domingo, 19 de enero de 2014

Jesús ha venido al mundo con una misión precisa: liberarlo del pecado, cargándose las culpas de la humanidad, el Papa durante el Ángelus

Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el pasado domingo, hemos entrado en el tiempo litúrgico llamado “ordinario”.

En este segundo domingo, el Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista, cerca del rio Jordán.
Quien la describe es el testigo ocular, Juan Evangelista, que antes de ser discípulo de Jesús era discípulo del Bautista, junto con el hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos pescadores.
El Bautista ve a Jesús que avanza entre la multitud e, inspirado del alto, reconoce en Èl al enviado de Dios, por esto lo indica con estas palabras: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! » (Jn 1,29).El verbo que viene traducido con “quitar”, significa literalmente “levantar”, “tomar sobre sí”. Jesús ha venido al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué manera? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don de la propia vida por los demás. En el testimonio de Juan el Bautista, Jesús tiene las características del Siervo del Señor, que «soportó nuestros sufrimientos, y aguantó nuestros dolores» (Is 53,4), hasta morir sobre la cruz. Él es el verdadero cordero pascual, que se sumerge en el rio de nuestro pecado, para purificarnos.
El Bautista ve ante sí a un hombre que se pone en fila con los pecadores para hacerse bautizar, si bien no teniendo necesidad. Un hombre que Dios ha enviado al mundo como cordero inmolado. En el Nuevo Testamento la palabra “cordero” se repite varias veces y siempre en referencia a Jesús. Esta imagen del cordero podría sorprender; de hecho, es un animal que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez y se carga un peso tan oprimente. La enorme masa del mal viene quitada y llevada por una creatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y de amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí misma. El cordero no es dominador, sino dócil; no es agresivo, sino pacifico; no muestra las garras o los dientes frente a cualquier ataque, sino soporta y es remisivo.¿Qué cosa significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en el lugar de la malicia la inocencia, en el lugar de la fuerza el amor, en el lugar de la soberbia la humildad, en el lugar del prestigio el servicio. Ser discípulos del Cordero significa no vivir como una “ciudadela asediada”, sino como una ciudad colocada sobre el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más alegres.(Traducción del italiano: Raúl Cabrera -Radio Vaticano)

Éste es el Hijo de Dios


  • Contexto bíblico
  • Juan Bautista presenta a Jesús a los judío. En los versículos anteriores, el evangelista Juan nos relata cómo se presenta Juan bautista ante una comisión de sacerdote y levitas, venidos de Jerusalén, para investigar la predicación y actividad del bautista. Él declaró abiertamente: Yo soy el Mesías (v. 19).

    Texto
  • Juan describe a Jesús. El relato no señala  qué personas presenta el Bautista a Jesús. Queriendo decir que su declaración y testimonio son para todas las personas de todos los tiempos.
  • Su testimonio no es fruto de una reflexión personal. Juan afirma: yo no lo conocía (vs. 31 y 33). Sino que reconoce que ha sido una inspiración y una "visión" del Espíritu cuando se posaba sobre Jesús en el momento del bautismo.

    1. ¿Quién es Éste?
    Juan presenta a Jesús como:
    a. Cordero de Dios (v. 29)
  • Este título hace referencia al "cordero pascual". El libro del Éxodo (12, 1-28) nos describe cómo los hebreos en Egipto se liberaron del exterminio por tener marcadas las puertas de sus casas con la sangre de los corderos.
  • Jesús será con su muerte el Cordero sacrificado a favor del pueblo. El que de hecho borrará todos los pecados del mundo. Jesús es el verdadero y definitivo Libertador de la esclavitud del pecado. En cada persona, que lo acepta por la fe, inicia esta purificación en el sacramento del bautismo.

    b. Hijo de Dios (v. 34)
  • Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne (v. 14). Con su Hijo Jesús, Dios entra definitivamente en la historia de los humanos. Su misión es liberar del pecado, como Cordero de Dios, y dar vida plena, como Hijo de Dios.
  • En ella (la Palabra) estaba la vida y la vida era la luz de los hombres (v. 4). Y a cuantos la recibieron les dio la capacidad de ser hijos de Dios (v. 12). Ésta es la vida que da el Hijo de Dios encarnado: la misma vida de Dios.
  • El Evangelio de Juan fundamenta la acción de Jesús en la donación de la vida. Por eso, le presenta a Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida (14, 16).
  • Yo he venido para dar la vida a los hombres y para que la tengan en plenitud (Jn 10, 10).

    c. Ungido por el Espíritu (v. 32)
  • Jesús es el Mesías, que significa Ungido. Era costumbre en Israel de ungir con aceite a los sacerdotes, profetas y reyes. También Juan el Bautista ve a Jesús como el verdadero Mesías, que no recibe una unción con aceite, sino la unción del Espíritu. Jesús es el Elegido por Dios para manifestar su presencia total entre los hombres y consagrarlos a Dios.

    2. ¿Quién soy yo?

    a. Ungido por el Espíritu. Por el bautismo soy consagrado a Dios. Mi ser, cuerpo y espíritu, no me pertenecen. He recibido la condición de: sacerdote, profeta y rey.

    b. Hijo de Dios. El bautismo me regala esta segunda naturaleza: ser hijo de Dios, hermano de Jesús, el Hijo predilecto. En Jesús, soy perdonado y amado por el Padre. Con Él, puedo invocar a Dios como a mi verdadero Padre.

    c. Que quita el pecado del mundo. No sólo estoy llamado a alejar el pecado de mi vida sino a hacer posible que otros hermanos no lo cometan. Estoy llamado a trabajar por una familia, comunidad y sociedad donde brillen la justicia, la solidaridad, la ayuda y la entrega.
  • P. Martín Irure

    Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos


    Pidamos un corazón abierto para recibir la Palabra de Dios, el Papa el viernes en Santa Marta

    El don de ser hijos de Dios no se puede “vender” por un mal entendido sentido de “normalidad”, que induce a olvidar su Palabra y a vivir como si Dios no existiese. Fue la reflexión que el Papa Francisco propuso la mañana del viernes, durante la homilía de la Misa presidida en la Casa de Santa Marta.

    La tentación de querer ser “normales”, cuando en cambio se es hijo de Dios. Que en esencia quiere decir ignorar la Palabra del Padre y seguir sólo la humana, la “palabra del propio deseo”, escogiendo en cierto modo “vender” el don de una predilección para sumergirse en una “uniformidad mundana”.

     Esta tentación el pueblo judío del Antiguo Testamento la experimentó más de una vez, recordó el Santo Padre, que se detuvo en el episodio propuesto por el pasaje de la liturgia tomado del primer Libro de Samuel. En él, los jefes del pueblo piden al mismo Samuel, ya viejo, establecer para ellos un nuevo rey, de hecho pretendiendo autogobernarse. En aquel momento, observó el Pontífice, “el pueblo rechaza a Dios: no sólo no escucha la Palabra de Dios, sino que la rechaza”. Y la frase reveladora de este desapego, subrayó el Papa, es aquella proferida por los ancianos de Israel: queremos un “rey juez”, porque así “también nosotros seremos como todos los pueblos”. O sea, observó Francisco, “rechazan al Señor del amor, rechazan la elección y buscan el camino de la mundanidad”, de forma parecida a tantos cristianos de hoy:
    “La normalidad de la vida exige del cristiano fidelidad a su elección y no venderla para ir hacia una uniformidad mundana. Esta es la tentación del pueblo, y también la nuestra. Tantas veces, olvidamos la Palabra de Dios, aquello que nos dice el Señor, y tomamos la palabra que está de moda, ¿no?, también aquella de la telenovela está de moda, tomemos esa, ¡es más divertida! La apostasía es precisamente el pecado de la ruptura con el Señor, pero es clara: la apostasía se ve claramente. Esto es más peligroso, la mundanidad, porque es más sutil”.
    “Es verdad que el cristiano debe ser normal, como son normales las personas”, reconoció el Obispo de Roma, “pero – insistió – existen valores que el cristiano no puede tomar para sí. El cristiano debe retener sobre él la Palabra de Dios que le dice: ‘tú eres mi hijo, tú eres elegido, yo estoy contigo, yo camino contigo’”. Por lo tanto resistiendo a la tentación – como en el episodio de la Biblia – de considerarse víctimas de “un cierto complejo de inferioridad”, de no sentirse un “pueblo normal”:
    “La tentación viene y endurece el corazón y cuando el corazón es duro, cuando el corazón no está abierto, la Palabra de Dios no puede entrar. Jesús decía a los de Emaús: ‘¡Necios y lentos de corazón!’. Tenían el corazón duro, no podían entender la Palabra de Dios. Y la mundanidad ablanda el corazón, pero mal: un corazón blando ¡jamás es una cosa buena! El bueno es el corazón abierto a la Palabra de Dios, que la recibe. Como la Virgen, que meditaba todas estas cosas en su corazón, dice el Evangelio. Recibir la Palabra de Dios para no alejarse de la elección”.
    Pidamos, entonces – concluyó el Papa Francisco – “la gracia de superar nuestros egoísmos: el egoísmo de querer hacer de las mías, como yo quiero”:
    “Pidamos la gracia de superarlos y pidamos la gracia de la docilidad espiritual, o sea abrir el corazón a la Palabra de Dios y no hacer como han hecho estos nuestros hermanos, que cerraron el corazón porque se alejaron de Dios y desde hacía tiempo no sentían y no entendían la Palabra de Dios. Que el Señor nos de la gracia de un corazón abierto para recibir la Palabra de Dios y para meditarla siempre. Y de ahí tomar el verdadero camino”.

    viernes, 17 de enero de 2014

    "En los escándalos de la Iglesia no está la Palabra de Dios”, el Papa el jueves en Santa Marta

     Los escándalos en la Iglesia ocurren porque no hay una relación viva con Dios y con su Palabra. De esta forma, sacerdotes corruptos, en vez de dar el pan de la vida, dan un alimento envenenado al santo pueblo de Dios: lo afirmó el Papa Francisco en su homilía matutina, durante la Misa presidida en la Casa de Santa Marta.
     

    Comentando la lectura del día y el salmo responsorial, que narran una dura derrota de los israelitas por obra de los filisteos, el Pontífice observó que el pueblo de Dios en aquella época había abandonado al Señor. Se decía que la Palabra de Dios era “rara” en aquel tiempo. El viejo sacerdote Elí era un “tibio” y sus hijos “corruptos, asustaban al pueblo y lo golpeaban”. Los israelitas para combatir contra los filisteos utilizan el arca de la alianza, pero como una cosa “mágica”, “una cosa externa”. Y son derrotados: el arca es tomada por los enemigos. 

    No hay verdadera fe en Dios, en su presencia real en la vida:
    “Este pasaje de la Escritura nos hace pensar en cómo es nuestra relación con Dios, con la Palabra de Dios: ¿es una relación formal? ¿Es una relación lejana? La Palabra de Dios entra en nuestro corazón, cambia nuestro corazón, tiene este poder o no, es una relación formal, ¿todo bien? ¡Pero el corazón está cerrado a aquella Palabra! 

    Y nos lleva a pensar en tantas cosas de la Iglesia, en tantas derrotas del pueblo de Dios simplemente porque no siente al Señor, no busca al Señor, ¡no se deja buscar por el Señor! Y luego después de la tragedia, la oración: ‘Pero, Señor, ¿qué ha pasado? Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, todos en derredor se burlan y se ríen. Servimos de escarmiento a las naciones, y los pueblos menean la cabeza”.
     

    El Papa reflexionó sobre los escándalos de la Iglesia:
    “Pero ¿nos avergonzamos? Tantos escándalos que no quiero mencionar individualmente, pero que todos conocemos… ¡Sabemos cuáles! Escándalos, algunos que han costado tanto: ¡está bien! Se debe hacer así…. ¡La vergüenza de la Iglesia! ¿Pero nos hemos avergonzado de aquellos escándalos, de aquellas derrotas de sacerdotes, de obispos, de laicos? La Palabra de Dios en aquellos escándalos era una cosa rara; en aquellos hombres y en aquellas mujeres la Palabra de Dios ¡era rara! ¡No tenían un lazo con Dios! Tenían una posición en la Iglesia, una posición de poder, también de comodidad. ¡Pero no la Palabra de Dios! ‘Pero, yo tengo una medalla’; ‘Yo llevo la Cruz’… ¡Si, como esos llevaban el arca! ¡Sin la relación viva con Dios y con la Palabra de Dios!

    Me viene a la mente aquella Palabra de Jesús para aquellos por los cuales vienen los escándalos… Y aquí el escándalo ha venido: toda una decadencia del pueblo de Dios, hasta la debilidad, a la corrupción de los sacerdotes”.
    El Obispo de Roma concluyó su homilía dirigiendo su pensamiento al pueblo de Dios:
    “¡Pobre gente! ¡Pobre gente! No damos de comer el pan de la vida; no damos de comer - en aquellos casos - ¡la verdad! Y hasta damos de comer comida envenenada, tantas veces! ‘¡Despiértate, porque duermes Señor!’. ¡Que ésta sea nuestra oración! ‘¡Despierta! ¡No nos rechaces para siempre! ¿Por qué escondes tu rostro? ¿Por qué olvidas nuestra miseria y opresión?’. Pidamos al Señor no olvidar jamás la Palabra de Dios, que es viva, que entre en nuestro corazón y no olvidar jamás al santo pueblo fiel de Dios, ¡que nos pide un alimento fuerte!”.

    Del porqué hacemos, en definitiva, las cosas.

    Nuestro amigo Javier nos ha mandado el enlace de un buen artículo. Muchas gracias: 


    Partir de la mirada atenta y creativa para comprenderme a mí y a los demás. Ser consciente de la existencia propia –autoconciencia–, para que a partir de ella, uno sea capaz de conocer otras realidades –alteridad– y una vez conocidas, poder trascenderlas.
    En el quehacer del día a día vemos que aquello que deseamos, aquello que intentamos alcanzar es, en la gran mayoría de los casos, algo de lo que adolecemos –en ese preciso momento cuando empieza la vida moral de la persona–. En la carestía –indigencia– en la sensación de impotencia, de no plenitud. Como si tratásemos de llenar un paso de agua inútilmente ya que éste está lleno de pequeños agujeros por donde se pierde el agua. Es esta la sensación con la que uno comienza a vivir moralmente.

    Según Santo Tomás de Aquino, de esto trata la moralidad, del deseo insaciable de llenar nuestro corazón; es éste mismo deseo del que parte toda intención. “Es necesario, por tanto, que el fin último colme de tal modo los deseos del hombre, que no excluya nada deseable. Y esto no puede darse si requiere, para ser perfecto, algo distinto de él.” 1

    Como si de un cuento infantil se tratase, así ocurre en la vida moral, llevarnos a la última morada, la unión con algo tan bueno que por serlo ponga fin a nuestros deseos. Ese “objeto de bondad” ha de ser tan sumamente bueno y perfecto que satisfaga todas nuestras apetencias y por ende nuestro ser. Todo lo realmente bueno, lo verdaderamente bueno recibe3 dicha bondad de lo perfecto y de lo perfectamente bueno.
    Cuando anteriormente hemos hablado de la “adolescencia”– como sustantivo de adolecer– de lo deseado cabe destacar la paradoja que existe en el deseo.
    Por una parte la apertura de la persona –el deseante– hacia el infinito –deseo inalcanzable– y la existencia limitada –finita– el origen de este– origen en una existencia limitada–. Así pues reconocer la imposibilidad de alcanzar el deseo a pesar de que uno alcance deseos parciales, es decir, que el deseo más íntimo –finito– le anima a llegar algo más allá –infinito– de su propia capacidad limitada.

    Por otro lado existe la imposibilidad de negar el deseo como algo propio del hombre – el “quid” de la cuestión será ver la importancia y el papel que desarrolla este deseo dentro de la dinámica del actuar en la persona.

    Observar la naturaleza humana, – lo que uno hace, cómo lo hace, por qué lo hace…– no para llegar a controlar al hombre sino para entenderlo. Como el arquitecto que, antes de ponerse a dibujar su próximo proyecto arquitectónico, comprueba que tiene todas las herramientas necesarias. Comprueba que el lápiz está bien afilado y que dispone de papel suficiente para acometer la empresa que desea. El arquitecto conoce cada pequeño detalle del encargo que quiere proyectar: la normativa, la resistencia de los materiales, el manejo de la luz y de los volúmenes. En este caso el arquitecto observa su propio quehacer como un fin: evocar el espacio idóneo; nuestra mirada atenta al comportamiento es distinta a la mirada del arquitecto, nosotros no queremos evocar espacios sugerentes sino sólo comprendernos.
    Si la mirada del arquitecto pretendía alcanzar el fin de construir un proyecto, la nuestra ha de ser concebida como el fin; el fin como el timón de la vida moral2 de la persona. Todo lo que hace una persona tiene posee un fin, siempre existe un “para” al final de cada acción humana. En este sentido deberíamos llamarnos a nosotros “mismos finalistas”.
    Sobre los propósitos. ¿Cuáles son mis propósitos?, ¿cómo han de ser? si observo, si atiendo a mis propósitos puedo ver que algunos poseen una mayor relevancia que otros. Lo realmente importante no sólo es el tiempo sino los modos y los medios que dedicamos de nuestra vida en conseguir alcanzar cada uno de ellos. En esta línea encontramos dos situaciones extremas –a mi juicio bastante peligrosas– en las personas.

    1. La pérdida de vista de un fin unitario e integrador.
    La persona autómata que pierde por completo el sentido del propósito que buscaba anteriormente. Esto no significa que la persona que alcanza un propósito y en ausencia de otro propósito, se viene abajo sino de la persona que, teniendo un propósito que todavía no ha alcanzado, pierde el apetito por conseguirlo y alcanzarlo.

    2. La sustitución de un gran propósito inalcanzable por infinidad de pequeños propósitos fácilmente alcanzables.
    Este caso puede ser consecuencia de lo anterior, una alternativa para no caer en dicha situación. En vista de poder perder de vista único propósito, sustituye por una serie de propósitos menores cuya conclusión producen placer directamente proporcional al tiempo empleado en conseguirlo.

    La intención como una disposición, un tender hacia, una tensión que pone en relación dos elementos. Cada acto nace del fin que está llamado a realizar. Existe en la acción –podemos decir– una participación previa del fin último de la misma –como si de un breve bosquejo previo se tratase–. Antes de ponerse uno a dibujar un paisaje, la visión de los distintos elementos compositivos, los colores, la luz, los reflejos… como si estas percepciones previas me adelantaran cosas del fin que pretendo. Pero además es el acto el que crece alrededor de su intención. En tensión, así pues, perfila nuestros actos pero su vez nos delimita nosotros mismos. En consecuencia, la intención principal en nuestra vida delimita aquello a lo que más inclinados estamos, en definitiva, lo que más amamos. Dice Blondel que en nuestras acciones siempre subyace algo más grande. La acción promete algo que va más allá de ella misma. Así, una acción tan sencilla como es dibujar tiene esa dimensión de trascendencia. Ese “más” unido a toda acción humana indica que el dinamismo de la acción humana es trascendente; la acción siempre transporta al hombre a algo más que la propia acción. Ese añadido que necesitamos, no tenemos otra forma de buscarlo sino a través de nuestras  propias acciones. La persona alcanza la meta a través de sus acciones, no de otra forma; de unas acciones que siempre tienen un valor de promesa de cara al futuro. La acción se hace en el presente, pero siempre enraizada en el pasado que conocemos y siempre de cara a la construcción del futuro que deseamos. En la acción, que siempre es presente, nos jugamos nuestro destino, que siempre es futuro. No nos es posible abrirnos a la promesa que nos ofrece el futuro si no es a través de la acción presente. Ahora bien nuestra vida, nuestras apetencias, nuestras intenciones no están dirigidos a plasmar el paisaje de antes sobre el lienzo, sino que existe una inclinación mucho mayor, un amor hacia algo que va más allá.
    El objeto, en definitiva, no tiene que ver con la intención propia de uno, sino con el fin próximo del acto, y tiene un contenido objetivo que se determina racionalmente. Aunque evidentemente también hay una dimensión subjetiva,  el objeto no es lo que yo quiera. En el objeto hay una integración del aspecto objetivo y del aspecto subjetivo de la acción. En la acción humana no hay objetivismo, pero sí una objetividad.  En la acción humana hay una “objetividad en la subjetividad”: objetividad y subjetividad no se oponen dialécticamente, como en un conflicto, sino que se armonizan.
    Notas
    1 Summa Theologiae  I–II, 1, 5.
    2 La moralidad no nace necesariamente de la situación de indigencia sino que también puede empezar con el deseo de mantener lo bueno.
    3 Esta “recepción” pudiera ser comprendida como donación o participación. El bien perfecto perfecciona sin perder ninguna perfección.

    miércoles, 15 de enero de 2014

    Como un río que irriga la tierra y difunde en el mundo la bendición de Dios, dijo Francisco del Sacramento del Bautismo

     Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


    El miércoles pasado hemos iniciado un breve ciclo de catequesis sobre los Sacramentos, comenzando por el Bautismo. Y acerca del Bautismo quisiera detenerme también hoy, para subrayar un fruto muy importante de este Sacramento: él nos hace transformarnos en miembros del Cuerpo de Cristo y del Pueblo de Dios. Santo Tomás de Aquino afirma que quién recibe el Bautismo es incorporado a Cristo casi como miembro suyo y es agregado a la comunidad de los fieles, es decir, al Pueblo de Dios. (Summa Theologiae, III, q. 69, art. 5; q. 70, art.1). 

    En la escuela del Concilio Vaticano II, nosotros decimos hoy que el Bautismo nos hace entrar en el Pueblo de Dios, nos transforma en miembros de un Pueblo en camino, un Pueblo peregrinante en la historia.
    En efecto, así como de generación en generación se transmite la vida, del mismo modo también de generación en generación, a través del renacimiento de la fuente bautismal, se transmite la gracia, y con esta gracia el Pueblo cristiano camina en el tiempo, como un río que irriga la tierra y difunde en el mundo la bendición de Dios. Desde el momento en que Jesús dijo esto que hemos escuchado del Evangelio, los discípulos fueron a bautizar y, desde aquel tiempo hasta hoy, hay una cadena en la transmisión de la fe por el Bautismo, y cada uno de nosotros somos el anillo de esta cadena; un paso adelante siempre, como un río que irriga. Y así es la gracia de Dios, y así es nuestra fe, que debemos transmitir a nuestros hijos. Así es el Bautismo. ¿Por qué? Porque el Bautismo nos hace entrar en este Pueblo de Dios, que transmite la fe. Esto es muy importante,¿eh? Un Pueblo de Dios que camina y transmite la fe.

    En virtud del Bautismo nosotros nos transformamos en discípulos misioneros, llamados a llevar el Evangelio en el mundo (Exhortación Apost. Evangelii gaudium, 120). “Cada bautizado, cualquiera sea su función en la Iglesia y el grado de instrucción de su fe, es un sujeto activo de evangelización. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de todos, de todo el Pueblo de Dios, un nuevo protagonismo de los bautizados, de cada uno de los bautizados. (ibid.

    El Pueblo de Dios es un Pueblo discípulo, porque recibe la fe, y misionero, porque transmite la fe. Esto lo hace el Bautismo en nosotros: hace recibir la gracia. Y la fe es transmitir la fe. Todos en la Iglesia somos discípulos y lo somos siempre, por toda la vida; y todos somos misioneros, cada uno en el puesto que el Señor le ha asignado. 


    Todos: el más pequeño es también misionero y aquel que parece más grande es discípulo. Pero algunos de ustedes dirán: "Padre, los obispos no son discípulos, los obispos saben todo. El Papa sabe todo, no es discípulo". Eh, también los obispos y el Papa deben ser discípulos, porque si no son discípulos, no hacen el bien, no pueden ser misioneros, no pueden transmitir la fe ¿entendido?¿Han entendido ésto? Es importante, ¿eh? Todos nosotros: ¡discípulos y misioneros!
    Existe un vínculo indisoluble entre la dimensión mística e aquella misionera de la vocación cristiana, ambas radicadas en el Bautismo. “Recibiendo la fe y el bautismo, nosotros cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que conduce a confesar a Jesucristo como Hijo de Dios y a llamar Dios “Abbá” (Padre).

    Todos los bautizados y las bautizadas estamos llamados a vivir y a transmitir la comunión con la Trinidad, porque la evangelización es un llamado a la participación de la comunión trinitaria” (Documento final de Aparecida, n. 157).

    Nadie se salva solo. Esto es importante. Nadie se salva solo. Somos comunidad de creyentes, y en esta comunidad experimentamos la belleza de compartir la experiencia de un amor que nos precede a todos, pero que al mismo tiempo nos pide que seamos “canales” de la gracia los unos por los otros, no obstante nuestros límites y nuestros pecados.

    La dimensión comunitaria no es sólo un “marco”, un “contorno”, sino que es parte integrante de la vida cristiana, del testimonio y de la evangelización. La fe cristiana nace y vive en la Iglesia, y en el Bautismo las familias y las parroquias celebran la incorporación de un nuevo miembro a Cristo y a su cuerpo, que es la Iglesia (ibid., n.175 b).

    A propósito de la importancia del Bautismo para el Pueblo de Dios, es ejemplar la historia de la comunidad cristiana en Japón. Pero escuchen bien esto. Aquella comunidad sufrió una dura persecución a comienzos del siglo XVII. Fueron numerosos los mártires, los miembros del clero fueron expulsados y millares de fieles fueron asesinados. No quedó en Japón ningún sacerdote, todos fueron expulsados. Entonces la comunidad se retiró a la clandestinidad, conservando la fe y la oración en el ocultamiento. Y cuando nacía un niño, el papá o la mamá lo bautizaban, porque todos los fieles pueden bautizar en circunstancias particulares. Cuando después de aproximadamente dos siglos y medio - 250 años después - los misioneros volvieron a Japón, millares de cristianos salieron a la luz y la Iglesia pudo reflorecer. ¡Habían sobrevivido con la gracia de su Bautismo! Pero esto es grande, ¿eh? El Pueblo de Dios transmite la fe, bautiza sus hijos y va adelante. Y habían mantenido, aún en secreto, un fuerte espíritu comunitario, porque el Bautismo los había hecho transformar en un sólo cuerpo en Cristo: estaban aislados y escondidos, pero eran siempre miembros de la Iglesia. ¡Podemos aprender tanto de esta historia!
    ¡Gracias!
    Traducción del italiano: Cecilia Mutual

    ORACIÓN PARA IRSE A DORMIR

    Padre mío, ahora que las voces se silenciaron y los clamores se apagaron, aquí al pie de la cama mi alma se eleva hasta Tí, para decirte: 
    Creo en Ti, espero en Ti, te amo con todas mis fuerzas, Gloria a Ti Señor. 

    Deposito en tus manos, la fatiga y la lucha, las alegrías y desencantos de este día que quedó atrás. 

    Si los nervios me traicionaron, si los impulsos egoístas me dominaron, si di entrada al rencor o a la tristeza, ¡Perdón, Señor!. Ten piedad de mí. 

    Si he sido infiel, si pronuncié palabras vanas, si me dejé llevar por la impaciencia. Si fui espina para alguien ¡Perdón, Señor!. 

    No quiero esta noche entregarme al sueño, sin sentir sobre mi alma la seguridad de tu misericordia, tu dulce misericordia, enteramente gratuita, Señor. 

    Te doy gracias, Padre mío, porque has sido la sombra fresca que me ha cobijado durante todo este día. 

    Te doy gracias porque, invisible, cariñoso, envolvente, me has cuidado a lo largo de estas horas. 

    Señor, a mi alrededor ya todo es silencio y calma. Envía el ángel de la paz a esta casa. Relaja mis nervios sosiega mi espíritu, suelta mis tensiones, inunda mi ser de silencio y serenidad. Vela sobre mí, Padre querido, mientras me entrego confiado al sueño, como un niño que duerme feliz entre tus brazos. En tu nombre Señor, descansaré tranquilo. Amén.
    Fuente: Tengo sed de Ti

    lunes, 13 de enero de 2014

    El amor de Dios ajusta nuestras historias de pecadores, dijo el Papa en su homilía

     El amor de Dios ajusta nuestras equivocaciones, nuestras historias de pecadores, porque no nos abandona jamás, incluso si nosotros no comprendemos este amor. Lo afirmó el Papa al celebrar esta mañana la Santa Misa en la capilla de la Casa de Santa Marta, en el primer lunes del Tiempo ordinario.
    Jesús llama a Pedro, Andrés, Santiago y Juan: están pescando, pero dejan inmediatamente las redes y lo siguen. Al comentar el Evangelio del día, el Papa subrayó que el Señor quiere preparar a sus discípulos para su nueva misión. “Es precisamente de Dios, del amor de Dios” – dijo el Papa Francisco – “preparar los caminos… preparar nuestras vidas, para cada uno de nosotros. Él no nos hace cristianos por generación espontánea: ¡Él prepara! Prepara nuestro camino, prepara nuestra vida, con tiempo”:
    “Parece que Simón, Andrés, Santiago y Juan hayan sido aquí elegidos definitivamente, ¡sí han sido elegidos! ¡Pero ellos, en este momento no han sido definitivamente fieles! Después de esta elección se han equivocado, han hecho propuestas no cristianas al Señor: ¡han renegado al Señor! Pedro de modo superlativo, los demás por temor: están asustados y se van. Han abandonado al Señor. El Señor prepara. Y después, tras la Resurrección, el Señor ha debido continuar este camino de preparación hasta el día de Pentecostés. Y después de Pentecostés también, algunos de éstos – Pedro, por ejemplo – se ha equivocado y Pablo ha tenido que corregirlo. Pero el Señor prepara”.
    De este modo – prosiguió el Papa – el Señor “nos prepara desde tantas generaciones”:
    “Y cuando las cosas no van bien, Él se implica en la historia y ajusta la situación y va adelante con nosotros. Pero pensemos en la genealogía de Jesucristo, en aquella lista: éste genera a éste, éste genera a éste, éste genera a éste… En aquella lista de historia hay pecadores y pecadoras. ¿Pero cómo ha hecho el Señor? Se ha implicado, ha corregido el camino, ha regulado las cosas. Pensemos en el gran David, un gran pecador y después un gran santo. ¡El Señor sabe! Cuando el Señor nos dice ‘Con amor eterno, Yo te he amado’ se refiere a esto. Desde tantas generaciones el Señor ha pensado en nosotros, ¡en cada uno de nosotros!”.
    “Me agrada pensar – afirmó el Papa – que el Señor tenga los sentimientos de la pareja que está en espera de un hijo: lo espera. Nos espera siempre en esta historia y después nos acompaña durante la historia. ¡Éste es el amor eterno del Señor; eterno, pero concreto! También un amor artesanal, porque Él va haciendo la historia, va preparando el camino a cada uno de nosotros. ¡Y éste es el amor de Dios” que “nos ama desde siempre y jamás nos abandona! Oremos al Señor para conocer esta ternura de su corazón”. Y esto – observó Francisco es “un acto de fe” y no es fácil creer esto:
    “Porque nuestro racionalismo dice: ‘¿Cómo el Señor, con tantas personas que tiene, piensa en mí? ¡Pero me ha preparado el camino a mí! Con nuestras mamás, nuestras abuelas, nuestros padres, nuestros abuelos y bisabuelos… El Señor hace así. Es éste su amor: concreto, eterno y también artesanal. Oremos, pidiendo esta gracia de comprender el amor de Dios. ¡Pero no se lo comprende jamás! Se siente, se llora, pero entenderlo desde
    acá, no se lo entiende. También esto nos dice cuán grande es este amor. El Señor que nos prepara desde hace tiempo, camina con nosotros, preparando a los demás. ¡Está siempre con nosotros! Pidamos la gracia de entender con el corazón este gran amor”.

    (María Fernanda Bernasconi – RV).

    domingo, 12 de enero de 2014

    Renovando nuestras promesas bautismales

    Hoy, día que celebramos el Bautismo del Señor, es un buen día para renovar nuestras Promesas Bautismales…
    ¿Renuncian a Satanás, esto es:
    • al pecado, como negación de Dios;
    • al mal, como signo del pecado en el mundo;
    • al error, como ofuscación de la verdad;
    • a la violencia, como contraria a la caridad;
    • al egoísmo, como falta de testimonio del amor?

    R/. Sí, renuncio.
    ¿Renuncian a sus obras, que son:
    • sus envidias y odios;
    • sus perezas e indiferencias;
    • sus cobardías y complejos;
    • sus tristezas y desconfianzas;
    • sus materialismos y sensualidades;
    • sus injusticias y favoritismos;
    • sus faltas de fe, de esperanza y de caridad?

    R/. Sí, renuncio.
    ¿Renuncian a todas sus seducciones, como pueden ser:
    • el creerse superiores;
    • el estar muy seguros de vosotros mismos;
    • el creer que ya están convertidos del todo?

    R/. Sí, renuncio.
    ¿Renuncian a los criterios y comportamientos materialistas que consideran:
    • el dinero como la aspiración suprema de la vida;
    • el placer ante todo;
    • el negocio como valor absoluto;
    • el propio bien por encima del bien común?

    R/. Sí, renuncio.
    ¿Creen en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?
    R/. Sí, creo.
    ¿Creen en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?
    R/. Sí, creo.
    ¿Creen en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los Santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?
    R/. Sí, creo.
    Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia, la que nos gloriamos de profesar en Jesucristo nuestro Señor.
    R/. Amén.


    “Se abrieron para Él los cielos”, el Papa antes de la oración del Ángelus

    Palabras del Papa antes de la oración mariana del Ángelus:Queridos hermanos y hermanas,hoy es la fiesta del Bautismo del Señor, y esta mañana he bautizado a treinta y dos recién nacidos. Agradezco con ustedes al Señor por estas criaturas y por cada nueva vida. Cada niño que nace es un don de alegría y esperanza, y cada niño que es bautizado es un prodigio de la fe y una fiesta para la familia de Dios.
    La página del Evangelio de hoy subraya que cuando Jesús recibió el bautismo de Juan en el río Jordán, “se abrieron para Él los cielos” (Mt 3,16). Esto realiza las profecías. De hecho, hay un invocación que la liturgia nos hace repetir en el tiempo de Adviento: “ ¡Si tú abrieras el cielo y descendieras!” (Is 63,19). Si los cielos quedan cerrados, nuestro horizonte en esta vida terrena es oscuro, sin esperanza. En cambio, celebrando la Navidad, la fe, una vez más, nos ha dado la certeza de que los cielos se han abierto con la venida de Jesús. Y en el día del Bautismo de Cristo todavía contemplamos los cielos abiertos. La manifestación del Hijo de Dios en la tierra marca el comienzo del gran tiempo de la misericordia, después que el pecado había cerrado los cielos, elevando como una barrera entre el ser humano y su Creador. ¡Con el nacimiento de Jesús los cielos se abren! Dios nos dá en Cristo la garantía de un amor indestructible. Desde cuando el Verbo es hizo carne es pues posible ver los cielos abiertos. Ha sido posible para los pastores de Belén, para los Magos de Oriente, para el Bautista, para los Apóstoles de Jesús, para San Esteban, el primer mártir, que exclamó: “¡Contemplo los cielos abiertos!” (At 7,56). Y es posible también para cada uno de nosotros, si nos dejamos invadir por el amor de Dios, que nos es donado la primera vez en el Bautismo, por medio del Espíritu Santo. ¡Dejémonos invadir por el amor de Dios! ¡Este el gran tiempo de la misericordia! ¡No nos olvidemos!
    Cuando Jesús recibió el Bautismo de penitencia de Juan el Bautista, solidarizando con el pueblo penitente – Él sin pecado y sin necesidad de conversión - Dios Padre hizo sentir su voz en el cielo: “¡Éste es mi Hijo amado en quien me complazco! (v 17). Jesús recibe la aprobación del Padre celeste, que ha lo enviado justamente para que acepte compartir nuestra condición, nuestra pobreza. Compartir es el verdadero modo de amar. Jesús no se separa de nosotros, nos considera hermanos y comparte con nosotros. Y así nos hace hijos, junto con Él, de Dios Padre. Ésta es la revelación y la fuente del verdadero amor. Y este es el gran tiempo de la misericordia.
    ¿No les parece que en nuestro tiempo haya necesidad de un suplemento de comunión fraterna y de amor? ¿No les parece que todos tenemos necesidad de un suplemento de caridad? No aquella que se conforma de la ayuda improvisada que no involucra, no pone en juego, sino de aquella caridad que comparte, que se hace cargo del malestar y del sufrimiento del hermano. ¡Cuál sabor adquiere la vida, cuando se deja inundar por el amor de Dios!
    Pidamos a la Virgen Santa que nos sostenga con su intercesión en nuestro compromiso de seguir a Cristo en la vía de la fe y de la caridad, la vía trazada por nuestro Bautismo.

    Después del Ángelus el Santo Padre dirigió un saludo a todos los presentes y dedicó unas palabras a los padres que bautizan a sus hijos y dijo que este sacramento ayude a los progenitores a “redescubrir la belleza de la fe y a volver en modo nuevo a los Sacramentos y a la comunidad”.


    (traducción Cecilia Mutual)

    De la vergüenza al perdón


    Hay momentos en los que miramos, en serio, el fondo de nuestras almas. Descubrimos, entonces, luces y sombras, generosidad y egoísmo, justicia y traiciones. Las zonas claras no eliminan el peso y la pena que nos produce descubrir zonas oscuras.


    Al ver zonas negativas, al reconocer nuestro pecado, sentimos una pena intensa. Surge un sincero sentimiento de vergüenza. Hacemos propias palabras como las escritas por un Papa, Pablo VI, desde lo más íntimo de su corazón, al reconocer que su vida estaba "cruzada por una trama de míseras acciones, que sería preferible no recordar, son tan defectuosas, imperfectas, equivocadas, tontas, ridículas (...). Pobre vida débil, enclenque, mezquina, tan necesitada de paciencia, de reparación, de infinita misericordia" (Pablo VI, "Meditación ante la muerte").

    Sí: hay hechos que quisiéramos no recordar. Hay cobardías que nos apartaron del hermano. Hay avaricias que impidieron a nuestras manos compartir el pan y el dinero con quien lo necesitaba verdaderamente.

    Cuando el dolor es sincero y sano, cuando llega a ser un arrepentimiento auténtico y humilde, somos capaces de abrir el alma y presentarla a un Dios que desea simplemente una cosa: derramar en nosotros el bálsamo de su misericordia.

    Entonces caminamos desde la vergüenza hacia el perdón. Sólo el enfermo que descubre su mal acude al médico. Sólo quien reconoce sus miserias invoca a Dios para pedir, de rodillas, misericordia.

    La respuesta del Padre, lo sabemos, es una: su Hijo en una Cruz que perdona los pecados, que destruye egoísmos, que supera injusticias, que devuelve paz a los corazones, que abre las puertas de los cielos en el sacramento de la confesión.

    Con su Sangre derramada quedan borrados los pecados del mundo. Basta simplemente con ponerse, como mendigos de misericordia, a sus pies, para decirle: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" (Lc 18,13).



    P. Fernando Pascual

    sábado, 11 de enero de 2014

    LOS MISTERIOS DEL BAUTISMO DEL SEÑOR. De los sermones de san Máximo de Turín, obispo

    Nos refiere el texto evangélico que el Señor acudió al Jordán para bautizarse y que allí mismo quiso verse consagrado con los misterios celestiales. [...] No faltará quien diga: ¿Por qué quiso bautizarse, si es santo?» Escucha. Cristo se hace bautizar, no para santificarse con el agua, sino para santificar el agua y para purificar aquella corriente con su propia purificación y mediante el contacto de su cuerpo. Pues la consagración de Cristo es la consagración completa del agua.

    Y así, cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua necesaria para nuestro bautismo, y queda limpia la fuente, para que pueda luego administrarse a los pueblos que habían de venir a la gracia de aquel baño. Cristo, pues, se adelanta mediante su bautismo, a fin de que los pueblos cristianos vengan luego tras él con confianza.

    Así es como entiendo yo el misterio: Cristo precede, de la misma manera que la columna de fuego iba delante a través del mar Rojo, para que los hijos de Israel siguieran intrépidamente su camino; y fue la primera en atravesar las aguas, para preparar la senda a los que seguían tras ella. Hecho que, como dice el Apóstol, fue un símbolo del bautismo. Y en un cierto modo aquello fue verdaderamente un bautismo, cuando la nube cubría a los israelitas y las olas les dejaban paso.

    Pero todo esto lo llevó a cabo el mismo Cristo Señor que ahora actúa, quien, como entonces precedió a través del mar a los hijos de Israel en figura de columna de fuego, así ahora, mediante el bautismo, va delante de los pueblos cristianos con la columna de su cuerpo. Efectivamente, la misma columna, que entonces ofreció su resplandor a los ojos de los que la seguían, es ahora la que enciende su luz en los corazones de los creyentes: entonces, hizo posible una senda para ellos en medio de las olas del mar; ahora, corrobora sus pasos en el baño de la fe.
    Fuente: News.va

    viernes, 10 de enero de 2014

    Papa Francisco: La Iglesia está llena de cristianos convencidos a medias


    “La Iglesia está llena de cristianos derrotados”, cristianos “convencidos a medias”. Sin embargo, “la fe lo puede todo” y “vence al mundo”, pero hay que tener la valentía de confiarse al Señor: es lo que ha afirmado Papa Francisco en la Misa de esta mañana celebrada en Santa Marta.
     
    En el centro de la homilía del Papa, la cita de la primera Lectura de San Juan, en la que el Apóstol “insiste” en “la palabra que para él es la expresión de la vida cristiana”: “permanecer en el Señor” para amar a Dios y al prójimo. Este “permanece en el amor” de Dios es obra del Espíritu Santo y de nuestra fe y produce un efecto concreto:
     
    “El que permanece en Dios, el que ha sido generado por Dios, el que permanece en el amor vence al mundo y la victoria es nuestra fe. Por nuestra parte, la fe. Por parte de Dios, este ‘permanecer’, el Espíritu Santo, que hace esta obra de gracia. Por nuestra parte, la fe. ¡Es fuerte! Y esto es lo que ha vencido al mundo: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe lo puede todo! ¡Es victoria! Y sería bello que esto lo repitiésemos, también a nosotros mismos, porque muchas veces somos cristianos derrotados. La Iglesia está llena de cristianos derrotados, que no creen en esto, que la fe es victoria, que no viven esta fe, porque si no se vive esta fe, llega la derrota y vence el mundo, el príncipe del mundo”.
     
    Jesús, recuerda el Papa, alabó mucho la fe de la hemorroísa, de la cananea o del ciego de nacimiento y decía que quien tiene la fe de un grano de mostaza puede mover montañas: “Esta fe, afirma, nos pide dos actitudes: confesar y confiarnos”. Antes que nada “confesar”.
     
    “La fe es confesar a Dios, pero el Dios que se nos ha revelado a nosotros, desde el tiempo de nuestros padres hasta ahora: el Dios de la historia. Esto es lo que hacemos todos los días al recitar el Credo. Una cosa es recitar el Credo con el corazón y otra como loros, ¿no? Creo, creo en Dios, creo en Jesucristo, creo… ¿Creo en lo que digo? ¿Esta confesión de fe es verdadera o la digo de memorieta porque se debe decir? ¡O me creo la mitad? ¡Confesar la fe! ¡Toda, no una parte! ¡Toda” Y esta fe hay que custodiarla toda, como nos ha llegado a nosotros, por el camino de la tradición: ¡toda la fe! ¿Y cómo puedo saber si confieso bien la fe? hay un signo: el que confiesa bien la fe, toda la fe, tiene la capacidad de adorar, adorar a Dios”.
     
    “Nosotros sabemos como pedir a Dios, como darle gracias, prosiguió el Papa, pero adorar a Dios, alabarlo ¡es algo más! Solo quien tiene esta fe fuerte es capaz de adorar” Y Papa Francisco añade: “Me atrevo a decir que el termómetro de la vida de la Iglesia es un poco bajo en esto”: hay poca capacidad de adorar, “no tenemos mucha, algunos sí…”. Y esto “porque en la confesión de la fe nosotros no estamos convencidos, o nos convencemos a mitad”. Por tanto, destaca el Papa, la primera actitud es la de confesar la fe y custodiarla. La otra actitud es “confiarse”.
     
    “El hombre y la mujer que tiene fe se confía al Dios: ¡se confía! Pablo, en un momento de oscuridad de su vida, decía: ‘Sé bien en quien me he confiado’. ¡A Dios! ¡Al Señor Jesús! Confiarse: y esto nos lleva a la esperanza. Así como la confesión de la fe nos lleva a la adoración y a la alabanza a Dios, el confiarse a Dios nos lleva a una actitud de esperanza. Hay muchos cristianos con una esperanza aguada, no fuerte: una esperanza débil ¿Por qué? Porque no tienen la fuerza y la valentía de confiarse al Señor. Pero si nosotros los cristianos creemos confesando la fe, también custodiando, custodiando la fe y confiándonos a Dios, al Señor, seremos cristianos vencedores. Y esta es la victoria que ha derrotado al mundo: ¡nuestra fe!