En su amorosa providencia, Dios ha querido que el primer viaje internacional de mi pontificado me ofreciera la oportunidad de volver a la amada América Latina, concretamente a Brasil, nación que se precia de sus estrechos lazos con la Sede Apostólica y de sus profundos sentimientos de fe y amistad que siempre la han mantenido unida de una manera especial al Sucesor de Pedro. Doy gracias por esta benevolencia divina.He aprendido que, para tener acceso al pueblo brasileño, hay que entrar por el portal de su inmenso corazón; permítanme, pues, que llame suavemente a esa puerta. Pido permiso para entrar y pasar esta semana con ustedes. No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo. Vengo en su nombre para alimentar la llama de amor fraterno que arde en todo corazón; y deseo que llegue a todos y a cada uno mi saludo: «La paz de Cristo esté con ustedes».Saludo con deferencia a la señora Presidenta y a los distinguidos miembros de su gobierno. Agradezco su generosa acogida y las palabras con las que ha querido manifestar la alegría de los brasileños por mi presencia en su país. Saludo también al Señor Gobernador de este Estado, que amablemente nos acoge en el Palacio del Gobierno, y al alcalde de Río de Janeiro, así como a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditados ante el gobierno brasileño, a las demás autoridades presentes y a todos los que han trabajado para hacer posible esta visita.Quisiera decir unas palabras de afecto a mis hermanos obispos, a quienes incumbe la tarea de guiar a la grey de Dios en este inmenso país, y a sus queridas Iglesias particulares. Con esta visita, deseo continuar con la misión pastoral propia del Obispo de Roma de confirmar a sus hermanos en la fe en Cristo, alentarlos a dar testimonio de las razones de la esperanza que brota de él, y animarles a ofrecer a todos las riquezas inagotables de su amor.
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En sus palabras previas al rezo del Ángelus esta mañana
desde el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, el Papa Francisco animó a ser
“misericordiosos” tal y como recuerda la “la famosa parábola del buen
samaritano”.
“¿Quién era este hombre? –cuestionó el Papa-. Era uno
cualquiera, que descendía de Jerusalén hacia Jericó por el camino que cruzaba el
desierto de Judea. Hacía poco, por ese camino, un hombre había sido asaltado por
los delincuentes, robado, pegado y abandonado casi muerto. Antes del samaritano
habían pasado un sacerdote y un levita, es decir, dos personas responsables del
culto en el Templo del Señor. Vieron a aquel pobrecillo, pero pasaron sin
detenerse. En cambio, el samaritano, cuando vio aquel hombre, tuvo
compasión”.
El Papa señaló que el buen samaritano se acercó al hombre, “le vendó las
heridas, cubriéndolas con aceite y vino; y luego lo puso sobre su propia
montura, lo condujo a un albergue y pagó por él. En definitiva, se hizo cargo de
él como ejemplo del amor por el prójimo”.
Francisco explicó que Jesús
escogió a un samaritano como protagonista de esta parábola “porque en aquellos
tiempos los samaritanos eran despreciados por los Judíos, a causa de diversas
tradiciones religiosas”. Sin embargo “Jesús hizo ver que el corazón de aquel
samaritano era bueno y generoso y que – a diferencia del sacerdote y del levita-
él pone en práctica la voluntad de Dios , que quiere misericordia y no
sacrificios”, subrayó.
Por otro lado, el Santo Padre recordó que hoy se
cumple el cuarto centenario de la muerte de San Camilo de Lelis, un hombre que
“vivió plenamente este evangelio del buen samaritano”, fundador de los Hermanos
de los Ministros de los Enfermos, patrón de los enfermos y de los agente
sanitarios.
“Saludo con gran afecto a todos los hijos e hijas
espirituales de San Camilo, que viven con su carisma de caridad en contacto
cotidiano con los enfermos, y también a los médicos y a aquellos que trabajan en
los hospitales y en las casas de cura… ¡Sean como él buenos samaritanos!”,
exclamó.












