martes, 1 de noviembre de 2016

1 de noviembre: Todos los Santos


Para cada persona humana, al ser libre, hay un momento decisivo: el de rendir cuentas. La razón pide un cumplimiento de la justicia postulado por las diversas opciones que cada persona va tomando a lo largo, ancho y alto de su existencia; a veces son acertadas porque coinciden con las exigencias del propio modo de ser; otras elecciones son aberrantes y malintencionadas, trastornan el orden de las personas, destrozan la convivencia y causan el mal. Por eso, la recta razón pide premio para los que usan bien la libertad y castigo para quien obra el mal. La enseñanza de Jesucristo confirma esta intuición del hombre al hablar de aquel rey que ajustará las contabilidades de sus vasallos.
Y es que no se puede servir a dos señores. Aterra pensar que no tener el traje de fiesta para el banquete de bodas, ir medio vestido con una indumentaria impropia del momento, presentarse con los capisayos hechos jirones o con la ropa destrozada supone ser arrojado fuera donde rechinan los dientes.
Hay que remontarse a las catacumbas para entender el sentido cristiano de la fiesta de Todos los Santos; es preciso ir a los inicios. Originariamente existió entre los cristianos un culto a los mártires; muchos de los primeros murieron así –Inés, Cecilia, Lucía, Sebastián, Lorenzo– y tuvieron una celebración anual determinada. La firme convicción de su poder celeste cuando interceden, la necesidad de su ejemplaridad como estímulo para vivir en cristiano y de su tercería en el tremendo juicio, lleva a desear poner los enterramientos cerca de sus sepulcros.
En el siglo IV aparece la liturgia colectiva a «todos los mártires» en Oriente; pasa a Occidente y cobra auge en Roma por el apoyo de los papas, de modo especial con Bonifacio IV que trasladó veinticuatro carretas de huesos de mártires al Panteón del paganismo –construido en honor de Júpiter, y donde entronizaron a Marte y a Venus–, dando a aquella edificación un sentido nuevo.
Y alrededor del culto martirial va abriéndose camino el anhelo de festejar a «todos los santos»: anacoretas, viudas, vírgenes, confesores y doctores. Con la herejía iconoclasta se produce la ocasión al condenar Gregorio III, en el 731, a «todos los que, despreciando el uso fiel de la Iglesia, retiren, destruyan o profanen las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, de su gloriosa Madre María, siempre Virgen inmaculada, de los apóstoles y de los santos»; luego, el papa Gregorio IV fijó la fiesta para el 1 de noviembre a instancias de Leudovico Pío y de los obispos de las Galias. Apoyan el culto las visiones del Apocalipsis con la descripción de muchedumbres vestidas de blanco y con palmas en las manos adorantes, dando bendición y gloria, en continua alabanza a Dios y al Cordero, a una con los ángeles.
Allí, en el Cielo, están los catalogados en los martirologios y todos los que mueren en paz; también los anónimos sin aureola en un número desconocido; todos los que vivieron como justos mientras estuvieron aquí, participando de los mismos gozos y alegrías de sus contemporáneos; son los que el mismo Pablo llama ya aquí santos; compartieron las mismas penas y tristezas, mezclando los sinsabores con los fogonazos de esperanza, en tono cristiano aprendido del Evangelio.
Unos vivieron virtudes heroicas dando testimonio ejemplar de fidelidad a Jesucristo y otros le fueron fieles en la vida ordinaria y normal con no menos heroicidad; porque a unos y a otros les movió el mismo denominador: el amor a Dios. Lo mismo imitó a Jesucristo el que dio su vida en el martirio cruel –arrebato de amor– que la madre santa que diariamente repite la sublimación de su vida por amor a Dios, dándose en entrega a los suyos, sin salir de los afanes domésticos. De ese modo se testimonia que es posible la santidad en la sencilla santidad asequible desde la casa y la calle, que es lo mismo que decir desde cualquier ámbito profesional y ciudadano.
Descubre y celebra la fiesta de hoy que todas las situaciones humanas honestas o dignas pueden ser iluminadas por el Evangelio y llevar al cristiano a la santidad; teniendo en circunstancias distintas la misma fortaleza de los mártires, el mismo afán misionero de Javier, la pasión por la Cruz de Pedro de Alcántara y la mismísima paciencia del santo Job. Se enlazan con la santidad todas las variantes y nimiedades de la vida sumergiéndolas en Dios: la casa, el campo, el taller, el laboratorio, la fábrica y los libros; también la deben conseguir los profesionales de la policía o de la docencia.
Son tantos los santos que faltan días del calendario para mostrarlos: «una gran muchedumbre que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus y lenguas». Unos fueron –Pedro, Pablo, Agustín, Jerónimo, Francisco, Domingo, Tomás, Ignacio, Teresa, Catalina– humanamente ilustres y, por ello, conocidos en su entorno humano y recordados en la posteridad; otros son anónimos como aquel niño enfermo, esa madre entregada, el empleado paciente y el empresario honrado; también consiguieron el Cielo el novio limpio y la enfermera valiente que perdió su trabajo por no querer someterse a la imposición del hospital que le mandaba colaborar en el aborto criminal. Estos solo llevaron aquella existencia gris que a nadie llamó la atención, nada esplendorosa; fueron unos más de esa multitud de gente buena de todos los tiempos que es vulgar.
No lo creímos demasiado cuando nos dijeron en su entierro que «murió como un santo», pero, ya ves, era verdad. Allí está. Supo ser fiel y, a escala humana, había decidido ser otro Cristo.
Archimadrid.org

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
«Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Palabra del Señor.

El Papa en Malmö: “Cristianos unidos seamos protagonistas de la revolución de la ternura”

Queridos hermanos y hermanas:
Doy gracias a Dios por esta conmemoración conjunta de los 500 años de la Reforma, que estamos viviendo con espíritu renovado y siendo conscientes que la unidad entre los cristianos es una prioridad, porque reconocemos que entre nosotros es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. El camino emprendido para lograrla es ya un gran don que Dios nos regala, y gracias a su ayuda estamos hoy aquí reunidos, luteranos y católicos, en espíritu de comunión, para dirigir nuestra mirada al único Señor, Jesucristo.
El diálogo entre nosotros ha permitido profundizar la comprensión recíproca, generar mutua confianza y confirmar el deseo de caminar hacia la comunión plena. Uno de los frutos que ha generado este diálogo es la colaboración entre distintas organizaciones de la Federación Luterana Mundial y de la Iglesia Católica. Gracias a este nuevo clima de entendimiento, hoy Caritas Internationalis y Lutheran World Federation World Service firmarán una declaración común de acuerdos, con el fin de desarrollar y consolidar una cultura de colaboración para la promoción de la dignidad humana y de la justicia social. Saludo cordialmente a los miembros de ambas organizaciones que, en un mundo fragmentado por guerras y conflictos, han sido y son un ejemplo luminoso de entrega y servicio al prójimo. Los exhorto a seguir adelante por el camino de la cooperación.
He escuchado con atención los testimonios, de cómo en medio de tantos desafíos entregan la vida día a día para construir un mundo que responda cada vez más a los designios de Dios. Pranita se ha referido a la creación. Es cierto que toda la creación es una manifestación del inmenso amor de Dios para con nosotros; por eso, también por medio de los dones de la naturaleza nosotros podemos contemplar a Dios. Comparto tu consternación por los abusos que dañan nuestro planeta, nuestra casa común, y que generan graves consecuencias también sobre el clima. Como bien has recordado, los mayores impactos recaen a menudo sobre las personas más vulnerables y con menos recursos, y son forzadas a emigrar para salvarse de los efectos de los cambios climáticos. Todos somos responsables de la preservación de la creación, y de modo particular nosotros los cristianos. Nuestro estilo de vida, nuestros comportamientos deben ser coherentes con nuestra fe. Estamos llamados a cultivar una armonía con nosotros mismos y con los demás, pero también con Dios y con la obra de sus manos. Pranita, te animo a seguir adelante en tu compromiso en favor de nuestra casa común.
Mons. Héctor Fabio nos ha informado del trabajo conjunto que católicos y luteranos realizan en Colombia. Es una buena noticia saber que los cristianos se unen para dar vida a procesos comunitarios y sociales de interés común. Les pido una oración especial por esa tierra maravillosa para que, con la colaboración de todos, se pueda llegar finalmente a la paz, tan deseada y necesaria para una digna convivencia humana. Que sea una oración que abrace también a todos los países en los que sigue habiendo graves situaciones de conflicto.
Marguerite ha llamado nuestra atención sobre el trabajo en favor de los niños víctimas de tantas atrocidades y el compromiso con la paz. Es algo admirable y, a su vez, un llamado a tomar en serio innumerables situaciones de vulnerabilidad que sufren tantas personas indefensas, aquellas que no tienen voz. Lo que tú consideras como una misión, ha sido una semilla que ha generado abundantes frutos, y hoy, gracias a esta semilla, miles de niños pueden estudiar, crecer y recuperar la salud. Te doy las gracias por el hecho de que ahora, incluso en el exilio, sigues comunicando un mensaje de paz. Has dicho que todos los que te conocen piensan que lo que haces es una locura. Por supuesto, es la locura del amor a Dios y al prójimo. Ojalá que se pudiera propagar esta locura, iluminada por la fe y la confianza en la Providencia. Sigue adelante y que esa voz de esperanza que escuchaste al inicio de tu aventura continúe animando tu corazón y el corazón de muchos jóvenes.
Rose, la más joven, ha manifestado un testimonio realmente conmovedor. Ha sabido sacar provecho al talento que Dios le ha dado a través del deporte. En lugar de malgastar sus fuerzas en situaciones adversas, las ha empleado en una vida fecunda. Mientras escuchaba tu historia, me venía a la mente la vida de tantos jóvenes que necesitan de testimonios como el tuyo. Me gustaría recordar que todos pueden descubrir esa condición maravillosa de ser hijos de Dios y el privilegio de ser queridos y amados por él. Rose, te agradezco de corazón tus esfuerzos y tus desvelos por animar a otras niñas a regresar a la escuela y, también, el que rece todos los días por la paz en el joven estado de Sudán del Sur, que tanto la necesita.
Después de escuchar estos testimonios valientes, y que nos hacen pensar en nuestra propia vida y en el modo cómo respondo a las situaciones de necesitad que están a nuestro lado, quiero agradecer a todos los gobiernos que asisten a los refugiados, a los desplazados y a los que solicitan asilo, porque todas las acciones en favor de estas personas que tienen necesidad de protección representan un gran gesto de solidaridad y de reconocimiento de su dignidad. Para nosotros cristianos, es una prioridad salir al encuentro de los desechados y marginados de nuestro mundo, y hacer palpable la ternura y el amor misericordioso de Dios, que no descarta a nadie, sino que a todos acoge.
Dentro de poco escucharemos el testimonio del Obispo Antoine, que vive en Alepo, ciudad extenuada por la guerra, donde se desprecia y se pisotean incluso los derechos más fundamentales. Las noticias nos refieren cotidianamente el inefable sufrimiento causado por el conflicto sirio, que dura ya más de cinco años. En medio de tanta devastación, es verdaderamente heroico que permanezcan allí hombres y mujeres para prestar asistencia material y espiritual a quien tiene necesidad. Es admirable también que tú, querido hermano, sigas trabajando en medio de tantos peligros para contarnos la dramática situación de los sirios. Cada uno de ellos está en nuestros corazones y en nuestra oración. Imploremos la gracia de la conversión de los corazones de quienes tienen la responsabilidad de los destinos de aquella región.
Queridos hermanos y hermanas, no nos dejemos abatir por las adversidades. Que estas historias nos motiven y nos den nuevo impulso para trabajar cada vez más unidos. Cuando volvamos a nuestras casas, llevemos el compromiso de realizar cada día un gesto de paz y de reconciliación, para ser testigos valientes y fieles de esperanza cristiana.
(from Vatican Radio)

Declaración conjunta con ocasión de la Conmemoración Católico –Luterana de la Reforma

«Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,4).
Con corazones agradecidos
Con esta Declaración Conjunta, expresamos gratitud gozosa a Dios por este momento de oración en común en la Catedral de Lund, cuando comenzamos el año en el que se conmemora el quinientos aniversario de la Reforma. Los cincuenta años de constante y fructuoso diálogo ecuménico entre Católicos y Luteranos nos ha ayudado a superar muchas diferencias, y ha hecho más profunda nuestra mutua comprensión y confianza. Al mismo tiempo, nos hemos acercado más unos a otros a través del servicio al prójimo, a menudo en circunstancias de sufrimiento y persecución. A través del diálogo y el testimonio compartido, ya no somos extraños. Más bien, hemos aprendido que lo que nos une es más de lo que nos divide.
Pasar del conflicto a la comunión
Aunque estamos agradecidos profundamente por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma, también reconocemos y lamentamos ante Cristo que Luteranos y Católicos hayamos dañado la unidad vivible de la Iglesia. Las diferencias teológicas estuvieron acompañadas por el prejuicio y por los conflictos, y la religión fue instrumentalizada con fines políticos. Nuestra fe común en Jesucristo y nuestro bautismo nos pide una conversión permanente, para que dejemos atrás los desacuerdos históricos y los conflictos que obstruyen el ministerio de la reconciliación. Aunque el pasado no puede ser cambiado, lo que se recuerda y cómo se recuerda, puede ser trasformado. Rezamos por la curación de nuestras heridas y de la memoria, que nublan nuestra visión recíproca. Rechazamos de manera enérgica todo odio y violencia, pasada y presente, especialmente la cometida en nombre de la religión. Hoy, escuchamos el mandamiento de Dios de dejar de lado cualquier conflicto. Reconocemos que somos liberados por gracia para caminar hacia la comunión, a la que Dios nos llama constantemente.
Nuestro compromiso para un testimonio común
A medida que avanzamos en esos episodios de la historia que nos pesan, nos comprometemos a testimoniar juntos la gracia misericordiosa de Dios, hecha visible en Cristo crucificado y resucitado. Conscientes de que el modo en que nos relacionamos unos con otros da forma a nuestro testimonio del Evangelio, nos comprometemos a seguir creciendo en la comunión fundada en el Bautismo, mientras intentamos quitar los obstáculos restantes que nos impiden alcanzar la plena unidad. Cristo desea que seamos uno, para que el mundo crea (cf. Jn 17,21).
Muchos miembros de nuestras comunidades anhelan recibir la Eucaristía en una mesa, como expresión concreta de la unidad plena. Sentimos el dolor de los que comparten su vida entera, pero no pueden compartir la presencia redentora de Dios en la mesa de la Eucaristía. Reconocemos nuestra conjunta responsabilidad pastoral para responder al hambre y sed espiritual de nuestro pueblo con el fin de ser uno en Cristo. Anhelamos que sea sanada esta herida en el Cuerpo de Cristo. Este es el propósito de nuestros esfuerzos ecuménicos, que deseamos que progresen, también con la renovación de nuestro compromiso en el diálogo teológico.
Pedimos a Dios que Católicos y Luteranos sean capaces de testimoniar juntos el Evangelio de Jesucristo, invitando a la humanidad a escuchar y recibir la buena noticia de la acción redentora de Dios. Pedimos a Dios inspiración, impulso y fortaleza para que podamos seguir juntos en el servicio, defendiendo los derechos humanos y la dignidad, especialmente la de los pobres, trabajando por la justicia y rechazando toda forma de violencia. Dios nos convoca para estar cerca de todos los que anhelan dignidad, justicia, paz y reconciliación. Hoy, en particular, elevamos nuestras voces para que termine la violencia y el radicalismo, que afecta a muchos países y comunidades, y a innumerables hermanos y hermanas en Cristo. Nosotros, Luteranos y Católicos, instamos a trabajar conjuntamente para acoger al extranjero, para socorrer las necesidades de los que son forzados a huir a causa de la guerra y la persecución, y para defender los derechos de los refugiados y de los que buscan asilo.
Hoy más que nunca, comprendemos que nuestro servicio conjunto en este mundo debe extenderse a la creación de Dios, que sufre explotación y los efectos de la codicia insaciable. Reconocemos el derecho de las generaciones futuras a gozar de lo creado por Dios con todo su potencial y belleza. Rogamos por un cambio de corazón y mente que conduzca a una actitud amorosa y responsable en el cuidado de la creación.
Uno en Cristo
En esta ocasión propicia, manifestamos nuestra gratitud a nuestros hermanos y hermanas, representantes de las diferentes Comunidades y Asociaciones Cristianas Mundiales, que están presentes y quienes se unen a nosotros en oración. Al comprometernos de nuevo a pasar del conflicto a la comunión, lo hacemos como parte del único Cuerpo de Cristo, en el que estamos incorporados por el Bautismo. Invitamos a nuestros interlocutores ecuménicos para que nos recuerden nuestros compromisos y para animarnos. Les pedimos que sigan rezando por nosotros, que caminen con nosotros, que nos sostengan viviendo los compromisos de oración que manifestamos hoy.
Exhortación a los Católicos y Luteranos del mundo entero
Exhortamos a todas las comunidades y parroquias Luteranas y Católicas a que sean valientes, creativas, alegres y que tengan esperanza en su compromiso para continuar el gran itinerario que tenemos ante nosotros. En vez de los conflictos del pasado, el don de Dios de la unidad entre nosotros guiará la cooperación y hará más profunda nuestra solidaridad.  Nosotros, Católicos y Luteranos, acercándonos en la fe a Cristo, rezando juntos, escuchándonos unos a otros, y viviendo el amor de Cristo en nuestras relaciones, nos abrimos al poder de Dios Trino. Fundados en Cristo y dando testimonio de él, renovamos nuestra determinación para ser fieles heraldos del amor infinito de Dios para toda la humanidad.
(RC-RV)

La experiencia espiritual de Lutero nos interpela y recuerda que no podemos hacer nada sin Dios, el Papa en Catedral Luterana de Lund

«Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn 15,4). Estas palabras, pronunciadas por Jesús en el contexto de la Última Cena, nos permiten asomarnos al corazón de Cristo poco antes de su entrega definitiva en la cruz. Podemos sentir sus latidos de amor por nosotros y su deseo de unidad para todos los que creen en él. Nos dice que él es la vid verdadera y nosotros los sarmientos; y que, como él está unido al Padre, así nosotros debemos estar unidos a él, si queremos dar fruto.
En este encuentro de oración, aquí en Lund, queremos manifestar nuestro deseo común de permanecer unidos a él para tener vida. Le pedimos: «Señor, ayúdanos con tu gracia a estar más unidos a ti para dar juntos un testimonio más eficaz de fe, esperanza y caridad». Es también un momento para dar gracias a Dios por el esfuerzo de tantos hermanos nuestros, de diferentes comunidades eclesiales, que no se resignaron a la división, sino que mantuvieron viva la esperanza de la reconciliación entre todos los que creen en el único Señor.
Católicos y luteranos hemos empezado a caminar juntos por el camino de la reconciliación. Ahora, en el contexto de la conmemoración común de la Reforma de 1517, tenemos una nueva oportunidad para acoger un camino común, que ha ido conformándose durante los últimos 50 años en el diálogo ecuménico entre la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica. No podemos resignarnos a la división y al distanciamiento que la separación ha producido entre nosotros. Tenemos la oportunidad de reparar un momento crucial de nuestra historia, superando controversias y malentendidos que a menudo han impedido que nos comprendiéramos unos a otros.
Jesús nos dice que el Padre es el dueño de la vid (cf. v. 1), que la cuida y la poda para que dé más fruto (cf. v. 2). El Padre se preocupa constantemente de nuestra relación con Jesús, para ver si estamos verdaderamente unidos a él (cf. v. 4). Nos mira, y su mirada de amor nos anima a purificar nuestro pasado y a trabajar en el presente para hacer realidad ese futuro de unidad que tanto anhela.
También nosotros debemos mirar con amor y honestidad a nuestro pasado y reconocer el error y pedir perdón: solamente Dios es el juez. Se tiene que reconocer con la misma honestidad y amor que nuestra división se alejaba de la intuición originaria del pueblo de Dios, que anhela naturalmente estar unido, y ha sido perpetuada históricamente por hombres de poder de este mundo más que por la voluntad del pueblo fiel, que siempre y en todo lugar necesita estar guiado con seguridad y ternura por su Buen Pastor. Sin embargo, había una voluntad sincera por ambas partes de profesar y defender la verdadera fe, pero también somos conscientes que nos hemos encerrado en nosotros mismos por temor o prejuicios a la fe que los demás profesan con un acento y un lenguaje diferente. El Papa Juan Pablo II decía: «No podemos dejarnos guiar por el deseo de erigirnos en jueces de la historia, sino únicamente por el de comprender mejor los acontecimientos y llegar a ser portadores de la verdad» (Mensaje al cardenal Johannes Willebrands, Presidente del Secretariado para la Unidad de los cristianos, 31 octubre 1983). Dios es el dueño de la viña, que con amor inmenso la cuida y protege; dejémonos conmover por la mirada de Dios; lo único que desea es que permanezcamos como sarmientos vivos unidos a su Hijo Jesús. Con esta nueva mirada al pasado no pretendemos realizar una inviable corrección de lo que pasó, sino «contar esa historia de manera diferente» (COMISIÓN LUTERANO-CATÓLICO ROMANA SOBRE LA UNIDAD, Del conflicto a la comunión, 17 junio 2013, 16).
Jesús nos recuerda: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Él es quien nos sostiene y nos anima a buscar los modos para que la unidad sea una realidad cada vez más evidente. Sin duda la separación ha sido una fuente inmensa de sufrimientos e incomprensiones; pero también nos ha llevado a caer sinceramente en la cuenta de que sin él no podemos hacer nada, dándonos la posibilidad de entender mejor algunos aspectos de nuestra fe. Con gratitud reconocemos que la Reforma ha contribuido a dar mayor centralidad a la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia. A través de la escucha común de la Palabra de Dios en las Escrituras, el diálogo entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, del que celebramos el 50 aniversario, ha dado pasos importantes. Pidamos al Señor que su Palabra nos mantenga unidos, porque ella es fuente de alimento y vida; sin su inspiración no podemos hacer nada.
La experiencia espiritual de Martín Lutero nos interpela y nos recuerda que no podemos hacer nada sin Dios. «¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?». Esta es la pregunta que perseguía constantemente a Lutero. En efecto, la cuestión de la justa relación con Dios es la cuestión decisiva de la vida. Como se sabe, Lutero encontró a ese Dios misericordioso en la Buena Nueva de Jesucristo encarnado, muerto y resucitado. Con el concepto de «sólo por la gracia divina», se nos recuerda que Dios tiene siempre la iniciativa y que precede cualquier respuesta humana, al mismo tiempo que busca suscitar esa respuesta. La doctrina de la justificación, por tanto, expresa la esencia de la existencia humana delante de Dios.
Jesús intercede por nosotros como mediador ante el Padre, y le pide por la unidad de sus discípulos «para que el mundo crea» (Jn 17,21). Esto es lo que nos conforta, y nos mueve a unirnos a Jesús para pedirlo con insistencia: «Danos el don de la unidad para que el mundo crea en el poder de tu misericordia». Este es el testimonio que el mundo está esperando de nosotros. Los cristianos seremos testimonio creíble de la misericordia en la medida en que el perdón, la renovación y reconciliación sean una experiencia cotidiana entre nosotros. Juntos podemos anunciar y manifestar de manera concreta y con alegría la misericordia de Dios, defendiendo y sirviendo la dignidad de cada persona. Sin este servicio al mundo y en el mundo, la fe cristiana es incompleta.
Luteranos y católicos rezamos juntos en esta Catedral y somos conscientes de que sin Dios no podemos hacer nada; pedimos su auxilio para que seamos miembros vivos unidos a él, siempre necesitados de su gracia para poder llevar juntos su Palabra al mundo, que está necesitado de su ternura y su misericordia.
(from Vatican Radio)

lunes, 31 de octubre de 2016

El Papa Francisco ya vuela hacia Suecia para conmemorar la Reforma luterana


El Airbus A321-4000 de Alitalia acaba de partir del aeropuerto Leonardo Da Vinci de Roma. ¿Destino? Malmoe, en Suecia, donde el Papa Francisco llegará alrededor de las once de la mañana. En el horizonte, apenas treinta horas, en las que pronunciará cuatro discursos, todos ellos en castellano, y firmará un documento que se prevé histórico con los luteranos, además de alguna que otra sorpresa, que nadie descarta, y que podría suponer el rumbo definitivo hacia el fin del segundo gran cisma en la historia de la Iglesia.
Pocos minutos después de las ocho de la mañana, Bergoglio subía la escalerilla del avión, acompañado por su sempiterno maletín negro. El sábado, como viene siendo habitual, acudió a Santa María la Mayor para rezar por el éxito de un viaje que ha levantado ampollas y expectativas.
Es la primera vez que un Papa conmemora la Reforma iniciada, hace hoy 499 años, por Martín Lutero. Y hoy, más que nunca, son muchos los que sueñan con la unidad, que no es lo mismo (como ya dejó claro el Vaticano II) que una "vuelta a Roma".
Apenas dos horas y media de vuelo, 1530 kilómetros, durante los cuales el Papa saludará a los periodistas. Aunque no se trata de una visita oficial ni un viaje pastoral en el estricto sentido de la palabra, Francisco será recibido a las once de la mañana por el primer ministro sueco, Stefan Löfven, y se reunirá en privado con él y por la tarde encontrará a la familia real sueca, en el palacio de Kungshuset en Lund. No habrá discursos "políticos".
Posteriormente, en la catedral luterana de Lund se celebrará una oración ecuménica y después el papa viajará a Malmoe, a unos 25 kilómetros, en autobús junto con el resto de representantes luteranos.
Después en el Palacio de Deportes, el Malmö-Arena, Bergoglio asistirá a los actos de la conmemoración y al final se reunirá con las treinta delegaciones protestantes presentes y de diferentes partes del mundo.
En estos actos se remarcará además de los 500 años de divisiones también los últimos 50 años de diálogo que comenzaron con el Concilio Vaticano II y en los que se han dado pasos adelantes en el entendimiento cómo la firma de la declaración conjunta sobre la doctrina de la Justificación (la manera de entender la salvación de las personas) firmada en 1999 por luteranos y católicos.
La única nunciatura apostólica en Suecia se encuentra en Estocolmo, por lo que el Papa dormirá en un centro de investigación médica cerca de Lund, donde suele reunirse la Conferencia Episcopal del país.
El martes, día de la festividad de Todos los Santos para los católicos, Francisco celebrará la misa en el estadio Swedbank de Malmoe ante una amplia comunidad de inmigrantes y después despegará del aeropuerto local a las 12.30 hora local para volver a Roma alrededor de las 15.30.
El papa pronunciará sus dos discursos y la homilía de la misa en español, ya que uno de ellos será improvisado, así como se dirigirá a un país donde los católicos son sólo cerca 119.000 (respecto a los 10 millones de habitantes) y la mayoría de ellos son inmigrantes.
Arranca el "Año Lutero". ¿Arrancará definitivamente el camino hacia la unidad entre católicos y luteranos?

La misericordia es más fuerte que la muerte «Mónica habría muerto sola, pero al final estuvo muy acompañada»


No es fácil llevar a la práctica la obra de misericordia que pide enterrar a los muertos, pero estas personas han acompañado a muchos a las puertas de la muerte, y han preparado para ellos una sepultura digna, a la espera de la resurrección
Antoni Coll es el presidente de la fundación Bonanit, de Tarragona, que atiende a las personas sin hogar para evitar que duerman en la calle o en los cajeros, y les ofrece una cama en un albergue propio o en pensiones de la zona, para que los mendigos puedan ducharse y dormir en una cama. En los diez años de historia de la fundación, sus integrantes han acompañado en varias ocasiones los últimos momentos de las personas que han vivido la última parte de su vida en la calle. «Hemos estado cerca de ellos», dice Antoni, quien recuerda especialmente a Mónica, una mujer de mediana edad que dormía en el banco de un parque de la ciudad, y estaba allí con sus dos maletas, de día y de noche, porque no quería ir a ningún otro sitio. Mónica se rompió la cadera y Antoni la llevó al hospital: «Estaba en una situación muy deteriorada, y allí se descubrió que tenía cáncer. Pasó en el hospital sus últimos días hasta que murió. No pudimos encontrar a su familia, pero acudieron a verla al hospital muchos vecinos y miembros de la fundación, de la parroquia y de la Comunidad Sant’Egidio, que luego se encargó de organizar su funeral. Mónica habría muerto en la calle sola, pero al final lo hizo muy acompañada. En el funeral se repartió un recordatorio muy bonito con alusiones personales». Antoni también recuerda a dos hermanos que pasaron por la fundación: «Uno de ellos fue el primero de los 5.000 sin hogar que hemos acogido en estos diez años. Al final falleció en una pensión, y durante sus últimos días la dueña de la pensión le daba de comer en la boca. Si no fuera por este entorno, estas personas morirían completamente solas. Gracias a ellas son atendidos hasta el final».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Alfa y Omega

DAR AL NECESITADO QUE NO PUEDE PAGARTE




Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,12-14):

En aquel tiempo, dijo Jesús a uno de los principales fariseos que lo había invitado: 

«Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. 

Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»

Palabra del Señor

domingo, 30 de octubre de 2016

El Papa en el Ángelus: “La ternura de Dios abre nuevos espacios de vida y conversión”


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy nos presenta un hecho sucedido en Jericó, cuando Jesús llega a la ciudad y fue recibido por la multitud (Cfr. Lc 19,1-10). En Jericó vivía Zaqueo, el jefe de los “publicanos”, es decir, de los cobradores de impuestos. Zaqueo era un rico colaborador de los odiados dominadores romanos, un explotador de su pueblo. Él también – por curiosidad – quería ver a Jesús, pero su condición de público pecador no le permitía acercarse al Maestro; además, era pequeño de estatura; y por esto se sube a un árbol de sicomoro, a lo largo de la calle donde Jesús debía pasar.
Cuando llega cerca a aquel árbol, Jesús levanta la mirada y le dice: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (v. 5). ¡Podemos imaginar la sorpresa de Zaqueo! Pero, ¿Por qué Jesús dice: «tengo que alojarme en tu casa»? ¿De qué deber se trata? Sabemos que su deber supremo es realizar el designio del Padre para toda la humanidad, que se cumple en Jerusalén con su condena a muerte, la crucifixión y, al tercer día, la resurrección. Es el designio de salvación de la misericordia del Padre. Y en este designio está también la salvación de Zaqueo, un hombre deshonesto y despreciado por todos, y por ello necesitado de convertirse. De hecho, el Evangelio dice que, cuando Jesús lo llamó, «todos murmuraban, diciendo: Se ha ido a alojar en casa de un pecador» (v. 7). El pueblo ve en él un forajido, que se ha enriquecido a costa de la piel del prójimo. Y si Jesús hubiese dicho: “Baja, tú, explotador, traidor del pueblo, y ven a hablar conmigo para ajustar cuentas”. Pero seguramente el pueblo habría dado un aplauso… Pero aquí comienzan a murmurar: “Jesús va a la casa de él, del pecador, del explotador”.
Jesús, guiado por la misericordia, buscaba justamente a él. Y cuando entra en casa de Zaqueo dice: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (vv. 9-10). La mirada de Jesús va más allá de los pecados y los prejuicios. ¡Y esto es importante! Debemos aprenderlo… La mirada de Jesús va más allá de los pecados y los prejuicios; ve a la persona con los ojos de Dios, que no se detiene en el mal pasado, sino entre ve el bien futuro; Jesús no se resigna a las cerrazones, sino abre siempre – siempre abre – nuevos espacios de vida; no se detiene en las apariencias, sino mira el corazón. Y aquí ha mirado el corazón herido de este hombre: herido por el pecado de la concupiscencia, de tantas cosas feas que había hecho Zaqueo. Y mira aquel corazón herido y va allí.
A veces nosotros buscamos corregir o convertir a un pecador llamándole la atención, sacándole en cara sus errores y su comportamiento injusto. La actitud de Jesús con Zaqueo nos indica otro camino: aquel de mostrar a quien se equivoca su valor, aquel valor que Dios continúa a ver no obstante todo, a pesar de todos sus errores. Esto puede provocar una sorpresa positiva, que enternece el corazón e impulsa a la persona a sacar fuera lo bueno que tiene en sí. Es el dar confianza a las personas lo que les hacer crecer y cambiar. Así se comporta Dios con todos nosotros: no es bloqueado por nuestro pecado, sino lo supera con el amor y nos hace sentir la nostalgia del bien. Todos hemos sentido esta nostalgia del bien después de un error. Y así hace nuestro Padre Dios, así hace Jesús. No existe una persona que no tiene algo de bueno. Y esto mira Dios para sacarlo fuera del mal.
La Virgen María nos ayude a ver el bien que hay en las personas que encontramos cada día, para que todos seamos animados a hacer emerger la imagen de Dios impresa en sus corazones. ¡Y así podamos gozar de las sorpresas de la misericordia de Dios! ¡Nuestro Dios, que es el Dios de las sorpresas!
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

Dios, Padre de todos, nos espera


Dentro de unos días recordaremos de manera especial a todos los difuntos, a nuestros seres queridos que nos dejaron y a los que recordamos con dolor y afecto. Y en esa fecha de los Difuntos quién más y quién menos se pone la pregunta de si existe o no el cielo. Y solemos decir: nadie ha vuelto y, por lo tanto, ¿podemos estar seguros de que hay vida después de la muerte?
Permitidme que os cuente una pequeña historia que sucedió en una clínica. Un hombre muy enfermo estaba muy inquieto y turbado. Cogió la mano del médico y le dijo:
-"Tengo mucho miedo a morir. Dígame, doctor, ¿qué me espera después de la muerte? ¿A qué se parecerá lo que haya del otro lado?"
-"No lo sé", le dice el doctor.
-"¿Usted no lo sabe?", le dice el enfermo.
El doctor en lugar de responderle abre la puerta que da al pasillo. No se imaginaba encontrar a su perro, un magnífico pastor alemán, que le había seguido a través de la ciudad, había burlado la vigilancia del portero de la clínica y ahora se encontraba en el pasillo. Cuando el perro vio a su amo saltó sobre él y le manifestó de mil maneras la alegría de haberle encontrado.
El doctor se volvió hacia el enfermo y le dijo: "¿Ha observado el comportamiento del perro? Él nunca había estado en este hospital, no conocía la casa, no sabía cómo eran los lavabos, el armario, las camas, ni de qué color son las paredes de los pasillos. Él sabía que su amo estaba aquí, al otro lado de la puerta y está contento y gozoso desde que se ha abierto la puerta y me ha encontrado. Mire, yo no sé nada de lo que nos espera del otro lado después de la muerte. Lo que sé es que el Señor Dios, Padre nuestro, está al otro lado y nos espera. Y el día que la puerta se abra, es decir el día de nuestra muerte, yo pasaré al otro lado y recibiré con inmenso gozo el abrazo de Dios Padre."
Bonita reflexión la del doctor. Nos anima a vivir con esperanza porque no podemos olvidar que Dios es nuestro Padre, que nos ama y que está deseando darnos el abrazo después de la muerte e introducirnos en su casa, que no sabemos muy bien cómo es pero eso no importa, ya que lo verdaderamente importante es que seremos queridos y abrazos por Él.
"Quien contempla a una pareja que se mira tiernamente; quien contempla a un bebé que busca mientras mama los ojos de su madre, como si quisiera almacenar para siempre su sonrisa, percibe una lejana intuición del cielo. Poder mirar a Dios cara a cara es como un único y eterno momento de amor". Youcat (Catecismo joven de la Iglesia católica), nº 158.
Sí, recemos por nuestros difuntos a fin de que el Señor les perdone sus faltas y puedan recibir su abrazo y gozar en su presencia en compañía de todos los seres queridos que les precedieron en el camino del cielo. Y pidamos al Señor que no perdamos la confianza en su amor de Padre, que podamos recibir su abrazo de Padre y gocemos para siempre de su compañía.
¡Que Dios os bendiga a todos!
+ Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

EL PODER DE DIOS


A la hora de tratar con Dios, nos suele traicionar el concepto que tenemos del poder, y al invocarlo como Todopoderoso, interpretamos su poder a la manera humana y le convertimos en un gran mandatario, como son los de nuestro mundo, que emplean su posición incluso para entablar contiendas y guerras.
Hoy el texto bíblico nos define la peculiaridad del poder divino, que se aparta esencialmente de nuestra posible proyección: “Señor, te compadeces de todos, porque todo lo puedes”. Dios puede tanto, que hasta le es posible hacerse pequeño, débil, menesteroso, entrañable, y en vez de reaccionar como nosotros cuando nos ofenden, Él lo hace con misericordia. Una oración litúrgica del siglo VIII reza: “Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y en el perdón”.
Hay un principio teológico que nos debería dar siempre esperanza: Nada existe sin que Dios lo quiera. Dice el texto del libro de la Sabiduría: “¿Cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido?” Cada uno de nosotros ha llegado a ser historia por el amor que Dios nos tiene. Nuestra existencia es la prueba de su voluntad amorosa. Y si acaso sentimos que nos corrige, lo hace para nuestro bien. “Corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor”.
El Evangelio de este domingo presenta uno de los ejemplos más emblemáticos de la misericordia de Dios, manifestada en su Hijo. Jesús repara en Zaqueo, que ha superado la vergüenza y delante de los demás, a pesar de ser considerado un publicano y pecador, se sube a un árbol, con riesgo de hacer ridículo, porque desea ver a Jesús. Es magnifica la homilía que el papa Francisco dirigió a los jóvenes en Cracovia, centrada en el evangelio que hoy se proclama en la Liturgia.
Jesús manifiesta el deseo de entrar en la casa de Zaqueo, en tu casa, y aunque puedas responder como el centurión que no eres digno de recibirlo, Él supera todo obstáculo y quien es en verdad posada se convierte en huésped, imagen que corrobora la revelación divina de presentarse no tanto como un Dios poderoso, sino como un alguien necesitado. Nada nos puede separar el amor de Jesús. “Dios nos ama tal y como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea” (Francisco, JMJ, Cracovia)
Zaqueo bajó enseguida y recibió muy contento a Jesús. Este año de la misericordia hemos sido alentados a practicar las obras de misericordia, y entre ellas la de acoger al forastero, al peregrino, a quien se cruza con nosotros en el camino.
Ángel Moreno de Buenafuente

¿Puedo cambiar?


Lucas narra el episodio de Zaqueo para que sus lectores descubran mejor lo que pueden esperar de Jesús: el Señor al que invocan y siguen en las comunidades cristianas «ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». No lo han de olvidar.
Al mismo tiempo, su relato de la actuación de Zaqueo ayuda a responder a la pregunta que no pocos llevan en su interior: ¿Todavía puedo cambiar? ¿No es ya demasiado tarde para rehacer una vida que, en buena parte, la he echado a perder? ¿Qué pasos puedo dar?
Zaqueo viene descrito con dos rasgos que definen con precisión su vida. Es «jefe de publicanos» y es «rico». En Jericó todos saben que es un pecador. Un hombre que no sirve a Dios sino al dinero. Su vida, como tantas otras, es poco humana.
Sin embargo, Zaqueo «busca ver a Jesús». No es mera curiosidad. Quiere saber quién es, qué se encierra en este Profeta que tanto atrae a la gente. No es tarea fácil para un hombre instalado en su mundo. Pero este deseo de Jesús va a cambiar su vida.
El hombre tendrá que superar diferentes obstáculos. Es «bajo de estatura», sobre todo porque su vida no está motivada por ideales muy nobles. La gente es otro impedimento: tendrá que superar prejuicios sociales que le hacen difícil el encuentro personal y responsable con Jesús.
Pero Zaqueo prosigue su búsqueda con sencillez y sinceridad. Corre para adelantarse a la muchedumbre, y se sube a un árbol como un niño. No piensa en su dignidad de hombre importante. Solo quiere encontrar el momento y el lugar adecuado para entrar en contacto con Jesús. Lo quiere ver.
Es entonces cuando descubre que también Jesús le está buscando a él pues llega hasta aquel lugar, lo busca con la mirada y le dice: «El encuentro será hoy mismo en tu casa de pecador». Zaqueo se baja y lo recibe en su casa lleno de alegría. Hay momentos decisivos en los que Jesús pasa por nuestra vida porque quiere salvar lo que nosotros estamos echando a perder. No los hemos de dejar escapar.
Lucas no describe el encuentro. Solo habla de la transformación de Zaqueo. Cambia su manera de mirar la vida: ya no piensa solo en su dinero sino en el sufrimiento de los demás. Cambia su estilo de vida: hará justicia a los que ha explotado y compartirá sus bienes con los pobres.
Tarde o temprano, todos corremos el riesgo de «instalarnos» en la vida renunciando a cualquier aspiración de vivir con más calidad humana. Los creyentes hemos de saber que un encuentro más auténtico con Jesús puede hacer nuestra vida más humana y, sobre todo, más solidaria.
José Antonio Pagola

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (19,1-10)



“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La página del Evangelio de san Lucas de este domingo nos presenta a Jesús que, en su camino hacia Jerusalén, entra en la ciudad de Jericó. Es la última etapa de un viaje que resume en sí el sentido de toda la vida de Jesús, dedicada a buscar y salvar a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Pero cuanto más se acerca el camino a la meta, tanto más se va formando en torno a Jesús un círculo de hostilidad.


Sin embargo, en Jericó tiene lugar uno de los acontecimientos más gozosos narrados por san Lucas: la conversión de Zaqueo. Este hombre es una oveja perdida, es despreciado y es un «excomulgado», porque es un publicano, es más, es el jefe de los publicanos de la ciudad, amigo de los odiados ocupantes romanos, es un ladrón y un explotador.


Impedido de acercarse a Jesús, probablemente por motivo de su mala fama, y siendo pequeño de estatura, Zaqueo se trepa a un árbol, para poder ver al Maestro que pasa. Este gesto exterior, un poco ridículo, expresa sin embargo el acto interior del hombre que busca pasar sobre la multitud para tener un contacto con Jesús. 



Zaqueo mismo no conoce el sentido profundo de su gesto, no sabe por qué hace esto, pero lo hace; ni siquiera se atreve a esperar que se supere la distancia que le separa del Señor; se resigna a verlo sólo de paso. 



Pero Jesús, cuando se acerca a ese árbol, le llama por su nombre: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa» (Lc 19, 5). 



Ese hombre pequeño de estatura, rechazado por todos y distante de Jesús, está como perdido en el anonimato; pero Jesús le llama, y ese nombre «Zaqueo», en la lengua de ese tiempo, tiene un hermoso significado lleno de alusiones: «Zaqueo», en efecto, quiere decir «Dios recuerda».



Y Jesús va a la casa de Zaqueo, suscitando las críticas de toda la gente de Jericó (porque también en ese tiempo se murmuraba mucho), que decía: ¿Cómo? Con todas las buenas personas que hay en la ciudad, ¿va a estar precisamente con ese publicano? 

Sí, porque él estaba perdido; y Jesús dice: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán» (Lc 19, 9). En la casa de Zaqueo, desde ese día, entró la alegría, entró la paz, entró la salvación, entró Jesús. 
No existe profesión o condición social, no existe pecado o crimen de algún tipo que pueda borrar de la memoria y del corazón de Dios a uno solo de sus hijos. «Dios recuerda», siempre, no olvida a ninguno de aquellos que ha creado.

Él es Padre, siempre en espera vigilante y amorosa de ver renacer en el corazón del hijo el deseo del regreso a casa. Y cuando reconoce ese deseo, incluso simplemente insinuado, y muchas veces casi inconsciente, inmediatamente está a su lado, y con su perdón le hace más suave el camino de la conversión y del regreso. 

Miremos hoy a Zaqueo en el árbol: su gesto es un gesto ridículo, pero es un gesto de salvación. Y yo te digo a ti: si tienes un peso en tu conciencia, si tienes vergüenza por tantas cosas que has cometido, detente un poco, no te asustes. Piensa que alguien te espera porque nunca dejó de recordarte; y este alguien es tu Padre, es Dios quien te espera.

Sube, como hizo Zaqueo, sube al árbol del deseo de ser perdonado; yo te aseguro que no quedarás decepcionado. Jesús es misericordioso y jamás se cansa de perdonar. Recordadlo bien, así es Jesús.

Hermanos y hermanas, dejémonos también nosotros llamar por el nombre por Jesús. En lo profundo del corazón, escuchemos su voz que nos dice: «Es necesario que hoy me quede en tu casa», es decir, en tu corazón, en tu vida. 

Y acojámosle con alegría: Él puede cambiarnos, puede convertir nuestro corazón de piedra en corazón de carne, puede liberarnos del egoísmo y hacer de nuestra vida un don de amor. Jesús puede hacerlo; ¡déjate mirar por Jesús!”
(Papa Francisco, Ángelus del 3 de noviembre)