De un modo sencillo y casi misterioso, Dios dirige mi
vida. Lo hace con su gracia, que me acompaña desde el bautismo. Lo hace con su
Palabra, acogida y explicada en la Iglesia católica. Lo hace con las
inspiraciones continuas del Espíritu Santo.
Lo hace, de un modo sorprendente, a través de la
historia. Nada escapa a su Providencia. Si algo ha ocurrido, incluso el pecado,
es porque Él lo tenía ya previsto. No quiso el mal, pero tampoco impidió que
algunos de sus hijos abusasen de la libertad.
Muchas veces, con su gracia, me ayudó a evitar el
pecado. Muchas otras veces me iluminó tras una caída, me inspiró confianza en su
misericordia, me sacó de la fosa (cf. Sal 40,3) y me vistió un
traje de fiesta cuando, arrepentido, volví a casa (cf. Lc 15,20-24).
A lo largo del camino, ha estado siempre a mi lado.
Supo esperar cuando mi egoísmo cerró puertas y partí lejos de casa. Buscó una y
mil veces cómo despertarme del mal y enseñarme el camino de la vida. Incluso
estuvo dispuesto a morir en una cruz para rescatarme del pecado.
No pudo hacer más por mí. Todo está ofrecido en el
Calvario. El cielo ha quedado abierto. La fuerza del Espíritu Santo actúa en
los corazones. Desde que nació la Iglesia, los discípulos repiten la invitación
de Cristo Maestro: convertíos y creed (cf. Mc 1,15; Hch 2,38;
3,19).
Con su ayuda es posible entrar en el buen camino.
Basta con mantener encendida la lámpara de la fe, el entusiasmo de la
esperanza, y el amor de Dios que "ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (cf. Rm 5,5).
Como un niño en brazos de su madre (cf. Sal 131),
dejo que Dios dirija mi vida. Me llevará a verdes praderas, me conducirá a
fuentes tranquilas (cf. Sal 23), viviré en paz. Porque sé que
Él me ama, y eso me basta.
P. Fernando Pascual
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