martes, 13 de diciembre de 2016

¿QUIÉN CUMPLE LA VOLUNTAD DEL SEÑOR?


Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,28-32):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue.

Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.

¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron: «El primero».

Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
Palabra del Señor

El Papa en la fiesta de la Emperatriz de América: “Con María le decimos sí a la vida y no a la indiferencia”

«Feliz de ti porque has creído» (Lc 1,45) con estas palabras Isabel ungió la presencia de María en su casa. Palabras que nacen de su vientre, de sus entrañas; palabras que logran hacer eco de todo lo que experimentó con la visita a su prima: «Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti porque has creído» (Lc 1,44-45).
Dios nos visita en las entrañas de una mujer, movilizando las entrañas de otra mujer con un canto de bendición y alabanza, con un canto de alegría. La escena evangélica lleva consigo todo el dinamismo de la visita de Dios: cuando Dios sale a nuestro encuentro moviliza nuestras entrañas, pone en movimiento lo que somos hasta transformar toda nuestra vida en alabanza y bendición. Cuando Dios nos visita nos deja inquietos, con la sana inquietud de aquellos que se sienten invitados a anunciar que Él vive y está en medio de su pueblo. Así lo vemos en María, la primera discípula y misionera, la nueva Arca de la Alianza quien, lejos de permanecer en un lugar reservado en nuestros Templos, sale a visitar y acompaña con su presencia la gestación de Juan. Así lo hizo también en 1531: corrió al Tepeyac para servir y acompañar a ese Pueblo que estaba gestándose con dolor, convirtiéndose en su Madre y la de todos nuestros pueblos.
Con Isabel también nosotros hoy en su día queremos ungirla y saludarla diciendo: «Feliz de ti María porque has creído» y sigues creyendo «que se cumplirá todo lo que te fue anunciado de parte del Señor» (v. 45). María es así icono del discípulo, de la mujer creyente y orante que sabe acompañar y alentar nuestra fe y nuestra esperanza en las distintas etapas que nos toca atravesar. En María tenemos el fiel reflejo «no [de] una fe poéticamente edulcorada, sino [de] una fe recia sobre todo en una época en la que se quiebran los dulces encantos de las cosas y las contradicciones entran en conflicto por doquier».[1]
Y ciertamente tendremos que aprender de esa fe recia y servicial que ha caracterizado y caracteriza a nuestra Madre; aprender de esa fe que sabe meterse dentro de la historia para ser sal y luz en nuestras vidas y en nuestra sociedad.
La sociedad que estamos construyendo para nuestros hijos está cada vez más marcada por los signos de la división y fragmentación, dejando «fuera de juego» a muchos, especialmente a aquellos a los que se les hace difícil alcanzar los mínimos para llevar adelante su vida con dignidad. Una sociedad que le gusta jactarse de sus avances científicos y tecnológicos, pero que se ha vuelto cegatona e insensible frente a miles de rostros que se van quedando por el camino, excluidos por el orgullo que ciega de unos pocos. Una sociedad que termina instalando una cultura de la desilusión, el desencanto y la frustración en muchísimos de nuestros hermanos; e inclusive, de angustia en otros tantos porque experimentan las dificultades que tienen que enfrentar para no quedarse fuera del camino.
Pareciera que, sin darnos cuenta, nos hemos acostumbrado a vivir en la «sociedad de la desconfianza» con todo lo que esto supone para nuestro presente y especialmente para nuestro futuro; desconfianza que poco a poco va generando estados de desidia y dispersión.
Qué difícil es presumir de la sociedad del bienestar cuando vemos que nuestro querido continente americano se ha acostumbrado a ver a miles y miles de niños y jóvenes en situación de calle que mendigan y duermen en las estaciones de trenes, del subte o donde encuentren lugar. Niños y jóvenes explotados en trabajos clandestinos u obligados a conseguir alguna moneda en el cruce de las avenidas limpiando los parabrisas de nuestros autos..., y sienten que en el «tren de la vida» no hay lugar para ellos. Cuántas familias van quedando marcadas por el dolor al ver a sus hijos víctimas de los mercaderes de la muerte. Qué duro es ver cómo hemos normalizado la exclusión de nuestros ancianos obligándolos a vivir en la soledad, simplemente porque no generan productividad; o ver —como bien supieron decir los Obispos en Aparecida—, «la situación precaria que afecta la dignidad de muchas mujeres. Algunas, desde niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples formas de violencia dentro y fuera de casa».[2] Son situaciones que nos pueden paralizar, que pueden poner en duda nuestra fe y especialmente nuestra esperanza, nuestra manera de mirar y encarar el futuro.
Frente a todas estas situaciones, tenemos que decir con Isabel: «Feliz de ti por haber creído», y aprender de esa fe recia y servicial que ha caracterizado y caracteriza a nuestra Madre.
Celebrar a María es, en primer lugar, hacer memoria de la madre, hacer memoria de que no somos ni seremos nunca un pueblo huérfano. ¡Tenemos Madre! Y donde está la madre hay siempre presencia y sabor a hogar. Donde está la madre, los hermanos se podrán pelear pero siempre triunfará el sentido de unidad. Donde está la madre, no faltará la lucha a favor de la fraternidad. Siempre me ha impresionado ver, en distintos pueblos de América Latina, esas madres luchadoras que, a menudo ellas solas, logran sacar adelante a sus hijos. Así es María con nosotros, sus hijos: Mujer luchadora frente a la sociedad de la desconfianza y de la ceguera, frente a la sociedad de la desidia y la dispersión; Mujer que lucha para potenciar la alegría del Evangelio. Lucha para darle «carne» al Evangelio.
Mirar la Guadalupana es recordar que la visita del Señor pasa siempre por medio de aquellos que logran «hacer carne» su Palabra, que buscan encarnar la vida de Dios en sus entrañas, volviéndose signos vivos de su misericordia.
Celebrar la memoria de María es afirmar contra todo pronóstico que «en el corazón y en la vida de nuestros pueblos late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza».[3]
María, porque creyó, amó; porque es sierva del Señor y sierva de sus hermanos. os.Celebrar la memoria de María es celebrar que nosotros, al igual que ella, estamos invitados a salir e ir al encuentro de los demás con su misma mirada, con sus mismas entrañas de misericordia, con sus mismos gest Contemplarla es sentir la fuerte invitación a imitar su fe. Su presencia nos lleva a la reconciliación, dándonos fuerza para generar lazos en nuestra bendita tierra latinoamericana, diciéndole «sí» a la vida y «no» a todo tipo de indiferencia, de exclusión, de descarte de pueblos o personas.
No tengamos miedo de salir a mirar a los demás con su misma mirada. Una mirada que nos hace hermanos. Lo hacemos porque, al igual que Juan Diego, sabemos que aquí está nuestra madre, sabemos que estamos bajo su sombra y su resguardo, que es la fuente de nuestra alegría, que estamos en el cruce de sus brazos.[4]
Danos la paz y el trigo, Señor y Niña nuestra,
Una patria que suma hogar, templo y escuela,
Un pan que alcance a todos y una fe que se encienda
Por tus manos unidas, por tus ojos de estrella. Amén.

El Papa en la fiesta de la Guadalupana: «Al igual que María, estamos invitados a ir al encuentro de los demás»



«Celebrar la memoria de María es celebrar que nosotros, al igual que ella, estamos invitados a salir e ir al encuentro de los demás con su misma mirada, con sus mismas entrañas de misericordia, con sus mismos gestos», lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Misa con ocasión de la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, presidida por tercera vez consecutiva, en la Basílica de San Pedro en honor a la Patrona de México, América y Filipinas.
En su homilía, el Santo Padre recordó las palabras del saludo de la Virgen María a su prima Isabel narrados en el Evangelio de San Lucas, «palabras que logran hacer eco de todo lo que experimentó con la visita a su prima». Es en este contexto, dijo el Pontífice que, «Dios nos visita en las entrañas de una mujer, movilizando las entrañas de otra mujer con un canto de bendición y alabanza, con un canto de alegría». La escena evangélica –afirmó el Papa– lleva consigo todo el dinamismo de la visita de Dios: cuando Dios sale a nuestro encuentro moviliza nuestras entrañas, pone en movimiento lo que somos hasta transformar toda nuestra vida en alabanza y bendición. Es así que lo vemos en María, señaló el Obispo de Roma, la primera discípula y misionera, la nueva Arca de la Alianza quien, lejos de permanecer en un lugar reservado en nuestros Templos, sale a visitar y acompaña con su presencia la gestación de Juan.
Hoy en día, dijo el Obispo de Roma, la sociedad en que vivimos «está cada vez más marcada por los signos de la división y fragmentación, dejando fuera de juego a muchos, especialmente a aquellos a los que se les hace difícil alcanzar los mínimos para llevar adelante su vida con dignidad». Es una sociedad que le gusta jactarse de sus avances científicos y tecnológicos, agregó el Pontífice, pero que se ha vuelto cegatona e insensible frente a miles de rostros que se van quedando por el camino, excluidos por el orgullo de unos pocos. «Una sociedad que termina instalando una cultura de la desilusión, el desencanto y la frustración en muchísimos de nuestros hermanos, precisó el Papa; e inclusive, de angustia en otros tantos porque experimentan las dificultades que tienen que enfrentar para no quedarse fuera del camino».
Frente a todas estas situaciones, afirmó el Sucesor de Pedro, «tenemos que decir con Isabel: Feliz de ti por haber creído, y aprender de esa fe recia y servicial que ha caracterizado y caracteriza a nuestra Madre. Celebrar a María, agregó el Papa, es en primer lugar, hacer memoria de la madre, hacer memoria de que no somos ni seremos nunca un pueblo huérfano. ¡Tenemos Madre! Y donde está la madre hay siempre presencia y sabor a hogar. Donde está la madre, los hermanos se podrán pelear pero siempre triunfará el sentido de unidad. Donde está la madre, no faltará la lucha a favor de la fraternidad».
Mirar la Guadalupana, señaló el Papa Francisco, «es recordar que la visita del Señor pasa siempre por medio de aquellos que logran hacer carne su Palabra, que buscan encarnar la vida de Dios en sus entrañas, volviéndose signos vivos de su misericordia». Celebrar la memoria de María, agregó el Pontífice, «es afirmar contra todo pronóstico que en el corazón y en la vida de nuestros pueblos late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza».
Renato Martínez/Radio Vaticano
Alfa y Omega

13 de diciembre: santa Lucía, virgen y mártir



Siendo una niña, Lucía de Siracusa juró dedicar su virginidad a Dios y más aún cuando sus padres la instaron a casarse con un pagano que la deseaba. Desconcertado e irritado por la negativa, el pretendiente denunció a Lucía ante el prefecto romano Pascasio; la joven terminó siendo llamada a juicio. Durante el interrogatorio, las palabras del prefecto se estrellaban una y otra vez contra la firmeza demostrada por la joven.
Cuando Pascasio la amenazó con llevarla a un prostíbulo, Lucía respondió: «Aunque el cuerpo no sea respetado, el alma no se mancha si no acepta ni consiente el mal». Inmediatamente, el prefecto ordenó el traslado al prostíbulo, pero los soldados no lograron moverla de su sitio, por lo que decidieron rodearla de una hoguera. De nuevo, Lucía resistió, dejando claro que no había llegado el momento de entregar su vida: «He rogado a mi Señor Jesucristo a fin que no me domine este fuego».
En un momento dado Lucía despareció entre las llamas, pero al apagarse éstas, sus agresores comprobaron que no había sufrido el menor daño. No les quedó más remedio que emplear los métodos más brutales: le arrancaron los ojos y le atravesaron el cuello con una espada. Era el 13 de diciembre del año 300. Santa Lucía es la patrona de los invidentes y de los modistas.
J.M. Ballester Esquivias (@jmbe12)

El Papa escribe al presidente de Siria para pedirle "un final a la violencia"



"Un final a la violencia" y "una solución pacífica a las hostilidades". Eso es lo que el Papa Francisco ha pedido hoy en una carta al presidente de Siria, Bashar al Assad, en la que añade tanto su condena "a toda forma del extremismo" como su súplica, para que "la ley humanitaria internacional sea plenamente respetada" en lo que se refiere a la protección de civiles en el país.
Como informó la Sala Stampa del Vaticano, y según fragmentos de la misiva publicados por la agencia de noticias siria Sana, el Papa pidió al mandatario sirio que se uniera a "los esfuerzos para finalizar la guerra y restaurar la paz con el fin de que Siria continúe siendo modelo de coexistencia entre las culturas y religiones, como siempre ha sido".
La misiva, entregada por el nuncio apostólico al país, el cardenal Mario Zenari, expresa la compasión del sumo pontífice por el país árabe y su pueblo por encontrarse en medio de las "difíciles circunstancias" por las que atraviesan.
A través del mensaje, el Papa reiteró su condena a toda forma de terrorismo y extremismo a la que es sometida Siria desde el año 2011 y que hasta la fecha ha provocado entre 300 mil y 400 mil muertos,según datos registrados por organizaciones internacionales.
Por su parte el presidente Bashar al Assad ratificó que su país está determinado a restaurar la paz, la seguridad y la estabilidad.
Al Assad felicitó al cardenal Zenari por su reciente elevación al colegio cardenalicio, y resaltó además que el hecho de que se le haya mantenido en el cargo de nuncio del Vaticano es un gesto "apolítico, histórico y humanitario" que muestra el gran cuidado del Papa Francisco hacia Siria y su pueblo.
Este domingo el Papa Francisco durante su oración tradicional hizo un llamamiento al mundo para acabar con la destrucción y establecer la paz para Alepo y todo el pueblo de Siria, recordó que "Alepo es una ciudad y que allí hay gente: familias, niños, personas mayores, enfermas..." y Siria "es un país lleno de historia, cultura y fe".
(C. Doody/Agencias)

lunes, 12 de diciembre de 2016

Cardenal Osoro: Una sociedad que cierra las puertas a los refugiados «alguna enfermedad tiene»



En una entrevista en RNE Cantabria, el cardenal Osoro ha pedido que los refugiados puedan entrar a España «con la dignidad que todo ser humano se merece». «Todo ser humano, por el hecho de ser imagen y semejanza de Dios tiene derecho a pisar un suelo, a tener suelo, a tener un lugar donde situarse, donde permanecer, donde realizarse como persona y todos tenemos obligación de hacer que esto suceda». Si en una sociedad «esto no se da» es que «algo está funcionando mal», dijo. «Alguna enfermedad tiene esa sociedad y ese mundo».

El arzobispo de Madrid, el cardenal Carlos Osoro, ve «deseos» y «esfuerzos» de los países europeos de solucionar la crisis de los refugiados, pero advierte de que «las puertas nunca se pueden cerrar a nadie».

«Otra cosa es cómo tengan que entrar», puntualizó, ya que «a veces no es fácil conjugar las necesidades imperiosas de la gente que está llamando a la puerta y que necesita un lugar» y la «convivencia en el lugar de origen». «Pero esfuerzos se están haciendo», añadió.

En lo que respecta a la Iglesia, «está haciendo lo que nos dijo Jesús: Amaos como yo os he amado. No puede poner fronteras la Iglesia», dijo Osoro. Y siguiendo el magisterio de Francisco y de Benedicto XVI, remarcó que el «problema real» en el mundo no es la crisis económica sino una «crisis antropológica».

Frente a esta crisis, lo mejor que puede hacer la Iglesia es presentar a Dios. «Que no es imponérselo a nadie pero sí tenerlo presente. Dios es un dios que no estorba, es el que más libertad nos da» y nos hace «capaces de respetar a los demás». «Nos hace mirar a los demás, no como enemigos o como alguien que me estorba sino como un hermano al cual yo necesito buscarle un lugar».

Alfa Y Omega

Una explosión junto a la catedral copta de El Cairo se cobra la vida de al menos 25 personas




Se trata del peor ataque terrorista contra cristianos desde 2011, cuando un coche bomba fue detonado junto a una iglesia copta en Alejandría, cobrándose más de una veintena de vidas. Centenares de cristianos egipcios se han acercado al lugar del atentado en lo que pronto se ha convertido en una espontánea protesta contra el gobierno
Al menos 25 personas han muerto y otras 40 resultaron heridas en un atentado este domingo contra la comunidad cristiana de El Cairo, según confirmó el Ministerio de Sanidad egipcio.
Durante el servicio religioso del domingo, hacia las 10:00 de la mañana hora local, un artefacto explotó en una capilla lateral de la iglesia de San Pablo, aledaña a la catedral de San Marcos, en el barrio cairota de Al Abasiya.
La deflagración rompió los cristales de la iglesia, destrozó bancos y el exterior del edificio, tal como ha podido comprobar este diario. Según los primeros reportes de la Policía, el atentado fue perpetrado con un IED de entre 6 y 12 kilos de TNT.
Se trata del peor ataque terrorista contra cristianos desde 2011, cuando un coche bomba fue detonado junto a una iglesia copta en Alejandría, cobrándose más de una veintena de vidas.
Indignación entre los coptos
Pese a que la policía ha acordonado el perímetro, centenares de egipcios coptos se han acercado al lugar del atentado en lo que pronto se a convertido en una espontánea protesta contra el gobierno de Abdelfatah Al Sisi y el ministro de Interior, a quien culpan de negligencia en proteger a la minoría cristiana, un 10 % de la población egipcia.
Coptos con los que ha hablado ABC se mostraron asustados y enfadados. «No había apenas medidas de seguridad. La iglesia es vieja y tiene dos puertas, han conseguido colarse dentro, es terrible» señala Mina, mientras frente a la catedral cientos de coptos pedían la dimisión del Ministro de Interior. «La sangre de los egipcios no es barata», «Sisi, ¿por qué fue atacada esta iglesia?», coreaba la exaltada multitud.
La magnitud del atentado apunta a una brecha en la seguridad: normalmente las iglesias, especialmente las catedrales, están flanqueadas por puestos de seguridad militares o policiales. La espontánea protesta se ha convertido en una de las mayores contra el gobierno de Sisi en los últimos dos años, que ha controlado con mano de hierro a manifestantes y críticos.
Momentos de horror
Otros coptos todavía no se desprendían del horror del atentado. Según han relatado testigos del atentado a medios locales, tras la explosión el suelo quedó lleno de cadáveres, muchos de ellos destrozados.
Se espera que aumente el número de muertos, la mayoría mujeres, pues la bomba fue colocada cerca de una zona reservada para ellas.
Para los coptos, la catedral de San Marcos es especialmente significativa, pues es la sede del patriarca de la Iglesia copta ortodoxa en El Cairo, el papa Teodoro, de visita hoy en Grecia. «Es como si hubieran atentado contra el Vaticano. La catedral de San Marcos es importante no sólo para los cristianos en Egipto, sino para los cristianos de Oriente Medio», apostilla otro joven.
Hasta el momento, ningún grupo ha reivindicado el atentado, que tiene lugar días después de que un casi desconocido «Movimiento de los Brazos de Egipto-Hasm» se adjudicara la autoría de un ataque con bomba en la calle Al Ahram, cerca de las pirámides de Giza, que se saldó con la muerte de 6 policías. En los últimos meses, este grupo ha llevado a cabo diversos atentados con coche bomba, dirigidos a fuerzas de seguridad o fiscales envueltos en procesos judiciales contra islamistas.
Punto de inflexión terrorista
Aunque los cristianos son objeto de violencia sectaria en Egipto, especialmente en zonas rurales, y varias iglesias fueron atacadas por turbas e incendiadas en 2013, cuando el entonces militar Abdelfatah Al Sisi sacó al islamista Mohamed Morsi del poder, este atentado es un «punto de inflexión» en la actividad de grupos terroristas en el país, según el investigador para Egipto del Centro Carnegie, Mojtar Awad.
Desde 2013, Egipto hace frente a periódicos atentados terroristas, especialmente en la península del Sinaí. Sin embargo, los objetivos suelen ser posiciones militares o efectivos policiales. Atentados organizados por grupos terroristas contra la minoría cristiana no han sido habituales, aunque Mina Thabet, investigador en minorías de la Comisión Egipcia para Derechos y Libertades (ECRF), señala que es solo «un paso más consecuencia del discurso sectario y anti-otras religiones de algunos predicadores».
 Alicia Alamillos. El Cairo (ABC)
Alfa y Omega

Comentario del papa Francisco al santo evangelio según san Mateo (21,23-27)



«La Iglesia no es una organización de cultura, de religión, tampoco social; no es eso. La Iglesia es la familia de Jesús. La Iglesia confiesa que Jesús es el Hijo de Dios que se hizo carne. Este es el escándalo, y por esto perseguían a Jesús». Sin la Encarnación del Verbo falta el fundamento de nuestra fe. 


Los sacerdotes, los escribas y los ancianos de Jerusalén plantean esta pregunta a Jesús: «¿Con qué autoridad haces esto?». ¿Por qué Jesús constituía un problema? No es porque hiciera milagros, ni porque predicara y hablara de la libertad del pueblo. 

«El problema que escandalizaba a esta gente era aquello que los demonios gritaban a Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el santo”. Esto, esto es el centro». Lo que escandaliza de Jesús es su naturaleza de Dios encarnado. 

Y como a Él, también a nosotros «nos tienden trampas en la vida», porque lo que escandaliza de la Iglesia es el misterio de la encarnación del Verbo. También ahora oímos decir a menudo: «Pero vosotros cristianos, sed un poco más normales, como las otras personas, sensatas, no seáis tan rígidos». Detrás, en realidad, está la petición de no anunciar que «Dios se hizo hombre», porque «la encarnación del Verbo es el escándalo».

Cuando el sumo sacerdote le pregunta: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios?», Jesús responde que sí e inmediatamente es condenado a muerte. «Este es el centro de la persecución». De hecho, «si nosotros nos convertimos en cristianos sensatos, cristianos sociales, de beneficencia solamente, ¿cuál será la consecuencia? Que no tendremos jamás mártires». 

Al contrario, cuando afirmamos que «el Hijo de Dios vino y se hizo carne, cuando predicamos el escándalo de la cruz, vendrán las persecuciones, vendrá la cruz».

Hemos de pedir al Señor «no tener vergüenza de vivir con este escándalo de la cruz». Hemos de implorar de Dios la sabiduría, la inteligencia «para no dejarse atrapar por el espíritu del mundo, que siempre hará propuestas educadas, propuestas civilizadas». Propuestas que realmente niegan «el hecho de que el Verbo se encarnó».

(Papa Francisco, homilía en Santa Marta del 1-6-2013)

LA AUTORIDAD DE JESÚS




Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,23-27):

EN aquel tiempo, Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle:

«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?».

Jesús les replicó:

«Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?».

Ellos se pusieron a deliberar:

«Si decimos “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué no le habéis creído?”. Si le decimos “de los hombres”, tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta».

Y respondieron a Jesús:

«No sabemos».

Él, por su parte, les dijo:

«Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Palabra del Señor

Llamados a compartir la alegría por la venida del Señor, dando consuelo y esperanza a los pobres, Ángelus del Papa



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy celebramos el tercer domingo de Adviento, caracterizado por la invitación de san Pablo: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense. El Señor está cerca” (Fil 4,4-5). No es una alegría superficial o puramente emotiva aquella a la que nos exhorta el apóstol, y ni siquiera aquella mundana o aquella alegría del consumismo: no, no es ésta, sino que se trata de una alegría más auténtica, de la cual estamos llamados a redescubrir el sabor. El sabor de la verdadera alegría. Es una alegría que toca lo íntimo de nuestro ser, mientras esperamos a Jesús que ya ha venido a traer salvación al mundo, el Mesías prometido, nacido en Belén de la Virgen María. La liturgia de la Palabra nos ofrece el contexto adecuado para comprender y vivir esta alegría. Isaías habla de desierto, de tierra árida, de estepa, (cfr 35,1); el profeta tiene ante sí manos débiles, rodillas tambaleantes, corazones perdidos, ciegos, sordos y mudos (cfr vv. 3-6). Es el cuadro de una situación de desolación, de un destino inexorable sin Dios.
Pero finalmente la salvación es anunciada: “¡Sean fuertes, no teman!, dice el Profeta. ¡Ahí está su Dios! ¡Él mismo viene a salvarlos!” (cfr Is 35,4). E inmediatamente todo se transforma: el desierto florece, la consolación y la alegría invaden los corazones (cfr vv. 5-6). Estos signos anunciados por Isaías como reveladores de la salvación ya presente, se realizan en Jesús. Él mismo afirma respondiendo a los mensajeros enviados por Juan Bautista. ¿Qué dice Jesús a estos mensajeros?: “Los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan” (Mt 11,5).  No son palabras, son hechos que demuestran cómo la salvación, traída por Jesús, aferra todo el ser humano y lo regenera. Dios ha entrado en la historia para liberarnos de la esclavitud del pecado, ha puesto su tienda en medio de nosotros para compartir nuestra existencia, curar nuestras llagas, vendar nuestras heridas y donarnos la vida nueva. La alegría es el fruto de esta intervención de salvación y de amor de Dios.
Estamos llamados a dejarnos involucrar por el sentimiento de júbilo: este júbilo, esta alegría. Pero un cristiano que no es alegre… algo le falta a este cristiano, ¡o no es cristiano! La alegría del corazón, la alegría dentro que nos lleva adelante y nos da el coraje. El Señor viene, viene a nuestra vida como liberador, viene a liberarnos de todas las esclavitudes interiores y externas. Es Él que nos indica el camino de la fidelidad, de la paciencia y de la perseverancia porque, a su regreso, nuestra alegría será plena. La Navidad está cerca, los signos de su aproximación son evidentes por nuestras calles y en nuestras casas; también aquí en la Plaza ha sido puesto el Pesebre con el árbol al lado. Estos signos externos nos invitan a recibir al Señor que siempre viene y llama a nuestra puerta, llama a nuestro corazón: para acercarse a nosotros. Nos invitan a reconocer sus pasos entre aquellos de los hermanos que nos pasan al lado, especialmente los más débiles y necesitados.
Hoy estamos invitados a alegrarnos por la venida inminente de nuestro Redentor, y estamos llamados a compartir esta alegría con los demás, donando consuelo y esperanza a los pobres, a los enfermos, a las personas solas e infelices. La Virgen María,  la “sierva del Señor”, nos ayude a escuchar la voz de Dios en la oración y a servirlo con compasión en los hermanos, para llegar listos a la cita con la Navidad, preparando nuestro corazón a recibir a Jesús. 
(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Radio Vaticana)

domingo, 11 de diciembre de 2016

Carta de Dios al hombre y la mujer en Adviento

Querido hombre y mujer:
He escuchado tu grito de Adviento.
Está delante de mí.
Tu grito, golpea continuamente a mi puerta.

Hoy quisiera hablar contigo para que repienses tu llamada.
Hoy te quiero decir: ¿Por qué Dios preguntas? ¿A qué Dios esperas?
¿Qué has salido a buscar y a ver en el desierto?

Escucha a tu Dios, mujer y hombre  de Adviento:
"No llames a la puerta de un dios que no existe,
de un dios que tú te imaginas...
Si esperas... ábrete a la sorpresa del Dios que viene
y no del dios que tú te haces...
Tú, hombre y mujer,  todos, tenéis siempre la misma tentación:
hacer un dios a vuestra imagen.

Yo os digo, yo Dios de vivos,
soy un Dios más allá de vuestras invenciones.
Vosotros salís a ver donde está Dios... Os dicen:
"aquí está” pero no lo veis, y os sentís desanimados
porque Dios no está donde os han dicho...
Y Dios está vivo. Pero vosotros no tenéis mentalidad de Reino:
no descubrís a Dios en lo sencillo.
Os parece que lo sencillo es demasiado poco para que allí esté Dios.

Sabedlo: Yo, el Señor Dios, estoy en lo sencillo y pequeño...
Hombre y mujer  de hoy y de siempre:
deja espacio a tu Dios dentro de tu corazón.
Sólo puedo nacer y crecer donde mi palabra es acogida.

Qué tranquilo te quedas, haciendo -lo que hay que hacer- porque -
haciendo las cosas de siempre- evitas la novedad del Evangelio.
Pero yo te digo que tu corazón queda cerrado,
y tus ojos incapaces de ver el camino por donde yo llego.

No te defiendas como haces siempre.
No te escondas bajo ritos vacíos.
Hombre y mujer, si me esperas, deja de hacerme tú el camino
y ponte en el camino que yo te señalo por boca de los profetas.
Abre el corazón a mi Palabra.
Yo, tu Dios, te hablo

LA ALEGRÍA


En general, la Navidad es sinónimo de fiesta, de alegría, de familia, de ronda callejera. Sin embargo, para muchos son días en los que la soledad, el duelo, la intemperie, el desgarro, el luto se hacen más fuertes. ¿Dónde fundar la invitación a la alegría que hacen la Palabra y la Liturgia? ¿Por qué cantar y sentir gozo?
María, la Madre de Jesús, nos da la clave: “¡Mi alma se alegra en Dios, mi Salvador!” Y el apóstol invita: “¡Alegraos, os lo repito, alegraos en el Señor!” El salmista irrumpe con cánticos de alegría y de gozo cuando los pies del peregrino están pisando los umbrales de la ciudad santa.
Hay alegría provocada por el consumo, la extroversión evasiva, la exterioridad. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Francisco, EG 1)
La alegría cristiana se funda en saberse amado, redimido, acompañado por el Señor, por el Emmanuel. Y esta experiencia interior llega a reflejarse en el rostro de los creyentes, como les sucedió a María y a Isabel, al pequeño Juan, a los pastores…
¡Alégrate, porque el Señor está en medio de ti, dentro de ti, y te quiere!

Ángel Moreno de Buenafuente

Curar heridas


La actuación de Jesús dejó desconcertado al Bautista. Él esperaba un Mesías que extirparía del mundo el pecado imponiendo el juicio riguroso de Dios, no un Mesías dedicado a curar heridas y aliviar sufrimientos. Desde la prisión de Maqueronte envía un mensaje a Jesús: «¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro?».
Jesús le responde con su vida de profeta curador: «Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan; los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia». Este es el verdadero Mesías: el que viene a aliviar el sufrimiento, curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres.
Jesús se siente enviado por un Padre misericordioso que quiere para todos un mundo más digno y dichoso. Por eso se entrega a curar heridas, sanar dolencias y liberar la vida. Y por eso pide a todos: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo».
Jesús no se siente enviado por un Juez riguroso para juzgar a los pecadores y condenar al mundo. Por eso no atemoriza a nadie con gestos justicieros, sino que ofrece a pecadores y prostitutas su amistad y su perdón. Y por eso pide a todos: «No juzguéis y no seréis juzgados».
Jesús no cura nunca de manera arbitraria o por puro sensacionalismo. Cura movido por la compasión, buscando restaurar la vida de esas gentes enfermas, abatidas y rotas. Son las primeras que han de experimentar que Dios es amigo de una vida digna y sana.
Jesús no insistió nunca en el carácter prodigioso de sus curaciones ni pensó en ellas como receta fácil para suprimir el sufrimiento en el mundo. Presentó su actividad curadora como signo para mostrar a sus seguidores en qué dirección hemos de actuar para abrir caminos a ese proyecto humanizador del Padre que él llamaba «reino de Dios».
El papa Francisco afirma que «curar heridas» es una tarea urgente: «Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita hoy es capacidad de curar heridas». Habla luego de «hacernos cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano, que lava, limpia y consuela». Habla también de «caminar con las personas en la noche, saber dialogar e incluso descender a su noche y oscuridad sin perdernos».
Al confiar su misión a los discípulos, Jesús no los imagina como doctores, jerarcas, liturgistas o teólogos, sino como curadores. Siempre les confía una doble tarea: curar enfermos y anunciar que el reino de Dios está cerca.
José Antonio Pagola

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO DE HOY:



“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado un pasaje del Evangelio de Mateo (11, 2-6). El intento del evangelista es hacernos entrar más profundamente en el misterio de Jesús, para recibir su bondad y su misericordia. 

El episodio es el siguiente: Juan Bautista envía a sus discípulos a Jesús —Juan estaba en la cárcel— para hacerle una pregunta muy clara: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» (v. 3). Era justo en el momento de la oscuridad. 

El Bautista esperaba con ansia al Mesías que en su predicación había descrito muy intensamente, como un juez que habría instaurado finalmente el reino de Dios y purificado a su pueblo, premiando a los buenos y castigando a los malos. Él predicaba así: «ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Mt 3, 10). 

Ahora que Jesús ha iniciado su misión pública con un estilo distinto; Juan sufre porque se encuentra sumergido en una doble oscuridad: en la oscuridad de la cárcel y de una celda, y en la oscuridad del corazón. No entiende este estilo de Jesús y quiere saber si verdaderamente es Él el Mesías, o si se debe esperar a otro.

Y la respuesta de Jesús parece, a simple vista, no corresponder a la pregunta del Bautista. Jesús, de hecho, dice: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡Y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!». (vv. 4-6). 

Aquí se vuelve clara la intención del Señor Jesús: Él es el instrumento concreto de la misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos llevando la consolación y la salvación, y de esta manera manifiesta el juicio de Dios. 

Los ciegos, los cojos, los leprosos, los sordos recuperan su dignidad y ya no son excluidos por su enfermedad; los muertos vuelven a vivir, mientras que a los pobres se les anuncia la Buena Nueva. Y esta se convierte en la síntesis del actuar de Jesús, que de este modo hace visible y tangible el actuar mismo de Dios.

El mensaje que la Iglesia recibe de esta narración de la vida de Cristo es muy claro. Dios no ha mandado a su Hijo al mundo para castigar a los pecadores ni para acabar con los malvados. Sino que es a ellos a quienes se dirige la invitación a la conversión para que, viendo los signos de la bondad divina, puedan volver a encontrar el camino de regreso. Como dice el Salmo: «Si en cuenta tomas las culpas, oh Yahveh, ¿quién, Señor, resistirá? Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido» (Salmo 130, 3-4).

La justicia que el Bautista ponía al centro de su predicación, en Jesús se manifiesta en primer lugar como misericordia. Y las dudas del Precursor sólo anticipan el desconcierto que Jesús suscitará después con sus obras y con sus palabras. Se comprende, entonces, el final de la respuesta de Jesús. Dice: «¡Y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (v. 6). Escándalo significa «obstáculo». 

Por eso Jesús advierte sobre un peligro en particular: si el obstáculo para creer son sobre todo sus obras de misericordia, eso significa que se tiene una falsa imagen del Mesías. Dichosos en cambio aquellos que, ante los gestos y las palabras de Jesús, rinden gloria al Padre que está en los cielos.

La advertencia de Jesús es siempre actual: hoy también el hombre construye imágenes de Dios que le impiden disfrutar de su presencia real. Algunos se crean una fe «a medida» que reduce a Dios en el espacio, limitado por los propios deseos y las propias convicciones. Pero esta fe no es conversión al Señor que se revela, es más, impide estimular nuestra vida y nuestra conciencia. 

Otros reducen a Dios a un falso ídolo; usan su santo Nombre para justificar sus propios intereses o incluso el odio y la violencia. Aun más, para otros, Dios es solamente un refugio psicológico en el cual ser tranquilizados en los momentos difíciles: se trata de una fe plegada en sí misma, impermeable a la fuerza del amor misericordioso de Jesús que impulsa hacia los hermanos. 

Otros consideran a Cristo sólo un buen maestro de enseñanzas éticas, uno de los muchos que hay en la historia. Y por último, hay quien ahoga la fe en una relación puramente intimista con Jesús, anulando su impulso misionero capaz de transformar el mundo y la historia. Nosotros cristianos creemos en el Dios de Jesucristo, y nuestro deseo es el de crecer en la experiencia viva de su misterio de amor.

Esforcémonos entonces en no anteponer obstáculo alguno al actuar misericordioso del Padre, y pidamos el don de una fe grande para convertirnos también nosotros en señales e instrumentos de misericordia.
(Papa Francisco, catequesis del 7-9-2016)

JUAN EL BAUTISTA PREPARA EL CAMINO A JESÚS





Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,2-11):

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»

Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»

Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? 

Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." 

Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

Palabra del Señor