jueves, 18 de julio de 2013

La última encíclica, por Olegario González de Cardedal

«La clave de esta encíclica es el mismo título: «La luz de la fe». La Iglesia ha comprendido y ofrecido la fe como lumbre, luz y vida. Jesucristo afirma en el evangelio de San Juan: «Yo he venido al mundo como luz, y así el que cree en mí no permanecerá en tinieblas» (12,46). La fe es ante todo luz, la luz del Misterio que se refleja en el rostro de Cristo, la que brilla en sus obras y entrega a sus discípulos»

ESTA encíclica, ¿clausura el tiempo de un Papa o abre el de otro? ¿Quién es su autor y cuál es su última intención? Cualquier texto que reclame autoridad, bien sea moral, jurídica o dogmática, es responsabilizado por quien lo firma. Una es la historia de su preparación y redacción, mientras que otra es la cuestión de su autoridad y responsabilización. En este sentido un escrito es de quien lo firma. La encíclica «Lumen fidei» está firmada por Francisco, sin más.

Pero tenemos que distinguir entre autoría y autoridad. En la misma introducción después de aludir al contexto del nacimiento (cincuenta aniversario del Concilio Vaticano VII, el Año de la fe y el empuje necesario para una nueva evangelización), el autor dice: «Estas consideraciones pretenden sumarse a lo que el Papa Benedicto XVI ha escrito en las cartas encíclicas sobre la caridad y la esperanza. El ya había completado prácticamente una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones» (Nº 7). Aportaciones tan leves que apenas se notan.

Cuando en la vida de una persona o institución aparecen situaciones límite, hay que volverse a preguntar por los propios fundamentos y contenidos. Cuestión esencial hoy es esta: ¿es la fe en Dios luz o tiniebla? ¿Garantiza ella orientación para la vida humana? ¿Cómo queda la luz del hombre cuando se apaga esa luz de Dios? ¿Puede el cristianismo seguir presentándose ante los hombres como un mensaje de alegría o es la fe una luz engañosa? ¿No seremos como víctimas de alucinaciones en el desierto considerando realidad cercana lo que es ilusión lejana?

El autor comienza sus reflexiones escuchando preguntas y objeciones de la modernidad. En este caso oyendo de nuevo a Nietzsche, para quien la fe sería como un espejismo, que nos engaña creyendo realidad lo que solo es un sueño nuestro, y nos impide avanzar como hombres libres hacia el futuro. El ha establecido con las palabras siguientes la más venenosa alternativa entre verdad y felicidad, entre religión y ciencia: «Si quieres alcanzar paz en el alma y felicidad, cree; pero si quieres ser discípulo de la verdad, indaga» (Nº 2). Por eso, objetivo central de la encíclica es clarificar la relación de la fe con estas realidades nutricias de la vida humana: la verdad, la libertad, el amor y la justicia.

A la negación radical del valor objetivo de la fe se han añadido las malas interpretaciones que se han dado de ella al comprenderla como el mero reconocimiento de un algo supremo, asociarla a la oscuridad o definirla como un creer lo que no vemos. Frente a un angostamiento individualista, intelectual o moral, esta encíclica abre a su dimensión histórica, personal y eclesial. La fe cristiana nace de la llamada de Dios al hombre y de la experiencia del encuentro del hombre con Dios, en una historia que comienza con Abraham, alcanza su cima en Jesucristo y llega mediante una cadena de testigos hasta nosotros. No conoceremos la fe cristiana si no entramos en el dinamismo de marcha de esa caravana de testigos, bien insertos en el mundo visible, pero a la vez puestos los ojos en el Invisible, que se ha hecho voz y palabra en los profetas, carne y tiempo en Jesucristo, inspiración y aliento interior por el Espíritu Santo. Como respuesta del hombre a Dios la fe tiene estas modulaciones: creer que (reconocimiento de hechos); creer a (asentimiento a un testimonio); creer en (consentimiento, amor y entrega a la persona).

La clave de esta encíclica es el mismo título: «La luz de la fe». La Iglesia ha comprendido y ofrecido la fe como lumbre, luz y vida. Jesucristo afirma en el evangelio de San Juan: «Yo he venido al mundo como luz, y así el que cree en mí no permanecerá en tinieblas» (12,46). 

La fe es ante todo luz, la luz del Misterio que se refleja en el rostro de Cristo, la que brilla en sus obras y entrega a sus discípulos. Ella nos ilumina primero el corazón de Dios, desde él nuestra filiación y finalmente la fraternidad universal, que no se funda sólo en la igualdad de los hombres, sino en la paternidad de Dios. Esta luz de la fe no es alternativa a las luces de la ciencia, de la técnica, del arte, de la moral. Es lámpara que nos alumbra no tanto el paso de cada día como el horizonte de fondo, la meta de la historia, el sentido último de nuestro destino y vida personal. La fe remite así a la memoria de un pasado revelador del hombre y a la esperanza de un futuro, anudado a la resurrección de Cristo. El propio Ortega y Gasset afirmaba: «Es harto diferente el argumento de su vida para quien cree que hay Dios y para quien cree que solo hay materia».

La encíclica pone en primer plano la fe como luz, don divino, gran alegría, inconmensurable tesoro. Fe nacida de la escucha de Dios, de la personalización diaria en la oración, del testimonio y servicio al prójimo. Hemos hablado mucho del hombre y de la dificultad de creer callando sobre Dios: es necesario volver a hablar de él y de la alegría de creer con libertad y confianza. La encíclica lo hace en una introducción y cuatro partes. La primera es una pequeña historia de la fe y de sus testigos epónimos. «Es un conocimiento que se aprende solo en un camino de seguimiento». La segunda establece la relación entre fe e inteligencia, la fe como escucha y visión, el diálogo entre la fe y la razón, la fe y la teología. La tercera muestra el lugar concreto de esa fe: la recibimos por el testimonio y transmisión de quienes nos han precedido y en la Iglesia la encontramos auténtica y plena. La cuarta parte se refiere a la repercusión de la fe sobre la ciudad de los hombres. «La luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz» (Nº 51).

Estamos ante una meditación sobre la existencia creyente, hecha de jugo y zumo bíblicos, de referencias patrísticas vivas (San Ireneo, San Agustín, San Gregorio Magno…), medievales (Santo Tomás, Dante…), de filósofos modernos (Nietzsche. Rousseau. Wittgenstein…), de escritores (Dostoyeski, M. Buber, T. S. Elliot…) y de teólogos (Newman, Guardini…). No se trata de vulgar erudición, sino de un oído atento a la viva voz de los hombres y a la profunda conciencia de la única Iglesia que es el sujeto de la común fe a lo largo de los siglos.

¿A quién honra más este texto: a quien renuncia a su autoría y lo entrega a otro o a quien acepta el magisterio de su predecesor y lo hace suyo como punto de partida del propio pontificado? Así la piedra cumbrera de un edificio se convierte en piedra cimiento del siguiente, que no es otro edificio porque lo que está aquí en juego no son dos arquitectos, sino la única Iglesia de Cristo para iluminación y salvación de los hombres.
ABC La Tercera POR OLEGARIO GONZÁLEZ de cardenal (Teólogo)


miércoles, 17 de julio de 2013

Jesús con Marta y María

         El episodio es algo sorprendente. Los discípulos que acompañan a Jesús han desaparecido de la escena. Lázaro, el hermano de Marta y María, está ausente. En la casa de la pequeña aldea de Betania, Jesús se encuentra a solas con dos mujeres que adoptan ante su llegada dos actitudes diferentes.
         Marta, que sin duda es la hermana mayor, acoge a Jesús como ama de casa, y se pone totalmente a su servicio. Es natural. Según la mentalidad de la época, la dedicación a las faenas del hogar era tarea exclusiva de la mujer. María, por el contrario, la hermana más joven, se sienta a los pies de Jesús para escuchar su palabra. Su actitud es sorprendente pues está ocupando el lugar propio de un “discípulo” que solo correspondía a los varones.
     
    En un momento determinado, Marta, absorbida por el trabajo y desbordada por el cansancio, se siente abandonada por su hermana e incomprendida por Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. ¿Por qué no manda a su hermana que se dedique a las tareas propias de toda mujer y deje de ocupar el lugar reservado a los discípulos varones?
         La respuesta de Jesús es de gran importancia. Lucas la redacta pensando probablemente en las desavenencias y pequeños conflictos que se producen en las primeras comunidades a la hora de fijar las diversas tareas: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.
         En ningún momento critica Jesús a Marta su actitud de servicio, tarea fundamental en todo seguimiento a Jesús, pero le invita a no dejarse absorber por su trabajo hasta el punto de perder la paz. Y recuerda que la escucha de su Palabra ha de ser lo prioritario para todos, también para las mujeres, y no una especie de privilegio de los varones.
         Es urgente hoy entender y organizar la comunidad cristiana como un lugar donde se cuida, antes de nada, la acogida del Evangelio en medio de la sociedad secular y plural de nuestros días. Nada hay más importante. Nada más necesario. Hemos de aprender a reunirnos mujeres y varones, creyentes y menos creyentes, en pequeños grupos para escuchar y compartir juntos las palabras de Jesús.
         Esta escucha del Evangelio en pequeñas “células” puede ser hoy la “matriz” desde la que se vaya regenerando el tejido de nuestras parroquias en crisis. Si el pueblo sencillo conoce de primera mano el Evangelio de Jesús, lo disfruta y lo reclama a la jerarquía, nos arrastrará a todos hacia Jesús.

José Antonio Pagola 

martes, 16 de julio de 2013

El Señor camina con nosotros.

El Señor nos pide ser pacientes e irreprensibles, caminando siempre en su presencia.

El Señor escoge su modo de entrar en nuestra vida y esto requiere paciencia de parte nuestra, porque no siempre se deja ver por nosotros. 

El Señor entra lentamente en la vida de Abraham. Tiene 99 años cuando le promete un hijo. En cambio entra de inmediato en la vida del leproso: Jesús escucha su oración, lo toca y he aquí el milagro. 

El Señor elige comprometerse "en nuestra vida, en la vida de su pueblo". Cuando el Señor viene, no siempre lo hace de la misma forma. No existe un protocolo de acción de Dios en nuestra vida, no existe. Una vez, lo hace de una forma, la otra vez de otra pero lo hace siempre. Siempre existe este encuentro entre nosotros y el Señor.

El Señor escoge siempre su modo de entrar en nuestra vida. Muchas veces lo hace tan lentamente, que caemos un poco en el riesgo de perder la paciencia: "Pero Señor, ¿cuándo?" Y rezamos, rezamos... Y no llega su intervención en nuestra vida. Otras veces, cuando pensamos en aquello que el Señor nos ha prometido, que es tan grande, somos un poco incrédulos, un poco escépticos y como Abraham - un poco a escondidas - reímos... como Abraham agachándose, se puso a reír. Un poco de escepticismo "¿Acaso le va a nacer un hijo a un hombre de cien años? ¿Y puede Sara, a sus noventa años, dar a luz?"

El mismo escepticismo, lo tendrá Sara, en el encinar de Mamré, cuando tres ángeles dirán las mismas cosas dichas a Abraham. Cuantas veces, cuando el Señor no viene, no hace el milagro y no hace aquello que queremos que Él haga, nos volvemos impacientes o escépticos. Pero no lo hace, a los escépticos no puede hacerlo. El Señor toma su tiempo. Pero también Él, en esta relación con nosotros, tiene tanta paciencia. No sólo nosotros debemos tener paciencia: ¡Él la tiene! ¡Él nos espera! Y nos espera ¡hasta el final de la vida! 

Pensemos en el buen ladrón, precisamente al final, reconoció a Dios. El Señor camina con nosotros, pero tantas veces no se deja ver, como en el caso de los discípulos de Emaús. El Señor está comprometido en nuestra vida - ¡esto es seguro!- pero tantas veces no lo vemos. Esto nos pide paciencia. Pero el Señor que camina con nosotros, Él también tiene tanta paciencia con nosotros. 

Algunas veces en la vida, las cosas se vuelven tan oscuras, hay tanta oscuridad, que tenemos ganas - si estamos en dificultad - de bajar de la Cruz. Este, es el momento preciso: la noche es más oscura, cuando la aurora está cerca. Y siempre cuando nos bajamos de la Cruz, lo hacemos cinco minutos antes que llegue la liberación, en el momento de la impaciencia más grande:
Jesús, sobre la Cruz, escuchaba que lo desafiaban: "¡Baja!, ¡Baja! ¡Ven!". Paciencia hasta el final, porque Él tiene paciencia con nosotros. Él entra siempre, Él está comprometido con nosotros, pero lo hace a su manera y cuando Él piensa que es mejor. Sólo nos dice aquello que dijo a Abraham: "Camina en mi presencia y sé perfecto, sé irreprensible, es la palabra justa."

Camina en mi presencia y trata de ser irreprensible. Éste es el camino con el Señor y Él interviene, pero debemos esperar, esperar el momento, caminando siempre en su presencia y tratando de ser irreprensibles. Pidamos esta gracia al Señor: caminar siempre en su presencia, tratando de ser irreprensibles.


Fragmento de la homilía de la misa en Santa Martha 28 de junio 2013

ORACIÓN A LA VIRGEN DEL CARMEN


SÚPLICA PARA TIEMPOS DIFÍCILES

"Tengo mil dificultades: ayúdame. 

De los enemigos del alma: sálvame
.
En mis desaciertos: ilumíname.

En mis dudas y penas: confórtame.

En mis enfermedades: fortaléceme. 

Cuando me desprecien: anímame. 

En las tentaciones: defiéndeme. 

En horas difíciles: consuélame.

Con tu corazón maternal: ámame
.
Con tu inmenso poder: protégeme.

Y en tus brazos al expirar: recíbeme.

Virgen del Carmen, ruega por nosotros. 

Amén." 

El Papa invita a ser misericordiosos a ejemplo del buen samaritano

En sus palabras previas al rezo del Ángelus esta mañana desde el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, el Papa Francisco animó a ser “misericordiosos” tal y como recuerda la “la famosa parábola del buen samaritano”. 

“¿Quién era este hombre? –cuestionó el Papa-. Era uno cualquiera, que descendía de Jerusalén hacia Jericó por el camino que cruzaba el desierto de Judea. Hacía poco, por ese camino, un hombre había sido asaltado por los delincuentes, robado, pegado y abandonado casi muerto. Antes del samaritano habían pasado un sacerdote y un levita, es decir, dos personas responsables del culto en el Templo del Señor. Vieron a aquel pobrecillo, pero pasaron sin detenerse. En cambio, el samaritano, cuando vio aquel hombre, tuvo
compasión”. 

El Papa señaló que el buen samaritano se acercó al hombre, “le vendó las heridas, cubriéndolas con aceite y vino; y luego lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y pagó por él. En definitiva, se hizo cargo de él como ejemplo del amor por el prójimo”. 

Francisco explicó que Jesús escogió a un samaritano como protagonista de esta parábola “porque en aquellos tiempos los samaritanos eran despreciados por los Judíos, a causa de diversas tradiciones religiosas”. Sin embargo “Jesús hizo ver que el corazón de aquel samaritano era bueno y generoso y que – a diferencia del sacerdote y del levita- él pone en práctica la voluntad de Dios , que quiere misericordia y no sacrificios”, subrayó. 

Por otro lado, el Santo Padre recordó que hoy se cumple el cuarto centenario de la muerte de San Camilo de Lelis, un hombre que “vivió plenamente este evangelio del buen samaritano”, fundador de los Hermanos de los Ministros de los Enfermos, patrón de los enfermos y de los agente sanitarios. 

“Saludo con gran afecto a todos los hijos e hijas espirituales de San Camilo, que viven con su carisma de caridad en contacto cotidiano con los enfermos, y también a los médicos y a aquellos que trabajan en los hospitales y en las casas de cura… ¡Sean como él buenos samaritanos!”, exclamó. 

domingo, 14 de julio de 2013

El Buen Samaritano

La liturgia de hoy pone ante nuestros ojos la figura del buen samaritano. Conocemos bien esta parábola que nos narra el evangelista San Lucas  (cf. Lc 10, 29-37).
En esta parábola del Señor, el buen samaritano se distingue claramente de otras dos personas –una de ellas un sacerdote y la otra un levita– que, recorriendo el mismo camino de Jerusalén a Jericó, se cruzan con el hombre asaltado por los malhechores. Ninguno de los dos se detiene ante aquel pobre desdichado, víctima de los ladrones sino que al verlo dan un rodeo y pasan de largo (cf. Ibíd. 10, 31-32).  Un samaritano, en cambio, refiere San Lucas, “llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima” (Ibíd. 10, 33),  es decir, siente compasión. El desdichado lo necesitaba, porque no sólo había sido despojado, sino también tan herido que había quedado junto al camino medio muerto.

El samaritano –al contrario de los otros dos que habían pasado anteriormente junto al herido– no lo abandonó, sino que “se le acercó, le vendó las heridas..., lo llevó a una posada y lo cuidó” (Ibíd. 10, 34).  Y cuando tuvo que proseguir su viaje, lo dejó al cuidado del dueño de la posada, comprometiéndose a pagar cualquier gasto que fuese necesario.

El Señor Jesús quería aclarar con esta parábola la dificultad que le había planteado un letrado: “¿Quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29).  Después de escuchar el relato de Jesús, su interlocutor ya no encuentra ningún obstáculo para indicar quién era el que se había comportado como verdadero prójimo. Evidentemente es el samaritano, aquel que ha tenido compasión de otro hombre en la desgracia, aunque fuera un extraño y desconocido. Jesús le dice entonces: “Anda, haz tú lo mismo”. Con otras palabras el Apóstol Santiago pone de relieve la necesidad de la actitud del buen samaritano cuando escribe en su epístola: “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?..., la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro..., es inútil” (St 2, 14. 17. 20). 

Sin duda alguna, los dos que pasaron de largo conocían los libros sagrados y se consideraban no sólo creyentes, sino también profundos “conocedores” de las verdades de fe. Sin embargo, no fueron ellos sino el samaritano quien dio una prueba ejemplar de su fe. La fe dio fruto en él mediante una buena obra. Dios, en quien creemos, nos pide obras semejantes. Estas son las obras de amor al prójimo.

 La Palabra de Dios nos plantea a nosotros, los creyentes, en la liturgia de hoy, una pregunta fundamental: ¿Es fructuosa de veras nuestra fe?, ¿fructifica realmente en obras buenas?, ¿está viva o, tal vez está muerta?

Esta pregunta deberíamos hacérnosla todos los días de nuestra vida; hoy y cada día, porque sabemos que Dios nos juzgará por las obras cumplidas en espíritu de fe. Sabemos que Cristo dirá a cada uno en el día del juicio: Cada vez que hicisteis estas cosas a otro, al prójimo, a mi me lo hicisteis; cada vez que dejasteis de hacer estas cosas con el prójimo, conmigo las dejasteis de hacer (cf. Mt 25, 40-45). Exactamente igual que en la parábola del buen samaritano.

No sólo hay dar a los demás lo que uno tiene, sino también hay que entregarles lo que uno es, con un compromiso total. Cristo –el Buen Samaritano por excelencia, que cargó sobre Sí nuestros dolores–  (cf. Is 53, 4) seguirá actuando así a través de unos pocos, sino a través de todos, porque todos estamos llamados a una vocación de servicio. A todos nos ha dicho el Señor: “Amarás... a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10, 27).  

De la Homilía del Santo Padre Juan Pablo II
Miércoles 11 de mayo de 1988

viernes, 12 de julio de 2013

Dios se pone en contacto con los hombres

La historia de los hombres es una sucesión de tentativas de establecer un encuentro con Dios, de entablar diálogo con él, de obligarlo a abrirnos el cielo, de hacerlo descender, que nos permita subir, de hacer que nos revele sus secretos y nos introduzca en sus misterios.


No es el hombre el que establece el contacto con Dios; es Dios quien da el primer paso hacia el hombre, y lo hace sirviéndose de la boca de otros hombres, los profetas. " He aquí - dice un día el Señor a Jeremías - que pongo mis palabras en tu boca. (...)  Tú serás como mi boca" ( Jer 1,9; 15,19).



Pero hay una boca que supera incomparablemente a la de todos los profetas: es la boca de Jesús de Nazaret. La suya sí que es realmente la boca misma de Dios: " El que viene de lo alto está por encima de mí. Él da testimonio de lo que ha visto y oído. Aquél a quien Dios ha enviado profiere, en efecto, palabras de Dios" ( Jn 3, 31- 34).

El evangelista Mateo introduce solemnemente las primeras palabras pronunciadas por Jesús: " Al ver las multitudes subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos; él, abriendo la boca, se puso a enseñarles así: "Bienaventurados..." ( Mt 5, 1-2).

La tradición cristiana ha situado este sermón en el monte que domina Cafarnaún. El que sube a él, entra en un oasis de paz que invita al recogimiento, la reflexión y la oración. Allí uno se siente casi espontáneamente empujado a alzar la vista al cielo y el pensamiento de dirige a Dios.

Por sugestiva que pueda ser esta experiencia, el "monte" del que habla Mateo hay que entenderlo en su profundo significado bíblico.  La Biblia sitúa siempre en un monte los grandes encuentros con Dios, las grandes manifestaciones del Señor a los hombres. Más que un lugar real, el "monte" designa cualquier lugar o momento en que se revela la palabra de Dios.
Del libro "Tenía rostro y palabras de hombre" de Fernando Armellini-Guiseppe Moretti

jueves, 11 de julio de 2013

Cardenal Rouco Varela: “Era muy necesario que hubiese una Encíclica sobre la fe”


En su exposición, el Cardenal de Madrid ha afirmado que “era muy necesario que hubiese una encíclica sobre la fe. Y que el título fuese ese. La fe termina en la apertura de la luz para el conocimiento del hombre’. “Se trata de una interesantísima Encíclica, con una doble actualidad eclesial, porque sale materialmente hablando de un período histórico marcado por el Papa Benedicto XVI”, y “se publica y se hace documento de magisterio pontificio por parte y a cargo del Papa sucesor, viviendo el primero”

Algo que “nos remite a lo que podíamos llamar la tradición viva del magisterio pontificio, del magisterio de la Iglesia, que no se interrumpe, que continúa, que siempre se renueva pero que nunca pierde la línea de fidelidad que le caracteriza a través de los siglos. Y especialmente este ejercicio de magisterio entre el Papa Benedicto XVI y el Papa Francisco con el Concilio Vaticano II”. Una línea “de magisterio vivo, de magisterio fiel y siempre renovado, fiel a los orígenes” y “al servicio del hombre”, que, teniendo en cuenta la fecha de su publicación, le aporta “una especie de acento muy atractivo y muy actual”. 

“A partir del Vaticano II, ha dicho, la Iglesia ha querido hacer al hombre contemporáneo la renovada propuesta de la vida cristiana, de ser cristiano y de cómo se es cristiano”, en un momento histórico “en que el hombre había quedado destrozado físicamente y materialmente”. “En ese intento de renovar y restaurar, abriendo horizontes de futuro no conocidos, surge el Vaticano II”, que “renueva la propuesta cristiana de la vida, que gira en torno a tres grandes virtudes: la virtud de la fe, la virtud de la esperanza y la virtud de la caridad”. 

“Era muy necesario que hubiese una encíclica sobre la fe y que el título fuese ese: la luz de la fe. La fe no es una fuente de enigmas, no plantea enigmas para el hombre, sino soluciones”, ha asegurado. “No termina un conocimiento indescifrable, sino que termina en la apertura de la luz para la inteligencia y para el corazón del hombre. Es lo que el Papa Francisco nos muestra en su encíclica de una forma muy bella y muy actual para los tiempos que corremos, sobre todo para la gente joven”. 

También ha hecho una valoración muy positiva del Pontificado del Papa Francisco, asegurando que “estamos muy agradecidos”. El Papa actual “viene de lejanas tierras, y ha traído un aire fresco, renovado, de estilos espontáneos… He tenido ocasión de tener una entrevista larga con él, y de estar a su lado en la celebración de la Eucaristía del domingo en San Pedro, para seminaristas y novicias/os de todo el mundo, y es una gracia poder acompañarle”. “Creo que nos va a ayudar a hacer una traducción espiritual profunda en relación con toda esa propuesta de renovación de la Iglesia que comienza con el Vaticano II dándole hondura, verdad y posibilidad de ser vivida a través de una gran una conversión a Cristo. Cuando habla me parece un gran padre espiritual para la Iglesia y de la Iglesia en este momento”. 

miércoles, 10 de julio de 2013

¿ DÓNDE ESTÁ TU HERMANO ?

“¿Dónde está tu hermano?”, la voz de su sangre grita hasta mí, dice Dios. Ésta no es una pregunta dirigida a otros, es una pregunta dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros. Esos hermanos y hermanas nuestras intentaban salir de situaciones difíciles para encontrar un poco de serenidad y de paz; buscaban un puesto mejor para ellos y para sus familias, pero han encontrado la muerte. ¡Cuántas veces quienes buscan estas cosas no encuentran comprensión, no encuentran acogida, no encuentran solidaridad! ¡Y sus voces llegan hasta Dios!... 

“Hoy nadie en el mundo se siente responsable de esto; hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del servidor del altar, de los que hablaba Jesús en la parábola del Buen Samaritano: vemos al hermano medio muerto al borde del camino, quizás pensamos “pobrecito”, y seguimos nuestro camino, no nos compete; y con eso nos quedamos tranquilos, nos sentimos en paz. La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles al grito de los otros, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bonitas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisional, que lleva a la indiferencia hacia los otros, o mejor, lleva a la globalización de la indiferencia. En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tiene que ver con nosotros, no nos importa, no nos concierne!... La globalización de la indiferencia nos hace “innominados”, responsables anónimos y sin rostro”. 

“Adán, ¿dónde estás?”, “¿Dónde está tu hermano?”, son las preguntas que Dios hace al principio de la humanidad y que dirige también a todos los hombres de nuestro tiempo, también a nosotros


Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de “sufrir con”: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar! En el Evangelio hemos escuchado el grito, el llanto, el gran lamento: “Es Raquel que llora por sus hijos… porque ya no viven”. Herodes sembró muerte para defender su propio bienestar, su propia pompa de jabón. Y esto se sigue repitiendo… Pidamos al Señor que quite lo que haya quedado de Herodes en nuestro corazón; pidamos al Señor la gracia de llorar por nuestra indiferencia, de llorar por la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, también en aquellos que en el anonimato toman decisiones socio-económicas que hacen posibles dramas como éste”. 

“Señor, en esta liturgia, que es una liturgia de penitencia, pedimos perdón por la indiferencia hacia tantos hermanos y hermanas, te pedimos, Padre, perdón por quien se ha acomodado y se ha cerrado en su propio bienestar que anestesia el corazón, te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que llevan a estos dramas”.
PAPA FRANCISCO en Lampedusa.

martes, 9 de julio de 2013

La mies es abundante y los obreros pocos.

Jesús envía a setenta y dos discípulos a la gran mies que es el mundo, invitándoles a rezar para que el Señor de la mies, mande obreros a su mies; pero no les envía con medios potentes sino "como corderos en medio de lobos", sin bolsa ni cayado, ni sandalias. 

San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías, comenta: "Siempre que seamos corderos, venceremos y aunque estemos rodeados de muchos lobos, conseguiremos superarlos. Pero si nos convertimos en lobos, seremos derrotados, porque nos faltará la ayuda del Pastor [...] 

Jesús envió a los "setenta y dos discípulos" y estos partieron con una sensación de miedo por el posible fracaso de su misión. 

También Lucas destaca el rechazo recibido en las ciudades en las que el Señor ha predicado y ha realizado signos prodigiosos. Pero los setenta y dos vuelven llenos de alegría, porque su misión ha tenido éxito; han constatado que, con la potencia de la palabra de Jesús, los males del hombre son vencidos, 

(Benedicto XVI, 26 de octubre y 7 de diciembre de 2011

También nosotros debemos evangelizar, en nuestras familias, en nuestro trabajo, en el mundo en que vivimos. Y debemos ir con humildad, practicando la caridad y las buenas obras, que vean en nosotros el amor del Padre. Y con la confianza puesta totalmente en el Señor.

viernes, 5 de julio de 2013

SIN MIEDO A LA NOVEDAD

            El Papa Francisco está llamando a la Iglesia a salir de sí misma olvidando miedos e intereses propios, para ponerse en contacto con la vida real de las gentes y hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y mujeres de hoy sufren y gozan, luchan y trabajan.
         Con su lenguaje inconfundible y sus palabras vivas y concretas, nos está abriendo los ojos para advertirnos del riesgo de una Iglesia que se asfixia en una actitud autodefensiva: “cuando la Iglesia se encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una Iglesia accidentada a una que esté enferma por encerrarse en sí misma”.
         La consigna de Francisco es clara: “La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del Evangelio y a encontrarse con los demás”. No está pensando en planteamientos teóricos, sino en pasos muy concretos: “Salgamos de nosotros mismos para encontrarnos con la pobreza”.
         El Papa sabe lo que está diciendo. Quiere arrastrar a la Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es fácil. “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y gustos”.
         Pero Francisco no tiene miedo a la “novedad de Dios”. En la fiesta de Pentecostés ha formulado a toda la Iglesia una pregunta decisiva a la que tendremos que ir respondiendo en los próximos años: “¿Estamos decididos a recorrer caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheraremos en estructuras caducas que han perdido la capacidad de respuesta?
         No quiero ocultar mi alegría al ver que el Papa Francisco nos llama a reavivar en la Iglesia el aliento evangelizador que Jesús quiso que animara siempre a sus seguidores. El evangelista Lucas nos recuerda sus consignas. “Poneos en camino”. No hay que esperar a nada. No hemos de retener a Jesús dentro nuestras parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida.
         “No llevéis bolsas, alforjas ni sandalias de repuesto”. Hay que salir a la vida de manera sencilla y humilde. Sin privilegios ni estructuras de poder. El Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la confianza en el Padre.
         Cuando entréis en una casa, decid :”Paz a esta casa”. Esto es lo primero. Dejad a un lado las condenas, curad a los enfermos, aliviad los sufrimientos que hay en el mundo. Decid a todos que Dios está cerca y nos quiere ver trabajando por una vida más humana. Esta es la gran noticia del reino de Dios.
José Antonio Pagola
        

         

jueves, 4 de julio de 2013

Tener el coraje de huir del pecado cuando se es débil

El cristiano está llamado a ser valiente en su propia debilidad. Así lo dijo el papa Francisco este martes en la misa diaria celebrada en la Casa Santa Marta. Añadió que, a veces hay que reconocer que somos débiles y por eso tenemos que huir sin nostalgia del pecado, sin mirar atrás.

"Es tan difícil de cortar con una situación de pecado. ¡Es difícil! Incluso en una tentación, ¡es difícil! Pero la voz de Dios nos dice esta palabra: `¡Escapa! No se puede luchar allí, porque el fuego, el azufre te matarán. ¡Escapa!`. Santa Teresita del Niño Jesús nos enseña que a veces, en algunas tentaciones, la única solución es escapar y no tener vergüenza de escapar; reconocer que somos débiles y que tenemos que escapar. Y nuestro pueblo en su sencilla sabiduría lo dice un poco irónicamente: ‘Soldado que huye sirve para otra guerra’. Escapar para seguir adelante por el camino de Jesús".

"Ante el pecado, huir sin nostalgia. ¡La curiosidad no ayuda, sino que daña! ‘Pero, en este mundo tan pecaminoso, ¿cómo se puede hacer? Pero, ¿cómo será este pecado? Me gustaría saber...’. ¡No, no lo hagas! ¡La curiosidad te hará daño! ¡Huye y no mires atrás! Somos débiles, todos, y tenemos que defendernos.


 El miedo no nos ayuda". La cuarta actitud, dijo, "es la gracia del Espíritu Santo." Cuando Jesús trae la calma al agitado mar, los discípulos en la barca se llenaron de temor. "Siempre, ante el pecado, delante de la nostalgia, ante el temor", debemos volver al Señor.


"Mirar al Señor, contemplar al Señor. Esto nos da estupor, tan hermoso, por un nuevo encuentro con el Señor. ‘Señor, tengo esta tentación: quiero quedarme en esta situación de pecado; Señor, tengo la curiosidad de saber cómo son estas cosas; Señor, tengo miedo’. Y ellos vieron al Señor: ‘¡Sálvanos, Señor, estamos perdidos!` Y llegó la sorpresa del nuevo encuentro con Jesús. No somos ingenuos ni cristianos tibios, somos valientes, valerosos. Somos débiles, pero hay que ser valientes en nuestra debilidad. Y nuestro valor muchas veces debe expresarse en una fuga y no mirar hacia atrás, para no caer en la mala nostalgia. ¡No tener miedo y mirar siempre al Señor!".
Papa Francisco

miércoles, 3 de julio de 2013

Papa Francisco: Rezar con el coraje e insistencia con la que Abraham negociaba con Dios

Debemos orar al Señor con valentía, incluso con insistencia como lo hizo Abraham. Es lo que ha dicho la mañana del lunes el papa Francisco en la misa de la Casa Santa Marta. Explicó que la oración es también "negociar con el Señor", volverse incluso inoportuno como Jesús nos enseña.

"Abraham es un valiente y ora con valentía". Abraham, dijo, "siente la fuerza de hablar cara a cara con el Señor y busca defender esa ciudad". Y lo hace con tanta insistencia. En la Biblia, dice el papa, vemos que "la oración debe ser valiente". 


"¡Convencer al Señor con las virtudes del Señor! ¡Esto es hermoso! La exposición de Abraham va al corazón del Señor y Jesús nos enseña lo mismo: ‘El Padre sabe las cosas. El padre --no se preocupen--, hace llover sobre los justos y los pecadores, el sol para los justos y para los pecadores’. Con este argumento, Abraham continúa. Yo me detendría aquí: orar y negociar con el Señor, incluso volverse inoportuno con el Señor. Orar y alabar al Señor en las cosas buenas que tiene, y decirle que estas cosas bellas que tiene, las envíe a nosotros. ¡Y si Él es tan misericordioso, tan bueno, que nos ayude!". 

"Quisiera que hoy --prosiguió Francisco--, todos nosotros, por cinco minutos, no más, durante el día, tomemos la biblia y lentamente dijéramos el salmo 102.

El Señor es compasivo y misericordioso.
Bendice, alma mía, al Señor, 
y todo mi ser a su santo nombre. 

Bendice, alma mía, al Señor 

y no olvides sus beneficios.
El perdona todas tus culpas, 
y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa 

y te colma de gracia y de ternura.
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.

No nos trata como merecen nuestros pecados,

ni nos paga según nuestras culpas.
Como dista el oriente del ocaso, 
así aleja de nosotros nuestras culpas,

como un padre siente ternura por sus hijos, 

siente el Señor ternura por sus fieles.

lunes, 1 de julio de 2013

"Ama y haz lo que quieras".


Mientras ames a Cristo y por Cristo a los hombres y por Cristo a la vocación de cristiano o de consagrado, puedes hacer lo que quieras; el amor te mantendrá en el justo orden.


Si se dice a la inversa: "Haz lo que quieras y no ames", estarás perdido; perdido estuviste tantas veces por querer hacer tu vida sin amor, perdido estás ahora por querer hacer y hacer, y no darte tiempo para amar.

Amar a Cristo es tarea sencilla. Se logra con los detalles de cada día. Sumados todos los pequeños sacrificios de una jornada, forman una gran cosecha. A veces hace uno las cosas, las tiene que hacer, pero el amor brilla por su ausencia; tantas otras el amor se supone, pero no existe, y las más, existe moribundo, enclenque, enflaquecido, que da pena.
Eres lo que amas, vives o mueres del corazón.

"Ama y haz lo que quieras": entonces, ama y despreocúpate de todo. Cada día es una oportunidad de amar, cada día debes verlo con la ambición, con la ilusión del enamorado, que no se conforma con un amorcillo cualquiera, sino que sólo descansa en el amor eterno y en el amor total.

El amor es la respuesta, amor apasionado, amor gigante al Gigante del amor. Si dejas de amar, nadie te salva, pero, si el amor vigila, no hay porqué temer.

Tienes un peligro ante la vista, el tomar los propósitos con estilo militar, el olvidarte del amor por anclarte en el hacer. Por amor te levantas y por amor te acuestas, por amor luchas y trabajas y por amor, descansas. La oración te lanza al amor y el apostolado lo haces por amor. Si el amor en ti es más fuerte que la muerte, también tú podrás gritar: "¿Quién me arrancará del amor a Cristo?"

"Ama y haz lo que quieras". No quieras complicar tu trabajo por las almas ni la vida misma, debes concentrarte en este sólo amar con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Pregúntate al despertar cada mañana: ¿De qué nueva forma voy a amar a Cristo?
No seas prisionero de la rutina o del cansancio: algo nuevo, vivo, fresco debes encontrar cada día, que transforme esa jornada en una aventura.

"Ama y haz lo que quieras": Ama cuando rezas, cuando trabajas en el colegio o en la oficina, cuando te encierras en tu cuarto, cuando conduces el coche o caminas por los campos.

¡Ama! Ama todo lo que puedas, pon tu corazón a mil revoluciones; el amor, verás, terminará con todas tus cadenas, las cadenas antiguas que te hicieron agonizar en la mazmorra. El amor te llevará a la cumbre de la santidad, el amor te volverá intrépido en la batalla del Reino; ama y despreocúpate; pero, cuidado con los enemigos del amor. Si tu amor muere, habrás muerto tú, y asistirán a tu sepultura, la sepultura de tus grandes ideales, las pasiones guiadas por el Padre de la mentira.