domingo, 2 de noviembre de 2014

¡Esperanza en la piedad de Dios, que no defrauda! alienta el Papa

Cuando en la primera Lectura he sentido esta voz del Ángel que gritó con voz fuerte a los cuatro ángeles a los cuales se les había concedido devastar la Tierra y el Mar, destruir todo: “No devasten la Tierra ni el Mar ni las plantas”, a mí me ha venido a la mente una frase que no está aquí, pero que está en el corazón de todos nosotros: “Los hombres son capaces de hacerlo, mejor que ustedes”. Nosotros somos capaces de devastar la Tierra mejor que los ángeles. Y esto lo estamos haciendo. Esto lo hacemos: devastar la Creación, devastar la vida, devastar la cultura, devastar los valores, devastar la esperanza. Y cuánta necesidad tenemos de la fuerza del Señor para que nos selle con su amor y con su fuerza para detener esta loca carrera de destrucción. Destrucción de aquello que Él nos ha dado; de las cosas más bellas que Él ha hecho por nosotros, para que nosotros las lleváramos adelante, las hiciéramos crecer, dar frutos. 

Cuando en la sacristía miraba las fotografías de hace 71 años, he pensado: “Esto ha sido muy grave, muy doloroso. Pero esto no es nada en comparación con lo que sucede ahora”. El hombre se ha adueñado de todo, se cree Dios, se cree el Rey. Y las guerras, las guerras que continúan, no precisamente sembrando semillas de vida. Para destruir. Pero, es la industria de la destrucción. Es un sistema, también, de vida, que cuando las cosas no se pueden arreglar, se descartan: se descartan los chicos, se descartan los ancianos, se descartan los jóvenes sin trabajo. Esta devastación ha hecho la cultura del descarte. Se descartan los pueblos. Esta es la primera imagen que me ha venido a mí cuando he sentido esta Lectura. 

 La segunda imagen, en la misma Lectura: esta muchedumbre inmensa, que ninguno podía contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua … Los pueblos, la gente … Ahora está comenzando a hacer frio : estos pobres, que deben escapar al desierto para salvar la vida, de sus casas, de sus pueblos, de sus villorrios… y que viven en carpas, sienten el frio, sin medicinas, hambrientos… porque el dios-hombre se ha adueñado de la Creación, de todo aquello hermoso que Dios ha hecho para nosotros. Y ¿quién paga la fiesta? ¡Ellos! Los pequeños, los pobres, aquellos que personalmente han ido a terminar en el descarte. Y esto no es una historia antigua: sucede hoy. “Pero, Padre, eso pasa lejos …” – También aquí! [En] todas partes. Pasa hoy en día. Diré más: pareciera que esta gente, estos niños hambrientos, enfermos, parece que no contasen, que sean de otra especie, que no sean humanos. Y esta muchedumbre está delante de Dios y pide: “¡Por favor, salvación! ¡Por favor, paz! ¡Por favor, pan! ¡Por favor, trabajo! ¡Por favor, hijos y abuelos! ¡Por favor, jóvenes con la dignidad de poder trabajar!”. Pero los perseguidos, entre ellos, aquellos que son perseguidos por la fe… “Entonces uno de los ancianos se dirigió a mí y dijo: ‘¿Estos quiénes son, vestidos de blanco?’ - ¿quiénes son?, ¿de dónde vienen? – ‘Son aquellos que vienen de la Gran Tribulación y que han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero’”. 


Y hoy, sin exagerar, hoy, en el día de Todos los Santos, quisiera que nosotros pensáramos en todos estos, los santos desconocidos. Pecadores como nosotros, peor que nosotros, pero destruidos. A esta tanta de gente que viene de la Gran Tribulación: la mayor parte del mundo está en tribulación. Y el Señor santifica a este pueblo, pecador como nosotros, pero lo santifica con la tribulación. Y al final, la tercera imagen. Dios. La primera, la devastación; la segunda, las víctimas; la tercera, Dios. Dios: “Nosotros desde ahora somos hijos de Dios”, hemos escuchado en la segunda lectura. “Pero lo que seremos no ha sido todavía revelado. Pero sabemos que cuando Él se habrá manifestado nosotros seremos semejantes a Él, porque lo veremos como Él es”, es decir: la esperanza. Y esto es la bendición del Señor que todavía tenemos: la esperanza. La esperanza que tenga piedad de su pueblo, que tenga piedad de aquellos que están en la Gran Tribulación. También, que tenga piedad de los destructores y se conviertan. Y así, la santidad de la Iglesia va adelante: con esta gente, con nosotros que veremos a Dios como Él es. Y ¿cuál debe ser nuestra actitud, si queremos entrar en este pueblo y caminar hacia el Padre, en este mundo de devastación, en este mundo de guerras, en este mundo de tribulación? 

Nuestra actitud, lo hemos escuchado en el Evangelio: es la actitud de las Bienaventuranzas. Solamente este camino nos llevará al encuentro con Dios. Solamente este camino nos salvará de la destrucción, de la devastación de la tierra, de la creación, de lo moral, de la historia, de la familia, de todo. Solamente este camino: pero nos hará pasar cosas feas, ¿eh? Nos traerá problemas. Persecuciones. Pero solamente este camino nos llevará adelante. Y así, este pueblo que tanto sufre hoy por el egoísmo de los devastadores, de nuestros hermanos devastadores, este pueblo va adelante con las Bienaventuranzas, con la esperanza de encontrar a Dios, de encontrar cara a cara al Señor, con la esperanza de hacernos santos, en aquel momento del encuentro definitivo con Él. 

El Señor nos ayude y nos de la gracia de esta esperanza, pero también la gracia de la valentía para salir de todo aquello que es destrucción, devastación, relativismo de vida, exclusión de los otros, exclusión de los valores, exclusión de todo aquello que el Señor nos ha dado: exclusión de paz. Nos libre de esto, y nos de la gracia de caminar con la esperanza de encontrarnos un día cara a cara con Él. Y esta esperanza hermanos no defrauda.

ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS, DE LA TRADICIÓN BIZANTINA

En este día recordamos a todos los Fieles Difuntos y oramos, de forma particular, por aquellos que aún se están purificando para llegar a encontrarse con Dios... en especial, ofrezcamos una oración por aquellas almas más olvidadas, que no tienen a nadie que ofrezca sus oraciones por ellos...
Oración por los difuntos
(de la tradición bizantina)

Dios de los espíritus y de toda carne,
que sepultaste la muerte,
venciste al demonio
y diste la vida al mundo.
Tú, Señor, concede al alma
de tu difunto siervo N. (nombre del difunto),
el descanso en un lugar luminoso,
en un oasis, en un lugar de frescura,
lejos de todo sufrimiento,
dolor o lamento.

Perdona las culpas por él cometidas
de pensamiento, palabra y obra,
Dios de bondad y misericordia;
puesto que no hay hombre
que viva y no peque,
ya que Tú sólo eres Perfecto
y tu Justicia es justicia eterna
y tu Palabra es la Verdad.

Tú eres la Resurrección,
la Vida y el descanso del difunto,
tu siervo N.


Oh Cristo, Dios nuestro.
Te glorificamos junto con el Padre
no engendrado
y con tu santísimo, bueno
y vivificante Espíritu. Amén.

MURAMOS CON CRISTO, Y VIVIREMOS CON ÉL. DE SAN AMBROSIO.



Vemos que la muerte es una ganancia, y la vida un sufrimiento. Por esto, dice san Pablo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Cristo, a través de la muerte corporal, se nos convierte en espíritu de vida. Por tanto, muramos con él, y viviremos con él.

En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como iría sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte. Porque la ley de la carne está en oposición a la ley del espíritu e induce a ésta a la ley del error. ¿Qué remedio hay para esto? ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.

Tenemos un médico, sigamos sus remedios. Nuestro remedio es la gracia de Cristo, y el cuerpo presa de la muerte es nuestro propio cuerpo. Por lo tanto, emigremos del cuerpo, para no vivir lejos del Señor; aunque vivimos en el cuerpo, no sigamos las tendencias del cuerpo ni obremos en contra del orden natural, antes busquemos con preferencia los dones de la gracia.

¿Qué más diremos? Con la muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo hubiese podido evitar la muerte, si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó como algo inútil, sino que la consideró como el mejor modo de salvarnos. Y, así, su muerte es la vida de todos.
Hemos recibido el signo sacramental de su muerte, anunciamos y proclamamos su muerte siempre que nos reunimos para ofrecer la eucaristía; su muerte es una victoria, su muerte es sacramento, su muerte es la máxima solemnidad anual que celebra el mundo.

¿Qué más podremos decir de su muerte, si el ejemplo de Cristo nos demuestra que ella sola consiguió la inmortalidad y se redimió a sí misma? Por esto, no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación para todos; no debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos el sufrirla.

Del libro de san Ambrosio, obispo, sobre la muerte de su hermano Sátiro

sábado, 1 de noviembre de 2014

Ángelus, Papa: llamado por la paz en Jerusalén



Tras la oración del Ángelus, observando que la liturgia de hoy habla de “la Jerusalén celeste”, el Papa Francisco recordó especialmente a Tierra Santa: “Los invito - dijo el Pontífice - a rezar para que la Ciudad Santa, querida por los judíos, cristianos y musulmanes, que en estos días ha sido testigo de diversas tensiones, pueda ser siempre más signo y anticipo de la paz que Dios desea para toda la familia humana”.
News. va

Papa: María, centro de la comunión de la Iglesia en la tierra con la del Cielo

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Los primeros dos días del mes de Noviembre constituyen para todos nosotros un momento intenso de fe, de oración y de reflexión sobre las ‘cosas últimas’ de la vida. En efecto, celebrando a todos los Santos y conmemorando a todos los fieles difuntos, la Iglesia peregrina en la tierra vive y expresa en la Liturgia el vínculo espiritual que la une a la Iglesia del cielo. Hoy alabamos a Dios por la multitud innumerable de los santos y de las santas de todos los tiempos: hombres y mujeres comunes, simples, a veces ‘últimos’ para el mundo, pero ‘primeros’ para Dios. Al mismo tiempo recordamos a nuestros queridos difuntos visitando los cementerios: ¡es motivo de gran consolación pensar que ellos están en compañía de la Virgen María de los Apóstoles, de los mártires y de todos los santos y santas del Paraíso!

La solemnidad de hoy nos ayuda así a considerar una verdad fundamental de la fe cristiana, que nosotros profesamos en el ‘Credo’. ¿Qué significa esto: la comunión de los santos? Es la unión común que nace de la fe y une a todos aquellos que pertenecen a Cristo, gracias al Bautismo. Se trata de una unión espiritual  - ¡todos estamos unidos! - que no se quiebra después de la muerte, sino prosigue en la otra vida. En efecto, subsiste un lazo indestructible entre nosotros vivientes en este mundo y cuantos han cruzado el umbral de la muerte. Nosotros aquí en la tierra, junto con los que han entrado en la eternidad, formamos una sola gran familia. Se mantiene esta familiaridad.

Esta maravillosa comunión, esta maravillosa unión común entre tierra y cielo se actúa de forma más elevada e intensa en la Liturgia y, sobre todo, en la celebración de la Eucaristía, que expresa y realiza la unión más profunda entre los miembros de la Iglesia. En la Eucaristía, en efecto, nosotros encontramos a Jesús vivo y su fuerza, y a través de Él entramos en comunión con nuestros hermanos en la fe: aquellos que viven cono nosotros aquí en la tierra y aquellos que nos han precedido en la otra vida, la vida sin fin.  Esta realidad nos colma de alegría: es hermoso tener tantos hermanos en la fe que caminan a nuestro lado, nos sostienen con su ayuda y junto con nosotros recorren el camino hacia el cielo. Y es consolador saber que hay otros hermanos que ya han alcanzado el cielo, nos esperan y rezan por nosotros, para que juntos podamos contemplar en la eternidad el rostro glorioso y misericordioso del Padre.

En la gran asamblea de los Santos, Dios ha querido reservar el primer lugar a la Madre de Jesús. María está en el centro de comunión de los santos, como singular custodia del vínculo de la Iglesia universal con Cristo, del vínculo de la familia. Ella es la Madre, Ella es la Madre nuestra, nuestra Madre. Para el que quiere seguir a Jesús por la senda del Evangelio, Ella es la guía segura, porque es la primera discípula. Ella es la Madre que acorre en seguida, siempre atenta, a la cual confiar todo anhelo y dificultad.
¡Recemos junto con la Reina de todos los Santos para que nos ayude a responder con generosidad y fidelidad a Dios que nos llama a ser santos como Él es Santo!

(Traducción del italiano: Cecilia de Malak)

EN LAS MANOS DE DIOS. José Antonio Pagola

Jn 14, 1-6

Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.

Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?

La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él?

Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: "En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido"

¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.

A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:


"Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver".

«APRESURÉMONOS HACIA LOS HERMANOS QUE NOS ESPERAN»De los sermones de san Bernardo, abad

Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.

El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, cómo a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros

Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.

(Sermón 2: Opera omnia, edición cisterciense, 5 (1968), 364-368)
suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión. Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordarnos que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con él. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuando transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.

viernes, 31 de octubre de 2014

GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR


Del Salmo 110:
Grandes son las obras del Señor
Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Grandes son las obras del Señor
Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Grandes son las obras del Señor
Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Grandes son las obras del Señor


jueves, 30 de octubre de 2014

Papa: «el diablo no es un mito», «oración, verdad y justicia para combatirlo»

La vida cristiana es un «combate» contra el demonio, el mundo y las pasiones de la carne, recordó el Papa Francisco, en la Misa matutina, de este jueves en la Capilla de la Casa de Santa Marta. Reflexionando sobre la Carta de San Pablo a los Efesios, reiteró que el diablo existe y «debemos luchar contra él», con la «armadura» de la verdad. Fortaleza y valentía en el Señor. El Santo Padre centró su homilía en las palabras de San Pablo que, dirigiéndose a los Efesios, «desarrolla en un lenguaje militar la vida cristiana». Y subrayando que «la vida en Dios se debe defender, se debe luchar para llevarla adelante», hizo hincapié en que se necesita fortaleza y valentía «para resistir y anunciar». Para «ir adelante en la vida espiritual se debe combatir. No es una simple lucha, sino un combate continuo», volvió a reiterar el Papa, recordando luego que «los enemigos de la vida cristiana» son tres: «el demonio, el mundo y la carne». Es decir nuestras pasiones «que son las heridas del pecado original». Por cierto, destacó también el Obispo de Roma, «la salvación que nos da Jesús es gratuita», pero estamos llamados a defenderla:

«¿De qué me tengo que defender? ¿Qué tengo que hacer? ‘Revístanse con la armadura de Dios’ nos dice Pablo. Es decir que lo que es de Dios nos defiende, para resistir a las insidias del diablo. ¿Está claro? Claro. No se puede pensar en una vida espiritual, en una vida cristiana, sin revestirse de esta armadura de Dios, que nos da fuerza y nos defiende».

San Pablo subraya que esta lucha nuestra no es contra las cosas pequeñas, «sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal».  «Es decir, contra el diablo y los suyos», insistió el Papa Bergoglio, señalando que «sin embargo a esta generación y a muchas otras se les ha hecho creer que el diablo era un mito, una figura, una idea, la idea del mal ¡pero el diablo existe y nosotros debemos combatir contra él! ¡lo dice San Pablo, no lo digo yo! ¡Lo dice la Palabra de Dios! Aunque no estamos muy convencidos de ello». Además «San Pablo dice cómo es la armadura de Dios, cuáles son las diversas armaduras, que conforman esta armadura de Dios. Y señala: «Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza». Ésta es la armadura de Dios: la verdad».

Recordando que «el diablo es mentiroso, es el padre de los mentirosos, el padre de la mentira», y reiterando con San Pablo, que hay que estar «ceñidos con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza», el Santo Padre volvió a destacar que «no se puede ser cristianos, sin trabajar continuamente para ser justos. No se puede». Nos ayudaría mucho preguntarnos ¿creo o no creo? ¿creo un poco sí y un poco no? ¿soy un poco mundano y un poco creyente? «Sin fe no se puede ir adelante, no se puede defender la salvación de Jesús»,insistió el Papa, haciendo hincapié en que «necesitamos el escudo de la fe, porque el diablo no nos tira flores, sino flechas encendidas, para asesinarnos». Por lo que exhortó a «tomar el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios». Y a «elevar constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animadas por el Espíritu»:

«La vida cristiana es una lucha, una lucha bellísima, porque cuando el Señor vence en cada paso de nuestra vida, nos da una alegría, una felicidad grande: esa alegría que el Señor ha vencido en nosotros, con la gratuidad de su salvación. Pero sí, todos somos un poco perezosos, no, en la lucha, y nos dejamos llevar por las pasiones, por algunas tentaciones. Es porque somos pecadores ¡todos! Pero no se desalienten. Ánimo, valentía y fortaleza, porque el Señor está con nosotros»

(CdM - RV)

miércoles, 29 de octubre de 2014

EL SEÑOR SOSTIENE A LOS QUE VAN A CAER

Del Salmo 144: 

El Señor es fiel a sus palabras

Que todas tus criaturas te den gracias,
Señor, que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas.

El Señor es fiel a sus palabras

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

El Señor es fiel a sus palabras

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

El Señor es fiel a sus palabras

¿SERÁN POCOS LOS QUE SE SALVEN?



Lectura del santo Evangelio según san Lucas 13, 22-30.

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó:
–Señor, ¿serán pocos los que se salven?

Jesús les dijo:
–Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: «Señor, ábrenos» y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados». 

Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.


martes, 28 de octubre de 2014

El nuevo arzobispo de Madrid habla del “desafío de una espiritualidad misionera”

Monseñor Carlos Osoro, que tomó posesión de la archidiócesis de Madrid el pasado sábado 25 de octubre, mantuvo ayer lunes 27, un encuentro con periodistas en el que habló del “desafío de una espiritualidad misionera”, que nos ayude a vencer el “individualismo” y la “caída de fervor”. 

Para monseñor Osoro, “una iglesia particular que se encierra en sí misma no es la Iglesia de Cristo”, por eso, aunque todavía no conoce bien la situación de los misioneros madrileños, consideró “prioritaria” la tarea misionera, porque la Iglesia, “o es misionera, o no es la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo”. 

El arzobispo de Madrid afirmó que “siempre” ha vivido como propio el mandato misionero de ir por el mundo y anunciar el Evangelio y realizó un recorrido por las diócesis en las que ha sido obispo, para testimoniarlo. Así, habló del compromiso de Orense con la diócesis de Portoviejo, en Ecuador, que calificó como “un bien para la Iglesia diocesana”; de Oviedo, con Benín, o de la presencia de misioneros de Valencia en América Latina, sobre todo en la zona minera de Chile. 

Monseñor Osoro comparte con el Papa Francisco la necesidad de una “Iglesia en salida”, pero argumentó que la salida a las periferias debe producirse siempre desde “el centro, que es Cristo”, porque “si se sale de otra manera, se hará mal”. El prelado habló de la necesidad de “llevar la alegría” del Evangelio, que es “la gran noticia para el hombre”, una noticia “liberadora y transformadora, con capacidad para hacernos salir de nosotros a los hombres y salir por los caminos de la historia”. 


Aunque reconoció que el hombre contemporáneo sufre lo que él llama la enfermedad de las tres “D” (el desdibujamiento, de la imagen de Dios, que es amor; el desencanto, de no encontrar razones para vivir; y la desorientación, porque vive como un vagabundo sin metas en lugar de como un peregrino), monseñor Osoro propone “métodos evangelizadores” que ayuden al hombre a descubrir el “diseño concreto” que Cristo ha hecho en él, pero que no son los métodos “de la condena, de derrotar al otro”. 

“El ser humano cambia cuando conoce a Jesús”, el que hoy es arzobispo de Madrid, lo descubrió siendo un joven universitario, entonces, el encuentro con Jesucristo, le cambió la vida.

Papa: gracias por poner ante Dios y la Iglesia el clamor silenciado de los pobres

El Papa Francisco agradeció a los participantes en el Encuentro Mundial de Movimientos Populares - celebrado en el Vaticano desde el 27 al 29 de octubre - «¡por haber aceptado esta invitación para debatir tantos graves problemas sociales que aquejan al mundo hoy, Ustedes que sufren en carne propia la desigualdad y la exclusión!»... «Porque el mundo se ha olvidado de Dios, que es Padre; se ha vuelto huérfano porque dejó a Dios de lado».

«Tierra, techo y trabajo. Es extraño pero si hablo de esto para algunos resulta que el Papa es comunista», destacó el Obispo de Roma, recordando que «el amor a los pobres está al centro del Evangelio» y la doctrina social de la Iglesia,  tras señalar que este encuentro con el Papa «no responde a una ideología», recordando que la palabra solidaridad, «que no cae bien», es «un modo de hacer la historia y eso hacen los movimientos populares».

«Jesús les diría hipócritas» a los que abordan «el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilice y convierta a los pobres en seres domesticados e inofensivos», destacó también el Papa Bergoglio, añadiendo que es «triste ver cuando detrás de supuestas obras altruistas, se reduce al otro a la pasividad, se lo niega o peor, se esconden negocios y ambiciones personales». Y  «qué lindo es en cambio cuando vemos en movimiento a Pueblos, sobre todo, a sus miembros más pobres y a los jóvenes. Entonces sí se siente el viento de promesa que aviva la ilusión de un mundo mejor. Que ese viento se transforme en vendaval de esperanza».
Y con su agradecimiento también al Cardenal Turkson por su acogida, su trabajo y sus palabras, el Obispo de Roma señaló este martes que el «encuentro de Movimientos Populares es un gran signo: vinieron a poner en presencia de Dios, de la Iglesia, una realidad muchas veces silenciada. ¡Los pobres no sólo padecen la injusticia sino que también luchan contra ella! No se contentan con promesas ilusorias, excusas o coartadas. Tampoco están esperando de brazos cruzados la ayuda de ONGs, planes asistenciales o soluciones que nunca llegan… Ustedes sienten que los pobres ya no esperan y quieren ser protagonistas, se organizan, estudian, trabajan, reclaman y sobre todo practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres y que nuestra civilización parece haber olvidado».

Tierra, Techo y Trabajo, sin olvidar la Paz y la Ecología, sobre la cual está preparando una Encíclica. El Papa Francisco se detuvo sobre cada uno de los  tres temas elegidos como consigna para este encuentro, que «responde a un anhelo muy concreto, algo que cualquier padre, cualquier madre quiere para sus hijos; un anhelo que debería estar al alcance de todos pero hoy vemos con tristeza cada vez más lejos de la mayoría».
«Digamos juntos desde el corazón ¡Ninguna familia sin vivienda! ¡Ningún campesino sin tierra! ¡Ningún trabajador sin derechos! ¡Ninguna persona sin la dignidad que da el trabajo!», exhortó el Papa, alentando a los queridos hermanos para que «sigan con su lucha, nos hace bien a todos». Y dejándoles de regalo y con su bendición unos rosarios que fabricaron artesanos, cartoneros y trabajadores de la economía popular de América Latina.
«Y en este acompañamiento – concluyó - rezo por Ustedes, rezo con Ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los acompañe en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: la esperanza que no defrauda».(CdM – RV)


Estar dentro de la Iglesia, no detenernos en la recepción, dijo el Papa

A la Iglesia “la hace Jesús”, que no ve el pecado del hombre sino su corazón, al que busca para curarlo. Fue la reflexión del Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

El “trabajo” lo ha hecho Jesús hace dos mil años, cuando eligió a doce columnas para construir la Iglesia y poniéndose a sí mismo como “base” y “piedra angular”. Después, esa Iglesia abrió de par en par sus puertas a todos, sin distinción, porque a Cristo le interesa amar y curar los corazones, y no contar los pecados. El Papa Francisco reflexionó con el Evangelio del día, que relata el nacimiento de la Iglesia y la llamada de los Apóstoles, y con la Lectura de Pablo, que describe a la Iglesia como un edificio que crece “bien ordenado” sobre sus cimientos. En particular, el Obispo de Roma dirigió su atención a las acciones que marcan la fundación de la Iglesia. Jesús que se retira en oración. Después elige a los doce y, al mismo tiempo, acoge y cura a quien tan sólo trata de tocarlo:
“Jesús ora, Jesús llama, Jesús elige, Jesús envía a los discípulos, Jesús cura a la muchedumbre. En este templo, este Jesús que es la piedra angular hace todo este trabajo: es Él quien lleva adelante la Iglesia de este modo. Como decía Pablo, esta Iglesia está edificada sobre el fundamento de los Apóstoles. Este que Él ha elegido aquí: eligió a doce. Todos pecadores, todos. Judas no era el más pecador: no sé quién haya sido el más pecador… Judas, pobrecito, es aquel que se cerró al amor y por esto se convirtió en traidor. Pero todos escaparon en el momento difícil de la Pasión y dejaron solo a Jesús. Todos son pecadores. Pero Él los eligió”.


Jesús  – dijo también el Papa Francisco citando a San Pablo – nos quiere “dentro” de la Iglesia, y no como huéspedes o extranjeros, sino “con el derecho de un ciudadano”. E insiste en que en la Iglesia “no estamos de paso, estamos enraizados allí. Nuestra vida es allí”:

“Nosotros somos ciudadanos, conciudadanos de esta Iglesia. Si nosotros no entramos en este templo y formamos parte de esta construcción a fin de que el Espíritu Santo habite en nosotros, nosotros no estamos en la Iglesia. Nosotros estamos en la puerta y miramos: ‘Pero, qué bello… sí, esto es bello…’. Cristianos que no van más allá de la recepción de la Iglesia: sólo allí, en la puerta… ‘Pero sí, soy católico, sí, pero no demasiado… así…”.
Un modo de hacer esto, que no tiene sentido con respecto al amor y a la misericordia totales que Jesús tiene por cada persona. La demostración es la actitud de Cristo con Pedro. Incluso si la primera de las columnas traiciona a Jesús, el Señor responde perdonando y dejándolo en su lugar:
“A Jesús no le importó el pecado de Pedro: buscaba su corazón. Pero para encontrar este corazón y para curarlo. Jesús que reza y Jesús que cura, también por cada uno de nosotros. Nosotros no podemos comprender a la Iglesia sin este Jesús que reza y sin este Jesús que cura. Que el Espíritu Santo nos haga comprender, a todos nosotros, esta Iglesia que tiene la fuerza en la oración de Jesús por nosotros y que es capaz de curarnos. A todos nosotros”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).

Francisco en la Academia Pontificia de las Ciencias subraya la responsabilidad del ser humano con la creación

El Santo Padre se ha desplazado esta mañana a la Casina Pío IV en el Vaticano, en ocasión de la Asamblea Plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias y la inauguración de un busto en honor a Benedicto XVI al que ha definido como un gran Papa. ''Grande por la fuerza y la penetración de su inteligencia, grande por su importante contribución a la teología, a su gran amor por la Iglesia y los seres humanos, grande por su virtud y religiosidad''. Asimismo el Papa ha recordado que Benedicto XVI fue el primero en invitar a un Presidente de esta Academia a participar al Sínodo sobre la nueva evangelización ''consciente de la importancia de la ciencia en la cultura moderna''.


 Francisco no ha querido entrar en el complejo tema que actualmente trata la Academia: ''La evolución del concepto de naturaleza''; sólo ha señalado ''que Dios y Cristo caminan con nosotros, y están presentes también en la naturaleza''. ''Cuando leemos en el Génesis el relato de la creación,-ha dicho- creemos imaginar que Dios es un mago, que con una varita mágica ha hecho todas las cosas. Pero no es así. Él ha creado a los seres y les ha dejado desarrollarse según las leyes internas que dio a cada uno, para que.. alcanzasen su propio desarrollo. Dio la autonomía a los seres del universo al mismo tiempo que les aseguraba su continua presencia, dando el ser a toda realidad. Y así la creación ha proseguido su marcha por siglos y siglos, milenios y milenios hasta que se ha convertido en lo que hoy conocemos; exactamente porque Dios no es un mago sino el Creador que da el ser a todas las cosas. 

El inicio del mundo no es obra del caos que debe a otro su origen, sino que se deriva directamente de un Principio supremo que crea por amor. El Big-Bang, que hoy se sitúa en el origen del mundo, no contradice la intervención de un creador divino, al contrario, la requiere. La evolución de la naturaleza no contrasta con la noción de creación, porque la evolución presupone la creación de los seres que evolucionan''.

''En cuanto al ser humano, -ha continuado-, hay un cambio y una novedad. Cuando, en el sexto día de la historia del Génesis, llega la creación del hombre, Dios da al ser humano otra autonomía, una autonomía diferente a la de la naturaleza, que es la libertad. Y dice al hombre que ponga nombre a todas las cosas y siga hacia delante en el curso de la historia. Le hace responsable de la creación, para que domine la creación, para que la desarrolle y así hasta el final de los tiempos. 


Por eso al científico, y sobre todo al científico cristiano corresponde la actitud de interrogarse sobre el futuro de la humanidad y de la tierra y, como ser libre y responsable, de contribuir a prepararlo, a defenderlo, y a eliminar los riesgos del medio ambiente, sean naturales que humanos. Pero, al mismo tiempo, el científico debe estar movido por la confianza en que la naturaleza esconda, en sus mecanismos evolutivos, potenciales que toca a la inteligencia y a la libertad descubrir y poner en práctica para llegar al desarrollo que está en el diseño del Creador. Entonces, por muy limitada que sea, la acción del hombre participa de la potencia de Dios y es capaz de construir un mundo apropiado para su doble vida corporal y espiritual; construir un mundo humano para todos los seres humanos y no para un grupo o clase de personas privilegiadas.

''Esta esperanza y confianza en Dios, Autor de la naturaleza, y en la capacidad del espíritu humano -ha concluido- pueden proporcionar al investigador una nueva energía y una serenidad profunda. Pero también es cierto que la acción del hombre, cuando su libertad se convierte en autonomía - que no es libertad, sino autonomía - destruye la creación y el hombre usurpa el lugar del Creador. Y este es el gran pecado contra Dios Creador''.