miércoles, 8 de febrero de 2017

Beatificación en Japón de Justo Takayama, 'El samurai de Cristo'


La Iglesia católica en Japón celebra hoy la beatificación de Justo Takayama Ukon (1552-1615), conocido como el 'Samurai de Cristo', un señor feudal que se convirtió al catolicismo y tuvo que huir del país a causa de su fe, renunciando a su estatus y riquezas.
La solemne ceremonia y Misa de beatificación se celebran en Osaka y será presidida por el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, y será retransmitida en directo por la televisión japonesa.
El Papa Francisco firmó el decreto de beatificación en enero de 2016 y la Iglesia japonesa se ha estado preparando durante todo un año para este evento que había pedido se celebrase en Japón.
Takayama nació en 1552, tres años después de la llegada de San Francisco Javier al Japón. Cuando tenía 12 años, su padres se convirtió al catolicismo, y Ukon fue bautizado también con el nombre de Justo por el padre jesuita Gaspare di Lella.
Los Takayama eran daimios, es decir, miembros de la clase señorial y gobernante de la época. Los daimios tenían vastas propiedades y el derecho a formar ejércitos y contratar samuráis. Dado su estatus, los Takayama apoyaron la labor misionera en Japón, protegiendo a los cristianos japoneses y a los misioneros jesuitas.
En 1587, cuando Takayama Ukon contaba 35 años, el canciller de Japón, Toyotomi Hideyoshi, comenzó una persecución contra los cristianos, expulsando a los misioneros y forzando a los católicos japoneses a abandonar su fe. Aunque muchos daimios eligieron abandonar el catolicismo, Takayama y su padre escogieron, por el contrario, abandonar sus tierras y sus honores y conservar su fe. Eligieron, en consecuencia, la pobreza y perder todo. En 1597 tuvo lugar la ejecución de 26 católicos, misioneros y japoneses nativos, que fueron crucificados el 5 de febrero. A pesar de las amenazas, Takayama rechazó abandonar su fe, deseando vivir como cristiano hasta su muerte. Cuando el shogun Tokugawa Ieyasu prohibió definitivamente el cristianismo en 1614, Takayama partió al exilio.
Condujo a un grupo de 300 católicos a Filipinas, que se establecieron en Manila. Llegaron en diciembre y, dos meses después, fallecía Takayama, debilitado por la persecución sufrida en Japón.
Como logotipo para la beatificación se ha escogido el diseño de la hermana Esther Kitazume, de las Pías Discípulas del Divino Maestro. Reproduce las siete estrellas redondas del emblema de la familia Takayama, con la cruz y tres anillos en el fondo. Las siete estrellas indican la familia de Ukon pero también los siete sacramentos y los siete dones del Espíritu Santo. La cruz es el signo de la ofrenda de la vida de Ukon.
OMPRESS

LO QUE HACE IMPURO AL HOMBRE ES LO QUE SALE DE SU CORAZÓN




Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,14-23):

En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:

«Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».

Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo:

«También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina».

(Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió:

«Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

Palabra del Señor

Homilía del Papa: Dios nos ha dado el ADN de hijos

 El hombre hecho a imagen de Dios, señor de la tierra y flanqueado por una mujer a la que amar. Son los tres grandes dones que Dios dio al hombre en el acto de la Creación sobre los que el Papa Francisco centró su homilía de la Misa matutina celebrara en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice pidió la gracia de poder custodiar estos dones y llevarlos adelante con el empeño de cada día.
“Señor, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?”. “Verdaderamente lo has hecho poco menos que un Dios, de gloria y de honor lo has coronado”. La reflexión del Santo Padre comenzó a partir del Salmo 8 y por el relato del Génesis propuesto por la Liturgia del día, para exaltar la admiración por la “ternura” y el “amor” de Dios que, en la Creación, “ha dado todo al hombre”.
Dios nos ha dado el ADN de hijos, a Su imagen
Tres son los grandes dones que el Papa subrayó partiendo de la identidad:
“Ante todo, nos ha dado el ‘ADN’, es decir, nos ha hecho hijos, nos ha creado a Su imagen, a Su imagen y semejanza, como Él. Y cuando uno tiene un hijo, no puede ir para atrás: el hijo está hecho, está allí. E independientemente de que se le asemeje mucho o poco, se asemeja al padre, a veces no, pero es hijo; ha recibido la identidad. Y si el hijo llega a ser bueno, el padre se siente orgulloso de aquel hijo, ¿no? ‘Pero, mira, ¡qué bueno!’. Y si es un poco feo, el padre dice: ‘¡Es bello!’, porque el padre es así. Siempre. Y si es malo, el padre lo justifica, lo espera… Jesús nos ha enseñado cómo un padre sabe esperar a los hijos. Nos ha dado esta identidad de hijo: hombre y mujer; debemos añadir: hijos. Somos ‘como dioses’, porque somos hijos de Dios”.
La Tierra está encomendada al hombre para que la custodie con su trabajo
El segundo don de Dios en la Creación es, según Francisco, una “tarea”: “Nos ha dado toda la Tierra”, para “dominar” y  “subyugar”, como reza el Génesis. Es, por tanto, una “realeza” la que ha sido donada al hombre, añadió el Papa, porque Dios no lo quiere “esclavo” sino “señor”, “rey”, pero con una tarea:
“Así como Él ha trabajado en la Creación, nos ha dado a nosotros el trabajo, nos ha dado el trabajo de llevar adelante la Creación. No destruirla; sino hacerla crecer, cuidarla, custodiarla y hacer que se la lleve adelante. Nos ha dado todo. Es curioso, pienso yo: pero no nos dado el dinero. Tenemos todo. ¿El dinero quién nos lo ha dado? No lo sé. Dicen las abuelas que el diablo entra por los bolsillos: puede ser… podemos pensar en quien ha dado el dinero… Ha dado toda la Creación para custodiarla y llevarla adelante: éste es el don. Y, finalmente, ‘Dios creó al hombre a Su imagen, hombre y mujer los creó’”.
Volviendo a recorrer el relato del Génesis, el Obispo de Roma propuso el tercer y último don, el amor, a partir del hombre y de la mujer.
El amor: el tercer don de Dios en la Creación
“Hombre y mujer los creó. No es bueno que el hombre viva solo. E hizo a la compañera”, explicó el Papa Bergoglio. Dios amor da al hombre el amor y un “diálogo de amor” debe haber sido el primero entre el hombre y la mujer, imaginó Francisco. Y completó su mirada sobre la Creación con la siguiente invocación final:
“Agradezcamos al Señor por estos tres regalos que nos ha dado: la identidad, el don-deber y el amor. Y pidamos la gracia de custodiar esta identidad de hijos, de trabajar sobre el don que nos ha dado y llevar adelante con nuestro trabajo este don, y la gracia de aprender cada día a amar más”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

martes, 7 de febrero de 2017

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2017


Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).
La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc16,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.
1. El otro es un don
La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.
La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).
Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.
2. El pecado nos ciega
La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).
El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.
La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).
El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.
Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).
3. La Palabra es un don
El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).
También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios. Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.
El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.
La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).
De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor ―que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador― nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.
Vaticano, 18 de octubre de 2016
Fiesta de san Lucas Evangelista
Francisco

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (7,1-13) POR BENEDICTO XVI




Queridos hermanos y hermanas:
En la liturgia de la Palabra de hoy destaca el tema de la Ley de Dios, de su mandamiento: un elemento esencial de la religión judía e incluso de la cristiana, donde encuentra su plenitud en el amor (cf. Rm 13, 10). 

La Ley de Dios es su Palabra que guía al hombre en el camino de la vida, lo libera de la esclavitud del egoísmo y lo introduce en la «tierra» de la verdadera libertad y de la vida. Por eso en la Biblia la Ley no se ve como un peso, como una limitación que oprime, sino como el don más precioso del Señor, el testimonio de su amor paterno, de su voluntad de estar cerca de su pueblo, de ser su Aliado y escribir con él una historia de amor. 

El israelita piadoso reza así: «Tus decretos son mi delicia, no olvidaré tus palabras. (...) Guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo» (Sal 119, 16.35). 

En el Antiguo Testamento, es Moisés quien en nombre de Dios transmite la Ley al pueblo. Él, después del largo camino por el desierto, en el umbral de la tierra prometida, proclama: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar» (Dt 4, 1).

Y aquí está el problema: cuando el pueblo se establece en la tierra, y es depositario de la Ley, siente la tentación de poner su seguridad y su gozo en algo que ya no es la Palabra del Señor: en los bienes, en el poder, en otros «dioses» que en realidad son vanos, son ídolos. 

Ciertamente, la Ley de Dios permanece, pero ya no es lo más importante, ya no es la regla de la vida; se convierte más bien en un revestimiento, en una cobertura, mientras que la vida sigue otros caminos, otras reglas, intereses a menudo egoístas, individuales y de grupo. 

Así la religión pierde su auténtico significado, que es vivir en escucha de Dios para hacer su voluntad —que es la verdad de nuestro ser—, y así vivir bien, en la verdadera libertad, y se reduce a la práctica de costumbres secundarias, que satisfacen más bien la necesidad humana de sentirse bien con Dios. 

Y este es un riesgo grave para toda religión, que Jesús encontró en su tiempo, pero que se puede verificar, por desgracia, también en el cristianismo. 

Por eso, las palabras de Jesús en el evangelio de hoy contra los escribas y los fariseos nos deben hacer pensar también a nosotros. Jesús hace suyas las palabras del profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos» (Mc 7, 6-7; cf. Is 29, 13). 

Y luego concluye: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Mc 7, 8).

También el apóstol Santiago, en su carta, pone en guardia contra el peligro de una falsa religiosidad. Escribe a los cristianos: «Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (St 1, 22). 

Que la Virgen María, a la que nos dirigimos ahora en oración, nos ayude a escuchar con un corazón abierto y sincero la Palabra de Dios, para que oriente todos los días nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestras acciones.

(Benedicto XVI, Ángelus del 2 de septiembre de 2012)

JESÚS ADVIERTE A LOS QUE DEJAN DE LADO LOS MANDAMIENTOS DE DIOS EN FAVOR DE LAS TRADICIONES





Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,1-13):

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).

Y los fariseo y los escribas le preguntaron: «Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?».

Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.

Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».

Y añadió: «Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte”. 

Pero vosotros decís: “Si uno le dice al padre o a la madre: los bienes con que podría ayudarte son ‘corbán’, es decir, ofrenda sagrada”, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre; invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes».

Palabra del Señor

Caminar juntos sin cansarnos en servicio a quienes más sufren, dijo el Papa

“Es necesario que nos empeñemos con oración insistente y con todas nuestras fuerzas, en superar los obstáculos todavía existentes, intensificando el diálogo teológico y reforzando la colaboración entre nosotros, sobre todo en el servicio a quienes sufren mayormente y en la custodia de la creación amenazada: fueron las palabras del Papa Francisco a los 23 integrantes de la delegación ecuménica de la Iglesia Evangélica en Alemania, recibidos en audiencia en la mañana de este lunes, 6 de febrero, en el Vaticano.
En un rico discurso Francisco dio inicialmente la bienvenida los representantes de la Iglesia Evangélica en Alemania, manifestando su alegría porque el presidente de la Conferencia Episcopal alemana, el card. Marx, acompañara a la delegación, indicando el gesto como “fruto de una colaboración de largo tiempo y expresión de una relación madurada a través de los años”.
El Santo Padre calificó asimismo como significativo que “en ocasión del 500° aniversario de la Reforma, cristianos evangélicos y católicos aprovechen la ocasión de la conmemoración común de los eventos históricos del pasado, para poner nuevamente a Cristo al centro de sus relaciones”. Recordando que lo que animaba a los Reformadores era “indicar el camino hacia Cristo” el Pontífice subrayó que es precisamente esto “lo que debe importarnos también hoy, después de haber emprendido, gracias a Dios, un camino común”.
“Este año de conmemoraciones – dijo después el Papa refiriéndose al año de conmemoraciones iniciado en otoño pasado en diversas localidades de Alemania -  nos ofrece la oportunidad de cumplir un ulterior paso hacia adelante, mirando al pasado sin rencores, pero según Cristo y en comunión con Él, para proponer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la novedad radical de Jesús, la misericordia sin límites de Dios: precisamente – destacó – lo que los Reformadores en su tiempo querían estimular”.
Recordando cómo la llamada de los Reformadores suscitó en aquel entonces eventos que llevaron a divisiones entre cristianos, Francisco dio gracias a Dios porque hoy “finalmente despojados de todo lo que nos estorba, fraternalmente “corramos resueltamente al combate que se nos presenta, fijando la mirada en Jesús”, (cfr. Hebreos 12, 1-2).
El Pontífice recordó luego el común gesto de penitencia y de reconciliación que tendrá lugar próximamente, es decir, la función ecuménica titulada: “Sanear la memoria, testimoniar a Jesucristo”. “Con este signo – afirmó – y con otras iniciativas ecuménicas previstas este año - como el peregrinaje a Tierra Santa - ustedes tienen el ánimo de dar una configuración concreta a la Fiesta de Cristo, que en ocasión de la conmemoración de la Reforma, piensan celebrar juntos”.
“Para el futuro - agregó el Obispo de Roma - deseo confirmar nuestra llamada sin retorno a dar testimonio juntos del Evangelio y a continuar en el camino hacia la plena unidad. Haciéndolo juntos - agregó - nace también el deseo de ir más allá, en nuevos recorridos”. “La llamada urgente de Jesús a la unidad nos interpela, como también la entera familia humana, en un periodo en el cual experimenta graves laceraciones y nuevas formas de exclusión y de marginación. También en esto es grande nuestra responsabilidad”.
(MCM-RV)
(from Vatican Radio)

Homilía del Papa: El cristiano es esclavo del amor, no del deber


 Los rígidos tienen “miedo” de la libertad que Dios nos da, tienen “miedo del amor”. Es cuanto afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice subrayó que el cristiano es “esclavo” del amor, no del deber, e invitó a los fieles a no esconderse en la “rigidez” de los Mandamientos.
“Eres tan grande Señor”. El Santo Padre desarrolló su homilía a partir del Salmo 103, un “canto de alabanza” a Dios por sus maravillas. Y observó que “el Padre trabaja para hacer esta maravilla de la creación y para hacer con el Hijo esta maravilla de la re-creación”. El Obispo de Roma recordó asimismo que, una vez, un niño le preguntó qué hacía Dios antes de crear el mundo. “Amaba”, fue su respuesta.
Abrir el corazón, no refugiarse en la rigidez de los Mandamientos
¿Por qué, entonces, Dios ha creado el mundo? “Sencillamente para compartir su plenitud  – afirmó Francisco – para tener a quien dar y con quien compartir su plenitud”. Y en la re-creación, Dios envía a su Hijo para “re-ordenar”: hace “del feo, uno bello; del error, uno verdadero; del malo, uno bueno”:
“Cuando Jesús dice: ‘El Padre siempre actúa; también yo actúo siempre’, los Doctores de la Ley se escandalizaron y querían matarlo por esto. ¿Por qué? ¡Porque no sabían recibir las cosas de Dios como don! Sólo como justicia: ‘Estos son los Mandamientos. Pero son pocos, hagamos más. Y en lugar de abrir el corazón al don, se han escondido, han buscado refugio en la rigidez de los Mandamientos, que ellos habían multiplicado hasta 500 o más… No sabían recibir el don. Y el don sólo se recibe con la libertad. Y estos rígidos tenían miedo de la libertad que Dios nos da; tenían miedo del amor”.
El cristiano es esclavo del amor, no del deber
El Papa puso de manifiesto que por esta razón en el Evangelio está escrito que “después de que el Señor dice eso: ‘Querían matar a Jesús’. Por esto – añadió – “porque ha dicho que el Padre ha hecho esta maravilla como don. ¡Recibir el don del Padre!”:
“Y por esto hoy hemos alabado al Padre: ‘¡Eres grande Señor! Te amo tanto, porque me has dado este don. Me has salvado, me has creado’. Y ésta es la oración de alabanza, la oración de alegría, la oración que nos da la alegría de la vida cristiana. Y no aquella oración cerrada, triste de la persona que jamás sabe recibir un don porque tiene miedo de la libertad que siembre lleva consigo un don. Sólo sabe hacer el deber, pero el deber cerrado. Esclavos del deber, pero no del amor. Cuando tú te vuelves esclavo del amor, ¡eres libre! ¡Es una bella esclavitud aquella! Pero estos no entendían aquello”.
Preguntémonos cómo recibimos el don de la redención y del perdón de Dios
He aquí las “dos maravillas del Señor”, dijo también Francisco, “la maravilla de la creación y la maravilla de la redención, de la re-creación”. Y se preguntó: “¿Cómo recibo yo estas maravillas?”:
“¿Cómo recibo yo esto que Dios me ha dado – la creación – como un don? Y si lo recibo como un don, ¿amo la creación, custodio la creación? ¡Porque ha sido un don! ¿Cómo recibo yo la redención, el perdón que Dios me ha dado, el hacerme hijo con su Hijo, con amor, con ternura, con libertad o me escondo en la rigidez de los Mandamientos cerrados, que siempre, siempre son más seguros  –  entre comillas – pero que no te dan alegría, porque no te hacen libre? Cada uno de nosotros puede preguntarse cómo vive estas dos maravillas, la maravilla de la creación y la maravilla de la re-creación. Y que el Señor nos haga comprender esta cosa grande y nos haga comprender lo que Él hacía antes de crear el mundo: ¡amaba! Que nos haga comprender su amor por nosotros y que nosotros podamos decir, como hemos dicho hoy: ‘¡Eres tan grande Señor! ¡Gracias, gracias!’. Vayamos adelante así”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

lunes, 6 de febrero de 2017

Francisco: «No basta con ser un buen samaritano: hay que cambiar el sistema económico»



«La diosa fortuna es cada vez más la nueva divinidad» y está destruyendo millones de familias en todo el mundo, dice el Papa al recibir a los participantes en un congreso focolar sobre economía de comunión
La economía de comunión no puede quedarse solo en el ámbito de los fococares. «Dónenla a todos, y antes que nada a los pobres y los jóvenes, que son aquellos que más tienen necesidad», dijo el Papa este sábado a los participantes en el Congreso Internacional sobre Economía de Comunión organizado por el movimiento fundado por Chiara Lubich.
Francisco hizo notar que, para la cultura actual, economía y comunión son conceptos opuestos. Y agradeció a las empresas que siguen el modelo focolar que hayan «iniciado un profundo cambio en el modo de ver y vivir la empresa».
Sin embargo, esto ya no basta. La economía de comunión, si quiere ser fiel a su carisma, añadió el Papa, no debe solo curar a las víctimas, sino construir un sistema más justo. Hoy es necesario cambiar las reglas del juego del sistema económico-social. «Imitar al buen samaritano del Evangelio no es suficiente», enfatizó Francisco. «Un empresario que es solamente un buen samaritano cumple solamente la mitad de su deber: cura a las víctimas de hoy, pero no reduce a aquellas de mañana».
«El principal problema ético del capitalismo es la creación de descartados a los que después quiere esconder», aseguró el Pontífice. Y como ejemplo ilustrativo puso el ejemplo de «las casas de juego», que «financian programas para ayudar a los ludópatas que ellos mismos crean».
Es necesario pasar de una economía que mata a otra que permite vivir, porque comparte, incluye a los pobres, usa los provechos para crear comunión. Para eso es necesario liberarse de la idolatría del dinero. Porque «el dinero es importante para la vida», pero se hace de él un ídolo cuando se le convierte en un fin en sí mismo. «La avaricia, que no por casualidad es un vicio capital, es pecado de idolatría porque la acumulación de dinero en sí mismo se convierte en el fin del propio actuar», afirmó Francisco. «La diosa fortuna es cada vez más la nueva divinidad» y está destruyendo millones de familias en todo el mundo.
Alfa y Omega

6 de febrero: san Pablo Miki y los mártires del Japón


En 1587, Hideyoshi, por entonces mandamás de Japón, publicó el primer edicto de prohibición del cristianismo, lo que conllevaba la expulsión de los misioneros -jesuitas, franciscanos y laicos- que, siguiendo la senda de San Francisco Javier, llevaban ya un tiempo evangelizando por tierras niponas. Diez años después, en Nagasaki, ciudad a la que fueron llevados veintiséis de ellos desde Kyoto, el encargado de aplicarla era Terazawa Hazaburo, hermano del gobernador de la ciudad.
En las primeras horas de la mañana del 5 de febrero de 1597, ya estaban preparadas las cruces sobre las que iban a ser martirizados los misioneros. La amistad que unía a Hazaburo con el jesuita Pablo Miki, uno de los futuros mártires, permitió retrasar levemente la ejecución. Un momento que fue aprovechado por otros dos jesuitas, los padres Pasio y Rodríguez, atender a los condenados antes de que muriesen.
Fue la única concesión. Pocos minutos después, comenzó la crucifixión de los veintiséis, que estaban clavados a sus respectivas cruces con unas anillas de hierro en las manos, los pies y el cuello y atados por una cuerda. Desde sus cruces, no dejaron de alabar a Dios con alegría. Cuando estaban todos listos, los soldados hicieron caer las cruces sobre las fosas previstas al respecto.
Delante se había erigido la tabla en la que estaba escrita la sentencia: «Por cuanto estos hombres vinieron de Filipinas con el título de embajadores y se quedaron en Miyako (Kyoto) predicando la ley de los cristianos que yo prohibí rigurosamente los años pasado, mando que sean ajusticiados junto con los japoneses que se hicieron de su ley…»
J.M. Ballester Esquivias (@jmbe12)

Alfa y Omega

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (6,53-56)




La primera lectura de hoy (Génesis 1, 1-19, la creación del mundo) nos lleva a pensar, a meditar sobre los trabajos de Dios: Dios trabaja. Algunos teólogos medievales explicaban: primero Dios, el creador, crea el universo, crea los cielos, la tierra, los seres vivos. Él crea. El trabajo de creación. 

Sin embargo, «la creación no termina: Él continuamente sostiene lo que ha creado, obra para sostener lo que ha creado para que siga adelante».

Precisamente en el Evangelio de san Marcos (6, 53-56), «vemos “la otra creación” de Dios», o sea, «la de Jesús que viene a “re-crear” lo que había sido destruido por el pecado». Y «vemos a Jesús entre la gente». 

Escribe en efecto san Marcos: «Apenas desembarcaron, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas; y los que lo tocaban se curaban». 

Es «la “re-creación”», y precisamente «la liturgia expresa el alma de la Iglesia en esto, cuando nos hace decir una hermosa oración: “Oh Dios, Tú que maravillosamente creaste el universo, y más maravillosamente lo recreaste en la redención”». Por lo tanto, «esta “segunda creación” es más maravillosa que la primera, este segundo trabajo es más maravilloso».

Está también «otro trabajo: el trabajo de la perseverancia en la fe, que Jesús dice que lo realiza el Espíritu Santo: “Yo os enviaré al Paráclito y Él os enseñará y os recordará, os hará recordar lo que os he dicho”». Es «el trabajo del Espíritu dentro de nosotros, para hacer viva la palabra de Jesús, para conservar la creación, para garantizar que esta creación no muera». Por lo tanto, «la presencia del Espíritu ahí, que hace viva la primera y la segunda creación».

En definitiva «Dios trabaja, sigue trabajando y nosotros podemos preguntarnos cómo debemos responder a esta creación de Dios, que nace del amor porque Él trabaja por amor». 

Así, «a la “primera creación” debemos responder con la responsabilidad que el Señor nos da: “la tierra es vuestra, llevadla adelante, hacedla crecer”». Por eso, «también para nosotros está la responsabilidad de hacer crecer la tierra, de hacer crecer la creación, de custodiarla y hacerla crecer según sus leyes: somos señores de la creación, no dueños». Y no debemos «adueñarnos de la creación, sino llevarla adelante, fiel a sus leyes». Precisamente «esta es la primera respuesta al trabajo de Dios: trabajar para custodiar la creación, para hacerla fructificar».

De hecho, «un cristiano que no custodia la creación, que no la hacer crecer, es un cristiano que no le importa el trabajo de Dios, ese trabajo nacido del amor de Dios por nosotros». Y «esta es la primera respuesta a la primera creación: custodiar la creación, hacerla crecer».

Pero «¿cómo respondemos “a la segunda creación”? El apóstol Pablo nos dice una palabra justa, que es la verdadera respuesta: “dejaos reconciliar con Dios”». Se trata de «esa actitud interior abierta para ir continuamente por el camino de la reconciliación interior, de la reconciliación comunitaria, porque la reconciliación es obra de Cristo». 

Y Pablo dice también: «Dios ha reconciliado al mundo en Cristo». Y «esta es la segunda respuesta». Por lo tanto «a la “segunda creación” decimos: “Sí, debemos dejarnos reconciliar con el Señor”».

«Y ¿cómo respondemos al trabajo que hace el Espíritu Santo en nosotros, de recordarnos las palabras de Jesús, de explicarnos, de hacernos entender lo que Jesús dijo?». Fue precisamente «Pablo quien dijo» que no entristeciéramos «al Espíritu Santo que está en vosotros: estad atentos, es vuestro huesped, está dentro de vosotros, trabaja dentro de vosotros. No entristezcáis al Espíritu Santo». 

Y esto «porque creemos en un Dios personal. Dios es persona: es persona Padre, persona Hijo y persona Espíritu Santo». Por lo demás, «los tres están implicados en estra creación, en esta recreación, en esta perseverancia en la re-creación». Así, «a los tres respondemos: custodiar y hacer crecer la creación, dejarnos reconciliar con Jesús, con Dios en Jesús, en Cristo, todos los días, y no entristecer al Espíritu Santo, no expulsarlo: es el huesped de nuestro corazón, el que nos acompaña, nos hace crecer».

«El Señor nos dé la gracia de entender que Él está obrando; y nos dé la gracia de responder justamente a este trabajo de amor».
(Papa Francisco, homilía en Santa Marta del 9 de febrero de 2015

LOS QUE TOCABAN EL MANTO DE JESÚS SE CURABAN



Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,53-56):

En aquel tiempo, terminada la travesía, Jesús y sus discípulos llegaron a Genesaret y atracaron. Apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. 

En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban.

Palabra del Señor

"Jesús nos invita a ser un reflejo de su luz, a través del testimonio de las buenas obras", el Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En estos domingos la liturgia nos propone el así llamado Discurso de la montaña, en el Evangelio de Mateo. Después de haber presentado, el domingo pasado, las Bienaventuranzas, hoy pone en evidencia las palabras de Jesús que describen la misión de sus discípulos en el mundo (cfr. Mt 5,13-16). Él utiliza las metáforas de la sal y de la luz, y sus palabras están dirigidas a los discípulos de todo tiempo, por lo tanto, también a nosotros.
Jesús nos invita a ser un reflejo de su luz, a través del testimonio de las obras buenas. Y dice: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”. (Mt 5,16). Estas palabras subrayan que nosotros somos reconocibles como verdaderos discípulos de Aquél que es Luz del mundo, no en las palabras, sino por nuestras obras.  En efecto, es sobre todo nuestro comportamiento que  - en el bien y en el mal – deja un signo en los demás. Por lo tanto, tenemos una tarea y una responsabilidad por el don recibido: la luz de la fe, que está en nosotros por medio de Cristo y de la acción del Espíritu Santo, no debemos retenerla como si fuera de nuestra propiedad. En cambio, estamos llamados a hacerla resplandecer en el mundo, a donarla a los demás mediante las obras buenas. ¡Y cuánto tiene necesidad el mundo de la luz del Evangelio que transforma, cura y garantiza la salvación a quien lo recibe! Esta luz nosotros debemos llevarla con nuestras obras buenas.
La luz de nuestra fe, donándose, no se apaga sino que se refuerza. En cambio puede debilitarse si no la alimentamos con el amor y con las obras de caridad. Así la imagen de la luz se encuentra con aquella de la sal. En efecto, la página evangélica nos dice que, como discípulos de Cristo somos también “sal de la tierra” (v. 13). La sal es un elemento que mientras da sabor, preserva el alimento de la alteración y de la corrupción – ¡en los tiempos de Jesús no había heladeras! Por lo tanto, la misión de los cristianos en la sociedad es aquella de dar “sabor” a la vida con la fe y el amor que Cristo nos ha donado y, al mismo tiempo, mantener lejos los gérmenes contaminantes del egoísmo, de la envidia, de la maledicencia, y demás. Estos gérmenes arruinan el tejido de nuestras comunidades, que deben en cambio resplandecer como lugares de acogida, de solidaridad y de reconciliación. Para cumplir esta misión es necesario que nosotros mismos, en primer lugar, seamos liberados de la degeneración corruptiva de los influjos mundanos, contrarios a Cristo y al Evangelio; y esta purificación no termina nunca, debe ser realizada continuamente, hay que hacerla todos los días.
Cada uno de nosotros está llamado a ser luz y sal en el proprio ambiente de la vida cotidiana, perseverando en la tarea de regenerar la realidad humana en el espíritu del Evangelio y en la perspectiva de Reino de Dios. Que nos sea siempre de ayuda la protección de María Santísima, primera discípula de Jesús y modelo de los creyentes que viven cada día en la historia, su vocación y misión. Nuestra Madre, nos ayude a dejarnos siempre purificar e iluminar por el Señor, para transformarnos también en “sal de la tierra” y “luz del mundo”.
Palabras del Papa después de rezar a la Madre de Dios:
Queridos hermanos y hermanas,
hoy, en Italia, se celebra la Jornada por la Vida, sobre el tema “Mujeres y hombres por la vida en la huella de Santa Teresa de Calcuta”. Me uno a los Obispos italianos en el desear una valerosa acción educativa en favor de la vida humana. Cada vida es sagrada. Llevemos adelante la cultura de la vida como respuesta a la lógica del descarte y al descenso demográfico; estemos cercanos y juntos recemos por los niños que están en peligro por la interrupción del embarazo, como también por las personas que están en el final de la vida: cada vida es sagrada. Para que nadie sea dejado solo y el amor defienda el sentido de la vida. Recordemos las palabras de Madre Teresa: “¡La vida es belleza, admírala; la vida es vida, defiéndela!” Ya sea con el niño que está por nacer, que con la persona que está cercana a morir: ¡cada vida es sagrada!
Saludo a todos aquellos que trabajan por la Vida, a los docentes de las Universidades romanas y a quienes colaboran en la formación de las nuevas generaciones, para que sean capaces de construir una sociedad acogedora y digna de toda persona.
Saludo a todos los peregrinos, las familias, los grupos parroquiales y las asociaciones procedentes de diversas partes del mundo. En particular, saludo a los fieles de Viena, Granada, Melilla, Acquaviva delle Fonti y Bari; así como a los estudiantes de Penafiel (Portugal) y Badajoz (España).
A todos les deseo un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!
(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Radio Vaticano)