lunes, 6 de febrero de 2017

Francisco: «No basta con ser un buen samaritano: hay que cambiar el sistema económico»



«La diosa fortuna es cada vez más la nueva divinidad» y está destruyendo millones de familias en todo el mundo, dice el Papa al recibir a los participantes en un congreso focolar sobre economía de comunión
La economía de comunión no puede quedarse solo en el ámbito de los fococares. «Dónenla a todos, y antes que nada a los pobres y los jóvenes, que son aquellos que más tienen necesidad», dijo el Papa este sábado a los participantes en el Congreso Internacional sobre Economía de Comunión organizado por el movimiento fundado por Chiara Lubich.
Francisco hizo notar que, para la cultura actual, economía y comunión son conceptos opuestos. Y agradeció a las empresas que siguen el modelo focolar que hayan «iniciado un profundo cambio en el modo de ver y vivir la empresa».
Sin embargo, esto ya no basta. La economía de comunión, si quiere ser fiel a su carisma, añadió el Papa, no debe solo curar a las víctimas, sino construir un sistema más justo. Hoy es necesario cambiar las reglas del juego del sistema económico-social. «Imitar al buen samaritano del Evangelio no es suficiente», enfatizó Francisco. «Un empresario que es solamente un buen samaritano cumple solamente la mitad de su deber: cura a las víctimas de hoy, pero no reduce a aquellas de mañana».
«El principal problema ético del capitalismo es la creación de descartados a los que después quiere esconder», aseguró el Pontífice. Y como ejemplo ilustrativo puso el ejemplo de «las casas de juego», que «financian programas para ayudar a los ludópatas que ellos mismos crean».
Es necesario pasar de una economía que mata a otra que permite vivir, porque comparte, incluye a los pobres, usa los provechos para crear comunión. Para eso es necesario liberarse de la idolatría del dinero. Porque «el dinero es importante para la vida», pero se hace de él un ídolo cuando se le convierte en un fin en sí mismo. «La avaricia, que no por casualidad es un vicio capital, es pecado de idolatría porque la acumulación de dinero en sí mismo se convierte en el fin del propio actuar», afirmó Francisco. «La diosa fortuna es cada vez más la nueva divinidad» y está destruyendo millones de familias en todo el mundo.
Alfa y Omega

6 de febrero: san Pablo Miki y los mártires del Japón


En 1587, Hideyoshi, por entonces mandamás de Japón, publicó el primer edicto de prohibición del cristianismo, lo que conllevaba la expulsión de los misioneros -jesuitas, franciscanos y laicos- que, siguiendo la senda de San Francisco Javier, llevaban ya un tiempo evangelizando por tierras niponas. Diez años después, en Nagasaki, ciudad a la que fueron llevados veintiséis de ellos desde Kyoto, el encargado de aplicarla era Terazawa Hazaburo, hermano del gobernador de la ciudad.
En las primeras horas de la mañana del 5 de febrero de 1597, ya estaban preparadas las cruces sobre las que iban a ser martirizados los misioneros. La amistad que unía a Hazaburo con el jesuita Pablo Miki, uno de los futuros mártires, permitió retrasar levemente la ejecución. Un momento que fue aprovechado por otros dos jesuitas, los padres Pasio y Rodríguez, atender a los condenados antes de que muriesen.
Fue la única concesión. Pocos minutos después, comenzó la crucifixión de los veintiséis, que estaban clavados a sus respectivas cruces con unas anillas de hierro en las manos, los pies y el cuello y atados por una cuerda. Desde sus cruces, no dejaron de alabar a Dios con alegría. Cuando estaban todos listos, los soldados hicieron caer las cruces sobre las fosas previstas al respecto.
Delante se había erigido la tabla en la que estaba escrita la sentencia: «Por cuanto estos hombres vinieron de Filipinas con el título de embajadores y se quedaron en Miyako (Kyoto) predicando la ley de los cristianos que yo prohibí rigurosamente los años pasado, mando que sean ajusticiados junto con los japoneses que se hicieron de su ley…»
J.M. Ballester Esquivias (@jmbe12)

Alfa y Omega

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (6,53-56)




La primera lectura de hoy (Génesis 1, 1-19, la creación del mundo) nos lleva a pensar, a meditar sobre los trabajos de Dios: Dios trabaja. Algunos teólogos medievales explicaban: primero Dios, el creador, crea el universo, crea los cielos, la tierra, los seres vivos. Él crea. El trabajo de creación. 

Sin embargo, «la creación no termina: Él continuamente sostiene lo que ha creado, obra para sostener lo que ha creado para que siga adelante».

Precisamente en el Evangelio de san Marcos (6, 53-56), «vemos “la otra creación” de Dios», o sea, «la de Jesús que viene a “re-crear” lo que había sido destruido por el pecado». Y «vemos a Jesús entre la gente». 

Escribe en efecto san Marcos: «Apenas desembarcaron, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas; y los que lo tocaban se curaban». 

Es «la “re-creación”», y precisamente «la liturgia expresa el alma de la Iglesia en esto, cuando nos hace decir una hermosa oración: “Oh Dios, Tú que maravillosamente creaste el universo, y más maravillosamente lo recreaste en la redención”». Por lo tanto, «esta “segunda creación” es más maravillosa que la primera, este segundo trabajo es más maravilloso».

Está también «otro trabajo: el trabajo de la perseverancia en la fe, que Jesús dice que lo realiza el Espíritu Santo: “Yo os enviaré al Paráclito y Él os enseñará y os recordará, os hará recordar lo que os he dicho”». Es «el trabajo del Espíritu dentro de nosotros, para hacer viva la palabra de Jesús, para conservar la creación, para garantizar que esta creación no muera». Por lo tanto, «la presencia del Espíritu ahí, que hace viva la primera y la segunda creación».

En definitiva «Dios trabaja, sigue trabajando y nosotros podemos preguntarnos cómo debemos responder a esta creación de Dios, que nace del amor porque Él trabaja por amor». 

Así, «a la “primera creación” debemos responder con la responsabilidad que el Señor nos da: “la tierra es vuestra, llevadla adelante, hacedla crecer”». Por eso, «también para nosotros está la responsabilidad de hacer crecer la tierra, de hacer crecer la creación, de custodiarla y hacerla crecer según sus leyes: somos señores de la creación, no dueños». Y no debemos «adueñarnos de la creación, sino llevarla adelante, fiel a sus leyes». Precisamente «esta es la primera respuesta al trabajo de Dios: trabajar para custodiar la creación, para hacerla fructificar».

De hecho, «un cristiano que no custodia la creación, que no la hacer crecer, es un cristiano que no le importa el trabajo de Dios, ese trabajo nacido del amor de Dios por nosotros». Y «esta es la primera respuesta a la primera creación: custodiar la creación, hacerla crecer».

Pero «¿cómo respondemos “a la segunda creación”? El apóstol Pablo nos dice una palabra justa, que es la verdadera respuesta: “dejaos reconciliar con Dios”». Se trata de «esa actitud interior abierta para ir continuamente por el camino de la reconciliación interior, de la reconciliación comunitaria, porque la reconciliación es obra de Cristo». 

Y Pablo dice también: «Dios ha reconciliado al mundo en Cristo». Y «esta es la segunda respuesta». Por lo tanto «a la “segunda creación” decimos: “Sí, debemos dejarnos reconciliar con el Señor”».

«Y ¿cómo respondemos al trabajo que hace el Espíritu Santo en nosotros, de recordarnos las palabras de Jesús, de explicarnos, de hacernos entender lo que Jesús dijo?». Fue precisamente «Pablo quien dijo» que no entristeciéramos «al Espíritu Santo que está en vosotros: estad atentos, es vuestro huesped, está dentro de vosotros, trabaja dentro de vosotros. No entristezcáis al Espíritu Santo». 

Y esto «porque creemos en un Dios personal. Dios es persona: es persona Padre, persona Hijo y persona Espíritu Santo». Por lo demás, «los tres están implicados en estra creación, en esta recreación, en esta perseverancia en la re-creación». Así, «a los tres respondemos: custodiar y hacer crecer la creación, dejarnos reconciliar con Jesús, con Dios en Jesús, en Cristo, todos los días, y no entristecer al Espíritu Santo, no expulsarlo: es el huesped de nuestro corazón, el que nos acompaña, nos hace crecer».

«El Señor nos dé la gracia de entender que Él está obrando; y nos dé la gracia de responder justamente a este trabajo de amor».
(Papa Francisco, homilía en Santa Marta del 9 de febrero de 2015

LOS QUE TOCABAN EL MANTO DE JESÚS SE CURABAN



Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,53-56):

En aquel tiempo, terminada la travesía, Jesús y sus discípulos llegaron a Genesaret y atracaron. Apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. 

En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban.

Palabra del Señor

"Jesús nos invita a ser un reflejo de su luz, a través del testimonio de las buenas obras", el Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En estos domingos la liturgia nos propone el así llamado Discurso de la montaña, en el Evangelio de Mateo. Después de haber presentado, el domingo pasado, las Bienaventuranzas, hoy pone en evidencia las palabras de Jesús que describen la misión de sus discípulos en el mundo (cfr. Mt 5,13-16). Él utiliza las metáforas de la sal y de la luz, y sus palabras están dirigidas a los discípulos de todo tiempo, por lo tanto, también a nosotros.
Jesús nos invita a ser un reflejo de su luz, a través del testimonio de las obras buenas. Y dice: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”. (Mt 5,16). Estas palabras subrayan que nosotros somos reconocibles como verdaderos discípulos de Aquél que es Luz del mundo, no en las palabras, sino por nuestras obras.  En efecto, es sobre todo nuestro comportamiento que  - en el bien y en el mal – deja un signo en los demás. Por lo tanto, tenemos una tarea y una responsabilidad por el don recibido: la luz de la fe, que está en nosotros por medio de Cristo y de la acción del Espíritu Santo, no debemos retenerla como si fuera de nuestra propiedad. En cambio, estamos llamados a hacerla resplandecer en el mundo, a donarla a los demás mediante las obras buenas. ¡Y cuánto tiene necesidad el mundo de la luz del Evangelio que transforma, cura y garantiza la salvación a quien lo recibe! Esta luz nosotros debemos llevarla con nuestras obras buenas.
La luz de nuestra fe, donándose, no se apaga sino que se refuerza. En cambio puede debilitarse si no la alimentamos con el amor y con las obras de caridad. Así la imagen de la luz se encuentra con aquella de la sal. En efecto, la página evangélica nos dice que, como discípulos de Cristo somos también “sal de la tierra” (v. 13). La sal es un elemento que mientras da sabor, preserva el alimento de la alteración y de la corrupción – ¡en los tiempos de Jesús no había heladeras! Por lo tanto, la misión de los cristianos en la sociedad es aquella de dar “sabor” a la vida con la fe y el amor que Cristo nos ha donado y, al mismo tiempo, mantener lejos los gérmenes contaminantes del egoísmo, de la envidia, de la maledicencia, y demás. Estos gérmenes arruinan el tejido de nuestras comunidades, que deben en cambio resplandecer como lugares de acogida, de solidaridad y de reconciliación. Para cumplir esta misión es necesario que nosotros mismos, en primer lugar, seamos liberados de la degeneración corruptiva de los influjos mundanos, contrarios a Cristo y al Evangelio; y esta purificación no termina nunca, debe ser realizada continuamente, hay que hacerla todos los días.
Cada uno de nosotros está llamado a ser luz y sal en el proprio ambiente de la vida cotidiana, perseverando en la tarea de regenerar la realidad humana en el espíritu del Evangelio y en la perspectiva de Reino de Dios. Que nos sea siempre de ayuda la protección de María Santísima, primera discípula de Jesús y modelo de los creyentes que viven cada día en la historia, su vocación y misión. Nuestra Madre, nos ayude a dejarnos siempre purificar e iluminar por el Señor, para transformarnos también en “sal de la tierra” y “luz del mundo”.
Palabras del Papa después de rezar a la Madre de Dios:
Queridos hermanos y hermanas,
hoy, en Italia, se celebra la Jornada por la Vida, sobre el tema “Mujeres y hombres por la vida en la huella de Santa Teresa de Calcuta”. Me uno a los Obispos italianos en el desear una valerosa acción educativa en favor de la vida humana. Cada vida es sagrada. Llevemos adelante la cultura de la vida como respuesta a la lógica del descarte y al descenso demográfico; estemos cercanos y juntos recemos por los niños que están en peligro por la interrupción del embarazo, como también por las personas que están en el final de la vida: cada vida es sagrada. Para que nadie sea dejado solo y el amor defienda el sentido de la vida. Recordemos las palabras de Madre Teresa: “¡La vida es belleza, admírala; la vida es vida, defiéndela!” Ya sea con el niño que está por nacer, que con la persona que está cercana a morir: ¡cada vida es sagrada!
Saludo a todos aquellos que trabajan por la Vida, a los docentes de las Universidades romanas y a quienes colaboran en la formación de las nuevas generaciones, para que sean capaces de construir una sociedad acogedora y digna de toda persona.
Saludo a todos los peregrinos, las familias, los grupos parroquiales y las asociaciones procedentes de diversas partes del mundo. En particular, saludo a los fieles de Viena, Granada, Melilla, Acquaviva delle Fonti y Bari; así como a los estudiantes de Penafiel (Portugal) y Badajoz (España).
A todos les deseo un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!
(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Radio Vaticano)

domingo, 5 de febrero de 2017

“SOIS SAL, SOIS LUZ”


Hoy se nos propone la figura del justo que se apiada y presta, y la de aquel que con corazón magnánimo comparte sus bienes y da pan a los hambrientos y vestido al desnudo. Sin duda que la misericordia se demuestra con hechos concretos y no con ideologías o discursos especulativos.
Aunque el árbol se conoce por sus frutos, el árbol mismo también es importante. Precisamente al justo se lo compara con el árbol plantado junto a la acequia, al borde del agua. Esta permanencia del árbol junto al manantial posibilita que no se seque, ni que pierda su lozanía y verdor.
Por bueno que sea es el esqueje de árbol frutal que se plante, si no se cuida, difícilmente va a tener posibilidad de ofrecer frutos. Este argumento lo aplicamos a las palabras que Jesús dirige a los suyos, cuando de manera axiomática les dice: “Sois sal, sois luz”. Quienes hemos sido bautizados, hemos recibido la identidad de ser luz, de ser justos, ser como árbol bueno. Debemos cuidar este don debemos, porque si no sazonamos ni iluminamos, hemos perdido o pervertido la identidad, nos hemos apartado del manantial, del fuego que nos calienta y alumbra.
La luz ilumina por sí misma, y la sal conserva y hace sabrosos los alimentos. El creyente, el justo es como la luz sobre el candelero, que con su modo de vida alumbra, atrae, fascina. El modo de vida del creyente pasa por la entrega de sí mismo, no solo por hacer más o menos obras buenas, sino porque toda su existencia está orientada hacia la propia donación. Desde ahí la diferencia que se puede dar entre tan solo hacer el bien o ser bueno; entre justificarse con alguna obra solidaria, o ser justo. El mandamiento es de ser santos.
Se nos invita a hacer el bien, pero se nos pide que lo hagamos como expresión de identidad, como reflejo de Aquel que se dio a Si mismo por amor.
El deseo de Jesús y su envío nos identifica, no porque de manera mimética hagamos lo que Él hizo, sino porque somos prolongación de su presencia. Él es la Luz del mundo, y nosotros somos luz en Él y desde Él. “Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”
Ángel Moreno de Buenafuente

Salir a las periferias


Jesús da a conocer, con dos imágenes audaces y sorprendentes, lo que piensa y espera de sus seguidores. No han de vivir pensando siempre en sus propios intereses, su prestigio o su poder. Aunque son un grupo pequeño en medio del vasto Imperio de Roma, han de ser la «sal» que necesita la tierra y la «luz» que le hace falta al mundo.
«Vosotros sois la sal de la tierra». Las gentes sencillas de Galilea captan espontáneamente el lenguaje de Jesús. Todo el mundo sabe que la sal sirve, sobre todo, para dar sabor a la comida y para preservar los alimentos de la corrupción. Del mismo modo, los discípulos de Jesús han de contribuir a que las gentes saboreen la vida sin caer en la corrupción.
«Vosotros sois la luz del mundo». Sin la luz del sol, el mundo se queda en tinieblas: ya no podemos orientarnos ni disfrutar de la vida en medio de la oscuridad. Los discípulos de Jesús pueden aportar la luz que necesitamos para orientarnos, ahondar en el sentido último de la existencia y caminar con esperanza.
Las dos metáforas coinciden en algo muy importante. Si permanece aislada en un recipiente, la sal no sirve para nada. Solo cuando entra en contacto con los alimentos y se disuelve en la comida puede dar sabor a lo que comemos. Lo mismo sucede con la luz. Si permanece encerrada y oculta, no puede alumbrar a nadie. Solo cuando está en medio de las tinieblas puede iluminar y orientar. Una Iglesia aislada del mundo no puede ser ni sal ni luz.
El Papa Francisco ha visto que la Iglesia vive encerrada en sí misma, paralizada por los miedos y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y para ofrecer la luz genuina del Evangelio. Su reacción ha sido inmediata: «Hemos de salir hacia las periferias existenciales».
El Papa insiste una y otra vez: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos».
La llamada de Francisco está dirigida a todos los cristianos: «No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos». «El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro». El Papa quiere introducir en la Iglesia lo que él llama la «cultura del encuentro». Está convencido de que «lo que necesita hoy la Iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones».
José Antonio Pagola

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (5,13-16)




Hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el Evangelio de hoy, que está inmediatamente después de las Bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13.14). 

Esto nos maravilla un poco si pensamos en quienes tenía Jesús delante cuando decía estas palabras. ¿Quiénes eran esos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla... Pero Jesús les mira con los ojos de Dios, y su afirmación se comprende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si sois pobres de espíritu, si sois mansos, si sois puros de corazón, si sois misericordiosos... seréis la sal de la tierra y la luz del mundo.

Para comprender mejor estas imágenes, tengamos presente que la Ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada ofrenda presentada a Dios, como signo de alianza. La luz, para Israel, era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo. Los cristianos, nuevo Israel, reciben, por lo tanto, una misión con respecto a todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda a la humanidad. 

Todos nosotros, los bautizados, somos discípulos misioneros y estamos llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa daremos «sabor» a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como lo hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina. Pero si nosotros, los cristianos, perdemos el sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la eficacia. 

¡Qué hermosa misión la de dar luz al mundo! Es una misión que tenemos nosotros. ¡Es hermosa! Es también muy bello conservar la luz que recibimos de Jesús, custodiarla, conservarla. 

El cristiano debería ser una persona luminosa, que lleva luz, que siempre da luz. Una luz que no es suya, sino que es el regalo de Dios, es el regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido: es un cristiano sólo de nombre, que no lleva la luz, una vida sin sentido. 

Pero yo os quisiera preguntar ahora: ¿cómo queréis vivir? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? ¡Lámpara encendida! Es precisamente Dios quien nos da esta luz y nosotros la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Ésta es la vocación cristiana. 
(Papa Francisco, Ángelus del 9 de febrero de 2014)

USTEDES SON LA SAL DE LA TIERRA




Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,13-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor

sábado, 4 de febrero de 2017

El Papa: “No a una economía que mata, si a una economía que crea comunión”

 “La economía de comunión tendrá futuro si la donan a todos y no se queda solo dentro de sus casas. Dónenla a todos, y antes que nada a los pobres y los jóvenes, que son aquellos que más tienen necesidad”, lo dijo el Papa Francisco a los participantes en el Congreso Internacional sobre ‘Economía de Comunión’, promovido por el Movimiento de los Focolares.
En su discurso, el Santo Padre agradeció a los organizadores del Evento y señaló que muchas veces la cultura actual trata de separar estas dos palabras: economía y comunión, y las considera opuestas. En cambio ustedes, precisó el Pontífice, han unido estas dos palabras, acogiendo la invitación que Chiara Lubich realizó hace veinticinco años en Brasil. En aquellas circunstancias, “pidió a los empresarios convertirse en agentes de comunión. Invitándolos a ser creativos y competentes”. En este sentido, poniendo el germen bueno de la comunión dentro de la economía, han iniciado un profundo cambio en el modo de ver y vivir la empresa.
Por ello, pensando en su compromiso de hacer que la economía se convierta en una comunión de bienes, de talentos y de provecho, hoy quiero hablarles, dijo el Papa Francisco de tres cosas: del dinero, la pobreza y el futuro.
Dinero: Vencer la tentación de la idolatría al dios dinero
Refiriéndose al dinero, el Santo Padre resaltó que, “es muy importante que al centro de la economía de comunión esté la comunión de los bienes”. No se puede comprender el nuevo Reino inaugurado por Jesús, precisó el Pontífice, si no nos liberamos de los ídolos, de los cuales uno de los más poderosos es el dinero. Ciertamente el dinero es importante para la vida como un medio, dijo el Papa, pero se hace un ídolo cuando se convierte en un fin. Ya que, “la avaricia, que no por casualidad es un vicio capital, es pecado de idolatría porque la acumulación de dinero en sí mismo se convierte en el fin del propio actuar”. La ‘diosa fortuna’ es cada vez más la nueva divinidad de las finanzas y de todo el sistema de oportunidades que está destruyendo millones de familias en todo el mundo. “Se entiende entonces – subrayó el Papa – el valor ético y espiritual de su opción de poner los bienes en común. Y el mejor modo y más concreto para no hacer del dinero un ídolo es compartirlo con los demás, sobre todo con los pobres, o para hacer estudiar y trabajar a los jóvenes, venciendo la tentación de la idolatría con la comunión”.
Pobreza: La economía de comunión en fidelidad a su carisma
La pobreza: un tema central del Movimiento de los Focolares, fue el segundo argumento tocado por Francisco, quien observó que en la actualidad se llevan a cabo muchas iniciativas, públicas y privadas, para combatirla. “Todo eso por una parte, es un crecimiento en humanidad”, anotó, señalando que hoy hemos inventado otras maneras para curar, saciar, instruir a los pobres…  “La razón de ser de los impuestos se encuentra también en esta solidaridad, que es negada por la evasión fiscal y que antes que ser un acto ilegal es un acto que niega la ley fundamental de la vida: el socorro recíproco”, observó.
El capitalismo continúa produciendo los descartados que debería curar. El principal problema ético de este capitalismo es la creación de descarte para después tratar de ocultarlo para que no se vea. Una grave forma de pobreza de una civilización es no lograr ver más a sus pobres, que primero son descartados y luego escondidos.
La economía de comunión, si quiere ser fiel a su carisma, añadió el Papa, no debe solo curar a las víctimas, sino construir un sistema donde las víctimas sean cada vez menos, donde posiblemente no hayan más.
Mientras la economía producirá una víctima más y haya una sola persona descartada, la comunión no se realizará, la fiesta de la fraternidad universal no será plena.
Por esto el Santo Padre indicó que es necesario apuntar a cambiar las reglas del juego en el sistema económico-social. “Imitar al buen samaritano del Evangelio no es suficiente”, reflexionó, para luego constatar que es necesario actuar antes de que el hombre se encuentre con los malhechores, combatiendo las estructuras de pecado que producen malhechores y víctimas. “Un empresario que es solamente un buen samaritano cumple solamente la mitad de su deber: cura a las víctimas de hoy, pero no reduce a aquellas de mañana”.
Futuro: ‘No’ a una economía que mata, ‘sí’ a la que hace vivir, incluye a los pobres y crea comunión
En la parte de su discurso dedicada al futuro, el Papa Francisco exhortó a los miembros del proyecto de los Focolares ‘Economía de Comunión’ a perseverar en su misión, afianzados en el Evangelio con alegría. La comunión  es multiplicar los bienes y, para que la economía de comunión tenga futuro, hay que donarla, en primer lugar a los pobres y a los jóvenes, que más allá del dinero, si bien éste sea importante, necesitan fraternidad respetosa y humilde:
«Ustedes ya lo hacen. Pero podrán compartir aún más los provechos para luchar contra la idolatría, cambiar las estructuras para prevenir que se produzcan víctimas y descartes; donar aún más vuestra levadura para fermentar el pan de muchos. Que el ‘no’ a una economía que mata se vuelva un ‘sí’ a una economía que hace vivir, porque comparte, incluye a los pobres, usa los provechos para crear comunión.
Les deseo que prosigan su camino con valentía, humildad y alegría. Dios ama al que da con alegría (2 Cor 9,7). Dios ama vuestros provechos y talentos donados con alegría. Ya lo hacen, pueden hacerlo aún más.
Les deseo que sigan siendo semilla, sal y levadura de otra economía: la economía del Reino, donde los ricos saben compartir sus riquezas y los pobres son llamados felices».
(from Vatican Radio)

Andaban como ovejas sin pastor


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo:
«Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco».
Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y lse compadeció de ellos, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
Palabra del Señor.

viernes, 3 de febrero de 2017

La belleza de la familia


Por una obligación personal contraída, hace unos meses tuve que hablar en público de la exhortación apostólica Amoris laetitia. No voy a trasladar aquí el contenido de este documento de la Iglesia porque ese no es el propósito de este artículo, pero su estudio sí que provocó en mí algunas reflexiones que quiero compartir en voz alta.
La primera está en señalar la enorme preocupación de la Iglesia por la familia. Nunca, a lo largo de los siglos, ha habido ninguna otra institución natural tan atacada como lo está siendo ahora la familia, ninguna tan zarandeada y tan herida. Creo que se puede decir, sin miedo a exagerar, que actualmente no tenemos otro problema de mayor hondura. Y no será que andamos escasos de problemas serios: los derivados de la política y de la economía, las dificultades sociales de todo tipo (el suicidio demográfico, la juventud y su futuro, la inseguridad, la soledad, el paro laboral…). Muchos y muy graves, pero ninguno tan preocupante en estos momentos como el cúmulo de dificultades con las que se encuentra la vida familiar. Estamos ante un problema con varias caras, que nos afecta a todos en diversa medida, un problema que a muchos les está suponiendo sufrimientos muy dolorosos, de los cuales una parte se exterioriza abiertamente mientras que otra buena parte queda ahogada en el más callado de los silencios.
Pienso ahora especialmente en los muchachos jóvenes, chicos y chicas, llamados al matrimonio y a la fundación de familias nuevas. ¡Qué complicado lo tienen, qué difícil! Tanto que muchos optan por no casarse porque no se ven a sí mismos como artífices de sus propias familias. Y no porque la convivencia no les resulte deseosa, que es tan apetecible como siempre, pero establecerla a través del matrimonio, no. Y menos aún si hay que pensar en fundar una familia. ¿Este modo de proceder es egoísmo?, ¿este rechazo al compromiso es culpable? Si lo fuera, ¿los culpables son ellos? Solo Dios sabe. A mí lo que sí me produce es una pena grande porque veo que no sueñan con ser esposos y esposas, padres y madres. Me da pena por ellos porque los sueños son un trampolín imprescindible para llevar la vida adelante con ánimo, y me da pena por la asfixia social que supone la falta de familias nuevas. Me da pena porque escaseando los niños y los jóvenes, escasea mucha vida. Algo falla cuando resulta más atrayente un currículo cargado de títulos que un hogar cargado de hijos. Algo muy serio debe estar fallando cuando hemos subordinado el proyecto de familia al proyecto de trabajo, en lugar de hacerlo al revés. Mucho estamos fallando cuando hemos asumido como normal la falta de fecundidad, poniendo el tope al número de hijos en dos, en uno o en ninguno. Algo falla cuando a los jóvenes, a sus padres y a sus maestros les parecen más importantes los proyectos de los hombres que los proyectos de Dios, sin caer en la cuenta, unos y otros, de que cada familia es un proyecto de Dios para sus miembros.
Si del celo que ponemos en su formación académica y profesional, pusiéramos una décima parte en su formación como futuros padres y madres, a algunos nos parecería un éxito. Al decir esto no estoy arremetiendo contra la formación, entre otros motivos porque he dedicado la totalidad de mi vida laboral a formar académicamente a centenares de muchachos, haciendo cuanto he podido para ayudarles a que llegaran tan alto como les fuera posible. Pero los hechos son tozudos, y es claro que en nuestra sociedad actual necesitamos muchos más esposos y esposas que técnicos y graduados, de la misma manera que nos hacen más falta niños que mascotas. Con un añadido, y es que los graduados, una vez graduados ya no se desgradúan. Nadie en sus cabales rompe un título universitario y tira los trozos a la papelera, aunque el título no lo pueda ejercer, mientras que son muchos los que hacen trizas su matrimonio. Redondeando las estadísticas de los últimos años, en España el número de divorcios por año dobla el de matrimonios contraídos.
Nadie dilata voluntariamente durante años y años la consecución de un título o de unas oposiciones y en cambio nuestros jóvenes, en general no se casan; bien porque rehúsan el matrimonio, bien porque los que se casan, cuando lo hacen, ya no son jóvenes. ¿Son culpables de todo esto? Pienso que algo de culpa sí les tocará, pero yo me resisto a cargar sobre ellos la responsabilidad de que no sueñen o que tengan sueños de bajos vuelos porque la responsabilidad de los sueños no recae por entero en quien tiene que soñar. Los grandes responsables de los sueños de los niños y de los jóvenes somos los adultos. Padres, sacerdotes, maestros, catequistas, y en general formadores de opinión, somos a quienes nos corresponde animar, promover, alentar, ilusionar, abrir caminos.
Y esto no lo estamos haciendo, al menos no lo estamos haciendo en la medida que socialmente necesitamos. No me refiero a la sociedad en general, porque la sociedad en general no es conductora sino conducida. No lo están haciendo los gobernantes, a los cuales les corresponde una carga mayor de culpa, porque han recibido el encargo de trabajar por el bien común y el bien común pasa, necesariamente, por la promoción y el bienestar de la familia. Pero aún es más grave y mucho más doloroso que no lo estemos haciendo muchos cristianos, los que sí creemos en la familia y decimos defenderla. No la estamos defendiendo ni promocionando porque en buena parte hemos asumido los mismos planteamientos de quienes con sus ideas o su conducta están contribuyendo a su deterioro. Fuera de una minoría ejemplar y coherente, la gran mayoría de los bautizados, con culpa o sin culpa (eso Dios lo sabe) participamos de un estilo de vida y unas costumbres que son abiertamente contrarias a la doctrina de la Iglesia sobre la familia. He aquí algunos ejemplos:
– Aceptación de la convivencia entre personas del mismo sexo igualándolo con el matrimonio.
– No es difícil comprobar que la mayor parte de las parejas de novios que piden el matrimonio católico llevan años de cohabitación prematrimonial.
– La media en el número de hijos de los matrimonios cristianos no difiere sustancialmente de la media en otras formas de convivencia entre hombre y mujer.
– No hay grandes diferencias en los datos sobre rupturas de matrimonios contraídos por la Iglesia y el resto.
– Rechazo de la maternidad y de la ancianidad. Tanto el cuidado de los hijos como el de los ancianos se imponen sobre todo como cargas difíciles de asumir y de las que hay que desprenderse cuanto antes.
Estos males son solo una muestra de un repertorio mucho más extenso con los que las familias se enfrentan, pero yo no quiero dedicarles una sola línea más. Lo que corresponde ahora es ver qué podemos hacer nosotros, los hombres y mujeres de a pie, los que no tenemos grandes responsabilidades en este campo. Pienso en tres cosas:
1) Lo primero y más importante es rezar. Rezar mucho no tanto por la familia en general -que también- cuanto por las familias concretas que conocemos, por los matrimonios en riesgo de ruptura y por los hogares en dificultades.
2) En segundo lugar, viene bien llamar a las cosas por su nombre. Una separación o un divorcio no son opciones de vida sino fracasos. En muchos casos no serán fracasos culpables, pero son fracasos. Al decir esto no se me olvidan las víctimas de estos fracasos y su sufrimiento, víctimas inocentes, especialmente los hijos, pero también la persona que se ha visto burlada y engañada por quien le había prometido compañía, amor y fidelidad. Precisamente el hecho de que haya víctimas que sufren es lo que demuestra que el divorcio o la ruptura no son opciones a las que aspirar sino desgarros dolorosos. Llamar a las cosas por su nombre exige no frivolizar con algo tan serio como el matrimonio. Y es que desde hace ya décadas hemos frivolizado mucho con el divorcio, y lo seguimos haciendo. En muchos casos parece como si el hecho de divorciarse no fuera sino un signo de puesta al día, de estar a la última. Estoy convencido de que si por causas que ahora no se me alcanzan, de repente se pusiera de moda el matrimonio indisoluble y fiel, el número de divorcios descendería de forma significativa sin más motivo que estar en la corriente dominante.
3) En tercer lugar debemos actuar. Me refiero a los matrimonios que nos mantenemos unidos pese a los baches que podamos coger y las dificultades que haya que superar. Quienes no podemos influir directamente en las leyes ni disponemos de medios para generar corrientes de opinión puede parecer que no podemos hacer nada. Pero eso no es cierto. Tenemos una gran responsabilidad, especialmente los matrimonios cristianos, en mostrar la belleza del matrimonio y de la familia. No se trata de llevar adelante tareas especiales ni grandes trabajos, sino en no apagar la luz que nos ha sido dada. Luego, si hay matrimonios concretos a los que se piden otras responsabilidades, que respondan, pero en principio, todo matrimonio normal está llamado a ser luz para los que les rodean. A mí me parece que esto suele pasar desapercibido y por eso creo que viene bien recordarlo. Me vienen a la memoria unos versos de Antonio Machado:
El ojo que tú ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve.
Para hablar con rigor, habría que hacer alguna objeción importante a los versos de nuestro poeta, pero para el propósito que aquí se sigue, podemos parafrasearle y decir que la luz que un buen matrimonio desprende no es luz porque lo vean quienes la irradian, sino porque lo ven los demás. Ojalá haya muchos y ojalá sepamos ayudar a verlo, sobre todo a los jóvenes.
Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net

Carta del cardenal arzobispo de Madrid: No te dejes manipular por las mafias


El Señor sabe que muchos tratan de conquistar a los jóvenes, pero no precisamente para que sigan creciendo en todas las dimensiones, sino para hacer sangre con sus vidas; en el fondo es hacer que vean en los que están a su lado, en vez de hermanos, enemigos a los que hay que eliminar y engañar para triunfar en todos los estamentos de la vida
El pasado 13 de enero se presentó el documento preparatorio de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en octubre de 2018. En dicho texto hay una preocupación que quiero compartir con vosotros: la juventud «está aprendiendo a vivir sin Dios y sin la Iglesia». En la misma fecha, el Papa Francisco escribía una carta a los jóvenes en la que les explicaba la razón del tema de este próximo Sínodo: los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Es un asunto que está en el centro de su corazón y de atención en su ministerio. Así nos lo ha manifestado en la JMJ de Brasil, el año pasado en Cracovia, en muchas de sus intervenciones y, por supuesto, eligiendo este tema para el Sínodo de los Obispos.
¡Qué alegría ver al sucesor de Pedro, al Papa Francisco, interpretando con los jóvenes lo que hizo Jesús con Juan, el discípulo al que tanto amaba! Siempre estuvo a su lado, hasta el momento más importante de su vida, cuando se entregaba para salvar a todos los hombres. Allí estaba Juan. El Señor sabe que muchos tratan de conquistar a los jóvenes, pero no precisamente para que sigan creciendo en todas las dimensiones, sino para hacer sangre con sus vidas; en el fondo es hacer que vean en los que están a su lado, en vez de hermanos, enemigos a los que hay que eliminar y engañar para triunfar en todos los estamentos de la vida. ¿No estaremos siendo una mafia para los jóvenes? ¿No les estaremos entregando la droga de la ignorancia al no darles las dimensiones reales que tiene la vida humana, y la cultura que los pueblos de toda la tierra manifiestan de diversas formas?
¡Qué alegría dedicar la vida a promover en los jóvenes los deseos que el beato Pablo VI quería entregar con el Concilio Vaticano II! I) Clarificar la conciencia de la Iglesia y de los discípulos de Cristo, estar cerca de los hombres, atender los problemas sociales, dar espacio a todos, tener una decisión en favor de la innovación social, y todo ello con una clara identificación con Jesucristo; II) Promover la reforma, siguiendo los deseo del Señor: «Sois luz del mundo y sal de la tierra»; III) Recuperar la unidad de los cristianos con el perdón mutuo ofrecido y pedido; y IV) Impulsar un diálogo abierto y sin miedos con el mundo contemporáneo, desde un amor ilimitado; ser puentes y no muros, para así acercar a todos el mensaje de Cristo.
El encuentro con Jesucristo cambia absolutamente tu vida: es un encuentro interior que agranda tu corazón, te da las medidas del corazón de Dios, te hace mirar con otras perspectivas, te hace vivir junto a los demás no por las ideas que tienen, sino porque has encontrado a Jesucristo que te sigue diciendo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», y que el otro es tu hermano. No son ideas: es una persona que te acerca a todos por igual. El mejor termómetro para saber si me he encontrado con Jesucristo es observar si mi vida está dirigida por una idea que me hace mirar para un lado solamente, o por Cristo que me hace mirar como Él lo hizo, a todos, pues en ellos está al imagen de Dios. El libro que hace muy pocos días he publicado, Búscate en mi, en el que completo lo escrito, trata de hacer vivir una experiencia viva en, por y con Cristo.
Tenemos que ver a los jóvenes en las situaciones que están viviendo en muchos continentes. En todos, de formas diversas, experimentan un mundo en el que hay guerrilla, bandas, cárcel, drogodependencia, manipulación, utilización de sus vidas e imposición de modos de vivir. Ellos nos plantean retos y oportunidades. ¿Vamos a ser tan mafiosos que nos les demos la oportunidad de descubrir algo tan esencial y sencillo, pero que los jóvenes captan de una manera singular y que está dentro de su corazón, como es el deseo de ser felices? ¿Nos conformaremos con darles ideas, o seremos capaces de ofrecerles realidades? ¡Qué bien entienden los jóvenes que el Señor nos salva con su amor y no con una carta o un decreto! Es más: Él nos impulsa a que hagamos lo que hizo, pues haciéndose hombre nos ha dicho cómo hemos de ser y vivir. Hagamos recuperar a los jóvenes la dignidad: no se la hagamos perder. Su dignidad es ser hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. Solamente recuperando esta dignidad podemos construir la familia humana, tan gravemente deteriorada, y de la que son pacientes pasivos especialmente los jóvenes y los niños. No les demos maquillajes. Entreguemos a los jóvenes el arma que cambia la vida, la historia y las relaciones: el amor mismo de Dios, que se revela y se nos da en Jesucristo. No nos quedemos en dar ideas o estrategias.
Para que juegues la vida por la libertad y no te manipulen mafias que te esclavizan, te propongo:
1. Apuesta por lo que hace más grande el corazón: no te duermas, que no te duerman. Que, como las vírgenes prudentes, tengas las lámparas encendidas de la fe, esperanza y caridad, y abras el corazón al bien y a la belleza, a la verdad. Es tiempo de vivir con el corazón de Dios, que hace salir el sol sobre todos los hombres, y Él mismo sale a encontrarse con todos. No seas hombre o mujer dormido, apuesta por dar lo que eres y tienes, no te encierres en ti. Da gratis lo que a ti te dieron gratis.
2. Ama cada vez más a Jesucristo, de la mano de María: así aprenderás a ser magnánimo, de corazón, de mente y espíritu abierto, sin miedos, con capacidad para apostar en la vida por grandes ideales. Pasa tiempo junto al Señor, escucha su Palabra. Él te habla a ti. ¡Qué horizontes nos abre Jesucristo! Por eso, camina con Jesús, y escucha con mucha atención lo que Él nos dice. Descubre con Jesucristo que caminar por la vida es un arte, y que lo propio del cristiano es salir, anunciar: mira, piensa, soporta, no vayas solo sino en comunidad. Y todo de la mano de María, que nos dice: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).
3. Sed revolucionarios en servir como Jesucristo: que es lo mismo que ser generosos con Dios y con los demás como Dios mismo lo es. Nos lo enseña Jesucristo, que dio la vida por cada uno de los hombres. Pensad que nada perdemos y que todo lo ganamos. Seamos revolucionarios como el Señor: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros, descubrirlo es caminar hacia una realización feliz. Descubramos nuestra vocación como discípulos de Cristo. No tengamos miedo a lo que Dios nos pida para hacer esta revolución. Vale la pena decir «sí» siempre a Dios. Responde a esta pregunta: «¿Qué quieres que haga?».
Con gran afecto, os bendice:
+Carlos Card. Osoro Sierra, Arzobispo de Madrid
Alfa y Omega

Acoger a los necesitados, intención del Papa para febrero



Alfa y Omega
Que los que están agobiados, «especialmente los pobres, los refugiados y los marginados encuentren acogida y apoyo en nuestras comunidades». Es la intención del Papa Francisco para el mes de febrero, dada a conocer en un nuevo vídeo.
«Vivimos en ciudades que construyen torres, centros comerciales, que hacen negocios inmobiliarios, pero abandonan una parte de sí en los márgenes, en las periferias», denuncia el Pontífice en su videomensaje, que empieza mostrando a un joven blanco sentado en las calles de una ciudad cualquiera, rodeado de personas negras que realizan todo tipo de actividades, ajenas a su presencia.

Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 14-29
En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él.
Unos decían:
«Juan el Bautista ha resucitado, de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Otros decían:
«Es Elías».
Otros:
«Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía:
«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
Palabra del Señor