jueves, 2 de febrero de 2017

La Iglesia siente «vergüenza» ante el invisible Aylan de Barbate


«La muerte de Aylan, el niño sirio, conmovió al mundo. El viernes aparece el cadáver de un niño migrante en una playa gaditana y nadie dice nada». Es el tuit que Gabriel Delgado, responsable de Migraciones del Obispado de Cádiz, lanzaba en la noche el sábado al domingo. Fuentes muy fiables le acababan de contar que el viernes 27 de enero la Guardia Civil había recogido el cuerpo sin vida de un menor subsahariano en una playa de Barbate. Nadie sabía nada. La Subdelegación del Gobierno no emitió ningún comunicado de prensa, aunque el subdelegado explicó que lo había comentado en un encuentro con periodistas locales el mismo viernes. Si Gabriel Delgado no hubiese escrito ese tuit y, por consiguiente, provocado la reacción de los medios de comunicación, probablemente el caso de este niño, bautizado por algunos periodistas, como el «Aylan de Barbate», no hubiese llegado nunca a la opinión pública.
El fallecimiento del menor, del que, al cierre de esta edición, se desconocía su identidad –aunque alguna ONG ha afirmado que se llama Samuel y procede del Congo–, ha provocado una oleada de reacciones políticas, además de civiles y religiosas. La comunidad cristiana de Tarifa, con sus sacerdotes al frente y la colaboración del Secretariado Diocesano de Migraciones, celebraron ayer una oración en las inmediaciones de la playa de la Mangueta en Zahora (Barbate) para pedir por el menor encontrado muerto, así como por todos los que pierden su vida en el Estrecho.
En el acto, se hizo presente el obispo de Cádiz, Rafael Zornoza, a través de un mensaje en el que pidió a la sociedad que despierte «de la anestesia egoísta de la comodidad y del individualismo que caracteriza hoy a las relaciones humanas para unir nuestras fuerzas en la oración y en la acción». «Digamos bien fuerte la palabra que expresa lo que vemos y sentimos: ¡Vergüenza!», añadió.
Zornoza recalcó que la presencia cristiana en esta realidad tan dura que viven los migrantes quiere ser «testimonio de nuestra fe y, por ello, de nuestra preocupación y solidaridad con ellos», pues «Dios nos enseña a abrazar y consolar a los afligidos y, en consecuencia, a desvivirnos por ellos y a buscar con esfuerzo el derecho y la justicia en la sociedad, siguiendo los criterios del evangelio».
F. Otero @franoterof
Alfa y Omega

El monasterio masculino donde crecen las vocaciones


Burgos es la diócesis española con más monasterios contemplativos masculinos. Uno de ellos, el de Nuestra Señora de Herrera, es quizás uno de los más desconocidos. Conocemos a los Montes Obarenes para conocer la vida de los monjes camaldulenses, que han aumentado en el último año
Viven en un paraje solitario, rodeados de montes y bosques, sin ninguna población alrededor. Por algo recibe este lugar el nombre de «yermo». Y sin embargo, no les falta nada, tienen todo lo que necesitan: a Dios y su trabajo diario, que a Él se lo dedican. Ellos son los monjes eremitas Camaldulenses que habitan en el monasterio de Nuestra Señora de Herrera, los únicos de esta congregación que se encuentran en España y cuyo emplazamiento se sitúa en los Montes Obarenses, en el municipio de Herrera, que pertenece a Miranda de Ebro.
Allí consagran su vida a Dios doce monjes, lo que supone un repunte respecto al año pasado, cuando eran diez. El padre Pablo, quien atiende a todo aquel que quiera ponerse en contacto con la comunidad, explica que son las doce pequeñas ermitas o celdas que habitan y que tienen apariencia de casitas, las que condicionan el número de hermanos que se acogen en este lugar. Actualmente están todas ocupadas y ya no hay más plazas.
Preguntado sobre el porqué de este aumento de vocaciones, el padre Pablo y sus compañeros no ven una explicación: «No lo sabemos, pensamos que es la Providencia de Dios, ya que no hacemos ningún tipo de propaganda vocacional. Pienso que es también por la inquietud y la necesidad en algunas personas que manifiestan un deseo de buscar a Dios, que les lleve a una vida más sencilla y también más definida, y aquí encuentran lo que buscan».
La mayoría de los hermanos son españoles, y proceden de lugares como Andalucía, Valencia, Murcia o Madrid, aunque también hay monjes de Corea, Portugal e Italia. Siguen la regla benedictina, de manera que la estructura de su jornada diaria es afín a la de otros monasterios benedictinos o cistercienses. Es el oficio divino –la oración litúrgica– el que determina la división del día, porque se entiende que esta debe sostener la vida de oración del monje. «Para nosotros la primacía fundamental es la idea de oración y materialmente se apoya en la oración litúrgica», explica el padre Pablo. La jornada comienza a las cuatro de la madrugada y la ocupan una serie de oraciones (Maitines, Tercia, la hora Nona, Vísperas, etc.), la santa misa… y también hay ocasión para el tiempo libre.
La distribución de este queda en manos de cada monje, pero sigue siendo tiempo dedicado a la búsqueda de Dios y se ofrece a la lectura, a la oración o a algún trabajo físico que suponga un descanso, como pueden ser trabajos manuales, de huerta (tratan de producir sus propios alimentos para subsistir, sin fines comerciales), en el jardín… «Pero siempre se da primacía a la oración, porque tampoco nos sobra mucho tiempo, aunque pueda parecer que sí. El fundador de la congregación dice que el monje debe tener siempre más cosas para hacer que tiempo disponible, ya que entiende que la ociosidad es algo muy negativo en la vida contemplativa. Así que aunque tenemos momentos libres, uno no se plantea qué hacer durante ese tiempo, que se suele dedicar a la búsqueda espiritual mediante la lectura y la oración».
Retiros espirituales
El monasterio cuenta con hospedería y en ocasiones hay laicos que se acercan a vivir unos días de retiro y oración (la congregación pide a los huéspedes que su estancia sea con un objetivo claramente espiritual). «La hospitalidad es otra característica de la Regla de san Benito, pero en nuestro caso hay dos obstáculos: la primera, es que por las normas de clausura de nuestra congregación, en el interior del monasterio pasan solamente los hombres, y eso ya es un límite grande. Y pasa también que el monasterio es frío y nos calentamos con estufas de leña, y a esto no está todo el mundo acostumbrado. Así que cuando recibimos peticiones para venir en los meses de invierno, el mismo superior advierte de estas circunstancias para que se sepa que no va resultar muy cómoda la estancia».
Una vida en plenitud
Desde luego no es una vida cómoda y la exigencia espiritual y física es alta, pero esto se sostiene gracias a la vocación, que aunque no evita momentos duros, sí aporta la luz que hace falta para vivir de esta manera. Así lo explica el padre Pablo: «Está claro que físicamente, si lo comparamos con otras formas de vivir, es una vida dura porque se pasa mucho tiempo a la intemperie, ya que estamos en lo alto del monte, a 500 metros, y con unos meses de invierno rigurosos, pero para nosotros es una cuestión vocacional. Cuando se encuentra el sitio donde se entiende que Dios lo quiere y cuando se vive la vida en plenitud, uno lo hace con gusto. Se asume porque cualquier forma de vida tiene humanamente su parte exigente». Pero no es la parte física la más severa: «Lo más difícil para nosotros es quizás lo que es prioritario, porque el objetivo de nuestra vida es la unión con Dios a través de la oración continua, y llevarla a cabo es lo más bonito y deseable, pero también lo más difícil, porque hay distracciones, hace falta esfuerzo, humildad, continuidad… pero es por lo que se trabaja con más motivación también. A nivel físico hay muchas incomodidades, pero todo eso se queda claramente en un segunda plano».
Archidiócesis de Burgos
Alfa y Omega

Mis ojos han visto a tu Salvador


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 2, 22-32
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
-«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».
Palabra del Señor.

El Papa en la catequesis: “Mantengamos la esperanza de que resucitaremos con Cristo”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En las anteriores catequesis hemos iniciado nuestro recorrido sobre el tema de la esperanza releyendo en esta perspectiva algunas páginas del Antiguo Testamento. Ahora queremos pasar a poner en evidencia la extraordinaria importancia que esta virtud asume en el Nuevo Testamento, cuando encuentra la novedad representada por Jesús y por el evento pascual: la esperanza cristiana. Nosotros cristianos, somos mujeres y hombres de esperanza.
Es esto lo que emerge de modo claro desde el primer texto que ha sido escrito, es decir, desde la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses. En el pasaje que hemos escuchado, se puede percibir toda la frescura y la belleza del primer anuncio cristiano. La comunidad de Tesalónica era una comunidad joven, fundada de hace poco; no obstante las dificultades y las diversas pruebas, está enraizada en la fe y celebra con entusiasmo y con alegría la resurrección del Señor Jesús. El Apóstol entonces se alegra de corazón con todos, porque cuantos renacen en la Pascua se convierten de verdad en «hijos de la luz, hijos del día» – así los llama él – (5,5), en virtud de la plena comunión con Cristo.
Cuando Pablo les escribe, la comunidad de Tesalónica ha sido apenas fundada, y sólo pocos años la separan de la Pascua de Cristo; pocos años después, ¡eh! Por esto, el Apóstol trata de hacer comprender todos los efectos y las consecuencias que éste evento único y decisivo, es decir, la resurrección del Señor, comporta para la historia y para la vida de cada uno. En particular, la dificultad de la comunidad no era tanto reconocer la resurrección de Jesús, todos lo creían, sino de creer en la resurrección de los muertos. Si, Jesús ha resucitado, pero los muertos tenían un poco de dificultad.
En este sentido, esta carta se presenta más actual que nunca. Cada vez que nos encontramos ante nuestra muerte, o a aquella de una persona querida, sentimos que nuestra fe es puesta a la prueba. Surgen todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad, y nos preguntamos: “¿De verdad existirá la vida después de la muerte? ¿Podré todavía ver y abrazar a las personas que he amado?”. Esta pregunta me la ha hecho una señora hace pocos días en una audiencia. Me dijo: ¿Encontraré a mis seres queridos? Una incógnita… También nosotros, en el contexto actual, tenemos necesidad de regresar a las raíces y a los fundamentos de nuestra fe, para que así tomemos conciencia de lo que Dios ha obrado por nosotros en Cristo Jesús y que cosa significa nuestra muerte. Todos tenemos un poco de miedo; la muerte, por esta incertidumbre, ¿no? Aquí viene la palabra de Pablo. Me viene a la memoria un viejito, un anciano, bueno, que decía: “Yo no tengo miedo a la muerte. Tengo un poco de miedo verla venir”. Y tenía miedo de esto.
Pablo, ante los temores y las perplejidades de la comunidad, invita a tener firme sobre la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos más difíciles de nuestra vida, “la esperanza de la salvación”. Es un yelmo. Es esta la esperanza cristiana. Cuando se habla de esperanza, podemos ser llevados a comprenderla según el significado común del término, es decir, en relación a algo bello que deseamos, pero que puede realizarse o tal vez no. Esperemos que suceda, pero… esperemos, como un deseo, ¿no? Se dice por ejemplo: “¡Espero que mañana haga buen clima!”; pero sabemos que al día siguiente en cambio puede hacer un mal clima… La esperanza cristiana no es así. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido realizada; está la puerta ahí, y yo espero llegar a la puerta. ¿Qué cosa debo hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro que llegaré a la puerta. Así es la esperanza cristiana: tener la certeza que yo estoy en camino hacia algo que es y no lo que yo quiero que sea. Esta es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es espera de una cosa que ya ha sido realizada y que ciertamente se realizará para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y aquella de nuestros queridos difuntos, pues, no es una cosa que puede suceder o tal vez no, sino es una realidad cierta, en cuanto está fundada en el evento de la resurrección de Cristo. Esperar pues significa aprender vivir en la espera. Aprender a vivir en la espera y encontrar la vida. Cuando una mujer se da cuenta de estar embarazada, cada día aprende a vivir en la espera de ver la mirada de ese niño que llegará… También nosotros debemos vivir y aprender de estas actitudes humanas y vivir en la espera de mirar al Señor, de encontrar al Señor. Esto no es fácil, pero se aprende: a vivir en la espera. Esperar significa e implica un corazón humilde, pobre. Solo un pobre sabe esperar. Quien está lleno de sí y de sus bienes, no sabe poner la confianza en ningún otro sino en sí mismo.
Escribe aún Pablo: «Él que murió por nosotros, a fin de que, velando o durmiendo, vivamos unidos a Él» (1 Tes 5,10). Estas palabras son siempre motivo de grande consolación y de paz. Asimismo por las personas amadas que nos han dejado estamos pues llamados a orar para que vivan en Cristo y estén en plena comunión con nosotros. Una cosa que a mí me toca el corazón es una expresión de San Pablo, siempre dirigida a los Tesalonicenses. A mí me llena de seguridad en la esperanza. Dice así: «Y así permaneceremos con el Señor para siempre» (1 Tes 4,17). ¡Qué bello! Todo pasa. Pero, después de la muerte, por siempre estaremos con el Señor. Es la certeza total de la esperanza, la misma que, mucho tiempo antes, hacia exclamar a Job: «Yo sé que mi Redentor vive […]. Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos» (Job 19,25.27). Y así por siempre estaremos con el Señor. ¿Ustedes creen esto? Les pregunto: ¿Creen esto? Más o menos, ¡eh! Pero para tener un poco de fuerza los invito a decirlo tres veces conmigo: “Y así por siempre estaremos con el Señor”. Todos juntos: “Y así por siempre estaremos con el Señor”, “Y así por siempre estaremos con el Señor”, “Y así por siempre estaremos con el Señor”. Y allá, con el Señor, nos encontraremos. Gracias.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

miércoles, 1 de febrero de 2017

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (6,1-6) POR SAN JUAN PABLO II:


 

“Para ofrecer motivos de credibilidad, Jesús apela a sus obras: a todo lo que ha llevado a cabo en presencia de los discípulos y de toda la gente. Se trata de obras santas y muchas veces milagrosa
s, realizadas como signos de su verdad. Por esto merece que se tenga fe en Él. 

(...) Esta fe es ... la condición indispensable que exige el mismo Jesús a los que quieren convertirse en sus discípulos o beneficiarse de su poder divino.

A este respecto, es significativo lo que Jesús dice al padre del niño epiléptico, poseído desde la infancia por un “espíritu mudo” que se desenfrenaba en él de modo impresionante. El pobre padre suplica a Jesús: “Si algo puedes, ayúdanos por compasión hacia nosotros. Díjole Jesús: ¡Si puedes! Todo es posible al que cree. Al instante, gritando, dijo el padre del niño: ¡Creo! Ayuda a mi incredulidad” (Mc 9, 22-23). 

Y Jesús cura y libera a ese desventurado. Sin embargo, pide al padre del muchacho una apertura del alma a la fe. Es lo que le han dado a lo largo de los siglos tantas criaturas humildes y afligidas que, como el padre del epiléptico, se han dirigido a Él para pedirle ayuda en las necesidades temporales, y sobre todo en las espirituales.

Pero allí donde los hombres, cualquiera que sea su condición social y cultural, oponen una resistencia derivada del orgullo e incredulidad, Jesús castiga esta actitud suya no admitiéndolos a los beneficios concedidos por su poder divino. 

Es significativo e impresionante lo que se lee de los nazarenos, entre los que Jesús se encontraba porque había vuelto después del comienzo de su ministerio, y de haber realizado los primeros milagros. Ellos no sólo se admiraban de su doctrina y de sus obras, sino que además “se escandalizaban de Él”, o sea, hablaban de Él y lo trataban con desconfianza y hostilidad, como persona no grata. 

“Jesús les decía: ningún profeta es tenido en poco sino en su patria y entre sus parientes y en su familia. Y no pudo hacer allí ningún milagro fuera de que a algunos pocos dolientes les impuso las manos y los curó. Él se admiraba de su incredulidad” (Mc 6, 4-6). 

Los milagros son “signos” del poder divino de Jesús. Cuando hay obstinada cerrazón al reconocimiento de ese poder, el milagro pierde su razón de ser. Por lo demás, también Él responde a los discípulos, que después de la curación del epiléptico preguntan a Jesús por qué ellos, que también habían recibido el poder del mismo Jesús, no consiguieron expulsar al demonio. 

Él respondió: “Por vuestra poca fe: porque en verdad os digo, que si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: Vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible” (Mt 17, 19-20). Es un lenguaje figurado e hiperbólico, con el que Jesús quiere inculcar a sus discípulos la necesidad y la fuerza de la fe.
(...) 
Juan ofrece una primera conclusión de su Evangelio: “Muchas otras señales hizo Jesús en su presencia de los discípulos, que no están escritas en este libro para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su Nombre” (Jn 20, 30-31).

Así pues, todo lo que Jesús hacía y enseñaba, todo lo que los Apóstoles predicaron y testificaron, y los Evangelistas escribieron, todo lo que la Iglesia conserva y repite de su enseñanza, debe servir a la fe, para que, creyendo, se alcance la salvación. 

La salvación -y por lo tanto la vida eterna- está ligada a la misión mesiánica de Jesucristo, de la cual deriva toda la “lógica” y la “economía” de la fe cristiana. Lo proclama el mismo Juan desde el prólogo de su Evangelio: “A cuantos lo recibieron (al Verbo) dióles poder de venir a ser hijos de Dios: “A aquellos que creen en su Nombre” (Jn 1, 12).
(De la catequesis de San Juan Pablo II el 21-10-1987)

JESÚS SE EXTRAÑA DE LA FALTA DE FE ENTRE LOS SUYOS




Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,1-6):

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: 

«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»

Y esto les resultaba escandaloso.

Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.»

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor

Papa: Los mártires de hoy son la fuerza de la Iglesia


 La mayor fuerza de la Iglesia hoy está en las pequeñas Iglesias perseguidas. Es cuanto afirmó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Francisco centró su reflexión en los mártires. En efecto, afirmó hoy son más que los de los primeros siglos del cristianismo. Y explicó que los medios de comunicación no lo dicen, porque no es noticia. De ahí su invitación a hacer memoria de cuantos sufren el martirio.
Sí, porque como dijo el Pontífice “sin memoria no hay esperanza”. Y lo recordó comentando la Carta a los Hebreos que presenta la liturgia del día y que exhorta, precisamente, a remitirse a la memoria de toda la historia del pueblo del Señor. De hecho, el capítulo 11, se refiere, ante todo, a una “memoria de docilidad”, que – como afirmó el Papa – comienza con Abraham quien, obediente, salió de su tierra sin conocer su meta. Además, en este capítulo también se habla de otras dos memorias: la de las grandes hazañas del Señor, cumplidas por Gedeón, Sansón, David y tantos otros que han hecho grandes proezas en la historia de Israel”.
Para los medios de comunicación los mártires no son noticia
Y después hay un tercer grupo del que hacer memoria, la “memoria de los mártires”: “Aquellos que han sufrido y dado su vida como Jesús”. El Santo Padre recordó que la Iglesia es, en efecto, este pueblo de Dios, “pecador pero dócil”, “que hace grandes cosas y que también da testimonio de Cristo hasta el martirio”:
“Los mártires son aquellos que llevan adelante la Iglesia, son aquellos que sostienen a la Iglesia, que la han sostenido y la sostienen hoy. Y hoy hay más que en los primeros siglos. Los medios de comunicación no lo dicen porque no hace noticia, pero tantos cristianos en el mundo hoy son bienaventurados porque son perseguidos, insultados, encarcelados. ¡Hay tantos en las cárceles, sólo por llevar una cruz o por confesar a Jesucristo! Ésta es la gloria de la Iglesia y nuestro apoyo y también nuestra humillación: nosotros que tenemos todo, todo parece fácil para nosotros y si nos falta algo nos quejamos… ¡Pero pensemos en estos hermanos y hermanas que hoy, en número mayor al de los primeros siglos, sufren el martirio!”.
Francisco recordó que no puede olvidar “el testimonio de aquel sacerdote y aquella monja en la Catedral de Tirana: años y años de cárcel, trabajos forzados y humillaciones”, para los cuales no existían los derechos humanos.
La mayor fuerza de la Iglesia
Y añadió que hoy, la mayor fuerza de la Iglesia está en “las pequeñas Iglesias perseguidas”:
“Y nosotros, también es verdad y justo, estamos satisfechos cuando veamos un acto eclesial grande, que ha tenido gran éxito, los cristianos que se manifiestan… ¡Y esto es bello! ¿Esta es fuerza? Sí, es fuerza. Pero la mayor fuerza de la Iglesia hoy está en las pequeñas Iglesias, pequeñas, con poca gente, perseguidas, con sus obispos en la cárcel. Ésta es nuestra gloria hoy, ésta es nuestra gloria y nuestra fuerza hoy”.
La sangre de los mártires es semilla de cristianos
Hacia el final de su homilía el Obispo de Roma afirmó que una Iglesia sin mártires es “una Iglesia sin Jesús”. Por lo que invitó a rezar “por nuestros mártires que sufren tanto”, “por aquellas Iglesias que no tienen libertad de expresión”, porque “ellas son nuestra esperanza”. En los primeros siglos de la Iglesia – recordó el Santo Padre – un antiguo escritor decía: “La sangre de los cristianos, la sangre de los mártires, es semilla de cristianos”.
“Ellos con su martirio, con su testimonio, con su sufrimiento, incluso dando la vida, ofreciendo la vida, siembran cristianos para el futuro y en las demás Iglesias. Ofrezcamos esta Misa por nuestros mártires, por aquellos que ahora sufren, por las Iglesias que sufren, que no tienen libertad. Y demos gracias al Señor por estar presente, con la fortaleza de su Espíritu, en estos hermanos y hermanas nuestros que hoy dan testimonio de Él”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)





Papa: Jesús no masifica a la gente, mira a cada uno

Si con perseverancia tenemos nuestra mirada dirigida hacia Jesús, descubriremos con estupor que es Él quien nos mira con amor a cada uno de nosotros. Es uno de los conceptos que expresó el Santo Padre Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, en el día en que la Iglesia recuerda la memoria litúrgica de San Juan Bosco.  
Jesús no busca la popularidad, aunque está siempre en medio de la gente
El autor de la Carta a los Hebreos, propuesta por la liturgia, exhorta a correr en la fe “con perseverancia, teniendo fija la mirada en Jesús”. Y, según el Evangelio, es precisamente Jesús quien nos mira. El Papa Bergoglio reafirmó que él está cerca de nosotros y que está “siempre en medio de la muchedumbre”. Escuchemos:
“No está con los guardias que lo escoltan a fin de que la gente no lo toque. ¡No, no! Se ha quedado allí, y la gente lo estrecha. Y cada vez que Jesús salía, la muchedumbre aumentaba. Los especialistas de estadísticas quizá habrían podido publicar: ‘Baja la popularidad del Rabí Jesús’… Pero Él buscaba otra cosa: buscaba a la gente. Y la gente lo buscaba a Él: la gente tenía los ojos fijos sobre Él y Él tenía los ojos fijos sobre la gente. ‘Sí, sí, sobre la gente, sobre la multitud’. ‘¡No, sobre cada uno!’. Y ésta es la peculiaridad de la mirada de Jesús. Jesús no masifica a la gente: Jesús mira a cada uno”.
Jesús mira las cosas grandes y las cosas pequeñas
El Evangelio de San Marcos relata dos milagros: Jesús que cura a una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años y que, en medio de la muchedumbre, logra tocar el manto del Señor. Y dice que Él se da cuenta de haber sido tocado. Y después, la resurrección de la hija de Jairo – uno de los jefes de la sinagoga – que tenía doce años. Él se da cuenta de que la muchacha tiene hambre y le dice a sus padres que le den de comer:
“La mirada de Jesús va a lo grande y a lo pequeño. Así mira Jesús: nos ve a todos, pero mira a cada uno de nosotros. Ve nuestros grandes problemas, nuestras grandes alegrías, y ve también nuestras cosas pequeñas. Porque está cerca. Jesús no se asusta de las grandes cosas, pero también tiene en cuenta las pequeñas. Así nos mira Jesús”.
El estupor del encuentro con Jesús
Si corremos “con perseverancia, teniendo fija la mirada en Jesús” – dijo el Papa Francisco hacia el final de su homilía – nos sucederá lo que le sucedió a la gente después de la resurrección de la hija de Jairo, que fue acogida “con gran estupor”:
“Yo voy, miro a Jesús, camino delante, fijo la mirada en Jesús y ¿qué encuentro? ¡Que Él tiene fija la mirada sobre mí! Y esto me provoca gran estupor. Es el estupor del encuentro con Jesús. ¡Pero no tengamos miedo! No tengamos miedo, como aquella anciana que no tuvo miedo de ir a tocar el borde del manto. ¡No tengamos miedo! Corramos por este camino, siempre con la mirada fija en Jesús. Y tendremos esta bella sorpresa: nos henchirá de estupor. El mismo Jesús tiene fija su mirada sobre mí”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

martes, 31 de enero de 2017

San Juan Bosco – 31 de enero

«El fundador de los salesianos fue un sembrador de alegría. Derrochó generosidad entre la infancia y juventud abandonada a la que proporcionó toda clase de recursos. Con una pedagogía excepcional condujo a muchos a la conversión»


Este gran maestro de santos que hoy ofrece ZENIT nació en I Becchi, Castelnuovo d’Asti, Italia, el 16 de agosto de 1815.. Un sentimiento alentó su santa vida: «¡Señor, dame almas!… Almas, almas, sobre todo de niños y de jóvenes, para llevarlas a Ti». Muy pequeño orientó toda su capacidad creativa organizando juegos con otros niños, que interrumpía al repique de campanas para conducirlos a la iglesia; entonces comenzaba a hacerse manifiesto su innegable carisma con este colectivo. A los 9 años vio en sueños los rasgos inequívocos del abandono. Una infancia duramente castigada por la distancia afectiva convertía la pradera en escenario de hiriente conducta: robos, blasfemias y otras fechorías, ante las cuales el santo reaccionaba con violencia, golpeando a los muchachos. En el mismo estado de vigilia se sintió amonestado y exhortado a ponerse en medio de ellos; se le daba a entender que debía mostrarles la fealdad del pecado y la belleza de la virtud: «No con golpes, sino con la mansedumbre y con la caridad deberás ganarte a estos tus amigos.. Yo te daré la Maestra bajo cuya disciplina llegarás a ser sabio; y sin la cual, toda sabiduría se convierte en necedad». A su vez, en una aparición, María, que sería esa Maestra anunciada, le mostró una manada de animales extraños y feroces, que pronto se trocaron en mansos corderillos. «¡Mira lo que te espera!», dijo la Virgen, añadiendo: «Hazte humilde, fuerte, bueno, y verás lo que vas a hacer». Juan se echó a llorar, y Ella le aseguró que un día lo comprendería todo. Así fue. En su momento entendió el significado de la visión a través de la cual se le encomendó la recuperación de niños y jóvenes maleantes. María siempre sería para él la «Auxiliadora de los cristianos».
Se había quedado huérfano de padre cuando tenía 2 años, y su madre hizo lo posible para que pudiera estudiar, algo que consiguió en medio de no pocas privaciones y sacrificios. Eran tan pobres que tuvo que mendigar para costear su formación. Almas caritativas le dieron ora la chaqueta, ora el abrigo, y hasta los zapatos. Él aunaba inteligencia y esfuerzo que, junto a su piedad, pronto hicieron maravillas. Cursados los primeros estudios en Chieri, prosiguió realizándolos en el seminario mayor de Turín. Por entonces sus dotes teatrales ya eran conocidas. Los niños quedaban fascinados y estupefactos ante las acrobacias y números de magia que realizaba ante ellos. Eran algunas de sus tácticas para mantenerlos alejados del mal. Con la misma fórmula en Turín se rodeó de chavales que vagaban sin rumbo y se atrajo su amistad sin esfuerzo.
Fue ordenado sacerdote en 1841. Tuvo como guía a san José Cafasso, que corroboró la vocación a la que se sentía llamado: «Prosigue tu trabajo con los chicos abandonados. Eso y no otra cosa es lo que Dios quiere de ti». Y le aconsejó: «Camina y observa a tu alrededor». Su entorno le devolvía estampas desoladoras, miseria asomada en las pupilas de la infancia y la juventud de las zonas marginales que bien conocía. «Hasta el último aliento por los jóvenes», se dijo. Con ellos, en particular los pobres y abandonados, compartía rezos, juegos, y los invitaba a comer de vez en cuando. Contaba para todo con la inestimable ayuda de su madre Margarita Occhiena, que ejerció gran influencia sobre él, y junto a ella hizo frente a las críticas y habladurías. En diciembre de 1841 un muchacho fue acogido por el santo y tras él llegaron otros. Pronto el cobertizo Pinardi se llenó de jóvenes que fueron la semilla del Oratorio de San Francisco de Sales. Cuando en una ocasión una bienhechora le dio a elegir entre el grupo de niños y jóvenes ruidosos, faltos de educación y buenos modales, que no habían recibido cariño, y destinar el lugar que tenía para las muchachas, Juan no los abandonó, sino que se los llevó consigo.
Pudo perder la vida a causa de una pulmonía, pero se recuperó y siguió luchando por los chicos. Logró rescatarlos de las influencias ajenas y de los peligros que les acechaban lejos del hogar que había creado para ellos. La clave de todo era el amor que sembraba a su alrededor: «Con la bondad y el amor trato de ganar para el Señor a estos mis amigos». Un amor derrochado de forma personalizada, de un modo que cada uno podía pensar que era único para él. Su creatividad, que parecía no tener fronteras, dio lugar a talleres diversos donde, al tiempo que los mantenía a cobijo, les proporcionaba formación.
El «método preventivo» consistente en la práctica de la caridad, con el sentido paulino, fue dando sus frutos, materializándose en una sólida educación cristiana y humana. La continuidad de esta obra se produjo a través de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales (los Salesianos) y de las Hijas de María Auxiliadora (las Salesianas), fundadas con santa María Dominica Mazzarello. La pedagogía salesiana, conocida y estimada por doquier, incluye los recursos que le proporcionó su fundador: escuelas tipográficas, revistas y editoriales, entre otras. De la pluma del santo surgieron libros didácticos encaminados siempre a poner de manifiesto los más altos ideales. Las obras que emprendió tuvieron como finalidad enseñar que el amor y la confianza en los jóvenes disuelve todos los males.
Uno de sus alumnos, el mejor, fue santo Domingo Savio, elevado a los altares a los 15 años. Éste, antes de morir, glosó el espíritu que les había inculcado su fundador, afirmando: «Nosotros aquí hacemos consistir la santidad en mucha alegría». En un momento en el que todos sus colaboradores, menos uno, abandonaron a Don Bosco, él pensó formar a Domingo para que le acompañase en su delicada misión. Entre sus muchas acciones también mandó erigir varias iglesias. Al final de su vida pudo decir con toda propiedad: «… Lo que he hecho, lo he hecho por el Señor… Se habría podido hacer más… Pero lo harán mis hijos… Nuestra Congregación es conducida por Dios y protegida por María Auxiliadora». Murió en Valdocco el 31 de enero de 1888. Fue beatificado por Pío XI el 2 de junio de 1929, y este mismo pontífice lo canonizó el 1 de abril de 1934.
ZENIT

Comedor Ave María: 25 años de pan y cariño



Abrir la puerta de tu casa y de tu corazón para dar pan y cariño a aquellas personas necesitadas que llaman cada día llena de satisfacción y alegría, y ayuda a comprender que «servir es la mejor manera de amar». Esto es lo que hemos hecho estos últimos 25 años en el comedor Ave María. Mañana tras mañana hombres y mujeres han encontrado no solo un desayuno caliente y un bocadillo, sino también un poco de calor humano. Gracias a la colaboración de los voluntarios hemos servido 2.100.124 desayunos.
María Teresa nos cuenta lo que han supuesto para ella el servicio a los necesitados durante estos años: «Para mí el comedor ha sido un gran regalo de Dios a nivel de fe, pero también humana y socialmente. Me ha dado la posibilidad de reencontrarme con Dios a través del hombre; sobre todo he entendido cómo Dios ama al hombre, cómo sigue paso a paso nuestra trayectoria y cómo con su amor misericordioso nos invita a levantarnos con confianza. A nivel humano me ha dado la posibilidad de conocer al hombre y acercarme a él, a su ser más profundo, a no quedarme solo en lo exterior. He podido descubrir que detrás de cada rostro hay una persona que sufre, que busca comprensión y sobre todo ser amado. Un rostro detrás del cual está el mismo Cristo. Y mirándolos a ellos he aprendido a no juzgar nunca si no es desde el amor. A nivel social, me ha hecho entender cómo no puedo pasar de largo ante una realidad como la que se esta viviendo hoy de marginación y de desamor.
El comedor es motivo de agradecimiento a Dios porque he descubierto que ir a servir el desayuno no es motivo de vanagloria. Sentarme a la mesa con ellos y tender la mano me ha ayudado a comprender que ser discípulo de Jesús es “estar siempre en camino”, como María, que sale “a toda prisa” al encuentro de aquellos que necesitan un poco de pan y de calor humano.
Amigos, nuestro mundo necesita menos palabras y más obras. Que entre todos sigamos haciendo posible que el Ave María sea una puerta de amor abierta a la esperanza y a la justicia».
Paulino Alonso
Responsable del comedor Ave María. Madrid
Alfa y Omga

La historia y Dios


«La concepción cristiana de Dios hace necesaria también su presencia en la historia, en la general y en la particular, en la de los pueblos y en la de los individuos. Ello ha encontrado respuesta en la idea de providencia, la cual ha tenido que hacerse compatible con la libertad humana»
El cristianismo, religión que desdeña el mito y lo proclama abolido para dar cuenta de lo sagrado, es una fe que ha asumido la condición de relato histórico y ha experimentado desde muy pronto la necesidad de realizar en la historia el Reino de Dios que es su esperanza y su promesa. Esto es hasta tal punto así que, como escribió James Hitchcock, «el mayor reto a la credibilidad de la fe no procede de las ciencias físicas, sino de las disciplinas históricas, capaces de desacreditar al cristianismo precisamente por ser una fe basada en unos hechos históricos».
La concepción cristiana de Dios hace necesaria también su presencia en la historia, en la general y en la particular, en la de los pueblos y en la de los individuos. Ello ha encontrado respuesta en la idea de providencia, la cual ha tenido que hacerse compatible con la libertad humana. La historia, pues, tendría un sentido, pero si lo tiene es porque los cristianos sabemos que Dios quiso revelarse a través de la historia y que su providencia actúa en ella.
La esencia de la visión cristiana de la historia es preguntarse por la finalidad y no solo por los procesos. Todavía Hegel pudo construir una historia del cumplimiento finalista de un sentido porque aún se basaba en la luz del cristianismo como religión verdadera. Sin embargo, la historiografía actual, al prescindir mayoritariamente de ese e incluso de cualquier otro principio unificador, pese a resultar tan convincente en sus explicaciones de hechos y estructuras, adolece de la carencia de un orden racional que la haga inteligible. Esa ausencia de finalidad nos conduce al sinsentido, mas posee la ventaja de eludir arduos problemas que han fecundado, pero también perturbado el pensamiento histórico. Y es que, aceptada una finalidad en la historia y entendida la providencia divina como el modo en que se avanza hacia ese fin, la cuestión gira hacia la actuación concreta de Dios en un determinado hecho histórico. Una gran tentación cristiana ha sido deducir, a partir de una creencia general en la divina pro videncia, sus manifestaciones específicas en la historia. Si esta dependiera de un sentido evidente que la totaliza y termina, ocurriría entonces que esa misma historia se haría inane en cada uno de sus capítulos. Pero esos son precisamente los que interesan al historiador.
Por otra parte, los sistemas inmanentisºtas, de los que el marxismo ha sido el más ambicioso e influyente, no han resuelto la necesidad racional de encontrar una idea organizadora del devenir. La desilusión ante su fracaso se expresa en el convencimiento actual de que resulta vano buscar una atalaya teórica desde la que contemplar la entera historia. Eso estaría bien si, al precio de esa renuncia, obtuviéramos el sentido que, de una forma u otra, nuestra cultura ha anhelado siempre encontrar. Puesto que ese sentido no puede deducirse sin más de los puros acontecimientos, es evidente que la abstención actual tiene que ver no con el desinterés, sino con el vértigo de preguntarse por el significado último de la historia. Así, muchos historiadores que no dudan de la acción de Dios en las vidas humanas, entendidas individualmente, prefieren no plantearse esa acción en la historia. Pero si Dios es providente con cada hombre, ha de serlo con la humanidad en su conjunto. La dificultad para admitirlo quizá no proceda tanto de nuestra fe o piedad persona- les cuanto de nuestro concepto de historia, el cual podría tener el efecto de velarnos la acción de Dios sobre ella.
Son dos las cuestiones principales: primera, el sentido del tiempo; segunda, la selección de los hechos que consideramos históricos. Sobre la primera, de enorme complejidad, baste decir ahora que el eterno presente de Dios no tiene por qué acomodarse en su acción al tiempo limitado del hombre, de cada hombre y generación. Ahora bien, es preciso confesar que, aun cuando intentemos contemplar los hechos históricos bajo un prisma más acorde con ese tiempo de Dios, muchos de ellos siguen pareciendo contrarios al designio divino sobre la humanidad, cuando no carentes de todo sentido.
En cuanto al segundo problema, cabe pensar que, si para Dios no hay ningún hombre despreciable, para Él no habría tampoco ningún acontecimiento superfluo o irrelevante. Pero eso no es así para nosotros, y por ello la historia se configura, según la conocida definición de Jacob Burckhardt, como «el registro de los hechos que una edad encuentra notables en otra». Quizá por ello, la frustración nos aguarda cuando esperamos captar el sentido de la historia y escrutar la intención divina sobre un conjunto en el fondo pequeño y sesgado de acontecimientos «notables». Es forzoso suponer que innumerables momentos en los que Dios actúa no son preservados por la historia.
Esas dos cuestiones laten en un viejo y pertinaz tercer problema: ¿cómo vincular a un Dios de bondad y justicia con hechos en los que tan a menudo contemplamos el triunfo de la maldad y el pecado? Pero, en realidad, solo es una determinada idea de progreso la que nos impide aceptar que el sufrimiento y el mal tengan un papel constructivo en la historia. Frente al progreso de matriz iluminista, que no puede asumir la realidad del mal y del dolor sino como absurdo irracional que lo frena o impide, la historia más bien sería, según la imagen creada por Isaiah Berlin a partir de la concepción de Herder, como una sinfonía, cada uno de cuyos movimientos tiene significado por sí mismo. Así, cada parte o momento de la historia la contiene entera de algún modo, no como peldaños de una escalera cuyo sentido solo conoceremos al final. Cada sufrimiento, fracaso o logro tienen un valor absoluto fuera de la secuencia.
No habría tanto un progreso cuanto una maduración de la humanidad en la que pesan todos y cada uno de los destinos humanos. En esa figura no hay sucesos que impulsan la marcha y otros que la retardan o la contrarían. Porque todo, tanto lo bueno como lo malo, contribuye a ese proceso de maduración de los hombres y de la humanidad. Y así, sufrimiento y dolor encuentran su sitio, como todo lo que acontece, la lluvia, el sol, la noche y el viento, conforma misteriosamente al fruto en el árbol.
Rafael Sánchez Saus
Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Cádiz
Fue rector de la USP-CEU
Alfa y Omega

El diplomático vaticano que intentó parar el genocidio armenio


Un libro recopila documentos del Archivo Secreto Vaticano que demuestran los esfuerzos de la Santa Sede por detener la matanza de 1915
Aunque sea el estado más pequeño del mundo, la Santa Sede cuenta con una poderosa maquinaria al servicio de la paz, heredera de grandes figuras históricas como la de Angelo Maria Dolci, delegado diplomático en la Constantinopla del genocidio armenio. «Fue un diplomático honesto, una persona extraordinaria. Si tuviera que definirlo usaría la cita evangélica en la que Jesús recomienda a sus discípulos ser “astutos como serpientes y sencillos como palomas”». Quien lo describe así es Valentina Karakhanian, investigadora en el Archivo Secreto Vaticano, que ha rastreado los esfuerzos de este diplomático para salvar a los armenios del llamado Gran Mal. Es la coautora de La Santa Sede y el extermino de los armenios en el Imperio otomano, y aunque mucho se ha escrito sobre el genocidio armenio, su libro es una de las pocas obras que sacan a la luz, mediante documentos escritos, los esfuerzos del Vaticano –del Papa Benedicto XV–, por detener la carnicería contra los armenios y después asirios, melquitas, maronitas, caldeos… y, en definitiva, cualquier pueblo cristiano que habitara en el Imperio Otomano a partir de 1915. «La particularidad de nuestro libro es que hablan los documentos», señala Karakhanian. La propia autora es también una víctima colateral del exterminio. Sus bisabuelos se libraron de una muerte segura porque pudieron huir a tiempo a Georgia junto a otras 29 familias gracias a un sacerdote. En el país vecino dieron lugar a 17 pueblos de armenios católicos. Valentina nació allí, en la diáspora. «Jamás habría escrito este libro si creyera que solo va a servir para aumentar la biblioteca», explica. Espera que el volumen pueda mostrar, sobre todo a los armenios, que la Santa Sede se movilizó para detener la tragedia. Quiere además que una figura como la de Dolci no pase desapercibida y pueda ser reconocido como «una persona justa que no escatimó esfuerzos».
Sacerdotes y religiosas, los informantes
El futuro cardenal Dolci asumió casi como propio el destino de los cristianos de Anatolia. Tres días después de la fecha que se considera el comienzo del genocidio, el 24 de abril, Angelo Maria Dolci escribe su primer informe en el que expresa sus temores de que «la autoridad turca ordene una masacre general de los armenios». En dos meses llegaron hasta la Secretaría de Estado Vaticana 20 informes que recogían datos sobre el dramático devenir de los acontecimientos. No obstante, Dolci era meticuloso recopilando y procesando la información, consciente de que la Santa Sede tenía que caminar con pies de plomo en un territorio que era más hostil que favorable a su presencia. «Ha sido muy interesante ver los despachos de otras embajadas que informan de la versión oficial. Por esto es tan extraordinario el papel de monseñor Dolci, porque él no distorsiona nada. El Vaticano recibe noticias de primera mano porque tenía informantes en todas las ciudades que eran los sacerdotes y religiosas», aclara la investigadora.
El diplomático es claro en sus despachos y expone asesinatos masivos y torturas. Habla de madres que incluso venden a sus hijos para salvarlos. A su vez, las cartas que le llegan relatan asesinatos, deportaciones masivas y una violencia que no solo se ceba contra los armenios. Dolci escribe: «Parece que la persecución del Gobierno contra los cristianos no se limita a los armenios, sino que se extiende a las demás comunidades sin distinguir entre católicos y no católicos». En Siria, el delegado apostólico coincide: «En muchos lugares del interior, no queda ni un cristiano». La propia Custodia de Tierra Santa envía un largo dosier a Dolci sobre las deportaciones al desierto de miles de armenios, sobre todo a las inmediaciones de Deir-El-Zor. Allí, recuerda Valentina, el Daesh destruyó las iglesias y los osarios que contenían los restos de estos cristianos asesinados durante el genocidio. 100 años después, el exterminio se repite sin cambiar de víctimas.
«Dolci no hacía esto porque se lo pidiera el Vaticano sino porque, en primer lugar, era un buen religioso y un buen hombre», explica la autora. Por su mediación, Benedicto XV escribió hasta tres cartas al sultán que el diplomático se empeñó en llevarle en persona. El 15 de enero de 1916 el Papa obtiene la respuesta: «Las noticias que han llegado a la Santa Sede sobre la suerte de los armenios de nuestro país no se ajustan a la realidad de los hechos». Aunque sin reconocer la masacre, cada carta del Papa hacía que el imperio atenuara la persecución. Era en ese impás cuando Dolci aprovechaba para maniobrar. El delegado apostólico movilizó a la diplomacia vaticana en la intrincada Europa de la I Guerra Mundial. Eugenio Pacelli, entonces nuncio en Múnich, coopera estrechamente con Dolci para prestar ayuda a través de Alemania, Austria y Hungría. A él le escribe un franciscano en 1917 sobre la suerte de 200 familias de Ankara: «Se oponen al cambio de nombre. No quieren saber nada de la apostasía al cristianismo que pide el Gobierno».
El odio que aplastó la diplomacia

Dolci es como la gota que horada la roca y persiste en la denuncia y el salvamento. Jugó como nadie en el tablero de la diplomacia. Así ganó una importante mano al salvar a 60 cristianos de Alepo de una condena a muerte acusados de robar unos dátiles. Dolci escribe al ministro de la guerra turco haciéndole notar que esa ejecución daría muy mala prensa al imperio. Si bien asegura a sus interlocutores que la condena es justa, también les recuerda que una amnistía mostraría la magnanimidad del imperio y agradaría al Papa. Semanas después el diplomático escribe a Benedicto XV con el anuncio del perdón a los 60 de Alepo.
Incluso Dolci –inspirado en el episodio en el monte Musa Dagh cuando un barco francés evacuó a miles de armenios atrincherados contra los turcos–, quiso enviar barcos a Siria y Líbano con bandera vaticana para socorrer a los cristianos. Una idea que parece que bloqueó Inglaterra. Pero el genocidio era imparable y el odio aplastó cualquier negociado diplomático.
Benedicto XV solicitó en el reparto territorial de París que, al menos, se considerase una Armenia independiente fuera de la URSS o de la influencia turca, una intercesión que incluso agradeció al Pontífice la propia Iglesia apostólica armenia. Benedicto XV también se lo pidió al presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, en calidad de «presidente de la mayor democracia del mundo». La Armenia libre duró poco. En 1920 fue subsumida a la URSS. La carta de Benedicto XV al mandatario estadounidense terminaba con el llamamiento a una paz justa. El Papa que advirtió de la «masacre inútil» en los albores de la I Guerra Mundial acertó por desgracia en su advertencia: «La paz no podrá durar si se imponen condiciones que dejarán profundas raíces de rencor y proyectos de venganza. Las historias del pasado son las dueñas del futuro». Un futuro que llegó en forma de guerra mundial pocos años después acompañada por otro gran genocidio.
El Papa de la paz murió en 1922. El cardenal Dolci en 1939. Eugenio Pacelli fue proclamado Papa ese mismo año con el nombre de Pío XII. Los esfuerzos diplomáticos de los tres salvaron a muchos, quizá nunca se contabilizaron, quizá nadie buscó sus nombres, pero como dice Valentina Karakhanian, «la grandeza de un diplomático es que no le podrás atribuir algo concreto pero es indudable que sin su intervención nada hubiera sido posible».
Alfa y Omega

Contigo hablo, niña, levántate


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al mar.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacia doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con sólo tocarle el manto curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente y preguntaba:
«¿Quién me ha tocado el manto?».
Los discípulos le contestaron:
«Ves como te apretuja la gente y preguntas: "¿Quién me ha tocado? "».
Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.
Él le dice:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encontra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:
«¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
-«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
Palabra del Señor.