miércoles, 29 de marzo de 2017

Homilía del Papa: la fe es ir adelante con la vida que se tiene

Creer en Jesús es tomar la vida tal como es e ir adelante con alegría, sin quejas, sin dejarse paralizar por el feo pecado de la pereza. Lo dijo el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
El Papa puso en el centro de su reflexión el Evangelio del día, que se refiere al paralítico curado por Jesús. Un hombre enfermo desde hacía treinta y ocho años, que yacía en el borde de una piscina en Jerusalén, llamada en hebreo Betzaeta, con cinco pórticos, debajo de los cuales había un gran número de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Y se decía que, cuando descendía un ángel y se agitaban las aguas, los primeros que se sumergían quedaban curados. A la vez que Jesús, al ver a este hombre, le pregunta: “¿Quieres curarte?”:
“Es hermoso. Jesús siempre nos dice esto a nosotros: ¿Quieres curarte? ¿Quieres ser feliz? ¿Quieres mejorar tu vida? ¿Quieres sentirte pleno del Espíritu Santo? ¿Quieres curarte?’, esa palabra de Jesús… Todos los demás que estaban allí, enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, habrían dicho: ‘¡Sí, Señor, sí!’. Pero este es un hombre extraño. Le respondió a Jesús: ‘Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua se agita. En efecto, mientras estoy a punto de ir, otro desciende antes que yo’. La respuesta es una queja: ‘Pero mira, Señor, cuán fea, cuán injusta ha sido la vida conmigo. Todos los demás pueden ir y curarse, y yo desde hace treinta y ocho años que trato, pero’…”.
Este hombre – observó el Pontífice – era como el árbol plantado a lo largo de los cursos de agua, del que habla el primer Salmo, “pero tenía las raíces secas” y “aquellas raíces no llegaban al agua, no podía tomar la salud del agua”:
“Esto se comprende por la actitud, las quejas y también tratando siempre de dar la culpa al otro: ‘Pero son los otros los que van antes que yo, yo soy una persona inútil aquí desde hace treinta y ocho años…’. Este es un feo pecado, el pecado de la pereza. Este hombre estaba enfermo no tanto por la parálisis, sino por la pereza, que es peor que tener el corazón tibio, peor aún. Es vivir pero porque vivo y no tener ganas de ir adelante, no tener ganas de hacer algo en la vida, haber perdido la memoria de la alegría. Este hombre ni siquiera de nombre conocía la alegría, la había perdido. Este es el pecado. Es una enfermedad fea: ‘Pero así estoy cómodo, me he acostumbrado… Pero la vida ha sido injusta conmigo…’. Y se ve el resentimiento, la amargura de aquel corazón”.
Jesús no le reprocha, pero le dice: “Levántate, toma tu camilla y camina”. El paralítico se cura, pero dado que era sábado, los doctores de la Ley le dicen que no es lícito llevar la camilla y le preguntan quién lo ha curado en ese día: “Va contra el código, no es de Dios aquel hombre”. El paralítico – dijo el Papa – ni siquiera le había dicho gracias a Jesús, ni siquiera le había preguntado su nombre. “Se levantó con aquella pereza” que hace “vivir porque el oxígeno es gratis”, hace “vivir siempre mirando a los demás que son más felices que yo” y se está “en la tristeza”, se olvida la alegría. “La pereza –explicó Francisco – es un pecado que paraliza, nos hace paralíticos. No nos deja caminar. También hoy el Señor nos mira a cada uno de nosotros. Todos tenemos pecados, todos somos pecadores, pero mirando este pecado” nos dice: “Levántate”:
“Hoy el Señor nos dice a cada uno de nosotros: ‘Levántate, toma tu vida como sea, bella, fea, como sea, tómala y ve adelante. No tengas miedo, ve adelante con tu camilla’. –‘Pero Señor, no es el último modelo…’. ¡Pero ve adelante! Con aquella camilla fea, quizás, ¡pero ve adelante! Es tu vida, es tu alegría. ‘¿Quieres curarte?’ – es la primera pregunta que hoy nos hace el Señor –.  ‘¡Sí, Señor!’. –‘Levántate’. Y en la antífona, al inicio de la Misa, estaba aquel inicio tan bello: ‘Ustedes que tienen sed, vengan a las aguas – son aguas gratis, no se paga –. Ustedes sacien la sed con alegría’. Y si nosotros le decimos al Señor: ‘Sí, quiero curarme. Sí, Señor, ayúdame que quiero levantarme’, sabremos cómo es la alegría de la salvación”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

martes, 28 de marzo de 2017

Osoro presidirá los últimos martes de cada mes una misa en San Antón por las personas que mueren solas


Mañana martes 28 de marzo, el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, oficiará la misa de las 19h en la iglesia de San Antón de Madrid (Calle Hortaleza, número 63). Dedicada a las personas que mueren solas, a veces en la calle, por encontrarse en situación de sinhogarismo, la eucaristía de mañana será la primera de las que el arzobispo de Madrid va a celebrar en la iglesia de la ONG Mensajeros de la Paz el último martes de cada mes.
El padre Ángel, presidente de Mensajeros de la Paz, aprovechará la presencia del arzobispo de Madrid en la iglesia, abierta 24 horas, para presentar el programa que el templo tiene preparado para la Semana Santa de 2017. Los eventos empezarán la semana de antes (del 3 al 8 de abril), para cuando se han organizado sucesivos actos de reflexión acerca del "Sermón de las Siete Palabras". Serán pronunciados a las 19.30 horas (tras la misa de tarde) por diferentes cardenales, obispos y sacerdotes invitados.
Así, el lunes 3 de abril el cardenal Amigo, arzobispo emérito de Sevilla, reflexionará sobre las palabras "Todo está consumado". El martes 4, el padre Antonio Cartagena (director del secretariado de la comisión episcopal de Apostolado Seglar) hablará del "Estarás conmigo en el Paraíso".
Del mismo modo, monseñor Abilio Martínez, obispo de Osma-Soria, se encargará el miércoles 5 de abril de la reflexión sobre las palabras "Tengo sed". Por su parte, la tarde siguiente (jueves 6 de abril) el cardenal Sistach, arzobispo emérito de Barcelona, volverá a San Antón para abordar el "Perdónales, porque no saben lo que hacen" de Jesús en la Cruz.
Por último, el viernes 7 el padre Peio Sánchez, párroco de Santa Anna de Barcelona (iglesia-centro social abierta siempre, como San Antón) reflexionará sobre la expresión "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Y el sábado 8 el cardenal Osoro ("A tus manos encomiendo mi espíritu"), arzobispo de Madrid, y el padre Ángel ("Madre, ahí tienes a tu hijo"), párroco de San Antón, concluirán el Sermón de las Siete Palabras.
Después de esas reflexiones, el templo Mensajeros celebrará la Semana Santa (del Domingo de Ramos, 9 de abril, al Domingo de Resurrección, día 16) con actos culturales de diversos artistas (coros, músicos, recitadores...) y hermandades religiosas, además de con la retransmisión por streaming de todos los oficios de Semana Santa y misas diarias.
"Invitamos a todo el mundo a acercarse a rezarle a nuestro Cristo de los Niños, que son los más vulnerables de la sociedad en la que vivimos", declara el padre Ángel. "También a hacerse una foto con una imagen a tamaño real del Papa Francisco".
Por último, el viernes 7 el padre Peio Sánchez, párroco de Santa Anna de Barcelona (iglesia-centro social abierta siempre, como San Antón) reflexionará sobre la expresión "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Y el sábado 8 el cardenal Osoro ("A tus manos encomiendo mi espíritu"), arzobispo de Madrid, y el padre Ángel ("Madre, ahí tienes a tu hijo"), párroco de San Antón, concluirán el Sermón de las Siete Palabras.
Después de esas reflexiones, el templo Mensajeros celebrará la Semana Santa (del Domingo de Ramos, 9 de abril, al Domingo de Resurrección, día 16) con actos culturales de diversos artistas (coros, músicos, recitadores...) y hermandades religiosas, además de con la retransmisión por streaming de todos los oficios de Semana Santa y misas diarias.
"Invitamos a todo el mundo a acercarse a rezarle a nuestro Cristo de los Niños, que son los más vulnerables de la sociedad en la que vivimos", declara el padre Ángel. "También a hacerse una foto con una imagen a tamaño real del Papa Francisco".

Religión digital


Cuando un paciente nos pide morir…



«Hay quien dice que la eutanasia es un cuidado paliativo más, y no es verdad. Pero tampoco es una postura adecuada desde el ámbito provida colocarnos de manera ideológica ante la eutanasia, porque la cuestión que tratar es el sufrimiento del paciente, y ahí las ideologías desaparecen», explica el doctor Carlos Centeno, de la Universidad de Navarra, que este fin de semana responderá a la cuestión: ¿Qué pasa si un paciente nos pide morir? en el Congreso Nacional Provida que se celebra en Pamplona.
En primer lugar, como profesional, la respuesta ha de venir desde un nivel clínico, «cómo ayudamos a ese paciente que está sufriendo y nos pide morir. A esa persona no le ayuda nada decirle simplemente: “Yo eso no lo hago”. Hay que ver qué hay detrás de esa petición, por qué la persona pide morir». De ahí que lo primero a hacer es repasar la situación clínica, emocional y social y existencial del paciente, hay que revisar cómo le afectan cuestiones como su medicación, su estado de ánimo, su control de dolor, el soporte que tiene la familia… De este modo aclara que «cuando alguien te dice: “Yo no quiero vivir”, muchas veces quieren decir: “Yo no quiero vivir… así”. Si dice eso es porque experimenta algo tremendo, a veces dramático». Y ese algo «muchas veces es un descontrol de síntomas que hay que mejorar. A veces se puede querer morir porque no hemos tratado bien el dolor, porque está agotado por no descansar o porque no hemos dado el alivio conveniente a un malestar constante. Una vez controlado eso, el paciente es otro».
En otras ocasiones «puede haber un componente importante de depresión, que es algo que nos puede pasar a todos, y que también tiene un tratamiento médico». Otras veces es el aislamiento, la soledad o la falta de sentido, que se notan aun teniendo controlados los síntomas. En estos casos la medicina tiene que proponer soluciones a través de nuevas psicoterapias u ofreciendo modelos de atención que cubran necesidades sociales. «Y, en más raras ocasiones, también podremos encontrarnos con un Ramón Sampedro, con personas que desean decidir el momento de su muerte». En esos casos, «lo primero que tiene que haber es un respeto enorme hacia su sistema de valores», pero posibilitarle al mismo tiempo «un contexto de actuación que le pueda aliviar el sufrimiento o el dolor, y en el que mi conciencia como médico no se vea forzada. Esa persona puede pedir morir, pero a la vez, siempre desde el respeto, sabe que hay algunas cosas que podremos darle y otras que no. Decirle delicadamente y con los hechos: “Yo hago y haré por ti todo lo que pueda porque soy tu médico, pero entiende que me estás pidiendo que deje de ser médico”».
Sedación no es en sí eutanasia
Carlos aclara que «sedación no es en sí un sinónimo de eutanasia. Sedar sirve para que un paciente esté más tranquilo, menos agitado o pueda dormir. Calibrar la dosis de sedante es también medicina, incluso para privar de la conciencia si el médico considera que existe un sufrimiento intolerable que no se puede aliviar de otro modo». Pero simultáneamente hay más pasos que dar. Carlos tiene la experiencia de que «a veces sentarte a escuchar y tratar de comprender el sufrimiento del paciente ya supone un alivio para él», y menciona en este sentido un estudio reciente de la Universidad de Harvard que demuestra que simplemente conversar sobre la enfermedad, el pronóstico y los planes de cuidado con el profesional de la medicina reduce de manera considerable la angustia del enfermo.
Por este motivo, lamenta que hoy «estamos formando médicos y enfermeros que no han cultivado suficientemente el sentido de la compasión. Hace falta no solo pericia profesional, sino también comprensión. Ante el sufrimiento existencial de los pacientes, la medicina tiene que avanzar y trabajar para preservar la dignidad con en el trato personal esmerado y la conversación en profundidad con el paciente. No podemos simplemente lanzarnos de cabeza contra la eutanasia, hay que mejorar el modo de atender a quien está al final de su vida», y crear también «un sistema de protección que permita cuidar las familias. ¿Por qué no es posible cogerte una baja para cuidar a tu padre enfermo, como se hace en otros países?».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

«Tú eres Piedra»


Jesús no le dijo a Pedro que él sería la percha de la que colgaría la Iglesia, sino la piedra sobre la cual se sostendría. De modo que la Iglesia es realmente una pirámide invertida: en su base está la piedra sobre la que todo el conjunto se apoya, Pedro y sus sucesores los Papas. Estos sirven de sostén a los obispos, de quienes se sube al clero, y los fieles comunes ocupan la gran superficie que constituye el norte de esa pirámide que Cristo construyó en lo esencial y que los cristianos hemos de seguir edificando mediante nuestra santidad y nuestro apostolado.
El peso que soporta la piedra es inmenso, y parecería que ha de ir disminuyendo a medida que se asciende de la base a la superficie. Pero es una visión equívoca: ningún cristiano ha de soportar un peso de menor intensidad; cada uno tiene la vocación que tiene. ¿No hay diferencia entre la vida de Francisco Javier, misionero en la India, y la de Teresita de Jesús, monja de clausura? Y los dos son los patronos universales de las misiones, porque su vocación fue misionera, y puede ser vivida con la predicación en la China o con la oración en el coro.
Al nacer en un país católico donde nos bautizaron siendo niños, Dios ya nos dio una vocación. En el futuro, uno de nosotros permanecerá en el laicado, otro será clérigo, otro miembro de una comunidad religiosa, otro obispo, otro Papa. Vocaciones. Diferentes vocaciones sobre la base de una vocación común. Cada uno ha de cumplir su específico cometido, pero todos hemos sido llamados por Dios a una misma vocación: la de bautizados, seres elegidos –sin mérito inicial por nuestra parte– para constituir la pirámide eclesial y salvar desde ella al mundo.
¿Menuda responsabilidad? ¡Menudo regalo! Dios me envió a la tierra eligiéndome al hacerlo para que fuese apóstol. ¿Eran los doce apóstoles los hombres más sabios, más poderosos, más santos, de Israel? Eran en realidad unos hombres vulgares y corrientes, pero que recibieron una llamada. Y eso es el Bautismo, una llamada: estás en el mundo y estás encargado por Mí de salvarlo. Te he escogido para ello.
La unidad es estar unidos a Dios, y Pedro Le representa en la tierra. El inmenso peso de la pirámide invertida ha hecho santos a unos Pedros y pecadores a otros. Pero ninguno ha negado nunca su condición, y si en esa piedra nos apoyamos, a través de todas las capas que integran la pirámide, tampoco nosotros negaremos la nuestra: ser Iglesia y atraer a ella a toda la humanidad. Desde el púlpito o desde la clausura, desde la base o desde la superficie, todos tenemos que ser apóstoles.
Alberto de la Hera
Alfa y Omega

Al momento aquel hombre quedó sano



Lectura del santo Evangelio según san Juan 5, 1-3. 5-16
En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
«¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó:
«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice:
«Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».
Él les contestó:
«El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa de ese gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.
Palabra del Señor.

lunes, 27 de marzo de 2017

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (4,43-54) POR SAN JUAN CRISOSTOMO:




“«Si no veis prodigios y signos, no creéis.» (Jn 4,48) El funcionario real parece no creer que Jesús tenga el poder de resucitar a los muertos. «¡Baja antes que no muera mi hijo!» (Jn 4,49) Parece que cree que Jesús ignora la gravedad de la enfermedad de su hijo. Por esto, Jesús le reprocha su poca fe, para mostrarle que los signos y prodigios se realizan sobre todo para curar a las almas. 

Así, Jesús cura al padre que está enfermo del espíritu no menos que al hijo que está enfermo en su cuerpo. Así nos enseña que hace falta unirse a Él, no a causa de los milagros, sino por su enseñanza confirmada por los milagros. Jesús realiza los prodigios no para los creyentes sino para los incrédulos...

Una vez en casa, «creyó y toda su familia» (Jn 4, 53) Gente que no había visto nunca a Jesús ni oído hablar, creen en Él. ¿Qué nos quiere enseñar el evangelio? Hay que creer en Él sin exigir prodigios; no hay que exigir a Dios pruebas de su poder. 

En nuestros días, ¡cuánta gente muestra un amor mayor a Dios después que su hijo o su mujer hayan experimentado alivio en sus enfermedades! Aunque nuestros ruegos no fueran escuchados, hay que perseverar igualmente en la acción de gracias y la alabanza. ¡Quedemos unidos a Dios en la adversidad y en la prosperidad!”

EVANGELIO DE HOY: SI NO VEIS SIGNOS Y PRODIGIOS, NO CREÉIS



Lectura del santo evangelio según san Juan (4,43-54):
En aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado: «Un profeta no es estimado en su propia patria».
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo: «Si no veis signos y prodigios, no creéis».
El funcionario insiste: «Señor, baja antes de que se muera mi niño».
Jesús le contesta: «Anda, tu hijo vive».
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía.
Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron: «Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.
Palabra del Señor

Ángelus del Papa ¿Qué cosa significa caminar en la luz?



¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
En el centro del Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma se encuentran Jesús y un hombre ciego de nacimiento (cfr Jn 9,1-41).  en los que Cristo le restituye la vista y obra este milagro con un tipo de rito simbólico: primero mezcló la tierra con la saliva y la untó  ojos al ciego; luego le ordena ir a lavarse a la piscina de Siloé. Aquel hombre va, se lava, y readquiere la vista. Era un ciego de nacimiento.  Con este milagro Jesús se manifiesta y se manifiesta a nosotros como luz del mundo; y el ciego de nacimiento representa a cada uno de nosotros, que hemos sido creados para conocer a Dios, pero que por causa del pecado somos como ciegos, tenemos necesidad de una luz nueva; todos tenemos necesidad de una luz nueva: aquella de la fe, que Jesús nos ha donado. De hecho aquel ciego del Evangelio adquiriendo la vista se abre al misterio de Cristo. Jesús le pregunta «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». «Y quien es, Señor, para que crea en él?», respondió el ciego sanado (v. 36). «Lo estás viendo: el que te está hablando» (v. 37). «¡Creo, Señor!» y se prostró ante él.
Este episodio nos induce a reflexionar sobre nuestra fe, nuestra fe en Cristo, el Hijo de Dios, y al mismo tiempo se refiere también al Bautismo, que es el primer Sacramento de la fe: el Sacramento que nos hace “venir hacia la luz”, mediante el renacer del agua y del Espíritu Santo; así como sucede al ciego de nacimiento, al cual se abrieron los ojos después de haberse lavado en el agua de la piscina de Siloé. El ciego de nacimiento sanado nos representa cuando no nos damos cuenta que Jesús es la luz, es «la luz del mundo», cuando miramos hacia otra parte, cuando preferimos fiarnos de pequeñas luces, cuando tambaleamos en la oscuridad. El hecho de que aquel ciego no tenga un nombre nos ayuda a reflejarnos con nuestro rostro y nuestro nombre en su historia. También nosotros hemos sido “iluminados” por Cristo en el Bautismo, y por lo tanto estamos llamados a comportarnos como hijos de la luz. Y comportarnos como hijos de la luz exige un cambio radical de mentalidad, una capacidad de juzgar hombres y cosas según otra escala de valores, que viene de Dios. El sacramento del Bautismo, de hecho, exige una elección de vivir como hijos de la luz y caminar en la luz.  Si ahora les preguntase: “¿Creen que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Creen que les puede cambiar el corazón? ¿Creen que puede hacer ver la realidad como la ve Él, y no como la vemos nosotros? ¿Creen que Él es luz, que nos da la verdadera luz?” ¿Qué cosa responderían? Cada uno responda en su corazón.
¿Qué cosa significa tener la verdadera luz? ¿Qué cosa significa caminar en la luz? Significa ante todo abandonar las luces falsas: la luz fría y fatua del prejuicio contra los otros, porque el prejuicio distorsiona la realidad y nos carga de animadversión contra aquellos que juzgamos sin misericordia y condenamos sin apelación. Eh… esto es pan de todos los días ¿eh? Cuando se habla mal de los otros, se camina no en la luz: se camina en las sombras.  Otra luz falsa, porque es seductora y ambigua, es aquella del interés personal: si evaluamos a hombres y cosas en base al criterio de nuestra conveniencia, de nuestra satisfacción, de nuestro prestigio, no actuamos con la verdad en las relaciones y en las situaciones. Si andamos por este camino del buscar sólo el interés personal, caminamos en las sombras.
Que la Virgen Santa, que fue la primera en acoger a Jesús, luz del mundo, nos obtenga la gracia de acoger de nuevo en esta Cuaresma la luz de la fe, redescubriendo el don inestimable del Bautismo, que todos hemos recibido. Y que esta nueva iluminación se transforme, nos transforme en las actitudes y en las acciones, para ser también nosotros, a partir de nuestra pobreza, de nuestras pequeñeces, portadores de un rayo de la luz de Cristo.

(Traducción del italiano: Raúl Cabrera, Radio Vaticano)

domingo, 26 de marzo de 2017

26 de marzo: san Braulio de Zaragoza, obispo



Se desconoce la cuna, niñez y juventud del santo; pero consta que ya en el año 626 es obispo de Zaragoza.
Participó en la corriente de pensamiento y acción isidoriana que tanto influyó en la cultura de su época y aún en tiempos posteriores. De hecho, fue discípulo de san Isidoro, obispo, escritor y doctor de la Iglesia (c. a. 560-636). Insistió cerca de él para que diera término a las Etimologías, la conocida y la más famosa e importante obra de san Isidoro, donde se recoge el saber antiguo tomado indiscriminadamente de escritores tanto paganos como cristianos y que consta de veinte libros que fueron obligado libro de texto en las escuelas medievales, al tiempo que cauce de transmisión del saber antiguo. La división de toda la obra y sus títulos se deben a san Braulio.
Estuvo presente en los concilios V (636) y VI (638) de Toledo que fueron convocados para fortalecer la autoridad real y donde se resolvieron determinadas cuestiones de régimen eclesiástico y litúrgicas. En estos concilios se contribuyó a elaborar también el sistema de elección de los reyes por los obispos y magnates y llegó a ratificarse la imposibilidad de ser elegido rey alguien que no perteneciera a la nobleza goda.
Se le atribuyen también a san Braulio las Actas de los mártires de Zaragoza.
Llegó a escribir más de 44 cartas, gracias a las cuales pueden llegar a conocerse muchos aspectos de la España visigoda.
Ejerció el santo una notable influencia entre los reyes del tiempo intentando suavizar las leyes con espíritu cristiano y procurando potenciar la unidad del reino. Con Chindasvinto –rey que fue elegido por la nobleza al considerarlo fácilmente manipulable debido a su gran ancianidad–, cuando dicta leyes muy severas contra los magnates traidores que rompieran su juramento de lealtad al rey, llegando a decretar la deportación, la reducción a la esclavitud de sus familias y a la confiscación de sus bienes. De la misma manera, mostró también influjo decisivo cabe el rey Recesvinto, el que reprimió la rebelión del noble Troya, cuando ponía sitio a la ciudad de Zaragoza, el mismo año de la muerte de san Braulio.
La fiesta de este hombre que intervino fuertemente en la vida eclesiástica, política y social de su tiempo es el 26 de marzo ya que murió en este día del año 625.
  • Archimadrid.org

La luz del mundo


Según el pensamiento de la tradición religiosa de la época de Jesús, cuando una persona tenía alguna limitación física importante, se daba por supuesto que la causa era el pecado suyo o de sus padres. Por el contrario, el Señor, ante la limitación y el sufrimiento humano, no piensa en las culpas de quien padece la enfermedad, sino en que toda persona ha sido llamada por Dios a la vida y es una ocasión para que la misericordia, el amor y el poder de Dios se manifiesten. El propio gesto que realiza Jesús este domingo hace referencia a la creación del hombre. Él toma tierra y, con saliva, hace barro, para después untarlo en los ojos del ciego. También el hombre ha sido modelado con las manos de Dios, a quien le ha insuflado la vida. En definitiva, el pasaje que hoy tenemos ante nosotros quiere poner de manifiesto que cada acción concreta del Señor está cumpliendo una nueva creación; una obra que no se circunscribirá a la curación física, sino que propiciará por parte del ciego el reconocimiento hacia Cristo como Señor y como «luz del mundo», a través de un proceso que implica lo más profundo de la persona.
Un acontecimiento real
La narración de la escena es bastante realista y refleja el orden lógico de los acontecimientos. En primer lugar, encontramos un suceso real. El ciego «fue, se lavó y volvió con vista». El propio ciego, más adelante, afirmará: «Solo sé que yo era ciego y ahora veo». Simplemente se describe una realidad. La escena evangélica narra un hecho constatable. Prueba de ello es el siguiente paso del relato, que se resumiría en la sorpresa y la admiración ante el acontecimiento: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Verdaderamente, se ha producido algo inaudito. Las valoraciones sobre lo ocurrido solo podrán hacerse partiendo del mismo suceso. Esta observación no es insignificante, por obvia que parezca. A menudo se presenta la fe como un conjunto de creencias, sin un fundamento en la realidad. Ello es peligroso, puesto que da pie a considerar la fe como algo irracional. Y esta es, en cierta medida, la causa de que no falten corrientes de pensamiento que consideran ridículo que el hombre actual crea. El Evangelio de hoy nos hace caer en la cuenta de que la realidad de los sucesos no puede quedar nunca en segundo plano.
El paso hacia la fe
A partir del hecho real –el paso de la ceguera a poder ver– el ciego de nacimiento experimentará una evolución que le llevará al reconocimiento de Jesús como Señor. Con ello se nos manifiesta que la fe es habitualmente un proceso gradual: en primer lugar, se produce un encuentro con Jesús, a quien el ciego reconoce como una persona entre las demás; después lo considera un profeta; por último, sus ojos son capaces de abrirse totalmente y proclamarlo «Señor». Este es el instante en el que este hombre percibe en el hecho de ser curado el signo que le lleva a descubrir a Jesús como la fuente de su salvación. La frase «solo sé que yo era ciego y ahora veo» adquiere un nuevo sentido tras la confesión: «Creo, Señor». A partir de ahora verá no solo físicamente, sino también espiritualmente. Ahora bien, ver espiritualmente no significa que estemos ante un visionario, ya que su nueva forma de observar, la de la fe, tiene causa real. Gracias al hecho de encontrarse con quien le ha dado la vista, su razón ha sido capaz de ensancharse y su libertad de adherirse a quien ha cambiado su vida por completo. La libertad juega un papel fundamental. Muestra de ello es que ni los fariseos, ni los vecinos, ni siquiera los padres del ciego han sido capaces de reconocer a Jesucristo como el autor de la salvación de este hombre. Para ellos prevalece el prejuicio de que Jesús no podía ser el Mesías sobre la realidad misma de lo que ha sucedido.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid
Alfa y Omega

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (9,1.6-9.13-17.34-38): POR BENEDICTO XVI



“Queridos hermanos y hermanas:
El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. 

En el Evangelio de hoy, Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: «Creo, Señor». 

Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás; luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama «Señor». 

En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías. La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego los vence el miedo del juicio de los demás. 

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En Él, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. 

De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la luz del mundo» porque en Él «resplandece el conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. 

En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. 

En estos días que nos preparan para la Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, esa llama que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo”.
(Benedicto XVI, Ángelus del 3 de abril de 2011)

EVANGELIO DE HOY: CREO, SEÑOR



Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»

Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es él, pero se le parece.» Él respondía: «Soy yo.»

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»

Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos.

Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»

Él contestó: «Que es un profeta.»

Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»

Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»

Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante Él.

Palabra del Señor.

El Papa a los jóvenes en San Siro: “Prometan a Jesús, nunca bullying”



“Hay un fenómeno feo: el bullying. Cuando algunos se burlan de alguien, les gusta hacer pasar vergüenza o pegarles, Esto se llama bullying”. Lo planteó el papa Francisco a los miles de jóvenes reunidos pidiéndoles además: “Con el sacramento de la confirmación hagan la promesa de que no se permita nunca eso, ni en el colegio ni en la parroquia ni en ningún lado. Prométanme, nunca burlarse de un compañero. ¿Me lo prometen? Este ‘sí’ no me convence, (repiten sí) este sí de lo han dicho al Papa. ¿Y se lo prometen a Jesús nunca hacer bullying? (en coro repiten sí…)
Al responder a una mamá y catequista sobre la educación de los hijos, el Papa precisó que es necesario “una educación basada sobre el pensar, sentir y hacer, con el intelecto, con el corazón y con las manos, con la armonía de los tres idiomas”.
Para que de esta manera “los jóvenes puedan pensar lo que sienten y hacen, sientan lo que piensan y hacen, y hagan los que piensan y sienten”. Y subrayó que “dar nociones intelectuales sin corazón y sin las manos no sirve”, porque “la educación tiene que ser armónica. Nunca educar solamente con ideas o nociones, también el corazón y la actitud, porque tienen que crecer”.
Contó un caso que conoció de cerca, el de “un alumno que era muy bueno para jugar al fútbol y muy indisciplinado en clase. La norma fue que si seguía comportándose mal le quitaban el fútbol. Así al dejarlo dos meses sin jugar empeoró. Un día el entrenador habló con la directora, y propuso intentarlo él.
Así lo puso como capitán del equipo y ese chico que se sintió responsabilizado, mejoró notablemente. Algunos más por el deporte y otros más en el arte y menos en matemática, otros en la filosofía y no en el deporte. El maestro y educador debe saber mejorar las actitudes de sus alumnos. Porque sabiendo hacer bien una cosa es posible que mejore en las otras. Pero también tienen necesidad de divertirse y de dormir, dijo.

Homilía del Papa en Monza: “Dios continúa buscando corazones dispuestos a creer a pesar de las adversidades”


Hemos apenas escuchado el anuncio más importante de nuestra historia: la anunciación a María (Cfr. Lc 1,26-38). Un pasaje denso, lleno de vida, y que me gusta leer a la luz de otro anuncio: aquel del nacimiento de Juan Bautista (Cfr. Lc 1,5-20). Dos anuncios que se subsiguen y que están unidos; dos anuncios que, comparados entre ellos, nos muestran lo que Dios nos dona en su Hijo.
La anunciación de Juan Bautista sucede cuando Zacarías, sacerdote, listo para dar inicio a la acción litúrgica entra en el Santuario del Templo, mientras toda la asamblea está afuera en espera. La anunciación de Jesús, en cambio, sucede en un lugar perdido de Galilea, en una ciudad periférica y con una fama no particularmente buena (Cfr. Jn 1,46), en el anonimato de la casa de una joven llamada María.
Un contraste no de poca importancia, que nos señala que el nuevo Templo de Dios, el nuevo encuentro de Dios con su pueblo tendrá lugar en un sitio que normalmente no nos esperamos, en los márgenes, en las periferias. Ahí se darán cita, ahí se encontrarán; ahí Dios se hará carne para caminar junto a nosotros desde el seno de su Madre. No habrá más un lugar reservado a pocos mientras la mayoría permanece afuera en espera. Nada ni nadie será indiferente, ninguna situación será privada de su presencia: la alegría de la salvación tiene inicio en la vida cotidiana de la casa de una joven de Nazaret.
Dios mismo es Quien toma la iniciativa y escoge quedarse, como hizo con María, en nuestras casas, en nuestras luchas cotidianas, llenas de ansias y anhelos. Y es justamente dentro de nuestras ciudades, de nuestras escuelas y universidades, de las plazas y de los hospitales que se cumple el anuncio más bello que podemos escuchar: «Alégrate, el Señor está contigo». Una alegría que genera vida, que genera esperanza, que se hace carne en el modo en el cual vemos el mañana, en la actitud con la cual vemos a los demás. Una alegría que se hace solidaridad, hospitalidad, misericordia hacia los demás.
Al igual que María, también nosotros podemos ser invadidos por el desconcierto. ¿«Cómo sucederá esto» en tiempos llenos de especulación? Si se especula hoy sobre la vida, sobre el trabajo, sobre la familia. Se especula sobre los pobres y sobre los marginados; se especula sobre los jóvenes y sobre su futuro. Todo parece reducirse a cifras, dejando, de otro lado, que la vida cotidiana de tantas familias se manche de precariedad y de inseguridad. Mientras el dolor toca muchas puertas, mientras en tantos jóvenes crece la insatisfacción por falta de reales oportunidades, la especulación abunda por todas partes.
Ciertamente, el ritmo vertiginoso al cual estamos sometidos pareciera robarnos la esperanza y la alegría. Las presiones y las impotencias ante tantas situaciones parecieran vaciar el alma y hacernos insensibles ante numerosos desafíos. Y paradójicamente cuando todo se acelera para construir – en teoría – una sociedad mejor, al final no se tiene tiempo para nada y para nadie. Perdemos el tiempo para la familia, el tiempo para la comunidad, perdemos el tiempo para la amistad, para la solidaridad y para la memoria.
Nos hará bien preguntarnos: ¿Cómo es posible vivir la alegría del Evangelio hoy dentro de nuestras ciudades? ¿Es posible la esperanza cristiana en esta situación, aquí y ahora?
Estas dos preguntas tocan nuestra identidad, la vida de nuestras familias, de nuestros países y de nuestras ciudades. Tocan la vida de nuestros hijos, de nuestros jóvenes y exigen de nuestra parte un nuevo modo de situarnos en la historia. Si continúa a ser posible la alegría y la esperanza cristiana no podemos, no queremos permanecer delante a tantas situaciones dolorosas como meros espectadores que miran al cielo esperando que “deje de llover”. Todo lo que sucede exige de nosotros que miremos al presente con audacia, con la audacia de quien conoce la alegría de la salvación toma forma en la vida cotidiana de la casa de una joven de Nazaret.
Ante el desconcierto de María, ante nuestros desconciertos, tres son las claves que el Ángel nos ofrece para ayudarnos a aceptar la misión que nos es confiada.
El primer desafío: Evocar la Memoria
La primera cosa que el Ángel hace es evocar la memoria, abriendo así el presente de María a toda la historia de la salvación. Evoca la promesa hecha a David como fruto de la alianza con Jacob. María es la hija de la Alianza. También nosotros somos invitados a hacer memoria, a mirar nuestro pasado para no olvidar de dónde venimos. Para no olvidarnos de nuestros antepasados, de nuestros abuelos y de todo aquello que han pasado para llegar a donde estamos hoy. Esta tierra y su gente han conocido el dolor de dos guerras mundiales; y a veces han visto su meritada fama de laboriosidad y civilización contaminada de descontroladas ambiciones. La memoria nos ayuda a no permanecer prisioneros de discursos que siembran fracturas y divisiones como único modo de resolver los conflictos. Evocar la memoria es el mejor antidotito a nuestra disposición ante soluciones mágicas de la división y de la extrañez.
El segundo desafío: La pertenencia al Pueblo de Dios
La memoria permite a María de apoyarse en su pertenencia al Pueblo de Dios. ¡Nos hará bien recordar que somos miembros del Pueblo de Dios! Milaneses, sí, Ambrosianos, cierto, pero parte del gran Pueblo de Dios. Un pueblo formado de mil rostros, historia y proveniencias, un pueblo multicultural y multiétnico. Esta es una de nuestras riquezas. Es un pueblo llamado a hospedar las diferencias, a integrarlas con respeto y creatividad y a celebrar la novedad que proviene de los demás; es un pueblo que no tiene miedo de abrazar los confines, las fronteras; es un pueblo que no tiene miedo de acoger a quien se encuentra en la necesidad porque sabe que ahí está presente su Señor.
Y la tercera clave de desafío es la posibilidad de lo imposible
«Nada es imposible a Dios» (Lc 1,37): así termina la respuesta del Ángel a María. Cuando creemos que todo depende exclusivamente de nosotros permanecemos prisioneros de nuestras capacidades, de nuestras fuerzas, de nuestros miopes horizontes. Cuando en cambio, nos disponemos a dejarnos ayudar, a dejarnos aconsejar, cuando nos abrimos a la gracia, parece que lo imposible comienza a hacerse realidad. Lo saben bien estas tierras que, en el curso de su historia, han generado muchos carismas, muchos misioneros, mucha riqueza para la vida de la Iglesia. Tantos rostros que, superando el pesimismo estéril y divisor, se han abierto a la iniciativa de Dios y se han convertido en signo de cuanto fecunda puede ser una tierra que no se deja cerrar en sus propias ideas, en sus propios límites y en sus propias capacidades y se sabe abrir a los demás.
Como ayer, Dios continúa buscando aliados, continúa buscando hombres y mujeres capaces de creer, capaces de hacer memoria, de sentirse parte de su pueblo para cooperar con la creatividad del Espíritu. Dios continúa recorriendo nuestros barrios y nuestras calles, se lanza en todo lugar en búsqueda de corazones capaces de escuchar su invitación y de hacerlo carne aquí y ahora. Parafraseando a San Ambrosio en su comentario a este pasaje podemos decir: Dios continúa buscando corazones como aquel de María, dispuestos a creer a pesar de las condiciones del todo extraordinarias (Cfr. Exp. del Evan. seg. Lucas II, 17: PL 15, 1559). El Señor acreciente en nosotros esta fe y esta esperanza.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)


sábado, 25 de marzo de 2017

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (1,26-38)




El 25 de marzo se celebra la solemnidad de la Anunciación de la Bienaventurada Virgen María. La Anunciación, narrada al inicio del evangelio de san Lucas, es un acontecimiento humilde, oculto —nadie lo vio, nadie lo conoció, salvo María—, pero al mismo tiempo decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen dijo su "sí" al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con Él comenzó la nueva era de la historia, que se sellaría después en la Pascua como "nueva y eterna alianza". 


En realidad, el "sí" de María es el reflejo perfecto del de Cristo mismo cuando entró en el mundo, como escribe la carta a los Hebreos interpretando el Salmo 39: "He aquí que vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— a hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10, 7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre, y así, gracias al encuentro de estos dos "sí", Dios pudo asumir un rostro de hombre. Por eso la Anunciación es también una fiesta cristológica, porque celebra un misterio central de Cristo: su Encarnación. 


"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". La respuesta de María al ángel se prolonga en la Iglesia, llamada a manifestar a Cristo en la historia, ofreciendo su disponibilidad para que Dios pueda seguir visitando a la humanidad con su misericordia. De este modo, el "sí" de Jesús y de María se renueva en el "sí" de los santos, especialmente de los mártires, que son asesinados a causa del Evangelio. Ayer, 24 de marzo, aniversario del asesinato de monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, se celebró la Jornada de oración y ayuno por los misioneros mártires: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos asesinados en el cumplimiento de su misión de evangelización y promoción humana. 



Los misioneros mártires... son "esperanza para el mundo", porque testimonian que el amor de Cristo es más fuerte que la violencia y el odio. No buscaron el martirio, pero estuvieron dispuestos a dar la vida para permanecer fieles al Evangelio. El martirio cristiano solamente se justifica como acto supremo de amor a Dios y a los hermanos. 



En este tiempo cuaresmal contemplamos con mayor frecuencia a la Virgen, que en el Calvario sella el "sí" pronunciado en Nazaret. Unida a Jesús, el Testigo del amor del Padre, María vivió el martirio del alma. Invoquemos con confianza su intercesión, para que la Iglesia, fiel a su misión, dé al mundo entero testimonio valiente del amor de Dios”. 
(Benedicto XVI, Ángelus del 25 de marzo de 2007)