viernes, 8 de enero de 2016

Al multiplicar los panes Jesús se manifiesta como profeta


Lectura del santo evangelio según San Marcos 6, 34-44
En aquel tiempo, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle:
- «Estamos en despoblado, y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer.»
El les replicó:
- «Dadles vosotros de comer.»
Ellos le preguntaron:
- «¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?»
Él les dijo:
- «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver.»
Cuando lo averiguaron le dijeron:
- «Cinco, y dos peces.»
Él les mandó que la gente se recostará sobre la hierba verde en grupos. Ellos se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta.
Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces.
Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces.
Los que comieron eran cinco mil hombres.
Palabra del Señor.

jueves, 7 de enero de 2016

El vídeo del Papa - Diálogo Interreligioso

Cuidar y promover en nuestras comunidades. Nueva espiritualidad

«Espiritualidad» es una palabra desafortunada. Para muchos solo puede significar algo inútil, alejado de la vida real. ¿Para qué puede servir? Lo que interesa es lo concreto y práctico, lo material, no lo espiritual.
Sin embargo, el «espíritu» de una persona es algo valorado en la sociedad moderna, pues indica lo más hondo y decisivo de su vida: la pasión que la anima, su inspiración última, lo que contagia a los demás, lo que esa persona va poniendo en el mundo.
El espíritu alienta nuestros proyectos y compromisos, configura nuestro horizonte de valores y nuestra esperanza. Según sea nuestro espíritu, así será nuestra espiritualidad. Y así será también nuestra religión y nuestra vida entera.
Los textos que nos han dejado los primeros cristianos nos muestran que viven su fe en Jesucristo como un fuerte «movimiento espiritual». Se sienten habitados por el Espíritu de Jesús. Solo es cristiano quien ha sido bautizado con ese Espíritu. «El que no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece». Animados por ese Espíritu, lo viven todo de manera nueva.
Lo primero que cambia radicalmente es su experiencia de Dios. No viven ya con «espíritu de esclavos», agobiados por el miedo a Dios, sino con «espíritu de hijos» que se sienten amados de manera incondicional y sin límites por un Padre. El Espíritu de Jesús les hace gritar en el fondo de su corazón: ¡Abbá, Padre! Esta experiencia es lo primero que todos deberían encontrar en las comunidades de Jesús.
Cambia también su manera de vivir la religión. Ya no se sienten «prisioneros de la ley», las normas y los preceptos, sino liberados por el amor. Ahora conocen lo que es vivir con «un espíritu nuevo», escuchando la llamada del amor y no con «la letra vieja», ocupados en cumplir obligaciones religiosas. Este es el clima que entre todos hemos de cuidar y promover en las comunidades cristianas, si queremos vivir como Jesús.
Descubren también el verdadero contenido del culto a Dios. Lo que agrada al Padre no son los ritos vacíos de amor, sino que vivamos «en espíritu y en verdad». Esa vida vivida con el espíritu de Jesús y la verdad de su evangelio es para los cristianos su auténtico «culto espiritual».
No hemos de olvidar lo que Pablo de Tarso decía a sus comunidades: «No apaguéis el Espíritu». Una iglesia apagada, vacía del espíritu de Cristo, no puede vivir ni comunicar su verdadera Novedad. No puede saborear ni contagiar su Buena Noticia. Cuidar la espiritualidad cristiana es reavivar nuestra religión.


José Antonio Pagola

FELICES LOS QUE SE REFUGIAN EN EL SEÑOR


Del Salmo 2:

Te daré en herencia las naciones

Voy a proclamar el decreto del Señor;
Él me ha dicho: «Tú eres mi Hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra.»


Te daré en herencia las naciones

Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando,
no sea que se irrite y vayan a la ruina,
porque su enojo se enciende en un instante.

¡Felices los que se refugian en el Señor! .


Te daré en herencia las naciones
Fuente: News. va

Homilía del Papa: “Las obras de misericordia son el corazón de nuestra fe”

“Las obras de misericordia son el corazón de nuestra fe”. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta tras la pausa navideña. Deteniéndose en la primera lectura, tomada de la Primera Carta de San Juan Apóstol, el Pontífice advirtió que es necesario estar atentos ante la mundanidad y ante aquellos espíritus que nos alejan de Dios, que se ha hecho carne por nosotros:
“Permanecer en Dios”. El Santo Padre Francisco desarrolló su homilía a partir de esta afirmación del Apóstol Juan. “Permanecer en Dios – dijo  – es un poco el alcance y el estilo de la vida cristiana”. Porque un cristiano “es el que permanece en Dios”, el que “tiene en sí al Espíritu Santo y se deja guiar por Él”. Al mismo tiempo – prosiguió – el Apóstol pone en guardia al hecho de dar “fe a todo espíritu”. De modo que es necesario poner “a prueba a los espíritus, para comprender si provienen, verdaderamente, de Dios. “Y ésta – afirmó el Papa –  es la regla cotidiana de vida que nos enseña Juan”.
¿Pero qué quiere decir entonces “poner a prueba a los espíritus”? –  se preguntó –. Y añadió que no se trata de “fantasmas”. Sino que se trata de “probar”, ver “qué sucede en mi corazón”, cuál es la raíz “de lo que estoy sintiendo ahora, y de dónde viene. “Esto es poner a prueba –  dijo el Papa – para saber si lo que “siento viene de Dios” o viene de otro, “del anticristo”.

Discernir lo que sucede en nuestra alma

La mundanidad – reafirmó Francisco –  es precisamente “el espíritu que nos aleja del Espíritu de Dios, que nos hace permanecer en el Señor”. Por tanto – volvió a preguntarse – ¿cuál es el criterio para “hacer un discernimiento correcto acerca de lo que sucede en mi alma?”. Y respondió que el Apóstol Juan da uno solo: “Todo espíritu que reconoce a Jesucristo que vino en la carne, es de Dios, y todo espíritu que no reconoce a Jesús, no es de Dios”:
“El criterio es la Encarnación. Yo puedo sentir tantas cosas dentro, incluso cosas buenas, ideas buenas. Pero si estas ideas buenas, estos sentimientos, no me conducen a Dios que se ha hecho carne, no me conducen al prójimo, al hermano, no son de Dios. Por esta razón, Juan comienza este pasaje de su Carta diciendo: ‘Este es el mandamiento de Dios: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos recíprocamente’”.

Las obras de misericordia están en el centro de nuestra fe

Podemos hacer “tantos planes pastorales” –  añadió el Papa –  e imaginar nuevos “métodos para acercarnos a la gente”, pero “si no seguimos el camino de Dios que vino en la carne, del Hijo de Dios que se ha hecho hombre para caminar con nosotros, no estamos en el camino del buen espíritu: es el anticristo, es la mundanidad, es el espíritu del mundo”:
“¡Cuánta gente encontramos en la vida que parece espiritual!: ‘Pero, ¡qué persona espiritual, ésta!’; pero no hables de hacer obras de misericordia. ¿Por qué? Porque las obras de misericordia son precisamente lo concreto de nuestra confesión, que el Hijo de Dios se ha hecho carne: visitar a los enfermos, dar de comer a quien no tiene comida, cuidar a los descartados… Obras de misericordia: ¿por qué? Porque cada hermano nuestro, que debemos amar, es carne de Cristo. Dios se ha hecho carne para identificarse con nosotros. Y con el que sufre, es Cristo quien lo sufre”.

Si el espíritu viene de Dios me lleva al servicio a los demás

“No dar fe a todo espíritu y estar atentos  – reafirmó el Papa – poner a prueba a los espíritus para saber si provienen verdaderamente de Dios”. Y subrayó que “el servicio al prójimo, al hermano, a la hermana que tiene necesidad”, que “tiene necesidad incluso de un consejo, que tiene necesidad de ser escuchado”, “estos son los signos de que vamos por el camino del buen espíritu, es decir, el camino del Verbo de Dios que se ha hecho carne”:
“Pidamos al Señor hoy la gracia de conocer bien qué cosa sucede en nuestro corazón, qué cosa nos gusta hacer, es decir, lo que a mí me toca más: si el espíritu de Dios, que me lleva al servicio de los demás, o el espíritu del mundo que gira en torno a mí mismo, a mis cerrazones, a mis egoísmos, a tantas otras cosas… Pidamos la gracia de conocer qué cosa sucede en nuestro corazón”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


Está cerca el reino de los cielos


Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-17. 23-25
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.»
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
- «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó.
Y lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.
Palabra del Señor.

martes, 5 de enero de 2016

¡ACLAMA AL SEÑOR, TIERRA ENTERA!


Del Salmo 99:

Aclama al Señor, tierra entera

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.

Aclama al Señor, tierra entera

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Aclama al Señor, tierra entera

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre.

Aclama al Señor, tierra entera

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»


Aclama al Señor, tierra entera

Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel


Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 43-51
En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice:
- «Sígueme.»
Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice:
- «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.»
Natanael le replicó:
- «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»
Felipe le contestó:
- «Ven y verás.»
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
- «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»
Natanael le contesta:
- «¿De qué me conoces?»
Jesús le responde:
- «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»
Natanael respondió:
- «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»
Jesús le contestó:
- «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees?
Has de ver cosas mayores.»
Y le añadió:
- «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»
Palabra del Señor.

lunes, 4 de enero de 2016

Año de la misericordia: de la celebración a la práctica. Más que predicarla, hay que practicarla


"La misericordia sana por dentro"
En los templos, en las oficinas parroquiales, en estampas y volantes,el mundo católico ha empezado a celebrar el Año de la Misericordia.
Lo que vale es el anuncio del Año de la Misericordia, una de las buenas intuiciones del papa Francisco. El sabe que este mundo afiebrado necesita más de la misericordia que de las reuniones de los poderosos para acordar reducciones de armamentos, resoluciones que nunca se cumplen.
Ya las Escrituras bíblicas proclamaban como palabra de Dios: "misericordia quiero y no ofrendas de sacrificios rituales".
Es que la misericordia es una actitud humana tan equiparable a la divina que se llegan a confundir como una sola respuesta ante determinadas situaciones. Debemos ser misericordiosos porque Dios es misericordioso. ¿No estamos hechos, según nuestra fe cristiana, a imagen y semejanza de Dios?
La misericordia es generosidad. A veces se la confunde con la compasión, incluso con un sentimiento de pena al comprobar las dolencias del prójimo. Pero es mucho más que eso. Es tener el corazón solidario hacia todos aquellos que avanzan con nosotros en los caminos de la vida, con aquellos que son nuestros compañeros de ruta. Y el corazón solidario no solamente se activa ante un dolor sino que se expresa en el cuidado permanente del prójimo.

La misericordia, más que predicarla, hay que practicarla. Pero nunca suple a la justicia. Hay quienes creen que la misericordia ampara perdonazos generales de los culpables de situaciones injustas, que afectan a los otros. No es así. La verdadera misericordia respeta a la virtud de la justicia que establece las normas de convivencia social.
La justicia ubica a cada cual en sus derechos y obligaciones. Si se viola esa ecología social, se deben asumir las consecuencias. La culpa debe ser reconocida como tal y debe recibir la sanción correspondiente. Pero el que cometió el error, por perversidad, por ingenuidad, por ignorancia o por vileza, podrá recibir el bálsamo de la misericordia, por pura gracia, en la medida que quiera aceptarla. La misericordia no solamente cubre nuestros errores sino que nos sana por dentro al sentirnos abrazados en lugar de ser castigados.
El "pecado" como llamamos a las injusticias que nos perjudican personal y socialmente, debe ser reparado, pero siempre será superado por la misericordia de aquel que nos ama como una madre.

El Año de la Misericordia ha sido una feliz iniciativa para este tiempo de tantos enfrentamientos. Pero más que una celebración deberá ser una práctica habitual, que no dure un año, sino toda la vida.
José Agustín Cabré

Año 2016: amor más allá de la misericordia.


El término «misericordia» está compuesto por dos palabras: miseria y corazón. El corazón indica la capacidad de amar; la misericordia es el amor que abraza la miseria de la persona humana. Estas palabras del Papa sitúan en su justo lugar a la misericordia: es una forma de amar, que se despliega a la vista de la necesidad del prójimo. Pero el amor no se agota en la misericordia. Hace posible la misericordia, pero no se reduce a ella. El ideal del amor cristiano no es la misericordia. San Agustín tiene un texto iluminador a este respecto: “No debemos desear que haya pordioseros para ejercer con ellos las obras de misericordia. Das pan al hambriento, pero mejor sería que nadie tuviese hambre, y así no darías a nadie de comer… Quita los indigentes y cesarán las obras de misericordia. Cesarán las obras de misericordia, ¿pero acaso se apagará el fuego de la caridad?”. San Agustín termina diciendo que el auténtico amor no es el que damos al necesitado, sino el amor entre iguales. En cierto modo, cuando socorremos al necesitado nos ponemos por encima de él.

Estas reflexiones de san Agustín inciden en un aspecto importante de la relación entre amor y misericordia y nos hacen caer en la cuenta de que el auténtico amor es el que se da entre iguales. Por eso Dios, para amarnos como no se podía amar más, se hizo uno de nosotros. Es posible decir que el amor de Dios empieza siendo misericordioso, porque él tiene la iniciativa de despojarse de su categoría de Dios y hacerse uno de nosotros. Pero esta misericordia divina se diría que queda superada una vez que Dios se ha hecho uno de nosotros y se ha puesto a nuestro nivel. Entonces el amor entre Dios y el hombre, manifestado en Cristo, adquiere la categoría de amistad.

La misericordia tiene muchas vertientes. El año jubilar puede ser una estupenda ocasión para profundizar en ellas. Siempre es fruto del amor, pero el amor no se queda en el mero socorrer la indigencia. Busca una relación en la que no pueda decirse: te amo por lo que me das (o sea, me amas porque necesitas mis bienes). Este amar sin ambicionar las riquezas del otro, solo es posible si los amantes están en un plano de igualdad. Si hay necesidad no es de los bienes del otro, sino del otro como bien al que mi corazón amante le desea bien sin buscar compensación alguna. Esta igualdad entre los amantes, que se necesitan por sí mismos, pero no por lo que se pueden dar, es condición de perfección del amor. Incluso en el caso del Dios que perdona los pecados, su amor va más allá del perdón, pues este perdón es el primer paso para que el pecador pueda convertirse en amigo y en hijo. También ahí la misericordia del perdón queda superada para entrar en una relación de amor, en cierto modo entre iguales.

Las penosas urgencias de muchos hacen necesaria la misericordia. Pero es preciso caminar hacia un mundo en el que haya cada vez menos penosas urgencias, para que sea posible el mejor amor. El mejor amor es gratuito y desinteresado.
Martín Gelabert Ballester

Hemos encontrado al Mesías


Lectura del santo evangelio según San Juan 1, 35-42
En aquel tiempo,estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:
«Este es el Cordero de Dios».
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.
Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta:
«¿Qué buscáis?».
Ellos le contestaron:
«Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?».
Él les dijo:
«Venid y veréis».
Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron en él aquel día; era como la hora décima.
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice:
«Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)».
Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:
«Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».
Palabra del Señor.

domingo, 3 de enero de 2016

«EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD» SAN AGUSTÍN.

Vino el Señor mismo, como doctor en caridad, rebosante de ella compendiando, como de él se predijo, la palabra sobre la tierra, y puso de manifiesto que tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad. Recordad conmigo, hermanos, aquellos dos preceptos. Pues, en efecto; tienen que seros en extremo familiares no sólo veniros a la memoria cuando ahora os los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en vuestros corazones.

Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a sí mismo. El amor de Dios es el primero en la jerarquía del precepto, pero el amor al prójimo es el primero en el rango de la acción. ~
Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces méritos para verlo; con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como sin lugar a dudas dice Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. ~

Comienza, pues, por amar al prójimo. Parte tu pan con el hambriento~ ¿Qué será lo que consigas si haces esto? ~ Al amar a tu prójimo y cuidarte de él, vas haciendo tu camino. ¿Y hacia dónde caminas sino hacia el Señor Dios ~ Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí que tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta aquel con quien deseas quedarte para siempre.
De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
Fuente: News.va

Tener a Jesús como Señor de nuestra vida, pidió el Papa a la hora del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas ¡feliz domingo!
La liturgia de hoy, segundo domingo después de Navidad, nos presenta el Prólogo del Evangelio de San Juan, en el que se proclama que “el Verbo – o sea la Palabra creadora de Dios – se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Esa Palabra, que reside en el cielo, es decir en la dimensión de Dios, ha venido a la tierra a fin de que nosotros la escucháramos y pudiéramos conocer y tocar con las manos el amor del Padre. El Verbo de Dios es su mismo Hijo Unigénito, hecho hombre, lleno de amor y de fidelidad (Cfr. Jn 1,14), es el mismo Jesús.
El Evangelista no esconde el carácter dramático de la Encarnación del Hijo de Dios, subrayando que al don de amor de Dios se contrapone la no acogida por parte de los hombres. La Palabra es la luz, y sin embargo los hombres han preferido las tinieblas; la Palabra vino entre los suyos, pero ellos no la han acogido (Cfr. vv. 9-10). Le han cerrado la puerta en la cara al Hijo de Dios. Es el misterio del mal que asecha también nuestra vida y que requiere por nuestra parte vigilancia y atención para que no prevalezca.
El Libro del Génesis dice una bella frase que nos hace comprender esto: dice que el mal está agazapado a la puerta” (Cfr. 4,7). Ay de nosotros si lo dejamos entrar; sería él entonces el que cerraría nuestra puerta a quien quiera. En cambio, estamos llamados a abrir de par en par la puerta de nuestro corazón a la Palabra de Dios, a Jesús, para llegar a ser así sus hijos.
En el día de Navidad ya ha sido proclamado este solemne inicio del Evangelio de Juan; y hoy se nos propone una vez más. Es la invitación de la Santa Madre Iglesia la que acoge esta Palabra de salvación, este misterio de la luz.
Si lo acogemos, si acogemos a Jesús, creceremos en el conocimiento y en el amor del Señor y aprenderemos a ser misericordiosos como Él. Especialmente en este Año Santo de la Misericordia, hagamos de modo que el Evangelio sea cada vez más carne en nuestra vida. Acercarse al Evangelio, meditarlo y encarnarlo en la vida cotidiana es la mejor manera para conocer a Jesús y llevarlo a los demás.
Ésta es la vocación y la alegría de todo bautizado: indicare y donar a los demás a Jesús; pero para hacer esto debemos conocerlo y tenerlo dentro de nosotros, como Señor de nuestra vida. Y Él nos defiende del mal, del diablo, que siempre está agazapado ante nuestra puerta, ante nuestro corazón, y quiere entrar.
Con un renovado impulso de abandono filial, nosotros nos encomendamos una vez más a María: precisamente en el pesebre contemplamos en estos días su dulce imagen de Madre de Jesús y Madre nuestra. 

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros


Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 1-18
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
- «Éste es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.»
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Palabra del Señor.

sábado, 2 de enero de 2016

«Yo soy la voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor"


Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 19-28
Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran:
- «¿Tú quién eres?»
Él confesó y no negó; confesó:
- «Yo no soy el Mesías.»
Le preguntaron:
- «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»
Él dijo:
- «No lo soy.»
- «¿Eres tú el Profeta?»
Respondió:
- «No.»
Y le dijeron:
-«¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»
El contestó:
- «Yo soy la voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor", como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
- «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió:
- «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Palabra del Señor.