martes, 16 de mayo de 2017

Presentan el logo de la JMJ de Panamá 2019



En el logo para la Jornada Mundial de la Juventud 201, representa el Canal de Panamá, que simboliza el camino del peregrino que descubre en María el medio para encontrarse con Jesús; la silueta del Istmo panameño, como lugar de acogida; la Cruz Peregrina; la silueta de la Virgen en su «Hágase» y los pequeños puntos blancos como signo de la corona de María, y de los peregrinos de cada continente.
Lo indicó la Iglesia de Panamá señalando que la ganadora del concurso del logo para la JMJ es Ambar Calvo, una joven de 20 años y estudiante de arquitectura en la Universidad de Panamá, imagen que servirá para el evento convocado por el Papa Francisco, el cual se realizará en este país del 22 al 27 de enero del 2019.
Otro aspecto simbólico del logo ganador es la vinculación de la letra «M» que se insinúa en la forma del corazón, que si bien alude al lema «Puente del Mundo, Corazón del Universo», también nos sugiere al nombre de María como camino (puente) hacia Jesús, y su corazón abnegado de madre.
El logo fue escogido entre 103 propuestas que fueron evaluadas por un jurado integrado por especialistas en diseño gráfico, marketing y otras profesiones afines que seleccionó las 3 mejores propuestas, que luego fueron evaluadas por el Comité Ejecutivo de la JMJ, junto con el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida en Roma.
Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, Arzobispo de Panamá, manifestó sentirse emocionado  con el talento de la juventud panameña, porque este diseño de Ambar, “pudo captar el mensaje que deseamos enviar a los jóvenes del mundo, la pequeñez de nuestro país, pero la grandeza de nuestro corazón, abierto a todos y todas sin exclusión de nadie,  de la mano de la Virgen María, un modelo de joven valiente, comprometida y generosa que supo de decir SÍ ante el llamado de Dios”.
«Los jóvenes son la reserva moral y humana de nuestras sociedades y de la misma Iglesia, ellos son capaces de transformarlo todo, positivamente, arriesgándose como lo hizo la adolescente María de Nazaret, si somos capaces de enseñarles a amar como Jesús lo hizo con nosotros”, señaló el Arzobispo panameño.
Ambar Calvo, por su parte, indicó que desde los 12 años siente una afinidad por el arte como medio de expresión, y lo que quiso mostrar con el logo propuesto fue «la ternura y la entrega de María en su mejor escena: el Hágase».
La joven estudiante de arquitectura agradeció a las religiosas del colegio Pureza de María ―donde ella cursó estudios― quienes fueron las que le ayudaron a desarrollar su talento artístico, haciéndolo parte de su vida y profesión, y quienes además le motivaron a participar en el concurso.
Zenit

Tarancón hoy


El exembajador ante la Santa Sede Francisco Vázquez rinde homenaje al cardenal Tarancón en el 110 aniversario de su nacimiento
Pocas son las personas que puedan simbolizar mejor que el cardenal Tarancón el espíritu de la Transición democrática en España. Él fue uno de los grandes impulsores de las políticas de reconciliación nacional encaminadas a superar las endémicas divisiones entre los españoles.
Sus esfuerzos, y los de otros muchos, tanto desde el propio régimen franquista como desde el exilio y la oposición, permitieron alumbrar un clima de diálogo y de consenso que terminó plasmándose en la aprobación de la vigente Constitución de 1978, la primera en nuestra dilatada historia constitucional sin vencedores ni vencidos.
Su compromiso temporal era estrictamente evangélicoel perdón y la ayuda a los necesitados y marginados. Desde el inicio de su andadura sacerdotal, los principios de la doctrina social de la Iglesia fueron prioritarios en su actividad pastoral, llegando a ocasionarle sus denuncias públicas de las injusticias existentes no pocos problemas con las autoridades franquistas.
Pero, sobre todo, recordar la figura de Tarancón es reivindicar su etapa al frente de la Conferencia Episcopal Española, una de las épocas más convulsas de nuestra historia reciente y donde le tocó al cardenal la casi imposible tarea de aplicar en aquella España del nacionalcatolicismo las resoluciones del Concilio Vaticano II.

 Siguiendo siempre las directrices de su protector, el Pontífice Pablo VI, Tarancón llevó a cabo el proceso de separación de la Iglesia y el Estado, denunciando el Concordato entonces vigente, renunciando al fuero eclesiástico y exigiendo la abolición del derecho de presentación de terna para el nombramiento de obispos.
Negó a cualquier partido político la representación de la doctrina de la Iglesia y, por el contrario, animó a los católicos a participar en la vida pública, siempre de forma transversal, en las distintas ideologías que respetasen los principios éticos de la fe cristiana.
Sufrió ataques y amenazas al borde la violencia física, sobre todo desde las filas de los “ultras” del propio régimen, pero gracias a la combinación de su tozudez y su habilidad dialéctica hoy, muchas décadas después de aquellos acontecimientos, nadie puede negar el gran papel que la Iglesia española jugó en el advenimiento y consolidación de la democracia.
Siempre me gusta recordar aquella mañana del 27 de noviembre de 1975, cuando, en la Iglesia de los Jerónimos de Madrid se realizó, oficiada por el cardenal Tarancón, la ceremonia solemne de entronización del nuevo Rey de España, su Majestad Don Juan Carlos I, de la Casa de Borbón. Por la radio escuchamos aquella inconfundible ronca voz de fumador del cardenal que en su homilía desgranaba ante el nuevo Rey toda una serie de recomendaciones presididas por la voluntad del perdón y de la reconciliación, así como por la necesidad de mirar al futuro y construir una España en la que cupiéramos todos, como cuando dijo: «Españoles son todos los que se sienten hijos de la Madre Patria», continuando así el pensamiento que días antes en El Pardo, ante el cadáver de Franco, había expuesto en el privado funeral familiar, al decir: «Debemos formular la premisa de borrar todo cuanto pueda separarnos y dividirnos». Al hablar don Vicente, todos los españoles nos dimos cuenta de que la dictadura había terminado y que nacían nuevos tiempos de acuerdo y participación de todos los españoles.
Paradójicamente, cuarenta y dos años después de haber sido pronunciadas, las palabras del cardenal Tarancón vuelven a ser nuevamente una exhortación a la sensatez y al sentido de paz y concordia, que hoy muchos parecen empeñados en querer destruir.
Francisco Vázquez (ABC)

Alfa yOmega

Sin creer mucho en Dios pienso que ha sido Él el que me ha ayudado a salir adelante



Una voluntaria del comedor Ave María nos regala este testimonio: «Una tarde del mes de noviembre estábamos en el comedor preparando cosas para el día siguiente cuando sonó el timbre. Era un joven de 35 años, Jacinto, que quería algo de comer. Hablé con él y me contó un poco de su vida. Es de Córdoba y llevaba dos días en Madrid con su mujer en una habitación que les había dejado un amigo. Sociólogo de profesión, hace medio año se quedó de repente sin trabajo. Su mujer estaba embarazada de tres meses y la situación les llevó a pensar que era mejor perder el hijo.
Intenté animarlo y le dije que siguiera buscando. Quedamos en vernos al día siguiente, pero no vino. Dos meses después se presentó a desayunar. Hablamos y comencé a notarle un poco más animado. Me contó que, paseando por el Retiro, vio a un muchacho de 20 años solo y pensativo. No le dio importancia, pero al día siguiente lo volvió a ver durmiendo en un banco. Se acercó a él, lo despertó y preguntó qué le pasaba. El muchacho se quedó muy asombrado de que alguien se preocupara por él, ya que llevaba más de seis meses viviendo en soledad, sin que nadie se dirigiera a él. Sonriendo le dijo: “Gracias, hoy me siento un poco más feliz porque al menos para ti no soy un adorno más del Retiro”. Esto, dijo Jacinto, “me llenó de alegría, porque había podido ayudar a alguien nuevamente. La vida me empezaba a sonreír. Ilusionado, empecé a repartir propaganda y poco después me contratan como acomodador en un teatro”.
Pasados unos días me presentó a su mujer para decirme que habían tomado la decisión de no abortar. “No somos quiénes para matar una vida”, afirmó. Ahora todo eran preguntas para él: “¿Quién me puso esa tarde fría en esta puerta? ¿Quién me llevó al Retiro y puso en mi camino a ese muchacho? Soy consciente de que la vida es dura, pero cuando confías en alguien y no te encierras en tu egoísmo, esa vida puede empezar a sonreír. Sin creer mucho en Dios pienso que ha sido Él el que me ha ayudado a salir adelante y el que un día me trajo al comedor Ave María».
Paulino Alonso
Responsable del comedor Ave María. Madrid
Alfa y Omega

«San Isidro es una fiesta de todos, para todos y con todos»


En la fiesta del patrón de Madrid, el cardenal Carlos Osoro convoca «a todos los madrileños», crean o no, a construir «la cultura del encuentro»
San Isidro es «una fiesta de todos, para todos y con todos», dijo el cardenal Osoro al presidir la Misa en el día del patrón de Madrid en la colegiata que lleva el nombre del santo, la antigua catedral de la catedral. Tras esa primera Misa, el arzobispo se desplazó, como es tradicional, a celebrar otra Eucaristía en la pradera, donde Madrid celebra las fiestas del patrón.
San Isidro es de todos porque «está presente en todas las latitudes de la tierra, en comunidades pequeñas rurales y en grandes ciudades», especialmente desde que Juan XXIII le nombró patrón de los agricultores.
Pero sobre todo es un santo universal porque lo que hizo fue acoger y regalar el amor que «Dios regala en gratuidad a todos los hombres». De este modo, nos enseña que «nuestro nombre verdadero es Amor, pues somos imágenes de Dios». Y desde esa identidad, nos lanza a «hacer la cultura del encuentro, que es la que, en nombre del Señor, desea, promueve y hace la Iglesia».
«Os convoco a todos los madrileños, a los que creéis y a quienes buscáis siempre lo mejor, a poneros manos a la obra y hacer esta cultura en este momento de la historia», exhortó Carlos Osoro.
«Es una cultura que responde a aspiraciones radicalmente humanas. En esta época de cambio, hemos de generar espacios y relaciones para acertar en las transformaciones que hay que hacer. No son cuestiones de técnicas, sino cuestiones de fondo ético, de saber cuál es el nombre de cada ser humano, sus necesidades fundamentales y no recortarlas nunca. Hacer la cultura del encuentro es un desafío social; yo diría que el más importante. Es el que hizo Dios, viniendo a nuestro encuentro en la Encarnación, y el que imitándolo hizo posible san Isidro en este campo de san Isidro en el que estamos».
La Iglesia, en concreto, está «para dar vida y aliento, para dar el abrazo de Dios a todos los hombres, para buscar la paz por todos los medios, la reconciliación, el vivir en verdad».
«Suscitemos esperanza, sanemos los corazones», añadió el cardenal. «San Isidro nos recuerda que la caridad de Cristo es lo más importante: Señor, quiero que nos recuerdes lo que con tanta intensidad vivió san Isidro con su familia», concluyó.
Alfa y Omega

«Es mi paz la que os doy»




      Príncipe de la paz, Jesús resucitado, mira con benevolencia a la humanidad entera. Sólo de Tï, espera ayuda y socorro. Como en tiempos de tu vida terrena, siempre prefieres a los pequeños, los humildes, los que sufren. Siempre vas buscando a los pecadores. Haces que todos te invoquen y te encuentran, para que tengan en Tí el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Concedenos tu paz, cordero inmolado por nuestra salvación (Ap 5,6); (Jn 1,29): "¡Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, dános la paz!"

      He aquí, Jesús, nuestra oración: aleja del corazón de los hombres todo aquello que pueda comprometer su paz, confirmales en verdad, la justicia y el amor fraterno. Ilumina a los dirigentes; que sus esfuerzos por el bienestar de los pueblos, estén unidos en el esfuerzo para asegurar la paz. Enciende el deseo de todos para derribar las barreras que nos dividen,  con el fin de fortalecer los vínculos de la caridad. Enciende la voluntad de todos para que estemos dispuestos a comprender, compartir y perdonar,  con el fin de que todos estemos unidos en tu nombre y que triunfe en los corazones,las familias, el mundo entero, la paz, tu  paz.

San Juan XXIII (1881-1963), papa 

Mi paz os doy


Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 27-31a
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.
Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mi, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo».
Palabra del Señor.

Entreculturas. Únete a la oración del papa Francisco por los niños soldado.

lunes, 15 de mayo de 2017

A un año del terremoto de Ecuador, Manuel Rodicio todavía celebra la Eucaristía en la calle



El 16 de abril se cumplió un año del terremoto que asoló la costa ecuatoriana. Manuel Rodicio, misionero orensano, todavía celebra la Eucaristía en la calle. «Solo en la diócesis de Manabí se dañaron más de 50 parroquias. Algunas incluso hubo que tirarlas del todo, no queda nada». Eso, en lo material. En lo espiritual «acompañamos a mucha gente que perdió seres queridos o vivió experiencias traumáticas.
Como Yadira, que pasó varios días entre cascotes. Un año después, todavía no puede dormir». El Fondo de Nueva Evangelización de la Conferencia Episcopal Española está canalizando los donativos para su misión a través del portal donoamiiglesia.es
Un año sin dormir. Parece una tortura china.
Yadira estaba en un edificio de Manta que cayó entero. Murieron más de 90 personas allí, y ella estuvo varios días atrapada entre cascotes. Aparentemente es una mujer fuerte, pero la verdad es que lleva un año sin poder pegar ojo. Acompañamos desde la misión a muchísima gente que perdió seres queridos o vivió experiencias traumáticas. La gente ha intentado poco a poco reincorporarse a la vida, a la rutina, pero no es fácil.
¿Perdieron la fe?
Al revés. El 16 de abril se cumplió un año del terremoto y las autoridades públicas nos pidieron celebrar una Eucaristía en varias ciudades. En la que yo presidí, en la ciudad de Manta, te aseguro que había miles -y recalco miles- de personas sin ninguna prisa, rezando con un fervor increíble.
¿En una iglesia?
No, en la calle. La diócesis de Manabí, donde tenemos la misión, tiene alrededor de 80 parroquias. Tras el terremoto 52 quedaron dañadas y muchas de ellas destruidas por completo. Esto nos sobrepasa, porque es muy difícil la pastoral sin templos. Pero económicamente es imposible hace frente a este gasto. Solo en la catedral de Portoviejo -capital de la provincia de Manabí- ya llevamos gastados 700.000 dólares y falta otro tanto. Eso únicamente en la catedral, así que imagínate en las parroquias... yo celebro Misa a diario en una cabaña de paja donde caben 100 personas. Los domingos tenemos que celebrar en la calle.
¿No reciben ayudas?
Pues hay un problema. Mucha gente se interesa por apoyar proyectos sociales, algo que es fundamental, pero cuando necesitamos dinero para reconstruir capillas, casas de curas o un coche para la pastoral, es muy difícil conseguir fondos. Todo el mundo te dice que ese no es su ámbito. Gracias al Fondo de Nueva Evangelización, que nos apoya en estas necesidades concretas, vamos tirando. Ellos hacen lo que nadie más hace.
¿Cómo llevan los fieles tener que reunirse en la calle?
Los fieles son la alegría de la Iglesia en Ecuador. Gracias a ellos, que son los líderes de las comunidades, aquello sale adelante. Cuando vengo a España me da mucha tristeza ver que aquí la Iglesia parece cosa de curas.
¿Es porque hay pocos curas allí?
No, de hecho tenemos 76 en el seminario, que abrió sus puertas hace 25 años. Es porque el modelo eclesial pone a los laicos en el centro. Es lo que ha vivido el Papa durante toda su vida. En España escucho cosas ambiguas, incluso sobre el Papa... y claro, no comprendemos bien que él responde al baremo latinoamericano. Por eso, su preocupación es que los laicos celebren la Palabra, que la Iglesia sea menos clerical... en Europa es difícil de entender, pero en América Latina nos vemos muy reflejados en él.
(Cristina SánchezAlfa y Omega)

La joya de Madrid



Pasando por la calle Toledo, en pleno corazón del Madrid de los Austrias, llama la atención el templo de la Colegiata, donde se conserva la joya más importante de la Iglesia en Madrid y también de gran parte de la Iglesia universal, ya que nuestro santo patrón es venerado en gran parte de países del mundo.
En el retablo del altar mayor contemplamos una urna funeraria de plata donde se conserva el cuerpo incorrupto de san Isidro desde el año 1769. Desde el momento de su muerte a los 90 años, en 1172, la fama –que ya le acompañó en vida– de milagrero e intercesor se hizo cada vez mayor, y rápido se empezaron a recoger datos y testimonios para el proceso de canonización. Este proceso, en el que aparecen más de 1.000 prodigios, se encuentra en el archivo catedral de Madrid, así como un listado de más de 100 personas dispuestas a testificar su fama de santidad.
El 15 de mayo de 1620 fue beatificado y en 1633 canonizado junto a san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, santa Teresa de Jesús y san Felipe Neri. Se celebró un gran pontifical con la presencia de los reyes en la plaza Mayor y todavía se conserva en el museo catedral el terno (casulla, dalmáticas, capa, humeral y paños de ambón) que se utilizó para la ceremonia.
El cuerpo del santo fue enterrado en el cementerio de la iglesia de San Andrés, y apareció prodigiosamente tras el derrumbe de algunas sepulturas a causa de grandes lluvias que asolaron Madrid en el año 1212, descubriéndose que estaba incorrupto y con el sudario intacto. En ese año corría la noticia de que el santo se había aparecido al rey Alfonso VIII en la batalla de las Navas de Tolosa, por lo que el rey, después de vencer, vino a Madrid a visitar el sepulcro del santo y a darle las gracias. En el año 1619 se encontraba enfermo el rey Felipe III y, tras venerar al santo, se recuperó de la enfermedad.
Durante la guerra civil, el obispo Eijo Garay mandó ocultarlo en la pared de la colegiata junto a los restos de su esposa, santa María de la Cabeza y su hijo, san Illán, salvándose milagrosamente. La última vez que fue expuesto para su veneración fue en el año 1985, con motivo del centenario de la diócesis.
A su sepulcro acuden fieles de todo el mundo, que reconocen en el santo patrón que vela por Madrid la presencia del cielo.
Jesús Junquera
Alfa y Omega

15 de mayo: san Isidro Labrador, patrón de Madrid


La vida de Isidro Labrador fue menos relevante desde el punto de vista político y social que la de su contemporáneo Olaguer († 1137), primer obispo de Barcelona y posteriormente titular de la metrópoli de Tarragona. Juan Diácono, del siglo XIII, el biógrafo que escribió Vita Sancti Isidori, destaca en él, sobre todo, la ejemplaridad de un cristiano madrileño extremadamente sencillo que tuvo que esperar la sanción oficial de su santidad hasta el siglo XVII, cuando el rey Felipe III, que atribuyó su propia curación a la intercesión de san Isidro, solicitó y obtuvo la beatificación al papa Paulo V el 4 de junio de 1619 y, tres años más tarde, la canonización por Gregorio XV.
No se sabe con exactitud el año del nacimiento de san Isidro –sí que fue el final del siglo XI–, ni la casa, ni el barrio en que poco más o menos estaría hoy ubicado el lugar en que vio la primera luz, ni siquiera el nombre de sus padres. Como es de esperar, la época, el tiempo en que transcurre su vida, la poca importancia social o política de Madrid en los momentos en que la pisa el santo pueden aportar muy pocos datos fiables y comprobables desde el ámbito histórico, sobre todo, si se tiene en cuenta que no perteneció al mundo de la política, de las finanzas, ni al de la jerarquía alta de la Iglesia que hubieran podido dejar constancia para la posteridad la influencia social en el ambiente cristiano de su mundo. Y lo que puede parecer paradójico al oriundo común –munícipe de a pie– de la megalópolis que es el Madrid actual es que su patrón no sea un industrial, ni un político, gobernante, banquero, sociólogo o cardenal –un ciudadano–, sino precisamente un agricultor –un hombre del campo–. Pero esas son las ironías de la vida y la enseñanza de la historia que da lecciones de humildad, haciendo ver, como en este caso, que las grandes urbes también un día tuvieron infancia.
Parece que se bautizó en la antigua parroquia de san Andrés, recibiendo el nombre bautismal de Isidoro –Isidro es su síncopa– seguramente en honor del santo arzobispo de Sevilla; dicen que trabajó como pocero y bracero al servicio de la familia Vera de la que salió, junto con otros muchos del lugar, cuando Alí toma Toledo al frente del imponente ejército de almorávides, y que esta fue la razón de trabajar en Torrelaguna donde contrajo matrimonio con Toribia, luego Santa María de la Cabeza, de quien tuvo a su hijo Illán, también tratado como santo. Al regreso a Madrid se asienta definitivamente en la casa de la familia Vargas, cuidando de las tierras de Juan, donde ejercita las virtudes cristianas en el cumplimiento fiel de las obligaciones con Dios y los hombres, entre las labores del campo y la atención a su casa. De hecho, el papa Gregorio XV afirma que «nunca salió para su trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la santa misa y encomendarse a Dios y a su Madre santísima».
La tradición popular conservó la memoria de su espíritu de oración y de generosidad para con los necesitados, glosándolos con prodigios que, más que verdad histórica, encierran los anhelos de todo agricultor sometido al duro capricho de los elementos hasta que su cosecha dé fruto: agua que salta al golpe de azada y tormentas que se disuelven milagrosamente a ruegos del agricultor; la sopa que se multiplica de modo prodigioso en la olla, cuando se hace caridad con el pobre advenedizo, para que no falte alimento a la familia, y –el más comentado por el pueblo– los ángeles que se prestan a colaborar en la labranza la tierra mientras él se dedica a la oración.
Naturalmente, ese es el producto de la fábula y del cariño al santo varón. La verdad debió de ir por los derroteros vulgares y comunes en su tiempo como llevar albarcas llenas de barro, algún manto con añadidos, quizá remiendo en el calzón, un tapasol de cabeza y de mucho sudor impregnado su jubón; sus manos serían rudas y con callos; sus gestos, serenos, pensados, sin precipitación, y sus palabras, más toscas que finas; pero esa humildísima persona no cedió a la pereza, luchó contra el egoísmo, atendió a quien penaba y supo contar con Dios.
Su culto está muy extendido entre los trabajadores del campo que le tienen como especial protector. Es patrono de los agricultores y de la archidiócesis de Madrid.
Murió anciano.
Su cuerpo incorrupto se conserva en la Colegiata de su nombre en Madrid, y el arcón donde secularmente estuvo depositado se visita en la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena en la Capital de España.
Goya tuvo el buen gusto de pintarlo en obra que se puede contemplar en la Biblioteca Nacional, y Lope de Vega, cantándole, puso encanto literario en los versos miles que poetizan de otro modo lo que ya contó el primer biógrafo del santo.
Archimadrid.org

Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador




Lectura del santo Evangelio según san Juan 15. 1-7
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseéis, y se realizará».
Palabra del Señor.

Llamamiento del Papa ante los conflictos de Oriente Medio y atención concreta a la maternidad

Queridos hermanos y hermanas,
Confío a María, Reina de la paz, el destino de las poblaciones afligidas por guerras y conflictos, en particular en Oriente Medio. Tantas personas inocentes están duramente afectadas, ya sea cristianas que musulmanas, como así también pertenecientes a minorías como los yazidíes, los cuales sufren trágicas violencias y discriminaciones. A mi solidaridad se acompaña el recuerdo en la oración, mientras agradezco a cuantos se empeñan en subvenir a las necesidades humanitarias. Aliento a las diversas comunidades a recorrer el camino del diálogo y de la amistad social para construir un futuro de respeto, de seguridad y de paz, lejos de todo tipo de guerra.
Ayer en Dublín fue proclamado Beato el sacerdote jesuita John Sullivan.
Vivido en Irlanda entre el ochocientos y el novecientos, él dedicó la vida a la enseñanza y a la formación espiritual de los jóvenes, y era tan amado y buscado como un padre por los pobres y por los sufrientes. Demos gracias a Dios por su testimonio.
Saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos de Italia y de varios países. En particular los fieles de Ivrea, Salerno, Valmontone y Rimini; los alumnos de Potenza y de Mozzo (Bergamo). Saludo a los participantes a la iniciativa denominada “Cochecitos vacíos” y al grupo de las mamás de Bordighera: el futuro de nuestras sociedades requiere de parte de todos, especialmente de las instituciones, una atención concreta a la vida y a la maternidad. Y este llamamiento es particularmente significativo hoy mientras se celebra, en tantos países, el Día de la madre. Recordemos con gratitud y afecto a todas las mamás, incluso a nuestras mamás en el Cielo, confiándolas a María, la mamá de Jesús. Y ahora les hago una propuesta: permanezcamos algunos instantes en silencio, cada uno rezando por la propia mamá.
A todos les deseo un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!
(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

"Oración y penitencia para implorar la gracia de la conversión", el Papa a la hora del Regina Coeli


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Ayer por la noche regresé de la peregrinación a Fátima: ¡saludemos a la Virgen de Fátima! Y nuestra oración mariana de hoy adquiere un significado particular lleno de memoria y de profecía para quien mira la historia con los ojos de la fe. En Fátima me sumí en la oración del santo Pueblo fiel, oración que allí fluye desde hace cien años como un río, para implorar la protección maternal de María sobre el mundo entero. Doy gracias al Señor que me ha concedido ir a los pies de la Virgen Madre como peregrino de esperanza y de paz. Y agradezco de corazón a los Obispos, al Obispo de Leiría en Fátima,  a las Autoridades del Estado, el Presidente de la República, y a todos aquellos que han ofrecido su colaboración.
Desde el inicio, cuando en la Capilla de las Apariciones permanecí por largo tiempo en silencio, acompañado por el silencio orante de todos los peregrinos, se creó un clima de recogimiento y contemplativo, en el cual se desarrollaron los varios momentos de oración. Y al centro de todo estuvo y está el Señor Resucitado, presente en medio a su Pueblo en la Palabra y en la Eucaristía. Presente en medio a los tantos enfermos, que son protagonistas de la vida litúrgica y pastoral de Fátima, como de cada santuario mariano.
En Fátima la Virgen eligió el corazón inocente y la sencillez de los pequeños Francisco, Jacinta y Lucía, como depositarios de su mensaje. Estos niños lo acogieron dignamente, tanto que fueron reconocidos como testigos confiables de las apariciones, transformándose en modelos de vida cristiana. Con la canonización de Francisco y Jacinta, quise proponer a toda la Iglesia su ejemplo de adhesión a Cristo y el testimonio evangélico. Y también quise proponer a toda la Iglesia que cuide a los niños. Su santidad no es consecuencia de las apariciones sino de la fidelidad y del ardor con el cual ellos correspondieron al privilegio recibido de poder ver a la Virgen María. Después del encuentro con la “bella Señora” – así la llamaban – ellos recitaban frecuentemente el Rosario, hacían penitencia y ofrecían sacrificios para obtener el final de la guerra y por las almas más necesitadas de la divina misericordia.
También hoy hay tanta necesidad de oración y de penitencia para implorar la gracia de la conversión, para implorar el final de tantas guerras que están por todas partes en el mundo y que se extienden cada vez más, como también el final de los absurdos conflictos: grandes y familiares, pequeños que desfiguran el rostro de la humanidad.
Dejémonos guiar por la luz que viene de Fátima. Que el Corazón Inmaculado de María sea siempre nuestro refugio, nuestra consolación y el camino que nos conduce a Cristo.
(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Radio Vaticano)

domingo, 14 de mayo de 2017

El Foro de Curas de Madrid denuncia que los laicos "son tenidos y tratados como niños"



 Próximo a cumplir los diez años de historia, el Foro "Curas de Madrid", que echó a andar en noviembre de 2007, una vez más, siguiendo lo que en todo este tiempo ha sido práctica habitual suya, une a sus actividades la de hacer público un documento.
Con muchos años de historia personal y pastoral a nuestras espaldas, los curas de este Foro hemos creído conveniente dar a conocer el fruto de la reflexión que últimamente hemos llevado a cabo sobre el momento por el que atraviesan hoy en día las parroquias, como institución eclesial y como realidad concreta de nuestra diócesis.
El Código de Derecho Canónico de 1983, articulando las enseñanzas eclesiológicas que contienen los documentos del concilio Vaticano II, especialmente la constitución Lumen Gentium, sobre la Iglesia, y el decreto Christus Dominus, sobre los obispos, modifica lo que sobre ellas decía el Código de 1917.
En lugar de definirlas como las diferentes partes en las que el obispo divide el territorio que abarca su diócesis, afirma de cada parroquia, sea del tipo que sea, que es "una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular". Pero añade enseguida precisiones que hacen de ella una entidad en la que a sus miembros, ni como individuos ni como grupo, se les reconoce ni se pide que se les respete el derecho a organizar de modo autónomo su práctica de la fe, ya que su "cura pastoral", "bajo la autoridad del obispo", queda encomendada a un sacerdote al que se da el título de "párroco", que ha de ser tenido como "su pastor propio".
Es esta una disposición que en todo el orbe católico y por ello también en nuestra diócesis, desde que fuera establecida, ha generado y continúa generando con cierta frecuencia problemas entre los componentes de las diversas comunidades parroquiales y los sacerdotes enviados por los obispos para gobernarlos.

Esas porciones de la Iglesia universal y local que de forma estable se reúnen para celebrar, vivir, y difundir su fe en un determinado lugar no pueden aspirar a tener y a conservar un estilo propio ni a irlo modificando según lo vaya requiriendo el curso de los acontecimientos, pues, aunque fue aspiración y disposición del Vaticano II que estuvieran compuestas por cristianos adultos en lo religioso, siempre se ven obligadas a seguir las directrices que en cada momento marque el párroco que haya recibido del obispo el mandato de ocuparse de su "cura pastoral".
Nunca se reconoce a sus miembros la mayoría de edad en la fe ni se articula su derecho a ejercerla, sino que siempre son tenidos y tratados como niños o, más exactamente, por seguir con la imagen pastoril, como ovejas de un rebaño, que va y viene obedientemente por donde le marca el pastor.
A esto, que constituye un grave problema eclesiológico, ha de sumarse lo que viene siendo práctica habitual en nuestra diócesis desde los tiempos en que al frente de la misma estuvo Ángel Suquía.
En el ejercicio de la potestad que el Código de derecho canónico reconoce y otorga al obispo de cada iglesia local de proveer el nombramiento de párrocos, primero el citado arzobispo, luego Antonio Rouco Varela y ahora también Carlos Osoro han mostrado una clara y firme determinación de asignar dicho ministerio de forma preferente y mayoritaria a sacerdotes diocesanos o de órdenes religiosas o de movimientos apostólicos de corte conservador, que son los que más abundan, pues los seminaristas vienen siendo formados en esa línea desde hace casi cuarenta años tanto en el Seminario de Madrid como en la Facultad de Teología de la Universidad eclesiástica de San Dámaso.
La tendencia sólo se quiebra cuando se trata de cubrir las vacantes en parroquias situadas en las zonas con mayor índice de pobreza y de conflictividad social de las grandes ciudades de la diócesis o en los pueblos con menos desarrollo urbanístico y económico. Entonces se envía, y ellos generalmente aceptan de buen grado la tarea, a sacerdotes más afines a la línea que se dio en llamar "progresista", pues consideraba bueno ir un poco más allá de las reformas conciliares.
Pero es una concesión transitoria, dura sólo mientras en esas zonas urbanas o en esos pueblos se mantiene su estado de indigencia. Si la situación cambia a "mejor", estos párrocos, y, si es preciso, también sus vicarios parroquiales, son removidos para dejar hueco a otros sacerdotes que el obispo de turno considera más fieles a la ortodoxia teológica, litúrgica y moral. Llegan con la misión de hacerla imperar, guste o no a la feligresía. Sin que se haya tenido en cuenta ni la opinión al respecto de los sacerdotes cesantes ni la de los miembros más activos de la comunidad, a la que han servido durante años.
Ante tal estado de cosas, como a la luz de numerosos pasajes evangélicos cabe suponer que sería hoy el pensar y el sentir de Jesús, queremos manifestar nuestra firme y fundada convicción de que la Iglesia debe continuar abriendo y recorriendo el camino cuyos trazos se vislumbran en algunos pasajes de los documentos del Vaticano II.
Late en ellos la incitación a que seamos un grupo organizado de tal modo que pueda decirse de él con verdad que constituye un pueblo de hermanos, hijos libres de Dios, no esclavos suyos ni, menos aún, de quienes dicen haber recibido de él autoridad para gobernarnos en su nombre.
Hoy no lo somos. Entre nosotros la mayoría de edad en la profesión y en la práctica de la fe no está reconocida ni articulada ni doctrinal ni jurídicamente. Y tampoco goza de reconocimiento ni de articulación la igualdad de todos cuantos hemos recibido el mismo Bautismo. El ejercicio de la sinodalidad, del que el Papa Francisco habla con frecuencia, puede y debiera reconocerse y regularse no solo referido al conjunto de los obispos del orbe católico presidido por el obispo de Roma, sino a la totalidad de los cristianos adultos en la fe, distribuidos en un sinfín de comunidades y parroquias, la mayoría de los cuales hoy son tratados como componentes de "un rebaño" no de "un pueblo".
En línea con el deseo de alcanzar ese objetivo cabe situar, por ejemplo, el proyecto presentado el pasado día 18 de marzo por el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Munich y Frisinga, ante los 180 miembros de la Asamblea plenaria del Consejo diocesano de poner al frente de algunas parroquias a laicos en lugar de cerrarlas o de unirlas a otras por falta de sacerdotes. Pero es mucho todavía el camino que falta por recorrer hasta llegar a la meta antes señalada de una Iglesia que se entiende y funciona como un pueblo de cristianos adultos en la fe e iguales entre sí.
En la medida en que avancemos en esa dirección pueden irse alumbrando iniciativas pastorales y canónicas que ayuden a solventar el primero de los problemas que hoy en día, decíamos al comienzo, afectan a las parroquias de toda la Iglesia, como lo intentaron desde los primeros años del postconcilio algunos laicos, religiosos y sacerdotes en el marco de las parroquias territoriales o en las llamadas comunidades populares o de base que fueron surgiendo y aún subsisten, pese al poco o incluso en ocasiones nulo apoyo jerárquico que han recibido a partir de 1978 .
Respecto al segundo, el que afecta de forma particular a las parroquias de nuestra diócesis, cuya dirección en una gran mayoría de los casos se encomienda de forma habitual, sin contar con el parecer de los feligreses, a sacerdotes de línea "conservadora", consideramos que hay motivos suficientes para cambiar tal estado de cosas.
Va siendo dato adquirido por los estudiosos de la historia cristiana que la diversidad de interpretaciones en torno al modo de entender y de articular el seguimiento de Jesús ha estado presente en ella desde sus mismos orígenes y también que durante varios siglos, aunque entre controversias, formó parte del paisaje eclesial, sin que se pretendiera imponer un estricto uniformismo.
Creemos que hay que contar con estos datos del pasado, como sugiere una frase de la homilía que pronunció nuestro actual arzobispo en la Eucaristía con la que inició su ministerio en la diócesis: "La Iglesia es casa de armonía, en la que todos hacen el mismo canto, pero con ritmos, acentos, notas diferentes, que hacen un bellísimo canto de amor para todos los hombres. Nos necesitamos todos. Nadie sobra".
Si hubo diversidad desde el comienzo y si nos necesitamos todos y nadie sobra, pedimos que, en lugar de censurarlas, se respete y apoye tanto a las parroquias territoriales como a las comunidades populares o de base que, convencidas de que tiene firme fundamento en sus enseñanzas, sienten y muestran su voluntad de vivir el seguimiento Jesús con un aire más progresista que conservador.
Pedimos, asimismo, que no se prive sistemáticamente a los miembros de las demás de conocer y de poder elegir ese estilo de ser cristianos al enviarles para dirigirlas sólo a párrocos conservadores.
Pedimos, pues, que se permita e incluso fomente la existencia y la creación de parroquias y de comunidades, vinculadas o no a un territorio determinado, en las que sus miembros, con el párroco y demás sacerdotes asignados a las mismas incluidos, celebren, practiquen y anuncien un modo de ser cristianos en el que no se vive bajo la preocupación constante de obedecer fielmente toda una serie de abundantes y bien regladas prácticas litúrgicas y numerosos preceptos morales, vinculados preferentemente a la vida íntima y familiar, sino animados por la fe en el amor gratuito y providente de Dios, en el que creemos sin verle y al que nos atrevemos a llamar padre, padre bueno, "abba".
Es un modo de fe del que hay testimonios en el Nuevo Testamento, en la Carta a los Gálatas, por ejemplo. Compatible, además, con la imagen que hoy vamos teniendo de cómo es y funciona el universo. Creer de esa manera lleva a afrontar la vida con una esperanza existencial profunda, pese a las calamidades que la acompañan, y a vivirla tratando de disfrutar lo que tiene de gozoso, al tiempo que actuando con responsable y respetuosa autonomía moral, prestos a practicar y a tratar de que se practique la justicia y la solidaridad con los necesitados, y a ejercer cuando sea necesaria la caridad y el perdón, contribuyendo de este modo a que nuestro mundo sea más amable y gratificante para cuantas más personas y por más tiempo mejor, que es lo que a nuestro juicio también deseaba Jesús cuando habló de ir construyendo el Reino de Dios.

El camino

Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. La salida precipitada de Judas, el anuncio de que Pedro le negará muy pronto, las palabras de Jesús hablando de su próxima partida, han dejado a todos desconcertados y abatidos. ¿Qué va a ser de ellos?
Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve. Olvidándose de sí mismo y de lo que le espera, Jesús trata de animarlos: «No os inquietéis. Confiad en Dios y confiad también en mí». Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre sino por mí». No lo hemos de olvidar nunca.
«Yo soy el camino»
El problema de muchos no es que vivan extraviados o descaminados. Sencillamente viven sin camino, perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento.
¿Y qué puede hacer un hombre o una mujer cuando se encuentra sin camino? ¿A quién se puede dirigir? ¿Adónde puede acudir? El que camina tras los pasos de Jesús podrá seguir encontrándose con problemas y dificultades, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús.
«Yo soy la verdad»
Estas palabras encierran una invitación escandalosa a los oídos modernos. Y, sin embargo, también hoy hemos de escuchar a Jesús. No todo se reduce a la razón. El desarrollo de la ciencia no contiene toda la verdad. El misterio último de la realidad no se deja atrapar por los análisis más sofisticados. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de su existencia.
Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede conducir a confiar en su bondad.
«Yo soy la vida»
Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde lo más profundo de nuestro ser, infunde en nosotros un germen de vida nueva.
Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. El mismo creyente solo intuye una presencia imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.
José Antonio Pagola