viernes, 9 de diciembre de 2016

Carta del arzobispo: Propongamos valores, vivamos la misericordia y el amor del Señor


El tiempo de Adviento es una gracia inmensa que el Señor nos concede para agrandar el corazón. ¿Qué nos enseña la Virgen María en este camino que hace para visitar a su prima Isabel?
El tiempo de Adviento es una gracia inmensa que el Señor nos concede a través de su Iglesia para agrandar el corazón y ver con más intensidad la necesidad de acercarle a nuestra vida y de hacerle sitio en esta historia que construimos los hombres. De tal manera que, quienes creemos, aportemos a esta historia que hacemos los hombres aquello que solamente el Señor y quienes ponen la vida en sus manos dan gratuitamente a este mundo: regalando, dando rostro humano y haciendo presente el Amor y la Misericordia de Él con obras y palabras. En este sentido, cuando pensé en la audacia que hemos de tener los discípulos de Cristo, y que nos viene urgida en este tiempo de Adviento, me dije a mí mismo: ¿por qué no proponer valores, vivir la misericordia y el Amor del Señor? Y se me ocurrió meditando esa página del Evangelio que tantas veces hemos leído y escuchado: la Visitación (cfr. Lc 1, 39-45). Nunca perdamos la capacidad de soñar. Nunca tengamos la tentación de creernos que tenemos todo, entre otras cosas porque es mentira. Siempre hay vacíos. El problema es creernos llenos, es entonces cuando dejamos de soñar. Soñemos que el mundo se puede cambiar y que todo depende de lo que tengamos en nuestro corazón.
La Santísima Virgen María nos enseña a soñar desde el corazón del Evangelio. ¡Qué fuerza tiene en su vida la propuesta que Dios le hace a través del ángel para dar rostro a Dios! ¡Qué hondura alcanza en su existencia el saber que «para Dios nada hay imposible»! Cuando se cree en esto, se comienza a soñar; pero, además, se comienza a ver que no es un sueño irrealizable, que Dios nos acompaña y lo hace realidad con su gracia y con su fuerza, a pesar de nuestros límites. Dios quiere que tengamos y propongamos valores grandes, esos que hacen del mundo una gran familia; que nos situemos viviendo su misericordia, porque nadie sobra, todos somos necesarios, todos somos hijos de Dios; y, por otra parte, que el amor del Señor sea nuestra fuerza, nuestra enseña, nuestra arma para cambiar este mundo.
¿Qué nos enseña la Virgen María en este camino que hace para visitar a su prima Isabel? 1. Aprendamos a salir al mundo por los caminos reales que tiene; 2. Sorteemos las dificultades, pero no de cualquier manera; 3. Llevemos la presencia de Dios y hagamos sentirla a quienes nos encontramos por el camino.
1. Aprendamos a salir al mundo por los caminos reales que tiene: se trata de encontrarnos con todos los hombres. Dios ha venido a encontrarse con todos. Quienes creemos en Él tenemos la tarea de salir e ir a todos. ¡Qué belleza tiene la salida de María! Después de saber que va a ser Madre de Dios, que ya en su vientre está Él, sale. Marcha aprisa y atraviesa una región montañosa. Ella nos enseña a no estar satisfechos y encerrados en nosotros mismos. Nos alienta a salir y dar satisfacción a los demás, aunque para ello tengamos que hacer caminos nada fáciles. María, cuando se hace vasija que contiene a Dios, observa todo lo que les falta a los hombres. Ve que lo que más hace falta es curar, librar, liberar, hacer el bien, descubrir la belleza que tiene la vida cuando Dios se aproxima a todas las situaciones de los hombres. Las circunstancias más negras, más tristes, nos deben hacer salir a los caminos de los hombres para hacerles ver la dignidad que tiene todo ser humano como imagen real que es de Dios. Estar en el camino para liberar a quienes padecen, conscientemente o no, la esclavitud. María se puso en camino y, llevando a Dios en su seno, enseñó solidaridad con todos los hombres, pues quien llevaba en su vientre venía para salvarnos a todos, para devolvernos la dignidad. María iba por el camino llevando paz, haciendo paz, dando ejemplo de paz. Llevaba a la Paz misma, llevaba el Reino de los cielos, que es Cristo mismo.
2. Sorteemos las dificultades que nos encontremos en el camino, pero no de cualquier manera: hay que hacerlo como Dios mismo nos enseña y como la primera discípula del Señor lo hizo. No se quejó ni de las distancias ni de las dificultades. Como buena mujer que tantas veces habría meditado la Escritura, sabía que el Dios que la había pedido la vida para tomar rostro humano había recibido numerosas quejas del pueblo de Israel en muchos momentos, pero su respuesta era la misericordia. Seguro que había meditado muchas veces lo que el libro del Éxodo nos cuenta cuando narra las quejas del pueblo de Dios en Egipto: llora porque es esclavo en Egipto, y Dios lo libera; más tarde, en el desierto se queja porque no tiene que comer, y Dios envía codornices y maná. Pero las quejas no cesan. Moisés hace de mediador entre Dios y el pueblo, y también se quejó a Dios. Pero Dios tuvo paciencia, que es una dimensión esencial de la fe. María atraviesa el camino fiándose de Dios, con la misma paciencia de Dios. ¡Qué maravilloso resulta ver y contemplar la travesía de María por el camino de la vida, acompañada por lo esencial, lo más bonito, lo más importante, que es vivir en una confianza absoluta en Dios, que la hace compartir la alegría que llevaba en su vida y saborear el sentido que tiene la vida!
La travesía de María lo es de testimonio, de consejo, de advertencia, de enseñar a no sentirnos nunca superiores a los demás. Es la travesía que nos hace volver a entrar en nosotros mismos para verificar si somos coherentes o no, es decir, si damos lo que debemos dar a los demás. María da presencia de Dios.
3. Llevemos la presencia de Dios y hagamos sentirla a quienes nos encontremos por el camino: la entrada de María en casa de Isabel y su saludo es provocador de algo nuevo, diferente. Nos lleva a descubrir, como pasó con Isabel, que María es mensajera de otros valores, de un modo de amar diferente, pues es incondicional el amor misericordioso de Dios. Y proclama que el arma que va a entregar Dios a los hombres para vivir y hacer vivir es diferente: se trata de Dios mismo, que viene y se quiere hacer presente en nuestra vida, desea conquistar nuestro corazón, igual que hizo a través de María con Isabel, a quien la presencia de Dios le hizo ver lo esencial: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Por otra parte, la presencia de Dios: «en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre»; un niño que aún no había nacido percibió la presencia de Dios. María siempre invita a llevar la presencia de Dios y hacerla sentir a todos los hombres.
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

Alfa y Omega

Responder a las llamadas de Dios a convertirnos desde el fondo de nuestro corazón.



  Hermanos, aunque yo no os hable de ello, el tiempo nos basta para darnos cuenta de que esta cerca el aniversario de la Natividad de Cristo, nuestro Señor. La misma creación expresa la inminencia de un acontecimiento en que todo quede restablecido de la mejor manera. También ella desea con impaciencia ver como se iluminan sus tinieblas con el resplandor de un sol más brillante que el sol ordinario. Esta espera de la creación a que se renueve su ciclo anual nos invita a esperar el nacimiento del nuevo sol, que es Cristo, que ilumina las tinieblas de nuestros pecados. El sol de justicia ( Ml 3,20), que aparecerá con toda su fuerza, disipará la oscuridad de nuestros pecados que ha durado tanto tiempo. Él no soporta que el curso de nuestra vida se vea ahogado por las tinieblas de la existencia; quiere dilatarla con su poder.

      Así que, de la misma manera que en estos días de solsticio, la creación difunde más ampliamente su luz, despleguemos también nuestra justicia. De la misma manera que la claridad de este día es un bien común a pobres y ricos, que nuestra generosidad se extienda tanto a los viajeros como a los pobres. El mundo, en este tiempo restringe la duración de las tinieblas; y nosotros acortemos las sombras de nuestra avaricia… Que se funda todo hielo en nuestros corazones; que crezca la semilla de la justicia, calentada por los rayos del Salvador.

      Hermanos, preparémonos, pues, a acoger el día del nacimiento del Señor adornados con vestidos resplandecientes de blancura. Hablo de los que visten el alma, no el cuerpo. El vestido que cubre nuestro cuerpo es una túnica sin importancia. Pero el cuerpo es un objeto precioso que reviste al alma. El primer vestido está tejido por manos humanas; el segundo es obra de las manos de Dios. Por eso es necesario velar con una solicitud muy grande para preservar de toda mancha  la obra de Dios… Antes de la Natividad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda suciedad. Presentémonos, no revestidos de seda, sino con obras de valor… Comencemos, pues, por adornar nuestro santuario interior.


San Máximo de Turín

No escuchan ni a Juan ni al Hijo del hombre

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 11, 16-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«¿A quién se parece esta generación?
Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo:
"Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado".
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: "Tiene un demonio". Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: "Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores".
Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras».
Palabra del Señor.

Homenaje a la Inmaculada en la Plaza de España

Oh María, nuestra Madre Inmaculada,en el día de tu fiesta vengo a ti, y no vengo solo:

Traigo conmigo a todos aquellos que tu Hijo me ha confiado, en esta ciudad de Roma y en el mundo entero,
para que tú los bendigas y los salves de los peligros.
Te traigo, Madre, a los niños, 
especialmente aquellos solos, abandonados,  que por ese motivo son engañados y explotados.
Te traigo, Madre, a las familias, que llevan adelante la vida y la sociedad
con su compromiso cotidiano y escondido; en modo particular a las familias que tienen más dificultades
por tantos problemas internos y externos. Te traigo, Madre, a todos los trabajadores, hombres y mujeres,
Y te encomiendo especialmente a quien, por necesidad, se esfuerza por desempeñar un trabajo indigno
y a quien el trabajo lo ha perdido o no puede encontrarlo.
Necesitamos tu mirada inmaculada,
para recuperar la capacidad de mirar a las personas y cosas con respeto y reconocimiento
sin intereses egoístas o hipocresías. Necesitamos de tu corazón inmaculado,
para amar en modo gratuito sin segundos fines, sino buscando el bien del otro,
con sencillez y sinceridad, renunciando a máscaras y maquillajes. Necesitamos tus manos inmaculadas,
para acariciar con ternura, para tocar la carne de Jesús
en los hermanos pobres, enfermos, despreciados, para levantar a los que se han caído y sostener a quien vacila.
Necesitamos de tus pies inmaculados, Para ir al encuentro de quienes no saben dar el primer paso,
para caminar por los senderos de quien se ha perdido, para ir a encontrar a las personas solas.
Te damos gracias, oh Madre, porque mostrándote a nosotros
libre de toda mancha de pecado, Tú nos recuerdas que ante todo está la gracia de Dios,
está el amor de Jesucristo que dio su vida por nosotros, está la fortaleza del Espíritu Santo que hace nuevas todas las cosas.
Haz que no cedamos al desánimo, sino que, confiando en tu ayuda constante,
trabajemos duro para renovarnos a nosotros mismos, a esta ciudad y al mundo entero.
¡Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios!
El Santo Padre depositó a los pies de la Virgen Santísima una corona de rosas blancas y después de saludar a las autoridades y a los fieles presentes, se dirigió a la Basílica de Santa María La Mayor, para rezar ante la imagen de la Salus Populi Romani. 
(Traducción del italiano: Griselda Mutual, Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

jueves, 8 de diciembre de 2016

El alma de este mundo

El Papa amplía la formación en los seminarios para garantizar la madurez de los futuros sacerdotes


«La carencia de una personalidad bien estructurada y equilibrada se constituye en un serio y objetivo impedimento para la continuidad de la formación para el sacerdocio», establece la nueva Ratio para la formación de seminaristas, que incorpora de forma obligatoria una etapa propedéutica de dos años para asegurar la madurez de los futuros sacerdotes
El Papa ha elegido la solemnidad de la Inmaculada para hacer pública la nueva Ratio para la formación de los seminaristas y sacerdotes, que lleva por título El don de la vocación presbiterial. La última actualización databa de 1985.
El nuevo documento incorpora el magisterio de los últimos pontífices, en especial la exhortación postsinodal Pastores dabo vobis de Juan Pablo II, sobre la formación integral de los seminaristas, a su vez reformada por Benedicto XVI para incorporar la formación permanente del clero, dándole a todo ello un carácter unitario.
De Francisco, el documento incorpora la preocupación por que el proceso tenga «un carácter eminentemente comunitario», previniéndose el aislamiento de los seminaristas, un mayor impulso misionero –para formar realmente a «discípulos y misioneros enamorados del Maestro, pastores con olor a oveja que vivan en medio del rebaño para servirlo y llevarle la misericordia de Dios» y un mayor acento en la madurez personal espiritual, intelectual y afectiva de los candidatos al sacerdocio.
En el aspecto académico, más allá de la filosofía y la teología, se insiste en la formación en las ciencias sociales y en la comprensión de la cultura contemporánea. En lo que se refiere a la dimensión afectiva, se reafirma el veto a las personas con «tendencias homosexuales profundamente arraigadas», y se insiste en la responsabilidad de los seminarios para prevenir futuros casos de abusos sexuales.
Nueva etapa propedéutica
Según informó Alfa y Omega, una de las mayores preocupaciones expresadas por los formadores de seminarios se refiere a la necesidad de ampliar los años de seminario para garantizar este punto. Se incorpora una «etapa propedéutica» que será «necesaria y obligatoria. «De esta manera –afirma el documento–, el discernimiento, realizado por los formadores, considerando todos los ámbitos de la formación, permitirá el paso a la etapa siguiente solo a aquellos seminaristas que, además de haber superado satisfactoriamente los exámenes previstos, hayan alcanzado el grado de madurez humana y vocacional que se requiere para cada etapa». Esta etapa propedéutica («que no debe ser inferior a dos años») proporcionará «una preparación de carecer introductorio, con el objetivo de discernir la conveniencia de continuar la formación sacerdotal o emprender un camino de vida diverso».

El futuro sacerdote está llamado a «una entrega total de sí, para el servicio al Pueblo de Dios, a imagen de Cristo Esposo». Ese «cuidado pastoral de los fieles exige que el presbítero posea una sólida formación y una madurez interior, ya que no puede limitarse a una “simple apariencia de hábitos virtuosos, una obediencia meramente exterior y formal a principios abstractos, sino que es llamado a actuar con una gran libertad interior». Se requiere de él «madura capacidad para relacionarse con el prójimo» y «la serenidad de fondo, humana y espiritual, que le permita, superada toda forma de protagonismo o dependencia afectiva, ser hombre de comunión, de misión y de diálogo, capaz de entregarse con generosidad y sacrificio a favor del Pueblo de Dios».
«La carencia de una personalidad bien estructurada y equilibrada –insiste la Ratio– se constituye en un serio y objetivo impedimento para la continuidad de la formación para el sacerdocio», inste el documento. El futuro presbítero requiere «dominio de sí» y capacidad de «superación de las diversas formas de individualismo».
Para ello se necesita, además de cultivar la propia interioridad, participar activamente en la vida comunitaria del seminario y de la Iglesia local. «La experiencia de la vida comunitaria es un elemento precioso e ineludible en la formación de quienes deberán, en el futuro, ejercitar una verdadera paternidad espiritual».
Responsabilidad de las Conferencias Episcopales

El primer borrador de la Ratio data de 2014 y, desde entonces, la Ratio ha sido enriquecida con las aportaciones de numerosas Conferencias Episcopales y expertos. Sobre la base de este documento, «cada Conferencia Episcopal deberá elaborar su propia Ratio nationalis», según las características y necesidades locales, que deberá ser aprobada por la Congregación para el Clero. «Compete a las Conferencias Episcopales, no a cada obispo en particular, el derecho y el deber de revisar la Ratio nationalis institutionis sacerdotales; así como cuando se considerase útil y oportuno, aprobar experiencias particulares en el territorio de la Conferencia Episcopal o en la región». «Las normas de esta Ratio deberán ser observadas en todos los seminarios diocesanos e interdiocesanos de la nación», abunda el documento, que previene así que, en el futuro, algunos seminarios actúen por libre, como ha ocurrido en algunos países en los últimos años.
Alfa y Omega

HOY, SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN. EL PAPA FRANCISCO NOS EXPLICA EL SIGNIFICADO DE ESTA FIESTA:


«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz fiesta!

Hoy, la fiesta de la Inmaculada nos hace contemplar a la Virgen que, por singular privilegio, ha sido preservada del pecado original desde su concepción. Aunque vivía en el mundo marcado por el pecado, no fue tocada por él: María es nuestra hermana en el sufrimiento, pero no en el mal ni en el pecado. 

Es más, el mal en ella fue derrotado antes aún de rozarla, porque Dios la ha llenado de gracia (cf. Lc 1, 28). La Inmaculada Concepción significa que María es la primera salvada por la infinita misericordia del Padre, como primicia de la salvación que Dios quiere donar a cada hombre y mujer, en Cristo. 

Por esto la Inmaculada se ha convertido en icono sublime de la misericordia divina que ha vencido el pecado. Y nosotros queremos mirar a este icono con amor confiado y contemplarla en todo su esplendor, imitándola en la fe.

En la concepción inmaculada de María estamos invitados a reconocer la aurora del mundo nuevo, transformado por la obra salvadora del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La aurora de la nueva creación realizada por la divina misericordia. Por esto la Virgen María, nunca contagiada por el pecado, está siempre llena de Dios, es madre de una humanidad nueva. Es madre del mundo recreado.

Celebrar esta fiesta comporta dos cosas. La primera: acoger plenamente a Dios y su gracia misericordiosa en nuestra vida. La segunda: convertirse a su vez en artífices de misericordia a través de un camino evangélico. 

La fiesta de la Inmaculada se convierte en la fiesta de todos nosotros si, con nuestros «síes» cotidianos, somos capaces de vencer nuestro egoísmo y hacer más feliz la vida de nuestros hermanos, de donarles esperanza, secando alguna lágrima y dándoles un poco de alegría. 

A imitación de María, estamos llamados a convertirnos en portadores de Cristo y testigos de su amor, mirando en primer lugar a los que son privilegiados a los ojos de Jesús. Son quienes Él mismo nos indicó: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25, 35-36).

La fiesta de hoy de la Inmaculada Concepción tiene un específico mensaje que comunicarnos: nos recuerda que en nuestra vida todo es un don, todo es misericordia. Que la Virgen Santa, primicia de los salvados, modelo de la Iglesia, esposa santa e inmaculada, amada por el Señor, nos ayude a redescubrir cada vez más la misericordia divina como distintivo del cristiano. 

No se puede entender que un verdadero cristiano no sea misericordioso, como no se puede entender a Dios sin su misericordia. Esa es la palabra-síntesis del Evangelio: misericordia. 

Es el rasgo fundamental del rostro de Cristo: ese rostro que nosotros reconocemos en los diversos aspectos de su existencia: cuando va al encuentro de todos, cuando sana a los enfermos, cuando se sienta en la mesa con los pecadores, y sobre todo cuando, clavado en la cruz, perdona; allí nosotros vemos el rostro de la misericordia divina. 

No tengamos miedo: dejémonos abrazar por la misericordia de Dios que nos espera y perdona todo. Nada es más dulce que su misericordia. Dejémonos acariciar por Dios; es tan bueno el Señor, y perdona todo.

Que por intercesión de María Inmaculada, la misericordia tome posesión de nuestros corazones y transforme toda nuestra vida».

(Papa Francisco, Ángelus del 8-12-2015)

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (1.26-38):



“El ángel Gabriel llamó a María «llena de gracia» (Lc 1, 28): en ella no había espacio para el pecado, porque Dios la predestinó desde desde siempre como madre de Jesús y la preservó de la culpa original. Y María correspondió a la gracia y se abandonó diciendo al ángel: «Hágase en mí según tu palabra» (v. 38). No dice: «Yo lo haré según tu palabra»: ¡no! Sino: «Hágase en mí...». Y el Verbo se hizo carne en su seno. 

También a nosotros se nos pide escuchar a Dios que nos habla y acoger su voluntad; según la lógica evangélica nada es más activo y fecundo que escuchar y acoger la Palabra del Señor, que viene del Evangelio, de la Biblia. El Señor nos habla siempre.

La actitud de María de Nazaret nos muestra que el ser está antes del hacer, y que es necesario dejar hacer a Dios para ser verdaderamente como Él nos quiere. Es Él quien hace en nosotros muchas maravillas. María fue receptiva, pero no pasiva. Como, a nivel físico, recibió el poder el Espíritu Santo para luego dar carne y sangre al Hijo de Dios que se formó en ella, así, a nivel espiritual, acogió la gracia y correspondió a la misma con la fe. Por ello san Agustín afirma que la Virgen «concibió primero en su corazón que en su seno» (Discursos, 215, 4). Concibió primero la fe y luego al Señor. 

Este misterio de la acogida de la gracia, que en María, por un privilegio único, no contaba con el obstáculo del pecado, es una posibilidad para todos. San Pablo, en efecto, inicia su Carta a los Efesios con estas palabras de alabanza: «Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos» (1, 3). 

Como Isabel saludó a María llamándola «bendita tú entre las mujeres» (Lc 1, 42), así también nosotros hemos sido desde siempre «bendecidos», es decir amados, y por ello «elegidos antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e intachables» 

Ante el amor, ante la misericordia, ante la gracia divina derramada en nuestro corazón, la consecuencia que se impone es una sola: la gratuidad. Ninguno de nosotros puede comprar la salvación. La salvación es un don gratuito del Señor, un don gratuito de Dios que viene a nosotros y vive en nosotros. Como hemos recibido gratuitamente, así gratuitamente estamos llamados a dar (cf. Mt 10, 8); a imitación de María, que, inmediatamente después de acoger el anuncio del ángel, fue a compartir el don de la fecundidad con la pariente Isabel. 

Porque si todo se nos ha dado, todo se debe devolver. ¿De qué modo? Dejando que el Espíritu Santo haga de nosotros un don para los demás. El Espíritu es don para nosotros y nosotros, con la fuerza del Espíritu, debemos ser don para los demás y dejar que el Espíritu Santo nos convierta en instrumentos de acogida, instrumentos de reconciliación e instrumentos de perdón. 

Si nuestra existencia se deja transformar por la gracia del Señor, porque la gracia del Señor nos transforma, no podremos conservar para nosotros la luz que viene de su rostro, sino que la dejaremos pasar para que ilumine a los demás. Aprendamos de María, que tuvo constantemente la mirada fija en su Hijo y su rostro se convirtió en «el rostro que más se asemeja a Cristo» (Dante, Paraíso, XXXII, 87). Y a ella nos dirigimos ahora con la oración que recuerda el anuncio del ángel”.
(Papa Francisco, Ángelus del 8-12-2014

AQUÍ ESTÁ LA ESCLAVA DEL SEÑOR, HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA



Lectura del santo evangelio según san Lucas (1.26-38):

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»

El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»

María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor

La esperanza no desilusiona, afirmó el Papa en la Catequesis

En la segunda semana de Adviento, primer período del nuevo Año litúrgico, el Papa Francisco dio inicio a la nueva serie de catequesis sobre el tema de la esperanza cristiana. En un tiempo en el que a veces nos sentimos perdidos ante el mal y la violencia que nos rodean, ante el dolor de tantos hermanos nuestros, la esperanza es un tema muy importante – dijo el Papa - porque la esperanza no desilusiona. “El optimismo desilusiona, pero la esperanza, no”, puntualizó.
«¡Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios!» Tras leer a los fieles presentes las palabras del profeta Isaías, “el gran profeta del Adviento”, Francisco explicó el mensaje de esperanza en ellas contenidas. Así se expresó en nuestro idioma: “Queridos hermanos y hermanas: hoy comenzamos una nueva serie de catequesis sobre la esperanza cristiana. En esta primera reflexión, el profeta Isaías nos invita a llevar el consuelo de Dios a nuestros hermanos. Isaías habla a un pueblo en el exilio y le presenta la posibilidad de regresar a su hogar, que en definitiva es volver a Dios. Para ello hay que eliminar los obstáculos que nos detienen, preparar un camino llano y ancho, un camino de liberación y esperanza que se extiende por el desierto”.
En este punto, en la catequesis en italiano, el Obispo de Roma detalló el momento dramático que vivía entonces el pueblo de Israel, cuando lo había perdido todo: la tierra, la libertad, la dignidad, e incluso la fe en Dios. En ese momento el profeta anuncia el consuelo del Padre que inicia con la posibilidad de caminar en la vía del Señor, en ese camino de regreso que se presenta nuevo, ancho y cómodo, de modo de poderlo atravesar sin dificultad para regresar a la patria, lo que significa también regresar a Dios, y volver a esperar y a sonreír.
Cuando nosotros estamos en la oscuridad, en las dificultades, no sonreímos. El Santo Padre siguió con la observación de que una de las primeras cosas que suceden a las personas que se alejan de Dios, es que son “personas sin sonrisa”: “tal vez son capaces de dar una gran carcajada, una detrás de otra; un chiste, una carcajada… ¡Pero falta la sonrisa! La sonrisa solamente la da la esperanza”. “La esperanza es la que nos enseña a sonreír en aquel camino para encontrar a Dios”. 
Convertirse para abrirse a la esperanza. “San Juan Bautista retomando las palabras de Isaías, nos llama a la conversión, para que abramos un camino de esperanza en nuestros corazones”. Extendiéndose en la catequesis en italiano, el Papa precisó que cuando el Bautista anunció la llegada de Jesús, la situación se presentaba como si los israelitas estuvieran aún en el exilio, porque se encontraban bajo el dominio romano lo que los hacía extranjeros en su misma patria, gobernados por los poderosos ocupantes que decidían sobre sus vidas. Pero la verdadera historia, continuó, no es aquella hecha por los poderosos, sino aquella hecha por Dios junto con sus pequeños: “Dios con María, Dios con Jesús, Dios con José, Dios con los pequeños”, porque “son los pequeños, hechos grandes por su fe, quienes saben seguir esperando. La esperanza es la virtud de los pequeños. Los grandes, los satisfechos, no conocen la esperanza. No saben qué es”.
De allí la invitación del Sucesor de Pedro a todos los cristianos a hacerse pequeños como los personajes del Evangelio, María y José, Zacarías e Isabel o los pastores, quienes “eran insignificantes para los grandes y poderosos de entonces, pero cuyas vidas estaban llenas de esperanza, abiertas a la consolación de Dios”, y también el pedido al Señor de “la gracia de trasformar el desierto de nuestra vida, de nuestro sufrimiento y de nuestra soledad, en un camino llano que nos lleve al encuentro con el Señor y con los hermanos”.
(Griselda Mutual - Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

miércoles, 7 de diciembre de 2016

10 tips de los sacerdotes para una confesión mejor



Ojalá pudiera escuchar las confesiones de otras personas.
No te preocupes, no voy a poner escuchas en los confesionarios del convento. Simplemente creo que podría aprender algo escuchando cómo se enfrentan los demás a la confesión.

Hace varios años ya que tomo parte en el sacramento de la Penitencia, pero aún tengo la impresión de no saber exactamente qué estoy haciendo. A veces salgo del confesionario con dudas: “¿Lo he hecho bien? ¿Debería haber sido más específica? ¿He sido suficientemente sincera?”.

El otro día, al salir de confesarme, pensé: “¡Ya sé! Voy a pedir consejo a los hombres que  se dedican a escuchar las confesiones de la gente”.

Ojalá pudiera escuchar las confesiones de otras personas.

No te preocupes, no voy a poner escuchas en los confesionarios del convento. Simplemente creo que podría aprender algo escuchando cómo se enfrentan los demás a la confesión.Hace varios años ya que tomo parte en el sacramento de la Penitencia, pero aún tengo la impresión de no saber exactamente qué estoy haciendo. A veces salgo del confesionario con dudas: “¿Lo he hecho bien? ¿Debería haber sido más específica? ¿He sido suficientemente sincera?”.

El otro día, al salir de confesarme, pensé: “¡Ya sé! Voy a pedir consejo a los hombres que  se dedican a escuchar las confesiones de la gente”.
Y esto es lo que me dijeron:

1.       Padre Bryan Brooks, Tulsa, Oklahoma:
Al hacer un examen de conciencia nos enfrentamos con nuestros pecados, pero cuando vamos a confesión, nos enfrentamos al amor, la misericordia y el perdón de Dios.

2.       Padre Sean Donovan, Pawhuska, Oklahoma:
Después de contar cuánto hace más o menos de tu última confesión, háblale al cura brevemente de ti mismo (¿Estás soltero, tienes pareja, casado por segunda vez, eres una hermana religiosa?). Conocer tu situación nos ayuda a aconsejarte mejor.

3.       Padre Gabriel Mosher, OP, Portland, Oregón:
Los pecados son malas elecciones, no emociones desagradables; así que confiesa tus pecados, no tus estados emocionales.

4.       Padre Damian Ference, Wickliffe, Ohio:
Los pecados cometidos son una ofensa a Dios, pero los pecados confesados son un cántico a Dios. Así que, cuando confiesas tus pecados a un sacerdote en el sacramento de la Reconciliación, debes saber que también estás cantando una alabanza a Dios por su gran misericordia.

5.       Padre Matthew Gossett, Steubenville, Ohio:
¡La confesión frecuente es edificante para tu sacerdote y buena para tu alma! Los pecados, en especial los habituales o arraigados, requieren paciencia y perseverancia. Nunca te rindas, no importa cuántas veces hayas cometido el mismo pecado (…). La confesión es un sacramento de curación y, como con las heridas físicas, las heridas espirituales pueden necesitar algún tiempo para sanar por completo.

6.       Padre James Martin, SJ, Ciudad de Nueva York, Nueva York:
La confesión no trata tanto de lo malo que eres sino de lo bueno que es Dios.

7.       Padre Anthony Gerber, Cottleville, Misuri:
El sacerdote es como un médico: cuando vas al médico, le dices qué es lo que te ha estado doliendo con más o menos detalle, para que sepa cómo tratarte de la mejor forma. Y recuerda: ya ha visto a muchos pacientes con los mismos síntomas. ¡Confía en él, escucha su consejo y mejorarás pronto!

8.       Padre Joshua Whitfield, Dallas, Texas:
Dios obra mejor con una confesión sencilla y humilde de los pecados. Dios no necesita una novela. Ya la ha leído. El orgullo y la impenitencia a veces se esconden bajo nuestra verborrea. Hablen con sencillez y claridad, mencionando sus pecados: es como despojarse camino de la Cruz, para la muerte de nuestros pecados y la resurrección del perdón.

9.       Padre Jeffrey Mickler, SSP, Youngstown, Ohio:
Habla sin miedo, no te preocupes por nada. El amor de Dios es más fuerte que nuestros pecados.

10.    Padre Matthew Schneider, LC, Washington DC:
Para muchas personas, la mayor mejoría en la confesión sería cambiar la percepción de que es una lista obligatoria y abstracta de pecados, en vez de considerarlo una renovación de la relación con Dios.

¡Y un extra!
11.    Padre Mark Menegatti, O.S.A.:
La confesión no es sólo una eliminación del pecado, es un encuentro con Cristo.

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El consejo número 3 me hizo replantearme mi forma de hacer el examen de conciencia y me di cuenta de que probablemente debería ser más específica a la hora de enumerar mis pecados (no porque le haga falta a Dios, sino porque me ayudaría a mí). Y todos estos consejos han renovado mi amor hacia el sacramento de la Penitencia y hacia todos los sacerdotes que entregan sus vidas para servir a Dios y a su pueblo.
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Aleteia

Venid a mí todos los que estáis cansados

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 11,28-30

En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo:
- «Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Palabra del Señor

El Papa denuncia la "doble vida de muchos cristianos, también de muchos que son sacerdotes u obispos"



 Quien no conoce la ternura de Dios no conoce la doctrina cristiana, dijo el papa Francisco en la homilía de la misa matutina celebrada este martes en la Casa Santa Marta del Vaticano, dedicada en gran parte a la figura de Judas.
En el centro de la homilía del Papa estuvo el Evangelio de la oveja perdida y la alegría por el consuelo del Señor que no deja nunca de buscarla. "Él viene como juez, explicó el Papa, pero como un juez que acaricia, un juez que está lleno de ternura, hace de todo para salvarnos". No viene "a condenar sino a salvar". Nos busca a cada uno de nosotros, nos ama personalmente, "no ama a la masa indistinta", sino que nos "ama con nombre, nos ama como somos".
La oveja perdida, comentó el Papa, "no se ha perdido porque no tenía una brújula en la mano. Conocía bien el camino". "Se ha perdido porque tenía el corazón enfermo",cegado por una "disociación interior" y huye "para alejarse del Señor, para saciar esa oscuridad interior que lo llevaba a la doble vida": estar en el rebaño pero a la vez escapar hacia la oscuridad.
"El Señor conoce estas cosas" y por eso va a buscarla. "La figura que más que hace entender la actitud del Señor con la oveja perdida, confesó el Papa, es la actitud del Señor con Judas".
"La oveja perdida más perfecta del Evangelio es Judas: un hombre que siempre, siempre tenía algo de amargura en el corazón, algo que criticar a los demás, siempre distanciado. No conocía la dulzura de la gratuidad de vivir con los demás. Y siempre, (aunque esta oveja no estaba insatisfecha, Judas no era un hombre insatisfecho), escapaba".
"Escapaba porque era ladrón, siempre por ese lado. Otros son lujuriosos, otros... Pero siempre escapan porque tienen esa oscuridad en el corazón que los separa del rebaño. Es la doble vida, esa doble vida de muchos cristianos, también, con dolor lo digo: de muchos que son sacerdotes, obispos...", dijo Francisco.
"Judas era obispo, uno de los primeros ¿eh? La oveja perdida ¡Pobre! Pobre el hermano Judas como lo llamaba Mazzolari en ese sermón tan bello: ‘Hermano Judas ¿qué le pasa a tu corazón?'. Tenemos que entender a las ovejas perdidas. Todos tenemos algo, aunque sea pequeño (a veces no tanto) de oveja perdida".
 Esto que hace la oveja perdida, destacó el Papa, no es tanto un error como una enfermedad, algo que está en el corazón y que el diablo aprovecha. Así Judas con el "corazón dividido, disociado", es la imagen de la oveja perdida a la que el pastor va a buscar.

Pero Judas no entiende y "al final cuando ha visto la doble vida que ha hecho en la comunidad, el mal que ha sembrado, con su oscuridad interior, que lo llevaba a escapar siempre, buscando luces que no son la luz del Señor, sino que son como adornos navideños, "luces artificiales", se desesperó.
El Papa comentó: "Hay una palabra en la Biblia, el Señor es bueno, también para estas ovejas, no deja nunca de buscarlas. Hay una lectura que cuenta que Judas se ahorcó, se ahorcó ‘arrepentido'. Creo que el Señor tomará esa palabra (‘arrepentido') y la llevará consigo, no lo sé, puede suceder, pero esa palabra nos hace dudar".
"¿Qué significa? Que hasta el final el amor de Dios trabajaba en ese alma, hasta el momento de la desesperación. Esta es la actitud del buen pastor con las ovejas perdidas", reflexionó el Papa.
"Este es el anuncio, la Buena Noticia que nos lleva a Navidad y que nos pide esta sincera exultación que cambia el corazón, que nos lleva a dejarnos consolar por el Señor y no por los consuelos que vamos buscando para desfogarnos, para huir de la realidad, huir de la tortura interior y de la división interior".
Jesús, cuando encuentra a la oveja perdida no la insulta, aunque haya hecho mucho mal. En el Huerto de los olivos llama a Judas "amigo". Son las caricias de Dios.
"¡Quien no conoce las caricias del Señor no conoce la doctrina cristiana! -exclamó el Papa-. Quien no se deja acariciar por el Señor ¡está perdido! Y esta es la Buena Noticia, este es el consuelo que buscamos, que venga el Señor con su poder, recibir sus caricias, que nos encuentre, que nos salve y que, como a la oveja perdida, nos lleve al rebaño que es su Iglesia".
"Que el Señor nos dé esta gracia de esperar la Navidad con nuestras heridas, con nuestros pecados, reconocidos con sinceridad, de esperar el poder de este Dios que viene a consolarnos, que viene con poder pero este poder que es ternura, las caricias que nacen de su corazón -concluyó-, un corazón tan bueno que ha dado la vida por nosotros".