lunes, 16 de diciembre de 2013

¿Es ese el Cristo que tú estás esperando en esta Navidad?

Era tiempo de adviento y soplaban vientos nuevos. 

Jerusalén se había corrompido, su olor era nauseabundo, los olores que despedía el templo eran la grasa gorda, el dinero, las finanzas, el influyentísimo y el ascenso hasta los primeros puestos para asegurar una buena posición económica. La esposa del Señor se había prostituido y ya no había que buscar nada en aquella ciudad que había perdido su frescura y su antiguo esplendor. Hoy Dios ya no quería nada en aquella ciudad. Vientos nuevos, que impulsaron a una ruptura total y nuevos derroteros para que Dios pudiera habitar entre los suyos, entre los hombres. Dios buscaba una nueva esposa. Y fue elegido para encontrarla el secretario de Relaciones Exteriores del Señor, el Arcángel San Gabriel, y se escogió una aldea perdida en las montañas de Galilea, donde habitaban los marginados, los despreciados, los palurdos, casi casi paganos, aunque pertenecieran al mismo pueblo hebreo. 

Y fue escogida la más sencilla de las mansiones y la más fresca de las chamaquitas de Galilea. Trece o catorce años. Muchachita de campo, curtida por el sol y las limitaciones de la pobreza y casada con obrero pobre de su misma comunidad, aunque él fuera descendiente del Rey David. . La diferencia que se obró en un momento no podía ser más significativa: un ángel de luz, ataviado para las grandes ocasiones y una muchachita que oraba y se alegraba por la llegada ya inminente del Dios de los cielos para honrar a los suyos. 

El saludo fue particularmente significativo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Bendita palabra, la alegría no se separaría nunca más de los hombres, porque Dios se complace en vivir entre los pobres y los más desarrapados de los hombres. Nunca más la alegría podría deshacerse entre las manos de los hombres. 

Y a continuación vino la embajada. El ángel le anuncia que si ella quisiera, podría convertirse en la madre del Señor, la madre de Jesús, quien sería grande y sería llamado Hijo del Altísimo, que tendría el trono de David su padre y reinaría por todos los siglos. 

Es el gran anuncio, y es el Evangelio de la ternura y de la delicadeza del Creador que propone y no se impone a su criatura. Ante tantas mujeres que son maltratadas, vejadas, prostituidas, Dios estuvo pendientísimo de la respuesta de aquella mujer que no cabe en sí de asombro ante tal cometido: proporcionarle un cuerpo humano al Hijo de Dios, y proporcionarle al Dios altísimo la oportunidad de acercarse para siempre a los hombres y salvarlos pero desde dentro de su condición de humanos. 

María pregunta, inquiere, se informa de las condiciones pero no para poner ninguna condición más sino para poder dar una respuesta plenamente satisfactoria al Dios que la llamaba. El ángel responde adecuadamente: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra", y el hijo de sus entrañas sería santo, consagrado y sería para siempre hijo del Altísimo.

María no necesita más explicaciones, si Dios se las ha dado, ha sido por su generosidad, su ternura, y el deseo ardentísimo de que María aceptara el altísimo cometido. Y la respuesta fue clara, tajante, luminosa, al grado que ha servido desde entonces y por siglos y siglos, de inspiración para pintores, escultores y artistas que quisieran dejar plasmado ese momento clave en la vida de los hombres, en que María, en nombre de la humanidad quiso convertirse en la nueva esposa del Señor, aceptando el don de la Maternidad que terminó para siempre el largo Adviento, para hacer presente entre los hombres al primero de todos ellos, el más bello, el más comprometido, el más solidario con todos los hombres, aquél que tuvo como gran honor permanecer cercano a los que nada esperan para ser él el que pueda colmar los deseos de paz, de progreso, de solidaridad y de salvación para todos los hombres. 


¿Es ese el Cristo que tú estás esperando en esta Navidad? 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Papa Francisco: Dios nos habla como un padre a un niño pequeño

Dios re rebaja y nos habla igual que podrían hacerlo los padres de un niño pequeño, con gran ternura, dijo el Papa el jueves, al comentar el libro de Isaías durante la misa diaria en la Casa de Santa Marta. En estas últimas semanas de preparación para la Navidad, «nos hará bien escuchar» las palabras llenas de amor y ternura que nos dirige Dios. «Nos hará tanto bien. Normalmente, la Navidad parece una fiesta de mucho barullo... Nos hará bien guardar un poco de silencio»
Noticia digital (13-XII-2013)


Preparándonos para la Navidad, nos hará bien guardar un poco de silencio para escuchar a Dios, que nos habla con la ternura de un padre y de una madre, dijo el jueves el Papa Francisco, durante la celebración eucarística en la Casa de Santa Marta.

Al comentar la lectura del libro del profeta Isaías, el Santo Padre subrayó no tanto «lo que dice el Señor», sino «cómo lo dice». Dios nos habla como lo hacen los padres de un niño pequeño. «Cuando un niño tiene una pesadilla, se despierta, llorando..., el papá va y le dice: no tengas miedo, no tengas miedo , Yo estoy aquí, aquí. Así habla el Señor. No tengas miedo, gusano de Jacob, larva de Israel. El Señor tiene esta forma de hablar: se acerca ...

 Cuando miramos a un padre o a una madre que habla con su hijo, vemos que éstos se vuelven pequeños y hablan con la voz de un niño y hacen gestos de niños. Alguien que los ve desde el exterior puede pensar, ¡pero estos son ridículos! Se empequeñecen, allí mismo, ¿no? Porque el amor de la mamá y del papá tiene que acercarse. Uso esta palabra, empequeñecerse, precisamente para alcanzar el mundo del niño. Sí: si mamá y papá le hablan normalmente, el niño igualmente entenderá, pero ellos quieren adoptar la forma de hablar del niño. Se acercan, se hacen niños. Así también es el Señor».

Los teólogos griegos -recordó el obispo de Roma- explicaban esta actitud de Dios con «una palabra muy difícil: la synkatábis», o sea «la condescendencia de Dios que desciende para hacerse como uno de nosotros». «Y entonces, el papá y la mamá también dicen cosas un poco ridículas al niño: ¡Mi amor, mi juguete...», y todas esas cosas. El Señor dice: «Gusanito de Jacob», «eres como un gusano para mí, una cosita pequeña, pero te quiero mucho». Éste es el lenguaje de Dios,  el lenguaje del amor de padre, de madre.
«¿La Palabra del Señor? Sí, escuchemos lo que nos dice. Pero también veamos cómo lo dice: y nosotros debemos hacer aquello que hace el Señor, hacer aquello que dice y hacerlo como lo dice: con amor, con ternura, con esa condescendencia hacia los hermanos». Dios -explicó Francisco citando el encuentro de Elías con el Señor- es como «la brisa suave», o -como dice el texto original- «un hilo sonoro de silencio». Así «el Señor se acerca con aquella sonoridad del silencio propia del amor. Sin hacer espectáculo». Y «se hace pequeño para hacerme fuerte»; «Él va hacia a la muerte, con esa condescendencia, para que yo pueda vivir».
«Ésta es la música del lenguaje del Señor, y nosotros en preparación hacia la Navidad debemos escucharla: nos hará bien escucharla, nos hará tanto bien. Normalmente, la Navidad parece una fiesta de mucho barullo: nos hará bien guardar un poco de silencio y escuchar estas palabras de amor, palabras de tanta cercanía, estas palabras de ternura... ¡Eres un gusano, pero te amo tanto! Por esto. Y guardar silencio, en este momento en el que, como dice el prefacio, estamos en espera, vigilantes».
Fuente: Alfa y Omega

Reflexión Espiritual. Juan Pablo II, Audiencia General, 6 de diciembre de 2000


El hombre no es un testigo inerte del ingreso de Dios en la historia. Jesús nos invita a "buscar" activamente "el reino de Dios y su justicia" y a considerar esta búsqueda como nuestra preocupación principal (cf. Mt 6, 33). 

A los que "creían que el reino de Dios aparecería de un momento a otro" (Lc 19, 11), les recomienda una actitud activa en vez de una espera pasiva, contándoles la parábola de las diez minas encomendadas para hacerlas fructificar (cf. Lc 19, 12-27). [...]


Así pues, todos los justos de la tierra, incluso los que no conocen a Cristo y a su Iglesia, y que, bajo el influjo de la gracia, buscan a Dios con corazón sincero (cf. Lumen gentium, 16), están llamados a edificar el reino de Dios, colaborando con el Señor, que es su artífice primero y decisivo. 

Por eso, debemos ponernos en sus manos, confiar en su palabra y dejarnos guiar por él como niños inexpertos que sólo en el Padre encuentran la seguridad: "El que no reciba el reino de Dios como niño -dijo Jesús-, no entrará en él" (Lc 18, 17).

De News.va

La libertad que viene de la predicación hace crecer a la Iglesia, el Papa el viernes en Santa Marta


Los cristianos alérgicos a los predicadores siempre tienen algo que criticar, pero en realidad tienen miedo de abrir la puerta al Espíritu Santo y se vuelven tristes: lo afirmó el Papa Francisco este viernes en la Misa presidida en la Casa de Santa Marta. 

En el Evangelio del día, Jesús compara la generación de su tiempo con aquellos muchachos siempre descontentos “que no saben jugar con felicidad, que rechazan siempre la invitación de los otros: si hay música, no bailan; si se canta un canto de lamento, no lloran … ninguna cosa les está bien”. 

El Santo Padre explicó que aquella gente “no estaba abierta a la Palabra de Dios”. Su rechazo “no es al mensaje, es al mensajero”. Rechazan a Juan el Bautista, que “no come y no bebe” pero dicen que “¡es un endemoniado!”. Rechazan a Jesús, porque dicen que “es un glotón, un borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Siempre tienen un motivo para criticar al predicador:

“Y ellos, la gente de aquel tiempo, preferían refugiarse en una religión más elaborada: en los preceptos morales, como aquel grupo de fariseos; en el compromiso político, como los saduceos; en la revolución social, como los zelotas; en la espiritualidad gnóstica, como los esenios. Con su sistema bien limpio, bien hecho. Pero al predicador, no. También Jesús les hace recordar: ‘Sus padres han hecho lo mismo con los profetas’. El pueblo de Dios tiene una cierta alergia por los predicadores de la Palabra: a los profetas, los ha perseguido, los ha asesinado”. 

Estas personas - prosiguió el Obispo de Roma- dicen aceptar la verdad de la revelación, “pero al predicador, la predicación, no. Prefieren una vida enjaulada en su preceptos, en sus compromisos, en sus planes revolucionarios o en su espiritualidad” desencarnada. Son aquellos cristianos siempre descontentos de lo que dicen los predicadores: 

“Estos cristianos que son cerrados, que están enjaulados, estos cristianos tristes … no son libres. ¿Por qué? Porque tienen miedo de la libertad del Espíritu Santo, que viene a través de la predicación. Y este es el escándalo de la predicación, del que hablaba San Pablo: el escándalo de la predicación que termina en el escándalo de la Cruz. Escandaliza el hecho que Dios nos hable a través de hombres con límites, hombres pecadores: ¡escandaliza! Y escandaliza más que Dios nos hable y nos salve a través de un hombre que dice que es el Hijo de Dios y que termina como un criminal. Eso escandaliza”.

“Estos cristianos tristes – afirmó Francisco - no creen en el Espíritu Santo, no creen en aquella libertad que viene de la predicación, que te advierte, te enseña, te abofetea, también; pero que es precisamente la libertad que hace crecer a la Iglesia”: 
Viendo a esos muchachos que tienen miedo de bailar, de llorar, miedo de todo, que en todo piden seguridad, pienso en esos cristianos tristes que siempre critican a los predicadores de la Verdad, porque tienen miedo de abrir la puerta al Espíritu Santo. Recemos por ellos, y recemos también por nosotros, para que no nos convirtamos en cristianos tristes, quitando al Espíritu Santo la libertad de venir a nosotros a través del escándalo de la predicación”. 
(RC-RV)

miércoles, 11 de diciembre de 2013

MARÍA, MADRE UNIVERSAL De las Oraciones de san Anselmo, obispo (Oratio 52)


«¡Oh mujer llena y rebosante de gracia, con la redundancia de cuya plenitud rocías y haces reverdecer toda la creación! [...] Dios, a su Hijo, el único engendrado de su seno igual a sí, al que amaba como a sí mismo, lo dio a María; y de María se hizo un hijo, no distinto, sino el mismo, de suerte que por naturaleza fuese el mismo y único Hijo de Dios y de María. 

Toda la naturaleza ha sido creada por Dios, y Dios ha nacido de María. 

Dios lo creó todo, y María engendró a Dios. 

Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo de María; y de este modo rehizo todo lo que había hecho. 

El que pudo hacer todas las cosas de la nada, una vez profanadas, no quiso rehacerlas sin María.

Dios, por tanto, es padre de las cosas creadas y María es madre de las cosas recreadas. 

Dios es padre de toda la creación, María es madre de la universal restauración. Porque Dios engendró a aquel por quien todo fue hecho, y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado. Dios engendró a aquel sin el cual nada en absoluto existiría, y María dio a luz a aquel sin el cual nada sería bueno».

De News.va

Consuelo y confianza: Adviento aumente el anhelo de la misericordia de Dios, alienta el Papa

Queridos hermanos y hermanas:

La reflexión sobre el juicio final, a pesar de que instintivamente suscita en nosotros un cierto temor, contiene algunos elementos que constituyen un motivo de consuelo y confianza. 



En primer lugar, la expresión aramea maranathà, ¡Ven, Señor!, ya usada en la liturgia por las primeras comunidades cristianas, nos anima a contemplar el juicio como el momento en el que seremos considerados dignos de revestirnos de gloria y acceder al banquete de bodas con Cristo-Esposo. 

Un segundo motivo de confianza es la consideración de que no estaremos solos en el juicio, sino que podremos contar con la intercesión y benevolencia de tantos hermanos nuestros, santos, que nos han precedido en el camino de la fe. 

Y un tercer elemento es la idea de que el juicio comienza ya en nuestra existencia. Jesús se nos da continuamente para colmarnos de la misericordia del Padre, y nosotros tenemos la responsabilidad de abrirnos a esa gracia o, en cambio, de cerrarnos y auto excluirnos de la comunión con Dios.

martes, 10 de diciembre de 2013

Cuando un cristiano pierde la esperanza, su vida no tiene sentido, el Papa el martes en Santa Marta

 Cuando Jesús se acerca a nosotros, abre siempre las puertas y nos da esperanza. Lo afirmó el Papa Francisco, esta mañana, en la Misa en la Casa de Santa Marta. 

El Santo Padre insistió en que no debemos tener miedo de la consolación del Señor, es más: debemos pedirla y buscarla. Una consolación que nos hace sentir la ternura de Dios.
“Consuelen, consuelen a mi pueblo”. 

Francisco inició su homilía deteniéndose en un pasaje del Libro del Profeta Isaías, el Libro de la consolación de Israel. El Señor, observó, se acerca a su pueblo para consolarlo, “para darle paz”. Y este “trabajo de consolación” es tan fuerte que “rehace todas las cosas”. El Señor cumple una verdadera recreación:
“Recrea las cosas. Y la Iglesia no se cansa de decir que esta recreación es más maravillosa que la creación. 

El Señor recrea más maravillosamente. Y así visita a su pueblo: recreando, con aquella potencia. El pueblo de Dios tuvo siempre esta idea, este pensamiento, que el Señor vendrá a visitarlo. Recordamos las últimas palabras de José a sus hermanos: ‘Cuando el Señor los visite, lleven mis huesos con ustedes’. El Señor visitará a su pueblo. Es la esperanza de Israel. Pero lo visitará con esta consolación”.

“Y la consolación – prosiguió – es este rehacer todo no una vez, tantas veces, con el universo y también con nosotros”. Este “rehacer del Señor”, dijo el Obispo de Roma, tiene dos dimensiones que es importante subrayar. 

“Cuando el Señor se acerca – afirmó – nos da esperanza; el Señor rehace con la esperanza; abre siempre una puerta. Siempre”. Cuando el Señor se acerca a nosotros, recalcó, “no cierra las puertas, las abre”. El Señor “en su cercanía – agregó el Papa – nos da la esperanza, esta esperanza que da es una verdadera fortaleza en la vida cristiana. Es una gracia, es un don”:
“Cuando un cristiano olvida la esperanza, o peor aún pierde la esperanza, su vida no tiene sentido. Es como si su vida estuviese delante de un muro: nada. 

Pero el Señor nos consuela y nos rehace, con la esperanza, ir adelante. Y también lo hace con una cercanía especial a cada uno, porque el Señor consuela a su pueblo y consuela a cada uno de nosotros. 

Es bello cómo termina el pasaje de hoy: ‘Como un pastor, él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz’. Aquella imagen del llevar los corderitos sobre el pecho y llevarlos dulcemente a las madres: esta es la ternura. El Señor nos consuela con la ternura”.




Dios que es potente, continuó, "no tiene miedo de la ternura". "Él se hace ternura, se hace niño, se hace pequeño”. En el Evangelio, observó, lo dice el mismo Jesús: “Así es la voluntad del Padre, que no se pierda ni uno solo de estos pequeños”. A los ojos del Señor, concluyó, “cada uno de nosotros es muy, muy importante. Y Él se da con ternura”. Y así nos hace “ir adelante, dándonos esperanza”. Éste, agregó, “fue el principal trabajo de Jesús” en los “40 días entre la Resurrección y la Ascensión: consolar a los discípulos; acercarse y dar consolación”:
Acercarse y dar esperanza, acercarse con ternura. Pensemos en la ternura que tuvo con los apóstoles, con la Magdalena, con aquellos de Emaús. Se acercaba con ternura: ‘Dame de comer’. Con Tomás: 'Mete tu dedo aquí'. El Señor es siempre así. Así es la consolación del Señor. Que el Señor nos dé a todos nosotros la gracia de no tener miedo de la consolación del Señor, la gracia de ser abiertos: de pedirla, buscarla, porque es una consolación que nos dará esperanza y nos hará sentir la ternura de Dios Padre”. (RC-RV)

CURAR HERIDAS

 La actuación de Jesús dejó desconcertado al Bautista. Él esperaba un Mesías que extirparía del mundo el pecado imponiendo el juicio riguroso de Dios, no un Mesías dedicado a curar heridas y aliviar sufrimientos. Desde la prisión de Maqueronte envía un mensaje a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.

Jesús le responde con su vida de profeta curador: “Decidle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Este es el verdadero Mesías: el que viene a aliviar el sufrimiento, curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres.

Jesús se siente enviado por un Padre misericordioso que quiere para todos un mundo más digno y dichoso. Por eso, se entrega a curar heridas, sanar dolencias y liberar la vida. Y por eso pide a todos: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.

Jesús no se siente enviado por un Juez riguroso para juzgar a los pecadores y condenar al mundo. Por eso, no atemoriza a nadie con gestos justicieros, sino que ofrece a pecadores y prostitutas su amistad y su perdón. Y por eso pide a todos: “No juzguéis y no seréis juzgados”.

Jesús no cura nunca de manera arbitraria o por puro sensacionalismo. Cura movido por la compasión, buscando restaurar la vida de esas gentes enfermas, abatidas y rotas. Son las primeras que han de experimentar que Dios es amigo de una vida digna y sana.

Jesús no insistió nunca en el carácter prodigioso de sus curaciones ni pensó en ellas como receta fácil para suprimir el sufrimiento en el mundo. Presentó su actividad curadora como signo para mostrar a sus seguidores en qué dirección hemos de actuar para abrir caminos a ese proyecto humanizador del Padre que él llamaba “reino de Dios”.

El Papa Francisco afirma que “curar heridas” es una tarea urgente: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor, cercanía y proximidad a los corazones… Esto es lo primero: curar heridas, curar heridas”. Habla luego de “hacernos cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela”. Habla también de “caminar con las personas en la noche, saber dialogar e incluso descender a su noche y oscuridad sin perderse”. 

Al confiar su misión a los discípulos, Jesús no los imagina como doctores, jerarcas, liturgistas o teólogos, sino como curadores. Su tarea será doble: anunciar que el reino Dios está cerca y curar enfermos.
José Antonio Pagola

Francisco: las llagas de Jesús nos hacen sentir su misericordia.

Homilía del papa en la misa en el Vaticano por los obispos y cardenales difuntos.

Durante la homilía, Francisco ha hecho referencia a las palabras de san Pablo de la lectura de hoy, "porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor".
Sobre estas palabras, el santo padre ha comentado que "el apóstol presenta el amor de Dios como el motivo más profundo, invencible, de la confianza y de la esperanza cristianas". Y ha añadido que Pablo "afirma con seguridad que si también toda nuestra existencia está rodeada de amenazas, nada podrá separarnos nunca del amor que Cristo ganó por nosotros, donándose totalmente".
E incluso, ha recordado Francisco "las potencias demoníacas, hostiles al hombre, resultan impotentes frente a la íntima unión de amor entre Jesús y quien lo acoge con fe". Y esta realidad de amor fiel, ha afirmado el papa, nos ayuda a afrontar con serenidad y fuerza el camino de cada día.
El pecado del hombre es lo único que puede interrumpir está unión, "pero también en este caso Dios lo buscará siempre, lo perseguirá para restablecer con él una unión que perdura incluso después de la muerte, es más, un unión que en el encuentro final con el Padre alcanza el culmen", ha explicado el santo padre.
Así también ha mencionado la pregunta que muchos nos hacemos frente a la muerte de un ser querido, "¿qué será de su vida, de su trabajo, de su servicio a la Iglesia?" La respuesta está en el libro de la Sabiduría, ha indicado Francisco: "¡están en las manos de Dios! La mano es signo de acogida y de protección, es signo de una relación personal de respeto y de fidelidad: dar la mano, estrechar la mano".  Por eso, el santo padre ha afirmado que estos obispos y cardenales que hoy recordamos, que han dedicado su vida al servicio de Dios y de los hermanos "están en las manos de Dios".

El obispo de Roma ha proseguido indicando que "también los pecados, nuestros pecados están en las manos de Dios, esas manos son misericordiosas, manos 'heridas' de amor. No es casualidad que Jesús haya querido conservar las llagas de sus manos para hacernos sentir su misericordia".
Y esta realidad, llena de esperanza, es la perspectiva de la resurrección final, de la vida eterna, a la cual están destinados los 'justos', los que acogen la Palabra de Dios y son dóciles a su Espíritu, ha indicado el santo padre.
Las últimas palabras de la homilía, Francisco las ha dedicado nuevamente al recuerdos de los obispos y cardenales difuntos, "hombres dedicados a su vocación y a su servicio a la Iglesia, que han amado como se ama a una esposa". Y ha pedido para que el Señor les acoja en su reino de luz y de paz.
(04 de noviembre de 2013) © Innovative Media Inc.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Oración del Papa a la Inmaculada Concepción


El día de hoy, 8 de diciembre, es la fiesta de la Inmaculada Concepción... y el Papa Francisco rezó esta hermosa oración junto a los peregrinos que le acompañaron esta tarde en Roma... te invito unirnos todos juntos a la oración de Francisco... ¡feliz domingo y feliz Eucaristía...!


Virgen Santa e Inmaculada, a Ti, que eres el honor de nuestro pueblo y la guardiana atenta que cuida de nuestra ciudad, nos dirigimos con confianza y amor.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!

El pecado no está en Ti. Suscita en todos nosotros un renovado deseo de santidad: en nuestra palabra brille el esplendor de la verdad, en nuestras obras resuene el canto de la caridad, en nuestro cuerpo y en nuestro corazón habiten la pureza y la castidad, en nuestra vida se haga presente toda la belleza del Evangelio.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!

La Palabra de Dios se hizo carne en Ti. Ayúdanos a mantenernos en la escucha atenta de la voz del Señor: el grito de los pobres nunca nos deje indiferentes, el sufrimiento de los enfermos y los necesitados no nos encuentre distraídos, la soledad de los ancianos y la fragilidad de los niños nos conmuevan, toda vida humana sea siempre amada y venerada por todos nosotros.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!

En ti está el gozo pleno de la vida bienaventurada con Dios. Haz que no perdamos el sentido de nuestro camino terrenal: la suave luz de la fe ilumine nuestros días, la fuerza consoladora de la esperanza dirija nuestros pasos, el calor contagioso del amor anime nuestro corazón, los ojos de todos nosotros permanezcan fijos, allí, en Dios, donde está la verdadera alegría.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!

Escucha nuestra oración, atiende nuestra súplica: se Tú en nosotros la belleza del amor misericordioso de Dios en Jesús, que esta belleza divina nos salve a nosotros, a nuestra ciudad, al mundo entero. Amén.

Elegidos desde siempre, como la muchacha de Nazaret, el Papa durante el Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
este segundo domingo de Adviento cae en el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, y entonces nuestra mirada es atraída por la belleza de la Madre de Jesús, ¡nuestra Madre! 

Con gran alegría la Iglesia la contempla «llena de gracia» (Lc 1,28), así como Dios la ha mirado desde el primer instante en su diseño de amor. María nos sostiene en nuestro camino hacia la Navidad, porque nos enseña cómo vivir este tiempo de Adviento en espera del Señor.
 

El Evangelio de san Lucas nos presenta a una muchacha de Nazaret, pequeña localidad de Galilea, en la periferia del impero romano y también en la periferia de Israel. Sin embargo sobre ella se posó la mirada del Señor, que la eligió para ser la madre de su Hijo. En vista de esta maternidad, María fue preservada del pecado original, o sea de aquella fractura en la comunión con Dios, con los demás y con la creación que hiere profundamente a todo ser humano. Pero esta fractura fue sanada anticipadamente en la Madre de Aquel que ha venido a liberarnos de la esclavitud del pecado. 

La Inmaculada está inscrita en el diseño de Dios; es fruto del amor de Dios que salva al mundo.
Y la Virgen jamás se alejó de aquel amor: toda su vida, todo su ser es un “si” a Dios. ¡Pero ciertamente no ha sido fácil para ella! Cuando el Ángel la llama «llena de gracia» (Lc 1,28), ella permanece «muy turbada», porque en su humildad se siente una nulidad ante Dios. El Ángel la consuela: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (v. 30). Este anuncio la confunde aún más, también porque todavía no se ha casado con José; pero el Ángel agrega: « El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios» (v. 35). María escucha, obedece interiormente y responde: « Yo soy la sierva del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho» (v. 38).

 El misterio de esta muchacha de Nazaret, que está en el corazón de Dios, no nos es extraño. ¡De hecho Dios posa su mirada de amor sobre cada hombre y cada mujer! El Apóstol Pablo afirma que Dios «nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables» (Ef 1,4). También nosotros, desde siempre, hemos sido elegidos por Dios para vivir una vida santa, libre del pecado. Es un proyecto de amor que Dios renueva cada vez que nosotros nos acercamos a Él, especialmente en los Sacramentos.
En esta fiesta, entonces, contemplando a nuestra Madre Inmaculada, bella, reconozcamos también nuestro destino verdadero, nuestra vocación más profunda: ser amados, ser transformados por el amor. Mirémosla, y dejémonos mirar por ella; para aprender a ser más humildes, y también más valientes en el seguir la Palabra de Dios; para acoger el tierno abrazo de su Hijo Jesús, un abrazo que nos da vida, esperanza y paz.
(Traducción del italiano: Raúl Cabrera-Radio vaticano)


Oración para encender la segunda vela de Adviento



«Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios»... en la liturgia de hoy, Juan el Bautista se hace eco de las palabras del profeta Baruc... pero, ¿entendemos lo que esto significa...?

Los senderos, los valles, las colinas, lo torcido y lo escabroso no son meras referencias a la naturaleza, sino que se refieren a nuestro corazón... somos nosotros quienes debemos prepararnos, dejando atrás nuestras actitudes “torcidas” y nuestros deseos “escabrosos”, “allanando” nuestro orgullo y nuestra soberbia, para “elevarnos” en la humildad que nos hará posible encontrarnos con Dios...

Oración para encender la segunda vela de Adviento
Los profetas mantenían encendida la esperanza de Israel. Nosotros, como un símbolo, encendemos esta segunda vela. El viejo tronco está rebrotando, florece el desierto... La humanidad entera se estremece porque Dios ha asumido nuestra carne.

Que cada uno de nosotros, Señor, te abra su vida para que brotes, para que florezcas, para que nazcas, y mantengas la esperanza encendida en nuestro corazón.

¡Marana tha, ven, Señor, Jesús!
De Tengo Sed de Ti

sábado, 7 de diciembre de 2013

Internet, camino para conducir a los hombres al rostro luminoso de Cristo, destaca el Santo Padre


Es indispensable la presencia de la Iglesia en Internet, para anunciar a Cristo con estilo evangélico, llegando a los jóvenes y a los que anhelan la Misericordia y esperanza de Dios. Son palabras del Papa Francisco a los participantes en la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos, a los que recibió este sábado en audiencia, reunidos sobre el tema “Anunciar a Cristo en la era digital”. 

Con el Concilio, "ha llegado la hora de los laicos”, recordando esta afirmación que solía repetir el Beato Juan Pablo II, Francisco hizo hincapié en la importancia de que la Iglesia anuncie a Cristo en el continente digital y destacó que es un campo privilegiado para la pastoral de la juventud. 
Sin olvidar, que Internet es una realidad difundida, compleja y en constante evolución. Y que su desarrollo plantea la actualidad de la relación entre la fe y la cultura. Vuelve a ocurrir lo que les pasó a los Padres de la Iglesia que con "el extraordinario legado de la cultura griega", no se quedaron encerrados sino se abrieron para asimilar los conceptos "más elevados":


"Aun entre las oportunidades y los peligros de la red, se debe "discernir todo”, conscientes de que seguramente encontraremos monedas falsas, ilusiones peligrosas y trampas que hay que evitar. Pero, guiados por el Espíritu Santo, descubriremos también valiosas oportunidades para conducir a los hombres al rostro luminoso del Señor".


Entre las posibilidades "que ofrece la comunicación digital la más importante se refiere al anuncio del Evangelio. Por cierto, no es suficiente adquirir los conocimientos tecnológicos, si bien sean importantes. Se trata ante todo de encontrar a hombres y mujeres reales, a menudo confundidos y heridos, para ofrecerles verdaderas razones para la esperanza". El anuncio – subrayó el Papa - "requiere relaciones humanas auténticas y directas para culminar en un encuentro personal con el Señor":



"Por lo tanto, Internet no basta, la tecnología no es suficiente. Pero ello no quiere decir que la presencia de la Iglesia en la red es inútil. Todo lo contrario, es indispensable estar presentes, siempre con estilo evangélico, en lo que para muchas personas, especialmente los jóvenes, se ha convertido en una especie de ambiente de vida, para despertar las preguntas incesantes del corazón sobre el sentido de la existencia e indicar el camino que conduce a Aquel que es la respuesta, la Misericordia Divina hecha carne, el Señor Jesús".



El Papa recordó el 25 aniversario de la Mulieris dignitatem y la gran cita de la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, cuyo lema “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones", ha destacado “la dimensión misionera de la vida cristiana, la necesidad de salir hacia aquellos que esperan el agua viva del Evangelio, hacia los pobres y los excluidos. Hemos visto de primera mano cómo la misión de Iglesia brota de la alegría contagiosa del encuentro con el Señor, que se transforma en esperanza para todos".


"La Iglesia está siempre en camino, en busca de nuevos caminos para anunciar el Evangelio. Y la contribución y el testimonio de los fieles laicos se muestran indispensables cada día más”, terminó diciendo el Santo Padre, por lo que encomendó al Pontificio Consejo para los Laicos a la maternal intercesión de la Virgen María, bendiciendo a todos de corazón.

(CdM - RV)

Rezar con insistencia y con la certeza que Dios escuchará nuestra oración, Francisco el viernes en Santa Marta


El Papa reflexionó hoy sobre este tema en la homilía de la Misa en la Casa de Santa Marta. La oración, afirmó, tiene dos actitudes: es “necesaria” y al mismo tiempo es “segura” del hecho que Dios, en sus tiempos y en sus modos, escuchará la necesidad.

La oración, cuando es verdaderamente cristiana, oscila entre la necesidad que contiene siempre y la certidumbre de ser escuchada, aunque no se sepa con exactitud cuándo. Esto porque quien reza no teme disturbar a Dios y nutre una confianza ciega en su amor de Padre. Ciega como los dos ciegos del pasaje del Evangelio de hoy, que gritan detrás de Jesús su necesidad de ser curados. O como el ciego de Jericó, que invoca la intervención del Maestro con una voz más fuerte de quien quiere acallarlo. Porque el mismo Jesús – recordó el Santo Padre – nos ha enseñado a orar como “el amigo fastidioso” que pide comida a medianoche, o como “la viuda con el juez corrupto”:

“No sé si quizás esto suena mal, pero rezar es un poco molestar a Dios, para que nos escuche. Pero, el Señor lo dice: como el amigo a medianoche, como la viuda al juez… Es atraer los ojos, atraer el corazón de Dios hacia nosotros… Y esto lo han hecho aquellos leprosos que se le acercaron: ‘Si quieres, puedes sanarnos!’. Lo han hecho con una cierta seguridad. Así, Jesús nos enseña a rezar. Cuando nosotros rezamos, a veces pensamos: ‘Pero, si, yo digo esta es mi necesidad, le digo al Señor una, dos, tres veces, pero no con tanta fuerza. Después me canso de pedirlo y me olvido de pedirlo’. ´Éstos gritaban y no se cansaban de gritar’. Jesús nos dice: ‘Pidan’, pero también nos dice: ‘Llamen a la puerta’, y quien llama a la puerta hace ruido, disturba, da fastidio”.
Insistencia hasta el límite del fastidio. Pero también una inquebrantable certidumbre. Los ciegos del Evangelio son aún un ejemplo. “Se sienten – afirmó Francisco – seguros de pedir al Señor la salud”, porque a la pregunta de Jesús si creen que Él pueda curarlos, ellos responden: “¡Sí, Señor, creemos, estamos seguros!”:
“Y la oración tiene estas dos actitudes: es necesaria y es segura. Oración necesaria siempre: la oración, cuando nosotros pedimos alguna cosa, es necesaria: 'tengo esta necesidad, escúchame, Señor'. Pero también, cuando es verdadera, es segura: ‘¡Escúchame! Yo creo que tú puedes hacerlo porque tú lo has prometido’”.
“Él lo ha prometido”: he aquí la piedra angular sobre la que se apoya la certidumbre de una oración. “Con esta seguridad – repitió el Obispo de Roma – decíamos al Señor nuestras necesidades, pero seguros que Él pueda hacerlo”. Rezar, dice, es sentirse preguntar por Jesús la pregunta a los dos ciegos: “¿Tú crees que yo pueda hacer esto?”:
“Él puede hacerlo. Cuando lo hará, como lo hará no lo sabemos. Esta es la seguridad de la oración. La necesidad de decirla con verdad, al Señor. ‘Soy ciego, Señor. Tengo esta necesidad. Tengo esta enfermedad. Tengo este pecado. Tengo este dolor…’, pero siempre la verdad, como son las cosas. Y Él siente la necesidad, pero siente que pedimos su intervención con seguridad. Pensemos si nuestra oración es necesaria y es segura: necesaria, porque decimos la verdad a nosotros mismos, y segura, porque creemos que el Señor puede hacer aquello que le pedimos”. (RC-RV)

El Papa en Santa Marta advierte de las “palabras cristianas sin Cristo”


“Me refiero a las palabras cristianas, porque cuando no está Jesucristo también esto crea división entre nosotros, hace la división en la Iglesia. Pedir al Señor la gracia de ayudarnos en la humildad, que tenemos que tener siempre, de decir palabras cristianas en Jesucristo, no sin Jesucristo. Con esta humildad de ser discípulos salvados y de ir adelante no con palabras que, por creerse poderosas, terminan en la locura de la vanidad, en la locura del orgullo. ¡Que el Señor nos de esta gracia de la humildad de decir palabras con Jesucristo, fundadas sobre Jesucristo!”. (RC-RV)Quien pronuncia palabras cristianas sin Cristo, o sea sin ponerlas en práctica, se hace mal a sí mismo y a los otros, porque está vencido por el orgullo, y causa división también en la Iglesia: es en resumen lo que dijo el Papa Francisco la mañana del jueves, durante la Misa en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

Es una locura -explicó el Santo Padre- que hace volverse soberbios:
Escuchar y poner en práctica la palabra del Señor es como construir la casa sobre la roca. El Papa Francisco explicó la parábola evangélica propuesta por la liturgia del día. Jesús reprendía a los fariseos el conocer los mandamientos pero no realizarlos en sus vidas: “son palabras buenas”, pero si no son puestas en práctica “no solamente no sirven, sino que hacen mal: nos engañan, nos hacen creer que tenemos una bella casa, pero sin fundamento”. Una casa que no está construida sobre la roca:

“Esta figura de la roca se refiere al Señor. Isaías, en la Primera Lectura, lo dice: ‘¡Confíen en el Señor para siempre, porque el Señor es una Roca eterna!’. ¡La roca es Jesucristo! ¡La roca es el Señor! Una palabra es fuerte, da vida, puede ir adelante, puede tolerar todos los ataques, si esta palabra tiene sus raíces en Jesucristo. Una palabra cristiana que no tiene sus raíces vitales, en la vida de una persona, en Jesucristo, ¡es una palabra cristiana sin Cristo! y las palabras cristianas sin Cristo ¡engañan, hacen mal! Un escritor inglés, una vez, hablando de las herejías decía que una herejía es una verdad, una palabra, una verdad, que se ha convertido en una locura. Cuando las palabras cristianas son palabras sin Cristo comienzan a recorrer el camino de la locura”.

“Una palabra cristiana sin Cristo te conduce a la vanidad, a la seguridad de ti mismo, al orgullo, al poder por el poder. Y el Señor derriba a estas personas. Esta es una constante en la historia de la Salvación. Lo dice Ana, la mamá de Samuel; lo dice María en el Magnificat: el Señor derriba la vanidad, el orgullo de aquellas personas que se creen ser de roca. Estas personas que solamente van detrás de una palabra, pero sin Jesucristo: una palabra cristiana cierto, pero sin Jesucristo, sin la relación con Jesucristo, sin la oración con Jesucristo, sin el servicio a Jesucristo, sin el amor a Jesucristo. Esto es lo que hoy nos dice el Señor: construir nuestra vida sobre esta roca y la roca es Él”.

“Nos hará bien un examen de conciencia - afirmó el Obispo de Roma- para entender “como son nuestras palabras”, si son palabras “que creen ser poderosas”, capaces “de darnos la salvación”, o si “son palabras con Jesucristo”: