martes, 10 de abril de 2012

¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!


¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!.

Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad.

He aquí porqué la Magdalena llama a Jesús mi esperanza: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad.
Benedicto XVI

lunes, 9 de abril de 2012

Resurrección de Jesús por Benedicto XVI

Al final, sin embargo, permanece siempre en toda nosotros la pregunta que Judas Tadeo le hizo a Jesús en el Cenáculo: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo? (Jn 14,22). Sí, ¿por qué no te has opuesto con poder a tus enemigos que te han llevado a la cruz?, quisiéramos preguntar también nosotros. ¿Por qué no les has demostrado con vigor irrefutable que tú eres el Viviente, el Señor de la vida y de la muerte ¿Por qué te has manifestado sólo a un pequeño grupo de discípulos, de cuyo testimonio tenemos ahora que fiarnos?

 Pero esta pregunta no se limita solamente a la resurrección, sino a todo ese modo en que Dios se revela al mundo. ¿Por qué sólo a Abraham ¿Por qué no a los poderosos del mundo?¿Por qué sólo a Israel y no de manera inapelable a todos los pueblos de la tierra?

 Es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta. Sólo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. Se hace hombre, pero de tal modo que puede ser ignorado por sus contemporáneos, por las fuerzas de renombre en la historia. Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta.

 No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de «ver». Pero ¿no es éste acaso el estilo divino? No arrollar con el poder exterior, sino dar libertad, ofrecer y suscitar amor. Y lo que aparentemente es tan pequeño, ¿no es tal vez —pensándolo bien— lo verdaderamente grande? ¿No emana tal vez de Jesús un rayo de luz que crece a lo largo de los siglos, un rayo que no podía venir de ningún simple ser humano; un rayo a través del cual entra realmente en el mundo el resplandor de la luz de Dios?

 El anuncio de los Apóstoles, ¿podría haber encontrado la fe y edificado una comunidad universal si no hubiera actuado en él la fuerza de la verdad? Si escuchamos a los testigos con el corazón atento y nos abrimos a los signos con los que el Señor da siempre fe de ellos y de sí mismo, entonces lo sabemos: El ha resucitado verdaderamente. El es el Viviente. A El nos encomendamos en la seguridad de estar en la senda justa. Con Tomás, metemos nuestra mano en el costado tras pasado de Jesús y confesamos: «Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).

Del libro: "Jesús de Nazaret" Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Benedicto XVI

viernes, 6 de abril de 2012

EL LAVATORIO DE LOS PIES


Puesto que también los bautizados siguen siendo pecadores, tienen necesidad de la confesión de los pecados, que "nos lava de todos nuestros delitos"[...]

De lo que se trata en el fondo es de que la culpa no debe seguir supurando ocultamente en el alma,envenenándola así desde dentro. Necesita la confesión.

Por la confesión la sacamos a la luz, la exponemos al amor purificador de Cristo.

 En la confesión el Señor vuelve a lavar siempre nuestros pies sucios y nos prepara para la comunión de mesa con Él.

Al mirar en retrospectiva al conjunto del capítulo sobre el lavatorio de los pies, podemos decir que en este gesto de humildad, en el cual se hace visible la totalidad del servicio de Jesús en la vida y la muerte, el Señor está ante nosotros como el siervo de Dios; como Aquel que se ha hecho siervo por nosotros, que carga con nuestro peso, dándonos así la verdadera pureza, la capacidad de acercarnos a Dios.
 (Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, segunda parte, p. 31).

jueves, 5 de abril de 2012

GETSEMANÍ POR BENEDICTO XVI

"Cantados los himnos, salieron para el Monte de los Olivos".Mateo y Marcos cocluyen con estas palabras la narración de la ültima Cena (Mt 26,30; Mc 14,26). La última comida de Jesús - fuera cena pascual o no - es sobre todo un acontecimiento cultural. En su centro está la oración de acción de gracias y de bendición. Jesús sale con los suyos para orar por la noche, que recuerda aquella noche en la que mataron a los primogénitos de Egipto, e Israel fue salvado por la sangre del cordero (cf. Ex 12), la noche en que Él debe asumir el destino del cordero.

Jesús recita con sus discípulos los Salmos de Israel, esto caracteriza la unidad de ambos Testamentos, tal como Él nos lo enseña. Jesús oró en perfecta comunión con Israel y, sin embargo Él mismo es Israel de un modo nuevo: la antigua Pascua aparece ahora como el anticipo de un gran boceto. La nueva Pascua, sin embargo, es Jesús mismo, y la verdadera "liberación" se realiza ahora mediante su amor que abarca a toda la humanidad.

"Fueron a una finca, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos:"Sentaos aquí mientras voy a orar""(Mc 14,32). Éste es uno de los lugares más venerados del cristianismo. El Monte de los Olivos es el mismo de entoces. Quién se detiene en él, se encuentra aquí ante un dramático punto culminante del misterio de nuestro Redentor: Jesús ha experimentado aquí la última soledad, toda la tribulación de ser hombre. Aquí, el abismo del pecado y del mal le ha llegado hasta el fondo del alma. Aquí se estremeció ante la muerte inminente. Aquí le besó el traidor. Aquí todos los discípulos lo abandonaron. Aquí Él ha luchado también por mí.

San Juan recoge todas estas experiencias y da una interpretación teológica del lugar, diciendo: Fueron "al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto" (18,1). La misma palabra clave retorna de nuevo al final del relato de la Pasión: "Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía" (19,41).
Es evidente que con la palabra "huerto" Juan alude a la narración del Paraíso y del pecado original. Nos quiere decir que aquí se retoma aquella historia.

En aquel huerto, en el "jardín" del Edén, se produce una traición, pero el huerto estambién el lugar de la resurrección. En efecto, en el huerto Jesús ha aceptado hasta el fondo la voluntad del Padre, la ha hecho suya, y así ha dado un vuelco a la historia.

Del libro: Jesús de Nazaret, desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección
Benedicto XVI

martes, 3 de abril de 2012

Si creemos que no tenemos pecados

Debemos preguntarnos:
si despreciamos el tiempo,
si vivimos permanentemente descontentos,
si nos falta sentido del pudor,
si estamos excesivamente seguros de las propias ideas,
si nos sentimos como reyes no reconocidos o injustamente destronados, y, en consecuencia, siempre enfadados,
si en todas las cosas estamos contra,
si vivimos exageradamente inquietos por el porvenir,
si no nos preocupa el sufrimiento ajeno ni las injusticias,
si sólo somos amables cuando nos conviene,
si somos propensos a instrumentalizarlo todo hacia lo que nos conviene,
si carecemos del “sentido del otro",
si pactamos fácilmente con la injusticia,
si siempre lo vemos todo desde el punto de vista propio,
si solemos pasar factura a los demás, por lo que hacemos o nos parece hacer por ellos,
si no damos limosna ni por casualidad,
si somos negligentes en la educación de los hijos, quizá con el pretexto del mucho trabajo,
si somos negligentes en la atención debida a los padres, esposa o esposo,
si aumentamos innecesariamente la carga de los demás con caprichos y nuevas necesidades,
si sólo nos preocupamos de que nuestros padres nos complazcan, y rara vez les damos una alegría,
si exigimos mucho y damos poco,
si aceptamos la mediocridad en las cosas de Dios,
si tenemos tendencia a confiar más en nosotros mismos que en la gracia,
si descuidamos la oración personal,
si no procuramos adquirir la debida formación religiosa,
si damos por supuesto que el apostolado es cosa de los otros,
si vivimos esquivando lascruces que nos santificarían,
si sentimos celos por el progreso espiritual de los otros,
si nos falta fe en el Magisterio de la Iglesia,
si tenemos tendencia a criticarla,
si nos consideramos el mejor intérprete del Vaticano II,
si contribuimos al desprestigio de las personas consagradas a Dios,
si somos tacaños en la ayuda económica a la Iglesia,
si llegamos habitualmente tarde a Misa,
si descuidamos el ayuno y la abstinencia,
si... , etc.
Tomado del libro:ALFONSO REY. El sacramento de la Penitencia. Ed. Palabra. Madrid 1977

Ser discípulo de Cristo

Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él » (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él».

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna» (cf. 3, 16).
 (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 1)


Ser discípulo de Cristo quiere decir permanecer fieles a su palabra. Sin darnos cuenta podemos llegar a ser esclavos de nuestros pecados. Sin embargo, nos atrevemos a decir: "Yo soy un buen cristiano, no soy blasfemo, no robo, no mato y voy a misa todos los domingos".

Ser fiel a la palabra de Cristo no consiste en decir "no". Más bien es un decir "sí". No significa vivir cumpliendo vagamente unos preceptos, no significa adherirse a una ley neutra que endurece nuestros corazones como aquellos de los fariseos. Quiere decir, sin embargo, querer ir más allá del egoísmo, aceptar ser fiel al máximo mandamiento que nos ha dejado Cristo: el amor.

Podemos preguntarnos: ¿Amamos verdaderamente? ¿Sabemos amar? De los primeros cristianos se decía: "Mirad cómo se aman". ¿Qué se puede decir de nosotros? : "¿Mirad cómo se critican sin piedad?"

viernes, 30 de marzo de 2012

HUMILDAD

También «humildad» es una palabra clave del Evangelio, de todo el Nuevo Testamento.
En la humildad nos precede el Señor.

En la carta a los Filipenses, san Pablo nos recuerda que Cristo, que estaba sobre todos nosotros, que era realmente divino en la gloria de Dios, se humilló, se despojó de su rango haciéndose hombre, aceptando toda la fragilidad del ser humano, llegando hasta la obediencia última de la cruz (cf. 2, 5-8).

«Humildad» no quiere decir falsa modestia -agradecemos los dones que el Señor nos ha concedido-, sino que indica que somos conscientes de que todo lo que podemos hacer es don de Dios, se nos concede para el reino de Dios.

Trabajamos con esta «humildad», sin tratar de aparecer. No buscamos alabanzas, no buscamos que nos vean; para nosotros no es un criterio decisivo pensar qué dirán de nosotros en los diarios o en otros sitios, sino qué dice Dios.
Esta es la verdadera humildad: no aparecer ante los hombres, sino estar en la presencia de Dios y trabajar con humildad por Dios, y de esta manera servir realmente también a la humanidad y a los hombres. (Benedicto XVI, "Lectio divina", Jueves 10 de marzo de 2011)

Padre, ayúdanos a ser humides, a preocuparnos sólo de trabajar con humildad para Tí y tener en cuenta sobre todo tú Amor.

La nueva Alianza


“Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos.
Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.
Y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre.”

"Estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo”.

Estamos llegando al final de la cuaresma. Durante este tiempo, la Palabra nos ha confirmado de forma reiterada el proyecto de Dios de establecer la alianza definitiva, de ofrecernos la mayor prueba de amor. Si el Dios revelado en el Antiguo Testamento es Dios de paz, de vida, de salvación, en el Nuevo Testamento se consuma la revelación del amor divino, en Jesucristo, quien con su sangre sellará el pacto perpetuo por el que queda redimida la humanidad.

«Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no sólo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía». (Santa Teresa, Relaciones 35)

lunes, 26 de marzo de 2012

DIALOGANDO CON EL SEÑOR

Señor, lloramos muchas veces; cuando nuestra vida se ensombrece, cuando se derrumba la esperanza,
cuando se trunca una ilusión, cuando se nos oculta el sol y la sombra se convierte en negra oscuridad.

Señor , cuando lloramos se nos cierra el horizonte, desaparece la paz y la luz se oscurece.

Señor, en esa experiencia de llanto y dolor, ¿dónde estás tú?

Señor, en esta experiencia de desamparo, ¿te has oculatado a mi corazón?

Señor, cuando lloro hoy de dolor, o siento pena en mi corazón, ¿añoro tu presencia de "ayer", siempre mejor que en el "aquí y ahora".

Señor, ¿dónde estás cuando lloro de dolor, cuando las lágrimas entristecen mi rostro, cuando el alma sufre una pena inconsolable?.

Señor, ¿no eres tú la luz de mi alma, ternura infinita, consuelo y descanso de mi corazón?.

Señor, ¿será posible buscarte más allá de mis lágrimas de dolor y encontrarte en el fondo de mi alma?.

Señor, con tu amanecer se ilumina mi alma, mi corazón se ensancha y mi rostro, suavemente se ensancha de amor.

Señor, felices los que lloran, porque ellos serán consolados.

Señor, felices porque, más allá de las lágrimas, existe una ternura de infinita que nos hace UNO en el amor.

Señor, felices los que lloramos de dolor, porque nuestras lágrimas serán serán gozo y suavidad de tu presencia.

Señor, felices seremos los que lloramos, porque descubrimos que tú, en el centro de nuestra alma, eres nuestro consuelo, nuestra paz y nuestra alegría profunda.

Del libro: "En ti vivimos, Señor" de Manuel J. Fernández

sábado, 24 de marzo de 2012

HA LLEGADO LA HORA DE QUE EL HIJO DEL HOMBRE SEA GLORIFICADO


"Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado" (Juan, 12-33). El largo preparativo de la llegada de esta hora, desde el momento de las bodas de Caná y los sucesos en la fiesta de la Tiendas, ha llegado ahora a su fin. Esto lleva a Jesús a una reflexión sobre el significado de su muerte y la muerte de sus discípulos: una muerte fecunda, como la del grano de trigo que, siendo enterrado, muere y da fruto; una muerte para la vida eterna; esto merece el seguimiento de los discípulos y este seguimiento de Jesús  garantiza la presencia de Jesús y de su Padre.

El morir de Jesús es una muerte que es fructuosa para otros. Quién puede seguirlo, participará de esa fecundidad.

Lo totalmente peculiar en esta escena comienza luego con la descripción de la angustia que le sobrevine a Jesús, cuando advierte que la "hora" ha llegado. Jesús está dividido en sí mismo. LLama a su Padre y una voz contesta desde el Cielo. Jesús no es dejado solo; una voz desde el cielo acoge el alma, la vida de Jesús y dice: "Lo he glorificado" - por medio de que ha puesto a Jesús en la condición de sacarlo de su sepulcro- "y lo glorificaré"; a través de que habrá de salvar a Jesús de la muerte.

Jesús será elevado y atraerá a todos los hombres. Después de hablar de morir, de un sucumbir, figurado como un grano de trigo, Jesús habla de un ascender, de ir al cielo.

Su elevación en la cruz tiene que ser comprendida literalmente: un madero que se eleva al cielo, y el acontecimiento de la cruz atrae a todos los hombres hacia arriba.
Comentario al evangelio de Juan
Sjef van Tilborg

viernes, 23 de marzo de 2012

La salvación de todos, requirió el sacrificio de su Hijo Amado

Qué debemos hacer en Cuaresma

Tiempo de encuentro con Dios.


Tendría que ser un tiempo para" ayunar" alegremente de ciertas cosas y también para " hacer fiesta " de otras .

En este tiempo deberíamos:



--ayunar del juzgar a los demás y festejar que Dios habita en ellos.
--ayunar de fijarnos siempre en las diferencias y hacer fiesta por lo que nos une en la vida .
--ayunar de las tinieblas de la tristeza y celebrar la luz .
--ayunar de pensamientos y palabras enfermizos y alejarnos con palabras cariñosas y sanadoras .
- ayunar de desilusiones y festejar la gratitud .
- ayunar de la rabia y festejar la paciencia santificadora .
- ayunar de pesimismos , vivir la vida con optimismo como una fiesta continua .
- ayunar de preocupaciones ,quejas y egoísmos ; festejar la esperanza y la Divina Providencia .
- ayunar de prisas y agobios ; hacer fiesta en oración continua al Padre Eterno .

CON LA MENTE EN LA PASCUA, META DEL TIEMPO DE CUARESMA .
Isabel

martes, 20 de marzo de 2012

ORACIÓN DESNUDA PARA DESCUBRIRME EN CUARESMA

Ayúdame a hacer silencio, Señor,
quiero escuchar tu voz.
Toma mi mano, guíame al desierto.    
Que nos encontremos a solas, Tú y yo.

Necesito contemplar tu rostro,
me hace falta el calor de tu voz,
caminar juntos …
Callar,
para que hables Tú
Quiero revisar mi vida,
descubrir en que tengo que cambiar,
afianzar lo que anda bien,
sorprenderme con lo nuevo  que me pides.
Me pongo en tus manos,
Ayúdame a dejar a un lado las prisas,
las preocupaciones que llenan mi cabeza

Barre mis dudas e inseguridades,
quiero compartir mi vida y revisarla a tu lado.
Ver dónde aprieta el zapato
para urgir el cambio

Me tienta el activismo.
Me tienta la seguridad,
Hay que hacer, hacer y hacer.
Y me olvido del silencio,
aflojo la oración.
¿Leer tu Palabra en la Biblia?, …
para cuando haya tiempo.

Me tienta la incoherencia.
Hablar mucho y hacer poco.
Mostrar facha de buen cristiano,
pero dentro,
donde solo Tú y yo conocemos,
tenemos mucho que cambiar

Llévame  al desierto de la oración, Señor,
despójame de lo que me ata,
sacude mis certezas
y pon a prueba mi amor.
Para empezar de nuevo,
humilde, sencillo,
con fuerza y Espíritu
para vivir fiel a Ti. Amén.

domingo, 18 de marzo de 2012

La verdadera conversión en Cuaresma

Una conversión que acepte el camino por el cual Dios nuestro Señor va llevando mi vida. No es un camino a través del cual yo  manipule a Dios, sino un camino a través del cual Dios es el que me marca a mí el ritmo.

Lo que Jesús nos dice es que revisemos a ver si nuestro corazón está realmente puesto en Dios o está puesto en nuestros criterios humanos, a ver si nosotros hemos sido capaces de ir cambiando el corazón o todavía tenemos muchas estructuras en las cuales nosotros encajonamos el actuar de Dios nuestro Señor.
¿Realmente estoy sediento de este Dios que es capaz de llenar mi corazón? O quizá, tristemente, yo ando jugando con Dios; quizá, tristemente, yo me he fabricado un dios superficial que, por lo tanto, es simplemente un dios vacío y no es un dios que llena. Es un dios que cuando lo quiero yo tener en mis manos, me doy cuenta de que no me deja nada.

Debemos convertir nuestro corazón a Dios,amoldando plenamente nuestro interior al modo  en el cual Él nos quiere llevar en nuestra vida. Y también tenemos que darnos cuenta de que  las circunstancias a través de las cuales Dios nuestro Señor va moviendo las fichas de nuestra vida, no son negociables. Nuestra tarea es entender cómo llega Dios a nuestra existencia, no cómo me hubiera gustado a mí que llegase.

Si nuestra vida no es capaz de leer, en todo lo que es el cotidiano existir, lo que Señor nos va enseñando; si nuestra vida se empeña en encajonar a Dios, y si no es capaz de romper en su interior con esa corteza de un dios hecho a mi imagen y semejanza, «un dios de juguete», Dios va a seguir escapándose, Dios va a continuar yéndose de mi existencia.

Muchas veces nos preguntamos: ¿Por qué no tengo progreso espiritual? Sin embargo, ¡qué progreso puede venir, qué alimento puede tener un alma que en su interior tiene un dios de corteza!
Insistamos en que nuestro corazón se convierta a Dios. Pero para esto es necesario tener que ser un corazón que se deja llevar plenamente por el Señor, un corazón que es capaz de abrirse al modo en el cual Dios le va enseñando, un corazón que es capaz de leer las circunstancias de su vida para poder ver por dónde le quiere llevar el Señor.

Dios no nos garantiza triunfos, no nos garantiza quitar las dificultades de la vida; los problemas de la existencia van a seguir uno detrás de otro. Lo que Dios me garantiza es que en los problemas yo tenga un sentido trascendente.

Que el Señor se convierta en mi guía, que Él sea quien me marque el camino. Es Dios quien manda, es Dios quien señala, es Dios quien ilumina. Recordemos que cuando nosotros nos empeñamos una y otra vez en nuestros criterios, Él se va a alejar de mí, porque habré perdido la dimensión de quién es Él, y de quién soy yo.

Que esta Cuaresma nos ayude a recuperar esta dimensión, por la cual es Dios el que marca, y  yo el que leo su luz; es Dios quien guía en lo  concreto de mi existencia, y soy yo quien crece espiritualmente dejándome llevar por Él.

 Sacada de un artículo del P. Cipriano Sánchez

sábado, 17 de marzo de 2012

Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único


1.  El Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto   (v. 14)

 Los fariseos atribuían a la Ley dos funciones: ser fuente de vida y norma de conducta. Jesús se presenta a sí mismo como sustituyendo las funciones de la Ley. Él es la verdadera fuente que da la vida verdadera. Es el Hombre levantado en alto (v. 14). El evangelista Juan alude a la serpiente de bronce fabricada por Moisés en el desierto (Nm 21, 9). Mirándola,  quedaban libres los judíos del veneno de las mordidas de las serpientes.
 De Jesús procede la vida verdadera. Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que esté vivo y crea  en mí, jamás morirá (Jn  11, 25).
 Creer en Jesús. Ésa es la condición necesaria para llegar a la vida eterna (v. 15). De la gracia de Dios nos vienes la vida verdadera, no por el cumplimiento de la Ley.

2.  Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único (v. 16)

 Ésta es la razón definitiva de la misión del Mesías. El Hombre levantado en alto (vs. 14-15), Jesús crucificado, el que ha bajado del cielo  (v. 13), es el que es enviado  para dar vida  al mundo.
 Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo (v. 17).
 El amor es la causa principal que mueve al mismo Dios a enviar a su Hijo al mundo. Y el amor es también el motivo definitivo para salvar. Dios no quiere condenar a los humanos. Por encima de todo, de la infidelidad de los hombres, prevalece el amor infinito y total de Dios hacia la humanidad.

3.  El que cree en él no será condenado (v. 18)

 El amor de Dios no hace excepciones, porque quiere salvar a todos los humanos. Esto es bueno y grato a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad  (1 Tim 2, 3-4).
 Quien se entrega al Señor totalmente por la fe, ya no sufre condenación, porque ha creído en el Hijo de Dios (v. 18). Los mismos hombres son los que, rechazando la luz  (v. 19),  preparan su propia condenación.
 El Hombre Jesús, levantado en alto hace presente el amor de Dios, que nos otorga gratuitamente la vida y la salvación.  Ya no hay que ser fiel más que al amor de Dios, manifestado y encarnado en el Hijo único Jesús (vs. 15, 16, 18).
 El que cree en Jesús, el Mesías, ya está también creyendo en las posibilidades de la respuesta del hombre a ese don gratuito de Dios. El hombre se salva, no por la práctica de la Ley, sino por su adhesión total por la fe, a la donación gratuita y generosa del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús.
 P. Martín Irure