jueves, 5 de noviembre de 2015

Homilía del Papa: Dios nos ha incluido a todos en la salvación

El cristiano incluye, no cierra las puertas a nadie, incluso si esto provoca resistencias. Quien excluye, porque se cree mejor, genera conflictos y divisiones y un día rendirá cuentas ante el tribunal de Dios. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta

La actitud de Jesús es incluir

En la Carta a los Romanos San Pablo exhorta a no juzgar y a no despreciar al hermano, porque esto  – afirmó el Papa en su homilía – lleva a excluirlo de “nuestro grupito”, a ser “selectivos y esto no es cristiano”.
En efecto Cristo, “con su sacrificio en el Calvario” une e incluye “a todos los hombres en la salvación”. En el Evangelio los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús, “es decir, los excluidos, todos aquellos que estaban afuera”, y “los fariseos – prosiguió el Santo Padre –  murmuraban”:
“La actitud de los Escribas, de los Fariseos es la misma, excluyen: ‘Nosotros somos los perfectos, nosotros seguimos la ley. Estos son pecadores, son publicanos’. Y la actitud de Jesús es incluir. Hay dos caminos en la vida: el camino de la exclusión de las personas de nuestra comunidad y el camino de la inclusión. El primero puede ser pequeño, pero es la raíz de todas las guerras: todas las calamidades, todas las guerras, comienzan con una exclusión. Se excluye de la comunidad internacional, pero también de las familias, entre amigos, cuántas peleas… Y el camino que nos hace ver Jesús y que nos enseña Jesús es otro, es lo contrario: incluir”.

Hay resistencia frente a la inclusión

“No es fácil incluir a la gente – observó el Papa Francisco –  porque hay resistencia, está esa actitud selectiva”. Por esta razón Jesús relata dos parábolas: la de la oveja perdida y la de la mujer que pierde una moneda. Tanto el pastor como la mujer – dijo el Pontífice –  hacen todo lo posible para encontrar lo que han perdido. Y cuando lo encuentran están llenos de alegría:
“Están llenos de alegría porque han encontrado aquello que estaba perdido y van a ver a los vecinos, a los amigos, porque están tan felices: ‘He encontrado, he incluido’. Esto es el incluir  de Dios, contra la exclusión de aquel que juzga, que expulsa a la gente, a las personas: ‘No, esto no, esto no, esto no…’, y se hace un pequeño círculo de amigos que es su ambiente. Es la dialéctica entre exclusión e inclusión. Dios nos ha incluido a todos en la salvación, ¡a todos! Éste es el inicio. Nosotros con nuestras debilidades, con nuestros pecados, con nuestras envidias, con nuestros celos, siempre tenemos esta actitud de excluir que – como he dicho – puede terminar en las guerras”.

Si yo excluyo, un día estaré ante el tribunal de Dios


Jesús  – afirmó el Papa Francisco al concluir su homilía –  hace como el Padre que lo ha enviado para salvarnos, “nos busca para incluirnos”, “para ser una familia”:
“Pensemos un poco y al menos, ¡al menos!, en nuestra pequeñez hagamos lo propio, no juzguemos jamás: ‘Pero este hace así…’. Dios sabe: es su vida, pero no lo excluyo de mi corazón, de mi oración, de mi saludo, de mi sonrisa, y si la ocasión se presenta le digo una linda palabra. Jamás excluir, ¡no tenemos el derecho! Y como termina Pablo en  la Lectura: ‘Todos, en efecto, nos presentarán al tribunal de Dios. Por tanto, cada uno de nosotros rendirá cuenta de sí mismo a Dios’. Si yo excluyo, un día estaré delante del tribunal de Dios y deberé rendir cuentas de mí mismo. Pidamos la gracia de ser hombres y mujeres que incluyen siempre, ¡siempre!, en la medida de la sana prudencia, pero siempre. No cerrar las puertas a nadie, siempre con el corazón abierto: ‘Me gusta, no me gusta’, pero el corazón está abierto. Que el Señor nos dé esta gracia”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

Gianluigi Nuzzi: "Este Papa está llevando adelante reformas y encuentra muchas dificultades"

El periodista publica "Via Crucis", con multitud de documentos del Vaticano filtrados
"Miembros de la Curia viven en apartamentos de lujo mientras Francisco vive en una habitación de 50 metros"
El autor de 'Vía Crucis', Gianluigi Nuzzi, ha asegurado este miércoles que su nueva obra no está "ni a favor ni contra el Papa" Francisco, sino que simplemente cuenta "hechos". Así se ha expresado Nuzzi, según informa RaiNews, en la rueda de prensa de presentación del libro que ha tenido lugar en Roma. "Creo que este Papa esté llevando adelante reformas y que encuentra muchas dificultades", apuntó.
El también autor de 'Vaticano S.A.' y 'Las cartas secretas de Benedicto XVI' recoge, a partir de la información confidencial, los supuestos problemas y enemigos que el Pontífice estaría encontrando a la hora de llevar a cabo sus reformas.
"Yo no he tenido ningún contacto con el Papa y si lo hubiera tenido, ciertamente, no lo haría público porque habría evidentemente otras instrumentalizaciones y ficciones", ha declarado Gianluigi Nuzzi, antes los periodistas que han asistido a la presentación de su libro.
Preguntado sobre si los escándalos dañan la figura del Papa, Nuzzi ha indicado que no es un "comentarista", sino que se pregunta "si estos escándalos son verdaderos o cuentan algo". Además, ha añadido que, a lo largo de toda la obra, queda a la vista la "reforma que este Papa está tratando de hacer".
Tras la detención del sacerdote español Lucio Vallejo Balda por parte de las autoridades vaticanas acusado de sustracción y divulgación de material reservado, Nuzzi ha contestado: "Decir que una persona, después de una vida dedicada al Evangelio, ha hecho lo que ha hecho decepcionado por no haber recibido un nombramiento me parece demasiado simple".
Por su parte, el director editorial de Chiarelettere, Lorenzo Fazio, ha declarado que "los materiales utilizados por la redacción del libro no son objeto de robo" y ha agregado que "han sido dados libremente por varios sujetos que tuvieron libre acceso a ellos". "Ningún documento ha sido visionado o reproducido ilícitamente", ha señalado, al tiempo que ha zanjado que "todos los documentos son de interés público".
El autor publica en el libro varios documentos, como la carta de uno de los auditores a los que Francisco encargó analizar las finanzas vaticanas y en la que se afirma que "hay una total ausencia de transparencia en los balances de la Santa Sede". En el libro de Nuzzi aparecen también las transcripciones de grabaciones que una de sus fuentes le hizo llegar con conversaciones privadas entre el Papa y algunos cardenales.
"Los gastos de la Curia están fuera de control", advierte el Papa, que explica cómo hay que tener más cuidado con los movimientos que se hacen porque ha sabido que "se han perdido 10 millones en una una inversión equivocada en Suiza". En la grabación Jorge Bergoglio revela que cuando era arzobispo de Buenos Aires descubrió que el ecónomo del arzobispado "había invertido en una sociedad que fabricaba armas".
El libro de Nuzzi documenta además que el dinero que recoge el Óbolo de San Pedro, la institución que gestiona las donaciones al Papa para la beneficencia, va casi en su totalidad "a tapar los números en rojo de la Curia". El libro cuenta de la existencia de alquileres de inmuebles prácticamente a precios regalados o simbólicos y de cómo cardenales y miembros de la Curia viven en apartamentos de lujo que superan los 200 metros cuadrados, "mientras Francisco vive en una habitación de 50", añade Nuzzi.
La atmósfera de "guerra intestina" que se vive en el Vaticano, según Nuzzi, queda reflejada con la publicación de fotos, inéditas, de una caja fuerte desvalijada. Los documentos que había en su interior fueron devueltos anónimamente en abril de 2014 junto a algunas cartas de uno de los llamados banqueros de Dios y que protagonizaron uno de los mayores escándalos financieros de la Santa Sede, el siciliano Michele Sindona, vinculado con Cosa Nostra (mafia siciliana) y que murió envenenado en la cárcel en 1986. "Las cartas de Sindona (son) un claro gesto de intimidación", aseguró Nuzzi.



Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.


Sal 26, 1. 4. 13-14 

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
El Señor es mi luz y mi salvación, 
¿a quién temeré? 
El Señor es la defensa de mi vida, 
¿quién me hará temblar?
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
Una cosa pido al Señor, 
eso buscaré: 
habitar en la casa del Señor 
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor, 
contemplando su templo.
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
Espero gozar de la dicha del Señor 
en el país de la vida. 
Espera en el Señor, sé valiente, 
ten ánimo, espera en el Señor.
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.


LOS ÁNGELES DE DIOS SE ALEGRAN POR UN SOLO PECADOR QUE SE CONVIERTE

 Evangelio según San Lucas 15,1-10.

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos".

Jesús les dijo entonces esta parábola:

"Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?

Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría,
y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido".

Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse".

Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?

Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido".

Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte".

miércoles, 4 de noviembre de 2015

“En la familia se aprende y se vive el amor y el perdón mutuo”. Catequesis del Papa

En su catequesis de la audiencia general que el Papa Francisco celebró el primer  miércoles de noviembre en la Plaza de San Pedro, y en la que participaron varios miles de fieles y peregrinos de numerosos países, el Obispo de Roma se refirió a la familia como ámbito en el que aprender a vivir el don y el perdón recíproco, sin el cual ningún amor puede ser duradero.

Hablando en italiano Francisco recordó ante todo que la reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos reflexionó a fondo sobre la vocación y la misión de la familia en la vida de la Iglesia y de la sociedad contemporánea.

El Santo Padre afirmó que se trató de un evento de gracia, al término del cual los Padres Sinodales le entregaron el texto que contiene sus conclusiones. Texto que, como dijo elPontífice, ha querido que se publicara para hacer partícipes a todos del trabajo de dos años sobre este tema. Y añadió que él mismo debe meditar aún sobre sus conclusiones.

Sin embargo, teniendo en cuenta que mientras tanto la vida no se detiene, y de modo especial la vida de las familias, que están siempre en camino y que sieguen escribiendo continuamente en las páginas de la vida concreta la belleza del Evangelio en su propio ámbito, Francisco dijo a los presentes: “En un mundo que a veces se vuelve árido de vida y de amor, ustedes cada día hablan del gran don que son el matrimonio y la familia”.

Por esta razón, el Papa dedicó su catequesis a subrayar este aspecto, a saber, que la familia es una gran palestra de entrenamiento al don y al perdón recíproco, sin el cual ningún amor puede durar mucho tiempo.

Entre otros aspectos, el Santo Padre destacó que no es posible vivir sin perdonarse las recíprocas equivocaciones debidas a la fragilidad humana,  y volvió a destacar que el secreto para que la familia se vuelva cada vez más sólida, para curar las heridas, reside, precisamente, en no permitir que concluya la jornada sin pedir disculpas, sin que los esposos, los padres y los hijos hagan las paces. De manera que si aprendemos a vivir de este modo en la familia, lo haremos también afuera y por doquier.

Del Sínodo el Pontífice dijo que reavivó nuestra esperanza sobre el hecho de que forma parte de la vocación y de la misión de la familia la capacidad de perdonar y de perdonarse, porque la práctica del perdón no sólo salva a las familias de la división, sino que las hace capaces de ayudar a la sociedad a ser menos mala y cruel.

Y concluyó afirmando que verdaderamente las familias cristianas pueden hacer mucho por la sociedad de hoy y por la Iglesia. “Por esta razón – dijo el Papa – deseo que en el Jubileo de la Misericordia las familias redescubran el tesoro del perdón recíproco”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


martes, 3 de noviembre de 2015

Jesús se fió de Judas

El último escándalo, que ha saltado por los aires en el Vaticano, hace temblar a quienes se fían del papa. De la misma manera y en la misma medida en que hace disfrutar a los que no quieren ver ni en pintura al papa Francisco. Y para que no le falte ningún matiz de interés a esta macabra historia, hay quienes aseguran que los mismos que llevaron a Benedicto XVI a la renuncia de su cargo, terminarán mandando a la Patagonia al papa Bergoglio.
Yo no sé si el actual obispo de Roma está o no está acertado en el nombramiento de los cargos de confianza para el buen gobierno de la Iglesia. Lo que sí sé con seguridad es que, en la ya larga historia del cristianismo, el primer desorientado, en esto de nombrar cargos de confianza para el dinero, fue Jesús de Nazaret. O sea, que el origen de los desaciertos - en el espinoso asunto de la economía - empezó pronto en la Iglesia.
La cosa empezó el día que Jesús escogió a los doce apóstoles. Y sabemos que entre ellos ya había un traidor. Era Judas. De este hombre, se pensó, durante mucho tiempo, que entregó a Jesús porque no estaba de acuerdo con la bondad y el perdón que predicaba el Nazareno. Judas, se ha dicho mil veces, pertenecía a los “zelotas”, los revolucionarios de aquel tiempo, que querían, a toda costa, echar a los romanos de Palestina y ser ellos los liberadores de la opresión que soportaba el sufrido pueblo. Estas ideas estaban de moda en los años 60 del siglo pasado. Por eso, Paris se quedó pasmada el día que, en 1969, Oscar Cullmann pronunció en la Sorbona su famosa conferencia:”Jesús y los revolucionarios de su tiempo”.
Hoy sabemos que todo aquello no pasó de ser un alarde de imaginación. Ni en tiempo de Jesús había “zelotas”. Ni lo de “Iscariote” tiene que ver nada con “sicario”. Ni Judas fue el primer revolucionario político en la historia del cristianismo. El asunto es más simple. Y tiene más que ver con lo que pasa ahora por todas partes. Judas “era un ladrón” (Jn 12, 6).Un ladrón que se las daba de “socialista”, que se escandalizó cuando una buena mujer, María, “tomando una libra de perfume de nardo auténtico de mucho precio, le ungió los pies a JesúsA (Jn 12, 3). Judas se puso entonces a defender a los pobres. Como si los pobres le importaran a él. Cuando, en realidad, lo que le importaba era el dinero que, como encargado de la bolsa, sacaba de ella, para su propio provecho. Por eso, cuando llegó el momento oportuno, se fue derecho a los sumos sacerdotes y les hizo la propuesta: “¿Cuánto estáis dispuestos a darme si os lo entrego?” (Mt 26, 15). Judas preparó el negocio. Pero quería “la mordida”. Como se sigue haciendo hasta el día de hoy. Y todo terminó como sabemos: injusticia, muerte y suicidio.

¿Y ahora nos llevamos las manos a la cabeza y aplaudimos al traidor o pensamos que se nos hunde el papa que tenemos? Ni un traidor hunde al papa, ni cuatro fanáticos del templo se van a salir con las suyas. Lo de Jesús es mucho más profundo y tiene un recorrido que no imaginamos. Por eso, lo que hace falta de verdad no es que Francisco se hunda o Francisco acierte. Lo que hace falta es que tomemos en serio el Evangelio, que es lo que quiere Francisco. Y los que sobran son los curas, que ahora como los sacerdotes de entonces, lo que quieren es la ganancia y vivir a sus anchas

Homilía del Papa: Mirándolo a Él, creyendo en Él, somos salvados por Él

“Hoy recordamos a los hermanos Cardenales y Obispos fallecidos en el curso de este año. En esta
tierra han amado a la Iglesia, su esposa, y nosotros rezamos para que en Dios puedan gozar de la alegría plena, en la comunión de los santos”.

Con estas palabras el Papa Francisco comenzó su homilía de la Santa Misa celebrada, el primer martes de noviembre en la Basílica Vaticana, que como todos los años se lleva a cabo en sufragio de los Cardenales y Obispos fallecidos durante los últimos doce meses.

El Obispo de Roma invitó a repensar “con gratitud también en la vocación de estos Ministros sagrados, tal como lo indica la misma palabra que hace referencia – dijo – a la acción de administrar, es decir servir. Y añadió que mientras pedimos para ellos el premio prometido a los “siervos buenos y fieles”, estamos llamados a renovar la elección de servir en la Iglesia:

“Nos lo pide el Señor, quien como un siervo lavó los pies a sus discípulos más estrechos, para que como hizo Él lo hagamos también nosotros”.  Dios – dijo el Papa Bergoglio – fue el primero que nos ha servido. El ministro Jesús, venido para servir y no para ser servido, no puede dejar de ser, a su vez, un Pastor dispuesto a dar la vida por las ovejas. Y añadió que “quien sirve y da, parece un perdedor ante los ojos del mundo”. Pero en realidad, “precisamente perdiendo la vida, la encuentra – prosiguió diciendo Francisco – porque una vida que se despoja de sí misma, perdiéndose en el amor, imita a Cristo: vence la muerte y da vida al mundo. Quien sirve, salva. Al contrario, quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

En su homilía Francisco destacó que el Evangelio nos recuerda precisamente esto, que “Dios ha amado tanto al mundo”, como dice Jesús. Y afirmó que se trata, verdaderamente, de un amor tan concreto, tan concreto que ha tomado sobre sí nuestra muerte. Y que para salvaros, nos ha alcanzado allí donde nosotros habíamos ido a parar, alejándonos de Dios dador de vida: en la muerte, en un sepulcro sin salida. Y añadió: “Es éste el abajamiento que el Hijo de Dios ha  realizado, inclinándose como un siervo hacia nosotros para asumir todo lo que es nuestro, hasta abrirnos de par en par las puertas de la vida”.

Después de recordar que en el Evangelio Cristo se compara con la “serpiente elevada”, imagen que remite al episodio de las serpientes venenosas que en el desierto atacaban al pueblo en camino; el Santo Padre prosiguió destacando que los israelitas mordidos por la serpiente no morían si miraban a la serpiente de bronce que Moisés, por orden de Dios, había colocado sobre un asta. De modo que una serpiente salvaba de las serpientes. A lo que Francisco añadió: “La misma lógica está presente en la cruz, a la que Cristo se refiere hablando con Nicodemo. Su muerte nos salva de nuestra muerte”.

Y al destacar que en el desierto las serpientes procuraban una muerte dolorosa, precedida por el miedo y causada por las dentelladas venenosas, Francisco agregó que también ante nuestros ojos la muerte se presenta oscura y angustiante. “Así como la experimentamos – dijo recordando cuanto se lee en la Escritura –  ha entrado en el mundo por envidia del diablo. Pero Jesús no ha escapado de ella, sino que la ha tomado plenamente sobre sí, con todas sus contradicciones. Mientras ahora nosotros – prosiguió – “mirándolo a Él, creyendo en Él, somos salvados por Él”.

“Este estilo de Dios, que nos salva sirviéndonos y anonadándose, tiene mucho que enseñarnos. Nosotros esperaríamos una victoria divina triunfante; Jesús, en cambio, nos muestra una victoria humildísima. Levantado sobre la cruz, deja que el mal y la muerte se vuelquen contra Él, mientras sigue amando. Para nosotros es difícil aceptar esta realidad”.

El Papa Francisco concluyó su homilía destacando que se trata de un misterio, de esta extraordinaria humildad, cuyo secreto está en la fuerza del amor. Por esta razón – añadió – en la Pascua de Jesús vemos junto a la muerte su remedio, lo cual es posible gracias al gran amor con que Dios nos ha amado, gracias al amor humilde que se abaja para el servicio que sabe asumir la condición del siervo.
“Mientras ofrecemos esta Misa por nuestros queridos hermanos Cardenales y Obispos – dijo el Papa Francisco al concluir su homilía – pedimos para nosotros aquello a lo que nos exhorta el apóstol Pablo, a saber: dirigir el pensamiento a las cosas de allá arriba, no a las de la tierra; al amor de Dios y al prójimo, más que a nuestras necesidades”.

“Que sea suficiente para nuestra vida la Pascua del Señor, para estar libres de los afanes de las cosas +efímeras, que pasan y se desvanecen en la nada. Que nos baste Él, en quien están la vida, la salvación, la resurrección y la alegría. Entonces seremos siervos según su corazón: no funcionarios que prestan servicio, sino hijos que dan la vida por el mundo”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).



lunes, 2 de noviembre de 2015

Vida para los muertos

Días de los Santos y Difuntos. Recuerdo y amor para nuestros muertos. Oración en la esperanza de quienes nos sabemos mortales

MI ADIÓS A LO QUE MUERE
Escribo para dar
mi adiós a lo que muere.
Pero Tú eres eterno. Agárrame mi nada.
Toma mis manos
y tomarás mi muerte entre las tuyas.
Morir
será abrir más los ojos
y negarme a la nada por el Todo.
Colgado del vacío de los años
estoy cayendo ya sobre tus hombros
casi apoyando en ti mi propia muerte.
Lo dejo todo. Tú eres
mi Dios, mi misteriosa herencia,
mi suelo, Vida mía, Vida
eterna.
Jesús Mauleón

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS. PAPA FRANCISCO 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Ayer celebramos la solemnidad de Todos los santos, y hoy la liturgia nos invita a conmemorar a los fieles difuntos. Estas dos celebraciones están íntimamente unidas entre sí, como la alegría y las lágrimas encuentran en Jesucristo una síntesis que es fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.

En efecto, por una parte la Iglesia, peregrina en la historia, se alegra por la intercesión de los santos y los beatos que la sostienen en la misión de anunciar el Evangelio; por otra, ella, como Jesús, comparte el llanto de quien sufre la separación de sus seres queridos, y como Él y gracias a Él, hace resonar su acción de gracias al Padre que nos ha liberado del dominio del pecado y de la muerte.

Entre ayer y hoy muchos visitan el cementerio, que, como dice esta misma palabra, es el «lugar del descanso» en espera del despertar final. Es hermoso pensar que será Jesús mismo quien nos despierte. Jesús mismo reveló que la muerte del cuerpo es como un sueño del cual Él nos despierta. Con esta fe nos detenemos —también espiritualmente— ante las tumbas de nuestros seres queridos, de cuantos nos quisieron y nos hicieron bien. Pero hoy estamos llamados a recordar a todos, incluso a aquellos a quien nadie recuerda. Recordamos a las víctimas de las guerras y de la violencia; a tantos «pequeños» del mundo abrumados por el hambre y la miseria; recordamos a los anónimos, que descansan en el osario común. Recordamos a los hermanos y a las hermanas asesinados por ser cristianos; y a cuantos sacrificaron su vida para servir a los demás. Encomendamos especialmente al Señor a cuantos nos dejaron durante este último año.

La tradición de la Iglesia siempre ha exhortado a rezar por los difuntos, en particular ofreciendo por ellos la celebración eucarística: es la mejor ayuda espiritual que podemos dar a sus almas, especialmente a las más abandonadas. El fundamento de la oración de sufragio se encuentra en la comunión del Cuerpo místico. Como afirma el Concilio Vaticano ii, «la Iglesia de los viadores, teniendo perfecta conciencia de la comunión que reina en todo el Cuerpo místico de Jesucristo, ya desde los primeros tiempos de la religión cristiana guardó con gran piedad la memoria de los difuntos» (Lumen gentium, 50).

El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son testimonios de confiada esperanza, arraigada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, puesto que el hombre está destinado a una vida sin límites, cuya raíz y realización están en Dios. A Dios le dirigimos esta oración: 

«Dios de infinita misericordia, encomendamos a tu inmensa bondad a cuantos dejaron este mundo por la eternidad, en la que tú esperas a toda la humanidad redimida por la sangre preciosa de Cristo, tu Hijo, muerto en rescate por nuestros pecados. No tengas en cuenta, Señor, las numerosas pobrezas, miserias y debilidades humanas cuando nos presentemos ante tu tribunal a fin de ser juzgados para la felicidad o para la condena. Dirige a nosotros tu mirada piadosa, que nace de la ternura de tu corazón, y ayúdanos a caminar por la senda de una completa purificación. Que no se pierda ninguno de tus hijos en el fuego eterno del infierno, en donde no puede haber arrepentimiento. Te encomendamos, Señor, las almas de nuestros seres queridos, de las personas que murieron sin el consuelo sacramental o no tuvieron ocasión de arrepentirse ni siquiera al final de su vida. Que nadie tema encontrarse contigo después de la peregrinación terrena, con la esperanza de ser acogido en los brazos de tu infinita misericordia. Que la hermana muerte corporal nos encuentre vigilantes en la oración y cargados con todo el bien que hicimos durante nuestra breve o larga existencia. Señor, que nada nos aleje de ti en esta tierra, sino que todo y todos nos sostengan en el ardiente deseo de descansar serena y eternamente en ti. Amén» (Padre Antonio Rungi, pasionista, Oración por los difuntos).


Con esta fe en el destino supremo del hombre, nos dirigimos ahora a la Virgen, que padeció al pie de la cruz el drama de la muerte de Cristo y después participó en la alegría de su resurrección. Que ella, Puerta del cielo, nos ayude a comprender cada vez más el valor de la oración de sufragio por los difuntos. Ellos están cerca de nosotros. Que nos sostenga en la peregrinación diaria en la tierra y nos ayude a no perder jamás de vista la meta última de la vida, que es el paraíso. Y nosotros, con esta esperanza que nunca defrauda, sigamos adelante.

En la casa de mi Padre hay muchas estancias


Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-6
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así; ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. »
Tomás le dice:
-«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde:
-«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»
Palabra del Señor.

Su modo de vivir y de morir es ejemplo contagioso de fidelidad al Evangelio de Jesús, dijo el Papa en Angelus de Todos los Santos

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buena fiesta!
En la celebración de hoy, fiesta de Todos los Santos, sentimos particularmente viva la realidad de la comunión de los santos, nuestra gran familia, formada por todos los miembros de la Iglesia, ya sea los que somos todavía peregrinos en la tierra, como aquellos inmensamente más, que ya la han dejado y se han ido al Cielo. Estamos todos unidos, todos, y esto se llama la comunión de los santos, es decir, la comunidad de todos los bautizados.
En la liturgia, el Libro del Apocalipsis se refiere una característica esencial de los santos, y dice así: ellos son personas que pertenecen totalmente a Dios. Los presenta como una multitud inmensa de “elegidos”, vestidos de blanco y marcados por el “sello de Dios” (cfr 7,2-4.9-14). Mediante este último particular, con lenguaje alegórico se subraya que los santos pertenecen a Dios en modo pleno y exclusivo, son su propiedad. Y ¿qué significa llevar el sello de Dios en la propia vida y en la propia persona? Nos lo dice también el apóstol Juan: significa que en Jesucristo nos hemos transformado verdaderamente en los hijos de Dios (cfr 1 Jn 3,1-3).
¿Somos conscientes de este gran don? ¡Todos nosotros, hijos de Dios! ¿Recordamos que en el Bautismo hemos recibido el “sello” de nuestro Padre celeste y nos hemos transformado en sus hijos? Para decirlo en modo simple: ¡llevamos el apellido de Dios! Nuestro apellido es Dios, porque somos hijos de Dios. ¡Aquí está la raíz de la vocación a la santidad!  Y los santos que hoy recordamos son precisamente aquellos que han vivido en la gracia de su Bautismo, han conservado íntegro el “sello” comportándose como hijos de Dios, tratando de imitar a Jesús; y ahora han alcanzado la meta, porque finalmente “ven a Dios así como Él es”.
Una segunda característica propia de los santos es que son ejemplos para imitar.  Pero prestemos atención, no solamente aquellos canonizados, sino  también los santos, por así decir, “de la puerta al lado” que con la gracia de Dios, se han esforzado por practicar el Evangelio en su vida ordinaria. No están canonizados. De estos santos hemos encontrado tantos también nosotros; quizás hemos tenido alguno en familia, o bien entre los amigos y los conocidos. Debemos estarles agradecidos, y sobre todo debemos estar agradecidos a Dios que nos los ha dado, que nos los puso cerca, como ejemplos vivos y contagiosos del modo de vivir y de morir en la fidelidad al Señor Jesús y a su Evangelio. Pero, ¡cuánta gente buena hemos conocido en la vida! Y conocemos. Y nosotros decimos: “esta persona es un santo”. Lo decimos, nos viene espontáneamente. Estos son los santos de “la puerta al lado”, aquellos no canonizados pero que viven con nosotros.
Imitar sus gestos de amor y de misericordia es un poco como perpetuar su presencia en este mundo. Y, en efecto, aquellos gestos evangélicos son los únicos que resisten a la destrucción de la muerte: un acto de ternura, una ayuda generosa, un tiempo dedicado a escuchar, una visita, una palabra buena, una sonrisa… Ante nuestros ojos estos gestos pueden parecer insignificantes, pero a los ojos de Dios son eternos, porque el amor y la compasión son más fuertes que la muerte.
La Virgen María, Reina de Todos los Santos, nos ayude a confiarnos más de la gracia de Dios, para caminar con impulso en el camino de la santidad. A nuestra Madre confiamos nuestro compromiso cotidiano, y le rogamos también por nuestros queridos difuntos, en la íntima esperanza de reencontrarnos un día, todos juntos, en la comunión gloriosa del Cielo.
Llamamiento por la dolorosa situación de República Centroafricana: Abrirá la Puerta Santa de la catedral de Bangui
Los dolorosos episodios que en estos últimos días han intensificado la delicada situación de la República Centroafricana, suscitan en mi ánimo viva preocupación. Hago un llamado a las partes involucradas para que se ponga fin a este ciclo de violencias. Estoy espiritualmente cercano a los Padres Combonianos de la parroquia Nuestra Señora de Fátima en Bangui, que acogen numerosos refugiados. Expreso mi solidaridad a la Iglesia, a las otras confesiones religiosas y a la entera nación Centroafricana, tan duramente extenuada mientras realizan todo tipo de esfuerzo para superar las divisiones y retomar el camino de la paz. Para manifestar la cercanía orante de toda la Iglesia a esta nación tan afligida y atormentada y exhortar a todos los centroafricanos a ser siempre más testigos de misericordia y de reconciliación, el domingo 29 de noviembre tengo intención de abrir la puerta santa de la catedral de Bangui, durante el Viaje Apostólico que espero poder realizar a aquella nación.
Palabras del Papa después de la oración del Ángelus

“Pidamos la gracia de la santidad para ser instrumentos de la misericordia de Dios”, el Papa en la Misa de Todos los Santos




En el Evangelio hemos escuchado a Jesús que enseñaba a sus discípulos y a la gente reunida sobre la colina del lago de Galilea (Cfr. Mt 5,1-12). La palabra del Señor resucitado y vivo indica también a nosotros, hoy, el camino para alcanzar la verdadera felicidad, el camino que conduce al Cielo. Es un camino difícil de comprender por qué va contra corriente, pero el Señor nos dice que quien va por este camino es feliz, tarde o temprano alcanza la felicidad.
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Podemos preguntarnos, ¿cómo puede ser feliz una persona pobre de corazón, cuyo único tesoro es el Reino de los cielos? Pero la razón esta propio aquí: que teniendo el corazón vacío y libre de tantas cosas mundanas, esta persona está en “espera” del Reino de los Cielos.
“Bienaventurados los que ahora lloran, porque serán consolados”. ¿Cómo pueden ser felices aquellos que lloran? Es más, quién en la vida nunca ha experimentado la tristeza, la angustia, el dolor, no conocerá jamás la fuerza de la consolación. En cambio, pueden ser felices cuantos tienen la capacidad de conmoverse, la capacidad de sentir en el corazón el dolor que hay en sus vidas y en la vida de los demás. ¡Ellos serán felices! Porque la compasiva mano de Dios Padre los consolará y los acariciará.
“Bienaventurados los mansos”. Y nosotros al contrario, ¡cuántas veces somos impacientes, nerviosos, siempre listos a lamentarnos! Hacia los demás tenemos tantas pretensiones, pero cuando nos tocan, reaccionamos alzando la voz, como si fuéramos dueños del mundo, mientras que en realidad todos somos hijos de Dios. En cambio, pensemos en aquellas mamas y en aquellos papas que son tan pacientes con sus hijos, que “los hacen enloquecer”. Este es el camino del Señor: el camino de la humidad y de la paciencia. Jesús ha recorrido este camino: desde pequeño ha soportado la persecución y el exilio; y después, de adulto, las calumnias, los engaños, las falsas acusaciones en los tribunales; y todo lo ha soportado con humildad. Ha soportado por amor a nosotros incluso la cruz.

“Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. Si, aquellos que tienen un fuerte sentido de la justicia, y no solo hacia los demás, sino sobre todo hacia ellos mismos, estos serán saciados, porque están listos para recibir la justicia más grande, aquella que solo Dios puede dar.
Y luego, “bienaventurados los misericordiosos, porque encontraran misericordia”. Felices los que saben perdonar, que tiene misericordia por los demás, que no juzgan todo ni a todos, sino que buscan ponerse en el lugar de los otros. El perdón es la cosa de lo cual todos tenemos necesidad, nadie está excluido. Por eso al inicio de la Misa nos reconocemos por aquello que somos, es decir pecadores. Y no es un modo de decir, una formalidad: es un acto de verdad. “Señor, aquí estoy, ten piedad de mi”. Y si sabemos dar a los demás el perdón que pedimos para nosotros, somos bienaventurados. Como decimos en el “Padre Nuestro”: Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
“Bienaventurados los constructores de paz, porque serán llamados hijos de Dios”. Miremos el rostro de aquellos que van por ahí sembrando cizaña: ¿son felices? Aquellos que buscan siempre la ocasión para engañar, para aprovecharse de los demás, ¿son felices? No, no pueden ser felices. En cambio, aquellos que cada día, con paciencia, buscan sembrar la paz, son artesanos de paz, de reconciliación, ellos son bienaventurados, porque son verdaderos hijos de nuestro Padre del Cielo, que siembra siempre y solo paz, al punto que ha enviado al mundo su Hijo como semilla de paz para la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, este es el camino de la santidad, y es el mismo camino de la felicidad. Es el camino que ha recorrido Jesús, es más, es Él mismo este camino: quien camina con Él y pasa a través de Él entra en la vida, en la vida eterna. Pidamos al Señor la gracia de ser personas sencillas y humildes, la gracia de saber llorar, la gracia de ser humildes, la gracia de trabajar por la justicia y la paz, y sobre todo la gracia de dejarnos perdonar por Dios para convertirnos en instrumentos de su misericordia.
Así han hecho los Santos, que nos han precedido en la patria celestial. Ellos nos acompañan en nuestra peregrinación terrena, nos animan a ir adelante. Su intercesión nos ayude a caminar en la vía de Jesús, y obtenga la felicidad eterna para nuestros hermanos y hermanas difuntos, para los que ofrecemos esta Misa. Así sea.
(Traducción del italiano, Renato Martinez - Radio Vaticana)