jueves, 2 de junio de 2016

Sagrado Corazón de Jesús



Mi amado Jesús... cada vez que voy hacia mi estudio me encuentro con el cuadro de tu Sagrado Corazón que me mira y parece hablarme... ¡Es hermosa esa imagen...! Tú, con la mano extendida, parece que me dices: “toma mi Corazón”... ¡Cuánto quisiera poder hacerlo...!

¿Sabes...? Cuando veo tu imagen pienso en Santa Margarita María de Alacoque... y desearía que un día me concedieras, como a ella, la gracia de recibir una pequeña chispita de la llama ardiente que arde en tu Corazón... La más pequeña chispita sería capaz de inflamar el corazón más frío e indiferente... ¡Señor, deseo amarte tanto... TANTO...! Y sin embargo, sólo puedo amarte con mi frágil corazón humano... con mi corazón lleno de faltas y debilidades...

Ayúdame a amarte más... ayúdame a amarte con cada palabra, con cada gesto, con cada pensamiento... ayúdame a amarte en cada hermano, especialmente en aquellos que están más necesitados de tu amor... ayúdame a amarte en todo y en todos... ayúdame a amar con cada latido y cada respiración... ayúdame a amar con todo Tu Corazón... Amén...

Fuente: Tengo sed de Ti

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 12,28-34,P0R EL PAPA FRANCISCO


«El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo. (...) Jesús, citando el libro del Deuteronomio, dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero». 
Y hubiese podido detenerse aquí. En cambio, Jesús añadió algo que no le había preguntado el doctor de la ley. Dijo: «El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Tampoco este segundo mandamiento Jesús lo inventa, sino que lo toma del libro del Levítico. Su novedad consiste precisamente en poner juntos estos dos mandamientos —el amor a Dios y el amor al prójimo— revelando que ellos son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla.

No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a DioS (...) En efecto, el signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo y a los demás, a su familia, el amor de Dios es el amor a los hermanos.

El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero no porque está en la cima de la lista de los mandamientos. Jesús no lo puso en el vértice, sino en el centro, porque es el corazón desde el cual todo debe partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia.
Ya en el Antiguo Testamento la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo, comprendía también el deber de hacerse cargo de las personas más débiles, como el extranjero, el huérfano, la viuda (cf. Ex 22, 20-26). Jesús conduce hacia su realización esta ley de alianza, Él que une en sí mismo, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un único misterio de amor.

Ahora, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida religiosa, la vida de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos.

No podemos ya dividir la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la proximidad a su vida, especialmente a sus heridas. Recordad esto: el amor es la medida de la fe. ¿Cuánto amas tú? Y cada uno se da la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor.

El Rostro de Dios se refleja en muchos rostros, porque en el rostro de cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios. Y deberíamos preguntarnos, cuando encontramos a uno de estos hermanos, si somos capaces de reconocer en él el rostro de Dios: ¿somos capaces de hacer esto?».
(Papa Francisco, Ángelus del 26 de octubre de 2014)

AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS Y AL PRÓJIMO COMO A TI MISMO



Evangelio según San Marcos 12,28-34. 

Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: "¿Cuál es el primero de los mandamientos?". 

Jesús respondió: "El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. 

El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos". 

El escriba le dijo: "Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que Él, 
y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios". 

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: "Tú no estás lejos del Reino de Dios". 

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas. 

miércoles, 1 de junio de 2016

“La humildad es la condición necesaria para ser escuchados por Dios”, el Papa en la Catequesis

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El miércoles pasado hemos escuchado la parábola del juez y la viuda, sobre la necesidad de orar con perseverancia. Hoy, con otra parábola, Jesús quiere enseñarnos cuál es la actitud justa para orar e invocar la misericordia del Padre: cómo se debe orar. Una actitud justa para orar. Es la parábola del fariseo y del publicano (Cfr. Lc 19,9-14).
Ambos protagonistas suben al templo a orar, pero actúan de modos muy diferentes, obteniendo resultados opuestos. El fariseo ora «de pie» (v. 11), y usa muchas palabras. La suya, si, es una oración de agradecimiento dirigida a Dios, pero en realidad es un alarde de sus propios méritos, con sentido de superioridad hacia los «demás hombres», calificándolos como «ladrones, injustos y adúlteros», como, por ejemplo – y señala a aquel otro que estaba ahí - «como ese publicano» (v. 11). Pero precisamente aquí está el problema: aquel fariseo ora a Dios, pero en verdad mira a sí mismo. ¡Ora a si mismo! En vez de tener delante a sus ojos al Señor, tiene un espejo. A pesar de encontrarse en el templo, no siente la necesidad de postrarse delante de la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro, ¡casi fuera él, el dueño del templo! Él enumera las buenas obras cumplidas: es irreprensible, observante de la Ley más de lo debido, ayuna «dos veces por semana» y paga la “décima” parte de todo aquello que posee. En conclusión, más que orar, el fariseo se complace de la propia observancia de los preceptos. Y además, su actitud y sus palabras están lejos del modo de actuar y de hablar de Dios, quien ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Éste desprecia a los pecadores, también cuando señala al otro que está ahí. Aquel fariseo, que se considera justo, descuida el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo.
No basta pues preguntarnos cuánto oramos, debemos también examinarnos cómo oramos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar la arrogancia y la hipocresía. Pero, yo pregunto: ¿se puede orar con arrogancia? No. ¿Se puede orar con hipocresía? No. Solamente, debemos orar ante Dios como nosotros somos. Pero éste oraba con arrogancia e hipocresía. Estamos todos metidos en la agitación del ritmo cotidiano, muchas veces a merced de sensaciones, desorientadas, confusas. Es necesario aprender a encontrar el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es ahí que Dios nos encuentra y nos habla. Solamente a partir de ahí podemos nosotros encontrar a los demás y hablar con ellos. El fariseo se ha encaminado hacia el templo, está seguro de sí, pero no se da cuenta de haber perdido el camino de su corazón.

El publicano en cambio se presenta en el templo con ánimo humilde y arrepentido: «manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho» (v. 13). Su oración es breve, no es tan larga como aquella del fariseo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador». Nada más. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. Bella oración, ¿eh? Podemos decirla tres veces, todos juntos. Digámosla: “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. De hecho, los cobradores de impuestos – llamados justamente, publicanos – eran considerados personas impuras, sometidas a los dominadores extranjeros, eran mal vistos por la gente y generalmente asociados a los “pecadores”. La parábola enseña que se es justo o pecador no por la propia pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos. Los gestos de penitencia y las pocas y simples palabras del publicano testimonian su conciencia acerca de su mísera condición. Su oración es esencial. Actúa como un humilde, seguro solo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque tenía ya todo, el publicano puede solo mendigar la misericordia de Dios. Y esto es bello, ¿eh? Mendigar la misericordia de Dios. Presentándose “con las manos vacías”, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final justamente él, despreciado así, se convierte en icono del verdadero creyente.
Jesús concluye la parábola con una sentencia: «Les aseguro que este último – es decir, el publicano - volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (v. 14). De estos dos, ¿Quién es el corrupto? El fariseo. El fariseo es justamente el icono del corrupto que finge orar, pero solamente logra vanagloriarse de sí mismo delante de un espejo. Es un corrupto pero finge orar. Así, en la vida quien se cree justo y juzga a los demás y los desprecia, es un corrupto y un hipócrita. La soberbia compromete toda acción buena, vacía la oración, aleja a Dios y a los demás. Si Dios prefiere la humildad no es para desanimarnos: la humildad es más bien la condición necesaria para ser ensalzados por Él, así poder experimentar la misericordia que viene a colmar nuestros vacíos. Si la oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios, la humildad del miserable lo abre. Dios tiene una debilidad: la debilidad por los hombres. Delante a un corazón humilde, Dios abre su corazón totalmente. Es esta humildad que la Virgen María expresa en el cantico del Magníficat: «Ha mirado la humillación de su esclava. […] Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen» (Lc 1,48.50). Que Ella nos ayude, nuestra Madre, a orar con un corazón humilde. Y nosotros, repitamos tres veces más, aquella bella oración: “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. Gracias.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

SEÑOR, A TI LEVANTO MIS OJOS PORQUE ESPERO TU MISERICORDIA



Del Salmo 122:


A ti, Señor, levanto mis ojos

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores.


A ti, Señor, levanto mis ojos


Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.


A ti, Señor, levanto mis ojos


COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 12,18-27, POR EL PAPA FRANCISCO

Quisiera proponeros tres puntos sencillos de meditación para nuestra fe: en primer lugar, la Biblia nos revela al Dios vivo, al Dios que es Vida y fuente de la vida; en segundo lugar, Jesucristo da vida, y el Espíritu Santo nos mantiene en la vida; tercero, seguir el camino de Dios lleva a la vida, mientras que seguir a los ídolos conduce a la muerte.
(…) ¿Qué imagen tenemos de Dios? Tal vez nos parece un juez severo, como alguien que limita nuestra libertad de vivir. Pero toda la Escritura nos recuerda que Dios es el Viviente, el que da la vida y que indica la senda de la vida plena. Pienso en el comienzo del Libro del Génesis: Dios formó al hombre del polvo de la tierra, soplando en su nariz el aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser vivo (cf. 2,7).

1.Dios es la fuente de la vida; y gracias a su aliento el hombre tiene vida y su aliento es lo que sostiene el camino de su existencia terrena. Pienso igualmente en la vocación de Moisés, cuando el Señor se presenta como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, como el Dios de los vivos; y, enviando a Moisés al faraón para liberar a su pueblo, revela su nombre: «Yo soy el que soy», el Dios que se hace presente en la historia, que libera de la esclavitud, de la muerte, y que saca al pueblo porque es el Viviente.

Pienso también en el don de los Diez Mandamientos: una vía que Dios nos indica para una vida verdaderamente libre, para una vida plena; no son un himno al «no», no debes hacer esto, no debes hacer esto, no debes hacer esto… No. Es un himno al «sí» a Dios, al Amor, a la Vida. Queridos amigos, nuestra vida es plena sólo en Dios, porque solo Él es el Viviente.

2. (…) Jesús es la encarnación del Dios vivo, el que trae la vida, frente a tantas obras de muerte, frente al pecado, al egoísmo, al cerrarse en sí mismos. Jesús acoge, ama, levanta, anima, perdona y da nuevamente la fuerza para caminar, devuelve la vida. Vemos en todo el Evangelio cómo Jesús trae con gestos y palabras la vida de Dios que transforma.

(…) Y ¿quién nos introduce en esta vida? El Espíritu Santo, el don de Cristo resucitado. Es Él quien nos introduce en la vida divina como verdaderos hijos de Dios, como hijos en el Hijo unigénito, Jesucristo.

¿Estamos abiertos nosotros al Espíritu Santo? ¿Nos dejamos guiar por Él? El cristiano es un hombre espiritual, y esto no significa que sea una persona que vive «en las nubes», fuera de la realidad como si fuera un fantasma. No. 



El cristiano es una persona que piensa y actúa en la vida cotidiana según Dios, una persona que deja que su vida sea animada, alimentada por el Espíritu Santo, para que sea plena, propia de verdaderos hijos. Y eso significa realismo y fecundidad. Quien se deja guiar por el Espíritu Santo es realista, sabe cómo medir y evaluar la realidad, y también es fecundo: su vida engendra vida a su alrededor.
3. Dios es el Viviente, es el Misericordioso, Jesús nos trae la vida de Dios, el Espíritu Santo nos introduce y nos mantiene en la relación vital de verdaderos hijos de Dios. Pero, con frecuencia, lo sabemos por experiencia, el hombre no elige la vida, no acoge el «Evangelio de la vida», sino que se deja guiar por ideologías y lógicas que ponen obstáculos a la vida, que no la respetan, porque vienen dictadas por el egoísmo, el propio interés, el lucro, el poder, el placer, y no son dictadas por el amor, por la búsqueda del bien del otro.

Es la constante ilusión de querer construir la ciudad del hombre sin Dios, sin la vida y el amor de Dios: una nueva Torre de Babel; es pensar que el rechazo de Dios, del mensaje de Cristo, del Evangelio de la Vida, lleva a la libertad, a la plena realización del hombre.

El resultado es que el Dios vivo es sustituido por ídolos humanos y pasajeros, que ofrecen un embriagador momento de libertad, pero que al final son portadores de nuevas formas de esclavitud y de muerte. La sabiduría del salmista dice: «Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos» (Sal 19,9). Recordémoslo siempre: El Señor es el Viviente, es misericordioso.

Queridos hermanos y hermanas, miremos a Dios como al Dios de la vida, miremos su ley, el mensaje del Evangelio, como una senda de libertad y de vida. El Dios vivo nos hace libres. 
Digamos sí al amor y no al egoísmo, digamos sí a la vida y no a la muerte, digamos sí a la libertad y no a la esclavitud de tantos ídolos de nuestro tiempo; en una palabra, digamos sí a Dios, que es amor, vida y libertad, y nunca defrauda, a Dios que es el Viviente y el Misericordioso. 

Sólo la fe en el Dios vivo nos salva; en el Dios que en Jesucristo nos ha dado su vida con el don del Espíritu Santo y nos hace vivir como verdaderos hijos de Dios por su misericordia. Esta fe nos hace libres y felices. Pidamos a María, Madre de la Vida, que nos ayude a acoger y dar testimonio siempre del «Evangelio de la Vida». Así sea.
(Papa Francisco, homilía del 16 de junio de 2013)

No es un Dios de muertos, sino de vivos.


Evangelio según San Marcos 12,18-27. 

Se le acercaron unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caso: 

"Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: 'Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda'. 

Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. 
El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener hijos; lo mismo ocurrió con el tercero; y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos ellos, murió la mujer. 

Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?". 

Jesús les dijo: "¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo. 

Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.

Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes están en un grave error". 

Homilía del Papa: el cristiano sirve inmediatamente y con alegría

Si “aprendiéramos el servicio y a salir al encuentro de los demás”, cómo “cambiaría el mundo”. Con esta consideración el Papa Francisco concluyó la homilía de la Misa de la mañana celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice dedicó su reflexión a la Virgen, en el día conclusivo del mes mariano. Y afirmó que el servicio y el encuentro, hacen experimentar una “alegría” que “colma la vida”.Coraje femenino, capacidad de salir al encuentro de los demás, mano extendida en el sentido de ayuda, diligencia, y, sobre todo alegría, de esas que colman el corazón y dan sentido a la vida y un rumbo nuevo.
La alegría y la cara torcida
Inspirándose en el pasaje del Evangelio que narra la visita de María a Santa Isabel; pasaje que, junto a las palabras del Profeta Sofonías en la Primera lectura y de San Pablo en la Segunda, Francisco afirmó que estos conceptos presentan una liturgia “llena de alegría”, que llega como una ventada de “aire fresco” para “colmar nuestra vida”:
“Qué feo esos cristianos con la cara torcida, los cristianos tristes. Qué cosa fea, fea, fea. No son plenamente cristianos. Creen que los son, pero no lo son plenamente. Éste es el mensaje cristiano. Y en este clima de alegría, que la liturgia nos da hoy como un regalo, quisiera subrayar sólo dos cosas: primero: una actitud; y segundo: un hecho. La actitud es el servicio”.
Las mujeres, coraje de la Iglesia

Además el Papa observó que María desarrolla su servicio sin titubeos. De hecho, tal como se lee en el Evangelio, “fue inmediatamente” y esto, afirmó Francisco, a pesar de estar embarazada y correr el riesgo de encontrarse con algún bandido a lo largo del camino. “Esta muchacha de 16 o 17 años, dijo, “era valerosa. Se levanta y va”, sin excusas:
“Coraje de mujer. Las mujeres valerosas que hay en la Iglesia: son como la Virgen. Estas mujeres que llevan adelante la familia, estas mujeres que llevan adelante la educación de los hijos, que afrontan tantas adversidades, tanto dolor, que cuidan a los enfermos… Valerosas: se levantan y sirven, sirven. El servicio es signo cristiano. Quien no vive para servir, no sirve para vivir. Servicio en la alegría, ésta es la actitud que yo quisiera subrayar hoy. Hay alegría y también servicio. Siempre para servir”.
El encuentro es un signo cristiano
El segundo punto sobre el que el Papa se detuvo en su homilía fue el encuentro entre María y su prima. Y evidenció que “estas dos mujeres se encuentran y se encuentran con alegría”, aquel momento es “toda una fiesta”. De ahí que haya afirmado “si nosotros aprendiéramos esto”, es decir el servicio, y a “salir al encuentro de los demás, cómo cambiaría el mundo”:
“El encuentro es otro signo cristiano. Una persona que dice ser cristiana y no es capaz de salir al encuentro de los demás, de encontrar a los demás, no es totalmente cristiana. Tanto el servicio como el encuentro requieren Salir de sí mismos: salir para servir y salir para encontrar, para abrazar a otra persona. Con este servicio de María, con este encuentro, se renueva la promesa del Señor, se pone en práctica en el presente, en aquel presente. Y precisamente el Señor – como hemos escuchado en la primera Lectura: ‘El Señor tu Dios está en medio de ti” – el Señor está en el servicio, el Señor está en el encuentro”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

martes, 31 de mayo de 2016

EL SEÑOR ES MI DIOS Y SALVADOR, CONFIARÉ Y NO TEMERÉ

Is 12,2-3.4bcd.5-6

Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel

El Señor es mi Dios y salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
Él fue mi salvación.
Y sacaréis aguas con gozo
de las fuentes de la salvación.

Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel

Dad gracias al Señor,
invocad su Nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su Nombre es excelso.

Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel

Tañed para el Señor, que hizo proezas,
anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sión: 
«Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.»

Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚ SAN LUCAS 1,39-56, POR EL PAPA FRANCISCO:



El Evangelio de hoy nos presenta a María, que, inmediatamente después de haber concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, va a visitar a su anciana pariente Isabel, quien también milagrosamente espera un hijo. 

En este encuentro lleno del Espíritu Santo, María expresa su alegría con el cántico del Magníficat, porque ha tomado plena conciencia del significado de las grandes cosas que están sucediendo en su vida: a través de ella se llega al cumplimiento de toda la espera de su pueblo.

Pero el Evangelio nos muestra también cuál es el motivo más profundo de la grandeza de María y de su dicha: el motivo es la fe. De hecho, Isabel la saluda con estas palabras: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). 

La fe es el corazón de toda la historia de María; ella es la creyente, la gran creyente; ella sabe —y lo dice— que en la historia pesa la violencia de los prepotentes, el orgullo de los ricos, la arrogancia de los soberbios. Aún así, María cree y proclama que Dios no deja solos a sus hijos, humildes y pobres, sino que los socorre con misericordia, con atención, derribando a los poderosos de sus tronos, dispersando a los orgullosos en las tramas de sus corazones. Esta es la fe de nuestra madre, esta es la fe de María.

… Las «cosas grandes» hechas en Ella por el Todopoderoso nos tocan profundamente, nos hablan de nuestro viaje en la vida, nos recuerdan la meta que nos espera: la casa del Padre. Nuestra vida, vista a la luz de María asunta al Cielo, no es un deambular sin sentido, sino una peregrinación que, aun con todas sus incertidumbres y sufrimientos, tiene una meta segura: la casa de nuestro Padre, que nos espera con amor.

Mientras tanto, mientras transcurre la vida, Dios hace resplandecer para su pueblo, todavía peregrino sobre la tierra, un signo de consuelo y de segura esperanza. Ese signo tiene un rostro, ese signo tiene un nombre: el rostro luminoso de la Madre del Señor, el nombre bendito de María, la llena de gracia, bendita porque ella creyó en la palabra del Señor: ¡la gran creyente! 

Como miembros de la Iglesia, estamos destinados a compartir la gloria de nuestra Madre, porque, gracias a Dios, también nosotros creemos en el sacrificio de Cristo en la cruz y, mediante el Bautismo, somos introducidos en este misterio de salvación.

Hoy todos juntos le rezamos para que, mientras se desarrolla nuestro camino en esta tierra, Ella vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos, nos despeje el camino, nos indique la meta, y nos muestre después de este exilio a Jesús, el fruto bendito de su vientre. Y decimos juntos: Oh clemente, oh pía, oh dulce Virgen María. 
(Papa Francisco, Ángelus del 5 de agosto de 2015)

LA MISERICORDIA DE DIOS SE EXTIENDE DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN

Evangelio según San Lucas 1,39-56. 

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. 

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: 

"¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.

Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor". 

María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora.

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz". 
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! 

Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. 

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. 

Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. 

Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. 

Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre". 

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. 

¿ME ACUERDO DE LAS MARAVILLAS QUE EL SEÑOR HA HECHO EN MI VIDA?

En su camino de fe, la Iglesia y cada cristiano deben estar atentos a no encerrarse en un sistema de normas, sino que deben dejar espacio a la “memoria” de los dones recibidos por Dios, al dinamismo de la “profecía” y al horizonte de la “esperanza”. 

El Papa Francisco resumió con estas tres palabras su homilía de la Misa de la mañana, celebrada en la capilla de la Casa se Santa Marta.

El andamiaje de la ley que todo delimita y el soplo liberador de la profecía que impulsa más allá de los confines. En la vida de la fe – advirtió el Pontífice – el exceso de confianza en la norma puede sofocar el valor de la memoria y el dinamismo del Espíritu.

Jesús, en el pasaje evangélico del día, demuestra este asunto a los escribas y a los fariseos – que querrían hacerlo callar – con la parábola de los viñadores homicidas. El dueño plantó una viña bien organizada y se la encomendó a los campesinos; pero ellos deciden rebelarse, pegando y matando a los siervos que aquel patrón envía para pedir la cosecha que le corresponde. 

El culmen del drama es el asesinato del único hijo del patrón, hecho que habría permitido, según pensaban injustamente los campesinos, que se quedaran con toda la herencia.

Casuística y libertad

El Santo Padre afirmó que asesinar a los siervos y al hijo – imagen de los profetas de la Biblia y de Cristo – muestra a “un pueblo encerrado en sí mismo, que no se abre a las promesas de Dios, que no espera las promesas de Dios.

Y dijo que se trata de un pueblo “sin memoria, sin profecía y sin esperanza”. A la vez que añadió que a los jefes del pueblo les interesa levantar un muro de leyes, “un sistema jurídico cerrado”, y nada más:

“La memoria no interesa. La profecía: mejor que no vengan los profetas. ¿Y la esperanza? Cada uno la verá. Este es el sistema: doctores de la ley, teólogos que siempre van por la vía de la casuística y no permiten la libertad del Espíritu Santo; no reconocen el don de Dios, el don del Espíritu y enjaulan al Espíritu, porque no permiten la profecía en la esperanza”.

“Este es el sistema religioso al que habla Jesús. ‘Un sistema – come dice la Primera Lectura – de corrupción, de mundanidad y de concupiscencia’, tal como San Pedro dice en la Primera Lectura”.

La memoria nos hace libres


El Santo Padre afirmó que la esencia de las tres tentaciones que Jesús sufrió en el desierto es similar: el diablo le tentó para que perdiera la memoria de su misión, no diera lugar a la profecía y prefiriese la seguridad en lugar de la esperanza.

“A esta gente Jesús les reprocha, porque conocía la tentación: ‘Ustedes van por medio mundo para conseguir un prosélito y cuando lo encuentran, lo hacen esclavo’. ¡Este pueblo tan organizado, esta Iglesia tan organizada hace esclavos! 

Y así se entiende la reacción de Pablo cuando habla de la esclavitud de la ley y de la libertad que te da la gracia. Un pueblo es libre, una Iglesia es libre cuando hace memoria, cuando deja lugar a los profetas, cuando no pierde la esperanza”.

¿Corazón abierto o enjaulado?

El Obispo de Roma subrayó que la viña bien organizada es “la imagen del pueblo de Dios, la imagen de la Iglesia y también la imagen de nuestra alma”, de la que el Padre se ocupa siempre con “tanto amor y tanta ternura”. Rebelarse a Él es como para los viñadores homicidas, “perder la memoria del don” recibido por Dios, mientras “para recordar y no equivocarse en el camino” es importante “volver siempre a las raíces”:

“¿Yo tengo memoria de las maravillas que el Señor ha hecho en mi vida? ¿Tengo memoria de los dones del Señor? ¿Yo soy capaz de abrir el corazón a los profetas, es decir al que me dice ‘esto no va, debes ir hacia allá; ve adelante, corre el riesgo’? Esto hacen los profetas… ¿Yo estoy abierto a eso o soy temeroso y prefiero encerrarme en la jaula de la ley?

Y al final: ¿yo tengo esperanza en las promesas de Dios, como tuvo nuestro padre Abraham, que salió de su tierra sin saber a dónde iba, sólo porque esperaba en Dios? Nos hará bien hacernos estas tres preguntas…”.


lunes, 30 de mayo de 2016

Osoro en el Corpus: "Dios nos da su corazón para hacernos descubrir que nadie sobra"

Cristo fuente de misericordia. ¡Acompáñale! es el lema con el que hoy se celebra la fiesta del Corpus Christi. Presidida por el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, la solemne procesión con el Santísimo por las calles de Madrid dará comienzo a las 19:00 horas en la plaza de la Almudena.
Como novedad, este año el prelado presidirá la celebración de la Eucaristía del Corpus Christi a las 12:00 horas, en la catedral de Santa María la Real de la Almudena.
Por su interés, adjuntamos la homilía de monseñor Osoro:

Queridos hermanos:
La fiesta del Corpus Christi surge a mediados del siglo XIII, en el año 1264, en Lieja, y se extiende por voluntad del Papa Urbano IV a la Iglesia universal. Esta celebración litúrgica alcanza su máxima expresión cuando comienza a introducirse la procesión del Santísimo con la participación de todo el pueblo. De tal manera que esta procesión asumió un carácter solemne de manifestación de la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, de adoración pública del Señor.
La presencia de Dios entre nosotros nos ilumina, nos da su Luz. ¡Qué oscura se vuelve la realidad de cada uno de nosotros, de nuestro mundo y de la historia de los hombres cuando retiramos a Dios de ella! Sin Él, el mundo se parece a una caverna sin luz. Cuando dejamos que entre Dios todo queda iluminado de una manera nueva: nos da sus ojos para vernos y ver a los demás, nos da su corazón para hacernos descubrir que nadie sobra, nos da su amor que es la medicina que elimina todo contagio de egoísmo y de tentación de eliminar a quien a mí me parece que sobra.
El Evangelio que hemos proclamado nos sitúa en un dinamismo en medio de este mundo nuevo. Frente a la lógica de los hombres, que es la que los discípulos tienen al igual que nosotros y que es normal, ¿cómo dar de comer con tan poco a tanta gente? «No tenemos más que cinco panes y dos peces... porque eran unos cinco mil hombres». Frente a esta lógica está la lógica de Dios, que se nos revela en Jesucristo y que el Señor nos pide que sea la que asumamos: "dadles vosotros de comer: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta... Él tomado los cinco panes y dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente». Lo poco en nuestras manos es poco, lo poco en manos de Dios es mucho.
Asumamos esta lógica de Dios, vivamos desde ella y con ella. El oficio que nos regala el Señor a todos los hombres es vivir una comunión de vida con Él. Cuya máxima expresión la descubrimos en la Eucaristía. Celebrad la Misa. Dejaos hacer por el Señor, su gracia y su fuerza. Alcanza unas dimensiones imprevisibles acoger este mandato del Señor: «Dadles vosotros de comer». Y dadles a todos los hombres que os encontréis en el camino. ¡Qué oficio más hermoso! Asumamos el oficio de ser misericordiosos, de regalar el amor de Dios. No es un oficio descansado, pues hay que ir a todos y hay que dar todo lo que necesitan nuestros hermanos.
Pero es el mejor oficio, es entrar en el oficio de la alegría, que lo es de la verdad y de la vida. Sin la presencia del Señor, nuestro mundo es como un hospital sin médicos ni enfermeras, donde todos los padecimientos y enfermedades se multiplican. Observad la historia, mirad a los pueblos a quienes se les ha eliminado la presencia de Dios: la luz y el sol no existen. Por eso le decimos al Señor hoy que deseamos dar salud a nuestro mundo. Le gritamos en este día del Corpus Christi en nuestras calles y aquí ahora, diciéndole: «Danos tu caridad, danos tu amor». Pero no lo guardemos, repartamos ese amor como tú lo haces.  

¿Queréis ser dichosos? ¿Queréis hacer el Reino de Dios, que lo es de amor, justicia, verdad y vida? ¿Queréis acoger la misericordia y regalarla? ¿Queréis tener en vuestra vida el arte de las artes? Acoged en vuestra vida a Cristo, al Amor de Cristo, vivid la caridad. Celebrad la Cena del Señor como nos decía san Pablo hace un momento: «Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido... Haced esto en memoria mía». Salir con el Señor hoy por las calles es decir al mundo que el amor de Dios manifestado en Jesucristo realmente presente en la Eucaristía es revolucionario. No hay otra que se necesite más en este mundo. Y no se hace con armas o insultos, ni descartes o poniendo muros. El amor de Dios, su misericordia es revolucionaria y siempre misionera, es contagiosa. Es mucho más que asistencia pública, departamentos de ayuda, servicios sociales.
Cristo pasó haciendo el bien por el mundo que era el suyo. Y nos llama a hacer lo mismo sin dejarnos solos. Para ello tenemos que tener un encuentro vivo con Jesucristo. Miradlo. Contemplad su rostro con toda intensidad. Volvamos siempre al Señor. Hacer la revolución de la misericordia es hacer que el rostro de Cristo pueda ser reconocido en aquellos que la ejercen. San Agustín es probablemente entre los Padres quien expresó de forma más precisa y profunda el vínculo que se da entre la Eucaristía y la Iglesia. Quien engendra y genera que el mandamiento del amor sea para los discípulos de Cristo vinculante es la Eucaristía; quienes nos alimentamos de Cristo, hemos de hacer las obras de Cristo y hemos de dar y vivir con el amor de Cristo.
Si no vivimos en el amor, si no mostramos el amor de Cristo en obras y palabras, ofendemos la Eucaristía. Es en y desde la Eucaristía donde engendramos un nuevo tipo de relaciones entre los hombres, que nacen de la comunión con Cristo. Y es entonces cuando entendemos las palabras del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él... El que me come vivirá por mí» (Jn 6, 56-57). La comunión con Nuestro Señor Jesucristo cura heridas, rupturas, enfrentamientos, y nos lleva siempre a buscar el encuentro con el otro. Así lo hizo el Maestro.
Por eso es una gracia para la Iglesia esta fiesta del Corpus Christi: saliendo el Señor por las calles, nosotros los cristianos podemos mirarlo, contemplarlo y, en esa actitud, se crea en nuestra vida una nueva manera de vivir y se convierte en una escuela para la comunión. La Iglesia vive de la Eucaristía. La fiesta del Corpus Christi quiere suscitar en los cristianos y en quienes ven el paso del Señor lo que podemos llamar el asombro eucarístico. Pido al Señor que se suscite en todos este asombro, que en definitiva es la invitación a que contemplemos el rostro de Cristo. Recuerdo unas palabras del Papa Francisco: «La Eucaristía es el sacramento de la comunión; nos lleva del anonimato a la comunión, a la comunidad... nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él».
Se puede ver en la Última Cena el acto con que Jesús, al instituir la Eucaristía, manifiesta en un denso resumen sus intenciones respecto a la Iglesia. La Eucaristía muestra de una manera palpable el amor del Señor que llega hasta el extremo, pues es un amor que no conoce medida. Míralo, contémplalo, pues engendra una manera de vivir nueva y educa para una manera de estar con los hombres.
Contemplar al Señor en el Misterio de la Eucaristía, su presencia real, dar culto a la Eucaristía fuera de la Misa, es un privilegio para aprender el arte de amar, el arte de la caridad. Para un cristiano que celebra y adora la Eucaristía, nada de rupturas, divisiones, cerrazones en las relaciones y la convivencia social, cultural, económica o política; pues nos compromete de lleno al servicio, al testimonio y a la solidaridad con los hermanos, es decir, a la vivencia del mandamiento del amor nuevo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado».
Por eso, en este día del Corpus Christi se nos recuerde a través de la organización de Cáritas que el sacramento de la Eucaristía no se puede separar del mandamiento de la caridad. No se puede recibir el Cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, están encarcelados o se encuentran enfermos. Hay que dar de lo que nos alimentamos y contemplamos. Acojamos a Cristo y vivamos de Cristo que se hace presente aquí y ahora en el Misterio de la Eucaristía. Amén.
(Archidiócesis de Madrid)

Los viñadores homicidas.

Evangelio según San Marcos 12,1-12.

Jesús se puso a hablarles en parábolas: "Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía.
Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías.
De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes.
Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros.
Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: 'Respetarán a mi hijo'.
Pero los viñadores se dijeron: 'Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra'.
Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros.
¿No han leído este pasaje de la Escritura: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular:
esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?".
Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.

domingo, 29 de mayo de 2016

«Jesús sin techo», nueva y conmovedora imagen en La Almudena


Este domingo, 29 de mayo, antes de la solemne celebración de la Misa del Corpus que ha presidido a las 12 horas en la catedral, el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, ha bendecido la estatuta de «Jesús desamparado» instalada recientemente en el lateral de la plaza de San Juan Pablo II, entrando por la calle Bailén. Se trata de una imagen de Jesús, en tamaño natural, que representa una persona sin techo acostada en un banco, envuelto enteramente por una manta ligera, en la que solo pueden verse los pies que están marcados por los clavos de la crucifixión. Motivo por el que también se conoce a la imagen como la de «Jesús mendigo» o «Jesús sin techo».
Inspirada en el evangelio de san Mateo
El artista canadiense Thimoty P. Schmalz realizó esta obra después de haber visto a una persona sin hogar durmiendo en un banco al aire libre durante unas fiestas navideñas. «Cuando vemos a los marginados deberíamos ver a Jesucristo», señala el autor, en alusión al final de Mateo 25 («Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí»)».
Réplicas en todo el mundo
La escultura original se encuentra en la escuela de Teología de los jesuitas de Toronto, el Regis College, y hay otras copias como esta de Madrid en diferentes partes del mundo como, por ejemplo en Cuba, Australia, India, Irlanda, varias ciudades de Estados Unidos o el Vaticano.
Cuando el Santo Padre vio la obra, que bendijo el 20 de noviembre de 2013, «tocó las rodillas y los pies, y rezó» y esto es lo que el «Papa Francisco está haciendo justamente: acercarse a los marginados», detalla el escultor.

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