domingo, 14 de mayo de 2017

El camino, la verdad y la vida



El pasaje evangélico de hoy comienza con el mandato que el Señor dirige a sus discípulos: creer en Dios y creer en él. No se trata de dos actos de fe distintos, sino más bien de la total adhesión a la acción de Dios por medio de su Hijo.
De sobra son conocidas las persecuciones que durante 2.000 años ha sufrido la Iglesia. En todas ellas hay un elemento común: la existencia de mártires, palabra que, como sabemos, significa testigo. El mártir es precisamente el que ha dado la vida por llevar hasta las últimas consecuencias el precepto de creer en Dios y en Jesucristo. Y esto consiste en unir por completo el destino del hombre con el de Cristo, a través de la misma forma de muerte: el derramamiento de la sangre. Con ello, se percibe de un modo radical que la fe tiene implicaciones que afectan incluso al destino final de la vida terrena del hombre.
La pretensión de absoluto
Pero, ¿qué es lo que ha provocado a lo largo de los siglos la ira de quienes han agredido a los cristianos? ¿Jesucristo? Actualmente, ni siquiera la persona más atea del planeta valora la figura de Cristo como la de un perturbador de la convivencia humana o como la de alguien que haya influido negativamente en la historia de la humanidad. Hoy en día no se pone en tela de juicio, por ejemplo, la bondad del mandato del amor al prójimo, incluso a los enemigos. Esta prescripción es considerada como parte del acervo cristiano también por los no creyentes.
Sin embargo, pensemos en las primeras persecuciones, las que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles, leído durante el tiempo pascual. El punto que provoca la indignación contra las primeras comunidades es la aparición de Jesús como rostro de Dios. «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Una cosa es valorar positivamente parte de las enseñanzas del Señor a sus seguidores y otra muy distinta situar a Jesús en el lugar de Dios. Esta postura es la que llevó a Cristo a la cruz y, por consiguiente, la que encaminará a los cristianos al martirio. La segunda afirmación que causa escándalo es «yo soy el camino y la verdad y la vida», un enunciado que, por familiar que nos parezca, tiene la clave de discernimiento entre quien está dispuesto a seguir a Cristo y la de quien o bien mira con indiferencia nuestra fe o bien pretende aniquilarla. El motivo es que Jesús se presenta con una pretensión de absoluto, algo que incordia tanto en los primeros siglos como en nuestros días. Jesús no requiere de nosotros un mero asentimiento ideológico a su mensaje ni, menos aún, escoger de este lo que más nos guste; entre otras cosas porque Dios no se ha revelado para mostrarnos simplemente una filosofía o un sistema de pensamiento superior al resto. Nos pide reconocerlo como quien, a través de su encarnación, muerte y resurrección, nos ha dado a conocer el amor de Dios, liberándonos para siempre del pecado y de la muerte.
La promesa de las obras mayores
Desde la fe en su persona y su misión tiene sentido la promesa a los discípulos de realizar obras incluso mayores que las de él. «En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores». Solo creyendo en Cristo y permaneciendo unidos a él es posible continuar su acción ininterrumpida en la historia. La tarea principal de la Iglesia es justamente anunciar a Jesucristo como camino, verdad y vida. Reconocerlo como camino supone aceptarlo como la mediación necesaria para llegar al Padre; mirarlo como verdad lleva a huir de cualquier tipo de relativismo, tan arraigado en nuestra sociedad contemporánea; percibirlo como la vida nos da la capacidad de mirar nuestro destino definitivo a la luz de quien ya ha vencido a la muerte y, por eso mismo, puede darnos parte en su resurrección.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid
Alfa y Omega

Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 1-12






En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».

Palabra del Señor.

El Papa explica las razones de su escepticismo sobre Medjugore


«Prefiero a la Virgen Madre que a la Virgen que se vuelve encargada de una oficina de telégrafos», dice Francisco a su regreso de Fátima
Las comparaciones entre Fátima y Medjugore salieron a relucir durante la rueda de prensa a bordo del avión de regreso de Fátima, junto a otros temas como el próximo encuentro del Papa con Trump o las dificultades internas en la Comisión para la Tutela de Menores.
El Papa no ocultó su escepticismo sobre las supuestas apariciones que siguen produciéndose en Medjugore, si bien reconoció que en este santuario hay «gente que se convierte».
Sus dudas se vieron confirmadas por el informe del cardenal Ruini sobre las apariciones, según desveló Francisco, quien, sin embargo, reconoció que el documento cuenta con detractores en la Congregación para la Doctrina de la Fe. «Al final se dirá algo», anunció Francisco, según la transcripción de la entrevista realizada por Vatican Insider.
Una piedad mariana depurada
Durante su intensa peregrinación al santuario portugués, el Papa ha presentado estos días una piedad mariana depurada de cualquier elemento supersticioso, esotérico o incluso de devoción puramente intimista, mostrando a María como «madre» y mediadora que acentúa que el amor y la ternura están en el centro de nuestra relación con Dios, no «el miedo y el temor». De este modo, la Virgen nos impulsa a salir al encuentro de los demás, especialmente los pobres y los que sufren.
En la noche del viernes, Francisco clamó contra las deformaciones que presentan a la Madre de Dios como «una “santita” a la que se acude para conseguir gracias baratas» o, peor aún, la imaginan «deteniendo el brazo justiciero» de «Cristo, considerado juez implacable». Lejos de eso –añadió–, «cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y el cariño».
Apoyo a la comisión Ruini
«Todas las apariciones o las presuntas apariciones pertenecen a la esfera privada, no son parte del magisterio público ordinario», aclaró de entrada Francisco a la pregunta sobre Medjugore durante su regreso a Roma.
El Papa confirmó que la comisión instituida por Benedicto XVI, presidida por el cardenal Ruini y formada por varios cardenales y obispos, finalizó ya sus trabajos. «Yo recibí el resultado». «La relación de la comisión es muy, muy buena», enfatizó. Pero las conclusiones no convencieron a todo el mundo en la Congregación para la Doctrina de la Fe».
De la narración del Pontífice se deduce que hubo momentos de tensión. El dicasterio decidió incluir en la documentación enviada a la sección de la congregación encargada de este tema –la llamada Feria IV– «los pareceres contrarios a la relación Ruini», contó el Papa. «No me pareció correcto», dice Francisco sobre esta forma de proceder. «Era como “subastar” la relación Ruini, que está muy bien hecha». Y entonces escribió una carta al prefecto, el cardenal Müller, pidiéndole que esas opiniones contrarias se las enviaran a él en lugar de a la sección Feria IV, encargada también del estudio de las acusaciones de abusos sexuales en la Iglesia.

Distinción entre las primeras apariciones y las actuales
Sobre el informe del cardenal Ruini en cuestión, el Papa dijo que distingue entre «las primeras apariciones, cuando los videntes eran chicos», sobre las que considera que «hay que seguir investigando», mientras que, por el contrario, «sobre las presuntas apariciones actuales, la relación presenta sus dudas».
«Yo, personalmente –añadió Francisco–, soy más malo, prefiero a la Virgen Madre que a la Virgen que se vuelve encargada de una oficina de telégrafos y envía un mensaje cada día. Y estas presuntas apariciones no tienen tanto valor: esto lo sigo como opinión personal. Hay quienes piensan que la Virgen dice: “Vengan, ese día tal, a tal hora, le voy a dar un mensaje a ese vidente”».
Cuestión aparte, sin embargo, es para el Papa «el hecho espiritual y pastoral» en el santuario de Medjugore, donde efectivamente hay «gente que se convierte, que encuentra a Dios, que cambia de vida. Y esto, no gracias a una varita mágica. Este hecho no se puede negar».
Alfa y Omega

Viaje a Fátima 13 de Mayo: 9:30 – Plegaria silenciosa del Papa ante las tumbas de Jacinta y Francisco


En este sábado 13 de mayo, centenario de la primera aparición de María en Fátima, el santo padre Francisco presidió la santa misa y ceremonia de canonización de dos de los tres pastorcitos que vieron a María en la Cova de Iría.
Poco antes el Pontífice rezó en el interior de la iglesia, de Nuestra Señora del Rosario, delante de las tumbas de los niños pastores Jacinta y Francisco Marto, primos de 7 y 9 años de edad, fallecidos poco después, como la Virgen le predijo en una de las apariciones. El tercer pastorcito fue Lucía, después religiosa de clausura en un Carmelo, fallecida a los 98 años y con proceso de beatificación en curso.
Son los primeros niños canonizados no mártires. Está el joven salesiano santo Domingo Sávio, elevado también a los altares, pero él era un adolescente.
El Papa allí saludó también al sacerdote portugués más anciano, de 104 años, y a una familia de refugiados sirios.
Zenit

El Papa canoniza a Francisco y Jacinta en el centenario de la aparición de la Virgen en Fátima



«Suplico la paz para todos mis hermanos en el bautismo y la humanidad», dice el Sumo Pontífice en su visita al santuario portugués
En el mismo lugar donde hace exactamente cien años se les apareció por sorpresa «una Señora más resplandeciente que el sol», el Papa Francisco ha canonizado el sábado a Francisco y Jacinta Marto, dos de los tres pastorcillos que, junto con su prima Lucia dos Santos, cuidaban las ovejas y jugaban a construir una casita con piedras el mediodía del 13 de mayo de 1917.
Ante más de medio millón de peregrinos venidos de todo el mundo- muchos de los cuales habían pasado la noche al raso en la explanada y otros ni siquiera pudieron entrar-, el Santo Padre ha comentado que «tenemos ante los ojos, como ejemplo para nosotros, a san Francisco Marto y santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios para que lo adoraran».
El Papa se refería a los dos grandes retratos de los chiquillos que -en una preciosa mañana soleada- miraban hacia la inmensa multitud de peregrinos desde la fachada de la basílica. Con 10 y 9 años de edad en el momento de su fallecimiento por enfermedad, son los dos santos no mártires más jóvenes en la Iglesia.
Francisco ha centrado su homilía en el ejemplo de santidad de los dos hermanos, quienes recibían de Dios «la fuerza para superar las contrariedades y sufrimientos».
Las primeras fueron la incredulidad, a veces hostil, de su familia, vecinos e incluso de las autoridades, molestas por la afluencia de gente a Cova da Iría, donde la Virgen les había dado cita a la misma hora el día 13 de cada mes, y donde el número de personas que acudía era cada vez mayor. Llegarían a 70.000 el día de la última aparición, el 13 de octubre de 1917, cuando todos ellos vieron el espectacular «milagro del sol».
En un intento de cortar en seco el fenómeno de devoción, el prefecto de Ourem mantuvo el 13 de agosto bajo arresto e interrogatorio a los tres pastorcillos, amenazándoles con freírlos vivos si no confesaban que todo era mentira.
Ese mediodía, los cientos de personas que estaban en el lugar vieron un relámpago, escucharon un trueno y vieron una pequeña nubecilla blanca en el lugar donde solía aparecer la Virgen, que en cambio visitaría a los tres chiquillos en Valinhos el día 19.
A esas dificultades se unieron las enfermedades que llevaron al fallecimiento de Francisco en 1919, con 10 años cumplidos, y de Jacinta en 1920 poco antes de llegar a esa edad.
Pero lo más importante, según el Papa es que «la presencia divina se fue haciendo más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y el deseo permanente de estar junto a “Jesús oculto” en el sagrario».
Francisco ha recordado también que la Virgen les advirtió de los peligros del infierno. Tuvo lugar en la tercera aparición, la del 13 de julio, en que María les reveló un secreto de tres partes. En primer lugar, la visión del infierno. Después la advertencia de que si Rusia no se convertía, extendería sus errores a muchos países. En tercer lugar, la persecución contra la Iglesia y el atentado contra Juan Pablo II, ocurrido el 13 de mayo de 1981 en la plaza de San Pedro.
Aunque recordaba el pasado, la mirada del Papa se dirigía al futuro y, continuaba en cierto modo la oración realizada ante la Virgen la noche anterior, asegurando que «de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y la humanidad».
La referencia a «todos mis hermanos en la humanidad» era un nuevo recuerdo de la unicidad de la familia humana, con independencia de religión o raza, un punto que menciona desde hace diez días en todas sus discursos relativos a Fátima, a donde ha venido como «Pastor universal», para poner a los pies de la Virgen “el destino temporal y espiritual de la humanidad”.
En esa línea, Francisco ha pedido en su homilía «que el cielo active aquí una autentica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía».
En cuanto a los católicos, el Papa ha concluido sus palabras pidiendo a la Virgen que «descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, pobre de medios y rica de amor».
Poco después, en el ofertorio, un matrimonio brasileño -João Batista y Lucila Yurie-, llevaron algunas de las ofrendas al Papa. Les acompañaba su hijo Lucas, quien intercambió un gran abrazo con Francisco. En 2013, cuando tenía seis años y jugaba con su hermanita, el pequeño se cayó por una ventana y sufrió fractura craneal con pérdida de masa encefálica. El pronóstico era muerte, coma vegetativo o, en caso de despertar, graves daños irreversibles.
Unos días después de que los padres y las carmelitas de la ciudad de Campo Mourao pidieron el milagro a los dos pastorcillos, Lucas se despertó «sin ningún síntoma ni secuela, y es el mismo de antes: su inteligencia, su carácter, todo igual», en palabras del padre a su llegada al santuario el pasado jueves.
Justo antes de iniciar la misa en la explanada, el Papa rezó ante las tumbas de los tres pastorcillos en la basílica que domina el santuario. Además de san Francisco y santa Jacinta Marto, allí reposa también la tercera y más longeva de los tres videntes, Lucia dos Santos, que fue religiosa carmelita y extendió la devoción a la Virgen de Fátima durante una larga vida hasta su fallecimiento en 2005. Su causa de beatificación se encuentra en estudio en Roma.
Juan Vicente Boo. Fátima (ABC)
Alfa y Omega

Papa: “No podía dejar de venir aquí para venerar a la Virgen Madre”

«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida de sol», dice el vidente de Patmos en el Apocalipsis (12, 1), señalando además que ella estaba a punto de dar a luz a un hijo. Después, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús le dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27). Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero…estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto.
Pero ella, previendo y advirtiendonos sobre el peligro del infierno al que nos lleva una vida – a menudo propuesta e impuesta – sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, vino a recordarnos la Luz de Dios que mora en nosotros y nos cubre, porque, como hemos escuchado en la primera lectura, «fue arrebatado su hijo junto a Dios» (Ap 12, 5). Y, según las palabras de Lucía, los tres privilegiados se encontraban dentro de la Luz de Dios que la Virgen irradiaba. Ella los rodeaba con el manto de Luz que Dios le había dado. Según el creer y el sentir de muchos peregrinos – por no decir de todos – Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, «muéstranos a Jesús».
Queridos Peregrinos, tenemos una Madre. Aferrándonos a ella como hijos, vivamos de la esperanza que se apoya en Jesús, porque, como hemos escuchado en la segunda lectura, «los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo» (Rm 5,17). Cuando Jesús subió al cielo, llevó junto al Padre celeste a la humanidad – nuestra humanidad – que había asumido en el seno de la Virgen Madre, y que nunca dejará. Como un ancla, fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la derecha del Padre (cf. Ef 2, 6). Que esta esperanza sea el impulso de nuestra vida. Una esperanza que nos sostenga siempre, hasta el último suspiro.
Con esta esperanza, nos hemos reunido aquí para dar gracias por las innumerables bendiciones que el Cielo ha derramado en estos cien años, y que han transcurrido bajo el manto de Luz que la Virgen, desde este Portugal rico en esperanza, ha extendido hasta los cuatro ángulos de la tierra. Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ahí recibían ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. La presencia divina se fue haciendo cada vez más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y en el deseo permanente de estar junto a «Jesús oculto» en el Sagrario.
En sus Memorias (III, n.6), sor Lucía da la palabra a Jacinta, que había recibido una visión: « ¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?». Gracias por haberme acompañado. No podía dejar de venir aquí para venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas. Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados. Queridos hermanos: pidamos a Dios, con la esperanza de que nos escuchen los hombres, y dirijámonos a los hombres, con la certeza de que Dios nos ayuda.
En efecto, él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al «pedir» y «exigir» de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía. No queremos ser una esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24): lo ha dicho y lo ha hecho el Señor, que siempre nos precede.
Cuando pasamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jesús, sino que ha sido él el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.
Que, con la protección de María, seamos en el mundo centinelas de la mañana que sepan contemplar el verdadero rostro de Jesús Salvador, que brilla en la Pascua, y descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor.
(from Vatican Radio)

sábado, 13 de mayo de 2017

Fátima en los dramas de la historia


Una peculiaridad llamativa de Fátima es su inserción en los dramas de la historia, tanto a nivel individual, nacional y geopolítico. En ocasiones recurre a un lenguaje y visiones de carácter apocalíptico que suscitan una curiosidad morbosa, alimentada por la referencia a los secretos desvelados o incluso no desvelados. Esto le sigue dando una actualidad sorprendente
Resulta necesaria una lectura teológica que haga ver su sentido en el conjunto y en la lógica del misterio cristiano. Solo ahí se puede captar el sentido de la mariofanía y de los testigos, de los tres pastorcillos.
Ante todo hay que afirmar que la Virgen, protagonista del acontecimiento, es la que se encuentra en la gloria del Hijo resucitado, en cuanto asunta en cuerpo y alma en los cielos. Ella misma dice el 13 de mayo: «Soy del cielo». Por ello sorprende y atrae por su belleza, por la luminosidad que irradia. No se puede entender el acontecimiento de Fátima si se independiza del acontecimiento pascual.
Desde su situación glorificada prolonga su actuación terrena: había sido discípula fiel de Jesús con corazón abierto a las necesidades de todos. Ahora, en el tiempo de la Iglesia, se hace presente con actitud maternal hacia sus hijos peregrinos. Así, sirve a los designios de misericordia de la Trinidad en un mundo que se debate en la permanente lucha entre el bien y el mal, un mal que muestra su monstruosidad en manifestaciones muy diversas.
Los pastorcillos tienen una experiencia profundamente teologal que podemos calificar como mística: envueltos por el esplendor del amor de Dios se sienten en el «umbral del cielo», seducidos por la nueva creación por la realidad transfigurada, que ven reflejada de modo especial en el corazón de María. La fe, la esperanza, la caridad, se hacen gesto radical de adoración, de gusto, de encanto, por estar junto a Dios. Quedan constituidos como testigos de la fuerza seductora y transformadora de Dios.
Profetas del efecto destructor del mal
Precisamente desde esa profunda experiencia mística son especialmente sensibles ante la situación de quienes no creen, no esperan y no aman. El pecado, dice Lucía, es una laguna en el amor. Eso es el infierno, la monstruosidad del mal que ofende a Dios y hace sufrir a los seres humanos, y que incluso puede llegar a la persecución de los cristianos y del Papa (como dice la tercera parte del secreto).
Por eso el místico se hace profeta, para denunciar las máscaras y los efectos destructores del mal: la guerra mundial que es la expresión de poderes económicos y políticos en conflicto, la inestabilidad que se vive en el propio país por enfrentamientos ideológicos, las aberraciones del comunismo y del nazismo, la producción y el tráfico de armas, la soberbia de quienes quieren dominar el mundo… El mal también repercute en la vida personal de los pastorcillos: incomprensiones, persecución, experiencia de la cárcel…
Frente a esa prepotencia del mal, el amor muestra una potencia mayor: la misericordia. Aquí está el núcleo del mensaje de Fátima: la misericordia resiste el mal, le pone freno y lo vence. Porque proclama que no tiene la última palabra. Por eso la Virgen de Fátima despierta y alimenta los anhelos de paz.
Los pastorcillos, cada uno a su manera, asumen como su misión servir los designios de misericordia de la Trinidad, que ven condensados en los Corazones de Jesús y de María. A pesar del sufrimiento que ello implique. Ahí radica la solemnidad y seriedad de la espiritualidad de Fátima. Por un lado denuncian los mecanismos del mal y piden conversión, penitencia y oración. Por otro lado, asumen la actitud de intercesión y reparación, porque no se puede abandonar al otro en su desgracia y tampoco se puede dejar al otro clausurado en su culpa porque es un peso excesivo.
Por eso el mensaje de Fátima es, ante todo, una bendición, una garantía de esperanza: más allá del mal, a pesar del mal, la misericordia (el corazón inmaculado de María) triunfará. Y por ello es una interpelación a nuestras conciencias para que descubramos la tarea de esta hora histórica: salir de la indiferencia ante tanto sufrimiento, respetar la memoria de todas las víctimas, no dejar que nuestro corazón se someta a la banalización del mal. Así el amor, como misericordia, triunfa en los dramas de la historia.
Eloy Bueno de la Fuente
Catedrático de la Facultad de Teología de Burgos. Impartió una ponencia con el mismo título del artículo en la Facultad de Teología de San Dámaso el pasado 3 de mayo
Alfa y Omega

13 de mayo: Nuestra Señora de Fátima


Es una advocación de la Virgen Santísima a la que está ligado de una manera inseparable el «secreto», y a este, notables influencias en acontecimientos ideológicos, morales, políticos, sociológicos y espirituales del hombre a lo largo del siglo XX.
Todo comenzó en una aldea de Portugal, concretamente en el municipio de Vila Nova de Ourém, dentro de la diócesis de Leiria. Los protagonistas de esta historia fueron tres pastorcillos: Lucía dos Santos –de diez años– y sus dos primos, Francisco Marto y Jacinta, algo menores que ella. Por tres veces, a lo largo del año 1916, tuvieron apariciones de un ángel en la colina del Cabeço y en el huerto de Lucía. Pero, dentro de lo extraordinario, si todo hubiera quedado en esto, no habría estado el mundo pendiente de Fátima ni de lo que dijeran o hicieran aquellos niños pastores. Lo realmente llamativo –un verdadero trallazo para la nación portuguesa y a través de ella para el mundo– fueron las seis apariciones de la Virgen Santísima desde el 13 de mayo hasta el 13 de octubre del año 1917.
El 13 de mayo, los tres niños pastoreaban los rebaños de sus padres a unos dos kilómetros de Aljustrel, en el lugar llamado Cova de Iria. El sol está en su cenit, es medio día. De repente se vieron sorprendidos y deslumbrados por una explosión de luz; piensan que es un relámpago y, en previsión de una próxima tormenta, se disponen a reunir al rebaño, pero una nueva explosión luminosa les detiene. A la derecha, sobre una encina, en el centro de una gran aureola que también les envuelve a ellos, ven a una señora muy bella y más brillante que el sol. Les promete que no les hará daño, responde a algunas preguntas de Lucía, les revela algunos secretos y les pide su presencia todos los días 13 hasta octubre con la promesa de revelarles quién es ella, qué quiere de ellos y qué espera de los tres. Solo ha hablado Lucía, Jacinta ha visto y escuchado, Francisco solo vio.
El día 13 de octubre hay sesenta mil personas en el mismo lugar. Llueve torrencialmente, pero todos aguantan y ni los enfermos se van de aquel lodazal. Acompañando a los niños, se reza el rosario, se pide perdón, se suplican favores y todos esperan anhelantes. En esta aparición dirá la bella señora que es «La Señora del Rosario», y lo que pide es un cambio de vida para no ofender más con pecados a su Divino Hijo; ruega que se rece el rosario y que se haga penitencia; promete el fin de la guerra si los hombres se convierten. También el signo prometido llegó. A la voz de Lucía «Miren el sol», se apartaron las nubes, apareció el sol, se secó al instante lo mojado, el disco luminoso comenzó a girar vertiginosamente sobre sí mismo lanzando haces de luz en todas direcciones, mudando el color y el tono; el firmamento, los árboles, las rocas y la masa de gente presente aparecen varias veces teñidos de rojo, de verde, de amarillo, de azul o de violeta en un fenómeno que duró de dos a tres minutos. El sol se detiene para comenzar de nuevo su danza luminosa más intensa y deslumbrante con mayor movimiento y colorido. Y así, varias veces se repitió el espectacular e inaudito movimiento solar por espacio de unos diez minutos.
Entre mayo y octubre, la Señora pidió a los tres pastorcillos el rezo del rosario, frecuentes mortificaciones por los muchos pecados de los hombres que ofenden tanto a Dios, y para lograr la conversión de los pecadores. Les afirmó la pronta muerte de Francisco y de Jacinta –Lucía se quedaría algún tiempo más para ser el instrumento que difundiera en el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón–. Aprendieron de la Señora la jaculatoria: «Jesús, perdónanos; líbranos del fuego del infierno; lleva a todas las almas al Cielo, principalmente a los que más lo necesitan» para recitarla siempre detrás del Gloria. Y por la Señora también conocieron el «secreto» que a nadie debían decir.
El Portugal de la época, incrédulo y perseguidor de la religión, se sintió zarandeado por tres niños que, sin sabiduría ni fuerza, iban arrastrando cada día 13 a cientos y luego miles de personas que rezaban, se arrepentían, pedían por los pecadores, y miraban sin ver sobre el carrasco en donde los videntes hablaban, escuchaban y veían a la Señora. Las numerosas curaciones milagrosas contribuyeron a que Cova de Iria fuera el comienzo de un reflorecimiento mariano que llevaba al mayor milagro: a una transformación religiosa y moral de la nación portuguesa.
El obispo José Alves Correia de Silva decidió autorizar el culto a Nuestra Señora de Fátima en el año 1930. En 1946 coronó solemnemente la imagen de la Virgen el cardenal Masela. Fátima recibió el 13 de octubre del año 1951 a un millón de peregrinos para la clausura del Año Santo. El papa Pablo VI peregrinó a Fátima el 13 de mayo de 1967. Otro 13 de mayo, el del año 2000, celebrando la Iglesia universal el Gran Jubileo del comienzo del Tercer Milenio de la Redención, han sido beatificados en Fátima por el papa Juan Pablo II los dos pastorcillos, Francisco y Jacinta, estando presente la tercera de las videntes, Lucía, aún viva y con buen humor.
¿El «secreto»? Ah, sí. Lo puso por escrito Lucía con permiso del Cielo y por pura obediencia. Hablaba de la visión que tuvieron del infierno, de la futura guerra mundial, de la conversión de Rusia –los pastorcillos pensaban entonces que esta debía ser una señora muy mala–, de una multitud de mártires cristianos, de la masacre de muchos sacerdotes y obispos, y hasta de un «obispo vestido de blanco» que caía ensangrentado por odio a la fe.
¿Sabes que el «muro de Berlín» –bastión emblemático de la cultura atea– se derrumbó solo a pocos meses de que el Papa polaco consagrara a la Iglesia y al mundo al Inmaculado Corazón de María en Czestochowa, después de haber recabado el consentimiento al episcopado católico?
¿Sabes que la Virgen de Fátima tiene en su corona –fue un agradecido regalo papal– la bala que estuvo a punto de matar a Juan Pablo II en el intento de asesinato del año 1981 en la Plaza de San Pedro?
¿Sabes que el mensaje central de Fátima –conversión, rosario, penitencia por los pecados, conversión de los pecadores– conserva toda su fuerza y vigor?
Archimadrid.org

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre


Lectura del santo Evangelio según san Juan 14,7-14
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mi, hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mi. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mi, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».
Palabra del Señor.

VÍDEO DEL PAPA FRANCISCO EN LA BENDICIÓN DE LOS CIRIOS Y REZO DEL ROSARIO

Oración del Papa Francisco a Nuestra Señora del Rosario de Fátima

«Salve Reina,
Bienaventurada Virgen de Fátima,
Señora del Corazón Inmaculado,
refugio y camino que conduce a Dios.
Peregrino de la Luz que procede de tus manos,
doy gracias a Dios Padre que, siempre y en todo lugar, interviene en la historia del hombre;
peregrino de la Paz que tú anuncias en este lugar,
alabo a Cristo, nuestra paz, y le imploro para el mundo la concordia entre todos los pueblos;
peregrino de la Esperanza que el Espíritu anima,
vengo como profeta y mensajero para lavar los pies a todos, entorno a la misma mesa que nos une.
¡Salve, Madre de Misericordia,
Señora de la blanca túnica!
En este lugar, desde el que hace cien años
manifestaste a todo el mundo los designios de la misericordia de nuestro Dios,
miro tu túnica de luz
y, como obispo vestido de blanco,
tengo presente a todos aquellos que,
vestidos con la blancura bautismal,
quieren vivir en Dios
y recitan los misterios de Cristo para obtener la paz.
¡Salve, vida y dulzura,
salve, esperanza nuestra,
Oh Virgen Peregrina, oh Reina Universal!
Desde lo más profundo de tu ser,
desde tu Inmaculado Corazón,
mira los gozos del ser humano
cuando peregrina hacia la Patria Celeste.
Desde lo más profundo de tu ser,
desde tu Inmaculado Corazón,
mira los dolores de la familia humana
que gime y llora en este valle de lágrimas.
Desde lo más íntimo de tu ser,
desde tu Inmaculado Corazón,
adórnanos con el fulgor de las joyas de tu corona
y haznos peregrinos como tú fuiste peregrina.
Con tu sonrisa virginal,
acrecienta la alegría de la Iglesia de Cristo.
Con tu mirada de dulzura,
fortalece la esperanza de los hijos de Dios.
Con tus manos orantes que elevas al Señor,
une a todos en una única familia humana.
¡Oh clemente, oh piadosa,
Oh dulce Virgen María,
Reina del Rosario de Fátima!
Haz que sigamos el ejemplo de los beatos Francisco y Jacinta,
y de todos los que se entregan al anuncio del Evangelio.
Recorreremos, así, todas las rutas,
seremos peregrinos de todos los caminos,
derribaremos todos los muros
y superaremos todas las fronteras,
yendo a todas las periferias,
para revelar allí la justicia y la paz de Dios.
Seremos, con la alegría del Evangelio, la Iglesia vestida de blanco,
de un candor blanqueado en la sangre del Cordero
derramada también hoy en todas las guerras que destruyen el mundo en que vivimos.
Y así seremos, como tú, imagen de la columna refulgente
que ilumina los caminos del mundo,
manifestando a todos que Dios existe,
que Dios está,
que Dios habita en medio de su pueblo,
ayer, hoy y por toda la eternidad.
¡Salve, Madre del Señor,
Virgen María, Reina del Rosario de Fátima!
Bendita entre todas las mujeres,
eres la imagen de la Iglesia vestida de luz pascual,
eres el orgullo de nuestro pueblo,
eres el triunfo frente a los ataques del mal.
Profecía del Amor misericordioso del Padre,
Maestra del Anuncio de la Buena Noticia del Hijo,
Signo del Fuego ardiente del Espíritu Santo,
enséñanos, en este valle de alegrías y de dolores,
las verdades eternas que el Padre revela a los pequeños.
Muéstranos la fuerza de tu manto protector.
En tu Corazón Inmaculado,
sé el refugio de los pecadores
y el camino que conduce a Dios.
Unido a mis hermanos,
en la Fe, la Esperanza y el Amor,
me entrego a Ti.
Unido a mis hermanos, por ti, me consagro a Dios,
Oh Virgen del Rosario de Fátima.
Y cuando al final me veré envuelto por la Luz que nos viene de tus manos,
daré gloria al Señor por los siglos de los siglos.
Amén»

Ante la Virgen de Fátima, el Papa peregrino de esperanza y de paz para el mundo

El Papa Francisco pidió para el mundo la concordia entre los pueblos, y le encomendó al Corazón Inmaculado de la Virgen de Fátima las alegrías y dolores de la familia humana, rogando asimismo por la Iglesia de Cristo.
En la víspera de la celebración de los cien años de cuando la Madre de Dios bajó de los cielos, en Cova de Iría, el Obispo de Roma se detuvo en homenaje orante ante la Reina del Rosario, en la Capilla de las Apariciones.
Acompañado por  el intenso fervor y devoción de los peregrinos de tantas partes del mundo,  que abarrotaron la explanada del Santuario portugués y sus alrededores, el Santo Padre le dirigió una oración a la Virgen de Fátima, «refugio y camino que nos conduce a Dios». Colocó bajo el Manto de María y le consagró el anhelo de seguir el ejemplo de los pastorcitos Francisco y Jacinta, el día antes de canonizarlos, y de los que se entregan al mensaje del Evangelio, para peregrinar por todos los caminos, derrumbar muros, vencer fronteras y llegar a todas las periferias, revelando la justicia y la paz de Dios.
Siguiendo las huellas de sus Predecesores, la del Papa Bergoglio es la sexta peregrinación del Sucesor de Pedro al Santuario mariano de Fátima. La primera, fue la del Beato Pablo VI, en 1967, en el 50 aniversario de las apariciones a los tres pastorcitos, Lucía, Francisco y Jacinta.
San Juan Pablo II peregrinó a Fátima tres veces. En 1982, un año después del atentado en la Plaza de San Pedro; en 1991 y en el Gran Jubileo del 2000, cuando beatificó a Francisco y Jacinta. Beatificación que conmemoró en 2010, Benedicto XVI peregrinando al mismo Santuario de María en Cova de Iría.
(CdM – RV)