martes, 13 de mayo de 2014

San Juan Pablo II, la vida de un papa santo.

El Padre y yo somos una sola cosa




Evangelio según San Juan 10,22-30.

Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. 

Los judíos lo rodearon y le preguntaron: "¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente".

Jesús les respondió: "Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí,
pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas.

Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.
Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa". 
De News. Va

El Espíritu Santo impulsa siempre a la Iglesia más allá de los límites, reitera el Papa

¿Quiénes somos nosotros para cerrarle las puertas al Espíritu Santo? fue la pregunta recurrente que el Papa Francisco repitió en su homilía de la Misa matutina, en la capilla de la Casa de Santa Marta, este lunes dedicada a la conversión de los primeros paganos al cristianismo. 
El Espíritu Santo - reiteró - es el que hace que la Iglesia vaya «más allá de los límites, hacia adelante». El Espíritu sopla donde quiere, pero una de las tentaciones más recurrentes de quien tiene fe es la de ponerle trabas en el camino y de desviarlo hacia una dirección, en lugar que hacia otra. Una tentación que no faltaba tampoco en los albores de la Iglesia, como muestra la experiencia que vive Simón Pedro, en el episodio de los Hechos de los Apóstoles, presente en la liturgia. Una comunidad de paganos acoge el anuncio del Evangelio y Pedro es testigo ocular de la bajada del Espíritu Santo sobre ellos, pero primero duda en tener contacto con lo que siempre había creído ‘impuro’. Y luego recibe duras críticas de parte de los cristianos de Jerusalén, escandalizados por el hecho de que su jefe había comido con unos ‘no circuncisos’ y hasta los había bautizado. Un momento de crisis interna, que el Papa recuerda con un matiz de ironía:
 

«Algo que no se podía ni pensar.... Si mañana llegara una expedición de marcianos, por ejemplo, y algunos de ellos vinieran donde nosotros, digo marcianos ¿no?... Verdes, con esa nariz larga y las orejas grandes, como los pintan los niños... Y uno dijera: "Pero, yo quiero el bautismo”. ¿Qué pasaría?».
 


Pedro comprende su error cuando una visión le ilumina una verdad fundamental: nadie puede llamar ‘profano’ lo que ha sido purificado por Dios. Y al narrar estos hechos a la muchedumbre que lo critica, el Apóstol – recuerda también el Papa Francisco – tranquiliza a todos con esta afirmación: ¿Si por lo tanto Dios les ha dado el mismo don que nos dio a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, quién soy yo para poner impedimentos a Dios?:
 

«Cuando el Señor nos indica el camino ¿quiénes somos nosotros para decir: ‘¡No Señor, no es prudente! No, hagamos así...? Y Pedro en esa primera diócesis – la primera diócesis fue Antioquía – toma esa decisión: ¿Quién soy yo para poner impedimentos?’. Una bella palabra para los obispos, los sacerdotes y también para los cristianos. Pero ¿quiénes somos para cerrar puertas? En la Iglesia antigua, incluso hoy, está el ministerio del hostiario. Y ¿qué hacia el hostiario? Abría la puerta, recibía a la gente, la hacía pasar. Pero ¡nunca fue el ministerio del que cierra la puerta!
 


Aún hoy, recordó el Papa Francisco, Dios ha dejado la guía de la Iglesia «en manos del Espíritu Santo». Y «el Espíritu Santo es el que, como dice Jesús, nos enseñará todo» y «hará que nos acordemos de lo que Jesús nos ha enseñado»:
 

«El Espíritu Santo es la presencia viva de Dios en la Iglesia. Es el que hace que la Iglesia ande, el que hace que la Iglesia camine. Cada vez más, más allá de los límites, hacia adelante. El Espíritu Santo con sus dones guía a la Iglesia. No se puede comprender la Iglesia de Jesús sin este Paráclito, que el Señor nos envía para ello. Y cumple estas opciones impensables ¡pero impensables! Para usar una palabra de San Juan XXIII: es precisamente el Espíritu Santo el que actualiza la Iglesia: verdaderamente la actualiza y hace que vaya adelante. Y nosotros los cristianos debemos pedir al Señor la gracia de la docilidad al Espíritu Santo. La docilidad a este Espíritu, que nos habla en el corazón, nos habla en las circunstancias de la vida, nos habla en la vida eclesial en las comunidades cristianas, nos habla siempre».
(CdM - RV)

lunes, 12 de mayo de 2014

El Papa preside en la basílica de San Pedro la ordenación presbiteral de 13 diáconos


El Papa Francisco presidió la mañana de este domingo la Santa Misa en la basílica de san Pedro con la ordenación presbiteral de 13 diáconos, a quienes pidió que no se cansen nunca de ser misericordiosos.


Después de la presentación de los ordenándoos el Papa reflexionó sobre la importancia del sacramento presbiteral y les recordó que si cierran "las puertas de la Iglesia", no serán buenos "pastores". Les pidió que se empeñaran en "unir a los fieles en una única familia y que tengan siempre delante la figura del Buen Pastor".

Durante la homilía reconoció que le duele mucho ver "que las personas no van a confesarse porque han sido tratadas mal por el sacerdote, porque les han regañado o porque han visto que las puertas de la Iglesia se les cerraban en la cara". Por eso ha insistido a los diáconos en que tengan "tanta misericordia".

Una vez terminada la homilía, el Papa preguntó uno a uno si querían tomar el sacramento sacerdotal. Después de las letanías, el Santo Padre impuso las manos sobre la cabeza de cada elegido, y continuando con el rito, los ordenandos, ayudados por otros presbíteros, se pusieron la estola sacerdotal y la casulla. Luego el Papa les ungió con el sagrado crisma las palmas de las manos, y también entregó a cada uno el pan sobre la patena y el cáliz con el vino preparados para la celebración de la misa. Finalmente abrazó a todos los recién ordenados.
Homilía completa

domingo, 11 de mayo de 2014

YO HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA, Y LA TENGAN EN ABUNDANCIA


Evangelio según San Juan 10,1-10.

Jesús dijo a los fariseos: "Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz".

Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.

Entonces Jesús prosiguió: "Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia."

La escuela es el complemento de la familia. Papa Francisco



Los maestros son los primeros que deben permanecer abiertos a la realidad - he escuchado los testimonios de sus maestros; me ha dado gusto sentirlos tan abiertos a la realidad ¡con la mente siempre abierta a aprender! Sí, porque si un maestro no está abierto a aprender, no es un buen maestro, y ni siquiera es interesante; los muchachos lo perciben, tienen “olfato”, y son atraídos por profesores que tienen un pensamiento abierto, “inconcluso”, que buscan “algo más”, y así contagian esta actitud a los estudiantes. Este es uno de los motivos por el que amo la escuela.Otro motivo es que la escuela es un lugar de encuentro. Porque todos nosotros estamos en camino, ¿eh? Poniendo en marcha un proceso, activando una vía. Y he escuchado que la escuela -todos lo hemos escuchado hoy- no es un estacionamiento, ¿eh? es un lugar de encuentro en el camino. Un lugar de encuentro. Se encuentra a los compañeros; se encuentra a los maestros; se encuentra al personal asistente. Los padres de familia encuentran a los profesores; el director encuentra a las familias, etcétera. Es un lugar de encuentro. Y nosotros hoy tenemos necesidad de esta cultura del encuentro, ¿eh? para encontrarnos, para conocernos, para amarnos, para caminar juntos. Y esto es fundamental precisamente en la edad del crecimiento, como un complemento a la familia. La familia -sabemos- es el primer núcleo de relaciones: la relación con el padre y la madre y los hermanos es la base, y nos acompaña siempre en la vida. Pero en la escuela nosotros “socializamos”: encontramos personas diferentes a nosotros, diferentes por edad, por cultura, por proveniencia, por capacidades diferentes…

 La escuela es la primera sociedad que integra a la familia. La familia y la escuela ¡jamás van contrapuestas! Son complementarias, y por lo tanto es importante que colaboren, en el respeto recíproco. Y las familias de los chicos de una clase pueden hacer mucho colaborando juntas entre ellas y con los maestros. Esto hace pensar en un proverbio africano que dice: “Para educar a un hijo se necesita a todo un pueblo”. Para educar a un muchacho se necesita mucha gente: familia, escuela, maestros, todos, todos, personal asistente, profesores, ¡todos! ¿Les gusta este proverbio africano? ¿Les gusta? Digámoslo juntos: ¡Para educar a un hijo se necesita a todo un pueblo!, ¡juntos! ¡Para educar a un hijo se necesita a todo un pueblo! Piensen en esto, ¿eh? Piensen.
Y también amo la escuela porque nos educa a lo verdadero, al bien y a lo bello. Las tres cosas van juntas, ¿eh? La educación no puede ser neutra. O es positiva o es negativa; o nos enriquece o nos empobrece; o hace crecer a la persona o la deprime, incluso puede corromperla. Y en la educación es muy importante lo que también hemos escuchado hoy: ¡siempre, es mejor una derrota limpia que una victoria sucia! ¡Recuérdenlo! Esto nos hará bien durante toda la vida. Digámoslo juntos: siempre es mejor una derrota limpia que una victoria sucia. ¡Todos juntos! ¡siempre es mejor una derrota limpia que una victoria sucia!
La misión de la escuela es desarrollar el sentido de lo verdadero, el sentido del bien y el sentido de lo bello. Y esto ocurre a través de un camino rico, hecho por tantos “ingredientes”. ¡Es por esto del por qué existen tantas disciplinas! Porque el desarrollo es fruto de diversos elementos que actúan juntos y estimulan a la inteligencia, a la consciencia, a la afectividad, al cuerpo, etcétera. Por ejemplo, si estudio esta Plaza, la Plaza de San Pedro, aprendo cosas de arquitectura, de historia, de religión, también de astronomía – el obelisco recuerda al sol, pero pocos saben que esta plaza es también una gran meridiano. De esta manera cultivamos en nosotros lo verdadero, el bien y lo bello; y aprendemos que estas tres dimensiones no están jamás separadas, sino siempre entrelazadas. Si una cosa es verdadera, es buena y es bella; si es bella, es buena y es verdadera; y si es buena, es verdadera y es bella. Y estos elementos juntos nos hacen crecer y nos ayudan a amar la vida, también cuando estamos mal, también en medio a los problemas. ¡La verdadera educación nos hace amar la vida y nos abre a la plenitud de la vida!
Y finalmente quisiera decir que en la escuela no solamente aprendemos conocimientos, contenidos, sino que aprendemos costumbres y también valores. Juntos. Se educa para conocer tantas cosas, o sea tantos contenidos importantes, para tener ciertas costumbres también para asumir los valores. Y esto es muy importante. Les deseo a todos ustedes, padres de familia, maestros, personas que trabajan en la escuela, estudiantes, les deseo un hermoso camino en la escuela, un camino que haga crecer, que haga crecer las tres lenguas, que una persona madura debe saber hablar: la lengua de la mente,la lengua del corazón y la lengua de las manos. Pero con armonía, o sea pensar aquello que tú sientes y aquello que tú haces; sentir bien aquello que tú piensas y aquello que haces; y hacer bien aquello que tú piensas y aquello que tú sientes. ¡Las tres lenguas, en armonia y juntas! ¡Gracias de nuevo! Gracias una vez más a los organizadores de esta jornada y a todos ustedes que han venido. Y por favor, por favor ¡no nos dejemos robar el amor por la escuela! ¡Gracias! (Traducción del italiano: Raúl Cabrera-Radio Vaticano)

sábado, 10 de mayo de 2014

¿CÓMO PAGARÉ AL SEÑOR TODO EL BIEN QUE ME HA HECHO?

Del Salmo 115:

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo,
hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

¿A QUIÉN IREMOS? TÚ TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA


Evangelio según San Juan 6,60-69.

Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?".

Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: "¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen".

En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.

Y agregó: "Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede".

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de Él y dejaron de acompañarlo.

Jesús preguntó entonces a los Doce: "¿También ustedes quieren irse?".

Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios".

 De News. va

Los santos no son héroes, sino humildes pecadores que se dejan santificar por Jesús, señala el Papa

Los santos no son héroes, sino que son pecadores que siguen a Jesús en el camino de la humildad y de la cruz, y, de este modo, se dejan santificar por Él, porque nadie se santifica a sí mismo, dijo el Papa Francisco, este viernes por la mañana, en su homilía de la misa que presidió en la capilla de la Casa de Santa Marta.
A partir de la primera Lectura que presenta la conversión de San Pablo, que después de haber sido enemigo de la Iglesia llegó a ser santo, el Papa Francisco explicó qué quiere decir cuando se dice "la Iglesia es santa":
 

"Pero ¿cómo puede ser santa si todos estamos dentro de ella? Todos somos pecadores aquí. ¡Es la Iglesia la que es santa! Nosotros somos pec
adores, pero ella es santa. Es la esposa de Jesucristo y Él la ama, Él la santifica, la santifica cada día con su sacrificio Eucarístico, porque la ama tanto. Y nosotros somos pecadores, pero en una Iglesia santa. Y también nosotros nos santificamos con esta pertenencia a la Iglesia: somos hijos de la Iglesia y la Iglesia Madre nos santifica, con su amor, con los Sacramentos de su Esposo. 

"

En sus cartas, recordó el Papa “San Pablo habla a los santos, a nosotros pecadores, pero hijos de la Iglesia santa, santificada por el Cuerpo y la Sangre de Jesús":
"En esta Iglesia santa el Señor elige a algunas personas para hacer ver mejor la santidad, para mostrar que es Él el que santifica, que nadie se santifica a sí mismo, que no hay un curso para llegar a ser santo, que ser santo no es hacer el fakir o algo por el estilo ... ¡No! ¡No es así! La santidad es un don de Jesús a su Iglesia y, para mostrar esto, Él elige a personas en las que se puede ver claramente su trabajo para santificar.”
 


En el Evangelio hay muchos ejemplos de santos: está María Magdalena, de quien Jesús había expulsado siete demonios; está Mateo, "que era un traidor de su pueblo y cobrara el dinero para dárselo a los romanos"; está Zaqueo y muchos otros que hacen que todos vean cuál es "la primera regla de la santidad: es necesario que Cristo crezca y que nosotros disminuyamos. Es "la regla de la santidad: la humillación nuestra, para que el Señor crezca". Así, Cristo eligió a Saulo, que era un persecutor de la Iglesia", pero el Señor los espera. Lo espera hace sentir su poder. " Saulo "se vuelve ciego y obedece". Y de grande que era " ¡se vuelve como un niño: obedece!." Su corazón cambia "¡es otra vida!". Pero Pablo no se convierte en un héroe - dijo el Papa - porque él, que había predicado el Evangelio en todo el mundo", termina su vida con un pequeño grupo de amigos, aquí en Roma, víctima de sus discípulos": "una mañana fueron a donde él 3-4-5 soldados", "se lo llevaron y le cortaron la cabeza. Simplemente.

El que era un grande, el que había ido por todo el mundo termina así". "Disminuye, disminuye, disminuye...". "La diferencia entre los héroes y los santos – afirmó Francisco - es el testimonio, la imitación de Jesucristo. Seguir el camino de Jesucristo", el de la cruz. Y muchos santos acaban humildemente así. ¡Los grandes santos!, destacó el Papa, recordando “los últimos días de San Juan Pablo II ... lo vimos todos":

 

"Ya no podía hablar, el gran atleta de Dios, el gran guerrero de Dios termina así: doblegado por la enfermedad, humillado como Jesús. Éste es el camino de la santidad de los grandes. Y es también el camino de nuestra santidad. Si no nos dejamos convertir el corazón por este camino de Jesús – llevando la cruz cada día, la cruz ordinaria, la cruz sencilla – dejando que Jesús crezca; si no vamos por este camino, no seremos santos. Sin embargo, si seguimos por este camino, todos daremos testimonio de Jesucristo, que nos ama tanto. Y daremos testimonio de que, a pesar de que somos pecadores, la Iglesia es santa. Es la esposa de Jesús".

viernes, 9 de mayo de 2014

Los dones del Espíritu: el Consejo


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado en la lectura aquella parte del libro de los Salmos que dice “el Señor me aconseja, el Señor me habla interiormente”. Y este es otro don del Espíritu Santo: el don del consejo. Sabemos cuánto es importante, sobre todo en los momentos más delicados, el poder contar con las sugerencias de personas sabias y que nos quieren. Ahora, a través del don del consejo, es Dios mismo, con el Espíritu Santo, que ilumina nuestro corazón, para hacernos comprender el modo justo de hablar y de comportarse y el camino a seguir. Pero ¿cómo actúa este don en nosotros?

1. En el momento en el cual lo recibimos y lo acogemos en nuestro corazón, el Espíritu Santo comienza inmediatamente a hacernos sensibles a su voz y a orientar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras intenciones según el corazón de Dios. Al mismo tiempo, nos lleva siempre más a dirigir la mirada interior sobre Jesús, como modelo de nuestro modo de actuar y de relacionarnos con Dios Padre y con los hermanos. El consejo, es entonces el don con el cual el Espíritu Santo hace que nuestra conciencia sea capaz de hacer una elección concreta en comunión con Dios, según la lógica de Jesús y de su Evangelio. Y de este modo, el Espíritu nos hace crecer interiormente, nos hace crecer positivamente, nos hace crecer en la comunidad. Y nos ayuda a no caer en posesión del egoísmo y del propio modo de ver las cosas. Así el Espíritu nos ayuda a crecer y también a vivir en comunidad.


2. La condición esencial para conservar este don es la oración. Pero siempre volvemos sobre lo mismo ¿no? La oración. Pero es tan importante la oración, rezar. Rezar las oraciones que todos nosotros sabemos desde niños, pero también rezar con nuestras palabras. Rezar al Señor: Señor ayúdame, aconséjame, ¿qué tengo que hacer ahora? Y con la oración hacemos lugar para que el Espíritu venga y nos ayude en aquel momento, nos aconseje sobre lo que nosotros debemos hacer. La oración. Jamás olvidar la oración, jamás. Nadie se da cuenta cuando nosotros rezamos en el autobús, en la calle: oramos en silencio, con el corazón. Aprovechemos estos momentos para rezar. Rezar para que el Espíritu nos dé este don del consejo.
En la intimidad con Dios y en la escucha de su Palabra, poco a poco dejamos de lado nuestra lógica personal, dictada la mayor parte de las veces por nuestra cerrazón, por nuestros prejuicios y nuestras ambiciones, y en cambio, aprendamos a preguntar al Señor: ¿cuál es tu deseo? ¡Pedirle consejo al Señor! Y esto lo hacemos con la oración. De esta manera madura en nosotros una sintonía profunda, casi innata con el Espíritu y comprobamos qué verdaderas son las palabras de Jesús citadas en el Evangelio de Mateo: "No se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes" (Mt 10:19-20). Es el Espíritu que nos aconseja. Pero nosotros debemos darle espacio al Espíritu para que nos aconseje, y dar espacio es rezar. Rezar para que Él venga y nos ayude siempre.


3. Y al igual que todos los otros dones del Espíritu, entonces, el consejo es también un tesoro para toda la comunidad cristiana. El Señor nos habla no solamente en la intimidad del corazón, nos habla sí, pero no solamente allí, sino también a través de la voz y el testimonio de los hermanos. ¡Realmente es un gran don poder encontrar hombres y mujeres de fe que, especialmente en los momentos más complicados e importantes de nuestra vida, nos ayudan a iluminar nuestro corazón y a reconocer la voluntad del Señor!

Yo recuerdo una vez que yo estaba en el confesionario - y había una fila larga adelante - en el Santuario de Luján. Y estaba en la fila un muchacho todo moderno, ¿no? Con aritos, tatuajes, todas las cosas. Y vino para decirme lo que le sucedía a él. Era un problema grande, difícil. ¿Y tú qué harías? Y me dijo esto: yo le he contado todo esto a mi madre y mi madre me dijo: anda a ver a la Virgen y Ella te dirá lo que debes hacer. ¡Esta es una mujer que tenía el don del consejo! No sabía cómo salir del problema del hijo, pero le ha indicado el camino justo: “anda a ver a la Virgen y Ella te dirá”. Este es el don del consejo, dejar que el Espíritu hable. Y esta mujer humilde y simple, ha dado al hijo el más verdadero consejo, el más verdadero consejo. Porque este joven me dijo: “yo he mirado a la Virgen y he sentido que tengo que hacer esto, esto y esto. Yo no tuve que hablar. Lo hicieron todo la madre, la Virgen y el muchacho. ¡Éste es el don del consejo! Ustedes mamás, que tienen este don, ¡pidan este don para sus hijos! El don de aconsejar a los hijos. Es un don de Dios.

Queridos amigos, el Salmo 16 nos invita a orar con estas palabras: "Bendeciré al Señor que me aconseja, ¡hasta de noche me instruye mi conciencia! Tengo siempre presente al Señor: él está a mi lado, nunca vacilaré". (vv. 7-8). Que el Espíritu siempre pueda infundir en nuestro corazón esta certeza y nos llene así con su consuelo y su paz! Pidan siempre el don del consejo.¡Gracias!
Traducción del italiano: Eduardo Rubió y María Cecilia Mutual

La Iglesia dispensa la gracia, no la burocracia, dijo el Papa en su homilía

Quien en la Iglesia está llamado a administrar los Sacramentos debe dejar espacio a la gracia de Dios y no poner obstáculos de tipo “burocrático”. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.


“Quien evangeliza es Dios”. El Papa reafirmó esta verdad oponiéndola al exceso de burocratización que a veces en la Iglesia puede obstaculizar el acercamiento de las personas a Dios. Y afirmó que el modelo al que hay que referirse es el del Apóstol Felipe, quien en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles destaca las tres cualidades cristalinas de un cristiano, a saber: docilidad al Espíritu, diálogo y confianza en la gracia. La primera de las cuales se desprende a partir del momento en el que el Espíritu pide a Felipe que interrumpa sus actividades y que alcance la carroza en la que está viajando, entre Jerusalén y Gaza, el ministro de la reina de Etiopía:
Él, Felipe, obedece, es dócil a la llamada del Señor. Seguramente dejó tantas cosas que tenía que hacer, porque los Apóstoles en aquel tiempo estaban muy ocupados en la evangelización. Deja todo y va. Y esto nos hace ver que sin esta docilidad a la voz de Dios nadie puede evangelizar, nadie puede anunciar a Jesucristo: al máximo se anunciará a sí mismo. Es Dios quien llama, es Dios quien pone a Felipe en camino. Y Felipe va. Es dócil”.

Para Felipe el encuentro con el ministro etíope se convierte en una ocasión de anuncio del Evangelio. Pero este anuncio – explicó Francisco – no es una enseñanza caída desde lo alto, impuesta. Es un diálogo, que el Apóstol inicia respetando la sensibilidad espiritual de su interlocutor, que está leyendo, sin logar comprenderlo, un pasaje del Profeta Isaías:

“No se puede evangelizar sin el diálogo. No se puede. Porque tú debes partir precisamente de donde está la persona que debe ser evangelizada. ¡Y cuán importante es esto! ‘Pero, padre, se pierde tanto tiempo, porque cada uno tiene su propia historia, viene con esto, con sus ideas...’. Y pierde tiempo… Más tiempo perdió Dios en la creación del mundo ¡y la hizo bien! El diálogo. Perder el tiempo con la otra persona, porque esa persona es la que Dios quiere que tú evangelices, a la que tú le des la noticia de Jesús, es más importante. Pero como es, no como debe ser: como es ahora”.


Las palabras de Felipe suscitan en el ministro etíope el deseo de ser bautizado y en el primer curso de agua, a lo largo del camino, así sucede. Felipe administra el Bautismo al etíope, “lo pone – observó el Papa – en las manos de Dios, de su gracia”. Y Francisco destacó que el ministro, a su vez, será capaz de generar la fe y “quizá esto – concluyó el Papa – nos ayude a entender mejor que quien evangeliza es Dios”:

“Pensemos en estos tres momentos de la evangelización: la docilidad para evangelizar; hacer lo que Dios manda, según el diálogo con las personas – pero en el diálogo, se parte desde donde ellas están – y tercero, encomendarse a la gracia: es más importante la gracia que toda la burocracia. ‘¿Qué lo impide?’. Recordemos esto. Y tantas veces nosotros en la Iglesia somos una empresa para fabricar impedimentos, para que la gente no pueda llegar a la gracia. Que el Señor nos haga comprender esto”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

miércoles, 7 de mayo de 2014

ACLAME AL SEÑOR TODA LA TIERRA



Del Salmo 65 (66): 

 ¡Aclame a Dios toda la tierra!

¡Aclame a Dios toda la tierra!
¡Canten la gloria de su Nombre!
Tribútenle una alabanza gloriosa,
digan a Dios: «¡Qué admirables son tus obras!». 

 ¡Aclame a Dios toda la tierra!

Toda la tierra se postra ante ti,
y canta en tu honor, en honor de tu Nombre.
Vengan a ver las obras de Dios,
las cosas admirables que hizo por los hombres:  

 ¡Aclame a Dios toda la tierra!

Él convirtió el Mar en tierra firme,
a pie atravesaron el Río.
Por eso, alegrémonos en Él,
que gobierna eternamente con su fuerza; 

 ¡Aclame a Dios toda la tierra!

Bendito sea Dios,
que no rechazó mi oración
ni apartó de mí su misericordia.

 ¡Aclame a Dios toda la tierra!

martes, 6 de mayo de 2014

YO ME REFUGIO EN TI, SEÑOR



Del salmo 30 (31): 

A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu

Yo me refugio en ti, Señor,
¡que nunca me vea defraudado!
Líbrame, por tu justicia,
inclina tu oído hacia mí
y ven pronto a socorrerme.

A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu

Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame.

A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu

A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
yo confío en el Señor.
Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
En el asilo de tu presencia escondes a tus fieles
de las conjuras humanas.

A tus manos, Señor, encomiento mi espíritu

Sean fuertes y valerosos,
todos los que esperan en el Señor.

La Iglesia no es una Universidad de la religión, dijo el Papa en su homilía

El cristiano que no da testimonio se vuelve estéril. Es cuanto afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta. 

En esta ocasión, el Pontífice se detuvo en el martirio de San Esteban, narrado en los Hechos de los Apóstoles. Y dijo que la Iglesia no es “una Universidad de la religión”, sino el pueblo que sigue a Jesús. Sólo así, añadió, “es fecunda y madre”.
 

“El martirio de Esteban es una copia del martirio de Jesús”. El Papa Francisco recorrió en su homilía el camino que llevó a la muerte del primer mártir de la Iglesia. Y afirmó que también él, como Jesús, dijo que había encontrado “los celos de los dirigentes” que trataban de eliminarlo. También él tuvo “falsos testigos” y un “juicio hecho de modo rápido”. 

Esteban les advirtió que estaban oponiéndose al Espíritu Santo, como había dicho Jesús. Pero “esta gente – evidenció el Papa – no estaba tranquila, no tenía paz en su propio corazón”. Esta gente – añadió – “tenía odio” en su corazón. Por esta razón, al oír las palabras de Esteban estaban furiosos. “Este odio – dijo Francisco – fue sembrado en su corazón por el diablo”, “es el odio del demonio contra Cristo”.
Este odio del demonio “que hizo lo que quería con Jesucristo en su Pasión – prosiguió diciendo el Papa – ahora repite lo mismo” con Esteban. Y en el martirio se ve claramente “esta lucha entre Dios y el demonio”. Por otra parte, Jesús había dicho a los suyos que debían alegrarse de ser perseguidos a causa de su nombre: “Ser perseguido, ser mártir, dar la vida por Jesús es una de las Bienaventuranzas”. Por esto – añadió Francisco – “el demonio no puede ver la santidad de una Iglesia o la santidad de una persona, sin hacer algo” para oponerse. 
Y es esto lo que hace con Esteban, pero “él muere como Jesús: perdonando”.
“Martirio es la traducción de la parola griega que también significa testimonio. Y así podemos decir que para un cristiano el camino va por las huellas de este testimonio, por las huellas de Jesús para dar testimonio de Él y, tantas veces, este testimonio termina dando la vida. 
No se puede entender a un cristiano sin que sea testigo, sin que de testimonio. Nosotros no somos una ‘religión’ de ideas, de pura teología, de cosas bellas, de mandamientos. No, nosotros somos un pueblo que sigue a Jesucristo y da testimonio – pero quiere dar testimonio de Jesucristo – y este testimonio algunas veces llega a dar la vida”.

En los Hechos de los Apóstoles se lee que una vez asesinado Esteban, “estalló una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén”. Estas personas – observó el Papa – “se sentían fuertes y el demonio los impulsaba a hacer esto” y así “los cristianos se dispersaron en la región de Judea, de Samaria”. 

La persecución – notó el Papa – hace que esta “gente se fuera lejos” y donde llegaba explicaba el Evangelio, daba testimonio de Jesús y así “comenzó” la “misión de la Iglesia”. “Se convertían tantos – recordó el Papa – escuchando a esta gente”. Uno de los Padres de la Iglesia – añadió – explicaba esto diciendo: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Con “su testimonio predicaban la fe”:
“El testimonio, en la vida cotidiana, con algunas dificultades, y también en la persecución, con la muerte, siempre es fecundo. 

La Iglesia es fecunda y madre cuando da testimonio de Jesucristo. En cambio, cuando la Iglesia se encierra en sí misma, se cree – digamos así – una ‘Universidad de la religión’, con tantas bellas ideas, con tantos bellos templos, con tantos bellos museos, con tantas bellas cosas, pero no da testimonio, se vuelve estéril.

Y el cristiano lo mismo. El cristiano que no da testimonio, permanece estéril, sin dar la vida que ha recibido de Jesucristo”.

Esteban – prosiguió diciendo Francisco – “estaba lleno del Espíritu Santo”. Y advirtió que “no se puede dar testimonio sin la presencia del Espíritu Santo en nosotros”. “En los momentos difíciles, en que debemos elegir el camino justo, en que debemos decir ‘no’ a tantas cosas que quizá tratan de seducirnos – dijo también el Papa – hay una oración al Espíritu Santo, y es Él quien nos hace fuertes para ir por este camino, el del testimonio”:
“Y hoy pensando en estos dos iconos – Esteban, que muere, y la gente, los cristianos, que huyen, yendo por doquier por la violenta persecución – preguntémonos: ¿Cómo es mi testimonio? ¿Soy un cristiano testigo de Jesús o soy un simple numerario de esta secta? ¿Soy fecundo porque doy testimonio, o permanezco estéril porque no soy capaz de dejar que el Espíritu Santo me lleve adelante en mi vocación cristiana?”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).


CUANDO SE ABREN LOS OJOS

Lc 24, 13-35
Parece que la clave para leer adecuadamente este relato se contiene en las últimas palabras del mismo: "Lo reconocieron al partir el pan".

Se trata, indudablemente, de una alusión a la "cena del Señor", "fracción del pan" o "eucaristía", que las comunidades empezaron a celebrar el primer día de la semana (domingo = dies dominica = día del Señor).

Tal reunión constituía el marco adecuado para celebrar la presencia del Resucitado en medio de la comunidad. Y ello explica por qué los relatos de apariciones se sitúan precisamente en ese contexto.

La comensalidad parece que ocupó un lugar destacado en la práctica de Jesús: con frecuencia, se le ve compartiendo la mesa con unos y otros: con "pecadores", pero también con fariseos, como Simón, o con jefes de recaudadores, como Zaqueo; así como con la multitud, en el llamado relato de la "multiplicación de los panes".

Todo ello quedó plasmado incluso en una fórmula estereotipada, que aparece también en el relato que nos ocupa: Jesús "tomó el pan, pronunció la bendición [en ambientes judíos; traducido por "dio gracias", si se trataba de grupos helenistas], lo partió y se lo dio".

La eucaristía es, simultáneamente, la celebración de la presencia de Jesús y la celebración de la Unidad. Ambos aspectos quedan magníficamente resaltados en el texto que comentamos.
Por un lado, Jesús se hace presente en un peregrino desconocido, al que los discípulos acogen e invitan a compartir la mesa. Por otro, en cuanto lo hacen, se les abren los ojos y se ven impulsados a regresar a Jerusalén y reintegrarse al grupo que habían abandonado.

Jesús es el peregrino –cualquier desconocido que pasa a nuestro lado- y Jesús es el pan, símbolo de todo lo real. Todo es (somos) Uno. Todo está ya ahí. Lo único que necesitamos es que se nos "abran los ojos" (caer en la cuenta, "despertar", poner consciencia en todo lo que hacemos, incluido lo más trivial y repetido), para saber reconocerlo; para reconocernos como células de un único organismo; para vivirnos –eso es la Pascua- en la certeza gozosa de estar compartiendo una misma identidad de fondo, la Consciencia una –sabia y amorosa- que se reconoce, como en Jesús, en el único "Yo Soy".


Enrique Martínez Lozano