miércoles, 17 de mayo de 2017

Papa: Jesús Resucitado transforma el mundo. Dios «soñador» que nos ama

«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
En estas semanas, nuestra reflexión se mueve, por decir así, en la órbita del misterio pascual. Hoy, encontramos a aquella que, según los Evangelios, fue la primera en ver a Jesús Resucitado: María Magdalena. Acababa de terminar el descanso del sábado. El día de la pasión no había habido tiempo para completar los ritos fúnebres; por ello, en ese amanecer lleno de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús, con los ungüentos perfumados. La primera que llega es ella: María de Magdala, una de las discípulas que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio de la Iglesia naciente. En su camino hacia el sepulcro, se refleja la fidelidad de tantas mujeres, que durante años acuden con devoción a los cementerios, recordando a alguien que ya no está. Los lazos más auténticos no se quiebran ni siquiera con la muerte: hay quien sigue amando, aunque la persona amada se haya ido para siempre.
El Evangelio (cfr Jn 20, 1-2-11-18) describe a la Magdalena subrayando enseguida que no era una mujer que se entusiasmaba con facilidad. En efecto, después de la primera visita al sepulcro, vuelve desilusionada al lugar donde los discípulos se escondían; refiere que la piedra ha sido movida de la entrada del sepulcro y su primera hipótesis es la más sencilla que se pueda formular: alguien debe haberse llevado el cuerpo de Jesús. Así, el primer anuncio que María lleva no es el de la resurrección, sino el de un robo que algunos desconocidos han perpetrado, mientras toda Jerusalén dormía.
Luego, los Evangelios cuentan otra ida de la Magdalena al sepulcro de Jesús. Era una testaruda ésta, ¿eh? Fue, volvió… y no, no se convencía…Esta vez su paso es lento, muy pesado. María sufre doblemente: ante todo por la muerte de Jesús, y luego por la inexplicable desaparición de su cuerpo.
Es mientras está inclinada cerca de la tumba, con los ojos llenos de lágrimas, cuando Dios la sorprende de la manera más inesperada. El evangelista Juan subraya cuán persistente es su ceguera: no se da cuenta de la presencia de los dos ángeles que la interrogan y ni siquiera sospecha viendo al hombre a sus espaldas, creyendo que era el guardián del jardín. Y, sin embargo, descubre el acontecimiento más sobrecogedor de la historia humana cuando finalmente es llamada por su nombre: ¡«María!» (v. 16)
¡Qué lindo es pensar que la primera aparición del Resucitado – según los evangelios - fue de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. Es una ley que encontramos grabada en muchas páginas del Evangelio. Alrededor de Jesús hay tantas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que, mucho antes, es ante todo Dios el que se preocupa por nuestra vida, que quiere volverla a levantar, y para hacer esto nos llama por nuestro nombre, reconociendo el rostro personal de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros, Dios nos llama por nuestro nombre: nos conoce por nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es verdad o no es verdad? Cada uno de nosotros tiene esta experiencia.
Y Jesús la llama: «¡María!»: la revolución de su vida, la revolución destinada a transformar la existencia de todo hombre y de toda mujer, comienza con un nombre que resuena en el jardín del sepulcro vació. Los Evangelios nos describen la felicidad de María: la resurrección de Jesús no es una alegría dada con cuentagotas, sino una cascada que arrolla toda la vida. La existencia cristiana no está entretejida con felicidades blandas, sino con oleadas que lo arrollan todo. Intenten pensar también ustedes, en este instante, con el bagaje de desilusiones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en el corazón, que hay un Dios cercano a nosotros, que nos llama por nuestro nombre y nos dice: «¡Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte!». Esto es muy bello.
Jesús no es uno que se adapta al mundo, tolerando que perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte, sino que nuestro Dios – me permito la palabra – es un soñador: sueña la transformación del mundo y la ha realizado en el misterio de la Resurrección.
María quisiera abrazar a su Señor, pero Él ya está orientado hacia el Padre celeste, mientras que ella es enviada a llevar el anuncio a los hermanos. Y así aquella mujer, que antes de encontrar a Jesús estaba en manos del maligno (cfr Lc 8,2), ahora se ha vuelto apóstol de la nueva y mayor esperanza. Que su intercesión nos ayude a vivir también nosotros esa experiencia: en la hora del llanto, en la hora del abandono, escuchar a Jesús Resucitado que nos llama por nombre y, con el corazón lleno de alegría, ir a anunciar: «¡He visto al Señor!». ¡He cambiado vida porque he visto al Señor! Ahora soy diferente a como era antes, soy otra persona. He cambiado porque he visto al Señor. Ésta es nuestra fortaleza y ésta es nuestra esperanza. Gracias»
(Traducción del italiano: Cecilia de Malak – RV)
(from Vatican Radio)

San Pascual Bailón – 17 de mayo


 Nació el 16 de mayo (también se señala el 17) de 1540 en la vigilia de Pentecostés, de ahí su nombre de Pascual, en la localidad de Torrehermosa, Zaragoza, España. Fue el segundo de seis hijos. Sus padres Martín e Isabel eran humildes agricultores y no pudieron costearle estudios. Por eso a los 7 años comenzó a trabajar como pastor, oficio que mantuvo hasta los 24. Pero era listo; fue autodidacta y aprendió a leer juntando las letras. Era alegre, parco en palabras, respetuoso, sincero, humilde y generoso, entre otras virtudes que ya se destacaron durante su infancia. Con cierta timidez en algunos momentos, como todos los niños hizo sus travesuras, aunque la que se recuerda está relacionada con el ideal religioso al que se abrazaría. En el transcurso de una visita a un primo que se hallaba enfermo y que vestía de ordinario un hábito, no se le ocurrió otra cosa que ponérselo. No era la primera vez que le había llamado la atención añorando tener uno igual, así que vio la oportunidad y la aprovechó. Mucho costó a los suyos que se desprendiera de él, pero cuando lo hizo advirtió que de mayor sería fraile. Como tantas personas también tenía tendencias que sin ser inmorales podrían haberle impedido alcanzar la perfección, pero las fue transformando progresivamente.
Era de complexión robusta y desde niño se sintió atraído por las penitencias. No existían para él «mentiras piadosas», supo elegir el mejor bocado para los demás, nunca se avergonzó de su humilde sayal, que prefería remendado a que fuese nuevo, no tuvo nada para sí, y buscó cumplir siempre la voluntad de Dios antes que la suya. No puede juzgarse como pueril su gran sentido de la justicia, sino fruto de su sensibilidad espiritual. Así cuando las ovejas pastaban en un campo ajeno, con su corto salario abonaba al dueño lo que hubieran podido esquilmarle. El amo del ganado que pastoreó en Alconchel le tomó gran afecto. Incluso pensó hacerle su heredero, pero Pascual había decidido ser fraile a toda costa y renunció a los bienes.
Uno de sus amigos con los que compartía el mismo oficio era Juan de Aparicio. Ambos unían sus oraciones para elevarlas al Santísimo y a la Virgen entonando cánticos mientras Pascual tocaba el rabel que él mismo había fabricado. Bien cumplidos sus 18 años trabajó en Monforte del Cid y Elche (ambas localidades de Alicante), donde conoció a los franciscanos alcantarinos. Fue la primera vez que tuvo cerca la vida religiosa. Pero siguió cuidando las ovejas. Se detenía con el rebaño en un lugar donde pudiera vislumbrar el campanario de alguna iglesia. Así lo hizo con la ermita de Nuestra Señora de la Sierra en Alconchel, y la de Nuestra Señora de Loreto en Orito, a cuyo dintel solía ir de noche a orar esperando el clarear del día para asistir a la misa. El propietario del ganado que cuidaba sabía bien lo que significaba para él poder participar en ella entre semana. Porque lo peculiar de Pascual desde temprana edad fue su extraordinario amor por la Eucaristía. Incluso hallándose en el campo adoraba al Santísimo.
En una ocasión, en el instante de la consagración anunciada por el alegre repique de campanas, los pastores que trabajaban cerca de él le escucharon decir: «¡Ahí viene!, ¡allí está!», mientras se hincaba de rodillas. Le había sido concedido la gracia de ver el Cuerpo de Cristo. Muchos hechos extraordinarios le acontecían. No le agradaba estar en la palestra, y sin embargo, instado por una fuerza interior no podía evitar ciertas manifestaciones externas de su gozo que, por ser inusuales, llamaban la atención de quienes las veían. Además, los favores sobrenaturales que recibía eran visibles para otros.
A los 24 años pidió ingreso en el convento de los Frailes Menores de Orito, Valencia, aunque le desviaron a Elche donde se hallaba la persona que debía acogerle. Profesó en 1564 y fue trasladado a Orito donde fue limosnero. Después estuvo destinado en Villarreal, Jumilla, Almansa, Valencia, entre otras. Por cualquiera de las localidades que atravesaba siempre halló un momento para visitar al Santísimo. Le encomendaron diversos menesteres; fue portero, cocinero, mandadero y barrendero. Dormía acurrucado contra la pared y le agradaba sentarse en cuclillas. Las dificultades que se presentaban en la convivencia las solventaba con buen sentido del humor y caridad.
Nunca perdía el tiempo. Al igual que había llenado las horas mientras ejercía el pastoreo con oraciones, composiciones para María, la confección de rosarios o de algún instrumento musical, en los pequeños instantes de asueto que surgían en la vida conventual se le podía ver rezando y adorando la Eucaristía con los brazos en cruz. Buscaba el modo de ayudar a los sacerdotes en misa para estar más cerca del Santísimo, al que dedicó hermosísimas oraciones, y proseguía su adoración entrada la noche, llegando a la capilla antes que el resto de la comunidad.
Tuvo que ir a París a entregar una carta al general de la Orden, padre Cristóbal de Cheffontaines, y en el trayecto defendió con bravura la fe en la Eucaristía frente a los calvinistas que le salieron al paso, y que le atacaron. Apenas sabía leer y escribir, pero cuando se trataba de hablar de la presencia de Cristo en la Eucaristía, no había quien le ganara. Era capaz de penetrar con hondura, agudeza y juicio cierto en cuestiones de índole teológica. Falleció en Villarreal, Castellón, el 17 de mayo de 1592, Domingo de Pentecostés, escuchando el tañido de la campana que avisaba de la elevación de la Eucaristía en la Santa Misa. Al confirmarlo, musitó: «¡Ah que hermoso momento!», y a renglón seguido entregó su alma a Dios. Durante el funeral el ataúd estaba abierto, y mientras el oficiante realizaba la doble elevación abrió y cerró sus ojos en dos ocasiones. Se le han atribuido numerosos milagros en vida y después de muerto. Pablo V lo beatificó el 29 de octubre de 1618. Y Alejandro VIII lo canonizó el 16 de octubre de 1690. León XIII lo declaró patrono de las asociaciones y congresos eucarísticos.
ZENIT

El Vaticano estudia convertir Medjugorje en santuario pontificio



El pontífice sopesa declarar verdaderas las siete primeras apariciones y falsas las posteriores
Como ya había adelantado el Papa Francisco en el vuelo de regreso desde Fátima el pasado 13 de mayo, el detallado informe elaborado bajo la presidencia del cardenal Camillo Ruini sobre los acontecimientos de Medjugorje propone declarar verdaderas las primeras apariciones, ocurridas en 1981, mientras que niega credibilidad a las posteriores.
Según nuevos datos publicados el martes por el coordinador del portal Vatican Insider del diario La Stampa, Andrea Tornielli, el informe propone transformar la mundialmente conocida parroquia, situada en Bosnia-Herzegovina y administrada por los franciscanos, en un santuario pontificio dependiente de la Santa Sede, poniendo fin a la polémica entre los franciscanos y los sucesivos obispos de Mostar, en cuyo territorio se encuentra el lugar de las apariciones.
La comisión Ruini, formada por cardenales, teólogos, psicólogos, canonistas y expertos de las congregaciones vaticanas de la Doctrina de la Fe y las Causas de los Santos investigó detalladamente el fenómeno desde marzo de 2010 a enero de 2014, revisando todos los documentos de la parroquia y del Vaticano, e interrogando a todos los videntes y principales testigos de los acontecimientos.
En vista de la marcada diferencia entre las primeras apariciones y las posteriores, el informe las trata por separado y estudia, en tercer lugar, el fenómeno de las peregrinaciones y conversiones.
El resultado, informa Andrea Tornielli, es que respecto a las siete primeras apariciones, ocurridas entre el 24 de junio y el 3 de julio de 1981, trece miembros de la comisión proponen declararlas verdaderas, uno se opone y otro se abstiene.
Según el vaticanista italiano, «la comisión Ruini sostiene que los siete niños videntes eran psicológicamente normales, fueron sorprendidos por las apariciones, y lo que relataban haber visto no sufría ninguna influencia externa por parte de los franciscanos de la parroquia o de otros sujetos», explica. «Continuaron contando lo que vieron a pesar de que la policía les hubiese arrestado y amenazado de muerte. La comisión ha descartado también la hipótesis de un origen diabólico de las apariciones».
En cambio, las presuntas apariciones posteriores a miembros individuales del primitivo grupo de videntes, preanunciadas a hora y fecha fija, con mensajes repetitivos y revelación de supuestos secretos de sabor apocalíptico inspiran desconfianza a todos los miembros de la comisión.
En el vuelo de regreso desde Fátima, el Papa Francisco manifestó que «respecto a las apariciones actuales, el informe tiene dudas. Yo personalmente soy más mal: yo prefiero la Virgen madre, nuestra madre y no la Virgen jefa de la oficina de telégrafos que todos los días envía un mensaje a hora fijada. Ésta no es la madre de Jesús. Y esas presuntas apariciones no tienen mucho valor. Esto lo digo a título personal», aseguró Francisco.
El Santo Padre subrayó que «el verdadero núcleo del informe Ruini es el hecho espiritual, el hecho pastoral, gente que va allí y se convierte, que encuentra a Dios, que cambia de vida…». Francisco añadió que precisamente para analizar ese fenómeno y estudiar el mejor modo de atender a los peregrinos, se ha enviado al arzobispo polaco Henryk Hoser, quien informará al Vaticano, «y al final se dirá algo».
En esa línea de favorecer los frutos espirituales, la comisión Ruini se ha pronunciado a favor de transformar la parroquia regentada por los franciscanos en un santuario pontificio dependiente de la Santa Sede.
Esa solución facilitaría poner fin a las polémicas entre la diócesis y los franciscanos, mejorar la atención espiritual a los peregrinos y evitar el peligro de derivas en «iglesias paralelas» o en actitudes catastrofistas apocalípticas.
El pronunciamiento de la Santa Sede dará plena legitimidad a las peregrinaciones y ofrecerá respaldo al culto mariano en Medjugorje, pero quizá sin manifestarse sobre la veracidad de las primeras apariciones como se ha hecho en otros casos por prudencia en vida de los videntes.
Juan Vicente Boo/ABC
Alfa y Omega

El obispo Aguirre, ileso tras el ataque a una mezquita


Fue tiroteado mientras intentaba salvar a un grupo de musulmanes de una facción armada
El obispo de Bangassou, el cordobés Juan José Aguirre, se encuentra ileso tras haberse colocado como escudo humano en un ataque armado protagonizado por una facción llamada Anti-Balaka, conocida en la República Centroafricana por atacar las zonas donde reside la población musulmana. La situación más grave si vivió entre el sábado y el domingo cuando unos 600 guerrilleros de este grupo atacaron una mezquita en la zona de Tokoyo donde residen personas de fe mahometana.
La situación violenta fue tal, según explica el hermano del obispo, Miguel Aguirre, que tanto el prelado como el cardenal Nzapalainga, nombrado por el Papa, tomaron la determinación de desplazarse a la zona para sacar a las personas de la mezquita y protegerlos tanto en la catedral de la diócesis como en el seminario, donde actualmente están acogidas unas 1.500 personas.
El mayor riesgo tuvo lugar por la presencia de francotiradores que intentaban abatir a las personas que salían de la mezquita. La familia Aguirre insiste que el obispo se encuentra en buen estado, que se ha comunicado en varias ocasiones con su casa en Córdoba y que la situación tiende a estabilizarse.


Desde el pasado viernes, el obispo reportó a los miembros de su fundación que la situación se encontraba cada vez más tensa. A raíz del ataque, que tuvo lugar también contra una base de los cascos azules, se ha producido una intervención armada de las tropas portuguesas que operan en la zona bajo la bandera de Naciones Unidas. Entre las víctimas, del ataque del grupo conocido como Anti-Balaka se encuentra el imán de la mezquita.
«Hemos contado cuarenta muertos»
Monseñor Aguirre se ha dirigido a su familia con un mensaje a través del móvil en el que les asegura que está «muy bien, aunque haciendo de escudo en la mezquita para que no maten a más de 500 mujeres y niños dentro. Acaban de llegar los ONU soldados portugueses». «El cardenal está negociando con los antibalakas: nosotros protegemos la mezquita desde hace tres días, recogiendo heridos y cadáveres. Hemos contado cuarenta muertos y cien heridos. Duermo bien», agrega el obispo en sus mensajes.
R.A./R.R./ABC
Alfa y Omega

COMENTARIO DEL PAPA BENEDICTO XVI AL EVANGELIO DE SAN JUAN (15,1-8)


Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de hoy, quinto domingo del tiempo pascual, comienza con la imagen de la viña. «Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”» (Jn 15, 1). A menudo, en la Biblia, a Israel se le compara con la viña fecunda cuando es fiel a Dios; pero, si se aleja de Él, se vuelve estéril, incapaz de producir el «vino que alegra el corazón del hombre», como canta el Salmo 104 (v. 15). 

La verdadera viña de Dios, la vid verdadera, es Jesús, quien con su sacrificio de amor nos da la salvación, nos abre el camino para ser parte de esta viña. Y como Cristo permanece en el amor de Dios Padre, así los discípulos, sabiamente podados por la palabra del Maestro (cf. Jn 15, 2-4), si están profundamente unidos a Él, se convierten en sarmientos fecundos que producen una cosecha abundante. 

San Francisco de Sales escribe: «La rama unida y articulada al tronco da fruto no por su propia virtud, sino en virtud de la cepa: nosotros estamos unidos por la caridad a nuestro Redentor, como los miembros a la cabeza; por eso las buenas obras, tomando de él su valor, merecen la vida eterna» (Trattato dell’amore di Dio, XI, 6, Roma 2011, 601).

En el día de nuestro Bautismo, la Iglesia nos injerta como sarmientos en el Misterio pascual de Jesús, en su propia Persona. De esta raíz recibimos la preciosa savia para participar en la vida divina. Como discípulos, también nosotros, con la ayuda de los pastores de la Iglesia, crecemos en la viña del Señor unidos por su amor. 

Si el fruto que debemos producir es el amor, una condición previa es precisamente este “permanecer”, que tiene que ver profundamente con esa fe que no se aparta del Señor. Es indispensable permanecer siempre unidos a Jesús, depender de Él, porque sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5). 

En una carta escrita a Juan el Profeta, que vivió en el desierto de Gaza en el siglo V, un creyente hace la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible conjugar la libertad del hombre y el no poder hacer nada sin Dios? Y el monje responde: Si el hombre inclina su corazón hacia el bien y pide ayuda de Dios, recibe la fuerza necesaria para llevar a cabo su obra. Por eso la libertad humana y el poder de Dios van juntos. Esto es posible porque el bien viene del Señor, pero se realiza gracias a sus fieles. 

El verdadero «permanecer» en Cristo garantiza la eficacia de la oración, como dice el beato cisterciense Guerrico d’Igny: «Oh Señor Jesús..., sin ti no podemos hacer nada, porque Tú eres el verdadero jardinero, creador, cultivador y custodio de tu jardín, que plantas con tu palabra, riegas con tu espíritu y haces crecer con tu fuerza» (Sermo ad excitandam devotionem in psalmodia: SC 202, 1973, 522).

Queridos amigos, cada uno de nosotros es como un sarmiento, que sólo vive si hace crecer cada día con la oración, con la participación en los sacramentos y con la caridad, su unión con el Señor. Y quien ama a Jesús, la vid verdadera, produce frutos de fe para una abundante cosecha espiritual. Supliquemos a la Madre de Dios que permanezcamos firmemente injertados en Jesús y que toda nuestra acción tenga en Él su principio y su realización.
(Regina Caeli, Domingo 6 de mayo de 2012)

EVANGELIO DE HOY: EL QUE PERMANECE EN MÍ DA FRUTO ABUNDANTE





Lectura del santo evangelio según san Juan (15,1-8):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Palabra del Señor

martes, 16 de mayo de 2017

«San Isidro nos recuerda que la caridad de Cristo es lo más importante»


La diócesis se vuelca hoy en las celebraciones en honor a san Isidro Labrador. El cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, ha presidido sendas Eucaristías en la colegiata y la pradera, animando a cambiar la ciudad con el ejemplo del santo patrón.
Como hizo él, hay que ver que los otros son «imágenes de Dios» que «custodiar», es decir, hay que «hacer crecer a todos los que se acercan a nosotros». A ellos, los cristianos, les deben aproximar «una palabra y una vida nuevas, el lenguaje y la vida del Resucitado: Cristo ha vencido a la muerte». «Estamos para dar vida y aliento, para dar el abrazo de Dios a todos los hombres, para buscar la paz por todos los medios, la reconciliación, el vivir en verdad. Suscitemos esperanza, sanemos los corazones», ha aseverado.
En esta línea, el cardenal Osoro ha subrayado la necesidad de pedir siempre «la caridad de Cristo». «Acogida con corazón abierto, nos cambia, nos transforma, nos hace capaces de amar no según la medida humana, siempre limitada, sino según la medida de Dios. ¿Cuál es la medida de Dios? ¡Sin medida! ¡Todo! No se puede medir el amor de Dios, es sin medida, pues da hasta la vida misma. Y así llegamos a ser capaces de amar también nosotros. No es fácil. Pero debemos amar a quien no nos ama. Hay que oponerse al mal con el bien. Perdonar, compartir, acoger, crear puentes, derribar muros», ha detallado.
Después de la MIsa en la colegiata, el arzobispo de Madrid se ha ido a la pradera de San Isidro, donde miles de madrileños celebraban la fiesta de su patrono. En una multitudinaria Eucaristía al aire libre, en la que han participado la alcadesa de Madrid, Manuela Carmena, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, ha reiterado la necesidad de construir la cultura del encuentro. Luego se ha acercado a la carpa instalada por la Vicaría VI para compartir la comida, al tiempo que un nutrido grupo de jóvenes repartían estampas de san Isidro y santa María de la Cabeza con una oración suya.

Papa: La paz de Jesús es real, no la anestesiada del mundo

La paz verdadera no podemos fabricarla nosotros. Es un don del Espíritu Santo. Lo afirmó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice subrayó asimismo que “una paz sin la Cruz no es la paz de Jesús y recordó que sólo el Señor puede darnos la paz en medio de las tribulaciones.
“Les dejo la paz, les doy mi paz”. Francisco desarrolló su reflexión a partir de las palabras que Jesús dirigió a sus Discípulos en la Última Cena. Y se detuvo en el significado de la paz dada por el Señor; a la vez que puso de manifiesto que el pasaje de los Hechos de los Apóstoles propuesto en la Primera Lectura, narra las tantas tribulaciones que padecieron inmediatamente Pablo y Bernabé en sus viajes para anunciar el Evangelio. “¿Es ésta – se preguntó el Papa Bergoglio – la paz que da Jesús?”. Y afirmó que Jesús subraya que la paz que Él da no es la paz de este mundo.
El mundo quiere una paz anestesiada para no hacernos ver la Cruz
“La paz que nos ofrece el mundo  – comentó el Obispo de Roma – es una paz sin tribulaciones; nos ofrece una paz artificial”, una paz que se reduce a la “tranquilidad”. Es una paz – dijo – “que sólo mira las propias cosas, las propias seguridades, que no falte nada”, un poco como era la paz del rico Epulón. Una tranquilidad que nos vuelve “cerrados”, que hace que no se vea “más allá”:
“El mundo nos enseña el camino de la paz con la anestesia: nos anestesia para no ver la otra realidad de la vida: la Cruz. Por esto Pablo dice que se debe entrar en el Reino del cielo en el camino con tantas tribulaciones. Pero, ¿se puede tener paz en la tribulación? Por nuestra parte, no: nosotros no somos capaces de hacer una paz que sea tranquilidad, una paz psicológica, una paz hecha por nosotros, porque las tribulaciones existen: quien tiene un dolor, quien una enfermedad, quien una muerte… existen. La paz que da Jesús es un regalo: es un don del Espíritu Santo. Y esta paz va en medio de las tribulaciones y va adelante. No es una especie de estoicismo, eso que hace el faquir: no. Es otra cosa”.
La paz de Dios no se puede comprar, sin la Cruz no hay paz verdadera
El Papa Francisco reafirmó que la paz de Dios es “un don que nos hace ir adelante”. Y añadió que Jesús, después de haber donado la paz a los Discípulos, sufre en el Huerto de los Olivos y allí “ofrece todo según la voluntad del Padre y sufre, pero no le falta el consuelo de Dios”. El Evangelio, en efecto, narra que “le apareció un ángel del cielo para consolarlo”.
La paz de Dios es un paz real, que va en la realidad de la vida, que no niega la vida: la vida es así. Está el sufrimiento, existen los enfermos, hay tantas cosas malas, están las guerras… pero aquella paz desde dentro, que es un regalo, no se pierde, sino que se va adelante llevando la Cruz y el sufrimientoUna paz sin la Cruz no es la paz de Jesús: es una paz que se puede comprar. Podemos fabricarla nosotros. Pero no es duradera: termina”.
Pidamos la gracia de la paz interior, don del Espíritu Santo
Cuando uno se enoja – dijo el Papa al concluir –, “pierdo la paz”. Cuando mi corazón “se turba – añadió – es porque no estoy abierto a la paz de Jesús”, porque no soy capaz “de llevar la vida como viene, con las cruces y los dolores que vienen”. En cambio, debemos ser capaces de pedir la gracia al Señor para que nos dé Su paz:
“‘Debemos entrar en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones. La gracia de la paz, de no perder esa paz interior. Un Santo, hablando de esto decía: ‘La vida del cristiano es un camino entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios’ [San Agustín, De Civitate Dei XVIII, 51]. Que el Señor nos haga comprender bien cómo es esta paz que Él nos regala con el Espíritu Santo”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

Presentan el logo de la JMJ de Panamá 2019



En el logo para la Jornada Mundial de la Juventud 201, representa el Canal de Panamá, que simboliza el camino del peregrino que descubre en María el medio para encontrarse con Jesús; la silueta del Istmo panameño, como lugar de acogida; la Cruz Peregrina; la silueta de la Virgen en su «Hágase» y los pequeños puntos blancos como signo de la corona de María, y de los peregrinos de cada continente.
Lo indicó la Iglesia de Panamá señalando que la ganadora del concurso del logo para la JMJ es Ambar Calvo, una joven de 20 años y estudiante de arquitectura en la Universidad de Panamá, imagen que servirá para el evento convocado por el Papa Francisco, el cual se realizará en este país del 22 al 27 de enero del 2019.
Otro aspecto simbólico del logo ganador es la vinculación de la letra «M» que se insinúa en la forma del corazón, que si bien alude al lema «Puente del Mundo, Corazón del Universo», también nos sugiere al nombre de María como camino (puente) hacia Jesús, y su corazón abnegado de madre.
El logo fue escogido entre 103 propuestas que fueron evaluadas por un jurado integrado por especialistas en diseño gráfico, marketing y otras profesiones afines que seleccionó las 3 mejores propuestas, que luego fueron evaluadas por el Comité Ejecutivo de la JMJ, junto con el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida en Roma.
Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, Arzobispo de Panamá, manifestó sentirse emocionado  con el talento de la juventud panameña, porque este diseño de Ambar, “pudo captar el mensaje que deseamos enviar a los jóvenes del mundo, la pequeñez de nuestro país, pero la grandeza de nuestro corazón, abierto a todos y todas sin exclusión de nadie,  de la mano de la Virgen María, un modelo de joven valiente, comprometida y generosa que supo de decir SÍ ante el llamado de Dios”.
«Los jóvenes son la reserva moral y humana de nuestras sociedades y de la misma Iglesia, ellos son capaces de transformarlo todo, positivamente, arriesgándose como lo hizo la adolescente María de Nazaret, si somos capaces de enseñarles a amar como Jesús lo hizo con nosotros”, señaló el Arzobispo panameño.
Ambar Calvo, por su parte, indicó que desde los 12 años siente una afinidad por el arte como medio de expresión, y lo que quiso mostrar con el logo propuesto fue «la ternura y la entrega de María en su mejor escena: el Hágase».
La joven estudiante de arquitectura agradeció a las religiosas del colegio Pureza de María ―donde ella cursó estudios― quienes fueron las que le ayudaron a desarrollar su talento artístico, haciéndolo parte de su vida y profesión, y quienes además le motivaron a participar en el concurso.
Zenit

Tarancón hoy


El exembajador ante la Santa Sede Francisco Vázquez rinde homenaje al cardenal Tarancón en el 110 aniversario de su nacimiento
Pocas son las personas que puedan simbolizar mejor que el cardenal Tarancón el espíritu de la Transición democrática en España. Él fue uno de los grandes impulsores de las políticas de reconciliación nacional encaminadas a superar las endémicas divisiones entre los españoles.
Sus esfuerzos, y los de otros muchos, tanto desde el propio régimen franquista como desde el exilio y la oposición, permitieron alumbrar un clima de diálogo y de consenso que terminó plasmándose en la aprobación de la vigente Constitución de 1978, la primera en nuestra dilatada historia constitucional sin vencedores ni vencidos.
Su compromiso temporal era estrictamente evangélicoel perdón y la ayuda a los necesitados y marginados. Desde el inicio de su andadura sacerdotal, los principios de la doctrina social de la Iglesia fueron prioritarios en su actividad pastoral, llegando a ocasionarle sus denuncias públicas de las injusticias existentes no pocos problemas con las autoridades franquistas.
Pero, sobre todo, recordar la figura de Tarancón es reivindicar su etapa al frente de la Conferencia Episcopal Española, una de las épocas más convulsas de nuestra historia reciente y donde le tocó al cardenal la casi imposible tarea de aplicar en aquella España del nacionalcatolicismo las resoluciones del Concilio Vaticano II.

 Siguiendo siempre las directrices de su protector, el Pontífice Pablo VI, Tarancón llevó a cabo el proceso de separación de la Iglesia y el Estado, denunciando el Concordato entonces vigente, renunciando al fuero eclesiástico y exigiendo la abolición del derecho de presentación de terna para el nombramiento de obispos.
Negó a cualquier partido político la representación de la doctrina de la Iglesia y, por el contrario, animó a los católicos a participar en la vida pública, siempre de forma transversal, en las distintas ideologías que respetasen los principios éticos de la fe cristiana.
Sufrió ataques y amenazas al borde la violencia física, sobre todo desde las filas de los “ultras” del propio régimen, pero gracias a la combinación de su tozudez y su habilidad dialéctica hoy, muchas décadas después de aquellos acontecimientos, nadie puede negar el gran papel que la Iglesia española jugó en el advenimiento y consolidación de la democracia.
Siempre me gusta recordar aquella mañana del 27 de noviembre de 1975, cuando, en la Iglesia de los Jerónimos de Madrid se realizó, oficiada por el cardenal Tarancón, la ceremonia solemne de entronización del nuevo Rey de España, su Majestad Don Juan Carlos I, de la Casa de Borbón. Por la radio escuchamos aquella inconfundible ronca voz de fumador del cardenal que en su homilía desgranaba ante el nuevo Rey toda una serie de recomendaciones presididas por la voluntad del perdón y de la reconciliación, así como por la necesidad de mirar al futuro y construir una España en la que cupiéramos todos, como cuando dijo: «Españoles son todos los que se sienten hijos de la Madre Patria», continuando así el pensamiento que días antes en El Pardo, ante el cadáver de Franco, había expuesto en el privado funeral familiar, al decir: «Debemos formular la premisa de borrar todo cuanto pueda separarnos y dividirnos». Al hablar don Vicente, todos los españoles nos dimos cuenta de que la dictadura había terminado y que nacían nuevos tiempos de acuerdo y participación de todos los españoles.
Paradójicamente, cuarenta y dos años después de haber sido pronunciadas, las palabras del cardenal Tarancón vuelven a ser nuevamente una exhortación a la sensatez y al sentido de paz y concordia, que hoy muchos parecen empeñados en querer destruir.
Francisco Vázquez (ABC)

Alfa yOmega

Sin creer mucho en Dios pienso que ha sido Él el que me ha ayudado a salir adelante



Una voluntaria del comedor Ave María nos regala este testimonio: «Una tarde del mes de noviembre estábamos en el comedor preparando cosas para el día siguiente cuando sonó el timbre. Era un joven de 35 años, Jacinto, que quería algo de comer. Hablé con él y me contó un poco de su vida. Es de Córdoba y llevaba dos días en Madrid con su mujer en una habitación que les había dejado un amigo. Sociólogo de profesión, hace medio año se quedó de repente sin trabajo. Su mujer estaba embarazada de tres meses y la situación les llevó a pensar que era mejor perder el hijo.
Intenté animarlo y le dije que siguiera buscando. Quedamos en vernos al día siguiente, pero no vino. Dos meses después se presentó a desayunar. Hablamos y comencé a notarle un poco más animado. Me contó que, paseando por el Retiro, vio a un muchacho de 20 años solo y pensativo. No le dio importancia, pero al día siguiente lo volvió a ver durmiendo en un banco. Se acercó a él, lo despertó y preguntó qué le pasaba. El muchacho se quedó muy asombrado de que alguien se preocupara por él, ya que llevaba más de seis meses viviendo en soledad, sin que nadie se dirigiera a él. Sonriendo le dijo: “Gracias, hoy me siento un poco más feliz porque al menos para ti no soy un adorno más del Retiro”. Esto, dijo Jacinto, “me llenó de alegría, porque había podido ayudar a alguien nuevamente. La vida me empezaba a sonreír. Ilusionado, empecé a repartir propaganda y poco después me contratan como acomodador en un teatro”.
Pasados unos días me presentó a su mujer para decirme que habían tomado la decisión de no abortar. “No somos quiénes para matar una vida”, afirmó. Ahora todo eran preguntas para él: “¿Quién me puso esa tarde fría en esta puerta? ¿Quién me llevó al Retiro y puso en mi camino a ese muchacho? Soy consciente de que la vida es dura, pero cuando confías en alguien y no te encierras en tu egoísmo, esa vida puede empezar a sonreír. Sin creer mucho en Dios pienso que ha sido Él el que me ha ayudado a salir adelante y el que un día me trajo al comedor Ave María».
Paulino Alonso
Responsable del comedor Ave María. Madrid
Alfa y Omega

«San Isidro es una fiesta de todos, para todos y con todos»


En la fiesta del patrón de Madrid, el cardenal Carlos Osoro convoca «a todos los madrileños», crean o no, a construir «la cultura del encuentro»
San Isidro es «una fiesta de todos, para todos y con todos», dijo el cardenal Osoro al presidir la Misa en el día del patrón de Madrid en la colegiata que lleva el nombre del santo, la antigua catedral de la catedral. Tras esa primera Misa, el arzobispo se desplazó, como es tradicional, a celebrar otra Eucaristía en la pradera, donde Madrid celebra las fiestas del patrón.
San Isidro es de todos porque «está presente en todas las latitudes de la tierra, en comunidades pequeñas rurales y en grandes ciudades», especialmente desde que Juan XXIII le nombró patrón de los agricultores.
Pero sobre todo es un santo universal porque lo que hizo fue acoger y regalar el amor que «Dios regala en gratuidad a todos los hombres». De este modo, nos enseña que «nuestro nombre verdadero es Amor, pues somos imágenes de Dios». Y desde esa identidad, nos lanza a «hacer la cultura del encuentro, que es la que, en nombre del Señor, desea, promueve y hace la Iglesia».
«Os convoco a todos los madrileños, a los que creéis y a quienes buscáis siempre lo mejor, a poneros manos a la obra y hacer esta cultura en este momento de la historia», exhortó Carlos Osoro.
«Es una cultura que responde a aspiraciones radicalmente humanas. En esta época de cambio, hemos de generar espacios y relaciones para acertar en las transformaciones que hay que hacer. No son cuestiones de técnicas, sino cuestiones de fondo ético, de saber cuál es el nombre de cada ser humano, sus necesidades fundamentales y no recortarlas nunca. Hacer la cultura del encuentro es un desafío social; yo diría que el más importante. Es el que hizo Dios, viniendo a nuestro encuentro en la Encarnación, y el que imitándolo hizo posible san Isidro en este campo de san Isidro en el que estamos».
La Iglesia, en concreto, está «para dar vida y aliento, para dar el abrazo de Dios a todos los hombres, para buscar la paz por todos los medios, la reconciliación, el vivir en verdad».
«Suscitemos esperanza, sanemos los corazones», añadió el cardenal. «San Isidro nos recuerda que la caridad de Cristo es lo más importante: Señor, quiero que nos recuerdes lo que con tanta intensidad vivió san Isidro con su familia», concluyó.
Alfa y Omega

«Es mi paz la que os doy»




      Príncipe de la paz, Jesús resucitado, mira con benevolencia a la humanidad entera. Sólo de Tï, espera ayuda y socorro. Como en tiempos de tu vida terrena, siempre prefieres a los pequeños, los humildes, los que sufren. Siempre vas buscando a los pecadores. Haces que todos te invoquen y te encuentran, para que tengan en Tí el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Concedenos tu paz, cordero inmolado por nuestra salvación (Ap 5,6); (Jn 1,29): "¡Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, dános la paz!"

      He aquí, Jesús, nuestra oración: aleja del corazón de los hombres todo aquello que pueda comprometer su paz, confirmales en verdad, la justicia y el amor fraterno. Ilumina a los dirigentes; que sus esfuerzos por el bienestar de los pueblos, estén unidos en el esfuerzo para asegurar la paz. Enciende el deseo de todos para derribar las barreras que nos dividen,  con el fin de fortalecer los vínculos de la caridad. Enciende la voluntad de todos para que estemos dispuestos a comprender, compartir y perdonar,  con el fin de que todos estemos unidos en tu nombre y que triunfe en los corazones,las familias, el mundo entero, la paz, tu  paz.

San Juan XXIII (1881-1963), papa 

Mi paz os doy


Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 27-31a
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.
Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mi, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo».
Palabra del Señor.

Entreculturas. Únete a la oración del papa Francisco por los niños soldado.