martes, 18 de octubre de 2016

Más de 18 millones de peregrinos han acudido a Roma durante el Año de la Misericordia


Todavía restan el consistorio y los jubileos de presos y personas sin hogar
El Jubileo extraordinario de la Misericordiaconvocado por el papa Francisco, con la bula Misericordiae Vultus en abril del año pasado, concluirá el próximo 20 de noviembre en el Vaticano y se calcula que los peregrinos que habrán visitado la Ciudad eterna en el Año Jubilar serán unos 20 millones.
En la web iubilaeummisericordiae.va del Consejo pontificio para la Nueva Evagelización, se indica hasta el momento la participación de 18.176.359 personas al Jubileo de Roma, o sea quienes se registraron en los eventos jubilares o pasaron por la Puerta Santa.
Este es el número de peregrinos que llegaron a Roma, a pesar de que en casi todas las diócesis del mundo se abrió una Puerta santa, para permitir ganar las indulgencias del Jubileo sin tener necesidad de ir obligatoriamente a la Ciudad Eterna.
Quedan aún dos audiencias jubilares, la próxima este miércoles 22 de octubre; además el domingo 6 de noviembre queda en programa el Jubileo de los encarcelados, y del 11al 13 noviembre será el jubileo de las personas sin hogar que concluirá con la misa del Papa .
El mismo domingo 13 de noviembre se cierran las puertas santas de las tres basílicas pontificias: San Juan de Letrán, Santa María La Mayor y San Pablo extramuros, con sus respectivas ceremonias presididas por los cardenales Agostino Vallini, Santos Abril y Castelló y James Michael Harvey, respectivamente, como legados pontificios.
El domingo 20 de noviembre, día de Cristo Rey, es el cierre del Año Santo y el papa Francisco presidirá la celebración con el Colegio cardenalicio y los nuevos cardenales elevados el día anterior en un consistorio. Así Francisco, junto a los obispos y sacerdotes presidirá el rito de clausura de la Puerta Santa.

(RD/Agencias)

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (10,1-9):




Como Jesús, los mensajeros de paz de su reino deben ponerse en camino, deben responder a su invitación. Deben ir, pero no con el poder de la guerra o con la fuerza del poder. 

En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado Jesús envía a setenta y dos discípulos a la gran mies que es el mundo, invitándolos a rogar al Señor de la mies que no falten nunca obreros a su mies. Pero no los envía con medios poderosos, sino «como corderos en medio de lobos» (v. 3), sin bolsa, ni alforja, ni sandalias (cf. v. 4). 

San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías, comenta: «Mientras seamos corderos, venceremos e, incluso si estamos rodeados por numerosos lobos, lograremos vencerlos. Pero si nos convertimos en lobos, seremos vencidos, porque estaremos privados de la ayuda del pastor». 

Los cristianos no deben nunca ceder a la tentación de convertirse en lobos entre los lobos; el reino de paz de Cristo no se extiende con el poder, con la fuerza, con la violencia, sino con el don de uno mismo, con el amor llevado al extremo, incluso hacia los enemigos. Jesús no vence al mundo con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de la cruz, que es la verdadera garantía de la victoria. 

Y para quien quiere ser discípulo del Señor, su enviado, esto tiene como consecuencia el estar preparado también a la pasión y al martirio, a perder la propia vida por Él, para que en el mundo triunfen el bien, el amor, la paz. Esta es la condición para poder decir, entrando en cada realidad: «Paz a esta casa» (Lc 10, 5).

Delante de la basílica de San Pedro hay dos grandes estatuas de san Pedro y san Pablo, fácilmente identificables: san Pedro tiene en la mano las llaves, san Pablo en cambio sostiene una espada. 

Quien no conoce la historia de este último podría pensar que se trata de un gran caudillo que guió grandes ejércitos y con la espada sometió pueblos y naciones, procurándose fama y riqueza con la sangre de los demás. En cambio, es exactamente lo contrario: la espada que tiene entre las manos es el instrumento con el que mataron a Pablo, con el que sufrió el martirio y derramó su propia sangre. 

Su batalla no fue la de la violencia, de la guerra, sino la del martirio por Cristo. Su única arma fue precisamente el anuncio de «Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2, 2). Su predicación no se basó en «persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu» (v. 4). 

Dedicó su vida a llevar el mensaje de reconciliación y de paz del Evangelio, gastando sus energías para hacerlo resonar hasta los confines de la tierra. Esta fue su fuerza: no buscó una vida tranquila, cómoda, alejada de las dificultades, de las contrariedades, sino que se gastó por el Evangelio, se entregó sin reservas, y así se convirtió en el gran mensajero de la paz y de la reconciliación de Cristo. 

La espada que san Pablo tiene en sus manos remite también al poder de la verdad, que a menudo puede herir, puede hacer mal. El Apóstol fue fiel a esta verdad hasta el final, fue su servidor, sufrió por ella, entregó su vida por ella. 

Esta misma lógica es válida también para nosotros, si queremos ser portadores del reino de paz anunciado por el profeta Zacarías y realizado por Cristo: debemos estar dispuestos a pagar en persona, a sufrir en primera persona la incomprensión, el rechazo, la persecución. No es la espada del conquistador la que construye la paz, sino la espada de quien sufre, de quien sabe donar la propia vida.

Queridos hermanos y hermanas, como cristianos queremos invocar de Dios el don de la paz, queremos pedirle que nos haga instrumentos de su paz en un mundo todavía desgarrado por el odio, las divisiones, los egoísmos, las guerras (...) para que el rencor ceda el paso al perdón, la división a la reconciliación, el odio al amor, la violencia a la mansedumbre, y en el mundo reine la paz. Amén”.
(De la catequesis de Benedicto XVI el 26-10-2011)

EL REINO DE DIOS ESTÁ CERCA DE VOSOTROS



Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,1-9):

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él.

Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. 

¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. 

Cuando entréis en una casa, decid primero: "Paz a esta casa." Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. 

Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: "Está cerca de vosotros el reino de Dios."»

Palabra del Señor



Lo que tú puedes hacer para sentir la presencia de Dios




Jesús hoy me anima a orar sin desfallecer y les explica a sus discípulos cómo hacerlo: “Cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”. Orar sin desesperanza. Orar a pesar del desánimo. Orar sin dejar un momento de vivir en la presencia de Dios. Es el camino de vida que Dios me invita a seguir.

Decía el padre José Kentenich hablando de la oración: “He aquí una tragedia tan común en nuestros días: nos quejamos de no poder orar y nos olvidamos que ello en gran parte se debe a que estamos muy distraídos a lo largo del día. Si estuve toda la jornada volcado y disperso en varias actividades, cuando quiera ponerme en oración no podré decir sin más ni más: – A partir de este momento se acabaron las distracciones, ahora voy a recogerme para hacer oración. Si nuestra vida cotidiana no reza con nosotros, no lograremos rezar en los momentos de oración[1].

Quiero que mi vida cotidiana sea oración. Rezar en cualquier momento. Es difícil que viva a Dios cada momento del camino si no he cuidado mi relación de amor con Él en momentos largos reservados sólo para Él.

Sólo en unión con Jesús puedo reflejar su rostro: “Debemos llegar a ser una señal de Dios totalmente original, tal como lo es el niño. Y esto lo alcanzaremos a través de un permanente y respetuoso estar en la presencia de Dios, en la permanente relación de amor con Dios[2]. Vivir en Dios. Perseverar en el amor a Dios. Este es el camino.

Hay un libro muy conocido, El peregrino ruso. Este peregrino quiere ser fiel a la petición de Jesús e inicia un camino de conversión. Quiere rezar cada día, en todo momento, así no le quedará tiempo para apartarse de Dios. “Reza y haz lo que quieras” se convierte en la máxima de su vida.
Si estoy unido a Dios en la oración, todo lo que salga de mis labios, todo lo que anide en mi corazón, será de Dios. Pero para ello tengo queperseverar.

Sin el ejercicio de la oración no llego al hábito: “La oración puede ser árida y distraída, pero continua e incesante, de este modo se convertirá en hábito, transformándose en algo natural, convirtiéndose en pura, luminosa, apasionada y digna”[3].

El tiempo que invierto en la oración es lo que depende sólo de mí. Puedo orar más tiempo. Aunque no pueda forzar con mi voluntad la intimidad con Jesús: La frecuencia de la oración depende únicamente de nuestra voluntad, mientras que la pureza, el fervor y la perfección de la oración son dones de la gracia”[4]Eso es una gracia que Dios me da.

Decía la Madre Teresa: La oración me permite estar unida a Jesús las veinticuatro horas del día. Para vivir en Él, con Él y para Él. Si creemos, amaremos y si amamos, serviremos. El silencio de la lengua nos ayuda a hablarle a Dios”.

Quiero cuidar más mi vida de oración. A veces me distraigo, me dejo llevar y me desanimo. Quiero orar sin desanimarme. Orar sin desfallecer. Es la clave en mi camino de santidad. Vivir en la presencia de Jesús cada hora del día.

Que las jaculatorias me mantengan en su presencia en cada momento. ¿Cuál es esa jaculatoria, esa frase, esa imagen que repito sin cesar en mi corazón? Me habla de Dios, me habla de mí.

Al acercarme más a Dios, me conozco con más profundidad. Al ahondar en mi identidad, me encuentro más con Dios. Como leía el otro día: “No hay encuentro con Dios que no sea simultáneamente un encuentro con uno mismo. Tampoco puede haber experiencia con uno mismo que no brinde simultáneamente un creciente conocimiento de Dios”[5].

En Dios me reflejo con mayor nitidez. En la soledad me encuentro conmigo mismo y con Dios. Es el camino de santidad que Dios me ofrece. Mirarme en las aguas de su mar hondo para saber mejor quién soy yo. Ahondar en los mares de mi alma para descansar en Dios. Esa es la oración que deseo en mi vida.
Aleiteia

La Universidad de Navarra lanza una edición digital de la Biblia


La Facultad de Teología de la Universidad de Navarra ha lanzado la versión digital de la denominada ‘Biblia de la Universidad de Navarra’, publicada por EUNSA, que ya se había editado en papel entre 1997 y 2004. Se trata de una edición comentada y de fácil navegación que, en su fase de lanzamiento, puede adquirirse por 2’99 € desde cualquier dispositivo móvil, también en versión para Latinoamérica.
El decano de la Facultad de Teología, Juan Chapa, explica que esta edición digital nace con el objetivo de “hacer llegar la Palabra de Dios a un gran número de personas”, secundando el deseo del Papa Francisco de que se pueda llevar la Biblia en un teléfono móvil o en una tableta, pues “lo importante es leer la palabra de Dios, por todos los medios, y recibirla con el corazón abierto”, como dice el Pontífice.
En este sentido, indica el comunicado de prensa, el decano de Teología destaca la importancia de adaptar la Biblia al formato digital cuando “hoy, según las encuestas, ocho de cada diez jóvenes utilizan su smartphone para leer”. Asimismo, hace hincapié en el valor de la edición latinoamericana, por ser una “novedad editorial” y por “el elevado número de lectores hispanohablantes de la edición impresa en castellano, tanto en América Latina como en Estados Unidos, donde, además, la edición inglesa conocida como The Navarre Bible ha tenido una gran difusión”.    
La edición digital recoge las 6.600 páginas de los cinco volúmenes en un archivo de entre 6 y 10 megabytes de fácil navegación, gracias a un “índice rápido” y otro “índice analítico”, que se seguirá actualizando y mejorando, y que permiten acceder de forma sencilla a cualquier parte del texto bíblico.
Todo ello presentado en un diseño “elegante y sobrio”, tal y como señala el decano de la Facultad de Teología: “Respeta el carácter de la edición impresa. No es una aplicación, sino un libro digital con un índice similar al de la edición original y sus apéndices”.
Por otro lado, se precisa que “el texto castellano de la Biblia se ha traducido a partir de los textos originales”. Además –añaden– se complementa con un conjunto de comentarios y referencias cruzadas que permiten entender el mensaje central de cada pasaje.
En total dispone de 38.700 enlaces internos. De este modo, del tamaño total del archivo, un tercio corresponde al texto traducido original y algo más de dos tercios son comentarios, índices, introducciones y mapas. La nueva edición está accesible a partir del 17 de octubre en tres plataformas: iTunes iBooks, Google Play Books y Amazon Kindle.

18 de octubre: san Lucas, el evangelista de la misericordia y la alegría


Según un texto del siglo II, «Lucas, natural de Antioquía de Siria, médico de profesión, fue discípulo de los Apóstoles, y luego siguió a Pablo hasta su martirio. Después de haber servido al Señor lealmente, célibe, sin hijos, murió a los 84 años en Beocia, lleno del Espíritu Santo. Estando ya escritos los evangelios, el de Mateo en Judea y el de Marcos en Italia, Lucas, movido por el Espíritu Santo, compuso su evangelio entero en tierras de Acaya; y en el prólogo afirma que antes del suyo habían sido escritos otros evangelios, y que era necesario proporcionar a los creyentes venidos de la gentilidad una narración exacta de la historia de la salvación, para que no fuesen seducidos por las mitologías judías, ni, engañados por las vanas fantasías heréticas, se apartasen de la verdad… Y después, Lucas escribió los Hechos de los Apóstoles».
Lucas recibió la fe alrededor del año 40. No conoció a Jesús en vida pero supo recoger fielmente el testimonio de los testigos directos de la vida del Señor. Su Evangelio es el único que narra la infancia de Jesús y es en el que más se trata sobre la Virgen María.
El evangelista era griego, convirtiéndose así en el único escritor del Nuevo Testamento que no es israelita. Sus padres eran paganos de Antioquía. Sus escritos se dirigen sobre todo a los gentiles. San Pablo lo define como «el médico querido» y cuando Pablo está en la prisión en Roma escribe a Timoteo diciéndole que «Lucas solo queda conmigo».
El Evangelio de Lucas es conocido como el Evangelio de la misericordia. Es él quien escribe sobre la oveja perdida, el dracma perdido, el hijo pródigo, el Buen Samaritano… También se dice que el de Lucas es el Evangelio de la alegría. Sólo dos veces, en toda la obra de Lucas, se habla de tristeza: ésta de los discípulos en Getsemaní, que no señalan los otros evangelistas, y la del joven rico, que rechazando a Jesús se fue, no simplemente triste como dicen Mateo y Marcos, sino muy triste. Una mujer del pueblo -nos dice Lucas- prorrumpe en alabanzas al Señor: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te alimentaron!» Y Jesús la corrige: «Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». Esta proclamación del gozo de la salvación tiene el sello propio de Lucas, que asimismo recoge las palabras de Isabel cuando es visitada por María: «¡Dichosa tú, que has creído!» En la dicha de María, modelo ejemplar de la Iglesia entera, está la dicha de todos los discípulos de su Hijo.
Según la tradición Lucas murió mártir en Acaya, colgado de un árbol. Sus reliquias se encuentran en la Basílica de Santa Justina, Padua, Italia.
José Calderero @jcalderero
Alfa y Omega

lunes, 17 de octubre de 2016

Francisco pide unir nuestras fuerzas, morales y económicas, para luchar contra la pobreza


El papa Francisco, al finalizar la misa de canonización de siete nuevos santos, ha rezado el ángelus con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.
Antes de la oración mariana, el Santo Padre ha querido saludar a todos los presentes, que han viajado a Roma desde varios países para rendir homenaje a los nuevos santos. En particular, ha saludado a las delegaciones oficiales de Argentina, España, Francia, Italia, México. “El ejemplo y la intercesión de estos luminosos testimonios apoyen el compromiso de cada uno en los respectivos ámbitos de trabajo y de servicio, por el bien de la Iglesia y de la comunidad civil”, ha pedido el Pontífice.
Asimismo, ha recordado que mañana se celebra la Jornada mundial contra la pobreza. Por eso ha pedido “unir nuestras fuerzas, morales y económicas” para luchar juntos contra la pobreza que degrada, ofende y mata a tantos hermanos y hermanas, “realizando políticas serias para las familias y para el trabajo”.
De este modo, ha pedido encomendar a la Virgen María “nuestras intenciones” especialmente “nuestra insistente y curada oración por la paz”.
Zenit

17 de octubre: san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir


Fue el tercer obispo de Antioquía, lugar donde se empezó a conocer a los seguidores de Cristo como cristianos. Ignacio fue el primero en llamar a la Iglesia católica. Fue condenado a morir devorado por los leones. Oraba intensamente para que los leones le destrozaran por amor a Dios. Durante el viaje al martirio escribió siete cartas a las Iglesias de Asia Menor
Poco se sabe de la vida familiar de Ignacio de Antioquía. Casi todo lo que hoy se sabe de él proviene de las siete cartas que él mismo escribió mientras era llevado al martirio.
Se dice que él fue el niño al que Jesucristo llamó para invitar a sus apóstoles a hacerse como niños: «Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Os aseguro que si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos».
Ignacio fue el tercer obispo de Antioquía, situada en Siria. La ciudad era una de las más importantes de toda la cristiandad. Fue allí donde se empezó a llamar cristianos a los discípulos de Cristo. Fue allí también donde Ignacio se refirió a la Iglesia como católica, es decir, universal. Antioquía, en orden de importancia, se situaba solo detrás de Roma y Alejandría. Era una ciudad con gran número de cristianos.
Antioquia era gobernada bajo las órdenes del emperador Trajano, que si bien al principio respetó a los cristianos, posteriormente los persiguió por oponerse a los dioses que él adoraba. Ignacio fue arrestado por negarse a adorar a dichos dioses y por proclamar la existencia de un solo Dios verdadero.
Fue conducido a Roma para ser martirizado. Durante el viaje escribió sus famosas siete cartas, que se pueden dividir en dos grupos. Las primeras seis cartas iban dirigidas a las iglesias de Asia Menor para exhortarlas a mantener la unidad interna y prevenirlas contra las enseñanzas judaizantes, entro otras. La séptima carta está dirigida a la Iglesia de Roma. En ella, les pide que no intercedan por él para salvarle del martirio. Al contrario, les escribió: «Por favor: no le vayan a pedir a Dios que las fieras no me hagan nada. Esto no sería para mí un bien sino un mal. Yo quiero ser devorado, molido como trigo, por los dientes de las fieras para así demostrarle a Cristo Jesús el gran amor que le tengo. Y si cuando yo llegue allá me lleno de miedo, no me vayan a hacer caso si digo que ya no quiero morir. Que vengan sobre mí, fuego, cruz, cuchilladas, fracturas, mordiscos, desgarrones, y que mi cuerpo sea hecho pedazos con tal de poder demostrarle mi amor al Señor Jesús».
En cada parada de viaje aprovechaba para reunirse con los cristianos de la zona, que salían junto con su obispo para escuchar a Ignacio y recibir su bendición.
Al llegar a Roma, fue conducido al Coliseo donde fue echado a la tierra para ser devorado por las fieras. Las autoridades soltaron dos leones hambrientos que destrozaron a Ignacio, otorgándole la gloriosa corona del martirio que tanto ansiaba por amor a Jesucristo. San Ignacio murió en el año 107. Sus restos fueron trasladados de nuevo a Antioquía.
José Calderero @jcalderero

Alfa y Omega

EL QUE ACUMULA RIQUEZAS PARA SÍ Y NO ES RICO ANTE DIOS



Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,13-21):

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»

Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»

Y dijo a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.»

Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: "¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha."

Y se dijo: "Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida."

Pero Dios le dijo: "Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?" Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.»

Palabra del Señor

El Papa preside la misa con el rito de canonización.

Papa: los nuevos Santos vencieron la paz con la oración siguiendo a Jesús

Al inicio de la celebración eucarística de hoy hemos dirigido al Señor esta oración: «Crea en nosotros un corazón generoso y fiel, para que te sirvamos siempre con fidelidad y pureza de espíritu» (Oración Colecta).
Nosotros solos no somos capaces de alcanzar un corazón así, sólo Dios puede hacerlo, y por eso lo pedimos en la oración, lo imploramos a él como don, como «creación» suya. De este modo, hemos sido introducidos en el tema de la oración, que está en el centro de las Lecturas bíblicas de este domingo y que nos interpela también a nosotros, reunidos aquí para la canonización de algunos nuevos Santos y Santas. Ellos han alcanzado la meta, han adquirido un corazón generoso y fiel, gracias a la oración: han orado con todas las fuerzas, han luchado y han vencido.
Orar, por tanto, como Moisés, que fue sobre todo hombre de Dios, hombre de oración. Lo contemplamos hoy en el episodio de la batalla contra Amalec, de pie en la cima del monte con los brazos levantados; pero, en ocasiones, dejaba caer los brazos por el peso, y en esos momentos al pueblo le iba mal; entonces Aarón y Jur hicieron sentar a Moisés en una piedra y mantenían sus brazos levantados, hasta la victoria final.
Este es el estilo de vida espiritual que nos pide la Iglesia: no para vencer la guerra, sino para vencer la paz.
En el episodio de Moisés hay un mensaje importante: el compromiso de la oración necesita del apoyo de otro. El cansancio es inevitable, y en ocasiones ya no podemos más, pero con la ayuda de los hermanos nuestra oración puede continuar, hasta que el Señor concluya su obra.
San Pablo, escribiendo a su discípulo y colaborador Timoteo le recomienda que permanezca firme en lo que ha aprendido y creído con convicción (cf. 2 Tm 3,14). Pero tampoco Timoteo no podía hacerlo solo: no se vence la «batalla» de la perseverancia sin la oración. Pero no una oración esporádica e inestable, sino hecha como Jesús enseña en el Evangelio de hoy: «Orar siempre sin desanimarse» (Lc 18,1). Este es el modo del obrar cristiano: estar firmes en la oración para permanecer firmes en la fe y en el testimonio. Y de nuevo surge una voz dentro de nosotros: «Pero Señor, ¿cómo es posible no cansarse? Somos seres humanos, incluso Moisés se cansó». Es cierto, cada uno de nosotros se cansa. Pero no estamos solos, hacemos parte de un Cuerpo. Somos miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, cuyos brazos se levantan al cielo día y noche gracias a la presencia de Cristo resucitado y de su Espíritu Santo. Y sólo en la Iglesia y gracias a la oración de la Iglesia podemos permanecer firmes en la fe y en el testimonio.
Hemos escuchado la promesa de Jesús en el Evangelio: Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche (cf. Lc 18,7). Este es el misterio de la oración: gritar, no cansarse y, si te cansas, pide ayuda para mantener las manos levantadas. Esta es la oración que Jesús nos ha revelado y nos ha dado a través del Espíritu Santo. Orar no es refugiarse en un mundo ideal, no es evadir a una falsa quietud. Por el contrario, orar y luchar, y dejar que también el Espíritu Santo ore en nosotros. Es el Espíritu Santo quien nos enseña a rezar, quien nos guía en la oración y nos hace orar como hijos.
Los santos son hombres y mujeres que entran hasta el fondo del misterio de la oración. Hombres y mujeres que luchan con la oración, dejando al Espíritu Santo orar y luchar en ellos; luchan hasta el extremo, con todas sus fuerzas, y vencen, pero no solos: el Señor vence a través de ellos y con ellos. También estos siete testigos que hoy han sido canonizados, han combatido con la oración la buena batalla de la fe y del amor. Por ello han permanecido firmes en la fe con el corazón generoso y fiel. Que, con su ejemplo y su intercesión, Dios nos conceda también a nosotros ser hombres y mujeres de oración; gritar día y noche a Dios, sin cansarnos; dejar que el Espíritu Santo ore en nosotros, y orar sosteniéndonos unos a otros para permanecer con los brazos levantados, hasta que triunfe la Misericordia Divina.
(from Vatican Radio)

domingo, 16 de octubre de 2016

16 de octubre: santa Margarita María de Alacoque, virgen


Durante el reinado de Luis XIV, rey que adelantó su mayoría de edad y comenzó a reinar con 14 años, en un convento de Francia, se gestó por la monja Margarita María la reacción a la demoledora obra del libro Augustinus escrito por el holandés obispo de Yprès que propició una auténtica revolución contra la piedad cristiana y la obediencia al Papa.
El obispo se llamaba Cornelio Jansenio; murió en 1638; su principal obra Augustinus se publicó dos años después de su muerte y se condenó el 31 de mayo de 1653. Murió arrepentido de sus errores y en el seno de la Iglesia, pero la muerte había impedido su retractación pública. El contenido de su pensamiento era que Dios no había querido tanto a los hombres como para morir por todos ellos, presentándolo frío, lejano, impasible ante la conducta buena o mala de los hombres que obran el bien o el mal de modo irresistible; un juez más que un padre. Las consecuencias para la piedad cristiana fueron desastrosas: desde el desprecio de la oración hasta el olvido práctico de los sacramentos.
Margarita nació en Lauthecourt el 22 de julio de 1647. Estudió interna en las clarisas de Charolles; enfermó y atribuyó a la Virgen María su milagrosa curación de una parálisis. Pasa una juventud llena de vitalidad, amante del bullicio, con abundante vida social y hambrienta de afectos. Con veintidós años y después de comulgar tomó la decisión de hacerse religiosa. Lo comunica a su familia con el ruego añadido de que se ocupen de desilusionar a los pretendientes; el obispo aprueba la decisión y le permite que añada el nombre de María al suyo propio.
Ingresa en el monasterio de las salesas en Paray-le-Monial el 25 de mayo de 1671; profesa en la Orden de la Visitación de Nuestra Señora el 6 de noviembre del 1672. Se distingue muy pronto por su amor a Jesucristo en la Eucaristía; en los años 1673-1674 tuvo visiones de Cristo, que le mostraba su compasivo y sangrante corazón, abismo insondable de amor a los hombres, que fundamentan la devoción católica del Sagrado Corazón de Jesús.
Entiende Margarita que esa comunicación privada es un querer divino no solo para ella. Lo expone a la superiora y a las autoridades eclesiásticas competentes a las que resulta tan extraño todo el asunto que la mandan examinar por «personas doctas»; el resultado fue que la tratan de visionaria, indican la prohibición de esos gustos tan fuera de lugar y mandan que le den de comer sopas. A partir de este momento, parte de su cruz será obedecer y permanecer en sus deseos. Solo el padre Claudio de la Colombière, que ha llegado como superior a la casa que en la ciudad tienen los jesuitas, la entenderá y la animará, cuando le abra el alma en unos ejercicios espirituales que predicó a las salesas.
Exteriormente, Margarita es una hermana en la que se puede confiar; monja de apariencia gris, siempre enferma, muy tímida, algo medrosa pero apta para cualquier trabajo que se le encomienda. Fue enfermera, profesora de las alumnas de familias distinguidas que vivían en el colegio, maestra de novicias, y propuesta para superiora.
La octava del Corpus Christi del 1675 tiene una aparición del Sagrado Corazón de Jesús que le dice: «Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres y que nada ha perdonado hasta consumirse y agotarse para demostrarles su amor; y, en cambio, no recibe de la mayoría más que ingratitudes por sus irreverencias, sacrilegios y desacatos en este sacramento de amor. Pero lo que me es todavía más sensible es que obren así hasta los corazones que de manera especial se han consagrado a Mí. Por esto te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta especial para honrar a mi Corazón, comulgando en ese día y reparando las ofensas que he recibido en el augusto sacramento del altar. Te prometo que mi Corazón derramará en abundancia las bendiciones de su divino amor sobre cuantos le tributen este homenaje y trabajen en propagar aquella práctica».
Después de la experiencia tenida, no deja de promover la devoción al Sagrado Corazón de Jesús con todos los medios que tiene a su alcance: por carta, persona a persona, refiriendo gracias, favores y carismas, distribuyendo pequeñas estampillas, escribiendo al capellán del rey Luis XIV para pedirle que le consagre su persona, su familia y su palacio. Intenta y consigue la aprobación para celebrar la Misa del Sagrado Corazón. Comunica el querer de Dios de modo especial a las monjas y a los sacerdotes. La devoción sale de Paray-le-Monial a las comunidades de salesas en Dijon, Moulins, Saumur; luego, Lyon y Marsella; después, Europa y América. El resultado de esta actividad es una explosión de fervor y un deseo de buscar la santidad. No lo consiguió sin obstáculos enconados por quienes estaban inficionados de jansenismo y por los que consideraban innecesaria una nueva práctica de piedad.
La devoción al Corazón de Jesús que propaga Margarita no es un chorreón de sentimientos ni está apoyada en emotividades tan dulzonas como pasajeras. Ella entiende que el amor a Jesucristo sufriente en el Huerto ha de expresarse en acompañar, expiar y reparar las ofensas de todos los tiempos; es participar en el dolor, angustia, soledad y abandono que sufrió Jesús por los pecados de la humanidad. Se resuelve en deseos de fidelidad y de purificación personal, en búsqueda continua de la Eucaristía para acompañarle, en deseos vivos de comunión, y en la necesidad de vivir muriendo hecha pedazos por glorificar a Dios y salvar a los hombres, contrarrestando la obra destructora del pecado. Por eso su mensaje al mundo cristiano son prácticas sencillas, firmes, llenas de fe, al alcance de cualquiera: Misa, comuniones frecuentes, visitas, oración y horas santas.
Murió el 17 de octubre del 1690.


El papa Benedicto XV la canonizó el 13 de mayo de 1920. En la bula de canonización se hace mención explícita de la promesa de la perseverancia final a quienes comulguen los nueve primeros viernes de mes seguidos.
Alfa Y Omega

EL PODER DE LA ORACIÓN



El papa Francisco ha dirigido a las monjas de clausura un documento en el que cita precisamente el texto del libro del Éxodo que hoy se proclama, para avalar el sentido de la vida de oración y la fuerza intercesora que tiene quien se dedica de por vida a rogar por los demás.
Conocemos como texto ejemplar la descripción de la victoria que consigue el pueblo de Dios, como efecto de la oración de Moisés con sus brazos levantados en alto, suplicantes.
En el Evangelio, Jesús pone un ejemplo que le compromete, pues compara la justicia del juez inicuo con la justicia divina, y emplea este argumento tan contundente: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar”.
¡Cómo se agradece en momentos de necesidad que alguien te asegure que reza por ti! Y ¡cómo se acude a la intercesión de los santos, de la Virgen María, del Señor, en circunstancias dolorosas, de apuro, enfermedad o crisis!
La oración por los demás es una obra de misericordia, y cuando se hace con fe, tiene una fuerza que mueve montañas. Es un privilegio contar con la comunión de los santos, con el caudal de gracia que nos llega de manera anónima, por la oración de muchos que de forma gratuita y permanente rezan por todos.
Hay una expresión de Jesús en el Evangelio que nos interpela: “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”
En un mundo pragmático, cientifista, positivista, que valora lo visible y demostrable, cabe que la propuesta de la eficacia de la oración se vea erosionada por la falta de fe en ella.
Hoy se nos interpela sobre nuestra vida teologal, sobre nuestra relación con Dios. No solo por la eficacia de la oración, sino porque de ella depende la vitalidad de la fe. Si no hay fe en la oración, tampoco hay fe en Dios. La oración es la respiración de la fe. Si no hay relación con Dios, es difícil demostrar que en verdad se cree en Él.
Jesús pronuncia verdaderos axiomas sobre la oración, y uno de ellos lo escuchamos este domingo, pues la razón de la parábola es la recomendación principal: “Orar siempre sin desanimarse”.
Ángel Moreno de Buenafuente

El clamor de los que sufren


La parábola de la viuda y el juez sin escrúpulos es, como tantos otros, un relato abierto que puede suscitar en los oyentes diferentes resonancias. Según Lucas, es una llamada a orar sin desanimarse, pero es también una invitación a confiar en que Dios hará justicia a quienes le gritan día y noche. ¿Qué resonancia puede tener hoy en nosotros este relato dramático que nos recuerda a tantas víctimas abandonadas injustamente a su suerte?
En la tradición bíblica la viuda es símbolo por excelencia de la persona que vive sola y desamparada. Esta mujer no tiene marido ni hijos que la defiendan. No cuenta con apoyos ni recomendaciones. Solo tiene adversarios que abusan de ella, y un juez sin religión ni conciencia al que no le importa el sufrimiento de nadie.
Lo que pide la mujer no es un capricho. Solo reclama justicia. Esta es su protesta repetida con firmeza ante el juez: «Hazme justicia». Su petición es la de todos los oprimidos injustamente. Un grito que está en la línea de lo que decía Jesús a los suyos: «Buscad el reino de Dios y su justicia».
Es cierto que Dios tiene la última palabra y hará justicia a quienes le gritan día y noche. Esta es la esperanza que ha encendido en nosotros Cristo, resucitado por el Padre de una muerte injusta. Pero, mientras llega esa hora, el clamor de quienes viven gritando sin que nadie escuche su grito, no cesa.
Para una gran mayoría de la humanidad la vida es una interminable noche de espera. Las religiones predican salvación. El cristianismo proclama la victoria del Amor de Dios encarnado en Jesús crucificado. Mientras tanto, millones de seres humanos solo experimentan la dureza de sus hermanos y el silencio de Dios. Y, muchas veces, somos los mismos creyentes quienes ocultamos su rostro de Padre velándolo con nuestro egoísmo religioso.
¿Por qué nuestra comunicación con Dios no nos hace escuchar por fin el clamor de los que sufren injustamente y nos gritan de mil formas: «Hacednos justicia»? Si, al orar, nos encontramos de verdad con Dios, ¿cómo no somos capaces de escuchar con más fuerza las exigencias de justicia que llegan hasta su corazón de Padre?
La parábola nos interpela a todos los creyentes. ¿Seguiremos alimentando nuestras devociones privadas olvidando a quienes viven sufriendo? ¿Continuaremos orando a Dios para ponerlo al servicio de nuestros intereses, sin que nos importen mucho las injusticias que hay en el mundo? ¿Y si orar fuese precisamente olvidarnos de nosotros y buscar con Dios un mundo más justo para todos?
José Antonio Pagola

Comentario del Evangelio según san Lucas (18,1-8) por el Papa Francisco





“Queridos hermanos y hermanas:


En el Evangelio de hoy Jesús relata una parábola sobre la necesidad de orar siempre, sin cansarnos. La protagonista es una viuda que, a fuerza de suplicar a un juez deshonesto, logra que se le haga justicia en su favor. Y Jesús concluye: si la viuda logró convencer a ese juez, ¿pensáis que Dios no nos escucha a nosotros, si le pedimos con insistencia? 

La expresión de Jesús es muy fuerte: «Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante Él día y noche?» (Lc 18, 7).

«Clamar día y noche» a Dios. Nos impresiona esta imagen de la oración. Pero preguntémonos: ¿por qué Dios quiere esto? ¿No conoce Él ya nuestras necesidades? ¿Qué sentido tiene «insistir» con Dios?

Esta es una buena pregunta, que nos hace profundizar en un aspecto muy importante de la fe: Dios nos invita a orar con insistencia no porque no sabe lo que necesitamos, o porque no nos escucha. Al contrario, Él escucha siempre y conoce todo sobre nosotros, con amor. 

En nuestro camino cotidiano, especialmente en las dificultades, en la lucha contra el mal fuera y dentro de nosotros, el Señor no está lejos, está a nuestro lado; nosotros luchamos con Él a nuestro lado, y nuestra arma es precisamente la oración, que nos hace sentir su presencia junto a nosotros, su misericordia, también su ayuda. 

Pero la lucha contra el mal es dura y larga, requiere paciencia y resistencia —como Moisés, que debía tener los brazos levantados para que su pueblo pudiera vencer (cf. Ex 17, 8-13). Es así: hay una lucha que conducir cada día; pero Dios es nuestro aliado, la fe en Él es nuestra fuerza, y la oración es la expresión de esta fe. 

Por ello Jesús nos asegura la victoria, pero al final se pregunta: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Si se apaga la fe, se apaga la oración, y nosotros caminamos en la oscuridad, nos extraviamos en el camino de la vida.

Por lo tanto, aprendamos de la viuda del Evangelio a orar siempre, sin cansarnos. ¡Era valiente esta viuda! Sabía luchar por sus hijos. Pienso en muchas mujeres que luchan por su familia, que rezan, que no se cansan nunca. Un recuerdo hoy, de todos nosotros, para estas mujeres que, con su actitud, nos dan un auténtico testimonio de fe, de valor, un modelo de oración. ¡Un recuerdo para ellas! 

Rezar siempre, pero no para convencer al Señor a fuerza de palabras. Él conoce mejor que nosotros aquello que necesitamos. La oración perseverante es más bien expresión de la fe en un Dios que nos llama a combatir con Él, cada día, en cada momento, para vencer el mal con el bien.
(Papa Francisco, Ángelus del 20-10-2013)