domingo, 22 de marzo de 2015

Evangelio, Crucifijo y testimonio de fe para quienes quieren conocer a Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


En este quinto domingo de Cuaresma, el evangelista Juan nos llama la atención con un particular curioso: algunos “griegos”, judíos, llegados a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, se dirigen al apóstol Felipe, y le dicen: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12:21). En la ciudad santa, donde Jesús fue por última vez, hay mucha gente. 

Están los pequeños y los sencillos, que han acogido festivamente al profeta de Nazaret reconociendo en Él al Enviado del Señor. Están los sumos sacerdotes y los líderes del pueblo, que lo quieren eliminar porque lo consideran herético y peligroso. También hay personas, como esos “griegos”, que están curiosos de verlo y de saber más acerca de su persona y de las obras que Él ha realizado, la última de las cuales – la resurrección de Lázaro – ha causado mucha sensación.

“Queremos ver a Jesús”: estas palabras, al igual que muchas otras en los Evangelios, van más allá del episodio particular y expresan algo universal; revelan un deseo que atraviesa épocas y culturas, un deseo presente en los corazones de muchas personas que han oído hablar de Cristo, pero no lo han encontrado aún. “Yo deseo ver a Jesús”, así siente el corazón de esta gente.

Respondiendo indirectamente, en modo profético, a aquel pedido de poderlo ver, Jesús pronuncia una profecía que revela su identidad e indica el camino para conocerlo verdaderamente: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado”. (Jn 12,23). ¡Es la hora de la Cruz! Es la hora de la derrota de Satanás, príncipe del mal, y del triunfo definitivo del amor misericordioso de Dios. Cristo declara que será “levantado en alto sobre la tierra” (v. 32), una expresión con doble significado: “levantado” porque crucificado, y “levantado” porque exaltado por el Padre en la Resurrección, para atraer a todos a sí mismo y reconciliar a los hombres con Dios y entre sí. La hora de la Cruz, la más oscura de la historia, es también la fuente de salvación para todos los que creen en Él.

Continuando en la profecía sobre su Pascua ya inminente, Jesús usa una imagen sencilla y sugestiva, aquella del "grano de trigo" que caído en la tierra, muere para dar fruto (cfr. v. 24). En esta imagen encontramos otro aspecto de la Cruz de Cristo: el de la fecundidad. La cruz de Cristo es fecunda. La muerte de Jesús, de hecho, es una fuente inagotable de vida nueva, porque lleva en sí la fuerza regeneradora del amor de Dios. Inmersos en este amor por el Bautismo, los cristianos pueden convertirse en "granos de trigo" y dar mucho fruto, si al igual que Jesús, "pierden la propia vida" por amor a Dios y a los hermanos (cfr. v. 25).

Por esta razón, a aquellos que aún hoy "quieren ver a Jesús", a los que están en la búsqueda del rostro de Dios; a quien ha recibido una catequesis cuando era pequeño y luego no la ha profundizado más y quizás ha perdido la fe; a tantos que aún no han encontrado a Jesús personalmente... a todas estas personas podemos ofrecerles tres cosas: el Evangelio; el Crucifijo y el testimonio de nuestra fe, pobre pero sincera. El Evangelio: ahí podemos encontrar a Jesús, escucharlo, conocerlo. El Crucifijo: signo del amor de Jesús que se entregó por nosotros. Y luego, una fe que se traduce en gestos simples de caridad fraterna. Pero principalmente en la coherencia de vida: entre lo que decimos y lo que vivimos, coherencia entre nuestra fe y nuestra vida, entre nuestras palabras y nuestras acciones. Evangelio, Crucifijo y testimonio. Que la Virgen nos ayude a llevar estas tres cosas.
(Angelus domini…)

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual - RV)

ATRAÍDOS POR EL CRUCIFICADO


Un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con una petición admirable: «Queremos ver a Jesús». Cuando se lo comunican, Jesús responde con un discurso vibrante en el que resume el sentido profundo de su vida. Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y solo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.

Para ello se necesita, desde luego, algo más que haber oído hablar de la doctrina de la redención. Algo más que asistir a algún acto religioso de la Semana Santa. Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.

Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: «El que quiera servirme que me siga, y donde esté yo, allí estará también mi servidor».

Todo arranca de un deseo de «servir» a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir solo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.

Esto significa compartir su vida y su destino: «donde esté yo, allí estará mi servidor». Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.

¿Cómo sería una Iglesia «atraída» por el Crucificado, impulsada por el deseo de «servirle» solo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?

José Antonio Pagola


Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.

Lectura del santo evangelio según san Juan 12,20-33
En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:
- «Señor, quisiéramos ver a Jesús.»
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó:
- «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.
Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.
Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»
Entonces vino una voz del cielo:
- «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.»
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
Jesús tomó la palabra y dijo:
- «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.
Palabra del Señor.

Oración para pedir buenos sacerdotes, de Pablo VI


¡Oh Jesús!, divino pastor de las almas,
que llamaste a los apóstoles para hacerlos
pescadores de hombres: atrae hacia ti
las almas ardientes y generosas de los jóvenes
para hacerlos tus seguidores y ministros.
 
Hazlos partícipes de tu sed de redención universal,
por la cual renuevas tu sacrificio sobre tus altares.
Descúbreles el horizonte del mundo entero donde
la silenciosa súplica de tantos hermanos pide la luz
de la verdad y el calor del amor, para que respondiendo
a tu llamado prolonguen aquí en la tierra tu misión,
edifiquen tu Cuerpo Místico, la Iglesia, y sean sal de la tierra
y luz del mundo.
 
Extiende, Señor, tu llamado a muchas almas
generosas e infúndeles el ansia de la perfección
evangélica y de la entrega al servicio de la Iglesia
y de los hermanos necesitados de asistencia y caridad. 
Amén.
 
Por Pablo VI
Oración publicada por Oleada Joven

sábado, 21 de marzo de 2015

El Papa en Scampia invita a luchar por la dignidad

Desde el campo deportivo el Papa recorrió en papamóvil la distancia que lo separaba de la Plaza Juan Pablo II donde se encontró con los habitantes del barrio y con los representantes de diversas categorías sociales. Francisco, rodeado de niños, recibió el saludo del cardenal arzobispo de Nápoles, Crescenzio Sepe y de dos personas que le dieron la bienvenida en nombre de los emigrantes y de los trabajadores.
A continuación pronunció un discurso cuyo texto oficial dejó en varias ocasiones de lado, para dialogar abiertamente con los presentes. ''Pertenecéis a un pueblo con una larga historia, atravesada por vicisitudes complejas y dramáticas -dijo- La vida en Nápoles nunca ha sido fácil, pero nunca ha sido triste Este es vuestro recurso más grande, la alegría. El camino diario en esta ciudad, con sus dificultades, su malestar y a veces sus duras pruebas produce una cultura de la vida que siempre ayuda a levantarse después de cada caída, y conseguir que el mal no tenga nunca la última palabra. Es la esperanza, cómo sabéis bien, esta gran herencia, esta "palanca del alma", tan preciosa, pero también tan expuesta al asalto y al robo. El que voluntariamente emprende el camino del mal roba un trozo de esperanza...Lo roba a sí mismo y a tanta gente honrada y trabajadora, al buen nombre de la ciudad, a su economía''.
Después respondió a una inmigrante filipina, que había hablado también en nombre de las personas sin hogar pidiendo una palabra que les asegurase que eran ''hijos de Dios''. Francisco, visiblemente emocionado, contestó que los emigrantes no solo tenían que estar seguros de ser amados y queridos por Dios, sino tener también la certeza de ser ciudadanos y recordó que hacer que se sintieran así era responsabilidad de todos. Más aún, subrayó, que todos en esta tierra somos emigrantes, hijos de Dios en camino, porque ninguno tiene una morada fija en esta tierra.
La falta de trabajo -dijo el Papa al segundo interlocutor- es un signo negativo de nuestro tiempo, de un sistema que descarta a la gente y esta vez el turno les ha tocado a los jóvenes que no pueden esperar en un futuro. El Santo Padre reiteró que el desempleo, el no poder llevar el pan a casa, comporta para el que lo padece, la pérdida de la dignidad. También denunció las formas de explotación laboral, como el trabajo sin contribuciones a la Seguridad Social o a la jubilación y subrayó que no podía llamarse cristiana la persona que propone un trabajo de once horas al día sin seguro de ningún tipo pagado poco y mal y que, ante la perplejidad del trabajador le dice que si no está dispuesto a aceptar hay muchos otros dispuestos a ocupar su puesto. Francisco se refirió a esta forma de explotación como esclavitud e invitó a todos a combatirla de raíz, a luchar por la dignidad y a no callar ante la injusticia.
Por último respondiendo al saludo de un representante de la magistratura, que había hablado de la importancia de la educación para crear ciudadanos honrados, afirmó que sin lugar a dudas el camino de la educación era un camino de esperanza y la mejor prevención para los males.
No dejó tampoco de nombrar a la corrupción, afirmando que una sociedad que cierra las puertas a los emigrantes y no da trabajo a la gente es una sociedad corrupta, una sociedad descompuesta y advirtió, al mismo tiempo, que ninguno de nosotros puede decir que está a salvo de la corrupción, porque es muy fácil caer víctima de ella, es ''un deslizarse hacia los negocios fáciles... hacia la explotación de las personas''. ''Un cristiano que deja entrar dentro de sí la corrupción, no es un cristiano -exclamó- hiede''.
Francisco alentó la presencia y el compromiso de las instituciones ciudadanas porque ''una comunidad no puede progresar sin su respaldo'' e invitó a realizar una ''buena política'', que es un servicio a las personas, que se lleva a cabo sobre todo en ámbito local, donde el peso de las omisiones y los retrasos es todavía más fuerte. ''La buena política es una de las manifestaciones más altas de la caridad, del servicio y del amor''. ''Haced una buena política -exclamó- pero entre vosotros: la política se hace todos juntos''.
''Nápoles -concluyó- está siempre dispuesta a resurgir, haciendo palanca sobre una esperanza forjada con mil pruebas y por lo tanto, un verdadero recurso con que contar siempre. Su raíz está en el ánimo de los napolitanos, en su alegría, en su religiosidad, en su piedad... Os deseo que tengáis el valor de salir adelante con esta alegría... el valor de no robar jamás la esperanza a ninguno... Os deseo que sigáis adelante buscando fuentes de empleo, para que todos tengan la dignidad de llevar el pan a casa y de salir adelante con la limpieza del alma propia, con la limpieza de la ciudad, con la limpieza de la sociedad, para que no haya ese hedor que da la corrupción''.

El Papa pide la abolición de la pena capital: la justicia no se alcanza dando muerte a un ser humano

Con estas letras, deseo hacer llegar mi saludo a todos los miembros de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, al grupo de países que la apoyan, y a quienes colaboran con el organismo que Ud. preside. Quiero además expresar mi agradecimiento personal, y también el de los hombres de buena voluntad, por su compromiso con un mundo libre de la pena de muerte y por su contribución para el establecimiento de una moratoria universal de las ejecuciones en todo el mundo, con miras a la abolición de la pena capital.
He compartido algunas ideas sobre este tema en mi carta a la Asociación Internacional de Derecho Penal y a la Asociación Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología, del 30 de mayo de 2014. He tenido la oportunidad de profundizar sobre ellas en mi alocución ante las cinco grandes asociaciones mundiales dedicadas al estudio del derecho penal, la criminología, la victimología y las cuestiones penitenciarias, del 23 de octubre de 2014. En esta oportunidad, quiero compartir con ustedes algunas reflexiones con las que la Iglesia contribuya al esfuerzo humanista de la Comisión.
El Magisterio de la Iglesia, a partir de la Sagrada Escritura y de la experiencia milenaria del Pueblo de Dios, defiende la vida desde la concepción hasta la muerte natural, y sostiene la plena dignidad humana en cuanto imagen de Dios (cf. Gen 1,26). La vida humana es sagradaporque desde su inicio, desde el primer instante de la concepción, es fruto de la acción creadora de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2258), y desde ese momento, el hombre, única criatura a la que Dios ha amado por sí mismoes objeto de un amor personalpor parte de Dios (cf. Gaudium et spes, 24).
Los Estados pueden matar por acción cuando aplican la pena de muerte, cuando llevan a sus pueblos a la guerra o cuando realizan ejecuciones extrajudiciales o sumarias. Pueden matar también por omisión, cuando no garantizan a sus pueblos el acceso a los medios esenciales para la vida. «Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión la inequidad”» (Evangelii gaudium, 53).
La vida, especialmente la humana, pertenece sólo a Dios. Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante. Como enseña san Ambrosio, Dios no quiso castigar a Caín con el homicidio, ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte (cf. Evangelium vitae, 9).
En algunas ocasiones es necesario repeler proporcionadamente una agresión en curso para evitar que un agresor cause un daño, y la necesidad de neutralizarlo puede conllevar su eliminación: es el caso de la legítima defensa (cf. Evangelium vitae, 55). Sin embargo, los presupuestos de la legítima defensa personal no son aplicables al medio social, sin riesgo de tergiversación. Es que cuando se aplica la pena de muerte, se mata a personas no por agresiones actuales, sino por daños cometidos en el pasado. Se aplica, además, a personas cuya capacidad de dañar no es actual sino que ya ha sido neutralizada, y que se encuentran privadas de su libertad.
Hoy día la pena de muerte es inadmisible, por cuanto grave haya sido el delito del condenado. Es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona humana que contradice el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa, e impide cumplir con cualquier finalidad justa de las penas. No hace justicia a las víctimas, sino que fomenta la venganza.
Para un Estado de derecho, la pena de muerte representa un fracaso, porque lo obliga a matar en nombre de la justicia. Escribió Dostoevskij: «Matar a quien mató es un castigo incomparablemente mayor que el mismo crimen. El asesinato en virtud de una sentencia es más espantoso que el asesinato que comete un criminal». Nunca se alcanzará la justicia dando muerte un ser humano.
La pena de muerte pierde toda legitimidad en razón de la defectiva selectividad del sistema penal y frente a la posibilidad del error judicial. La justicia humana es imperfecta, y no reconocer su falibilidad puede convertirla en fuente de injusticias. Con la aplicación de la pena capital, se le niega al condenado la posibilidad de la reparación o enmienda del daño causado; la posibilidad de la confesión, por la que el hombre expresa su conversión interior; y de la contrición, pórtico del arrepentimiento y de la expiación, para llegar al encuentro con el amor misericordioso y sanador de Dios.
La pena capital es, además, un recurso frecuente al que echan mano algunos regímenes totalitarios y grupos de fanáticos, para el exterminio de disidentes políticos, de minorías, y de todo sujeto etiquetado como “peligroso” o que puede ser percibido como una amenaza para su poder o para la consecución de sus fines. Como en los primeros siglos, también en el presente la Iglesia padece la aplicación de esta pena a sus nuevos mártires.
La pena de muerte es contraria al sentido de la humanitas y a la misericordia divina, que debe ser modelo para la justicia de los hombres. Implica un trato cruel, inhumano y degradante, como también lo es la angustia previa al momento de la ejecución y la terrible espera entre el dictado de la sentencia y la aplicación de la pena, una “tortura” que, en nombre del debido proceso, suele durar muchos años, y que en la antesala de la muerte no pocas veces lleva a la enfermedad y a la locura.
Se debate en algunos lugares acerca del modo de matar, como si se tratara de encontrar el modo de “hacerlo bien”. A lo largo de la historia, diversos mecanismos de muerte han sido defendidos por reducir el sufrimiento y la agonía de los condenados. Pero no hay forma humana de matar a otra persona.
En la actualidad, no sólo existen medios para reprimir el crimen eficazmente sin privar definitivamente de la posibilidad de redimirse a quien lo ha cometido (cf. Evangelium vitae, 27), sino que se ha desarrollado una mayor sensibilidad moral con relación al valor de la vida humana, provocando una creciente aversión a la pena de muerte y el apoyo de la opinión pública a las diversas disposiciones que tienden a su abolición o a la suspensión de su aplicación (cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 405).
Por otra parte, la pena de prisión perpetua, así como aquellas que por su duración conlleven la imposibilidad para el penado de proyectar un futuro en libertad, pueden ser consideradas penas de muerte encubiertas, puesto que con ellas no se priva al culpable de su libertad sino que se intenta privarlo de la esperanza. Pero aunque el sistema penal pueda cobrarse el tiempo de los culpables, jamás podrá cobrarse su esperanza.
Como expresé en mi alocución del 23 de octubre pasado, «la pena de muerte implica la negación del amor a los enemigos, predicada en el Evangelio. Todos los cristianos y los hombres de buena voluntad, estamos obligados no sólo a luchar por la abolición de la pena de muerte, legal o ilegal, y en todas sus formas, sino también para que las condiciones carcelarias sean mejores, en respeto de la dignidad humana de las personas privadas de la libertad».
Queridos amigos, los aliento a continuar con la obra que realizan, pues el mundo necesita testigos de la misericordia y de la ternura de Dios.
Me despido encomendándolos al Señor Jesús, que en los días de su vida terrena no quiso que hiriesen a sus perseguidores en su defensa - «Guarda tu espada en la vaina» (Mt 26,52) -, fue apresado y condenado injustamente a muerte, y se identificó con todos los encarcelados, culpables o no: «Estuve preso y me visitaron» (Mt 25,36). Él, que frente a la mujer adúltera no se cuestionó sobre su culpabilidad, sino que invitó a los acusadores a examinar su propia conciencia antes de lapidarla (cf. Jn 8,1-11), les conceda el don de la sabiduría, para que las acciones que emprendan en pos de la abolición de esta pena cruel, sean acertadas y fructíferas.
Les ruego que recen por mí. Cordialmente

Rosario de María, arma de paz y perdón: Súplica del Papa en Pompeya

Miles de files esperaban con gran alegría, este sábado, en el Santuario de Pompeya,  al Papa Francisco en la primera etapa de su Visita Pastoral que luego le lleva a Nápoles. Después de detenerse en silencio orante a los pies de la imagen de la Virgen María del Santo Rosario, Francisco pronunció una ‘Pequeña Súplica’, inspirada en la histórica oración, que el Beato Bartolo Longo escribió en 1883:
«Virgen del Santo Rosario, Madre del Redentor, mujer de nuestra tierra encumbrada por encima de los cielos, humilde sierva del Señor, proclamada Reina del mundo, desde lo profundo de nuestras miserias recurrimos a ti. Con confianza de hijos miramos tu rostro dulcísimo.
Coronada con doce estrellas, tú nos llevas al misterio del Padre, tú resplandeces de Espíritu Santo, tú nos donas a tu Niño divino, Jesús, nuestra esperanza, única salvación del mundo. Brindándonos tu Rosario, tú nos invitas a contemplar su rostro. Tú nos abres su corazón, abismo de alegría y de dolor, de luz y de gloria, misterio del hijo de Dios, hecho hombre por nosotros. A tus pies sobre las huellas de los Santos, nos sentimos familia de Dios.
Madre y modelo de la Iglesia, tú eres guía y sostén seguro. Haz que seamos un corazón solo y un alma sola, pueblo fuerte en camino hacia la patria del cielo. Te entregamos nuestras miserias, los tantos caminos del odio y de la sangre, las mil antiguas y nuevas pobrezas y sobre todo nuestro pecado. A ti nos encomendamos, Madre de misericordia: obtennos el perdón de Dios, ayúdanos a construir un mundo según tu corazón.
Oh Rosario bendito de María, cadena dulce que nos anuda a Dios, cadena de amor que nos hace hermanos, no te dejaremos jamás. En nuestras manos serás arma de paz y de perdón, estrella de nuestro camino. Y nuestro beso a ti, en nuestro último respiro, nos sumergirá en una ola de luz, en la visión de la Madre amada y del Hijo divino, anhelo de alegría de nuestro corazón con el Padre y el Espíritu Santo».
Luego, en el atrio del Santuario, el Papa Francisco improvisó unas palabras, saludando a los fieles, algunos de ellos habían pasado toda la noche en oración esperándolo.
«¡Muchas Gracias! Hemos rezado todos a la Virgen, para que los bendiga a todos, a ustedes, a mí a todo el mundo. Tenemos necesidad de la Virgen, para que nos custodie», dijo el Papa, renovando su invitación a rezar con él y rezando un Ave María, con todos los fieles. Breve e intenso encuentro que culminó con su Bendición y su ‘¡Hasta pronto!’
(CdM – RV)