sábado, 8 de noviembre de 2014

Consolar al que me consuela

Casi puedo acostumbrarme: tras el pecado, Dios se volcó nuevamente sobre mi alma. Me invitó a la confianza, me alentó al arrepentimiento, me acercó al sacramento de la confesión, me abrazó con su misericordia. ¡Es tanto lo que Dios ha hecho y hace tantas veces por mí!



Sí: puedo acostumbrarme, hasta el punto de ver casi como algo seguro el hecho de que mi Padre volverá mañana a buscarme para limpiar pecados, para encender la esperanza, para resucitar el amor que se apagaba. Pero si tan sólo recordase qué precio fue pagado por mi rescate, si tuviese ante mis ojos los esfuerzos tan grandes que pasó el Hijo para redimirme...

Necesito, por eso, tener un alma abierta, profunda, agradecida. El amor que recibo sólo puede pagarse con amor. Por eso, al que mucho se le perdona mucho ama (cf. Lc 7,47).

Pero no me basta simplemente con la gratitud. Hay momentos en los que siento que también Él necesita algún consuelo. Su grito en el Calvario, escuchado por la Madre Teresa de Calcuta y por miles y miles de católicos de todos los tiempos, llega a mi corazón: "Tengo sed" (cf. Jn 19,28).

Es cierto: mis heridas son mayores que las suyas, pues el pecado pone en peligro el sentido bueno de mi vida, mientras que los clavos del madero no enturbiaron el amor de Cristo hacia su Padre y hacia los hombres. Pero no por ello el Señor deja de anhelar consoladores para su sed de amor, para sus sueños de encender un fuego en el mundo, para que la oveja perdida vuelva pronto al hogar donde será amada.

Jesús quiere ser consolado. Precisamente por aquellos que tantas veces hemos recibido su consuelo. Esa será la mejor manera de decirle, desde lo más íntimo de mi alma, ¡gracias! por tantas ocasiones en las que me ha susurrado, con la voz humilde de un sacerdote, "yo te absuelvo de tus pecados...".

P. Fernando Pascual

LOS HIJOS DE ESTE MUNDO SON MÁS ASTUTOS QUE LOS HIJOS DE LA LUZ

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 16, 1-8.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido”.

El administrador se puso a echar sus cálculos: “¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.

Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”. Este respondió: “Cien barriles de aceite”. Él le dijo: “Aquí está tu recibo: aprisa, siéntate y escribe cincuenta”. Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Él contestó: “Cien fanegas de trigo”. Le dijo: “Aquí está tu recibo: escribe ochenta”.

Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido.

Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz».

viernes, 7 de noviembre de 2014

El Papa en Santa Marta: Atentos a los cristianos paganos, son enemigos de la cruz

También hoy hay “cristianos paganos" que "se comportan como enemigos de la cruz de Cristo”. Lo dijo el Papa Francisco en la misa de la mañana de este viernes en la Casa Santa Marta. El Pontífice insistió en que hay que evitar las tentaciones de mundanidad que nos llevan a la ruina. Hay cristianos que van hacia adelante en la fe y cristianos que se comportan "como enemigos de la cruz de Cristo." Francisco se inspiró en las palabras de San Pablo a los Filipenses y se detuvo en dos grupos de cristianos presentes en la actualidad, como también lo eran en el tiempo de dicho apóstol. "Ambos grupos - dijo - estaban en la Iglesia, todos juntos, iban a misa el domingo, alababan al Señor, se llamaban cristianos". Entonces, ¿cuál era la diferencia? Los segundos "¡actúan como enemigos de la cruz de Cristo! Cristianos enemigos de la cruz de Cristo ". Son, remarca el Papa, "cristianos mundanos, cristianos de nombre, con dos o tres cosas de cristiano, pero nada más. ¡Cristianos paganos!". "El nombre cristiano, pero la vida pagana". O, continuó, "para decirlo de otra manera": "Paganos con dos pinceladas de barniz de cristianismo, así aparecen como cristianos, pero son paganos":
"¡También  hoy en día hay muchos! También nosotros tenemos que estar atentos a no resbalarnos sobre el camino de los cristianos paganos,  cristianos en apariencia. Y la tentación de acostumbrarnos a la mediocridad, la mediocridad de los cristianos, de estos cristianos es típica su ruina, porque el  corazón se enfría, se convierte en tibio. Y a los tibios el  Señor les dice una palabra fuerte: 'Porque eres tibio, estoy por vomitarte de mi boca "¡Es muy fuerte! son enemigos de la Cruz de Cristo. Tienen el nombre,  pero no siguen las exigencias de la vida cristiana ".
Pablo, dijo el Papa, habla así de la "ciudadanía" de los cristianos. "Nuestra ciudadanía", señaló, "está en los cielos. Aquella es eterna.  Son ciudadanos del mundo, no de los cielos ". "Ciudadanos del mundo. ¡Y el apellidos es mundano! Protéjanse de estos, advirtió el Obispo de Roma. Así señaló Francisco, que todos, también él, debemos preguntarnos: " ¿tendré algo de estos? Tendré algo de la mundanidad dentro de mí? ¿Algo del paganismo? "
"Me gusta alardear? ¿Me gusta el dinero? ¿Me gusta el orgullo, la soberbia? ¿Dónde tengo mis raíces, es decir,  de dónde soy ciudadano? ¿Del  cielo o de la tierra? ¿Del mundo o del espíritu del mundo? Nuestra ciudadanía está en los cielos, y allí esperamos,  como  Salvador, al Señor Jesucristo. ¿Y la de ellos? ¡Su suerte final la destrucción! Estos cristianos barnizados, terminarán mal…  Pero miren al final: ¿dónde te lleva esa ciudadanía que tienes en tu corazón? Aquella ciudadanía mundana lleva a la ruina, aquella de la Cruz de Cristo al encuentro con Él”.
El Papa ha mostrado algunos signos "en el corazón" que muestran que se está "deslizando hacia la mundanidad." "Si tu amas y si estás apegado al dinero, a la vanidad y al orgullo - advirtió – vas por el mal camino." Si, en cambio, continuó, "buscas amar a Dios, el servir a los demás, si eres amable, si eres humilde, si usted es el servidor de los demás , vas por el buen camino:
"¿Cómo ha llegado este administrador del Evangelio al  punto de engañar, de robar a su amo? ¿Cómo ha llegado de un día para otro? ¡No! Poco a poco. Un día, una propina aquí,  al otro día una tangente allí y poco a poco se llega a la corrupción. El camino de la mundanidad de estos enemigos de la cruz de Cristo es así, te conduce a la corrupción! Y luego  terminas como este hombre, ¿verdad? Aparentemente robado… "
El Papa entonces toma las palabras de Pablo, que pidió permanecer "firmes en el Señor" sin permitir que el corazón se debilite y "termine en el nada, en la corrupción". "Es una gracia buena que pedir ésta, - dijo – mantenernos firmes en el Señor.


¿CÓMO ES NUESTRA RELIGIÓN?. Escrito por José Antonio Pagola

Mt 25, 1-13
El episodio de la intervención de Jesús en el templo de Jerusalén ha sido recogido por los cuatro evangelios. Es Juan quien describe su reacción de manera más gráfica: con un látigo Jesús expulsa del recinto sagrado a los animales que se están vendiendo para ser sacrificados, vuelca las mesas de los cambistas y echa por tierra sus monedas. De sus labios sale un grito: "No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre".

Este gesto fue el que desencadenó su detención y rápida ejecución. Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío: el centro de su vida religiosa, social y económica. El templo era intocable. Allí habitaba el Dios de Israel. Jesús, sin embargo, se siente un extraño en aquel lugar: aquel templo no es la casa de su Padre sino un mercado.

A veces, se ha visto en esta intervención de Jesús su esfuerzo por "purificar" una religión demasiado primitiva, para sustituirla por un culto más digno y unos ritos menos sangrientos. Sin embargo, su gesto profético tiene un contenido más radical: Dios no puede ser el encubridor de una religión en la que cada uno busca su propio interés. Jesús no puede ver allí esa "familia de Dios" que ha comenzado a formar con sus primeros discípulos y discípulas.

En aquel templo, nadie se acuerda de los campesinos pobres y desnutridos que ha dejado en las aldeas de Galilea. El Padre de los pobres no puede reinar desde este templo. Con su gesto profético, Jesús está denunciando de raíz un sistema religioso, político y económico que se olvida de los últimos, los preferidos de Dios.

La actuación de Jesús nos ha de poner en guardia a sus seguidores para preguntarnos qué religión estamos cultivando en nuestros templos. Si no está inspirada por Jesús, se puede convertir en una manera "santa" de cerrarnos al proyecto de Dios que él quería impulsar en el mundo. La religión de los que siguen a Jesús ha de estar siempre al servicio del reino de Dios y su justicia.

Por otra parte, hemos de revisar si nuestras comunidades son un espacio donde todos nos podemos sentir en "la casa del Padre". Una comunidad acogedora donde a nadie se le cierran las puertas y donde a nadie se excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los más desvalidos y no solo nuestro propio interés.


No olvidemos que el cristianismo es una religión profética nacida del Espíritu de Jesús para abrir caminos al reino de Dios construyendo un mundo más humano y fraterno, encaminado así hacia su salvación definitiva en Dios.

VAMOS ALEGRES A LA CASA DEL SEÑOR

Del Salmo 121:

Vamos alegres a la casa del Señor

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.


Vamos alegres a la casa del Señor

Allá suben las tribus, las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. 

El Papa pide agilizar las nulidades matrimoniales y que no sean un negocio

«La Madre Iglesia debe hacer justicia y decir: Sí, es verdad, tu matrimonio es nulo / No tu matrimonio es válido. Pero justicia significa decirlo». El Papa Francisco pidió a los participantes a un curso del Tribunal de la Rota, el miércoles pasado, simplificar la justicia eclesial y tener mucho cuidado con no convertirla en un negocio
«Justicia», pidió Papa Francisco para la «gente que espera» una respuesta de los tribunales eclesiales. Así lo manifestó miércoles durante la audiencia a los participantes a un curso sobre la praxis canónica super rato organizado por el Tribunal de la Rota Romana en el Vaticano.
Papa Francisco ha improvisado un discurso sobre «la preocupación» puesta en el Sínodo de octubre sobre la «simplificación» de los procesos de nulidad o validez matrimonial, que justifica a «razón de la justicia» que debe administrar la madre Iglesia.
«Antes del Sínodo he constituido una Comisión que ayudará a preparar varias posibilidades en esta línea: un línea de justicia, y también de caridad, porque hay tanta gente que tiene necesidad de una palabra de la Iglesia sobre su situación matrimonial, por el sí o por el no, pero que sea justa» sostuvo.
Los procedimientos largos y tediosos no ayudan a la justicia, además de la lejanía de algunos tribunales. En este sentido, el Papa Francisco puso un ejemplo: «El Tribunal interdiocesano de Buenos Aires, no recuerdo, pero creo, que en primer instancia, tenga 15 diócesis; creo que la más lejana se encuentra a 240 km… No es posible, es imposible imaginarse que personas simples, comunes, vayan al Tribunal: Deben hacer un viaje, deben perder días de trabajo, el premio, tantas cosas… ellos dicen: Dios me entiende, y voy adelante así, con este peso en el alma».
«Y la Madre Iglesia debe hacer justicia y decir: Sí, es verdad, tu matrimonio es nulo / No tu matrimonio es válido. Pero justicia significa decirlo. Así ellos pueden ir adelante sin esta duda, esta oscuridad en el alma» añadió.
Asimismo, subrayó la importancia de los momentos de formación como el organizado por la Rota Romana y agradeció a Monseñor Pio Vito Pinto, Decano de la misma institución, por sostener la Comisión que trabaja para «la simplificación» de los procesos.
Casos de escándalo público
Por otro lado, el Pontífice pidió que los procedimientos no se vuelvan una cuestión de dinero ni de negocios. «No hablo de cosas extrañas. Hubo escándalos públicos. Yo he debido despedir del Tribunal una persona, hace mucho tiempo, que decía: 10.000 dólares y te hago los dos procedimientos, el civil y el eclesiástico.¡Por favor, esto no!» 
En el Sínodo se ha propuesto -aún discusión- que los procedimientos sean gratuitos. «Se debe evaluar… Sin embargo cuando están ligados a los intereses espirituales y económicos, esto no es de Dios. La Madre Iglesia tiene tanta generosidad para poder hacer justicia gratis, como gratuitamente hemos sido justificados por Jesucristo. Este punto es importante: separar las dos cosas» insistió el Papa Francisco.

 Fuente: Alfa y Omega

Papa: el verdadero cristiano no tiene miedo de ensuciarse las manos con los pecadores

El verdadero cristiano no tiene miedo de ensuciarse las manos con los pecadores, de arriesgar también su fama, porque tiene el corazón de Dios que quiere que nadie se pierda: lo dijo el Papa Francisco en la misa matutina en la casa de Santa Marta.

Al centro de la homilía del Papa Francisco las dos parábolas de la oveja perdida y de la moneda perdida. Los fariseos y los escribas se escandalizaron porque Jesús “acoge a los pecadores y come con ellos”. “Era un verdadero escándalo en aquel tiempo, para esta gente”, observa Francisco, que exclama: “imaginemos si en aquel tiempo hubieran existido los periódicos”. “Pero Jesús ha venido para esto: para ir a buscar a aquellos que se habían alejado del Señor”. Estas dos parábolas - explica - “nos hacen ver cómo es el corazón del Señor”. Dios no se detiene, Dios no va hasta un cierto punto, Dios va hasta el final, al límite, siempre va al límite; no se detiene a mitad del camino de la salvación, como si dijera: “he hecho todo, el problema es de ellos”. Él va siempre, sale, sale al campo”.

Los fariseos y los escribas en cambio, se detienen a mitad del camino. A ellos les importaba que el balance de las ganancias y de las perdidas fuera más o menos favorable y con esto, estaban tranquilos. “Sí, es verdad, he perdido tres monedas, he perdido diez ovejas, pero he ganado tanto. Esto no entra en la mente de Dios, Dios no es un negociante, Dios es Padre y va a salvar hasta el final, hasta el límite”. Y “el amor de Dios es esto”. Pero “es triste el pastor a mitad de camino”, afirma el Papa.

“Es triste el pastor que abre la puerta de la Iglesia y se queda allí a esperar. Es triste el cristiano que no siente dentro, en su corazón, la necesidad de ir a contar a los demás que el Señor es bueno. ¡Pero cuánta perversión hay en el corazón de aquellos que se creen justos, como estos escribas, estos fariseos! Ellos no quieren ensuciarse las manos con los pecadores. Recordemos aquello, lo que pensaban: ‘si éste fuera profeta, sabría que ésta es una pecadora’. El desprecio. Usaban a la gente y luego la despreciaban”.

“Ser un pastor a mitad de camino - afirma el Papa Francisco - es una derrota. Un pastor debe tener el corazón de Dios, ir hasta el límite” porque no quiere que nadie se pierda:
“El verdadero pastor, el verdadero cristiano tiene este celo dentro: que nadie se pierda. Y por esto no tienen miedo de ensuciarse las manos. No tienen miedo. Va a donde debe ir. Arriesga su vida, arriesga su fama, se arriesga a perder su comodidad, su estatus, también a perder en la carrera eclesiástica, pero es buen pastor. También los cristianos deben ser así. Es tan fácil condenar a los otros, como hacían estos - los publicanos, los pecadores - es tan fácil, pero no es cristiano, no es de hijos de Dios. El Hijo de Dios va al límite, da la vida, como la dio Jesús por los otros. No puede estar tranquilo, cuidando de sí mismo: su comodidad, su fama, su tranquilidad. Recuerden esto: ¡pastores a mitad de camino no, jamás! ¡Cristianos a mitad de camino, jamás! Es lo que ha hecho Jesús".

“El buen pastor, el buen cristiano – concluye el Papa – sale, está siempre en salida: está en salida de sí mismo, está en salida hacia Dios, en la oración, en la adoración; está en salida hacia los otros para llevar el mensaje de salvación.”


“Estos escribas, fariseos, no lo sabían, no sabían qué era cargar sobre las espaldas la oveja, con aquella ternura, y llevarla de nuevo con las otras a su lugar. Esta gente no sabe qué es la alegría. El cristiano y el pastor a mitad de camino quizás conoce la diversión, la tranquilidad, una cierta paz, ¿pero la alegría? ¿Aquella alegría que hay en el Paraíso, aquella alegría que viene de Dios, aquella alegría que viene precisamente del corazón de padre que va a salvar? ‘He escuchado el lamento de los israelitas y salgo al campo’ ¡Esto es tan bello! No tener miedo de que se hable mal de nosotros por ir a encontrarnos con hermanos y hermanas que están alejados del Señor. Pidamos esta gracia para cada uno de nosotros y por nuestra Madre, la Santa Iglesia”.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

SEÑOR, TÚ ERES MI PAZ Y MI CONSUELO

Señor, tú eres mi paz y mi consuelo
al acabar el día su jornada,
y, libres ya mis manos del trabajo,
a hacerte ofrenda del trabajo vengo.

Señor, tú eres mi paz y mi consuelo
cuando las luces de este día acaban,
y, ante las sombras de la noche oscura,
mirarte a ti, mi luz, mirarte puedo.

Señor, tú eres mi paz y mi consuelo,
y aunque me abruma el peso del pecado,
movido por tu amor y por tu gracia,
mi salvación ponerla en ti yo quiero.

Señor, tú eres mi paz y mi consuelo,
muy dentro de mi alma tu esperanza
sostenga mi vivir de cada día,
mi lucha por el bien que tanto espero.

Señor, tú eres mi paz y mi consuelo;
por el amor de tu Hijo, tan amado,
por el Espíritu de ambos espirado,
conduce nuestra senda hacia tu encuentro. Amén.

lunes, 3 de noviembre de 2014

El Papa: rivalidad y vanagloria, dos polillas que debilitan a la Iglesia

La rivalidad y vanagloria son dos polillas que debilitan a la Iglesia; en cambio es necesario actuar con espíritu de humildad y concordia, sin buscar el propio interés: lo ha dicho el Papa Francisco en la homilía de la Misa matutina celebrada en la Casa de Santa Marta.
Tomando como inspiración la carta de San Pablo a los Filipenses, el Papa observó que la alegría de un obispo es ver en su Iglesia amor, unidad y concordia. “Esta armonía – subrayó el Papa – es una gracia, lo hace el Espíritu Santo, pero nosotros por nuestra parte, debemos hacer de todo para ayudar al Espíritu Santo a realizar está armonía en la Iglesia”. Por esto, San Pablo invita a los Filipenses a no hacer nada “por rivalidad o vanagloria”, ni a “luchar uno contra el otro, ni siquiera para hacerse notar, para aparentar ser mejor que los otros”. “Se ve – enfatizó el Santo Padre – que esto no es solamente cosa de nuestro tiempo”, sino “que viene desde antes”:
“Y cuantas veces en nuestras instituciones, en la Iglesia, en las parroquias, por ejemplo, en los colegios, encontramos esto, ¿no? La rivalidad; el hacerse notar, la vanagloria. Se ve que son dos polillas que devoran la consistencia de la Iglesia, la debilitan. La rivalidad y la vanagloria van contra esta armonía, esta concordia. En vez de rivalidad y vanagloria, ¿qué cosa aconseja Pablo? ‘Pero cada uno de ustedes, con toda humildad’ – ¿qué cosa se debe hacer con humildad? – ‘considerar a los otros superiores a si mismo’. Él sentía esto, ¿eh? Él se califica ‘no digno de ser llamado apóstol’, el último. También se humilla fuertemente ahí. Este era su sentimiento: pensar que los otros eran superiores a él”.

El Papa citando a San Martin de Porres, “humilde fraile dominicano”, del cual la Iglesia hoy celebra su memoria: “su espiritualidad estaba en el servicio, porque sentía que todos los otros, incluso los más grandes pecadores, eran superiores a él. Lo sentía de verdad”. San Pablo, luego, exhorta a cada uno a no buscar el propio interés:
“Buscar el bien del otro. Servir a los demás. Pero esto es la alegría de un obispo, cuando ve en su Iglesia así: un mismo sentir, la misma caridad, permaneciendo unánimes y concordes. Este es el ambiente que Jesús quiere en la Iglesia. Si pueden tener diversas opiniones, está bien, pero siempre dentro de este ambiente, de esta atmosfera: de unidad, caridad, sin despreciar a ninguno”.

Refiriéndose al Evangelio del día, el Papa Francisco agregó:
“Es feo, cuando en las instituciones de la Iglesia, de una diócesis, encontramos en las parroquias gente que busca su propio interés, no el servicio, no el amor. Y esto es lo que Jesús nos dice en el Evangelio: no buscar el propio interés, no caminar por el camino del contracambio, ¿eh? ‘Pero sí, yo te he hecho este favor, pero tú no me haces esto’. Y, con esta parábola, de invitar a cena a aquellos que no pueden contracambiar nada. Es la gratuidad. Cuando en una Iglesia hay armonía, hay unidad, no se busca el propio interés, existe esta actitud de gratuidad. Yo hayo el bien, no hago un negocio con el bien”.
El Papa concluyó, invitando a hacer un examen de conciencia: “¿Cómo es mi parroquia? ¿Cómo es mi comunidad? ¿Tiene este espíritu? ¿Cómo es mi institución? Este espíritu de sentimientos de amor, de unanimidad, de concordia, sin rivalidad o vanagloria, con humildad y pensando que los demás son superiores a nosotros, en la parroquia, en la comunidad… Y tal vez encontraremos que hay algo para mejorar. ¿Hoy, cómo puedo yo mejorar esto?


domingo, 2 de noviembre de 2014

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS


La Iglesia, con entrañas de madre, desplaza en la liturgia el ritmo de las lecturas dominicales, para hacer memoria agradecida y orante de los fieles difuntos.

Todo ser humano tiene ante sí el hecho insoslayable de  la muerte, que a medida que pasan los años la sufre en seres muy queridos, con la posible experiencia de despojo, de dolor, cabe que de nostalgia y de ausencia, hasta es posible que de miedo.

Todas las religiones aspiran de algún modo a una relación con los seres queridos que nos han precedido. En el cristianismo se conmemora a los fieles difuntos y se invita de manera especial a orar por ellos. La clave cristiana es la contemplación de la muerte de Cristo, que padeció, murió y resucitó.

La sociedad actual con su  cultura presentista, se escabulle, a veces, con una pirueta evasiva, de la realidad de la muerte, y convierte en mueca lo que no soporta, engañándose y llegando así a un muro infranqueable.

Son muchas las reacciones posibles ante la verdad y la realidad de lo pasajero de nuestra existencia en este mundo. Los filósofos han reaccionado con pensamientos más o menos estoicos; los ascetas, ante el hecho de tener que morir, han podido anticipar en su cuerpo los rigores del despojo y hasta el desprecio de lo corpóreo.

Hoy parece que no es estética la muerte, ni correcto pensar en ella, a pesar de que todos los días nos llegan noticias de la muerte de personas conocidas, o de accidentes estremecedores, y de violencias exterminadoras. Una reacción actual ante los hechos más dramáticos, que pueden ser de genocidios o de epidemias mortales, es convertirlos en espectáculo, en dialéctica, hasta en piedra arrojadiza contra lo que se siente adverso o amenazador.

Los santos han vivido la realidad de la muerte con serenidad, y de su meditación han sacado sabiduría. Han resuelto vivir como quien va de paso. San Francisco de Asís, en el cántico de las criaturas, se atreve a decir: “Y por la hermana muerte, loado mi Señor”. Sam Ignacio de Loyola invita en los Ejercicios Espirituales a meditar sobre las postrimerías, en concreto sobre la muerte: “No querer pensar en cosas de placer ni alegría, como de gloria, resurrección, etc.; porque para sentir pena, dolor y lágrimas por nuestros pecados impide cualquier consideración de gozo y alegría; mas tener delante de mí quererme doler y sentir pena, trayendo más en memoria la muerte, el juicio” (EE 76).   

Es lapidaria la frese del duque de Gandía, San Francisco de Borja,  sucesor de San Ignacio de Loyola, quien al ver muerta a la emperatriz a la que tanto había amado, resolvió “no servir más a señor que se me pueda morir”.


Santa Teresa de Jesús, como pedagogía y disposición adecuadas, ante el paso que todos deberemos dar de dejar esta vida, nos enseña a vivir desasidos: “¡Oh, si no estuviésemos asidos a nada ni tuviésemos puesto nuestro contento en cosa de la tierra, cómo la pena que nos daría vivir siempre sin Él (Cristo) templaría el miedo de la muerte con el deseo de gozar de la vida verdadera!”  (Vida 21, 6).

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (Ap 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12a)



Estamos en el comienzo de las celebraciones del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, quien como maestra espiritual, doctora mística y santa, nos estimula a vivir de manera coherente nuestra pertenencia a Jesucristo, y nos llama a la santidad.

Llamados a la santidad

“Dios nos libre, hermanas, cuando algo hiciéremos no perfecto decir: «no somos ángeles», «no somos santas». Mirad que, aunque no lo somos, es gran bien pensar, si nos esforzamos, lo podríamos ser, dándonos Dios la mano; y no hayáis miedo que quede por El, si no queda por nosotras” (C. de Perfección 16, 11).

Deseos de santidad

Como veía los martirios que por Dios las santas pasaban, parecíame compraban muy barato el ir a gozar de Dios y deseaba yo mucho morir así, no por amor que yo entendiese tenerle, sino por gozar tan en breve de los grandes bienes que leía haber en el cielo” (Vida 1, 4).

La santidad no es arrobamiento ni experiencias extraordinarias

“Pongámonos en sus manos, para que sea hecha su voluntad en nosotras, y no  podemos errar, si con determinada voluntad nos estamos siempre en esto. Y habéis de advertir, que por recibir muchas mercedes de éstas no se merece más gloria” (Moradas VI, 9, 16).

La santidad se alcanza por el camino de la humildad

“Así que, hermanas mías, para esto y otras muchas cosas que se ofrece a un alma que ya el Señor la tiene en este punto, es menester ánimo; y a mi parecer, para esto postrero más que para nada, si hay humildad” (Moradas VI, 5, 6).

La santidad es amable

“Todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar y no se atemoricen y amedrenten de la virtud” (C. de Perfección 41, 7).

Señales de santidad

Cree, hija, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos, y a éstos responde el amor. ¿En qué te le puedo más mostrar que querer para ti lo que quise para Mí? Mira estas llagas, que nunca llegaron aquí tus dolores” (Las Relaciones 36, 1).

Recomendación

“Sólo quiero que estéis advertidas que, para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar, eso haced. Quizá no sabemos qué es amar, y no me espantaré mucho; porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios y procurar, en cuanto pudiéremos, no le ofender” (Moradas IV, 1, 7).

Papa, Ángelus, Fieles Difuntos: recordar a todos, también aquellos que nadie recuerda

En la Solemnidad de Todos los Fieles Difuntos, el Papa Francisco rezó el Ángelus dominical junto a miles de fieles romanos y peregrinos procedentes de Italia y de diversos países que se dieron cita en la Plaza de San Pedro para escuchar sus palabras y recibir su bendición. 
Recordando la celebración de Todos los Santos en el día de ayer,  el Obispo de Roma destacó el vínculo que une estas dos solemnidades, unidas entre ellas como “la alegría y las lágrimas  encuentran en Jesucristo una síntesis que es fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza”.
Jesús mismo nos ha revelado que la muerte del cuerpo es como un sueño del cual Él nos despierta, y con esta fe, constató el Papa, nos detenemos también espiritualmente ante las tumbas de nuestros seres queridos.
Pero hoy, subrayó el Obispo de Roma, estamos llamados a recordar a todos, también aquellos que nadie recuerda: las víctimas de las guerras y de las violencias, tantos pequeños del mundo aplastados por el hambre y por la miseria. Los hermanos y hermanas asesinados por ser cristianos y cuantos han sacrificado su vida por servir a los demás. 
Invitando a confiar al Señor a quienes nos han dejado en el curso de este último año, el Papa recordó la tradición de la Iglesia que exhorta a rezar por los difuntos ofreciendo, en particular, la Celebración Eucarística. Y destacó que el fundamento de la oración del sufragio se encuentra en la comunión del Cuerpo Místico.
El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios , agregó el Pontífice,  son testimonio de una confiada esperanza, radicada en la certeza que la muerte no es la última palabra sobre el destino humano, porque el hombre no está destinado a una vida sin límites, que tiene su raíz y su cumplimiento en Dios. 
Finalmente, la invitación a dirigirnos con ”esta fe en el destino supremo del hombre” a la Virgen, para que ella, Puerta del cielo, nos ayude a comprender siempre más el valor de la oración de sufragio por los difuntos y a no perder jamás de vista la meta última de la vida que es el Paraíso.

¡Esperanza en la piedad de Dios, que no defrauda! alienta el Papa

Cuando en la primera Lectura he sentido esta voz del Ángel que gritó con voz fuerte a los cuatro ángeles a los cuales se les había concedido devastar la Tierra y el Mar, destruir todo: “No devasten la Tierra ni el Mar ni las plantas”, a mí me ha venido a la mente una frase que no está aquí, pero que está en el corazón de todos nosotros: “Los hombres son capaces de hacerlo, mejor que ustedes”. Nosotros somos capaces de devastar la Tierra mejor que los ángeles. Y esto lo estamos haciendo. Esto lo hacemos: devastar la Creación, devastar la vida, devastar la cultura, devastar los valores, devastar la esperanza. Y cuánta necesidad tenemos de la fuerza del Señor para que nos selle con su amor y con su fuerza para detener esta loca carrera de destrucción. Destrucción de aquello que Él nos ha dado; de las cosas más bellas que Él ha hecho por nosotros, para que nosotros las lleváramos adelante, las hiciéramos crecer, dar frutos. 

Cuando en la sacristía miraba las fotografías de hace 71 años, he pensado: “Esto ha sido muy grave, muy doloroso. Pero esto no es nada en comparación con lo que sucede ahora”. El hombre se ha adueñado de todo, se cree Dios, se cree el Rey. Y las guerras, las guerras que continúan, no precisamente sembrando semillas de vida. Para destruir. Pero, es la industria de la destrucción. Es un sistema, también, de vida, que cuando las cosas no se pueden arreglar, se descartan: se descartan los chicos, se descartan los ancianos, se descartan los jóvenes sin trabajo. Esta devastación ha hecho la cultura del descarte. Se descartan los pueblos. Esta es la primera imagen que me ha venido a mí cuando he sentido esta Lectura. 

 La segunda imagen, en la misma Lectura: esta muchedumbre inmensa, que ninguno podía contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua … Los pueblos, la gente … Ahora está comenzando a hacer frio : estos pobres, que deben escapar al desierto para salvar la vida, de sus casas, de sus pueblos, de sus villorrios… y que viven en carpas, sienten el frio, sin medicinas, hambrientos… porque el dios-hombre se ha adueñado de la Creación, de todo aquello hermoso que Dios ha hecho para nosotros. Y ¿quién paga la fiesta? ¡Ellos! Los pequeños, los pobres, aquellos que personalmente han ido a terminar en el descarte. Y esto no es una historia antigua: sucede hoy. “Pero, Padre, eso pasa lejos …” – También aquí! [En] todas partes. Pasa hoy en día. Diré más: pareciera que esta gente, estos niños hambrientos, enfermos, parece que no contasen, que sean de otra especie, que no sean humanos. Y esta muchedumbre está delante de Dios y pide: “¡Por favor, salvación! ¡Por favor, paz! ¡Por favor, pan! ¡Por favor, trabajo! ¡Por favor, hijos y abuelos! ¡Por favor, jóvenes con la dignidad de poder trabajar!”. Pero los perseguidos, entre ellos, aquellos que son perseguidos por la fe… “Entonces uno de los ancianos se dirigió a mí y dijo: ‘¿Estos quiénes son, vestidos de blanco?’ - ¿quiénes son?, ¿de dónde vienen? – ‘Son aquellos que vienen de la Gran Tribulación y que han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero’”. 


Y hoy, sin exagerar, hoy, en el día de Todos los Santos, quisiera que nosotros pensáramos en todos estos, los santos desconocidos. Pecadores como nosotros, peor que nosotros, pero destruidos. A esta tanta de gente que viene de la Gran Tribulación: la mayor parte del mundo está en tribulación. Y el Señor santifica a este pueblo, pecador como nosotros, pero lo santifica con la tribulación. Y al final, la tercera imagen. Dios. La primera, la devastación; la segunda, las víctimas; la tercera, Dios. Dios: “Nosotros desde ahora somos hijos de Dios”, hemos escuchado en la segunda lectura. “Pero lo que seremos no ha sido todavía revelado. Pero sabemos que cuando Él se habrá manifestado nosotros seremos semejantes a Él, porque lo veremos como Él es”, es decir: la esperanza. Y esto es la bendición del Señor que todavía tenemos: la esperanza. La esperanza que tenga piedad de su pueblo, que tenga piedad de aquellos que están en la Gran Tribulación. También, que tenga piedad de los destructores y se conviertan. Y así, la santidad de la Iglesia va adelante: con esta gente, con nosotros que veremos a Dios como Él es. Y ¿cuál debe ser nuestra actitud, si queremos entrar en este pueblo y caminar hacia el Padre, en este mundo de devastación, en este mundo de guerras, en este mundo de tribulación? 

Nuestra actitud, lo hemos escuchado en el Evangelio: es la actitud de las Bienaventuranzas. Solamente este camino nos llevará al encuentro con Dios. Solamente este camino nos salvará de la destrucción, de la devastación de la tierra, de la creación, de lo moral, de la historia, de la familia, de todo. Solamente este camino: pero nos hará pasar cosas feas, ¿eh? Nos traerá problemas. Persecuciones. Pero solamente este camino nos llevará adelante. Y así, este pueblo que tanto sufre hoy por el egoísmo de los devastadores, de nuestros hermanos devastadores, este pueblo va adelante con las Bienaventuranzas, con la esperanza de encontrar a Dios, de encontrar cara a cara al Señor, con la esperanza de hacernos santos, en aquel momento del encuentro definitivo con Él. 

El Señor nos ayude y nos de la gracia de esta esperanza, pero también la gracia de la valentía para salir de todo aquello que es destrucción, devastación, relativismo de vida, exclusión de los otros, exclusión de los valores, exclusión de todo aquello que el Señor nos ha dado: exclusión de paz. Nos libre de esto, y nos de la gracia de caminar con la esperanza de encontrarnos un día cara a cara con Él. Y esta esperanza hermanos no defrauda.

ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS, DE LA TRADICIÓN BIZANTINA

En este día recordamos a todos los Fieles Difuntos y oramos, de forma particular, por aquellos que aún se están purificando para llegar a encontrarse con Dios... en especial, ofrezcamos una oración por aquellas almas más olvidadas, que no tienen a nadie que ofrezca sus oraciones por ellos...
Oración por los difuntos
(de la tradición bizantina)

Dios de los espíritus y de toda carne,
que sepultaste la muerte,
venciste al demonio
y diste la vida al mundo.
Tú, Señor, concede al alma
de tu difunto siervo N. (nombre del difunto),
el descanso en un lugar luminoso,
en un oasis, en un lugar de frescura,
lejos de todo sufrimiento,
dolor o lamento.

Perdona las culpas por él cometidas
de pensamiento, palabra y obra,
Dios de bondad y misericordia;
puesto que no hay hombre
que viva y no peque,
ya que Tú sólo eres Perfecto
y tu Justicia es justicia eterna
y tu Palabra es la Verdad.

Tú eres la Resurrección,
la Vida y el descanso del difunto,
tu siervo N.


Oh Cristo, Dios nuestro.
Te glorificamos junto con el Padre
no engendrado
y con tu santísimo, bueno
y vivificante Espíritu. Amén.

MURAMOS CON CRISTO, Y VIVIREMOS CON ÉL. DE SAN AMBROSIO.



Vemos que la muerte es una ganancia, y la vida un sufrimiento. Por esto, dice san Pablo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Cristo, a través de la muerte corporal, se nos convierte en espíritu de vida. Por tanto, muramos con él, y viviremos con él.

En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como iría sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte. Porque la ley de la carne está en oposición a la ley del espíritu e induce a ésta a la ley del error. ¿Qué remedio hay para esto? ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.

Tenemos un médico, sigamos sus remedios. Nuestro remedio es la gracia de Cristo, y el cuerpo presa de la muerte es nuestro propio cuerpo. Por lo tanto, emigremos del cuerpo, para no vivir lejos del Señor; aunque vivimos en el cuerpo, no sigamos las tendencias del cuerpo ni obremos en contra del orden natural, antes busquemos con preferencia los dones de la gracia.

¿Qué más diremos? Con la muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo hubiese podido evitar la muerte, si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó como algo inútil, sino que la consideró como el mejor modo de salvarnos. Y, así, su muerte es la vida de todos.
Hemos recibido el signo sacramental de su muerte, anunciamos y proclamamos su muerte siempre que nos reunimos para ofrecer la eucaristía; su muerte es una victoria, su muerte es sacramento, su muerte es la máxima solemnidad anual que celebra el mundo.

¿Qué más podremos decir de su muerte, si el ejemplo de Cristo nos demuestra que ella sola consiguió la inmortalidad y se redimió a sí misma? Por esto, no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación para todos; no debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos el sufrirla.

Del libro de san Ambrosio, obispo, sobre la muerte de su hermano Sátiro