domingo, 19 de junio de 2016

“Sólo en Cristo es posible encontrar la paz verdadera y el cumplimiento de toda aspiración humana”, el Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El pasaje evangélico de este domingo (Lc 9,18-24) nos llama una vez más a confrontarnos, por así decir, “cara a cara” con Jesús. En uno de sus raros momentos tranquilos, en el cual se encuentra solo con sus discípulos, Él les pregunta a ellos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (v. 18). Y ellos responden: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado» (v. 19). Pues la gente tenía estima por Jesús y lo consideraba un gran profeta, pero aún no eran conscientes de su verdadera identidad, es decir que Él fuera el Mesías, el Hijo de Dios enviado por el Padre para la salvación de todos.
Jesús, entonces, se dirige directamente a los Apóstoles – porque es esto lo que más le interesa – y pregunta:  «Pero ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Enseguida, a nombre de todos, Pedro responde: «Tú eres el Mesías de Dios» (v. 20), es decir: Tú eres el Mesías, el Consagrado de Dios, enviado por Él a salvar su pueblo según la Alianza y la promesa. Así Jesús se da cuenta que los Doce, y en particular Pedro, han recibido del Padre el don de la fe; y por esto inicia a hablar con ellos abiertamente – así dice el Evangelio: “abiertamente” – de aquello que le espera en Jerusalén: «El Hijo del hombre – dice – debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (v. 22).
Aquellas mismas preguntas hoy son propuestas a cada uno de nosotros: “¿Quién es Jesús para la gente de nuestro tiempo? Pero la otra es más importante: ¿Quién es Jesús para cada uno de nosotros?”. ¿Para mí, para ti, para ti, para ti, para ti…? ¿Quién es Jesús para cada uno de nosotros? Estamos llamados a hacer de la respuesta de Pedro nuestra respuesta, profesando con alegría que Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra eterna del Padre que se ha hecho hombre para redimir la humanidad, vertiendo sobre ella la abundancia de la misericordia divina. El mundo tiene más que nunca necesidad de Cristo, de su salvación, de su amor misericordioso. Muchas personas experimentan un vacío a su alrededor y dentro de sí – tal vez, algunas veces, también nosotros –; otras viven en la inquietud y en la inseguridad a causa de la precariedad y de los conflictos. Todos tenemos necesidad de respuestas adecuadas a nuestras interrogantes, a nuestras preguntas concretas. En Cristo, solo en Él, es posible encontrar la paz verdadera y el cumplimiento de toda humana aspiración. Jesús conoce el corazón del hombre como ningún otro. Por esto lo puede sanar, dándole vida y consolación.
Después de haber concluido el diálogo con los Apóstoles, Jesús se dirige a todos diciendo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga» (v. 23). No se trata de una cruz ornamental, o ideológica, sino es la cruz de la vida, es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor – por los padres, por los hijos, por la familia, por los amigos, también por los enemigos –, la cruz de la disponibilidad a ser solidario con los pobres, a comprometerse por la justicia y la paz. En el asumir esta actitud, estas cruces, siempre se pierde algo. No debemos olvidar jamás que «el que pierda su vida – por Cristo – la salvará» (v. 24). Es perder, para ganar. Y recordemos a tonos nuestros hermanos que todavía hoy ponen en práctica estas palabras de Jesús, ofreciendo su tiempo, su trabajo, sus fatigas e incluso su propia vida para no negar su fe a Cristo. Jesús, mediante su Santo Espíritu, nos dará la fuerza de ir adelante en el camino de la fe y del testimonio: hacer aquello en lo cual creemos; no decir una cosa y hacer otra. Y en este camino siempre está cerca de nosotros y nos precede la Virgen: dejémonos tomar de la mano por ella, cuando atravesamos los momentos más oscuros y difíciles.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano) (from Vatican Radio)

EL DON DE CONOCER A CRISTO

No creo que sea forzada, en las lecturas de este domingo, la concurrencia de las referencias al bautismo, y que a partir de ellas, destaque la confesión del apóstol Pedro.
El profeta Zacarías adelanta la visión mesiánica: “Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia”. Que no puede ser otro que el Mesías del Señor, proclamado por Pedro en el Evangelio, a instancias del Maestro: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro tomó la palabra y dijo: - «El Mesías de Dios.»
Se cita entre los personajes con los que se compara al Nazareno a Juan el Bautista, testigo de la unción de Jesús cuando la voz del cielo lo proclamó Hijo Amado. San Pablo se refiere explícitamente a los bautizados cuando dice: “Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo”.


¿Que supone haber sido incorporado a Cristo? ¿Cuál es la ganancia de haberlo conocido? El salmista lo expresa de manera plástica: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”.

Gracias al bautismo y a la incorporación a la vida de Cristo, nos hacemos partícipes de la bendición divina, por la que recibimos el perdón: “Aquel día, se alumbrará un manantial, a la dinastía de David y a los habitantes de Jerusalén, contra pecados e impurezas” (Zac).
Gracias al bautismo, podemos cantar: “Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos” (Sal).
Gracias al bautismo, “Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y, si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la promesa” (Gál).
Gracias al bautismo nos convertimos en discípulos de Jesús, en seguidores suyos, y Él nos dice: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.» (Lc).
Estamos en vísperas de cambio de estación, en el hemisferio norte entra el verano. Buen momento para no perder la memoria del agua bautismal y de permanecer como signos de la alegría del Evangelio.
Ángel Moreno de Buenafuente

¿Creemos en Jesús?

12 Tiempo ordinario - C (Lucas 9,18-24)
Las primeras generaciones cristianas conservaron el recuerdo de este episodio evangélico como un relato de importancia vital para los seguidores de Jesús. Su intuición era certera. Sabían que la Iglesia de Jesús debería escuchar una y otra vez la pregunta que un día hizo Jesús a sus discípulos en las cercanías de Cesárea de Filipo: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Si en las comunidades cristianas dejamos apagar nuestra fe en Jesús, perderemos nuestra identidad. No acertaremos a vivir con audacia creadora la misión que Jesús nos confió; no nos atreveremos a enfrentarnos al momento actual, abiertos a la novedad de su Espíritu; nos asfixiaremos en nuestra mediocridad.
No son tiempos fáciles los nuestros. Si no volvemos a Jesús con más verdad y fidelidad, la desorientación nos irá paralizando; nuestras grandes palabras seguirán perdiendo credibilidad. Jesús es la clave, el fundamento y la fuente de todo lo que somos, decimos y hacemos. ¿Quién es hoy Jesús para los cristianos?
Nosotros confesamos, como Pedro, que Jesús es el «Mesías de Dios», el Enviado del Padre. Es cierto: Dios ha amado tanto al mundo que nos ha regalado a Jesús. ¿Sabemos los cristianos acoger, cuidar, disfrutar y celebrar este gran regalo de Dios? ¿Es Jesús el centro de nuestras celebraciones, encuentros y reuniones?
Lo confesamos también «Hijo de Dios». Él nos puede enseñar a conocer mejor a Dios, a confiar más en su bondad de Padre, a escuchar con más fe su llamada a construir un mundo más fraterno y justo para todos. ¿Estamos descubriendo en nuestras comunidades el verdadero rostro de Dios encarnado en Jesús? ¿Sabemos anunciarlo y comunicarlo como una gran noticia para todos?
Llamamos a Jesús «Salvador» porque tiene fuerza para humanizar nuestras vidas, liberar nuestras personas y encaminar la historia humana hacia su verdadera y definitiva salvación. ¿Es esta la esperanza que se respira entre nosotros? ¿Es esta la paz que se contagia desde nuestras comunidades?
Confesamos a Jesús como nuestro único «Señor». No queremos tener otros señores ni someternos a ídolos falsos. Pero ¿ocupa Jesús realmente el centro de nuestras vidas? ¿Le damos primacía absoluta en nuestras comunidades? ¿Lo ponemos por encima de todo y de todos? ¿Somos de Jesús? ¿Es él quien nos anima y hace vivir?
La gran tarea de los cristianos es hoy aunar fuerzas y abrir caminos para reafirmar mucho más la centralidad de Jesús en su Iglesia. Todo lo demás viene después.
José Antonio Pagola

El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga.



Evangelio según San Lucas 9,18-24. 
Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo?". 
Ellos le respondieron: "Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado". 
"Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?". Pedro, tomando la palabra, respondió: "Tú eres el Mesías de Dios". 
Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie. 
"El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día". 
Después dijo a todos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. 
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. 

sábado, 18 de junio de 2016

Nota Eclesial: un amor que se dona gratuitamente


Reconocer a Jesús y reconocerno«¿Quién dice la gente que soy yo?» (L 9, 18), y asumir los compromisos que adquirimos por su amor misericordioso.
s en Él son las tareas que como cristianos debemos vivir como muestra de nuestra fe, para dar respuesta a su interrogante: 
Al fijar la mirada en Cristo, reconocernos el rostro misericordioso del Padre, cuyo “amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión” (Misericordiae Vultus, 8)
Al reconocer su amor también debemos reconocernos en Él, por ello advierte San Pablo  “todos son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gál 3, 26). Así la fe nos abre un espacio de encuentro con la misericordia de Dios para vivirla y compartirla con los demás, porque ser hijos de Dios también nos hace participes de su misión.
De manera personal, cada quien, debe responder a la pregunta de Cristo, no solo con palabras sino también con la fe y las buenas obras que gritan al mundo que Jesús es un amor que se dona gratuitamente. Y exige renunciar a las vanidades para seguirle: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga» (Lc 8, 23).
 P. Johan Pacheco para RADIO VATICANA.

Convertirse significa cambiar de rumbo para volver de nuevo a Dios. Audiencia Jubilar del Papa.

En la catequesis jubilar del sábado 18 de junio el Papa Francisco se refirió a dos aspectos que califican la misericordia de Dios:  el perdón de los pecados y la conversión.A partir del capítulo 24 del Evangelio según san Lucas, que narra una de las apariciones del Señor, que sienta las bases de la predicación, el pontífice explicó con exactitud la dimensión profunda de la conversión: "Queridos hermanos y hermanas, Jesús se manifestó después de su resurrección varias veces a sus discípulos y les indicó que la predicación se debía centrar en el “perdón de los pecados” y en la “conversión” -dijo hablando en español. Esta última, la conversión, está presente en toda la Sagrada Escritura. Para los profetas, convertirse significa cambiar de rumbo para volver de nuevo a Dios. También Jesús predicó la conversión y lo hacía desde la cercanía con los pecadores y necesitados; de ese modo les manifestaba el amor de Dios. Todos se sentían amados por el Padre a través de él y llamados a cambiar vida".
En la catequesis que impartió en italiano, el Santo Padre precisó que Jesús hizo de laconversión la primera palabra de su predicación (cfr. Mc 1,15), y explicó que respecto a la predicación de los profetas, Cristo insiste en la dimensión interior de la conversión, en la cual toda la persona está involucrada, con corazón y mente, para volverse una persona nueva. "La auténtica conversión -señaló - se produce cuando experimentamos en nosotros el amor de Dios y acogemos el don de su misericordia; y un signo claro de que la conversión es auténtica es cuando caemos en la cuenta de las necesidades del prójimo y salimos a su encuentro para ayudarle".
No faltó en esta Audiencia Jubilar un ejemplo concreto para plasmar el concepto de conversión. En efecto, hablando en italiano, Francisco se refirió a las veces que sentimos la exigencia de un cambio que involucre toda nuestra persona: "Cuántas veces decimos 'tengo que cambiar, no puedo seguir así', 'mi vida por este camino no dará frutos' [...] Mientras que "Jesús, a nuestro lado, con la mano extendida nos dice 'Ven, ven conmigo. Yo haré el trabajo, yo te cambiaré el corazón, te cambiaré la vida'".
Finalizando la alocución en italiano, el Obispo de Roma exhortó a abrir la puerta de nuestro corazón al Señor, para recibir el don de su misericordia, porque "es Él quien, con el Espíritu Santo, siembra en nosotros la inquietud para cambiar de vida y ser un poco mejores". "No pongamos resistencia", insistió, "abrámosle la puerta y Él hará todo el resto". 
“Que el Señor Jesús – concluyó- nos conceda la gracia de la auténtica conversión de nuestra vida. Si nos abrimos a la misericordia de Dios, encontraremos la verdadera alegría del corazón. Muchas gracias”.
(Griselda Mutual - Radio Vaticano) (from Vatican Radio)

El disputado voto del "señor Católico". "Un católico, si lo hace en conciencia, puede votar a cualquier partido"


Nueve de cada diez votantes del PP se declaran católicos. Hasta aquí, todo normal. No lo parece tanto que lo hagan ocho de cada diez votantes del PSOE, siete de Ciudadanos, y, ¡ojo!, cinco de cada diez de Podemos.
Estas son algunas de las conclusiones de la encuesta publicada por Vida Nueva (enhorabuena a José Beltrán por la idea), la primera que se realiza en España en cuanto a intención de voto de los católicos españoles. Rajoy ganaría, pero no por goleada. Éste es, precisamente, uno de los titulares del sondeo:ya no existe esa identificación católico-PP. Ojalá sirva para los adalides del enfrentamiento, en uno y otro lado.
Y es que vivimos tiempos nuevos, donde por primera vez en su historia los obispos no emiten "recomendaciones" para el "voto católico", entre otras cosas porque éste, como se comprueba en la encuesta, no existe como tal. Un católico, si lo hace en conciencia, puede votar a cualquier partido. Y, esta es la otra razón, porque los católicos apenas hacen caso a los obispos en estas situaciones (habría que hacer otra encuesta para ver si les prestamos atención en otros asuntos, y en cuáles): apenas un 28% de los encuestados se sienten concernidos por las opiniones "políticas" de la Conferencia Episcopal. Una buena noticia, sin duda, y una muestra de que los creyentes españoles, políticamente hablando, formamos parte de una sociedad madura y democrática.
¿Se puede ser católico y votar a Podemos? Por supuesto. ¿Un católico puede apostar por el PP de Mariano Rajoy? También. ¿Pedro Sánchez o Albert Rivera son candidatos que un católico podría apoyar? Claro que sí. Por fortuna, la identificación de lo católico por parte de una ideología política determinada, es cosa del terrible pasado que no debemos recuperar. Y que deben entender todos aquellos que, de un lado y otro, siguen empeñados en dividir este país entre cleriales y anticlericales.
Un buen amigo ha escrito en sus redes sociales lo siguiente, a cuenta de la estúpida profanación de la capilla de la Autónoma: "No me gusta que profanen capillas. Ni a personas quitándoles su dignidad. Para quienes tenemos fe, en ambos sitios está Dios. Por ambos habría que escandalizarse".
El papel del católico es el de denunciar las injusticias, estén donde estén, y trabajar por un mundo más justo. Y eso puede hacerse desde cualquier parámetro ideológico, siempre que se respeten la ley y la convivencia. La encuesta de Vida Nueva nos demuestra que, más allá de los prejuicios y la dinámica del blanco-negro, bueno-malo, los católicos son, como no podía ser de otra manera, ciudadanos. Y que se comportan como tales. También a la hora de ejercer el voto. Libre y responsablemente.
Jesús Bastante

Francisco sostiene que la gran mayoría de los matrimonios sacramentales "son nulos"

El Papa ha señalado que una gran mayoría de los matrimonios sacramentales "son nulos" mientras que ha advertido a los jóvenes de que no deben casarse solo porque dejaron a la "chica embarazada".
Francisco ha hecho estas declaraciones este jueves durante la apertura de un congreso diocesano en Roma (Italia), al responder a preguntas de un laico que se refirió a la crisis matrimonial y culpó a la "cultura de lo provisorio" de dañar la vida matrimonial.
Francisco ha señalado que casarse sólo por el embarazo no se debe hacer "porque tal vez no son libres". En este sentido, ha invitado a esperar. "He visto parejas que luego de dos o tres años se han casado y yo los he visto entrar a la iglesia: papá, mamá, con el niño de la mano, pero sabían bien lo que hacían", ha lamentado.
"La crisis del matrimonio es porque no se sabe qué cosa es el sacramento, la belleza del sacramento. No se sabe que es indisoluble, no se sabe que es para toda la vida", ha advertido.
El pontífice ha señalado "la importancia que se debe dar a la preparación para el matrimonio" y ha señalado que la "cultura de lo provisional" es un fenómeno que no solo afecta la vocación al matrimonio, sino también a la "vida sacerdotal y religiosa".

Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.

Evangelio según San Mateo 6,24-34.
Dijo Jesús a sus discípulos: 
Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero. 
Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? 
Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? 
¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? 
¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. 
Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. 
Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! 
No se inquieten entonces, diciendo: '¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?'. 
Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. 
Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. 
No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.

Papa Francisco: Iglesia y laicos en salida, misericordia y servicio a familia y vida

Laicos, familia y vida. «Iglesia en salida – laicado en salida», mirando con renovada esperanza al futuro y dando gracias al Señor por el servicio y apostolado desarrollado en casi medio siglo, cumpliendo el mandato del Concilio Vaticano II. Son algunas de las exhortaciones del Papa Francisco, al recibir a los participantes en la Plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos.
Con su cordial bienvenida, el Papa recordó que, como ya anunció, este Consejo «asumirá una nueva fisonomía. Se trata de la conclusión de una etapa importante y de la apertura de una nueva, para el Dicasterio de la Curia Romana, que ha acompañado la vida, la maduración y las transformaciones del laicado católico, desde el Concilio Vaticano II hasta hoy».
Destacando el importante servicio desarrollado por el Dicasterio - que el beato Pablo VI no dudó en calificar como «uno de los mejores frutos del Concilio Vaticano II» -  el Papa Bergoglio se refirió, entre otros importantes logros, al acompañamiento de tantos movimientos y comunidades nuevas con gran impulso misionero, al papel de la mujer en la Iglesia, a las Jornadas Mundiales de la Juventud, que creó san Juan Pablo II. Y, agradeciendo al Señor por los abundantes frutos recibidos, exhortó a acoger con esperanza la reforma de la Curia Romana:
«A la luz del camino recorrido, es hora de mirar nuevamente con esperanza al futuro. Queda aún mucho por hacer, ampliando los horizontes y recogiendo los nuevos desafíos que la realidad nos presenta. De aquí nace el proyecto de reforma de la Curia, en particular la unión de vuestro Dicasterio con el Pontificio Consejo para la Familia, en conexión con la Academia para la Vida. Los invito, por lo tanto a acoger esta reforma, que los verá implicados, como signo de valorización y de estima por el trabajo que desarrollan y como signo de renovada confianza en la vocación y misión de los laicos en la Iglesia de hoy. El nuevo Dicasterio que nacerá tendrá como ‘timón’, para proseguir su navegación, por un lado la Christifideles laici y, por otro, la Evangelii gaudium y la Amoris laetitia, teniendo como campos privilegiados de trabajo la familia y la defensa de la vida».
«En este particular momento histórico y en el contexto del Jubileo de la Misericordia, la Iglesia está llamada a tomar cada vez más conciencia de la necesidad de ser «la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas» (Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, 47). De ser Iglesia en permanente salida, ‘comunidad evangelizadora’, que sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (ibid 24)», reiteró el Papa Francisco, con una propuesta:
«Quisiera proponerles, como horizonte de referencia para su futuro inmediato, un binomio que se podría formular así: ‘Iglesia en salida – laicado en salida’. Así pues, también ustedes levanten la mirada, miren ‘fuera’, a los muchos ‘lejanos’ de nuestro mundo, a las tantas familias en dificultad y necesitadas de misericordia, a los tantos campos de apostolado aún por explorar, a los numerosos laicos con corazón bueno y generosos, que con gusto pondrían al servicio del Evangelio, sus energías, su tiempo, sus capacidades, si se les implicara, valorizara y acompañara con afecto y dedición, de parte de los pastores y de las instituciones eclesiásticas. Tenemos necesidad de laicos bien formados, animados por una fe escueta y límpida, cuya vida ha sido tocada por el encuentro personal y misericordioso con el amor de Cristo Jesús».
«Es el momento en que los jóvenes tienen necesidad de los sueños de los ancianos: en esta cultura del descarte, no nos acostumbremos a descartar a los ancianos. Animémoslos para que sueñen, para que como dice el profeta Joel, tengan sueños, aquella capacidad de soñar que nos dé la fuerza de nuevas visiones apostólicas», pidió el Obispo de Roma.
Y, renovando su agradecimiento, el Papa Francisco los alentó a abrirse «con docilidad y humildad a las novedades de Dios», «como hizo María, nuestra madre y maestra en la fe».
(CdM – RV)
(from Vatican Radio)

viernes, 17 de junio de 2016

Papa: “Padre Nuestro”, piedra angular de nuestra oración

Al rezar al “Padre Nuestro” sentimos su mirada sobre nosotros. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa de la mañana celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Santo Padre subrayó que para un cristiano, las oraciones no son “palabras mágicas” y recordó que “Padre” es la palabra que Jesús pronuncia siempre en los momentos fuertes de su vida.
No desperdiciar palabras como los paganos, no pensar que las oraciones sean “palabras mágicas”. El Papa Francisco se inspiró en el Evangelio del día, en el que el Señor enseña la oración del “Padre Nuestro” a sus discípulos, para detenerse en el valor que tiene rezar al Padre en la vida del cristiano. Jesús – dijo el Pontífice – “indica precisamente el espacio de la oración en una palabra: Padre”.
Jesús se dirige siempre al Padre en los momentos fuertes de su vida
Este Padre – observó Francisco – “que sabe de qué cosas tenemos necesidad antes de que se las pidamos”. Un Padre que “nos escucha en lo secreto, como Él, Jesús, nos aconseja rezar: en lo secreto”.
“Este Padre que nos da precisamente la identidad de hijos. Y cuando digo ‘Padre’ llego hasta las raíces de mi identidad: mi identidad cristiana es ser hijo y ésta es una gracia del Espíritu. Nadie puede decir ‘Padre’ sin la gracia del Espíritu. ‘Padre’ que es la palabra que Jesús usaba en los momentos más fuertes: cuando estaba lleno de alegría, de emoción: ‘Padre, te alabo, porque tú revelas estas cosas a los pequeños’; o llorando, ante la tumba de su amigo Lázaro: ‘Padre, te doy gracias porque me has escuchado’; o también después, en los momentos finales de su vida, al final”.
El Obispo de Roma evidenció que “en los momentos más fuertes”, Jesús dice: Padre. “Es la palabra que más usa”, “Él habla con el Padre. Es el camino de la oración y, por esta razón – reafirmó  – me permito decir que es el espacio de la oración”. “Sin sentir que somos hijos, sin sentirse hijo, sin decir  Padre – añadió – nuestra oración es pagana, es una oración de palabras”.
Rezar al Padre es la piedra angular, Él conoce cada una de nuestras necesidades
Ciertamente – agregó el Pontífice – se puede rezar a la Virgen, a los Ángeles y a los Santos. Pero recordó que la piedra angular de la oración es “Padre”. Si no somos capaces de comenzar la oración con esta palabra – dijo –  “la oración no irá bien”:
“Padre. Es sentir la mirada del Padre sobre mí, sentir que aquella palabra ‘Padre’ no es un derroche como las palabras de las oraciones de los paganos: es una llamada a Aquel que me ha dado la identidad de hijo. Éste es el espacio de la oración cristiana – ‘Padre’ –  y después rezamos a todos los Santos, a los Ángeles, hacemos también procesiones, peregrinaciones… Todo bello, pero siempre comenzando con ‘Padre’ y con la conciencia de que somos hijos y que tenemos un Padre que nos ama y que conoce nuestras necesidades, todas. Éste es el espacio”.
Francisco dirigió un pensamiento a la parte en que en la oración del “Padre Nuestro”, Jesús hace referencia al perdón del prójimo, y a cómo Dios nos perdona a nosotros. “Si el espacio de la oración es decir Padre – afirmó – el clima de la oración es decir ‘nuestro’: somos hermanos, somos familia”. Y recordó lo que sucedió con Caín que ha odiado al hijo del Padre, ha odiado a su hermano. El Padre – reafirmó – nos da la identidad y la familia. “Por eso es tan importante – dijo – tener capacidad de perdón, olvidar, olvidar las ofensas, ese sano hábito de decir ‘dejemos pasar… que haga él, el Señor’ y no tener rencor, resentimiento ni ganas de venganza”.
Nos hace bien hacer un examen de conciencia acerca de cómo rezamos al Padre
“Rezar a Padre perdonando a todos, olvidando las ofensas  – dijo Francisco – es la mejor oración que puedes hacer”:
“Es bueno que algunas veces hagamos un examen de conciencia sobre esto. ¿Para mí, Dios es Padre, yo lo siento Padre? Y si no lo siento así, pido al Espíritu Santo que me enseñe a sentirlo así. ¿Y soy capaz de olvidar las ofensas, perdonar, dejar pasar o si no, pedirle al Padre ‘también estos son tus hijos, me han hecho algo feo… ayúdame a perdonar’? Hagamos este examen de conciencia sobre nosotros y nos hará bien, bien, bien. ‘Padre’ y ‘nuestro’: nos da la identidad de hijos y nos da una familia para ‘ir’ juntos por la vida”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

“El camino de la fe es pasar de mendigos a discípulos”, el Papa en la catequesis

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Un día Jesús, acercándose a la ciudad de Jericó, realizó el milagro de restituir la vista a un ciego que mendigaba a lo largo del camino (Cfr. Lc 18,35-43). Hoy queremos aferrar el significado de este signo porque también nos toca directamente. El evangelista Lucas dice que aquel ciego estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna (Cfr. v. 35). Un ciego en aquellos tiempos – incluso hasta hace poco tiempo atrás – podía vivir sólo de la limosna. La figura de este ciego representa a tantas personas que, también hoy, se encuentran marginadas a causa de una discapacidad física o de otro tipo. Está separado de la gente, está ahí sentado mientras la gente pasa ocupada, en sus pensamientos y tantas cosas… Y el camino, que puede ser un lugar de encuentro, para él en cambio es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa. Y él está solo.
Es triste la imagen de un marginado, sobre todo en el escenario de la ciudad de Jericó, la espléndida y prospera oasis en el desierto. Sabemos que justamente a Jericó llegó el pueblo de Israel al final del largo éxodo de Egipto: aquella ciudad representa la puerta de ingreso a la tierra prometida. Recordemos las palabras que Moisés pronunció en aquella circunstancia; decía así: «Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Es verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre generosamente tu mano al pobre, al hermano indigente que vive en tu tierra» (Deut. 15,7.11). Es agudo el contraste entre esta recomendación de la Ley de Dios y la situación descrita en el Evangelio: mientras el ciego grita – tenia buena voz, ¿eh? – mientras el ciego grita invocando a Jesús, la gente le reprocha para hacerlo callar, como si no tuviese derecho a hablar. No tienen compasión de él, es más, sienten fastidio por sus gritos. Eh… Cuantas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en la calle – gente necesitada, enferma, que no tiene que comer – sentimos fastidio. Cuantas veces nosotros, cuando nos encontramos ante tantos prófugos y refugiados, sentimos fastidio. Es una tentación: todos nosotros tenemos esto, ¿eh? Todos, también yo, todos. Es por esto que la Palabra de Dios nos enseña. La indiferencia y la hostilidad los hacen ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor. Indiferencia y hostilidad. Y cuando esta indiferencia y hostilidad se hacen agresión y también insulto – “pero échenlos fuera a todos estos”, “llévenlos a otra parte” – esta agresión; es aquello que hacia la gente cuando el ciego gritaba: “pero tú vete, no hables, no grites”.
Notamos una característica interesante. El Evangelista dice que alguien de la multitud explicó al ciego el motivo de toda aquella gente diciendo: «Que pasaba Jesús de Nazaret» (v. 37). El paso de Jesús es indicado con el mismo verbo con el cual en el libro del Éxodo se habla del paso del ángel exterminador que salva a los Israelitas en las tierras de Egipto (Cfr. Ex 12,23). Es el “paso” de la pascua, el inicio de la liberación: cuando pasa Jesús, siempre hay liberación, siempre hay salvación. Al ciego, pues, es como si fuera anunciada su pascua. Sin dejarse atemorizar, el ciego grita varias veces dirigiéndose a Jesús reconociéndolo como Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos (Cfr. Is 35,5). A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Gracias a ella su suplica tiene una potente eficacia. De hecho, al oírlo, «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran» (v. 40). Haciendo así Jesús quita al ciego del margen del camino y lo pone al centro de la atención de sus discípulos y de la gente. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles, también en situaciones de pecado, como ha estado ahí Jesús a tomarnos de la mano y a sacarnos del margen del camino a la salvación. Se realiza así un doble pasaje. Primero: la gente había anunciado la buena noticia al ciego, pero no quería tener nada que ver con él; ahora Jesús obliga a todos a tomar conciencia que el buen anuncio implica poner al centro del propio camino a aquel que estaba excluido. Segundo: a su vez, el ciego no veía, pero su fe le abre el camino a la salvación, y él se encuentra en medio de cuantos habían bajado al camino para ver a Jesús. Hermanos y hermanas, el paso del Señor es un encuentro de misericordia que une a todos alrededor de Él para permitir reconocer quien tiene necesidad de ayuda y de consolación. También en nuestra vida Jesús pasa; y cuando pasa Jesús, y yo me doy cuenta, es una invitación a acercarme a Él, a ser más bueno, a ser mejor cristiano, a seguir a Jesús.
Jesús se dirige al ciego y le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (v. 41). Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un humilde siervo. Él, Jesús, Dios dice: “Pero, ¿Qué cosa quieres que haga por ti? ¿Cómo quieres que yo te sirva?” Dios se hace siervo del hombre pecador. Y el ciego responde a Jesús no más llamándolo “Hijo de David”, sino “Señor”, el título que la Iglesia desde los inicios aplica a Jesús Resucitado. El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: «¡Señor, que yo vea otra vez! Y Jesús le dijo: Recupera la vista, tu fe te ha salvado» (v. 42). Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo absolutamente encontrarlo, y esto le ha traído el don de la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús. Por esto la narración termina refiriendo que el ciego «recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios» (v. 43): se hace discípulo. De mendigo a discípulo, también este es nuestro camino: todos nosotros somos mendigos, todos. Tenemos necesidad siempre de salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos hacer este paso: de mendigos a discípulos. Y así, el ciego se encamina detrás del Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel que querían hacer callar, ahora testimonia a alta voz su encuentro con Jesús de Nazaret, y  «todo el pueblo alababa a Dios» (v. 43). Sucede un segundo milagro: lo que había sucedido al ciego hace que también la gente finalmente vea. La misma luz ilumina a todos uniéndolos en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: los llama, los hace venir a Él, los reúne, los sana y los ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso. Pero dejémonos también nosotros llamar por Jesús, y dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús, y vayamos detrás de Jesús alabando a Dios. ¡Así sea!
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

jueves, 16 de junio de 2016

La CEE denuncia la "profanación blasfema" del cartel con dos Vírgenes besándose

"Un episodio más de una espiral contra la libertad religiosa"

La Conferencia Episcopal, a través de su secretaría general, ha condenado "la profanación blasfema" de las imágenes de "Nuestra Señora de los Desamparados y la Virgen de Montserrat", provocada por un cartel LGTB, que "hiere los sentimientos religiosos" de los católicos españoles.
En el escrito, "la CEE se une espiritualmente a la ceremonia religiosa de desagravio" que presidirá el cardenal Cañizares este jueves en Valencia, y denuncia que la citada propaganda "es, por desgracia, un episodio más de una espiral que atenta al legítimo ejercicio de la libertad religiosa, así como a la libre predicación del Evangelio en una sociedad plural".
Esta es la nota de la Secretaría General de la CEE:
Ante la profanación blasfema de las imágenes  de Ntra. Sra. de los Desamparados 
y la Virgen de Montserrat
  • La Conferencia Episcopal Española (CEE) manifiesta su firme condena por la profanación blasfema de las imágenes de Ntra. Sra. de los Desamparados y la Virgen de Montserrat contenida en propaganda difundida por Internet y que hiere los sentimientos religiosos arraigados en el pueblo cristiano de la Comunidad Valenciana, de Cataluña y del resto de España.
  • Al mismo tiempo, la CEE se une espiritualmente a la ceremonia religiosa de desagravio a la Santísima Virgen María, convocada por el Cardenal Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo Metropolitano de Valencia y los obispos con territorios en dicha comunidad autónoma, que se celebrará en la capital valenciana la tarde de mañana, día 16 de junio, y expresa su solidaridad y cercanía con los mencionados pastores y fieles.
  • La referida propaganda blasfema es, por desgracia, un episodio más de una espiral que atenta al legítimo ejercicio de la libertad religiosa, así como a la libre predicación del Evangelio en una sociedad plural.

Madrid, 15 de junio de 2016