sábado, 21 de marzo de 2015

El Papa en Scampia invita a luchar por la dignidad

Desde el campo deportivo el Papa recorrió en papamóvil la distancia que lo separaba de la Plaza Juan Pablo II donde se encontró con los habitantes del barrio y con los representantes de diversas categorías sociales. Francisco, rodeado de niños, recibió el saludo del cardenal arzobispo de Nápoles, Crescenzio Sepe y de dos personas que le dieron la bienvenida en nombre de los emigrantes y de los trabajadores.
A continuación pronunció un discurso cuyo texto oficial dejó en varias ocasiones de lado, para dialogar abiertamente con los presentes. ''Pertenecéis a un pueblo con una larga historia, atravesada por vicisitudes complejas y dramáticas -dijo- La vida en Nápoles nunca ha sido fácil, pero nunca ha sido triste Este es vuestro recurso más grande, la alegría. El camino diario en esta ciudad, con sus dificultades, su malestar y a veces sus duras pruebas produce una cultura de la vida que siempre ayuda a levantarse después de cada caída, y conseguir que el mal no tenga nunca la última palabra. Es la esperanza, cómo sabéis bien, esta gran herencia, esta "palanca del alma", tan preciosa, pero también tan expuesta al asalto y al robo. El que voluntariamente emprende el camino del mal roba un trozo de esperanza...Lo roba a sí mismo y a tanta gente honrada y trabajadora, al buen nombre de la ciudad, a su economía''.
Después respondió a una inmigrante filipina, que había hablado también en nombre de las personas sin hogar pidiendo una palabra que les asegurase que eran ''hijos de Dios''. Francisco, visiblemente emocionado, contestó que los emigrantes no solo tenían que estar seguros de ser amados y queridos por Dios, sino tener también la certeza de ser ciudadanos y recordó que hacer que se sintieran así era responsabilidad de todos. Más aún, subrayó, que todos en esta tierra somos emigrantes, hijos de Dios en camino, porque ninguno tiene una morada fija en esta tierra.
La falta de trabajo -dijo el Papa al segundo interlocutor- es un signo negativo de nuestro tiempo, de un sistema que descarta a la gente y esta vez el turno les ha tocado a los jóvenes que no pueden esperar en un futuro. El Santo Padre reiteró que el desempleo, el no poder llevar el pan a casa, comporta para el que lo padece, la pérdida de la dignidad. También denunció las formas de explotación laboral, como el trabajo sin contribuciones a la Seguridad Social o a la jubilación y subrayó que no podía llamarse cristiana la persona que propone un trabajo de once horas al día sin seguro de ningún tipo pagado poco y mal y que, ante la perplejidad del trabajador le dice que si no está dispuesto a aceptar hay muchos otros dispuestos a ocupar su puesto. Francisco se refirió a esta forma de explotación como esclavitud e invitó a todos a combatirla de raíz, a luchar por la dignidad y a no callar ante la injusticia.
Por último respondiendo al saludo de un representante de la magistratura, que había hablado de la importancia de la educación para crear ciudadanos honrados, afirmó que sin lugar a dudas el camino de la educación era un camino de esperanza y la mejor prevención para los males.
No dejó tampoco de nombrar a la corrupción, afirmando que una sociedad que cierra las puertas a los emigrantes y no da trabajo a la gente es una sociedad corrupta, una sociedad descompuesta y advirtió, al mismo tiempo, que ninguno de nosotros puede decir que está a salvo de la corrupción, porque es muy fácil caer víctima de ella, es ''un deslizarse hacia los negocios fáciles... hacia la explotación de las personas''. ''Un cristiano que deja entrar dentro de sí la corrupción, no es un cristiano -exclamó- hiede''.
Francisco alentó la presencia y el compromiso de las instituciones ciudadanas porque ''una comunidad no puede progresar sin su respaldo'' e invitó a realizar una ''buena política'', que es un servicio a las personas, que se lleva a cabo sobre todo en ámbito local, donde el peso de las omisiones y los retrasos es todavía más fuerte. ''La buena política es una de las manifestaciones más altas de la caridad, del servicio y del amor''. ''Haced una buena política -exclamó- pero entre vosotros: la política se hace todos juntos''.
''Nápoles -concluyó- está siempre dispuesta a resurgir, haciendo palanca sobre una esperanza forjada con mil pruebas y por lo tanto, un verdadero recurso con que contar siempre. Su raíz está en el ánimo de los napolitanos, en su alegría, en su religiosidad, en su piedad... Os deseo que tengáis el valor de salir adelante con esta alegría... el valor de no robar jamás la esperanza a ninguno... Os deseo que sigáis adelante buscando fuentes de empleo, para que todos tengan la dignidad de llevar el pan a casa y de salir adelante con la limpieza del alma propia, con la limpieza de la ciudad, con la limpieza de la sociedad, para que no haya ese hedor que da la corrupción''.

El Papa pide la abolición de la pena capital: la justicia no se alcanza dando muerte a un ser humano

Con estas letras, deseo hacer llegar mi saludo a todos los miembros de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, al grupo de países que la apoyan, y a quienes colaboran con el organismo que Ud. preside. Quiero además expresar mi agradecimiento personal, y también el de los hombres de buena voluntad, por su compromiso con un mundo libre de la pena de muerte y por su contribución para el establecimiento de una moratoria universal de las ejecuciones en todo el mundo, con miras a la abolición de la pena capital.
He compartido algunas ideas sobre este tema en mi carta a la Asociación Internacional de Derecho Penal y a la Asociación Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología, del 30 de mayo de 2014. He tenido la oportunidad de profundizar sobre ellas en mi alocución ante las cinco grandes asociaciones mundiales dedicadas al estudio del derecho penal, la criminología, la victimología y las cuestiones penitenciarias, del 23 de octubre de 2014. En esta oportunidad, quiero compartir con ustedes algunas reflexiones con las que la Iglesia contribuya al esfuerzo humanista de la Comisión.
El Magisterio de la Iglesia, a partir de la Sagrada Escritura y de la experiencia milenaria del Pueblo de Dios, defiende la vida desde la concepción hasta la muerte natural, y sostiene la plena dignidad humana en cuanto imagen de Dios (cf. Gen 1,26). La vida humana es sagradaporque desde su inicio, desde el primer instante de la concepción, es fruto de la acción creadora de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2258), y desde ese momento, el hombre, única criatura a la que Dios ha amado por sí mismoes objeto de un amor personalpor parte de Dios (cf. Gaudium et spes, 24).
Los Estados pueden matar por acción cuando aplican la pena de muerte, cuando llevan a sus pueblos a la guerra o cuando realizan ejecuciones extrajudiciales o sumarias. Pueden matar también por omisión, cuando no garantizan a sus pueblos el acceso a los medios esenciales para la vida. «Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión la inequidad”» (Evangelii gaudium, 53).
La vida, especialmente la humana, pertenece sólo a Dios. Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante. Como enseña san Ambrosio, Dios no quiso castigar a Caín con el homicidio, ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte (cf. Evangelium vitae, 9).
En algunas ocasiones es necesario repeler proporcionadamente una agresión en curso para evitar que un agresor cause un daño, y la necesidad de neutralizarlo puede conllevar su eliminación: es el caso de la legítima defensa (cf. Evangelium vitae, 55). Sin embargo, los presupuestos de la legítima defensa personal no son aplicables al medio social, sin riesgo de tergiversación. Es que cuando se aplica la pena de muerte, se mata a personas no por agresiones actuales, sino por daños cometidos en el pasado. Se aplica, además, a personas cuya capacidad de dañar no es actual sino que ya ha sido neutralizada, y que se encuentran privadas de su libertad.
Hoy día la pena de muerte es inadmisible, por cuanto grave haya sido el delito del condenado. Es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona humana que contradice el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa, e impide cumplir con cualquier finalidad justa de las penas. No hace justicia a las víctimas, sino que fomenta la venganza.
Para un Estado de derecho, la pena de muerte representa un fracaso, porque lo obliga a matar en nombre de la justicia. Escribió Dostoevskij: «Matar a quien mató es un castigo incomparablemente mayor que el mismo crimen. El asesinato en virtud de una sentencia es más espantoso que el asesinato que comete un criminal». Nunca se alcanzará la justicia dando muerte un ser humano.
La pena de muerte pierde toda legitimidad en razón de la defectiva selectividad del sistema penal y frente a la posibilidad del error judicial. La justicia humana es imperfecta, y no reconocer su falibilidad puede convertirla en fuente de injusticias. Con la aplicación de la pena capital, se le niega al condenado la posibilidad de la reparación o enmienda del daño causado; la posibilidad de la confesión, por la que el hombre expresa su conversión interior; y de la contrición, pórtico del arrepentimiento y de la expiación, para llegar al encuentro con el amor misericordioso y sanador de Dios.
La pena capital es, además, un recurso frecuente al que echan mano algunos regímenes totalitarios y grupos de fanáticos, para el exterminio de disidentes políticos, de minorías, y de todo sujeto etiquetado como “peligroso” o que puede ser percibido como una amenaza para su poder o para la consecución de sus fines. Como en los primeros siglos, también en el presente la Iglesia padece la aplicación de esta pena a sus nuevos mártires.
La pena de muerte es contraria al sentido de la humanitas y a la misericordia divina, que debe ser modelo para la justicia de los hombres. Implica un trato cruel, inhumano y degradante, como también lo es la angustia previa al momento de la ejecución y la terrible espera entre el dictado de la sentencia y la aplicación de la pena, una “tortura” que, en nombre del debido proceso, suele durar muchos años, y que en la antesala de la muerte no pocas veces lleva a la enfermedad y a la locura.
Se debate en algunos lugares acerca del modo de matar, como si se tratara de encontrar el modo de “hacerlo bien”. A lo largo de la historia, diversos mecanismos de muerte han sido defendidos por reducir el sufrimiento y la agonía de los condenados. Pero no hay forma humana de matar a otra persona.
En la actualidad, no sólo existen medios para reprimir el crimen eficazmente sin privar definitivamente de la posibilidad de redimirse a quien lo ha cometido (cf. Evangelium vitae, 27), sino que se ha desarrollado una mayor sensibilidad moral con relación al valor de la vida humana, provocando una creciente aversión a la pena de muerte y el apoyo de la opinión pública a las diversas disposiciones que tienden a su abolición o a la suspensión de su aplicación (cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 405).
Por otra parte, la pena de prisión perpetua, así como aquellas que por su duración conlleven la imposibilidad para el penado de proyectar un futuro en libertad, pueden ser consideradas penas de muerte encubiertas, puesto que con ellas no se priva al culpable de su libertad sino que se intenta privarlo de la esperanza. Pero aunque el sistema penal pueda cobrarse el tiempo de los culpables, jamás podrá cobrarse su esperanza.
Como expresé en mi alocución del 23 de octubre pasado, «la pena de muerte implica la negación del amor a los enemigos, predicada en el Evangelio. Todos los cristianos y los hombres de buena voluntad, estamos obligados no sólo a luchar por la abolición de la pena de muerte, legal o ilegal, y en todas sus formas, sino también para que las condiciones carcelarias sean mejores, en respeto de la dignidad humana de las personas privadas de la libertad».
Queridos amigos, los aliento a continuar con la obra que realizan, pues el mundo necesita testigos de la misericordia y de la ternura de Dios.
Me despido encomendándolos al Señor Jesús, que en los días de su vida terrena no quiso que hiriesen a sus perseguidores en su defensa - «Guarda tu espada en la vaina» (Mt 26,52) -, fue apresado y condenado injustamente a muerte, y se identificó con todos los encarcelados, culpables o no: «Estuve preso y me visitaron» (Mt 25,36). Él, que frente a la mujer adúltera no se cuestionó sobre su culpabilidad, sino que invitó a los acusadores a examinar su propia conciencia antes de lapidarla (cf. Jn 8,1-11), les conceda el don de la sabiduría, para que las acciones que emprendan en pos de la abolición de esta pena cruel, sean acertadas y fructíferas.
Les ruego que recen por mí. Cordialmente

Rosario de María, arma de paz y perdón: Súplica del Papa en Pompeya

Miles de files esperaban con gran alegría, este sábado, en el Santuario de Pompeya,  al Papa Francisco en la primera etapa de su Visita Pastoral que luego le lleva a Nápoles. Después de detenerse en silencio orante a los pies de la imagen de la Virgen María del Santo Rosario, Francisco pronunció una ‘Pequeña Súplica’, inspirada en la histórica oración, que el Beato Bartolo Longo escribió en 1883:
«Virgen del Santo Rosario, Madre del Redentor, mujer de nuestra tierra encumbrada por encima de los cielos, humilde sierva del Señor, proclamada Reina del mundo, desde lo profundo de nuestras miserias recurrimos a ti. Con confianza de hijos miramos tu rostro dulcísimo.
Coronada con doce estrellas, tú nos llevas al misterio del Padre, tú resplandeces de Espíritu Santo, tú nos donas a tu Niño divino, Jesús, nuestra esperanza, única salvación del mundo. Brindándonos tu Rosario, tú nos invitas a contemplar su rostro. Tú nos abres su corazón, abismo de alegría y de dolor, de luz y de gloria, misterio del hijo de Dios, hecho hombre por nosotros. A tus pies sobre las huellas de los Santos, nos sentimos familia de Dios.
Madre y modelo de la Iglesia, tú eres guía y sostén seguro. Haz que seamos un corazón solo y un alma sola, pueblo fuerte en camino hacia la patria del cielo. Te entregamos nuestras miserias, los tantos caminos del odio y de la sangre, las mil antiguas y nuevas pobrezas y sobre todo nuestro pecado. A ti nos encomendamos, Madre de misericordia: obtennos el perdón de Dios, ayúdanos a construir un mundo según tu corazón.
Oh Rosario bendito de María, cadena dulce que nos anuda a Dios, cadena de amor que nos hace hermanos, no te dejaremos jamás. En nuestras manos serás arma de paz y de perdón, estrella de nuestro camino. Y nuestro beso a ti, en nuestro último respiro, nos sumergirá en una ola de luz, en la visión de la Madre amada y del Hijo divino, anhelo de alegría de nuestro corazón con el Padre y el Espíritu Santo».
Luego, en el atrio del Santuario, el Papa Francisco improvisó unas palabras, saludando a los fieles, algunos de ellos habían pasado toda la noche en oración esperándolo.
«¡Muchas Gracias! Hemos rezado todos a la Virgen, para que los bendiga a todos, a ustedes, a mí a todo el mundo. Tenemos necesidad de la Virgen, para que nos custodie», dijo el Papa, renovando su invitación a rezar con él y rezando un Ave María, con todos los fieles. Breve e intenso encuentro que culminó con su Bendición y su ‘¡Hasta pronto!’
(CdM – RV)
Evangelio según San Juan 7,40-53.

Algunos de la multitud que lo habían oído, opinaban: "Este es verdaderamente el Profeta".
Otros decían: "Este es el Mesías". Pero otros preguntaban: "¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea?
¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de donde era David?".
Y por causa de él, se produjo una división entre la gente.
Algunos querían detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él.
Los guardias fueron a ver a los sumos sacerdotes y a los fariseos, y estos les preguntaron: "¿Por qué no lo trajeron?".
Ellos respondieron: "Nadie habló jamás como este hombre".
Los fariseos respondieron: "¿También ustedes se dejaron engañar?
¿Acaso alguno de los jefes o de los fariseos ha creído en él?
En cambio, esa gente que no conoce la Ley está maldita".
Nicodemo, uno de ellos, que había ido antes a ver a Jesús, les dijo:
"¿Acaso nuestra Ley permite juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que hizo?".
Le respondieron: "¿Tú también eres galileo? Examina las Escrituras y verás que de Galilea no surge ningún profeta".
Y cada uno regresó a su casa.

En dos años, el número de cristianos asesinados en el mundo se ha cuadruplicado

Hoy, los cristianos blancos son una minoría y los demás a menudo no tienen el poder de defenderse
«Los judíos del siglo XXI»
El último informe de Open Doors International describe la ramificada persecución de una comunidad religiosa que el año pasado fue descrita por el embajador israelí ante la ONU, Ron Prosor, como «los judíos del tercer milenio». Prosor hablaba contra los países musulmanes, que efectivamente ocupan 8 de los primeros diez lugares en la lista negra. Pero, según el instituto Pew, los lugares en donde los cristianos representan el 70% de las víctimas del odio religioso (en dos años el número de muertos se ha cuadruplicado, pasando de 1201 en 2012 a 4344 en 2014) no son solo los de la Media Luna. En posición privilegiada por décimo tercer año consecutivo está Corea del Norte, con sus más de 50 mil cristianos encerrados en campos de concentración.
El éxodo del Medio Oriente
Aunque le gane Pyongyang, el Medio Oriente, tierra de los primeros cristianos, ha visto disminuir su número desde hace medio siglo. El Center for American Progress calcula que en Egipto, Siria y Líbano se concentran entre 7 y 15 millones (el 5 % de la región). Pero si los coptos egipcios (el 10%) se han refugiado entre los brazos del presidente Sisi (sobre todo después de la ejecución de 21 coptos por los yihadistas libios), los demás están haciendo el equipaje. El millón y medio de cristianos iraquíes del año 2000 se ha reducido a la tercera parte (el 40% de los huéspedes iraquíes de los campos para refugiados están bautizados), mientras en Siria los asesinos del Califato destrozan como bestias lo poco que queda de una comunidad que hace tiempo se sentía muy protegida en la zona (y que ahora extraña a Assad). Es cierto, se habla de la situación hoy en día. Pero cuando pasan las “noticias de última hora”, los cristianos del Medio Oriente tienden a volver a ese punto ciego de nuestra visión del mundo, como tuvo a bien decir el intelectual francés y amigo del Che Guevara, Règis Debray: «demasiado» cristianos para los tercermundistas y «demasiado» exóticos para el Occidental.
El desafío islamista
Las raíces de la nueva persecución de los cristianos son siempre más económicas o étnicas que religiosas. Además, el islam, con El Corán en mano, reserva un sitio privilegiado a los cristianos, a los judíos y a las gentes del Libro. Sin embargo, incluso lejos del Medio Oriente, los países musulmanes son los que le hacen la vida imposible a sus “hermanos mayores”. Como Maldivas, paraíso de turistas en el que la cruz no debe ser mostrada. Como Irán, Arabia Saudita, Libia. Como la Nigeria aterrorizada por Boko Haram. Como Paquistán, en donde los cristianos son apenas el 2% y se sienten aterrados (incluso a nivel jurídico, por las condenas según la ley de la blasfemia, como en el caso de Asia Bibi, que está en la cárcel desde hace 5 años). Pero, a decir verdad, Paquistán tiene atentados todos los días y no solo contra las Iglesias.
El problema en muchos de estos países es la prohibición del proselitismo, por lo que si los católicos adoptan un perfil invisible incluso los más aguerridos grupos evangélicos o neocatecumenales tratan de no desafiar a las autoridades.
Las víctimas menos conocidas
Podría parecer una paradoja, pero desde hace algunos años los cristianos martirizados en nombre de Alá cuentan, por lo menos, con una atencón mediática que otros no tienen. Además de los campos de concentración norcoreanos, en los que se castiga la devoción a cualquier dios que no sea Kim Il-sung, o en las paupérrimas aldeas de la Orissa hindú, los cristianos también son asesinados en México y en Colombia, en donde los asesinos incluso ostentan pesadas cruces de oro pero no toleran el lladado a la legalidad de los sacerdotes que están más cerca de los pobres. La China comunista está experimentando una leve apertura hacia el “culto del mal”, pero sigue teniendo una posición de relieve en la lista de los peores países para los cristianos.

vaticaninsider.lastampa.it
Fuente:Primeros cristianos

viernes, 20 de marzo de 2015

El Papa recuerda la importancia de los ''cristianos escondidos'' de Japón

''Aunque la comunidad católica es pequeña la sociedad japonesa estima vuestras Iglesias locales por sus numerosas aportaciones, nacidas de la identidad cristiana, al servicio de las personas independientemente de su religión. Elogio vuestro esfuerzo en los ámbitoºs de la educación, la salud, la atención a los mayores, a los enfermos y discapacitados y vuestras obras de caridad que han sido muy importantes en la respuesta a la trágica devastación causada por el terremoto y el tsunami de hace cuatro años. También expreso mi profundo agradecimiento por vuestras iniciativas en favor de la paz, especialmente por seguir recordando al mundo el inmenso sufrimiento de la gente de Hiroshima y Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial hace setenta años. De este modo no sólo hacéis frente a las necesidades de la comunidad, sino que también creáis oportunidades para el diálogo entre la Iglesia y la sociedad''.

El Papa Francisco se dirige así a los obispos de la Conferencia Episcopal de Japón que acaban de concluir su visita ad Limina y que celebran este mes el ''descubrimiento'', hace ciento cincuenta años de ''los cristianos escondidos'' en ese país. Un tema central en el discurso que el Santo Padre ha entregado a los prelados esta mañana.

''La Iglesia en Japón -escribe- ha experimentado abundantes bendiciones, pero ha conocido igualmente el sufrimiento. De esas alegrías y tristezas, vuestros antepasados en la fe os han dejado el legado de un patrimonio vivo que adorna la Iglesia de hoy y alienta su viaje hacia el futuro. Este patrimonio se arraiga en los primeros misioneros que llegaron a vuestras orillas para proclamar la palabra de Dios, Jesucristo. 

Pensemos ante todo en San Francisco Javier,.... Para muchos de ellos, así como para algunos de los primeros miembros de la comunidad católica japonesa, el testimonio de Cristo llegó hasta el derramamiento de sangre ... Como es el caso de San Pablo Miki y sus compañeros cuya inquebrantable fe en medio de la persecución se convirtió en un estímulo para la pequeña comunidad cristiana a perseverar en cada prueba''.

Otra faceta de este rico patrimonio es el descubrimiento de los "cristianos escondidos", es decir de aquellos que cuando todos los misioneros laicos y sacerdotes fueron expulsados del país, conservaron la fe cristiana. ''Las brasas de la fe, que el Espíritu Santo encendió con la predicación de los evangelizadores y se alimentó con el testimonio de los mártires siguieron ardiendo -subraya el Pontífice- gracias a los fieles laicos que conservaron la vida de oración y la catequesis de la comunidad católica en medio de grandes peligros y persecuciones''.

Estos dos pilares de la historia católica en Japón, la actividad misionera y los cristianos escondidos ''siguen sosteniendo la vida de la Iglesia hoy y brindan una guía para vivir la fe. En todas las épocas y lugares -prosigue Francisco- la Iglesia es siempre una Iglesia misionera, que quiere evangelizar y hacer discípulos entre todas las naciones, enriqueciendo la comunidad de creyentes e inculcándoles la responsabilidad de alimentar esta fe en el hogar y en la sociedad''.

La obra de la evangelización, sin embargo, ''no es responsabilidad exclusiva de aquellos que dejan sus hogares para ir a tierras lejanas a predicar el Evangelio. De hecho, por nuestro bautismo, estamos llamados a ser evangelizadores y dar testimonio de la Buena Nueva de Jesús dondequiera que estemos. Para ser una comunidad evangelizadora estamos llamados a salir, incluso si eso significa simplemente abrir la puerta de nuestras casas y salir para encontrar a nuestros vecinos... Si queremos que nuestros esfuerzos misioneros den frutos, el ejemplo de los "cristianos escondidos" tiene mucho que enseñarnos. Aunque numéricamente pocos y enfrentándose diariamente a la persecución fueron capaces de conservar la fe preocupándose por su relación personal con Jesús, una relación basada en una sólida vida de oración y un sincero compromiso con el bien de la comunidad. Los "cristianos escondidos" de Japón nos recuerdan que las tareas de fomentar la vida de la Iglesia y la de la evangelización requieren la participación plena y activa de los fieles laicos. Su misión es doble: participar en la vida de la parroquia y de la Iglesia local y permear el orden social con su testimonio cristiano''.


A través del testimonio de los fieles japoneses "la Iglesia expresa su genuina catolicidad y muestra la belleza de este rostro pluriforme'', concluye el Papa citando su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium y advierte: ''Muy a menudo, cuando notamos la ausencia de este testimonio no es porque los fieles no quieran ser discípulos misioneros, sino más bien porque se creen incapaces de esa tarea. Os animo como pastores a inculcar en ellos un profundo reconocimiento de su vocación y ofrecerles expresiones concretas de apoyo y orientación para que puedan responder a este llamamiento con generosidad y valentía''.

Teresa y Jesús: amor que obra la semejanza

Tocada por dentro: «Aguardar a que el Señor obrase»
De jovencita, se había acostumbrado a un modo de orar de intuitiva cercanía a Cristo Hombre. Teresa se representaba a sí misma, junto a Él, abandonado de todos en el huerto de Getsemaní, la noche de la traición. Y acompañaba su desamparo.
Con la lectura del Tercer Abecedario comenzó a practicar el recogimiento interior. Recogerse era para ella abrirse amorosamente a la presencia del Señor: «Procuraba lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro Bien y Señor, dentro de mí presente» (Vida 4, 7). Son años de acercamiento y búsqueda.
Pero conoció más adelante el enfriamiento del amor, cuando su encanto de mujer la tuvo permanentemente atada al locutorio, en las interminables visitas de quien rondaba sus gracias. Y sin embargo, todos le aseguraban que no había nada malo en ello: «que no era mal ver persona semejante, ni perdía honra, antes que la ganaba» (Vida 7, 7). Y el mismo Cristo se presenta ante ella cuando está con esas amistades, mostrándole cuánto le pesa verla extraviada, desentendida de su amor.
Ni eso le valió. Esta frívola distracción había encadenado los afectos de Teresa. Ni haciéndose fuerza podía deshacerse de sus grilletes. Tuvo que ser de nuevo el sufriente, el injuriado, el escarnecido Cristo de la pasión quien la apasionara para siempre. Y ella le suplica que la haga al fin fuerte y libre, hincada a sus pies, y como María Magdalena, deshecha en llanto.
Y comenzó a cambiar. El protagonismo de Cristo será creciente, avasallador, en la conquista de esta plaza fuerte que es Teresa, la de corazón recio. Una conquista de besos y vibrantes palabras de amor que zarandearon los cimientos de esta mujer: «Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles». Y se obró el milagro.
«Tenía este modo de oración, que, como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí; y hallábame mejor –a mi parecer– de las partes adonde le veía más solo. Parecíame a mí que, estando solo y afligido, como persona necesitada, me había de admitir a mí. De estas simplicidades tenía muchas; en especial me hallaba muy bien en la oración del huerto; allí era mi acompañarle; pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había tenido; si podía, deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor; mas acuérdome que jamás osaba determinarme a hacerlo, como se me representaban mis pecados tan graves. Estábame allí lo más que me dejaban mis pensamientos con él, porque eran muchos los que me atormentaban. Muchos años, las más noches, antes que me durmiese (cuando para dormir me encomendaba a Dios), siempre pensaba un poco en este paso de la oración del huerto, aun desde que no era monja, porque me dijeron se ganaban muchos perdones. Y tengo para mí que por aquí ganó muy mucho mi alma, porque comencé a tener oración sin saber qué era, y ya la costumbre tan ordinaria me hacía no dejar esto, como el no dejar de santiguarme para dormir» (Vida 9, 4).

Estarse con Él: «Acallado el entendimiento»

 Hay muchos modos de mirar, de mirarse. La mirada en Teresa es oración. Ese mirarse de Cristo y ella trasluce una relación personal, de inmediata viveza, en la que cada uno sabe de la presencia atenta y amorosa del otro. Y no hace falta más. Viven esa etapa de la relación en que se puede amar mirándose al fondo de los ojos, y descubriendo allí la propia alma. Las palabras son entonces lo de menos. Y, si llegan a surgir, son tan sólo un latido, un suspiro, una súplica, un susurro. Palabras de amor, sencillas y cálidas:
«Pues, tornando a lo que decía (de pensar a Cristo a la columna), es bueno discurrir un rato y pensar las penas que allí tuvo, y por qué las tuvo, y quién es el que las tuvo, y el amor con que las pasó; mas que no se canse siempre en andar a buscar esto, sino que se esté allí con él, acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con él, y acuerde que no merecía estar allí. Cuando pudiere hacer esto (aunque sea al principio de comenzar oración), hallará grande provecho, y hace muchos provechos esta manera de oración; al menos, hallóle mi alma» (Vida 13, 22).

Cristo Hombre: «Tan buen amigo al lado»
Cristo Hombre expresa la inaudita proximidad de Dios y su deseo de compartir la suerte humana. «Compañero nuestro», empeñado en amar hasta el extremo en la dificultad: «no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros».
Por ello, se lamentará Teresa del tiempo en que se dejó contagiar por teorías contrarias a la Humanidad de Cristo, de corte neoplatónico, que invitaban a desentenderse de todo lo corpóreo. Pronto percibe que va por mal camino, que en lugar de avanzar en la relación, se queda fría y como «en el aire». Su carácter humanizador la lleva a reaccionar enérgicamente y convertirse en vigorosa defensora de un modo de orar en el que Cristo sea el centro. No importa la etapa espiritual en que uno se encuentre. Por Él nos vienen todos los bienes. Ella renuncia gustosa a cualquier gracia que le pudiera llegar por otra vía. La mística de Teresa está transida de Cristo: «Quisiera yo traer delante de los ojos su retrato e imagen, ya que no podía traerle esculpido en mi alma como yo quisiera» (Vida 22, 4).
Y como un amigo ante otro, Cristo llega hasta Teresa, «con quien tenía conversación tan continua». Y la palabra del Señor resuena tan intensa que no la capta el oído, pero se vierte mansamente en la sangre de Teresa como un bálsamo: «yo soy y no te desampararé». Es la suya siempre una palabra que «trae consigo esculpida una verdad».
Y el Señor también se le dejará ver, como a los amigos en la mañana de Pascua, en carne resucitada: «De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura».
Verdad que se esculpe en el alma, hermosura que se imprime en sus adentros. Así es Cristo para ella.

Su persona desprende una majestad infinita, pero con todo, lo que a Teresa le conmueve es la humildad y cercanía con que se le muestra, lejanísima del señorío ficticio de este mundo. Y sobre todo, le deslumbra tanto amor…
 «Pues quiero concluir con esto: que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes, y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor. Y aunque sea muy a los principios y nosotros muy ruines, procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar; porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo. Dénosle su Majestad, pues sabe lo mucho que nos conviene, por el que él nos tuvo y por su glorioso Hijo, a quien tan a su costa nos le mostró. Amén» (Vida 22, 14).
Fuente: Carmelitas Descalzas de Puzol,