viernes, 21 de noviembre de 2014

La redención de Cristo es gratuita, que las iglesias jamás sean “especuladoras”, dijo el Papa en su homilía de la misa matutina

Que las iglesias jamás se conviertan en casas de negocios, la redención de Jesús es siempre gratuita. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta en el día de la fiesta de la Presentación en el Templo de la Bienaventurada Virgen María.

Teniendo en cuenta la liturgia del día en que Jesús echó a los mercantes del Templo, porque habían transformado la casa de oración en una cueva de ladrones, el Papa explicó que Jesús realizó un gesto de purificación, porque “el Templo había sido profanado” y con el Templo, el pueblo de Dios. Profanado con el pecado sumamente grave que es el escándalo”.

Francisco observó que la gente era buena, iba al Templo, no veía estas cosas; buscaba a Dios, rezaba… pero debía cambiar las monedas para realizar las ofertas”. El pueblo de Dios iba al Templo no por esta gente, por lo que vendían, sino que iba al Templo por Dios” y “allí estaba la corrupción que escandalizaba al pueblo”. Asimismo, el Papa recordó el episodio bíblico de Ana, mujer humilde, madre de Samuel, que va al Templo para pedir la gracia de un hijo: “Susurraba en silencio sus oraciones”, mientras el sacerdote y sus dos hijos eran corruptos, sacaban provecho de los peregrinos y escandalizaban al pueblo.
“Yo pienso en el escándalo que podemos causar a la gente con nuestra actitud – subrayó el Papa –, con nuestros hábitos no sacerdotales en el Templo: el escándalo del comercio, el escándalo de la mundanidad… Cuántas veces vemos que entrando en una iglesia, aún hoy, está la lista de los precios” para el bautismo, la bendición, las intenciones para la Misa. “Y el pueblo se escandaliza”:

“Una vez, recién ordenado sacerdote, yo estaba un grupo de universitarios, y una pareja de novios quería casarse. Habían ido a una parroquia: pero, querían hacerlo con la Misa. Y allí, el secretario parroquial dijo: ‘No, no: no se puede’ – ‘Pero, ¿por qué no se puede con la Misa, si el Concilio recomienda hacerlo siempre con la Misa?’ – ‘No, no se puede, porque más de 20 minutos no se puede’ – ‘Pero, ¿por qué?’ – ‘Porque hay otros turnos’ – ‘Pero, ¡nosotros queremos la Misa!’ – ‘Entonces ¡paguen dos turnos!’. Y para casarse con la Misa tuvieron que pagar dos turnos. Esto es pecado de escándalo”.
El Santo Padre añadió: “Nosotros sabemos lo que dice Jesús a aquellos que son causa de escándalo: ‘Mejor ser tirados al mar”:

Cuando los que están en el Templo – independientemente de que sean sacerdotes, laicos, secretarios que se ocupan de administrar la pastoral en el Templo – se vuelven especuladores, el pueblo se escandaliza. Y nosotros somos responsables de esto. También los laicos, ¡eh! Todos. Porque si yo veo que en mi parroquia se hace esto, debo tener el coraje de decírselo en la cara al párroco. Y la gente sufre por ese escándalo. Es curioso: el pueblo de Dios sabe perdonar a sus sacerdotes, cuando tienen una debilidad, resbalan sobre un pecado… sabe perdonar. Pero hay dos cosas que el pueblo de Dios no puede perdonar: a un sacerdote apegado al dinero y a un sacerdote que maltrata a la gente. ¡No es capaz de perdonar! Y el escándalo, cuando el Templo, la Casa de Dios, se vuelve una casa de negocios, como aquel matrimonio: se alquilaba la iglesia”.


Jesús “no está enojado” – explicó el Papa – “es la Ira de Dios, es el celo por la Casa de Dios”, porque no se puede servir a dos patrones: “o das culto a Dios vivo, o das culto al dinero, al dinero”:
“Pero ¿por qué Jesús está contra el dinero? Porque la redención es gratuita; la gratuidad de Dios, Él viene a traernos la gratuidad total del amor de Dios. Y cuando la Iglesia o las iglesias se vuelven especuladoras, se dice que… ¡eh, no es tan gratuita la salvación!… Es por esto que Jesús toma el látigo para hacer este rito de purificación en el Templo. Hoy la Liturgia celebra la presentación de la Virgen en el Templo: desde muchachita… Una mujer sencilla, como Ana, en aquel momento, entra la Virgen. Que Ella nos enseñe a todos nosotros, a todos los párrocos, a todos aquellos que tienen responsabilidades pastorales, a mantener limpio el Templo, a recibir con amor a aquellos que vienen, como si cada uno de ellos fuera la Virgen”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
Misa, homilía, matutina, Papa, Francisco, santa, Marta, capilla, Eucaristía, noviembre


Jesús llora cuando nuestro corazón se cierra a sus sorpresas, dijo el Papa en su homilía

Jesús llora también hoy cuando las puertas de nuestro corazón, de los pastores, de la Iglesia, se cierran a sus sorpresas no reconociendo a Aquel que trae la paz. Es cuanto afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Jesús llora por Jerusalén, porque no ha reconocido a Aquel que trae la paz. Comentando el Evangelio del día, el Papa explicó que el Señor llora por “la cerrazón del corazón” de la “ciudad elegida, del pueblo elegido. Porque ¡no tenía tiempo de abrirle la puerta! Estaba demasiado ocupada y muy satisfecha de sí misma. Y Jesús sigue llamando a las puertas, como ha llamado a la puerta del corazón de Jerusalén: a las puertas de sus hermanos, de sus hermanas; a nuestras puertas, a las puertas de nuestro corazón, a las puertas de su Iglesia. Jerusalén se sentía contenta, tranquila con su vida y no tenía necesidad del Señor: no se había dado cuenta de la necesidad de salvación que tenía. Y por esta razón cerró su corazón ante el Señor”. “El llanto de Jesús” por Jerusalén  – afirmó Francisco  – es “el llanto por su Iglesia, hoy, por nosotros”:

“¿Y por qué Jerusalén no había recibido al Señor? Porque estaba tranquila con lo que tenía, no quería problemas. Pero también – lo dice el Señor en el Evangelio – ‘si hubieras comprendido también tú, en este día, lo que te trae la paz. No has reconocido el tiempo en el que has sido visitada’. Tenía miedo de ser visitada por el Señor; tenía miedo de la gratuidad de la visita del Señor. Estaba segura en las cosas que ella podía administrar. Estamos seguros en las cosas que nosotros podemos administrar… Pero nosotros no podemos administrar la visita del Señor, sus sorpresas”.

A lo que el Papa Francisco añadió:

“Y de esto tenía miedo Jerusalén: de ser salvada por el camino de las sorpresas del Señor. Tenía miedo del Señor, de su Esposo, de su Amado. Y así Jesús llora. Cuando el Señor visita a su pueblo, nos trae la alegría, nos trae la conversión. Y todos nosotros tenemos miedo no de la alegría, ¡no! – pero sí de la alegría que trae el Señor, porque no podemos controlarla. Tenemos miedo de la conversión, porque convertirse significa dejar que el Señor nos conduzca”.

“Jerusalén estaba tranquila, contenta – prosiguió diciendo el Papa –, el templo funcionaba. Los sacerdotes hacían sacrificios, la gente iba en peregrinación, los doctores de la ley habían organizado todo, ¡todo! ¡Todo claro! Todos los mandamientos claros… Y con todo esto Jerusalén tenía la puerta cerrada”. La cruz, “precio de aquel rechazo” – observó Francisco –  nos muestra el amor de Jesús, lo que lo lleva “a llorar también hoy – tantas veces – por su Iglesia”.

“Yo me pregunto: hoy nosotros los cristianos, que conocemos la fe, el catecismo, que vamos a Misa todos los domingos, nosotros los cristianos, nosotros los pastores, ¿estamos contentos de nosotros? Porque tenemos todo ordenado y no tenemos necesidad de nuevas visitas del Señor… Y el Señor sigue llamando a la puerta, de cada uno de nosotros y de su Iglesia, de los pastores de la Iglesia. Eh sí, la puerta de nuestro corazón, de la Iglesia, de los pastores no se abre: el Señor llora, también hoy”.
Por último el Papa invitó a hacer un examen de conciencia: “Pensemos en nosotros – dijo –, ¿cómo estamos en este momento ante Dios?”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


miércoles, 19 de noviembre de 2014

La Iglesia no es un grupo de elegidos encerrado en un microclima eclesiástico, dijo el Papa

Sucede en la Iglesia que los cristianos se sientan tentados de estar con Jesús sin querer estar con los pobres y los marginados, aislándose en un “microclima eclesiástico” que no tiene nada de auténticamente eclesial. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Mirar a Jesús olvidándose de verlo en el pobre que pide ayuda, en el marginado que causa repugnancia. Es la tentación que la Iglesia vive en toda época, la de cercarse a sí misma dentro de un “microclima eclesiástico”, como lo define el Papa, en lugar de abrir las puertas a los excluidos socialmente.
La homilía de Francisco forma parte de una de las páginas más intensas del Evangelio, en que el protagonista es el ciego de Jericó, del que el Papa observó que representa la “primera clase de personas” que puebla el relato del evangelista Lucas. Un hombre que no contaba nada, pero que “tenía ganas de salvación”, “ganas de ser curado”, y que, por lo tanto, grita por encima del muro de la indiferencia que lo circunda hasta que vence su apuesta y logra llamar a la “puerta del corazón de Jesús”. A este hombre se opone el círculo de los discípulos, que pretenden acallarlo para evitar que moleste y asiendo así – afirmó el Papa – alejan “al Señor de una periferia”:
“Esta periferia no podía llegar al Señor, porque este círculo – pero con tanta buena voluntad, ¡eh! – cerraba la puerta. Y esto sucede con frecuencia, entre nosotros los creyentes: cuando hemos encontrado al Señor, sin que nosotros nos demos cuenta, se crea este microclima eclesiástico. No sólo los sacerdotes, los obispos, también los fieles: ‘Pero nosotros somos aquellos que están con el Señor. Y de tanto mirar al Señor no vemos las necesidades del Señor: no miramos al Señor que tiene hambre, que tiene sed, que está en prisión, que está en el hospital. Aquel Señor, en el marginado. Y este clima hace tanto mal”.

El Papa describió asimismo al grupito que se siente elegido – “ahora somos elegidos, estamos con el Señor”, dijo – y añadió que quieren conservar “este pequeño mundo” alejando a quien “molestara al Señor”, incluso “los niños”. “Habían olvidado, habían abandonado – notó Francisco – su primer amor”:

“Cuando en la Iglesia los fieles, los ministros, se vuelven un grupo así… no eclesial, sino ‘eclesiástico’, de privilegio de cercanía al Señor, tienen la tentación de olvidar al primer amor, ese amor tan bello que todos nosotros hemos tenido cuando el Señor nos ha llamado, nos ha salvado, nos ha dicho: ‘Pero te quiero tanto’. Ésta es una tentación de los discípulos: olvidar el primer amor, o sea olvidar también a las periferias, donde yo estaba antes, incluso si debo avergonzarme”.

Después está el tercer grupo de la escena: el “pueblo simple”, el que alaba a Dios por la curación del ciego. “Cuántas veces  – afirmó el Papa al respecto – encontramos gente sencilla, tantas viejitas que caminan y van” incluso con sacrificio “a rezar a un santuario de la Virgen”. “No piden privilegios, piden sólo la gracia”. Es el “pueblo fiel” – concluyó Francisco – aquel “que sabe seguir al Señor, sin pedir ningún privilegio”, capaz “de perder tiempo con el Señor” y, sobre todo, de no olvidar a la “Iglesia marginada” de los niños, de los enfermos, de los encarcelados:

“Pidamos al Señor la gracia que todos nosotros, que tenemos la gracia de haber sido llamados, jamás, jamás, jamás nos alejemos de esta Iglesia. Que jamás entremos en este microclima de los discípulos eclesiásticos, privilegiados, que se alejan de la Iglesia de Dios, que sufre, que pide salvación, que pide fe, que pide la Palabra de Dios. Pidamos la gracia de ser pueblo fiel de Dios, sin pedir al Señor ningún privilegio, que nos aleje del pueblo de Dios”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


martes, 18 de noviembre de 2014

EL QUE OBRA ASÍ, NUNCA FALLARÁ



Al que salga vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua.

Al que salga vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí

El que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor.

Al que salga vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí

El que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.
El que así obra nunca fallará.

Al que salga vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí

De News.va

Cuando la conversión llega a los bolsillos es segura, dijo el Papa

Atentos a no convertirse en cristianos tibios, cómodos o de apariencia. Es la admonición que hizo el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. 
El Pontífice subrayó que los cristianos deben responder siempre a la llamada de Jesús a la conversión, de lo contrario, de pecadores se vuelven corruptos.
Convertirse es una gracia, “es una visita de Dios”. Refiriéndose a la liturgia del día, el Papa Francisco se inspiró en un pasaje del Apocalipsis de Juan y en el encuentro entre Jesús y Zaqueo, para detenerse en el tema de las conversiones. 
En la primera lectura – observó el Papa – el Señor pide a los cristianos de Laodicea que se conviertan porque han caído en “la tibieza”. Viven en la “espiritualidad de la comodidad”. Y piensan: “Hago las cosas como puedo, pero estoy en paz sin que nadie venga a molestarme con cosas extrañas”.
Quien vive así – afirmó el Papa – piensa que no le falta nada: “Voy a Misa los domingos, rezo algunas veces, me siento bien, estoy en gracia de Dios, soy rico” y “no tengo necesidad de nada, estoy bien”. Este “estado de ánimo – advirtió – es uno estado de pecado: la comodidad espiritual es un estado de pecado”. Y con éstos – recordó el Santo Padre – el Señor “no ahorra palabras” y les dice: “Porque eres tibio estoy por vomitarte de mi boca”. Sin embargo – prosiguió explicando – les da el consejo de “vestirse”, porque “los cristianos cómodos están desnudos”.
Y añadió que “hay una segunda llamada” a los “que viven de las apariencias, los cristianos de las apariencias”. Estos se creen vivos pero están muertos. Y a ellos el Señor les pide que estén atentos. “Las apariencias – dijo el Papa – son el sudario de estos cristianos: están muertos”. Y el Señor los “llama a la conversión”.
Nosotros debemos preguntarnos: “¿Yo soy uno de estos cristianos de apariencias? ¿Estoy vivo dentro?, ¿tengo una vida espiritual? ¿Siento al Espíritu Santo?, ¿escucho al Espíritu?, ¿voy adelante, o …? Pero, si parece que todo está bien, no tengo nada que reprocharme: tengo una buena familia, la gente no habla mal de mí, tengo todo lo necesario, estoy casado por la Iglesia… estoy ‘en gracia de Dios’, estoy tranquilo. ¡Las apariencias! Cristianos de apariencia… ¡Están muertos! Pero hay que buscar algo vivo dentro y con la memoria y la vigilancia, reavivar esto para que vaya adelante.
Convertirse: de las apariencias a la realidad. De la tibieza al fervor”.
La tercera llamada a la conversión es con Zaqueo, “jefe de los publicanos y rico”. “Es un corrupto – dijo el Papa – y añadió: trabajaba para los extranjeros, para los romanos, traicionaba a su patria”:
“Era uno más como los tantos dirigentes que nosotros conocemos: corruptos. Estos que, en lugar de servir al pueblo, explotan al pueblo para servirse a sí mismos. Hay alguno, en el mund
o. Y la gente no lo quería. 
Éste sí, no era tibio; no estaba muerto. Estaba en estado de putrefacción. Verdaderamente corrupto. Pero sintió algo dentro: 'a este sanador, este profeta que dicen que habla tan bien, yo querría verlo, por curiosidad'. El Espíritu Santo es astuto, ¡eh! Y sembró la semilla de la curiosidad, y aquel hombre para ver a Jesús incluso hace un poco el ridículo. Piensen en un dirigente que sea importante, y también que sea un corrupto, que se sube a un árbol para mirar una procesión: ¡qué ridículo!”
Zaqueo – dijo también el Papa – “no tuvo vergüenza”. Quería ver a Jesús, y “dentro trabajaba el Espíritu Santo”. Y después “la Palabra de Dios entró en aquel corazón y con la Palabra, la alegría”. “Quienes viven en la comodidad o en la apariencia – subrayó Francisco – han olvidado lo que es la alegría; este corrupto la recibe inmediatamente”, “el corazón cambia, se convierte”. Y así Zaqueo promete devolver cuatro veces cuanto había robado:
“Cuando la conversión llega a los bolsillos, es segura.
 

¿Cristianos de corazón? Sí, todos. ¿Cristianos de alma? Todos. Pero, cristianos de bolsillos, ¡pocos, eh! Pocos. Zaqueo se convirtió. Y los que no querían la conversión, los que no querían convertirse, viendo que Jesús iba a casa de Zaqueo murmuraban: ‘¡Ha entrado en la casa de un pecador!’: se ha ensuciado, ha perdido la pureza. Debe purificarse porque ha entrado en casa de un pecador”.
Son tres las llamadas de conversión que el mismo Jesús hace "a los tibios, a los cómodos y a quienes viven en la apariencia, a quienes se creen ricos pero son pobres, no tienen nada, están muertos". La Palabra de Dios "puede cambiar todo", pero "no siempre tenemos el valor de creer en la Palabra de Dios, de recibir esa Palabra que nos sana por dentro".
La Iglesia, concluyó el Papa, quiere que en estas últimas semanas del año litúrgico "pensemos muy, muy seriamente en nuestra conversión, para que podamos avanzar en el camino de nuestra vida cristiana". Y nos dice que “recordemos la Palabra de Dios, para custodiarla, vigilar y también obedecer a la Palabra de Dios, para que nosotros comencemos una vida nueva, convertida”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).



lunes, 17 de noviembre de 2014

Los niños tienen derecho a una familia con un padre y una madre, no a familia ideológica

Queridos hermanos y hermanas,

 1.     Ante todo, quisiera compartir una reflexión sobre el título de su Coloquio. “Complementariedad”: es una palabra preciosa, con múltiples valencias. Puede referirse a diversas situaciones en el cual un elemento completa al otro o lo sustituye en una carencia suya. Todavía, complementariedad es mucho más que esto. Los cristianos encuentran el significado en la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, donde el apóstol dice que el Espíritu ha dado a cada uno diversos dones en modo que, como los miembros del cuerpo humano se complementan para el bien del entero organismo, los dones de cada uno  pueden contribuir para el bien de todos (cfr 1 Cor 12). Reflexionar sobre la complementariedad no es otra cosa que meditar sobre las armonías dinámicas que están al centro de toda la Creación. Y esta es la palabra clave: armonía. Todas las complementariedades el Creador los ha hecho para que el Espíritu Santo, que es el autor de la armonía, haga esta armonía.
Oportunamente se han reunido en este Coloquio Internacional para profundizar el tema de la complementariedad entre el hombre y la mujer. De hecho, esta complementariedad está a la base del matrimonio y de la familia, que es la primera escuela donde aprendemos a apreciar nuestros dones y aquellos de los demás y donde comenzamos a aprender el arte del vivir juntos. Para la mayor parte de nosotros, la familia constituye el lugar principal en el cual iniciamos a “respirar” valores e ideales, como también a realizar nuestro potencial de virtudes y de caridad. Al mismo tiempo, como sabemos, las familias son lugares de tensiones: entre egoísmo y altruismo, entre razón y pasión, entre deseos inmediatos y objetivos a largo tiempo, etc. Pero las familias también proporcionan el ambiente en el cual se resuelven tales tensiones: y esto es importante. Cuando hablamos de complementariedad entre hombre y mujer en este contexto, no debemos confundir tales términos con la idea simplicista que todos los roles y las relaciones de ambos sexos están comprendidas en un modelo único y estático. La complementariedad asume muchas formas, porque cada hombre y cada mujer aportan su propia contribución personal al matrimonio y a la educación de los hijos. La propia riqueza personal, el propio carisma personal, y la complementariedad se convierten así en una grande riqueza. Y no sólo es un bien, sino también es belleza.

 2.     En nuestro tiempo el matrimonio y la familia están en crisis. Vivimos en una cultura de lo provisorio, en el cual siempre más personas renuncian al matrimonio como compromiso público. Esta revolución en las costumbres y en la moral muchas veces ha agitado la bandera de la libertad – entre comillas –, pero en realidad ha traído devastación espiritual y material a numerosos seres humanos, especialmente a los más vulnerables. Es siempre más evidente que el declino de la cultura del matrimonio está asociado a un aumento de la pobreza y a una serie de otros numerosos problemas sociales que hieren de manera desproporcionada a las mujeres, los niños y los ancianos. Y son siempre ellos los que sufren más, en esta crisis.
La crisis de la familia ha dado origen a una crisis de ecología humana, porque los ambientes sociales, como los ambientes naturales, tiene necesidad de ser protegidos. Si bien la humanidad ha comprendido ahora la necesidad de afrontar lo que constituye una amenaza para los ambientes naturales, somos lentos – pero somos lentos, ¿eh?, en nuestra cultura, también en nuestra cultura católica – somos lentos en reconocer que también nuestros ambientes sociales están en riesgo. Es pues indispensable promover una nueva ecología humana y hacerla caminar adelante.

 3.     Es necesario insistir sobre los pilares fundamentales que sostienen una nación: sus bienes inmateriales. La familia permanece en el fundamento de la convivencia y la garantía contra la exfoliación social. Los niños tienen el derecho de crecer en una familia, con un papá y una mamá, capaces de crear un ambiente idóneo a su desarrollo y a su maduración afectiva. Por esta razón, en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, he puesto el acento sobre la contribución «indispensable» del matrimonio a la sociedad, contribución que «supera el nivel de la emotividad y de la necesidad contingente de la pareja» (n. 66). Por esto les estoy agradecido por el énfasis puesto por su Coloquio sobre los beneficios que el matrimonio puede aportar a los hijos, a los mismos esposos y a la sociedad.

En estos días, mientras reflexionaran sobre la complementariedad entre el hombre y la mujer, los exhorto a dar realce a otra verdad concerniente al matrimonio: que el compromiso definitivo en relación de la solidaridad, de la fidelidad y del amor responde a los deseos más profundos del corazón humano. Pensemos sobre todo a los jóvenes que representan el futuro: es importante que ellos no se dejen envolver por la mentalidad dañina de los provisional y sean revolucionarios con el coraje para buscar un amor fuerte y duradero, es decir de ir contracorriente: se debe hacer esto. Y sobre esto quisiera decir una cosa, ¿no? No debemos caer en la trampa de ser calificados con conceptos ideológicos. La familia es un hecho antropológico, y consecuentemente un hecho social, de cultura, etc. Y nosotros no podemos calificarla con conceptos de naturaleza ideológica que solamente tiene fuerza en un momento de la historia, y después caen. No se puede hablar hoy de familia conservadora o de familia progresista: la familia es familia. Pero no se dejen calificar así por esto o por otros conceptos, de naturaleza ideológica. La familia es en sí misma, tiene una fuerza en sí misma.
Pueda este Coloquio ser fuente de inspiración para todos aquellos que buscan sostener y reforzar la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio como un bien único, natural, fundamental y bello para las personas, las familias, las comunidades y la sociedad.

En este contexto me gustaría confirmar que, a Dios rogando, en septiembre de 2015 iré a Philadelphia para el octavo Encuentro Mundial de las Familias.
Les agradezco por sus oraciones con las cuales acompañan mi servicio a la Iglesia. Yo también rezo por ustedes y los bendigo de corazón.
Muchas gracias.


domingo, 16 de noviembre de 2014

Veremos a Dios



¿Qué es lo que esperamos en la otra vida? Nosotros no tenemos la menor duda: ¡Veremos a Dios! Pero, al asegurar esto, ¿sabemos lo que nos decimos? ¿sabemos lo que significa ver a Dios?...

Llama mucho la atención en la Biblia el miedo que los judíos tenían de ver a Dios. Al sentir su presencia, se cubrían el rostro, porque podían morir con la vista del Señor. Así lo hace Moisés ante la zarza ardiendo:

- Se cubrió el rostro, porque tenía miedo de mirar a Dios.

Y el mismo Dios le dijo:

- No podrás ver mi rostro, porque nadie puede verme y seguir viviendo...

Y recordemos a Jacob, a quien se aparece Dios, y exclama después:

- ¡He visto a Dios, y sin embargo no he muerto!...

Por eso venía a veces la nube, que manifestaba que Dios estaba allí, pero al mismo tiempo ocultaba su presencia, como ocurrió en la inauguración del Templo de Salomón.

Y este miedo lo tuvieron incluso los apóstoles, en el mismo Evangelio. En el Tabor, apenas oyen la voz de Dios, escondido en la nube que aparece sobre el monte, caen aterrados y apegan el rostro al suelo, hasta que se acerca Jesús y les anima:

- ¡No temáis!...

Así era la fe de Israel. Pero viene Jesús, y en su sermón programático de las bienaventuranzas proclama y promete:

- ¡Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!

La gente que oía a Jesús decir esto por primera vez, debió quedarse loca de alegría. -¿Cómo es posible eso de que vamos a ver a Dios, si a Dios no lo ha visto ni lo puede ver nadie? ¿Cómo es que ahora Jesús, el Maestro de Nazaret, que hace estos prodigios y que enseña con esta autoridad, nos dice que vamos a ver al mismo Dios?...

Los humildes, los sencillos, los de conciencia recta, ven a Dios con una fe sin trabas ya en este mundo, y después contemplarán a Dios cara a cara, sin velos.

Como nos dice Pablo:
- Ahora vemos como en espejo, después cara a cara.

Y completa Juan:
- Aún no se ha manifestado lo que seremos, porque, cuando llegue, veremos a Dios tal como es él..

¿Medimos lo que esto significa?...

Sin darnos cuenta, estamos contando un imposible. ¿Cómo una criatura puede ver al Dios invisible, al que es santísimo, al que supera todas las fuerzas humanas y las de los mismos ángeles? Sin embargo, lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Y esto es lo que Dios nos promete: que lo veremos tal como es: lo contemplaremos sin velos, cara a cara, en una dicha y en un gozo inenarrables, metidos en Él de tal manera que miraremos a Dios con los ojos del mismo Dios...

Esta es la gracia de las gracias. Todas las gracias que Dios nos hace van dirigidas a esta final: a verle a Él en la Gloria. Y, cuando lo veamos y poseamos, ya no desearemos nada más, porque se habrán colmado para siempre todos los anhelos del corazón.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos resume todo con estas palabras famosas de San Agustín:

- Allí descansaremos y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá en el fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin?...

Todo esto es un sueño, el feliz sueño de los creyentes. Un sueño bendito, no producido por una droga alucinante, sino por la Palabra de Dios, que nos lo promete con toda su seriedad divina:

- ¡Verán a Dios!... ¡Lo veremos cara a cara!... ¡Lo veremos tal como es Él!...

Esta llamada de Dios a su visión y a su gloria tiene su precio. No es una imposición, es una oferta. Es un regalo, pero condicionado. Dios nos crea y nos pone en este mundo con una dirección precisa. Nos coloca en el principio de la carretera, y nos dice:

- ¡Adelante, y hasta el fin! No te desvíes. No te salgas de la autopista. En un cruce que se atraviese, no te vayas ni a derecha ni a izquierda...

El gran Catecismo de la Iglesia Católica nos repite lo que aprendimos de niños en el pequeño catecismo de nuestra parroquia: Que Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. Esta es la carretera, la autopista real que conduce a Dios.

Lo conocemos y lo aceptamos con la fe.
Le servimos con nuestra adoración, nuestro culto y nuestra entrega a los hermanos que nos necesitan. Así le amamos con todo el corazón.
El ver a Dios será regalo y será premio. Dios se nos ofrece, pero nos exige esfuerzo. Requiere perseverancia hasta el fin. Por eso nos repite la Carta a los Hebreos:

- La perseverancia os es necesaria para alcanzar la promesa, todo eso que Dios nos ha ofrecido por nuestra fidelidad a su Palabra.

- ¡Oh Dios, Tú eres mi Dios! repetimos con el salmo, mi alma está sedienta de ti... ¡Y cuándo llegaré, para ver el rostro de mi Dios!... Lo veremos sin morir, sino viviendo siempre, siempre....

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano 

¡Gracias, Padre!




Hoy sé un hijo agradecido.


Levanta la mirada y dile gracias al Creador del universo:

Padre:

Gracias por el don de la existencia.
Gracias por haberme hecho a tu imagen y semejanza.
Gracias por el don gratuito de tu amor, gracias por amarme como soy.
Gracias porque me has dado ojos para ver, oídos para escuchar, manos para acariciar, inteligencia para conocer la verdad, voluntad para buscar el bien, corazón para amar y para hacerlo tu morada.
¡Mi corazón: templo de la Trinidad! ¡Cosa maravillosa!

Gracias por la capacidad de asombro que me diste.
Gracias por mis padres, por mi familia, por tener un hogar que me cobija.
Gracias por los amigos fieles y también por los que me han hecho sufrir.
Gracias por los tiempos dolorosos de mi vida, 
por dejarme sentir la soledad para venir luego a colmarla con tu misericordia.
Gracias por quienes rezan por mí.

Gracias por la vocación y misión que me confiaste.
Gracias por haber puesto tu mirada en mí, gracias por confiar en mí.
Gracias por tantas experiencias bellas de mi vida.
Gracias sobre todo por la experiencia del amor de Cristo.
Gracias por haberlo enviado a vivir con nosotros como uno de nosotros, para revelarnos tu rostro, redimirnos y trazarnos el camino.


Nos amó hasta el extremo, nos dio como Madre a María Santísima, se quedó para siempre en la Eucaristía, y al final nos entregó a su mismo Espíritu, fuente del mayor consuelo.
Gracias por mi bautismo, por mi Madre la Iglesia, por mi ángel de la guarda y por esperarme con los brazos abiertos en el cielo.
Gracias por tu paciencia conmigo, gracias por perdonarme siempre y por seguirme amando sin guardar resentimientos.
Gracias por la vida y por la eternidad que me espera.
Una y mil veces: ¡Gracias Padre!



Autor: P. Evaristo Sada 

sábado, 15 de noviembre de 2014

Dar a los niños ejemplos de fe y no palabras, pidió el Papa en su homilía

Para transmitir la fe a  los niños y a los jóvenes de hoy, y ayudarlos a experimentar “la verdad y el amor”, los adultos deben ofrecerles ejemplos más que palabras. Lo afirmó el Papa Francisco durante la homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, en la que participó un grupo de niños y adolescentes de una parroquia romana.


¿Cómo se transmite la fe a los nativos digitales? Con la modalidad que mejor puede impactar a quien vive constantemente estimulado por las imágenes: el ejemplo. Mientras los chicos presentes en esta misa pierden su inicial timidez para responder después a las preguntas del Papa, Francisco se pone en los paños del catequista y, al mismo tiempo, del formador de los catequistas. Parece que estamos en la “Misa de los chicos”, dijo el Obispo de Roma al ver a estos niños y jóvenes, y prosiguió diciendo “es ver una promesa, es ver el mundo que vendrá”. Y se preguntó: ¿Pero qué dejaremos a nuestro futuro?:
“¿Enseñamos lo que hemos oído en la Primera lectura: caminar en el amor y en la verdad? ¿O lo enseñamos con las palabras, pero nuestra vida va por otra parte? ¡Pero para nosotros ver a los chicos es una responsabilidad! Un cristiano debe cuidar con solicitud a los chicos, a los niños y transmitirles la fe, transmitir lo que vive, que está en su corazón. ¡Nosotros no podemos ignorar a las plantitas que crecen!”.

Todo, afirmó el Papa Francisco, depende de la justa actitud hacia los niños. Y volvió a preguntarse: ¿Cómo es mi actitud? ¿Es una actitud de hermano, de padre, de madre, de hermana, que lo hace crecer o es una actitud de indiferencia: “ellos crecen, yo hago mi vida…?”:

“Todos nosotros tenemos la responsabilidad de dar lo mejor que tenemos y lo mejor que tenemos es la fe. Darla a ellos, ¡pero darla con el ejemplo! Con las palabras no sirve, con las palabras… ¡Hoy las palabras no sirven! En este mundo de la imagen, todos estos tienen el celular y las palabras no sirven… ¡Ejemplo! ¡Ejemplo! ¿Qué cosa les doy a ellos?”

A este punto, comenzó el diálogo. El Papa preguntó a los chicos por qué participaban en esta misa, y alguno, después de cierto tiempo, se armó de valor y admitió: “Para verte…”. El Papa Francisco replicó:  “También a mí me agrada verlos a ustedes”. Y se informó acerca de si ya recibieron la Primera Comunión, y también la Confirmación, y repitió a todos que el Bautismo “abre la puerta a la vida cristiana” y que, inmediatamente después, inicia un “camino largo cuanto toda la vida”.

El recorrido descripto en la Carta de Juan escuchado poco antes: “Caminar en la verdad y en el amor”. Y más adelante, indicó el Papa, llegarán otros Sacramentos como el  matrimonio. Pero este camino, reafirmó, “es importante saber vivirlo, saber vivirlo como Jesús”:

“¿En estos Sacramentos – les pregunto – la oración es un Sacramento?... ¡Fuerte!… ¡No! ¡Es verdad!, ¿no? La oración no es un Sacramento, pero debemos rezar. ‘¿No saben si deben rezar? Bien… ¡Sí! Rezar al Señor, rezar a Jesús, rezar a la Virgen, para que nos ayuden en este camino de la verdad y del amor. ¿Entendieron? Han venido para verme. ¿Quién de ustedes lo había dicho? Tú. Es verdad. Pero también para ver a Jesús. ¿De acuerdo? ¿O dejamos de lado a Jesús? Ahora viene Jesús al altar. ¡Y lo veremos todos! ¡Es Jesús! En este momento debemos pedir a Jesús que nos enseñe a caminar en la verdad y en el amor. ¿Lo decimos juntos? ‘Caminar en la verdad y en el amor’”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).