domingo, 26 de marzo de 2017

La luz del mundo


Según el pensamiento de la tradición religiosa de la época de Jesús, cuando una persona tenía alguna limitación física importante, se daba por supuesto que la causa era el pecado suyo o de sus padres. Por el contrario, el Señor, ante la limitación y el sufrimiento humano, no piensa en las culpas de quien padece la enfermedad, sino en que toda persona ha sido llamada por Dios a la vida y es una ocasión para que la misericordia, el amor y el poder de Dios se manifiesten. El propio gesto que realiza Jesús este domingo hace referencia a la creación del hombre. Él toma tierra y, con saliva, hace barro, para después untarlo en los ojos del ciego. También el hombre ha sido modelado con las manos de Dios, a quien le ha insuflado la vida. En definitiva, el pasaje que hoy tenemos ante nosotros quiere poner de manifiesto que cada acción concreta del Señor está cumpliendo una nueva creación; una obra que no se circunscribirá a la curación física, sino que propiciará por parte del ciego el reconocimiento hacia Cristo como Señor y como «luz del mundo», a través de un proceso que implica lo más profundo de la persona.
Un acontecimiento real
La narración de la escena es bastante realista y refleja el orden lógico de los acontecimientos. En primer lugar, encontramos un suceso real. El ciego «fue, se lavó y volvió con vista». El propio ciego, más adelante, afirmará: «Solo sé que yo era ciego y ahora veo». Simplemente se describe una realidad. La escena evangélica narra un hecho constatable. Prueba de ello es el siguiente paso del relato, que se resumiría en la sorpresa y la admiración ante el acontecimiento: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Verdaderamente, se ha producido algo inaudito. Las valoraciones sobre lo ocurrido solo podrán hacerse partiendo del mismo suceso. Esta observación no es insignificante, por obvia que parezca. A menudo se presenta la fe como un conjunto de creencias, sin un fundamento en la realidad. Ello es peligroso, puesto que da pie a considerar la fe como algo irracional. Y esta es, en cierta medida, la causa de que no falten corrientes de pensamiento que consideran ridículo que el hombre actual crea. El Evangelio de hoy nos hace caer en la cuenta de que la realidad de los sucesos no puede quedar nunca en segundo plano.
El paso hacia la fe
A partir del hecho real –el paso de la ceguera a poder ver– el ciego de nacimiento experimentará una evolución que le llevará al reconocimiento de Jesús como Señor. Con ello se nos manifiesta que la fe es habitualmente un proceso gradual: en primer lugar, se produce un encuentro con Jesús, a quien el ciego reconoce como una persona entre las demás; después lo considera un profeta; por último, sus ojos son capaces de abrirse totalmente y proclamarlo «Señor». Este es el instante en el que este hombre percibe en el hecho de ser curado el signo que le lleva a descubrir a Jesús como la fuente de su salvación. La frase «solo sé que yo era ciego y ahora veo» adquiere un nuevo sentido tras la confesión: «Creo, Señor». A partir de ahora verá no solo físicamente, sino también espiritualmente. Ahora bien, ver espiritualmente no significa que estemos ante un visionario, ya que su nueva forma de observar, la de la fe, tiene causa real. Gracias al hecho de encontrarse con quien le ha dado la vista, su razón ha sido capaz de ensancharse y su libertad de adherirse a quien ha cambiado su vida por completo. La libertad juega un papel fundamental. Muestra de ello es que ni los fariseos, ni los vecinos, ni siquiera los padres del ciego han sido capaces de reconocer a Jesucristo como el autor de la salvación de este hombre. Para ellos prevalece el prejuicio de que Jesús no podía ser el Mesías sobre la realidad misma de lo que ha sucedido.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid
Alfa y Omega

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (9,1.6-9.13-17.34-38): POR BENEDICTO XVI



“Queridos hermanos y hermanas:
El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. 

En el Evangelio de hoy, Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: «Creo, Señor». 

Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás; luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama «Señor». 

En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías. La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego los vence el miedo del juicio de los demás. 

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En Él, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. 

De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la luz del mundo» porque en Él «resplandece el conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. 

En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. 

En estos días que nos preparan para la Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, esa llama que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo”.
(Benedicto XVI, Ángelus del 3 de abril de 2011)

EVANGELIO DE HOY: CREO, SEÑOR



Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»

Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es él, pero se le parece.» Él respondía: «Soy yo.»

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»

Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos.

Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»

Él contestó: «Que es un profeta.»

Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»

Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»

Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante Él.

Palabra del Señor.

El Papa a los jóvenes en San Siro: “Prometan a Jesús, nunca bullying”



“Hay un fenómeno feo: el bullying. Cuando algunos se burlan de alguien, les gusta hacer pasar vergüenza o pegarles, Esto se llama bullying”. Lo planteó el papa Francisco a los miles de jóvenes reunidos pidiéndoles además: “Con el sacramento de la confirmación hagan la promesa de que no se permita nunca eso, ni en el colegio ni en la parroquia ni en ningún lado. Prométanme, nunca burlarse de un compañero. ¿Me lo prometen? Este ‘sí’ no me convence, (repiten sí) este sí de lo han dicho al Papa. ¿Y se lo prometen a Jesús nunca hacer bullying? (en coro repiten sí…)
Al responder a una mamá y catequista sobre la educación de los hijos, el Papa precisó que es necesario “una educación basada sobre el pensar, sentir y hacer, con el intelecto, con el corazón y con las manos, con la armonía de los tres idiomas”.
Para que de esta manera “los jóvenes puedan pensar lo que sienten y hacen, sientan lo que piensan y hacen, y hagan los que piensan y sienten”. Y subrayó que “dar nociones intelectuales sin corazón y sin las manos no sirve”, porque “la educación tiene que ser armónica. Nunca educar solamente con ideas o nociones, también el corazón y la actitud, porque tienen que crecer”.
Contó un caso que conoció de cerca, el de “un alumno que era muy bueno para jugar al fútbol y muy indisciplinado en clase. La norma fue que si seguía comportándose mal le quitaban el fútbol. Así al dejarlo dos meses sin jugar empeoró. Un día el entrenador habló con la directora, y propuso intentarlo él.
Así lo puso como capitán del equipo y ese chico que se sintió responsabilizado, mejoró notablemente. Algunos más por el deporte y otros más en el arte y menos en matemática, otros en la filosofía y no en el deporte. El maestro y educador debe saber mejorar las actitudes de sus alumnos. Porque sabiendo hacer bien una cosa es posible que mejore en las otras. Pero también tienen necesidad de divertirse y de dormir, dijo.

Homilía del Papa en Monza: “Dios continúa buscando corazones dispuestos a creer a pesar de las adversidades”


Hemos apenas escuchado el anuncio más importante de nuestra historia: la anunciación a María (Cfr. Lc 1,26-38). Un pasaje denso, lleno de vida, y que me gusta leer a la luz de otro anuncio: aquel del nacimiento de Juan Bautista (Cfr. Lc 1,5-20). Dos anuncios que se subsiguen y que están unidos; dos anuncios que, comparados entre ellos, nos muestran lo que Dios nos dona en su Hijo.
La anunciación de Juan Bautista sucede cuando Zacarías, sacerdote, listo para dar inicio a la acción litúrgica entra en el Santuario del Templo, mientras toda la asamblea está afuera en espera. La anunciación de Jesús, en cambio, sucede en un lugar perdido de Galilea, en una ciudad periférica y con una fama no particularmente buena (Cfr. Jn 1,46), en el anonimato de la casa de una joven llamada María.
Un contraste no de poca importancia, que nos señala que el nuevo Templo de Dios, el nuevo encuentro de Dios con su pueblo tendrá lugar en un sitio que normalmente no nos esperamos, en los márgenes, en las periferias. Ahí se darán cita, ahí se encontrarán; ahí Dios se hará carne para caminar junto a nosotros desde el seno de su Madre. No habrá más un lugar reservado a pocos mientras la mayoría permanece afuera en espera. Nada ni nadie será indiferente, ninguna situación será privada de su presencia: la alegría de la salvación tiene inicio en la vida cotidiana de la casa de una joven de Nazaret.
Dios mismo es Quien toma la iniciativa y escoge quedarse, como hizo con María, en nuestras casas, en nuestras luchas cotidianas, llenas de ansias y anhelos. Y es justamente dentro de nuestras ciudades, de nuestras escuelas y universidades, de las plazas y de los hospitales que se cumple el anuncio más bello que podemos escuchar: «Alégrate, el Señor está contigo». Una alegría que genera vida, que genera esperanza, que se hace carne en el modo en el cual vemos el mañana, en la actitud con la cual vemos a los demás. Una alegría que se hace solidaridad, hospitalidad, misericordia hacia los demás.
Al igual que María, también nosotros podemos ser invadidos por el desconcierto. ¿«Cómo sucederá esto» en tiempos llenos de especulación? Si se especula hoy sobre la vida, sobre el trabajo, sobre la familia. Se especula sobre los pobres y sobre los marginados; se especula sobre los jóvenes y sobre su futuro. Todo parece reducirse a cifras, dejando, de otro lado, que la vida cotidiana de tantas familias se manche de precariedad y de inseguridad. Mientras el dolor toca muchas puertas, mientras en tantos jóvenes crece la insatisfacción por falta de reales oportunidades, la especulación abunda por todas partes.
Ciertamente, el ritmo vertiginoso al cual estamos sometidos pareciera robarnos la esperanza y la alegría. Las presiones y las impotencias ante tantas situaciones parecieran vaciar el alma y hacernos insensibles ante numerosos desafíos. Y paradójicamente cuando todo se acelera para construir – en teoría – una sociedad mejor, al final no se tiene tiempo para nada y para nadie. Perdemos el tiempo para la familia, el tiempo para la comunidad, perdemos el tiempo para la amistad, para la solidaridad y para la memoria.
Nos hará bien preguntarnos: ¿Cómo es posible vivir la alegría del Evangelio hoy dentro de nuestras ciudades? ¿Es posible la esperanza cristiana en esta situación, aquí y ahora?
Estas dos preguntas tocan nuestra identidad, la vida de nuestras familias, de nuestros países y de nuestras ciudades. Tocan la vida de nuestros hijos, de nuestros jóvenes y exigen de nuestra parte un nuevo modo de situarnos en la historia. Si continúa a ser posible la alegría y la esperanza cristiana no podemos, no queremos permanecer delante a tantas situaciones dolorosas como meros espectadores que miran al cielo esperando que “deje de llover”. Todo lo que sucede exige de nosotros que miremos al presente con audacia, con la audacia de quien conoce la alegría de la salvación toma forma en la vida cotidiana de la casa de una joven de Nazaret.
Ante el desconcierto de María, ante nuestros desconciertos, tres son las claves que el Ángel nos ofrece para ayudarnos a aceptar la misión que nos es confiada.
El primer desafío: Evocar la Memoria
La primera cosa que el Ángel hace es evocar la memoria, abriendo así el presente de María a toda la historia de la salvación. Evoca la promesa hecha a David como fruto de la alianza con Jacob. María es la hija de la Alianza. También nosotros somos invitados a hacer memoria, a mirar nuestro pasado para no olvidar de dónde venimos. Para no olvidarnos de nuestros antepasados, de nuestros abuelos y de todo aquello que han pasado para llegar a donde estamos hoy. Esta tierra y su gente han conocido el dolor de dos guerras mundiales; y a veces han visto su meritada fama de laboriosidad y civilización contaminada de descontroladas ambiciones. La memoria nos ayuda a no permanecer prisioneros de discursos que siembran fracturas y divisiones como único modo de resolver los conflictos. Evocar la memoria es el mejor antidotito a nuestra disposición ante soluciones mágicas de la división y de la extrañez.
El segundo desafío: La pertenencia al Pueblo de Dios
La memoria permite a María de apoyarse en su pertenencia al Pueblo de Dios. ¡Nos hará bien recordar que somos miembros del Pueblo de Dios! Milaneses, sí, Ambrosianos, cierto, pero parte del gran Pueblo de Dios. Un pueblo formado de mil rostros, historia y proveniencias, un pueblo multicultural y multiétnico. Esta es una de nuestras riquezas. Es un pueblo llamado a hospedar las diferencias, a integrarlas con respeto y creatividad y a celebrar la novedad que proviene de los demás; es un pueblo que no tiene miedo de abrazar los confines, las fronteras; es un pueblo que no tiene miedo de acoger a quien se encuentra en la necesidad porque sabe que ahí está presente su Señor.
Y la tercera clave de desafío es la posibilidad de lo imposible
«Nada es imposible a Dios» (Lc 1,37): así termina la respuesta del Ángel a María. Cuando creemos que todo depende exclusivamente de nosotros permanecemos prisioneros de nuestras capacidades, de nuestras fuerzas, de nuestros miopes horizontes. Cuando en cambio, nos disponemos a dejarnos ayudar, a dejarnos aconsejar, cuando nos abrimos a la gracia, parece que lo imposible comienza a hacerse realidad. Lo saben bien estas tierras que, en el curso de su historia, han generado muchos carismas, muchos misioneros, mucha riqueza para la vida de la Iglesia. Tantos rostros que, superando el pesimismo estéril y divisor, se han abierto a la iniciativa de Dios y se han convertido en signo de cuanto fecunda puede ser una tierra que no se deja cerrar en sus propias ideas, en sus propios límites y en sus propias capacidades y se sabe abrir a los demás.
Como ayer, Dios continúa buscando aliados, continúa buscando hombres y mujeres capaces de creer, capaces de hacer memoria, de sentirse parte de su pueblo para cooperar con la creatividad del Espíritu. Dios continúa recorriendo nuestros barrios y nuestras calles, se lanza en todo lugar en búsqueda de corazones capaces de escuchar su invitación y de hacerlo carne aquí y ahora. Parafraseando a San Ambrosio en su comentario a este pasaje podemos decir: Dios continúa buscando corazones como aquel de María, dispuestos a creer a pesar de las condiciones del todo extraordinarias (Cfr. Exp. del Evan. seg. Lucas II, 17: PL 15, 1559). El Señor acreciente en nosotros esta fe y esta esperanza.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)


sábado, 25 de marzo de 2017

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (1,26-38)




El 25 de marzo se celebra la solemnidad de la Anunciación de la Bienaventurada Virgen María. La Anunciación, narrada al inicio del evangelio de san Lucas, es un acontecimiento humilde, oculto —nadie lo vio, nadie lo conoció, salvo María—, pero al mismo tiempo decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen dijo su "sí" al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con Él comenzó la nueva era de la historia, que se sellaría después en la Pascua como "nueva y eterna alianza". 


En realidad, el "sí" de María es el reflejo perfecto del de Cristo mismo cuando entró en el mundo, como escribe la carta a los Hebreos interpretando el Salmo 39: "He aquí que vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— a hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10, 7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre, y así, gracias al encuentro de estos dos "sí", Dios pudo asumir un rostro de hombre. Por eso la Anunciación es también una fiesta cristológica, porque celebra un misterio central de Cristo: su Encarnación. 


"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". La respuesta de María al ángel se prolonga en la Iglesia, llamada a manifestar a Cristo en la historia, ofreciendo su disponibilidad para que Dios pueda seguir visitando a la humanidad con su misericordia. De este modo, el "sí" de Jesús y de María se renueva en el "sí" de los santos, especialmente de los mártires, que son asesinados a causa del Evangelio. Ayer, 24 de marzo, aniversario del asesinato de monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, se celebró la Jornada de oración y ayuno por los misioneros mártires: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos asesinados en el cumplimiento de su misión de evangelización y promoción humana. 



Los misioneros mártires... son "esperanza para el mundo", porque testimonian que el amor de Cristo es más fuerte que la violencia y el odio. No buscaron el martirio, pero estuvieron dispuestos a dar la vida para permanecer fieles al Evangelio. El martirio cristiano solamente se justifica como acto supremo de amor a Dios y a los hermanos. 



En este tiempo cuaresmal contemplamos con mayor frecuencia a la Virgen, que en el Calvario sella el "sí" pronunciado en Nazaret. Unida a Jesús, el Testigo del amor del Padre, María vivió el martirio del alma. Invoquemos con confianza su intercesión, para que la Iglesia, fiel a su misión, dé al mundo entero testimonio valiente del amor de Dios”. 
(Benedicto XVI, Ángelus del 25 de marzo de 2007)

EVANGELIO DE HOY: HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA





Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»

El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»

María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor

"Entro a Milán como sacerdote", el Papa Francisco a los residentes de las Casas Blancas

 La visita del Papa en Milán ha comenzado en el barrio Forlanini, situado en la periferia milanesa, donde se encuentran las conocidas “casas blancas”. Una zona que se construyó en el 1977 para familias necesitadas y que hoy es lamentablemente conocida por su degradación urbana.
Desde la plaza central de este barrio milanés, Francisco ha dirigido su saludo a los residentes, y se ha encontrado con los representantes de familias gitanas, musulmanas e inmigrantes. También ha visitado los domicilios de dos familias residentes de la zona.
Los habitantes han regalado a Francisco una estola y una imagen de la Virgen, presentes que el Santo Padre ha agradecido al inicio de su saludo: “Les gradezco por los dos regalos especiales que me han ofrecido” ha dicho el Papa Francisco y continúa “porque me recuerda que yo vengo aquí en medio de ustedes como sacerdote, entro a Milán como sacerdote”. Y ha añadido “sé que en Milán me recibe la Virgen, en la cima de la Catedral, pero gracias a su regalo, la Virgen me recibe ya desde aquí, desde el ingreso” y ha finalizado agradeciéndolos su presencia. 
Saludo del Papa Francisco a los residentes de las "Casas Blancas":
Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
Les agradezco por su bienvenida, ¡tan calurosa!. ¡Gracias, muchas gracias! Son ustedes los que me reciben al ingreso de Milán, y esto es un gran regalo para mí: entrar en la ciudad encontrando los rostros, las familias, una comunidad.
Y les agradezco por los dos regalos especiales que me han ofrecido.
El primero es esta estola, un signo típicamente sacerdotal, que me ha tocado de un modo especial porque me recuerda que yo vengo aquí en medio de ustedes como sacerdote, entro en Milán como sacerdote. Esta estola no la han comprado ya hecha, ha sido creada aquí, ha sido tejida por alguno de ustedes, de manera artesanal. Esto la hace mucho más preciosa; y recuerda que el sacerdote cristiano es elegido por el pueblo y al servicio del pueblo; mi sacerdocio, como el de su párroco y de otros curas que trabajan aquí, es un regalo de Cristo, pero está “tejido” por ustedes, por nuestra gente, con su fe, con sus fatigas, con sus oraciones, con sus lágrimas… esto es lo que veo en el signo de la estola. El sacerdocio es don de Cristo, pero “tejido” por ustedes y esto veo en este signo.
 Y luego me han regalado la imagen de su virgencita: como era antes y como es ahora después de ser restaurada, la imagen de la virgencita. Yo sé que en Milán me recibe la Virgen, en la cima de la Catedral, pero gracias a su regalo, la Virgen me recibe ya desde aquí, desde el ingreso. Y esto es importante porque me recuerda a la urgencia de María, que corre al encuentro de Isabel. Es la preocupación, la solicitud de la Iglesia, que no se queda en el centro a esperar, sino que va al encuentro de todos, en las periferias, va al encuentro incluso de los no cristianos, y de los no creyentes…; y trae a todos a Jesús, que es el amor de Dios hecho carne, que da sentido a nuestra vida y la salva del mal. Y la Virgen va al encuentro no para hacer proselitismo, ¡no! Sino para acompañarnos en el camino de la vida e incluso el hecho de que la Virgen me esté esperando en la puerta de Milán me ha hecho recordar cuando era pequeño, de pequeños volvíamos del colegio y estaba nuestra mamá en la puerta esperándonos. Y ¡la Virgen es Madre! Y siempre esta primero, está delante para recibirnos, para esperarnos. ¡Gracias por esto!
Y también es significativo el hecho de la restauración: esta virgencita suya ha sido restaurada, como la Iglesia siempre ha necesitado de ser “restaurada”, porque es hecha por nosotros, que somos pecadores, todos ¡eh! Somos pecadores. Dejémonos restaurar por Dios, con su misericordia. Dejémonos limpiar el corazón, especialmente en esta tiempo de Cuaresma. La Virgen esta sin pecado, ella no necesita ser restaurada, pero su estatua si, y así como Madre nos enseña a dejarnos limpiar por la Misericordia de Dios, para testimoniar la santidad de Jesús. Y hablando fraternalmente una buena confesión nos hará tanto bien a todos, ¡eh! O ¿no? Pero también pido a los confesores que sean misericordiosos.
¡Gracias de corazón por estos regalos! Y sobre todo gracias por estar aquí, por su recibimiento y su oración, que me acompañan en el ingreso de Milán. El señor les bendiga y la Virgen les proteja. Y por favor no se olviden de rezar por mí. Y ahora recemos a la Virgen.
[Ave María y Bendición]
Y ¡hasta la vista!
(Mireia Bonilla para RV)
(from Vatican Radio)

Europa encuentra de nuevo esperanza cada vez que pone al hombre en el centro de las instituciones, el Papa a los líderes europeos

Distinguidos invitados
Les doy las gracias por su presencia aquí esta tarde, en la víspera del 60 aniversario de la firma de los Tratados constitutivos de la Comunidad Económica Europea y la Comunidad Europea de la Energía Atómica. Quiero manifestarles el afecto de la Santa Sede hacia sus respectivos países y al conjunto de Europa, y a cuyos destinos, por disposición de la Providencia, se siente inseparablemente unida. Dirijo un especial agradecimiento al Honorable Paolo Gentiloni, Presidente del Consejo de Ministros de la República Italiana, por las deferentes palabras que ha pronunciado en nombre de todos y por el trabajo que Italia ha realizado para organizar este encuentro; así como al Honorable Antonio Tajani, Presidente del Parlamento Europeo, que ha dado voz a las esperanzas de los pueblos de la Unión en este aniversario.
Volver a Roma sesenta años más tarde no puede ser sólo un viaje al pasado, sino más bien el deseo de redescubrir la memoria viva de ese evento para comprender su importancia en el presente. Es necesario conocer bien los desafíos de entonces para hacer frente a los de hoy y a los del futuro. Con sus narraciones, llenas de evocaciones, la Biblia nos ofrece un método pedagógico fundamental: la época en que vivimos no se puede entender sin el pasado, el cual no hay que considerarlo como un conjunto de sucesos lejanos, sino como la savia vital que irriga el presente. Sin esa conciencia la realidad pierde su unidad, la historia su hilo lógico y la humanidad pierde el sentido de sus actos y la dirección de su futuro.
El 25 de marzo de 1957 fue un día cargado de expectación y esperanzas, entusiasmos y emociones, y sólo un acontecimiento excepcional, po00r su alcance y sus consecuencias históricas, pudo hacer que fuera una fecha única en la historia. El recuerdo de ese día está unido a las esperanzas actuales y a las expectativas de los pueblos europeos que piden discernir el presente para continuar con renovado vigor y confianza el camino comenzado.
Eran muy conscientes de ello los Padres fundadores y los líderes que, poniendo su firma en los dos Tratados, dieron vida a aquella realidad política, económica, cultural, pero sobre todo humana, que hoy llamamos la Unión Europea. Por otro lado, como dijo el Ministro de Asuntos Exteriores belga Spaak, se trataba, «es cierto, del bienestar material de nuestros pueblos, de la expansión de nuestras economías, del progreso social, de posibilidades comerciales e industriales totalmente nuevas, pero sobre todo (...) [de] una concepción de la vida a medida del hombre, fraterna y justa».[1]
Después de los años oscuros y sangrientos de la Segunda Guerra Mundial, los líderes de la época tuvieron fe en las posibilidades de un futuro mejor, «no pecaron de falta de audacia y no actuaron demasiado tarde. El recuerdo de las desgracias del pasado y de sus propias culpas parece que les ha inspirado y les ha dado el valor para olvidar viejos enfrentamientos y pensar y actuar de una manera totalmente nueva para lograr la más importante transformación [...] de Europa».[2]
Los Padres fundadores nos recuerdan que Europa no es un conjunto de normas que cumplir, o un manual de protocolos y procedimientos que seguir. Es una vida, una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable y no sólo como un conjunto de derechos que hay que defender o de pretensiones que reclamar. El origen de la idea de Europa es «la figura y la responsabilidad de la persona humana con su fermento de fraternidad evangélica, [...] con su deseo de verdad y de justicia que se ha aquilatado a través de una experiencia milenaria».[3] Roma, con su vocación de universalidad,[4] es el símbolo de esa experiencia y por eso fue elegida como el lugar de la firma de los Tratados, porque aquí –recordó el Ministro holandés de Asuntos Exteriores Luns– «se sentaron las bases políticas, jurídicas y sociales de nuestra civilización».[5]
Si estaba claro desde el principio que el corazón palpitante del proyecto político europeo sólo podía ser el hombre, también era evidente el peligro de que los Tratados quedaran en letra muerta. Había que llenarlos de espíritu que les diese vida. Y el primer elemento de la vitalidad europea es la solidaridad. «La Comunidad Económica Europea –declaró el Primer Ministro de Luxemburgo Bech– sólo vivirá y tendrá éxito si, durante su existencia, se mantendrá fiel al espíritu de solidaridad europea que la creó y si la voluntad común de la Europa en gestación es más fuerte que las voluntades nacionales».[6] Ese espíritu es especialmente necesario ahora, para hacer frente a las fuerzas centrífugas, así como a la tentación de reducir los ideales fundacionales de la Unión a las exigencias productivas, económicas y financieras.
De la solidaridad nace la capacidad de abrirse a los demás. «Nuestros planes no son de tipo egoísta»,[7] dijo el Canciller alemán Adenauer. «Sin duda, los países que se van a unir (...) no tienen intención de aislarse del resto del mundo y erigir a su alrededor barreras infranqueables»,[8] se hizo eco el Ministro de Asuntos Exteriores francés Pineau. En un mundo que conocía bien el drama de los muros y de las divisiones, se tenía muy clara la importancia de trabajar por una Europa unida y abierta, y de esforzarse todos juntos por eliminar esa barrera artificial que, desde el Mar Báltico hasta el Adriático, dividía el Continente. ¡Cuánto se ha luchado para derribar ese muro! Sin embargo, hoy se ha perdido la memoria de ese esfuerzo. Se ha perdido también la conciencia del drama de las familias separadas, de la pobreza y la miseria que provocó aquella división. Allí donde desde generaciones se aspiraba a ver caer los signos de una enemistad forzada, ahora se discute sobre cómo dejar fuera los «peligros» de nuestro tiempo: comenzando por la larga columna de mujeres, hombres y niños que huyen de la guerra y la pobreza, que sólo piden tener la posibilidad de un futuro para ellos y sus seres queridos.
En el vacío de memoria que caracteriza a nuestros días, a menudo se olvida también otra gran conquista fruto de la solidaridad sancionada el 25 de marzo de 1957: el tiempo de paz más largo de los últimos siglos. «Pueblos que a lo largo de los años se han encontrado con frecuencia en frentes opuestos, combatiendo unos contra otros, (...) ahora, sin embargo, están unidos por la riqueza de sus peculiaridades nacionales».[9] La paz se construye siempre con la aportación libre y consciente de cada uno. Sin embargo, «para muchos la paz es de alguna manera un bien que se da por descontado»[10] y así no es difícil que se acabe por considerarla superflua. Por el contrario, la paz es un bien valioso y esencial, ya que sin ella no es posible construir un futuro para nadie, y se termine por «vivir al día».
La unidad de Europa es fruto, en efecto, de un proyecto claro, bien definido, debidamente ponderado, si bien al principio todavía muy incipiente. Todo buen proyecto mira hacia el futuro y el futuro son los jóvenes, llamados a hacer realidad las promesas del mañana.[11] Los Padres fundadores, por tanto, tenían clara la conciencia de formar parte de una empresa colectiva, que no sólo traspasaba las fronteras de los Estados, sino también las del tiempo, a fin de unir a las generaciones entre sí, todas igualmente partícipes en la construcción de la casa común.
Distinguidos invitados:
A los Padres de Europa he dedicado esta primera parte de mi intervención, para que nos dejemos interpelar por sus palabras, por la actualidad de su pensamiento, por el apasionado compromiso en favor del bien común que los ha caracterizado, por la convicción de formar parte de una obra más grande que sus propias personas y por la amplitud del ideal que los animaba. Su denominador común era el espíritu de servicio, unido a la pasión política, y a la conciencia de que «en el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo»,[12] sin el cual los valores occidentales de la dignidad, libertad y justicia resultan incomprensibles. «Y todavía en nuestros días ―afirmaba san Juan Pablo II― el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan».[13] En nuestro mundo multicultural tales valores seguirán teniendo plena ciudadanía si saben mantener su nexo vital con la raíz que los engendró. En la fecundidad de tal nexo está la posibilidad de edificar sociedades auténticamente laicas, sin contraposiciones ideológicas, en las que encuentran igualmente su lugar el oriundo, el autóctono, el creyente y el no creyente. En los últimos sesenta años el mundo ha cambiado mucho. Si los Padres fundadores, que habían sobrevivido a un conflicto devastador, estaban animados por la esperanza de un futuro mejor y con una voluntad firme lo perseguían, para evitar que surgieran nuevos conflictos, nuestra época está más dominada por el concepto de crisis. Está la crisis económica, que ha marcado el último decenio, la crisis de la familia y de los modelos sociales consolidados, está la difundida «crisis de las instituciones» y la crisis de los emigrantes: tantas crisis, que esconden el miedo y la profunda desorientación del hombre contemporáneo, que exigen una nueva hermenéutica para el futuro. A pesar de todo, el término «crisis» no tiene por sí mismo una connotación negativa. No se refiere solamente a un mal momento que hay que superar. La palabra crisis tiene su origen en el verbo griego crino (κρίνω), que significa investigar, valorar, juzgar. Por esto, nuestro tiempo es un tiempo de discernimiento, que nos invita a valorar lo esencial y a construir sobre ello; es, por lo tanto, un tiempo de desafíos y de oportunidades.
Entonces, ¿cuál es la hermenéutica, la clave interpretativa con la que podemos leer las dificultades del momento presente y encontrar respuestas para el futuro? Evocar las ideas de los Padres sería en efecto estéril si no sirviera para indicarnos un camino, si no se convirtiera en estímulo para el futuro y en fuente de esperanza. Cada organismo que pierde el sentido de su camino, que pierde este mirar hacia delante, sufre primero una involución y al final corre el riesgo de morir. ¿Cuál es la herencia de los Padres fundadores? ¿Qué prospectivas nos indican para afrontar los desafíos que nos aguardan? ¿Qué esperanza para la Europa de hoy y de mañana?
La respuesta la encontramos precisamente en los pilares sobre los que ellos han querido edificar la Comunidad económica europea y que ya he mencionado: la centralidad del hombre, una solidaridad eficaz, la apertura al mundo, la búsqueda de la paz y el desarrollo, la apertura al futuro. A quien gobierna le corresponde discernir los caminos de la esperanza, identificar los procesos concretos para hacer que los pasos realizados hasta ahora no se dispersen, sino que aseguren un camino largo y fecundo.
Europa encuentra de nuevo esperanza cada vez que pone al hombre en el centro y en el corazón de las instituciones. Considero que esto implica la escucha atenta y confiada de las instancias que provienen tanto de los individuos como de la sociedad y de los pueblos que componen la Unión. Desgraciadamente, a menudo se tiene la sensación de que se está produciendo una «separación afectiva» entre los ciudadanos y las Instituciones europeas, con frecuencia percibidas como lejanas y no atentas a las distintas sensibilidades que constituyen la Unión. Afirmar la centralidad del hombre significa también encontrar el espíritu de familia, con el que cada uno contribuye libremente, según las propias capacidades y dones, a la casa común. Es oportuno tener presente que Europa es una familia de pueblos[14] y, como en toda buena familia, existen susceptibilidades diferentes, pero todos podrán crecer en la medida en que estén unidos. La Unión Europea nace como unidad de las diferencias y unidad en las diferencias. Por eso las peculiaridades no deben asustar, ni se puede pensar que la unidad se preserva con la uniformidad. Esa unidad es más bien la armonía de una comunidad. Los padres fundadores escogieron precisamente este término como punto central de las entidades que nacían de los Tratados, acentuando el hecho de que se ponían en común los recursos y los talentos de cada uno. Hoy la Unión Europea tiene necesidad de redescubrir el sentido de ser ante todo «comunidad» de personas y de pueblos, consciente de que «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas»,[15] y por lo tanto «hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos»[16]. Los Padres fundadores buscaban aquella armonía en la que el todo está en cada una de las partes, y las partes están ―cada una con su originalidad― en el todo.
Europa vuelve a encontrar esperanza en la solidaridad, que es también el antídoto más eficaz contra los modernos populismos. La solidaridad comporta la conciencia de formar parte de un solo cuerpo, y al mismo tiempo implica la capacidad que cada uno de los miembros tiene para «simpatizar» con el otro y con el todo. Si uno sufre, todos sufren (cf. 1 Co 12,26). Por eso, hoy también nosotros lloramos con el Reino Unido por las víctimas del atentado que ha golpeado en Londres hace dos días.  La solidaridad no es sólo un buen propósito: está compuesta de hechos y gestos concretos que acercan al prójimo, sea cual sea la condición en la que se encuentre. Los populismos, al contrario, florecen precisamente por el egoísmo, que nos encierra en un círculo estrecho y asfixiante y no nos permite superar la estrechez de los propios pensamientos ni «mirar más allá». Es necesario volver a pensar en modo europeo, para conjurar el peligro de una gris uniformidad o, lo que es lo mismo, el triunfo de los particularismos. A la política le corresponde esa leadership ideal, que evite usar las emociones para ganar el consenso, para elaborar en cambio, con espíritu de solidaridad y subsidiaridad, políticas que hagan crecer a toda la Unión en un desarrollo armónico, de modo que el que corre más deprisa tienda la mano al que va más despacio, y el que tiene dificultad se esfuerce para alcanzar al que está en cabeza.
Europa vuelve a encontrar esperanza cuando no se encierra en el miedo de las falsas seguridades. Por el contrario, su historia está fuertemente marcada por el encuentro con otros pueblos y culturas, y su identidad «es, y siempre ha sido, una identidad dinámica y multicultural».[17] En el mundo hay interés por el proyecto europeo. Así ha sido desde el primer momento, como demuestra la multitud que abarrotaba la plaza del Campidoglio y los mensajes de felicitación que llegaban de otros Estados. Aún más interés hay hoy, empezando por los Países que piden entrar a formar parte de la Unión, como también de los Estados que reciben las ayudas que, con gran generosidad, se les ofrecen para afrontar las consecuencias de la pobreza, de las enfermedades y las guerras. La apertura al mundo implica la capacidad de «diálogo como forma de encuentro»[18] a todos los niveles, comenzando por el que existe entre los Estados miembros y entre las Instituciones y los ciudadanos, hasta el que se tiene con los muchos inmigrantes que llegan a las costas de la Unión.  No se puede limitar a gestionar la grave crisis migratoria de estos años como si fuera sólo un problema numérico, económico o de seguridad. La cuestión migratoria plantea una pregunta más profunda, que es sobre todo cultural. ¿Qué cultura propone la Europa de hoy? El miedo que se advierte encuentra a menudo su causa más profunda en la pérdida de ideales. Sin una verdadera perspectiva de ideales, se acaba siendo dominado por el temor de que el otro nos cambie nuestras costumbres arraigadas, nos prive de las comodidades adquiridas, ponga de alguna manera en discusión un estilo de vida basado sólo con frecuencia en el bienestar material.  Por el contrario, la riqueza de Europa ha sido siempre su apertura espiritual y la capacidad de platearse cuestiones fundamentales sobre el sentido de la existencia. La apertura hacia el sentido de lo eterno va unida también a una apertura positiva, aunque no exenta de tensiones y de errores, hacia el mundo. En cambio, parece como si el bienestar conseguido le hubiera recortado las alas, y le hubiera hecho bajar la mirada. Europa tiene un patrimonio moral y espiritual único en el mundo, que merece ser propuesto una vez más con pasión y renovada vitalidad, y que es el mejor antídoto contra la falta de valores de nuestro tiempo, terreno fértil para toda forma de extremismo. Estos son los ideales que han hecho a Europa, la «península de Asia» que de los Urales llega hasta el Atlántico.
Europa vuelve a encontrar esperanza cuando invierte en el desarrollo y en la paz. El desarrollo no es el resultado de un conjunto de técnicas productivas, sino que abarca a todo el ser humano: la dignidad de su trabajo, condiciones de vida adecuadas, la posibilidad de acceder a la enseñanza y a los necesarios cuidados médicos. «El desarrollo es el nuevo nombre de la paz»,[19] afirmaba Pablo VI, puesto que no existe verdadera paz cuando hay personas marginadas y forzadas a vivir en la miseria. No hay paz allí donde falta el trabajo o la expectativa de un salario digno. No hay paz en las periferias de nuestras ciudades, donde abunda la droga y la violencia.
Europa vuelve a encontrar esperanza cuando se abre al futuro. Cuando se abre a los jóvenes, ofreciéndoles perspectivas serias de educación, posibilidades reales de inserción en el mundo del trabajo. Cuando invierte en la familia, que es la primera y fundamental célula de la sociedad. Cuando respeta la conciencia y los ideales de sus ciudadanos. Cuando garantiza la posibilidad de tener hijos, con la seguridad de poderlos mantener. Cuando defiende la vida con toda su sacralidad.

viernes, 24 de marzo de 2017

La Tienda de Cáritas lanza un nuevo catálogo de vestidos de Comunión, con las últimas tendencias y los mejores tejidos a unos precios sin competencia. Una bonita oportunidad para que tu hija pueda recibir su Primera Comunión con un vestido realizado por personas que necesitan nuestro apoyo. Los vestidos se realizan por encargo en Taller 99 una empresa de inserción promovida por la Fundación Labora y apoyada por Cáritas Madrid que ofrece formación tanto humana como social y profesional, a personas con dificultades de integración laboral. Taller 99 proporciona a estas personas un empleo remunerado y el apoyo constante de un equipo de profesionales. Se trata de enseñar a trabajar, trabajando. Aprovecha esta oportunidad para ayudar a los demás en un día muy especial para toda la familia. Puedes descargar el catálogo en www.caritasmadrid.org o visitando La Tienda de Cáritas de Madrid (Calle Orense 32. Madrid). Cáritas Madrid



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Los vestidos se realizan por encargo en Taller 99 una empresa de inserción promovida por la Fundación Labora y apoyada por Cáritas Madrid que ofrece formación tanto humana como social y profesional, a personas con dificultades de integración laboral. Taller 99 proporciona a estas personas un empleo remunerado y el apoyo constante de un equipo de profesionales. Se trata de enseñar a trabajar, trabajando.
Aprovecha esta oportunidad para ayudar a los demás en un día muy especial para toda la familia. Puedes descargar el catálogo en www.caritasmadrid.org o visitando La Tienda de Cáritas de Madrid (Calle Orense 32. Madrid).
Cáritas Madrid

Reconstruyendo la infancia



La mirada de este niño atraviesa. Es como un puñal que se clava en nuestras conciencias y que solivianta lo suficiente como para pararte a pensar en el mundo en el que vivimos en el que habitualmente, desde nuestra cómoda España, pasamos de largo por estos problemas que creemos nos quedan lejos para debatir –por ejemplo– y en sede parlamentaria, sobre cuestiones como si se debe cortar o no el rabo a los perros.
Tumbado sobre el suelo, contorsionado, parece que lo único que guarda la estabilidad en ese pequeño cuerpo es una mirada impropia de un niño. Su expresión deja ver con total nitidez el corazón de un menor cuya infancia ha sido interrumpida por la miseria humana y la codicia más despreciable. Como nuestro protagonista, hay más niños desperdigados por una ruinosa sala, que sin embargo para ellos es un palacio de la esperanza. Están delgados, desnutridos, agotados por el esfuerzo, por la esclavitud a la que han sido sometidos antes de que varias ONG, la mayoría católicas, les hayan rescatado de una vida que no les corresponde. Con los misioneros emprenden ahora el camino de la reinserción y la rehabilitación, de superar unas secuelas físicas y psicológicas profundas e imborrables: las de haber sido secuestrados o vendidos por sus padres por tan solo 30 euros, desesperados por la pobreza, quizás engañados por una falsa promesa de una vida mejor. La realidad es que se convierten en niños esclavos, con trabajos de sol a sol, sufriendo todo tipo de maltratos. Es el pan nuestro de cada día en África occidental, la zona del mundo con más niños traficados.
Hay 150 millones de niños así. No es solo una cifra. Son niños, inocentes que debían estar jugando, riendo, soñando, aprendiendo… Cada año mueren por esta moderna esclavitud 22.000 de ellos. Poca pérdida para las mafias de trata de personas, que ganan 150.000 millones de dólares al año, un negocio ilegal solo superado por el tráfico de drogas y de armas. Conviene mirar a este niño, como él parece mirarnos en la foto, y a muchos otros que se pueden ver en Zaragoza en la exposición de la periodista Ana Palacios titulada Niños Esclavos. La puerta de atrás, un extraordinario trabajo de sensibilización que nos hará mirar la realidad con otros ojos.
Pedro J. Rabadán
Alfa y Omega

Un Madrid '24 horas' se rinde ante la misericordia de Dios.


La Iglesia en Madrid recoge el testigo del Papa Francisco y se une a la jornada de oración 24 horas para el Señor, impulsada por el Santo Padre para ofrecer un espacio de adoración eucarística, renovar el encuentro con Cristo vivo en su Palabra y revivir el sacramento de la Penitencia.
Emplazada para este viernes y sábado, días 24 y 25 de marzo, y organizada por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, se convoca en la víspera del IV Domingo de Cuaresma con el lema Misericordia quiero. De esta manera, diferentes templos de Madrid abren sus puertas para combatir la indiferencia que, en palabras del Papa, «impide salir al encuentro de las necesidades materiales y espirituales de una sociedad que», en demasiadas ocasiones, «anquilosa el espíritu»: 
- Basílica de la Concepción
La basílica de la Concepción de Nuestra Señora (c/Goya, 26) celebrará el encuentro de oración 24 horas con el Señor desde las 09:00 horas de este viernes 24, hasta las 19:30 horas del sábado 25 de marzo. (Leer más)
- Monasterio de la Encarnación
La iglesia del Real Monasterio de la Encarnación (Plaza de la Encarnación, s/n) abrirá sus puertas este viernes, 24 de marzo. En el templo, habrá exposición del Santísimo desde las 08:00 hasta las 14:00 horas y desde las 17:00 hasta las 20:00 horas, así como sacerdotes para impartir el sacramento de la Reconciliación. (Leer más)
- Parroquia San Alfonso María de Ligorio
Respondiendo a la petición del Papa Francisco, la parroquia San Alfonso María de Ligorio (c/de Escalona, 109) también celebrará las 24 horas para el Señor. Arrancarán este viernes, 24 de marzo, con un retiro cuaresmal que empezará a las 19:30 horas, después de la Eucaristía. A su término, dará comienzo la adoración eucarística, la oración personal y el sacramento de la Reconciliación (Leer más)
- San Lucas Evangelista (Villanueva del Pardillo)
La parroquia San Lucas Evangelista, de Villanueva del Pardillo, desarrollará la jornada desde este viernes 24 hasta el sábado 25 de marzo, en la capilla del Santísimo de la parroquia. Comenzará a las 19:00 horas del viernes y concluirá a las 18:30 horas del sábado (Leer más)
- Nuestra Señora de la Misericordia
Las parroquias de la vicaría IV participarán este fin de semana, días 24 y 25 de marzo, en las 24 horas de adoración para el Señor que se van a desarrollar en la parroquia Nuestra Señora de la Misericordia (c/Arroyo del Olivar, 100). La jornada dará comienzo a las 19:30 horas del viernes, con una celebración de la Eucaristía, hasta el sábado, a las 18:00 horas. (Leer más)
- Basílica de La Milagrosa
La basílica parroquia de la Milagrosa (c/García Paredes, 45) se une, también, a la iniciativa para el Señor. Así, durante 24 horas, la iglesia estará abierta y con un grupo en oración, con un programa que comenzará a las 18:00 horas de este viernes, día 24, hasta el sábado 25, a las 18:00 horas (Leer más)

Infomadrid / Carlos González

El Papa anuncia la canonización de los pastorcitos semanas antes de su viaje a Fátima

Jacinta y Francisco Marto, dos de los tres pastorcitos que presenciaron, hace ahora cien años, las apariciones de la Virgen María en Fátima, serán canonizados. Según ha aprobado hoy el Papa Francisco durante una audiencia con el cardenal Angelo Amato, los dos niños (que murieron poco después de las apariciones), subirán a los altares. El anuncio se produce semanas antes del viaje papal a Portugal.
La Santa Sede ha informado de la aprobación de un milagro atribuido a la intercesión de ambos niños, la curación de un pequeño brasileño. Jacinta y Francisco fueron beatificados el 13 de mayo de 2000 por el papa Juan Pablo II. Ahora, el lugar y fecha para la canonización será decidida por los cardenales reunidos en el Vaticano en consistorio, el 20 de abril, poco antes del viaje del Papa por el centenario de las apariciones, el próximo 12 y 13 de mayo. Así, podría darse la circunstancia de que sea el propio Francisco quien presida su canonización en el santuario mariano.
Los dos pequeños presenciaron las apariciones de la Virgen, entre mayo y octubre de 1917, junto a su prima Lucía, que fue la única que sobrevivió, convirtiéndose en religiosa y atesorando el famoso "tercer secreto de Fátima", que únicamente revelaba a cada Papa elegido.
El primer secreto era la muerte prematura de dos de los niños, y el segundo versaba sobre el final de la Primera Guerra Mundial, el inicio de la Segunda y el fin del comunismo. La tercera parte, la que más especulaciones desató, se conoció durante el último viaje de Juan Pablo II a Fátima, el 13 de mayo de 2000, para beatificar a Jacinta y Francisco. Se predecía el asesinato de un "obispo vestido de blanco" mientras atravesaba una gran ciudad, en lo que la Iglesia consideraba una profecía del atentado sufrido por Juan Pablo II en 1981, cuando fue tiroteado por el terrorista turco Ali Agca.