lunes, 13 de marzo de 2017

El riesgo de la fe


Génesis 12, 1-4: “Deja tu país, para ir a la tierra que Yo te mostraré”
Salmo 32: “Señor, ten misericordia de nosotros”
Timoteo 1, 8-10: “Dios nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida”
San Mateo 17, 1-9: “Su rostro se puso resplandeciente como el sol”

Son como esas raras perlas que se encuentran con gran dificultad pero que hacen que el buscador renueve su optimismo y se enfrente a los obstáculos con mayor dedicación. Con ingenuidad el grupito de catequistas me platican sus proyectos y sus ilusiones para transformar su comunidad. No les importa que estén circundados de narcotraficantes, no les atemoriza que ya a alguno de ellos lo hayan amenazado, no se doblegan por las dificultades. Se sienten llamados por el Señor y no están dispuestos a renunciar a sus sueños. “Nosotros vivimos una experiencia de comunidad, de ayuda y de respeto a la naturaleza y ahora lo tenemos que recobrar. Ese sueño no se aparta de nuestras mentes. Si Abraham se levantó y tuvo fe, cuando no tenía nada, nosotros que ya hemos tenido una probadita no nos vamos a desanimar”. Disposición, fe decidida y un compromiso grande con Dios.
¿Qué es más difícil: iniciar o reconstruir? Cuaresma es el tiempo de conversión, de cambio, de renovación. Hay quien mira la Cuaresma como una larga estación que nos frena y nos pone en pausa, pero las lecturas de este día nos manifiestan todo lo contrario y nos la presentan como la búsqueda entusiasta, la inquietud constante, el estar siempre en tensión hacia un objetivo: el verdadero encuentro con Dios y con su Reino. Desde las palabras dirigidas por Dios a Abram, exigiendo que deje su país y sus parientes, pasando por las recomendaciones de Pablo a Timoteo que le recuerda que Dios nos ha llamado para que le consagremos la vida, hasta las palabras de Jesús a sus discípulos que no les permite que se queden sólo en la contemplación, sino que les ordena: “Levántense”, todo es una dinámica de búsqueda e inquietud que debe inflamar el espíritu del creyente. Parecería que Dios tiene una especial predilección por las palabras que mueven y motivan: “Deja tu casa”, “Síganme”, “Levántense”. Y nosotros que siempre buscamos las seguridades, que nos aferramos a nuestras posesiones, que nos encadenamos a nuestras ideas. Todas las palabras de este día parecerían querer infundirnos un entusiasmo que desinstale, nos ponga en marcha y en búsqueda.
Quien escucha la primera lectura y contempla a Abram instalado en su territorio, con sus posesiones y su parentela, difícilmente entiende que se entusiasme y que dejándolo todo, se lance en búsqueda de la tierra prometida, sostenido solamente por las palabras de un Dios que lo ha puesto en camino. Va en búsqueda de una tierra nueva y sólo lo sostiene su fe. Es modelo de todo cristiano que debe ponerse en movimiento y buscar el ideal manifestado por el encuentro con Dios. Hoy el hombre moderno, que se dice más libre que nunca, se descubre abotagado de bienes y de falsas ilusiones, que lo han hecho sacrificar la libertad, la conciencia y la autenticidad. No miramos las estrellas porque le tememos a la oscuridad y al riesgo del campo abierto, y preferimos permanecer resguardados en nuestras cuatro paredes. Es cierto, hay muchos riesgos en el camino pero se están buscando nuevos ideales. No nos es lícito permanecer indiferentes y acomodados, mientras el Señor nos invita a construir una casa para todos, a buscar una nueva tierra de hermanos. El verdadero cristiano se descubre por su entusiasmo y su ardor, por su fervor y dedicación al escuchar la Palabra que lo invita y lo desinstala. Es el hombre de fe que cree en el Dios de las promesas y que en Él pone toda su esperanza.
Jesús reta a sus discípulos para que tengan fe. No es la fe que protege y cubre como un manto, es la fe que acepta el riesgo y la aventura. Igual que Abram que deja sus cosas y toma la fe como su brújula y estrella, que abandona sus razones terrenas y se fía de las promesas, ahora Jesús pide a sus discípulos una nueva aventura en la construcción de su Reino. Al anunciar su pasión y su muerte, les ha puesto nuevas y radicales condiciones en su seguimiento. Mas no los deja en la oscuridad y les permite atisbar las razones de estas exigencias. Al transfigurarse, Dios mismo es quien habla y quien da su palabra para confirmar el camino de Jesús. La Transfiguración es un acontecimiento que busca animar y reorientar a los discípulos tan dispuestos a la búsqueda de los primeros lugares y tan reacios a la cruz. Manifiesta la gloria de Jesús y anticipa su victoria sobre la cruz. Pero la Transfiguración no tiene la intención de adormecer a los discípulos o asegurarles un triunfo terreno. Cuando Pedro, en el éxtasis de la contemplación, propone permanecer en las alturas, contemplando el triunfo de Jesús, es despertado bruscamente e invitado a levantarse sin temor. La Transfiguración devela el sentido misterioso y profundo de la vida de Jesús, pero de ninguna manera permite a los discípulos que se queden en contemplaciones y que abandonen la cruz. Deben volver a la realidad. Y es también la realidad del discípulo actual: no puede permanecer indiferente en la altura de la montaña. Puede subir a la montaña para llenarse de Dios, para discernir y descubrir su voluntad, para llenar su corazón de entusiasmo, pero no para alejarse de su compromiso frente a los hermanos.
El camino de la resurrección siempre pasa por el camino de la cruz y la Transfiguración nos descubre su verdadero sentido. La voz venida del cielo ordena a los discípulos que se fíen de la palabra de Jesús: “Éste es mi Hijo… escúchenlo”. Así, confiados en la Palabra, encontrarán la fuerza para bajar del monte y recorrer con el maestro el camino de la cruz. También para nosotros está dirigido el mensaje de Jesús: no puede ser verdadero discípulo quien se aísla de los hermanos, quien se instala cómodamente en la vida y tranquiliza su conciencia con visiones espiritualistas. Alejarse del compromiso con los hermanos y evadir el servicio a los más necesitados no es experiencia verdaderamente cristiana. La única forma de escuchar a Jesús es siguiendo su mismo camino: caminar y aprender con Jesús; caminar y ver con Jesús; caminar y descubrir el rostro de Jesús en los hermanos. Pedro, que ha descubierto la gloria y se ha extasiado en la contemplación, tiene ahora más razones para seguir a Jesús pero no para quedarse adormilado.
Subamos a la montaña con Jesús, contemplemos la transformación y belleza de su rostro, escuchemos la voz del Padre y después levantémonos dispuestos a cargar la cruz con Jesús. Nos pone el ideal para que no nos perdamos en el camino, nos enseña el rostro resplandeciente de Jesús, pero después nos invita a que lo acompañemos en la marcha de cada día, en el trabajo con los hermanos, en la carga cotidiana de la cruz.
Señor, Padre Santo, que nos mandas escuchar a tu amado Hijo, despiértanos de nuestras indiferencias y purifica nuestros ojos para que al contemplar a Cristo glorioso nos comprometamos a descubrir su rostro en cada uno de nuestros hermanos. Amén.

Enrique Díaz Díaz

Zenit

Presentan el logotipo del viaje de Francisco a Colombia: «Demos el primer paso»


Al mismo tiempo que en la Oficina de prensa de la Santa Sede se daba a conocer el anuncio de la visita del papa Francisco a Colombia, del 6 al 11 de septiembre próximos, visitando las ciudades de Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena, en la sede de la Conferencia Episcopal Colombiana se realizó una rueda de prensa en la que fue presentado el logotipo del viaje apostólico.
En la imagen oficial se invita a los colombianos a que «demos el primer paso» para alcanzar la reconciliación y la paz.
La presentación estuvo a cargo monseñor Fabio Suescún Mutis, obispo castrense y responsable, por parte de la Iglesia, del Comité de la preparación para la visita del Santo Padre. El obispo explicó que con esta imagen la Iglesia propone a los colombianos ser misioneros de la reconciliación.
«La visita del Papa Francisco es un momento de gracia y alegría para soñar con la posibilidad de transformar nuestro país y dar el primer paso. El Santo Padre, es un misionero para la reconciliación. Su presencia nos ayudará a descubrir que sí es posible volver a unirnos como nación para así aprender a mirarnos de nuevo con ojos de esperanza y misericordia», explicó el obispo.
En la imagen, que tiene como fondo los colores del Vaticano – amarillo y blanco-, el Santo Padre camina para dar el paso y comenzar a construir y soñar; porque todo cambio comienza con la conversión del corazón, todo cambio necesita un momento para volver a encontrarnos y es un momento en nuestra historia para descubrirnos como país, que se refleja en la figura precolombina colombiana.
En este marco, dar el primer paso significa reconocer el sufrimiento de otros, perdonar a quienes nos han herido, volvernos a encontrar como colombianos, entender el dolor de los que han sufrido, sanar nuestro corazón, descubrir el país que se esconde detrás de las montañas y construir un país en paz.
«Dar el primer paso, es volver a acercarnos a Jesús, volver a encontrarnos con el amor de nuestras familias, desarmar las palabras con nuestro prójimo y tener compasión con quienes han sufrido», aseguró monseñor Fabio Suescún Mutis.
Zenit

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO DE HOY:




“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado el pasaje del Evangelio de Lucas: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo» (v. 36)... Nos preguntamos: ¿Qué significa para los discípulos ser misericordiosos? Esto es explicado por Jesús con dos verbos: «perdonar» (v. 37) y «donar» (v. 38).

La misericordia se expresa, sobre todo, con el perdón: no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados» (v. 37). Jesús no pretende alterar el curso de la justicia humana, no obstante, recuerda a los discípulos que para tener relaciones fraternales es necesario suspender los juicios y las condenas. 

Precisamente el perdón es el pilar que sujeta la vida de la comunidad cristiana, porque en él se muestra la gratuidad del amor con el cual Dios nos ha amado en primer lugar. ¡El cristiano debe perdonar! pero ¿Por qué? Porque ha sido perdonado. 

Todos nosotros hemos sido perdonados. Ninguno de nosotros, en su propia vida, no ha tenido necesidad del perdón de Dios. Y para que nosotros seamos perdonados, debemos perdonar. Lo recitamos todos los días en el Padre Nuestro: «Perdona nuestros pecados; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Es decir, perdonar las ofensas, perdonar tantas cosas, porque nosotros hemos sido perdonados por muchas, muchas ofensas, por muchos pecados. 

Y así es fácil perdonar: si Dios me ha perdonado ¿Por qué no debo perdonar a los demás? ¿Soy más grande que Dios? Este pilar del perdón nos muestra la gratuidad del amor de Dios, que nos ha amado en primer lugar. 

Juzgar y condenar al hermano que peca es equivocado. No porque no se quiera reconocer el pecado, sino porque condenar al pecador rompe el lazo de fraternidad con él y desprecia la misericordia de Dios, que por el contrario no quiere renunciar a ninguno de sus hijos. 

No tenemos el poder de condenar a nuestro hermano que se equivoca, no estamos por encima de él: tenemos más bien el deber de devolverlo a la dignidad de hijo del Padre y de acompañarlo en su camino de conversión.

A su Iglesia, a nosotros, Jesús indica un segundo pilar: «donar». Perdonar es el primer pilar; donar es el segundo pilar. «Dad y se os dará: [...] Porque con la medida con que midáis se os medirá» (v. 38). 

Dios dona mucho más allá de nuestros méritos, pero será todavía más generoso con cuantos en la tierra hayan sido generosos. Jesús no dice qué ocurrirá a quienes no donan, pero la imagen de la «medida» constituye una advertencia: con la medida del amor que damos, somos nosotros mismos los que decidimos cómo seremos juzgados, cómo seremos amados. 

Si miramos bien, hay una lógica coherente: en la medida en la cual se recibe de Dios, se dona al hermano, y en la medida en la cual se dona al hermano, ¡se recibe de Dios!

El amor misericordioso es por eso, el único camino que hay que recorrer. Cuánta necesidad tenemos todos de ser un poco más misericordiosos, de no hablar mal de los demás, de no juzgar, de no «desplumar» a los demás con las críticas, con las envidias, con los celos. Debemos perdonar, ser misericordiosos, vivir nuestra vida en el amor”. 

...Pero no se olviden de esto: misericordia y don; perdón y don. Así el corazón se ensancha, se ensancha el amor. En cambio el egoísmo, la rabia, empequeñecen el corazón, que se endurece como una piedra. ¿Qué preferís? ¿Un corazón de piedra o un corazón lleno de amor? Si preferís un corazón lleno de amor, ¡sed misericordiosos!”

(Papa Francisco, catequesis del 21 de septiembre de 2016)

EVANGELIO DE HOY: LA MEDIDA QUE USÉIS, LA USARÁN CON VOSOTROS



Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,36-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

«Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. 

La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

Vamos a misa


Contaba el Padre Estanislao, de los Sagrados Corazones, que un día, en un pequeño pueblo de Luxemburgo, estaba un capitán de guardias forestales en animada conversación con un carnicero, cuando llegó una mujer anciana. Ella le pidió al carnicero que le diera gratis un pedazo de carne para la comida, pues no tenía dinero para pagarle. Solamente le prometió rezar por él en la Misa adonde iba.

El carnicero le dijo:

- “Muy bien, usted va a Misa a rezar por mí. Cuando vuelva le daré tanta carne cuanto pese la Misa.”

La anciana se fue a la Misa y después de una hora regresó. El carnicero, al verla, le dijo:

- “Vamos a ver, voy a escribir en un pedazo de papel: ‘Usted asistió a Misa por mí’. Le daré tanta carne cuanto pese este papel.”

El carnicero puso un pedacito de carne, pero pesaba más el papel. Después, puso un hueso grandecito y lo mismo. Colocó un pedazo grande de carne y el papel pesaba más. A estas alturas, ya no se reía el carnicero. El capitán, que estaba presente, estaba admirado de lo que veía. El carnicero, miró su balanza a ver si estaba en buenas condiciones, pero todo estaba bien. Entonces, colocó una pierna entera de cordero, pero el papel pesaba mucho más.

Esto fue suficiente para el carnicero. Allí mismo se convirtió y le prometió a la buena mujer que todos los días hasta su muerte le daría una ración diaria de carne, incluida la pierna de cordero que había puesto en la balanza.

En cuanto al capitán, también Dios tocó su corazón y a partir de ese día iba a Misa todos los días. Con su buen ejemplo y sus oraciones, dos de sus hijos llegaron a ser sacerdotes, uno de ellos jesuita y otro de los Sagrados Corazones.

El Padre Estanislao terminó este relato, diciendo que él era ese religioso de los Sagrados Corazones y que su padre era el capitán que había visto con sus propios ojos que la Misa pesa y vale más que todo lo que hay en el mundo.

Deberíamos asistir a la Misa cada día para recibir las inmensas bendiciones que Dios nos tiene preparadas, como lo hacían los primeros cristianos (Hechos 2, 46). Pero, al menos, no debemos perdernos nunca la Misa del domingo, pues el domingo es el día del Señor, el día de los cristianos, el día de la fe, el día de la Iglesia y de la fraternidad universal.

Francisco: "En vez de hablar del pecado ajeno, reconozcamos el nuestro y a Él, que se hizo pecado por nosotros"


 Visita del Papa a la parroquia de Santa Maddalena di Canossa, en la periferia norte de Roma. Francisco ha querido recordar en el sermón de la misa que celebró allí el rostro brillante de Jesucristo en la transfiguración y resurrección, pero también el rostro desfigurado que asumió en su Pasión, cuando "se hizo pecado por nosotros". Semejanza que nos ayuda a fijarnos en los pecados propios en vez de en los de los demás.
La celebración de la misa comenzó con una sentida rendición del himno "Cantemos al Señor", con guitarras y voces de todas las edades. La primera lectura -la del día, de Génesis- de la llamada a Abram: "Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré". El salmo, el 32: "Muéstrate bondadoso con nosotros, puesto que en ti, Señor, hemos confiado".
La segunda fue de la segunda carta a Timoteo: "Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente".
La aclamación antes del Evangelio, del episodio de la transfiguración: "A la nube luminosa sube mi hijo".
La transfiguración de Jesús, dijo el Papa en su sermón, es uno de los dos episodios en el Evangelio que se refieren a la belleza de Jesús. Una belleza "brillante, llena de alegría y de vida". La perícopa de hoy remite a la de la resurrección, momento en que Jesús "tendrá la misma cara brillante".
Pero, ¿qué más podemos decir sobre esta conexión entre transfiguración y resurrección? La otra transformación a la que el Señor tendrá que someterse revelará una cara más fea que la del episodio de hoy. "Una cara fea, desfigurada, torturada, despreciada, sangrada". "Jesús es Dios y el Padre se complace en él", afirmó Francisco, pero eso no evita el que "se humilló a sí mismo para salvarnos". Para explicar el concepto, el Papa quiso usar "una palabra fuerte, quizás de las más fuertes del Nuevo Testamento: se hizo pecado por nosotros". "Él pagó por todos nosotros: Jesús se convirtió en la maldición de Dios por nosotros", explicó.
"El pecado es una bofetada a Dios", continuó exclamando el Papa: concepto del que tenemos que acostumbrarnos a hablar con más frecuencia. Hablamos del pecado en el contexto de la confesión, cuando nos acordamos de que Jesús lo asumió por nosotros, pero además de este hábito hemos caído en la tentación de "hablar del pecado ajeno". "En vez de hablar del pecado ajeno", propuso el Papa, no es que tengamos que hacernos pecados a nosotros mismos, pero sí "reconocer el nuestro y Él que se hizo pecado" por nosotros.
Francisco concluyó su homilía perfilando "el camino hacia la Pascua con la seguridad de la transfiguración". "Seguir adelante y fijarnos en esta cara radiante que será la misma que encontraremos en el cielo, esta cara que fue hecha pecado".
"Esta contemplación de las dos caras nos anima a seguir adelante en la vida cristiana", animó Francisco. "A pedir perdón por nuestros pecados, no pecar tanto, tener fe. Porque siempre está dispuesto a perdonarnos y sólo tenemos que pedir".
(C.D./Agencias)

domingo, 12 de marzo de 2017

Ángelus del Papa: el Señor nos indica hacia dónde lleva la cruz


Queridos hermanos y hermanas. ¡buenos días!
El Evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos presenta el relato de la Transfiguración de Jesús (Cfr. Mt 17, 1-9). Llevados aparte a tres de los Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, Él subió con ellos a un monte elevado, y allí se produjo este fenómeno peculiar: el rostro de Jesús “resplandeció como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz” (v. 2). De este modo el Señor hizo resplandecer en su misma persona aquella gloria divina que se podía entender con la fe en su predicación y en sus gestos milagrosos. Y a la transfiguración se acompaña, en el monte, la aparición de Moisés y Elías, “que hablaban con Él” (v. 3).
La “luminosidad” que caracteriza este evento extraordinario simboliza su finalidad: iluminar las mentes y los corazones de los discípulos, a fin de que puedan comprender claramente quién es su Maestro. Es un destello de luz que se abre improvisamente sobre el misterio de Jesús e ilumina toda su persona y toda su vicisitud.
Ya decididamente encaminado hacia Jerusalén, donde deberá padecer la condena a muerte por crucifixión, Jesús quiere preparar a los suyos a este escándalo – el escándalo de la cruz –  a este escándalo demasiado fuerte para su fe y, al mismo tiempo, preanunciar su resurrección, manifestándose como el Mesías, el Hijo de Dios.
Y Jesús los prepara para aquel momento triste y de tanto dolor. En efecto, Jesús se estaba demostrando un Mesías diverso con respecto a las expectativas, a lo que ellos se imaginaban sobre el Mesías, a cómo debería ser el Mesías, un Mesías diferente con respecto a las expectativas: no un rey poderoso y glorioso, sino un siervo humilde y desarmado; no un señor de gran riqueza, signo de bendición, sino un hombre pobre que no tiene donde posar la cabeza; no un patriarca con descendencia numerosa, sino un célibe sin casa y sin nido. Es verdaderamente una revelación de Dios invertida y el signo más desconcertante de este escandaloso cambio es la cruz. Pero precisamente a través de la cruz Jesús llegará a la gloriosa resurrección, que será definitiva, no como esta transfiguración que duró un momento, un instante.
Jesús transfigurado en el monte Tabor ha querido mostrar a sus discípulos su gloria, no para evitarles que pasen a través de la cruz, sino para indicar hacia dónde lleva la cruz. El que muere con Cristo, con Cristo resucitará. Y la cruz es la puerta de la resurrección. El que lucha junto a Él, con Él triunfará. Éste es el mensaje de esperanza que contiene la cruz de Jesús, exhortando a la fortaleza en nuestra existencia. La Cruz cristiana no es un adorno de la casa o un ornamento que ponerse, sino que la cruz cristiana es  una llamada al amor con la que Jesús se ha sacrificado para salvar a la humanidad del mal y del pecado.
En este tiempo de Cuaresma, contemplamos con devoción la imagen del crucificado, Jesús en la cruz: es el símbolo de la fe cristiana, es el emblema de Jesús, muerto y resucitado por nosotros. Hagamos de modo que la Cruz marque las etapas de nuestro itinerario cuaresmal para comprender cada vez más la gravedad del pecado y el valor del sacrificio con el cual el Redentor nos ha salvado, a todos nosotros.
La Virgen Santa ha sabido contemplar la gloria de Jesús escondida en su humanidad. Que Ella nos ayude a estar con Él en la oración silenciosa, y a dejarnos iluminar por su presencia, para llevar en el corazón, a través de las noches más oscuras, un reflejo de su gloria.
(from Vatican Radio)

TRANSFIGURACIÓN


No es indiferente que la Iglesia escoja para el segundo domingo de Cuaresma el relato de la Transfiguración de Jesús. Con ello intenta aplicar la misma pedagogía que tuvo el Maestro con sus discípulos más íntimos, cuando se los llevó a un monte alto y su rostro resplandecía de luz, y sus vestidos tomaban el color de la gloria, blancos como ningún batanero los podía dejar,

El misterio de la Encarnación nos hace capaces de contemplar la belleza que contiene la materia, toda realidad, hasta incluso la Cruz, como gesto supremo de amor.

El monte de la Transfiguración es la escuela donde se aprende a ver con los ojos de Dios toda la historia. Jesús, en diálogo con Moisés y Elías, que simbolizan la ley y los profetas, envuelto en luz habla, de su próxima muerte, y anticipa a los apóstoles amigos el resplandor de la gloria, para que superen el dolor que les producirá el sufrimiento de la Pasión.
La belleza no consiste solo en expresar canónicamente la realidad a través de formas áureas, con la perfección estética de la medida y de la proporción. En muchos casos la belleza está sumergida en la hondura de la materia, en su posibilidad. Así el escultor, al ver un bloque de mármol en el que nadie quizá repara, ve ya el volumen susceptible de que en él se pueda esculpir la imagen más bella.


Al igual que el místico plasma en el icono la luz del misterio que ve en su corazón, también cabe el ejercicio del servicio amoroso y gratuito, la donación total de la persona en lo que hace de manera humilde, discreta y sencilla.

Sorprende que para que una obra de arte sea duradera tenga que estar soportada por materiales ocultos que resisten el transcurso del tiempo. No da igual el lienzo que sostiene la pintura, ni el bastidor que mantiene terso el lienzo, ni la cola que endurece, ni el barniz que fija el dibujo; apenas se ven, y lo que brilla y atrae es la figura plástica, que no habría subsistido sin los materiales que la sostienen. Me impresionó la observación de que un tapiz hermoso no es posible sin los nudos del envés que mantiene los hilos; pero nadie mira el tapiz por el reverso.
De alguna manera, en el Monte Alto, término que se corresponde con la expresión “levantado en alto”, Jesús nos enseña que la luz se mantiene con la cruz y que la cruz es el fundamento de la gloria. ¡Cuánto amor permanece oculto en las entrañas de una madre! ¡Cuánta ofrenda secreta en los monjes! ¡Qué desbordamiento de amor en el Crucificado! Iconos de la mayor belleza. Cada uno podemos transfigurar la realidad con el amor que pongamos en ella.
Ángel Moreno de Buenafuente

La unidad entre la cruz y la gloria


Con frecuencia se nos presenta la vida como un camino de lucha, en el que no está ausente la renuncia, el sufrimiento o el dolor. En el cristiano, esa dificultad puede encontrar sentido mirando a la cruz de Cristo. 
Sin embargo, no es este el mensaje predominante del Evangelio. Prueba de ello es el pasaje que hoy tenemos ante nosotros. Como si de repente la cruz desapareciera del horizonte, Jesús aparece transfigurado ante tres de sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan. ¿Qué sentido tiene, pues, este episodio en la primera parte de la Cuaresma? ¿No sería más indicado omitir las referencias a la gloria durante este período de penitencia? La respuesta a estos interrogantes está en que, en primer lugar, el ritmo de la Cuaresma no nos está ocultando nada del camino del Señor hacia la cruz. Pero, con todo, trata de situarlo en el conjunto del Misterio Pascual que nos preparamos a conmemorar. Si en el primer domingo el Evangelio nos presentaba a Jesús sufriendo la lucha de las tentaciones en el desierto, ahora estamos ante la luz del cuerpo del Señor transfigurado. Si hace ocho días nos fijábamos en la cruz, ahora nuestra mirada se dirige hacia la Resurrección y la gloria del Señor. En dos domingos se nos presenta el acontecimiento pascual, el paso de la muerte a la vida, a modo de estructura de la vida cristiana. Dado que forma una unidad en la fe, ha de presentarse también como un conjunto coherente en la liturgia.
El monte, lugar de la presencia de Dios
Como ocurre con frecuencia en el Evangelio, al ser plenitud de la Antigua Alianza, detectamos algunos elementos que manifiestan cierta continuidad con el Antiguo Testamento. En primer lugar, el monte como lugar de la presencia de Dios. En la mayoría de las religiones este enclave es considerado como el punto en el que el cielo toca la tierra. En la Antigüedad cada país tenía su montaña santa y la Biblia no es ajena a este pensamiento. No cabe duda, por lo tanto, de que la montaña es un sitio privilegiado para percibir la cercanía con Dios. Las Escrituras hacen constar que allí Dios se revela o recibe el culto de los hombres. Asimismo, nos remite a la salvación al fin de los tiempos, cuando todas las naciones acudirán al monte Sión. Junto con los apóstoles, se aparecen Moisés y Elías. No es casualidad, ya que ellos gozaron también de la revelación de Dios en lo alto de una montaña.
La novedad de la manifestación de Jesús
No obstante, hay varias diferencias entre estas revelaciones y la de ahora. En primer lugar, Jesús no recibe ninguna revelación: son los apóstoles quienes la reciben en Jesús. Con ello queda patente que para conocer al Padre es necesario conocer a Cristo. Él es ahora el verdadero profeta. Esto se muestra en la voz que se oye desde la nube: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco». Y continúa: «Escuchadlo». El libro del Deuteronomio lo había vaticinado en este versículo: «El Señor tu Dios suscitará en medio de tus hermanos un profeta como yo; a él lo escucharéis» (Dt 18, 15). En segundo lugar, a diferencia de otras revelaciones, Jesús no recibe ninguna misión. Ahora son los apóstoles los que reciben el mandato de Dios de escuchar a Jesucristo. A través de esta palabra comprendemos que la voluntad de Dios es la escucha y profundización en las enseñanzas del Señor.
Tras la subida y la escena del monte, los discípulos han de volver a la realidad. Es una manera de comprender que aunque conozcamos el final triunfante del camino y hayamos visto el esplendor de su gloria, no existe otro medio para alcanzarla más que la pasión y la cruz. Jesús quiere enseñarnos la gloria, pero también que no podemos aceptar la gloria sin aceptar el camino que lleva a ella.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid

Los cinco argumentos que tumban la propuesta de Podemos de suprimir la Misa en TVE


A Podemos no le gusta que Televisión Española retransmita cada domingo la Misa y por eso ha presentado en el Congreso de los Diputados una proposición no de ley –esas que si se aprueban suelen quedar en nada porque simplemente instan al Gobierno– para que se supriman y así «permanecer neutral, aconfesional y respetuosa con todas las creencias e ideologías de la ciudadanía». Dice, en su argumentación, que en nuestro país hay distintas ideologías y creencias y que no se puede privilegiar a una, como si la Iglesia católica fuese la única que dispusiese de un espacio en la televisión pública. No es así. Desde la implantación de las distintas confesiones en nuestro país, las televisiones públicas dedican espacios a los diferentes credos: tienen su espacio los musulmanes con Medina; los judíos, con Shalom; y los evangélicos, con Buenas noticias.
El programa El Día del Señor, que es como se llama la retransmisión de la Eucaristía, es, además, uno de los programas más antiguos de TVE y tiene su réplica en todos los países de nuestro entorno. De hecho, en ocasiones, la Eucaristía que se ofrece en nuestro país se toma de Eurovisión, pues algunos países las ofrecen a los demás. «Alguna vez, se han visto Misas desde Irlanda, Francia, Suiza u Holanda. De quitarla, los raros seríamos nosotros», afirma Francisco Javier Valiente, salesiano, subdirector de El Día del Señor.
Una de las variables que no ha tenido en cuenta Podemos a la hora de fijar su posición es que la Eucaristía en televisión cumple un servicio público de primer orden, pues permite a gente que no puede acercarse a una Iglesia –por enfermedad, movilidad…– para participar en la Eucaristía dominical puedan hacerlo. Y por esto tiene que ver también con el derecho a la libertad religiosa de las persona. «Los católicos también pagan los impuestos con los que se mantienen la televisión pública», explica Valiente. El salesiano no entiende la argumentación de la formación morada –dice que la televisión pública debe ser neutral– como si en los programas no se transmitieran ideologías: «Películas, publicidad, series, programas de entretenimiento, canciones… están transmitiendo creencias, formas de entender la vida, una visión del mundo, valores. Es lo que hace la televisión y cualquier medio de comunicación. Y no nos preguntan a la audiencia por ello. Habría que dejar solo la información sobre el tiempo. La televisión pública debe dar cabida a todos, también al hecho religioso, que forma parte de la vida de las personas y no solo de su ámbito privado, sino de la esfera pública».
Otra cuestión a tener en cuenta es la de las audiencias, pues la Misa suele ser el programa más visto en su franja horaria, de 10:30 a 11:30 horas, en La 2, donde se emite, y en relación con las demás cadenas generalistas. Cuando la segunda cadena de TVE suele marcar unos porcentajes de audiencia entre el 2,5 % y el 3 %, la eucaristía suele alcanzar el 7 %. De hecho, el 26 de febrero, por poner un ejemplo, un total de 354.000 espectadores se reunieron en torno a la Misa, lo que supuso un 7,7% de las personas que estaban enfrente de la televisión en ese momento. Una cifra superior al que consiguió otro programa con solera de ese mismo día, Estudio Estadio, que se emite en teledeporte por la noche. Aunque ese mismo día hubo programas con más audiencia –la mayoría solo unos miles por encima–, ninguno de ellos fue capaz de sumar una cuota de pantalla tan alta y que, en el conjunto del día, fue del 2,6 para la cadena.
Otro argumento a favor de la Misa en televisión es su coste, muy por debajo del de otros programas que, encima, tienen menos audiencias. Además, los programas religiosos, en este caso El Día del Señor, siguen siendo de producción propia, una de las exigencias de la formación morada para la cadena pública.
Es por todos estos argumentos –servicio público, libertad religiosa, audiencia, coste y producción– por los que no se entiende la propuesta que, casi con toda probabilidad, será rechazada. Para Javier Valiente, esta polémica puede servir para que los católicos «no demos todo por descontado». «Tenemos que hacer valer también nuestro derechos y movilizarnos para que sean respetados en una sociedad democrática, siempre con le diálogo y el respeto hacia otras opiniones, pero con la firmeza de la convicciones que defienden la pluralidad y la libertad», finaliza.
Fran Otero
Alfa yOmega

Escuchar a Jesús


El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente la «transfiguración de Jesús», lo ocupa una voz que viene de una extraña «nube luminosa», símbolo que se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios, que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta.
La voz dice estas palabras: «Este es mi Hijo, en quien me complazco. Escuchadlo». Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés o Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro «resplandeciente como el sol».
Pero la voz añade algo más: «Escuchadlo». En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los «diez mandamientos» de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: «Escuchad a Jesús». La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.
Al oír esto, los discípulos caen por los suelos «aterrados de miedo». Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios?
Entonces Jesús «se acerca, los toca y les dice: "Levantaos. No tengáis miedo"». Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: «Levántate, no tengas miedo».
Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre les resulta tal vez familiar, pero lo que saben de él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Y sin esa experiencia no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida.
Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia escucha siempre algo como esto:
«No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios.
Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor
de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto,
tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón».
En el libro del Apocalipsis se puede leer así: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa». Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Podemos abrirle la puerta o rechazarlo. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.
José Antonio Pagola

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (17,1-9) POR BENEDICTO XVI





“Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo se suele denominar de la Transfiguración, porque el Evangelio narra este misterio de la vida de Cristo. Él, tras anunciar a sus discípulos su pasión, «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17, 1-2). 

Según los sentidos, la luz del sol es la más intensa que se conoce en la naturaleza, pero, según el espíritu, los discípulos vieron, por un breve tiempo, un esplendor aún más intenso, el de la gloria divina de Jesús, que ilumina toda la historia de la salvación. 

San Máximo el Confesor afirma que «los vestidos que se habían vuelto blancos llevaban el símbolo de las palabras de la Sagrada Escritura, que se volvían claras, transparentes y luminosas» 

Dice el Evangelio que, junto a Jesús transfigurado, «aparecieron Moisés y Elías conversando con él» (Mt 17, 3); Moisés y Elías, figura de la Ley y de los Profetas. Fue entonces cuando Pedro, extasiado, exclamó: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17, 4). 

Pero san Agustín comenta diciendo que nosotros tenemos sólo una morada: Cristo; él «es la Palabra de Dios, Palabra de Dios en la Ley, Palabra de Dios en los Profetas». De hecho, el Padre mismo proclama: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». 

La Transfiguración no es un cambio de Jesús, sino que es la revelación de su divinidad, «la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz».

Pedro, Santiago y Juan, contemplando la divinidad del Señor, se preparan para afrontar el escándalo de la cruz, como se canta en un antiguo himno: «En el monte te transfiguraste y tus discípulos, en la medida de su capacidad, contemplaron tu gloria, para que, viéndote crucificado, comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciaran al mundo que tú eres verdaderamente el esplendor del Padre».

Queridos amigos, participemos también nosotros de esta visión y de este don sobrenatural, dando espacio a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios. Además, especialmente en este tiempo de Cuaresma, os exhorto, como escribe Pablo VI, «a responder al precepto divino de la penitencia con algún acto voluntario, además de las renuncias impuestas por el peso de la vida diaria».

Invoquemos a la Virgen María, para que nos ayude a escuchar y seguir siempre al Señor Jesús, hasta la pasión y la cruz, para participar también en su gloria”.
(Benedicto XVI, Ángelus del 20 de marzo de 2011)

LEVANTAOS, NO TEMÁIS



Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su Rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor

sábado, 11 de marzo de 2017

Pronto se podrá visitar nuevamente el Santo Sepulcro de Cristo en Jerusalén



A partir del 22 de marzo, los peregrinos que lo deseen podrán visitar la tumba de Cristo en la Basílica del Santo Sepulcro, en Jerusalén.
La tumba se encuentra en un pequeño templo conocido como Edículo construido en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro, en Jerusalén. La restauración de esta construcción similar a una capilla, era inaplazable si se quería conservar el lugar más importante de la cristiandad.
El lugar en el que fue depositado el cuerpo de Cristo después de la crucifixión esta en mal estado como consecuencia de una serie de movimientos sísmicos en 1927, y por la falta de las necesarias labores de mantenimiento durante décadas.
En mayo de 2016 comenzaron las obras de restauración con gran interés mediático, pues por primera vez se iba a sacar a la luz la losa de piedra sobre la que reposó el cuerpo de Cristo antes de la resurrección.
Diez meses más tarde, las obras han finalizado y los fieles podrán acudir nuevamente a rezar ante el Santo Sepulcro.
Desde el año 1947, la situación del Edículo era grave. Sus serias deficiencias estructurales obligaron a las autoridades británicas, que en aquel momento controlaban Jerusalén y Palestina, a instalar unas vigas de acero para evitar su derrumbe. Ahora, finalizada la restauración, esas vigas han sido retiradas.
La actuación de los restauradores ha permitido la consolidación del conjunto, incluyendo medidas para evitar posibles daños causados por movimientos sísmico y fuertes terremotos.
Una vez finalizadas las complicadas obras de consolidación de la estructura, las labores de restauración se concentrarán en el interior de la tumba: falta por instalar el nuevo sistema de ventilación, cambiar el techo y limpiar todo el interior.
El Edículo se construyó en el año 1801 después de que un incendio destruyera la estructura anterior. Las últimas obras de restauración realizadas en 1947 se vieron truncadas por la falta de acuerdo entre las tres comunidades cristianas que tienen la soberanía sobre la Basílica del Santo Sepulcro: ortodoxa, armenia y católica.
El statu quo de la Basílica obliga a que cualquier obra o cambio deba contar con el acuerdo de estas tres comunidades cristianas, algo que no siempre es posible.
En este sentido, se espera que la solemne reapertura de la Tumba de Cristo el 22 de marzo sea un importante evento ecuménico.
Sin embargo, aunque las intervenciones más urgentes se han realizado con éxito, para que la restauración sea duradera serán necesarios nuevos trabajos que permitan eliminar la humedad del suelo sobre el que se levanta el Edículo.
Para ello será necesario un nuevo consenso entre todas las comunidades cristianas de la Basílica.
La Basílica del Santo Sepulcro es un templo construido por los Cruzados en Jerusalén en el siglo XII sobre las ruinas de una basílica anterior construida por el emperador Constantino y destruida por los musulmanes en el año 1009. En su interior se conserva tanto el Santo Sepulcro como el lugar de la Crucifixión.
ACI/Miguel Pérez Pichel

Sed perfectos como vuestro Padre celestial


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 43-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
Palabra del Señor.