nos exige generar «desde abajo» un cambio cultural: a la cultura de la muerte, de la violencia, respondemos con la cultura de la vida, del encuentro. Nos lo decía ya ese escritor tan de ustedes, tan de todos: «Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano para seguirnos matándonos los unos a los otros… una legítima revolución de paz que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante casi dos siglos hemos usado para destruirnos y que reivindique y enaltezca el predominio de la imaginación» (Gabriel García Márquez, Mensaje sobre la paz, 1998).
¿Cuánto hemos accionado en favor del encuentro, de la paz? ¿Cuánto hemos omitido, permitiendo que la barbarie se hiciera carne en la vida de nuestro pueblo? Jesús nos manda a confrontarnos con esos modos de conducta, esos estilos de vida que dañan el cuerpo social, que destruyen la comunidad. ¡Cuántas veces se «normalizan» procesos de violencia, exclusión social, sin que nuestra voz se alce ni nuestras manos acusen proféticamente!
Al lado de san Pedro Claver había millares de cristianos, consagrados muchos de ellos; sólo un puñado inició una corriente contracultural de encuentro. San Pedro supo restaurar la dignidad y la esperanza de centenares de millares de negros y de esclavos que llegaban en condiciones absolutamente inhumanas, llenos de pavor, con todas sus esperanzas perdidas. No poseía títulos académicos de renombre; más aún, se llegó a afirmar que era «mediocre» de ingenio, pero tuvo el «genio» de vivir cabalmente el Evangelio, de encontrarse con quienes otros consideraban sólo un deshecho. Siglos más tarde, la huella de este misionero y apóstol de la Compañía de Jesús fue seguida por santa María Bernarda Bütler, que dedicó su vida al servicio de pobres y marginados en esta misma ciudad de Cartagena.1
En el encuentro entre nosotros redescubrimos nuestros derechos, recreamos la vida para que vuelva a ser auténticamente humana. «La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada» (Discurso a las Naciones Unidas, 25 septiembre 2015).
También Jesús nos señala la posibilidad de que el otro se cierre, se niegue a cambiar, persista en su mal. No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad: «Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos lucran despreciando las leyes morales y civiles, en la devastación de los recursos naturales y en la contaminación; en la tragedia de la explotación laboral; pienso en el blanqueo ilícito de dinero así como en la especulación financiera, que a menudo asume rasgos perjudiciales y demoledores para enteros sistemas económicos y sociales, exponiendo a la pobreza a millones de hombres y mujeres; pienso en la prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la abominable trata de seres humanos, en los delitos y abusos contra los menores, en la esclavitud que todavía difunde su horror en muchas partes del mundo, en la tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2014, 8), e incluso en una «aséptica legalidad» pacifista que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo. También para esto debemos estar preparados, y sólidamente asentados en principios de justicia que en nada disminuyen la caridad.
No es posible convivir en paz sin hacer nada con aquello que corrompe la vida y atenta contra ella. A este respecto, recordamos a todos aquellos que, con valentía y de forma incansable, han trabajado y hasta han perdido la vida en la defensa y protección de los derechos de la persona humana y su dignidad. Como a ellos, la historia nos pide asumir un compromiso definitivo en defensa de los derechos humanos, aquí, en Cartagena de Indias, lugar que ustedes han elegido como sede nacional de su tutela. Finalmente Jesús nos pide que recemos juntos; que nuestra oración sea sinfónica, con matices personales, distintas acentuaciones, pero que alce de modo conjunto un mismo clamor.
Estoy seguro de que hoy rezamos juntos por el rescate de aquellos que estuvieron errados y no por su destrucción, por la justicia y no la venganza, por la reparación en la verdad y no el olvido. Rezamos para cumplir con el lema de esta visita: «¡Demos el primer paso!», y que este primer paso sea en una dirección común. «Dar el primer paso» es, sobre todo, salir al encuentro de los demás con Cristo, el Señor. Y Él nos pide siempre dar un paso decidido y seguro hacia los hermanos, renunciando a la pretensión de ser perdonados sin perdonar, de ser amados sin amar. Si Colombia quiere una paz estable y duradera, tiene que dar urgentemente un paso en esta dirección, que es aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias. Sólo si ayudamos a desatar los nudos de la violencia, desenredaremos la compleja madeja de los desencuentros: se nos pide dar el paso del encuentro con los hermanos, atrevernos a una corrección que no quiere expulsar sino integrar; se nos pide ser caritativamente firmes en aquello que no es negociable; en definitiva, la exigencia es construir la paz, «hablando no con la lengua sino con manos y obras» (san Pedro Claver), y levantar juntos los ojos al cielo: Él es capaz de desatar aquello que para nosotros pareciera imposible,
Él ha prometido acompañarnos hasta el fin de los tiempos, Él no dejará estéril tanto esfuerzo. ___________________________
1 También ella tuvo la inteligencia de la caridad y supo encontrar a Dios en el prójimo; ninguno de los dos se paralizó ante la injusticia y la dificultad. Porque «ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 227).
ZENIT

«Estamos a punto de terminar el trabajo que nos encargó el Papa»


Nuria Calduch-Benages (Barcelona, 1957) ha visitado Málaga para participar en las Jornadas de la Asociación Bíblica Española. Esta biblista, autoridad mundial en Sagrada Escritura, es la única mujer española en la Comisión de Estudio del Diaconado Femenino impulsada por el Papa Francisco
¿Puede contarnos algo del trabajo de la comisión sobre el diaconado femenino?
No puedo dar explicaciones relativas al trabajo realizado, porque así nos lo han pedido. El Papa nos pidió una investigación desde el ámbito histórico, teológico y antropológico, en torno al papel de la mujer en las primeras comunidades cristianas, y desde el momento en que nos convocaron hemos ido trabajando con mucha regularidad y seguimos avanzando. Estamos llegando casi al final del recorrido. Creo que la conclusión del trabajo de esta comisión no está lejano.
Y todo a raíz de la petición lanzada al Papa por una religiosa en la Asamblea de Superioras Generales de mayo de 2016.
Sí. Nació de una manera espontánea, no premeditada. De hecho, nació a raíz de una pregunta que una religiosa dirigió al Papa. Este escuchó, reflexionó y decidió crear una comisión de estudio. Y ahí estamos. Son cosas que una nunca hubiera pensado. Deseamos que nuestro trabajo sea para bien de todos.
¿Cómo interpreta las palabras del Papa de que hay que promover la participación activa de la mujer en la comunidad eclesial?
El Papa lo cree, lo predica e intenta que eso se haga realidad en la medida de lo posible. Yo estoy completamente de acuerdo y ofrezco mi pequeño grano de arena para que las mujeres podamos ir logrando más espacios. Si miro hacia el pasado, nuestro espacio se ha agrandado y llegamos a ciertos ámbitos antes reservados solo a los varones y clérigos. Hay que ser optimistas y agradecer también todos los esfuerzos de tantas personas y en particular de varias mujeres que han ido abriendo caminos. De todos modos, queda mucho por hacer. En la Iglesia los varones ocupan casi todo el espacio posible, las posiciones de responsabilidad, de toma de decisiones… El nuestro es un trabajo lento y hay que contar con muchas ayudas para llegar a espacios más compartidos.
¿Cómo se consiguen ensanchar esos espacios de participación femenina en la Iglesia de los que usted habla? ¿Cuál es el granito de arena que podemos aportar nosotras para contribuir a ello?
Hay muchas mujeres competentes, responsables y comprometidas con la Iglesia que pueden hacer aportaciones muy valiosas. Pero hay que contar con ellas, invitarlas, ofrecerles ámbitos y puestos de trabajo, responsabilidades y visibilidad. Y eso en la Iglesia no depende en primera instancia de las mujeres.
Su visita a Málaga responde a su participación en las Jornadas de la Asociación Bíblica Española. ¿Qué significan?
Las jornadas son una ocasión privilegiada que los y las biblistas españoles tenemos para encontrarnos, ya que la mayoría no nos vemos con frecuencia. Para mí, que vivo en el extranjero, es una oportunidad única de encuentro con mis colegas, no sólo para vernos sino para ponernos al día de las cuestiones científicas, publicaciones, proyectos… es un enriquecimiento mutuo. La vida de la asociación hace crecer también el entusiasmo de los biblistas jóvenes hacia el estudio y la difusión de la Biblia. Esto es muy importante: que las nuevas generaciones se hagan miembros de la Asociación y que participen activamente, porque necesitamos los relevos.
En estas jornadas abordó usted la figura del extranjero en el Antiguo Testamento. Nuestro mundo ha globalizado el comercio, las comunicaciones, pero también el crimen, el terrorismo, el miedo… y lejos de crecer en la fraternidad universal, nos vemos atenazados por la desconfianza hacia el extranjero. ¿Cuál es la enseñanza más importante que nos deja la Biblia para iluminar la situación actual a este respecto?
Aunque mi ponencia trataba del Antiguo Testamento, respondo con una página en el Evangelio: «Era extranjero y me acogisteis. – ¿Cuándo, Señor? – Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños que son mis hermanos, lo hicisteis conmigo» (cf. Mt 25,31-46). Acoger al extranjero es acoger al Señor, porque el Señor nos habla mediante él, mediante esa persona que necesita nuestra ayuda. Me atrevo a completar la enseñanza evangélica con mis propias palabras: acoger al extranjero es acogerme también a mí mismo; es acoger la distancia que me separa del otro, y, sobre todo, es acoger la libertad que me permite escucharlo, respetarlo y amarlo.
¿Qué pregunta le hace usted a la Biblia con más frecuencia cuando la estudia?
Son muchas, pero hay una especial: «¿a qué responde este texto bíblico?». Cuando leemos en el libro de Ben Sira «¡Sálvanos, Dios del universo!» (Eclo 36, 1), me pregunto quién está hablando, por qué este grito, qué está pasando a ese orante para que hable así, en qué circunstancias su súplica, qué hay detrás de ella. Todos los textos responden a una situación vivida por el autor, por la comunidad, una situación que no es etérea, sino radicada en una situación histórica, y eso te da la clave de lectura, qué es lo que se esconde detrás de los textos.
¿Tiene fin el estudio de la Sagrada Escritura?
No, el estudio nunca tiene fin, y el de la Biblia tampoco. La Biblia es un pozo de riqueza, de sabiduría, y cuánto más se la estudia, el horizonte se ensancha y una descubre que hay tantos y tantos detalles que nos pasan desapercibidos y merecen nuestra atención…
El Papa nos invita a acudir a la Biblia tanto como al móvil, pero estamos muy lejos de seguir su consejo.
¿Por qué se nos cae de las manos la Biblia?
Simplemente por desconocimiento, no es mala voluntad ni aversión. La Biblia es el libro más leído en todo el mundo, aunque quizás en nuestros ambientes sea prácticamente desconocido. Pero cuando las personas se acercan a ella, la leen, la estudian y la trabajan personalmente o en grupo, les parece maravillosa y se enganchan.
Muchas veces creemos saber ya lo que la Palabra de Dios nos dice, simplemente porque la hemos escuchado o leído muchas veces…
Es una tentación y te hace perder la capacidad de entrar en el texto y de sacarle lo mejor de él. Desconectamos porque pensamos que ya nos lo sabemos, pero no es cuestión de saber, sino de dejarse tocar por el texto con paciencia, en silencio, buscando los matices, las conexiones… eso requiere tiempo, es un proceso de lectura atenta, un proceso largo y muy personal.
Para el estudioso de la Biblia ¿existe el riesgo de pasar solo por el tamiz de la inteligencia ese objeto de estudio, y no dejarlo calar por el corazón?
El proceso de lectura cubre todas las etapas, pero la finalidad del trato con la Biblia no es el estudio objetivo. La Biblia es un libro vital, un libro de fe que quiere incidir en la vida de aquel que lo lee, por tanto este proceso hermenéutico tiene que desembocar en una vivencia personal enraizada en la vida actual del lector o lectora. La Lectio Divina o lectura orante, por ejemplo, y tantos otros métodos de lectura que existen en la actualidad ayudan a esta circularidad: la vida ilumina el texto y éste ilumina la vida. El punto final es la persona, su relación consigo misma, con Dios y con los demás.
¿Qué respuestas encuentra el ser humano, y concretamente la mujer, en la Sagrada Escritura?
El estudio de nuestras «antepasadas bíblicas» es una guía para reflexionar y buscar respuestas a la situación actual de la mujer, no solo en la sociedad y en el mundo sino también en la Iglesia. Nos separan dos mil años de distancia y ciertamente no se pueden hacer saltos mortales. Ahora bien, las situaciones y los problemas que aparecen en la Biblia son humanos (es decir universales). Leídas a la luz de la fe, las narraciones bíblicas transmiten el amor por la vida, por los demás, por el bien del pueblo y por Dios. Estos elementos pueden tener incidencia en nuestra vida actual. En cuanto a la mujer, hay historias muy significativas y algunas heroínas bíblicas son actualísimas. Basta pensar en Rut, Judit o Ester.
¿Cuál es su favorita?
Bueno, mi favorita es un poco particular porque no es de carne y hueso: me refiero a Doña Sabiduría, una figura misteriosa pero que trabaja duro (ríe).
En una época de renacimiento de la causa feminista, vemos que sin embargo aumenta la violencia y la injusticia a la que se somete a la mujer. ¿Qué puede aportar la Iglesia?
La realidad es muy dura y me hace estremecer la situación en que viven muchas mujeres en su propio hogar, y que repercute no solo en ellas, sino en los hijos, en las futuras generaciones. ¿Cómo erradicar este sometimiento y esta violencia que viven mujeres y niñas? Se habla mucho del movimiento feminista. En realidad el feminismo es una lucha por la justicia, no es nada más que eso. Una lucha legítima y que debería ser abanderada por todos. La Iglesia ha hecho mucho en favor de la mujer y ante situaciones de precariedad, violencia e injusticia siempre se pone en favor del oprimido. Tenemos la responsabilidad primera de luchar por todas estas mujeres que ven pisoteados sus derechos. La discriminación, la injusticia y la opresión del más débil es intolerable.
Ana María Medina/Diócesis de Málaga

Francisco reza ante las reliquias de san Pedro Claver


Tras rezar el Ángelus en la entrada al templo, el papa Francisco ha visitado el santuario de san Pedro Claver, donde ha rezado ante las reliquias del santo jesuita.
El Santo Padre, al entrar en el templo, ha saludado a varios representantes de la comunidad afroamericana de Cartagena, y a los numerosos obispos y sacerdotes allí presentes.
Cuatro niños vestidos de blanco le han entregado unas flores, que el Papa ha depositado ante las reliquias de san Pedro Claver, misionero jesusita que entregó su vida al servicio de los esclavos negros en Cartagena de Indias.
Asimismo, el Papa se ha reunido con el rector del santuario y con unos 300 jesuitas que se han congregado en el santuario para recibir al Pontífice. También ha saludado, de manera privada, a 65 religiosos de la comunidad de jesuitas de este santuario.
El Santo Padre se ha trasladado en papamóvil al monasterio de Santo Domingo, cercano al santuario de san Pedro Claver, donde comerá con la comunidad de religiosos en el claustro.
ZENIT

Francisco recuerda a los venezolanos refugiados en Colombia


El Papa honra la memoria del santo español que defendió a los esclavos africanos ante la incomprensión del mundo y de miembros de la propia Iglesia
El Papa volvió a pedir por Venezuela en sus últimas horas de estancia en Colombia. Durante el rezo del Ángelus en la iglesia de san Pedro Claver, en Cartagena de Indias, el Pontífice aseguró su «oración por cada uno de los países de Latinoamérica», pero «de manera especial por la vecina Venezuela», de donde provienen muchas personas que «han encontrado en esta tierra colombiana un lugar de acogida», recordó Francisco.
La dramática situación en el país vecino, donde la crisis política ha conducido a una crisis humanitaria por falta de alimentos y medicinas, ha estado muy presente a lo largo de toda la visita a Colombia del Papa, que el jueves se reunió con cinco obispos venezolanos tras la Misa celebrada en el Parque Simón Bolívar de Bogotá. Ya en el viaje rumbo a Colombia, Francisco se dirigió a los periodistas cuando, obligado por un huracán, el avión se desvió de su camino para atravesar Venezuela. Aprovechando esta situación, el Papa pidió una oración «para que se pueda dar el diálogo y el país encuentre una buena estabilidad mediante el diálogo con todos».
El Papa hizo «un llamamiento para que se rechace todo tipo de violencia en la vida política y se encuentre una solución a la grave crisis que se está viviendo y afecta a todos, especialmente a los más pobres y desfavorecidos de la sociedad», subrayando que lo hacía desde una ciudad que es «sede de los derechos humanos». Así lo establece una ley colombiana de 1995, en recuerdo a san Pedro Claver y otros jesuitas del siglo XVII que defendieron a contracorriente los derechos de los oprimidos.
En la iglesia que custodia las reliquias del santo español, el Papa bendijo las primeras piedras de dos instituciones para asistir a personas necesitadas. «Todavía hoy, en Colombia y en el mundo –denunció el Obispo de Roma–, millones de personas son vendidas como esclavos, o bien mendigan un poco de humanidad, un momento de ternura, se hacen a la mar o emprenden el camino porque lo han perdido todo, empezando por su dignidad y sus propios derechos».
De ahí la vigencia de quien, el día de su profesión solemne, se hizo llamar el «esclavos de los negros para siempre». «Él esperaba las naves que llegaban desde África al principal mercado de esclavos del Nuevo Mundo», recordó el Papa. «Muchas veces los atendía solamente con gestos, gestos evangelizadores, por la imposibilidad de comunicarse, por la diversidad de los idiomas. Pero una caricia trasciende todos los idiomas. Sin embargo, Pedro Claver sabía que el lenguaje de la caridad, de la misericordia era comprendido por todos. De hecho, la caridad ayuda a comprender la verdad y la verdad reclama gestos de caridad: van juntas, no se pueden separar. Cuando sentía repugnancia hacia ellos –porque pobrecitos venían en un estado que repugnaba– Pedro Claver le besaba las llagas».
El Pontífice acudió a esta penúltima cita de su viaje en Colombia con un ojo hinchado. Al tratar de saludar a un niño, Francisco se golpeó contra el parabrisas del papamóvil y se abrió una ceja, cuando el conductor se vio obligado a frenar bruscamente debido a la aglomeración de gente que había saludo a la calle a ver al Papa. Domenico GIani, comandanta de la Gendarmería Vaticana, le hizo una rápida cura que le permitió seguir el programa con una sonrisa permanente dibujada en los labios.
Ricardo Benjumea

El Papa se despide de Colombia: el protagonista de la reconciliación «es la gente, no una fracción o una élite»


El proceso requiere mucho más que «marcos normativos y arreglos institucionales»
Después de haberse volcado durante cinco días en apoyar la reconciliación nacional en Colombia, el Papa Francisco ha advertido en su mensaje de despedida que «el autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite», pues «no necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos».
En la homilía de la misa para unas ochocientas mil personas, en el puerto de contenedores de Cartagena de Indias, el Santo Padre ha dicho a los colombianos que «las heridas profundas de la historia requieren instancias donde se haga justicia y se dé a las victimas la posibilidad de conocer la verdad», así como que «haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes».
Según el Papa, el «camino de pacificación» no puede quedar solo en manos de la política o la administración pública, pues «no se alcanza solo con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales».
Francisco ha citado unas palabras muy claras de Gabriel García Márquez: «Este desastre cultural no se arregla ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz».
Hacia el final de la homilía, el Papa ha propuesto otro elemento de la reconciliación cristiana, que a veces no resulta fácil: «Hoy rezamos juntos por el rescate de aquellos que estuvieron errados, pero no por su destrucción; rezamos por la justicia y no la venganza, por la reparación en la verdad y no el olvido».
Terminada la Misa, el Santo Padre se dirigió al aeropuerto de Cartagena de Indias para emprender el vuelo de regreso a Roma.
Juan Vicente Boo/Enviado especial a Colombia. ABC