viernes, 3 de febrero de 2017

La belleza de la familia


Por una obligación personal contraída, hace unos meses tuve que hablar en público de la exhortación apostólica Amoris laetitia. No voy a trasladar aquí el contenido de este documento de la Iglesia porque ese no es el propósito de este artículo, pero su estudio sí que provocó en mí algunas reflexiones que quiero compartir en voz alta.
La primera está en señalar la enorme preocupación de la Iglesia por la familia. Nunca, a lo largo de los siglos, ha habido ninguna otra institución natural tan atacada como lo está siendo ahora la familia, ninguna tan zarandeada y tan herida. Creo que se puede decir, sin miedo a exagerar, que actualmente no tenemos otro problema de mayor hondura. Y no será que andamos escasos de problemas serios: los derivados de la política y de la economía, las dificultades sociales de todo tipo (el suicidio demográfico, la juventud y su futuro, la inseguridad, la soledad, el paro laboral…). Muchos y muy graves, pero ninguno tan preocupante en estos momentos como el cúmulo de dificultades con las que se encuentra la vida familiar. Estamos ante un problema con varias caras, que nos afecta a todos en diversa medida, un problema que a muchos les está suponiendo sufrimientos muy dolorosos, de los cuales una parte se exterioriza abiertamente mientras que otra buena parte queda ahogada en el más callado de los silencios.
Pienso ahora especialmente en los muchachos jóvenes, chicos y chicas, llamados al matrimonio y a la fundación de familias nuevas. ¡Qué complicado lo tienen, qué difícil! Tanto que muchos optan por no casarse porque no se ven a sí mismos como artífices de sus propias familias. Y no porque la convivencia no les resulte deseosa, que es tan apetecible como siempre, pero establecerla a través del matrimonio, no. Y menos aún si hay que pensar en fundar una familia. ¿Este modo de proceder es egoísmo?, ¿este rechazo al compromiso es culpable? Si lo fuera, ¿los culpables son ellos? Solo Dios sabe. A mí lo que sí me produce es una pena grande porque veo que no sueñan con ser esposos y esposas, padres y madres. Me da pena por ellos porque los sueños son un trampolín imprescindible para llevar la vida adelante con ánimo, y me da pena por la asfixia social que supone la falta de familias nuevas. Me da pena porque escaseando los niños y los jóvenes, escasea mucha vida. Algo falla cuando resulta más atrayente un currículo cargado de títulos que un hogar cargado de hijos. Algo muy serio debe estar fallando cuando hemos subordinado el proyecto de familia al proyecto de trabajo, en lugar de hacerlo al revés. Mucho estamos fallando cuando hemos asumido como normal la falta de fecundidad, poniendo el tope al número de hijos en dos, en uno o en ninguno. Algo falla cuando a los jóvenes, a sus padres y a sus maestros les parecen más importantes los proyectos de los hombres que los proyectos de Dios, sin caer en la cuenta, unos y otros, de que cada familia es un proyecto de Dios para sus miembros.
Si del celo que ponemos en su formación académica y profesional, pusiéramos una décima parte en su formación como futuros padres y madres, a algunos nos parecería un éxito. Al decir esto no estoy arremetiendo contra la formación, entre otros motivos porque he dedicado la totalidad de mi vida laboral a formar académicamente a centenares de muchachos, haciendo cuanto he podido para ayudarles a que llegaran tan alto como les fuera posible. Pero los hechos son tozudos, y es claro que en nuestra sociedad actual necesitamos muchos más esposos y esposas que técnicos y graduados, de la misma manera que nos hacen más falta niños que mascotas. Con un añadido, y es que los graduados, una vez graduados ya no se desgradúan. Nadie en sus cabales rompe un título universitario y tira los trozos a la papelera, aunque el título no lo pueda ejercer, mientras que son muchos los que hacen trizas su matrimonio. Redondeando las estadísticas de los últimos años, en España el número de divorcios por año dobla el de matrimonios contraídos.
Nadie dilata voluntariamente durante años y años la consecución de un título o de unas oposiciones y en cambio nuestros jóvenes, en general no se casan; bien porque rehúsan el matrimonio, bien porque los que se casan, cuando lo hacen, ya no son jóvenes. ¿Son culpables de todo esto? Pienso que algo de culpa sí les tocará, pero yo me resisto a cargar sobre ellos la responsabilidad de que no sueñen o que tengan sueños de bajos vuelos porque la responsabilidad de los sueños no recae por entero en quien tiene que soñar. Los grandes responsables de los sueños de los niños y de los jóvenes somos los adultos. Padres, sacerdotes, maestros, catequistas, y en general formadores de opinión, somos a quienes nos corresponde animar, promover, alentar, ilusionar, abrir caminos.
Y esto no lo estamos haciendo, al menos no lo estamos haciendo en la medida que socialmente necesitamos. No me refiero a la sociedad en general, porque la sociedad en general no es conductora sino conducida. No lo están haciendo los gobernantes, a los cuales les corresponde una carga mayor de culpa, porque han recibido el encargo de trabajar por el bien común y el bien común pasa, necesariamente, por la promoción y el bienestar de la familia. Pero aún es más grave y mucho más doloroso que no lo estemos haciendo muchos cristianos, los que sí creemos en la familia y decimos defenderla. No la estamos defendiendo ni promocionando porque en buena parte hemos asumido los mismos planteamientos de quienes con sus ideas o su conducta están contribuyendo a su deterioro. Fuera de una minoría ejemplar y coherente, la gran mayoría de los bautizados, con culpa o sin culpa (eso Dios lo sabe) participamos de un estilo de vida y unas costumbres que son abiertamente contrarias a la doctrina de la Iglesia sobre la familia. He aquí algunos ejemplos:
– Aceptación de la convivencia entre personas del mismo sexo igualándolo con el matrimonio.
– No es difícil comprobar que la mayor parte de las parejas de novios que piden el matrimonio católico llevan años de cohabitación prematrimonial.
– La media en el número de hijos de los matrimonios cristianos no difiere sustancialmente de la media en otras formas de convivencia entre hombre y mujer.
– No hay grandes diferencias en los datos sobre rupturas de matrimonios contraídos por la Iglesia y el resto.
– Rechazo de la maternidad y de la ancianidad. Tanto el cuidado de los hijos como el de los ancianos se imponen sobre todo como cargas difíciles de asumir y de las que hay que desprenderse cuanto antes.
Estos males son solo una muestra de un repertorio mucho más extenso con los que las familias se enfrentan, pero yo no quiero dedicarles una sola línea más. Lo que corresponde ahora es ver qué podemos hacer nosotros, los hombres y mujeres de a pie, los que no tenemos grandes responsabilidades en este campo. Pienso en tres cosas:
1) Lo primero y más importante es rezar. Rezar mucho no tanto por la familia en general -que también- cuanto por las familias concretas que conocemos, por los matrimonios en riesgo de ruptura y por los hogares en dificultades.
2) En segundo lugar, viene bien llamar a las cosas por su nombre. Una separación o un divorcio no son opciones de vida sino fracasos. En muchos casos no serán fracasos culpables, pero son fracasos. Al decir esto no se me olvidan las víctimas de estos fracasos y su sufrimiento, víctimas inocentes, especialmente los hijos, pero también la persona que se ha visto burlada y engañada por quien le había prometido compañía, amor y fidelidad. Precisamente el hecho de que haya víctimas que sufren es lo que demuestra que el divorcio o la ruptura no son opciones a las que aspirar sino desgarros dolorosos. Llamar a las cosas por su nombre exige no frivolizar con algo tan serio como el matrimonio. Y es que desde hace ya décadas hemos frivolizado mucho con el divorcio, y lo seguimos haciendo. En muchos casos parece como si el hecho de divorciarse no fuera sino un signo de puesta al día, de estar a la última. Estoy convencido de que si por causas que ahora no se me alcanzan, de repente se pusiera de moda el matrimonio indisoluble y fiel, el número de divorcios descendería de forma significativa sin más motivo que estar en la corriente dominante.
3) En tercer lugar debemos actuar. Me refiero a los matrimonios que nos mantenemos unidos pese a los baches que podamos coger y las dificultades que haya que superar. Quienes no podemos influir directamente en las leyes ni disponemos de medios para generar corrientes de opinión puede parecer que no podemos hacer nada. Pero eso no es cierto. Tenemos una gran responsabilidad, especialmente los matrimonios cristianos, en mostrar la belleza del matrimonio y de la familia. No se trata de llevar adelante tareas especiales ni grandes trabajos, sino en no apagar la luz que nos ha sido dada. Luego, si hay matrimonios concretos a los que se piden otras responsabilidades, que respondan, pero en principio, todo matrimonio normal está llamado a ser luz para los que les rodean. A mí me parece que esto suele pasar desapercibido y por eso creo que viene bien recordarlo. Me vienen a la memoria unos versos de Antonio Machado:
El ojo que tú ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve.
Para hablar con rigor, habría que hacer alguna objeción importante a los versos de nuestro poeta, pero para el propósito que aquí se sigue, podemos parafrasearle y decir que la luz que un buen matrimonio desprende no es luz porque lo vean quienes la irradian, sino porque lo ven los demás. Ojalá haya muchos y ojalá sepamos ayudar a verlo, sobre todo a los jóvenes.
Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net

Carta del cardenal arzobispo de Madrid: No te dejes manipular por las mafias


El Señor sabe que muchos tratan de conquistar a los jóvenes, pero no precisamente para que sigan creciendo en todas las dimensiones, sino para hacer sangre con sus vidas; en el fondo es hacer que vean en los que están a su lado, en vez de hermanos, enemigos a los que hay que eliminar y engañar para triunfar en todos los estamentos de la vida
El pasado 13 de enero se presentó el documento preparatorio de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en octubre de 2018. En dicho texto hay una preocupación que quiero compartir con vosotros: la juventud «está aprendiendo a vivir sin Dios y sin la Iglesia». En la misma fecha, el Papa Francisco escribía una carta a los jóvenes en la que les explicaba la razón del tema de este próximo Sínodo: los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Es un asunto que está en el centro de su corazón y de atención en su ministerio. Así nos lo ha manifestado en la JMJ de Brasil, el año pasado en Cracovia, en muchas de sus intervenciones y, por supuesto, eligiendo este tema para el Sínodo de los Obispos.
¡Qué alegría ver al sucesor de Pedro, al Papa Francisco, interpretando con los jóvenes lo que hizo Jesús con Juan, el discípulo al que tanto amaba! Siempre estuvo a su lado, hasta el momento más importante de su vida, cuando se entregaba para salvar a todos los hombres. Allí estaba Juan. El Señor sabe que muchos tratan de conquistar a los jóvenes, pero no precisamente para que sigan creciendo en todas las dimensiones, sino para hacer sangre con sus vidas; en el fondo es hacer que vean en los que están a su lado, en vez de hermanos, enemigos a los que hay que eliminar y engañar para triunfar en todos los estamentos de la vida. ¿No estaremos siendo una mafia para los jóvenes? ¿No les estaremos entregando la droga de la ignorancia al no darles las dimensiones reales que tiene la vida humana, y la cultura que los pueblos de toda la tierra manifiestan de diversas formas?
¡Qué alegría dedicar la vida a promover en los jóvenes los deseos que el beato Pablo VI quería entregar con el Concilio Vaticano II! I) Clarificar la conciencia de la Iglesia y de los discípulos de Cristo, estar cerca de los hombres, atender los problemas sociales, dar espacio a todos, tener una decisión en favor de la innovación social, y todo ello con una clara identificación con Jesucristo; II) Promover la reforma, siguiendo los deseo del Señor: «Sois luz del mundo y sal de la tierra»; III) Recuperar la unidad de los cristianos con el perdón mutuo ofrecido y pedido; y IV) Impulsar un diálogo abierto y sin miedos con el mundo contemporáneo, desde un amor ilimitado; ser puentes y no muros, para así acercar a todos el mensaje de Cristo.
El encuentro con Jesucristo cambia absolutamente tu vida: es un encuentro interior que agranda tu corazón, te da las medidas del corazón de Dios, te hace mirar con otras perspectivas, te hace vivir junto a los demás no por las ideas que tienen, sino porque has encontrado a Jesucristo que te sigue diciendo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», y que el otro es tu hermano. No son ideas: es una persona que te acerca a todos por igual. El mejor termómetro para saber si me he encontrado con Jesucristo es observar si mi vida está dirigida por una idea que me hace mirar para un lado solamente, o por Cristo que me hace mirar como Él lo hizo, a todos, pues en ellos está al imagen de Dios. El libro que hace muy pocos días he publicado, Búscate en mi, en el que completo lo escrito, trata de hacer vivir una experiencia viva en, por y con Cristo.
Tenemos que ver a los jóvenes en las situaciones que están viviendo en muchos continentes. En todos, de formas diversas, experimentan un mundo en el que hay guerrilla, bandas, cárcel, drogodependencia, manipulación, utilización de sus vidas e imposición de modos de vivir. Ellos nos plantean retos y oportunidades. ¿Vamos a ser tan mafiosos que nos les demos la oportunidad de descubrir algo tan esencial y sencillo, pero que los jóvenes captan de una manera singular y que está dentro de su corazón, como es el deseo de ser felices? ¿Nos conformaremos con darles ideas, o seremos capaces de ofrecerles realidades? ¡Qué bien entienden los jóvenes que el Señor nos salva con su amor y no con una carta o un decreto! Es más: Él nos impulsa a que hagamos lo que hizo, pues haciéndose hombre nos ha dicho cómo hemos de ser y vivir. Hagamos recuperar a los jóvenes la dignidad: no se la hagamos perder. Su dignidad es ser hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. Solamente recuperando esta dignidad podemos construir la familia humana, tan gravemente deteriorada, y de la que son pacientes pasivos especialmente los jóvenes y los niños. No les demos maquillajes. Entreguemos a los jóvenes el arma que cambia la vida, la historia y las relaciones: el amor mismo de Dios, que se revela y se nos da en Jesucristo. No nos quedemos en dar ideas o estrategias.
Para que juegues la vida por la libertad y no te manipulen mafias que te esclavizan, te propongo:
1. Apuesta por lo que hace más grande el corazón: no te duermas, que no te duerman. Que, como las vírgenes prudentes, tengas las lámparas encendidas de la fe, esperanza y caridad, y abras el corazón al bien y a la belleza, a la verdad. Es tiempo de vivir con el corazón de Dios, que hace salir el sol sobre todos los hombres, y Él mismo sale a encontrarse con todos. No seas hombre o mujer dormido, apuesta por dar lo que eres y tienes, no te encierres en ti. Da gratis lo que a ti te dieron gratis.
2. Ama cada vez más a Jesucristo, de la mano de María: así aprenderás a ser magnánimo, de corazón, de mente y espíritu abierto, sin miedos, con capacidad para apostar en la vida por grandes ideales. Pasa tiempo junto al Señor, escucha su Palabra. Él te habla a ti. ¡Qué horizontes nos abre Jesucristo! Por eso, camina con Jesús, y escucha con mucha atención lo que Él nos dice. Descubre con Jesucristo que caminar por la vida es un arte, y que lo propio del cristiano es salir, anunciar: mira, piensa, soporta, no vayas solo sino en comunidad. Y todo de la mano de María, que nos dice: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).
3. Sed revolucionarios en servir como Jesucristo: que es lo mismo que ser generosos con Dios y con los demás como Dios mismo lo es. Nos lo enseña Jesucristo, que dio la vida por cada uno de los hombres. Pensad que nada perdemos y que todo lo ganamos. Seamos revolucionarios como el Señor: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros, descubrirlo es caminar hacia una realización feliz. Descubramos nuestra vocación como discípulos de Cristo. No tengamos miedo a lo que Dios nos pida para hacer esta revolución. Vale la pena decir «sí» siempre a Dios. Responde a esta pregunta: «¿Qué quieres que haga?».
Con gran afecto, os bendice:
+Carlos Card. Osoro Sierra, Arzobispo de Madrid
Alfa y Omega

Acoger a los necesitados, intención del Papa para febrero



Alfa y Omega
Que los que están agobiados, «especialmente los pobres, los refugiados y los marginados encuentren acogida y apoyo en nuestras comunidades». Es la intención del Papa Francisco para el mes de febrero, dada a conocer en un nuevo vídeo.
«Vivimos en ciudades que construyen torres, centros comerciales, que hacen negocios inmobiliarios, pero abandonan una parte de sí en los márgenes, en las periferias», denuncia el Pontífice en su videomensaje, que empieza mostrando a un joven blanco sentado en las calles de una ciudad cualquiera, rodeado de personas negras que realizan todo tipo de actividades, ajenas a su presencia.

Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 14-29
En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él.
Unos decían:
«Juan el Bautista ha resucitado, de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Otros decían:
«Es Elías».
Otros:
«Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía:
«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
Palabra del Señor

jueves, 2 de febrero de 2017

La Iglesia siente «vergüenza» ante el invisible Aylan de Barbate


«La muerte de Aylan, el niño sirio, conmovió al mundo. El viernes aparece el cadáver de un niño migrante en una playa gaditana y nadie dice nada». Es el tuit que Gabriel Delgado, responsable de Migraciones del Obispado de Cádiz, lanzaba en la noche el sábado al domingo. Fuentes muy fiables le acababan de contar que el viernes 27 de enero la Guardia Civil había recogido el cuerpo sin vida de un menor subsahariano en una playa de Barbate. Nadie sabía nada. La Subdelegación del Gobierno no emitió ningún comunicado de prensa, aunque el subdelegado explicó que lo había comentado en un encuentro con periodistas locales el mismo viernes. Si Gabriel Delgado no hubiese escrito ese tuit y, por consiguiente, provocado la reacción de los medios de comunicación, probablemente el caso de este niño, bautizado por algunos periodistas, como el «Aylan de Barbate», no hubiese llegado nunca a la opinión pública.
El fallecimiento del menor, del que, al cierre de esta edición, se desconocía su identidad –aunque alguna ONG ha afirmado que se llama Samuel y procede del Congo–, ha provocado una oleada de reacciones políticas, además de civiles y religiosas. La comunidad cristiana de Tarifa, con sus sacerdotes al frente y la colaboración del Secretariado Diocesano de Migraciones, celebraron ayer una oración en las inmediaciones de la playa de la Mangueta en Zahora (Barbate) para pedir por el menor encontrado muerto, así como por todos los que pierden su vida en el Estrecho.
En el acto, se hizo presente el obispo de Cádiz, Rafael Zornoza, a través de un mensaje en el que pidió a la sociedad que despierte «de la anestesia egoísta de la comodidad y del individualismo que caracteriza hoy a las relaciones humanas para unir nuestras fuerzas en la oración y en la acción». «Digamos bien fuerte la palabra que expresa lo que vemos y sentimos: ¡Vergüenza!», añadió.
Zornoza recalcó que la presencia cristiana en esta realidad tan dura que viven los migrantes quiere ser «testimonio de nuestra fe y, por ello, de nuestra preocupación y solidaridad con ellos», pues «Dios nos enseña a abrazar y consolar a los afligidos y, en consecuencia, a desvivirnos por ellos y a buscar con esfuerzo el derecho y la justicia en la sociedad, siguiendo los criterios del evangelio».
F. Otero @franoterof
Alfa y Omega

El monasterio masculino donde crecen las vocaciones


Burgos es la diócesis española con más monasterios contemplativos masculinos. Uno de ellos, el de Nuestra Señora de Herrera, es quizás uno de los más desconocidos. Conocemos a los Montes Obarenes para conocer la vida de los monjes camaldulenses, que han aumentado en el último año
Viven en un paraje solitario, rodeados de montes y bosques, sin ninguna población alrededor. Por algo recibe este lugar el nombre de «yermo». Y sin embargo, no les falta nada, tienen todo lo que necesitan: a Dios y su trabajo diario, que a Él se lo dedican. Ellos son los monjes eremitas Camaldulenses que habitan en el monasterio de Nuestra Señora de Herrera, los únicos de esta congregación que se encuentran en España y cuyo emplazamiento se sitúa en los Montes Obarenses, en el municipio de Herrera, que pertenece a Miranda de Ebro.
Allí consagran su vida a Dios doce monjes, lo que supone un repunte respecto al año pasado, cuando eran diez. El padre Pablo, quien atiende a todo aquel que quiera ponerse en contacto con la comunidad, explica que son las doce pequeñas ermitas o celdas que habitan y que tienen apariencia de casitas, las que condicionan el número de hermanos que se acogen en este lugar. Actualmente están todas ocupadas y ya no hay más plazas.
Preguntado sobre el porqué de este aumento de vocaciones, el padre Pablo y sus compañeros no ven una explicación: «No lo sabemos, pensamos que es la Providencia de Dios, ya que no hacemos ningún tipo de propaganda vocacional. Pienso que es también por la inquietud y la necesidad en algunas personas que manifiestan un deseo de buscar a Dios, que les lleve a una vida más sencilla y también más definida, y aquí encuentran lo que buscan».
La mayoría de los hermanos son españoles, y proceden de lugares como Andalucía, Valencia, Murcia o Madrid, aunque también hay monjes de Corea, Portugal e Italia. Siguen la regla benedictina, de manera que la estructura de su jornada diaria es afín a la de otros monasterios benedictinos o cistercienses. Es el oficio divino –la oración litúrgica– el que determina la división del día, porque se entiende que esta debe sostener la vida de oración del monje. «Para nosotros la primacía fundamental es la idea de oración y materialmente se apoya en la oración litúrgica», explica el padre Pablo. La jornada comienza a las cuatro de la madrugada y la ocupan una serie de oraciones (Maitines, Tercia, la hora Nona, Vísperas, etc.), la santa misa… y también hay ocasión para el tiempo libre.
La distribución de este queda en manos de cada monje, pero sigue siendo tiempo dedicado a la búsqueda de Dios y se ofrece a la lectura, a la oración o a algún trabajo físico que suponga un descanso, como pueden ser trabajos manuales, de huerta (tratan de producir sus propios alimentos para subsistir, sin fines comerciales), en el jardín… «Pero siempre se da primacía a la oración, porque tampoco nos sobra mucho tiempo, aunque pueda parecer que sí. El fundador de la congregación dice que el monje debe tener siempre más cosas para hacer que tiempo disponible, ya que entiende que la ociosidad es algo muy negativo en la vida contemplativa. Así que aunque tenemos momentos libres, uno no se plantea qué hacer durante ese tiempo, que se suele dedicar a la búsqueda espiritual mediante la lectura y la oración».
Retiros espirituales
El monasterio cuenta con hospedería y en ocasiones hay laicos que se acercan a vivir unos días de retiro y oración (la congregación pide a los huéspedes que su estancia sea con un objetivo claramente espiritual). «La hospitalidad es otra característica de la Regla de san Benito, pero en nuestro caso hay dos obstáculos: la primera, es que por las normas de clausura de nuestra congregación, en el interior del monasterio pasan solamente los hombres, y eso ya es un límite grande. Y pasa también que el monasterio es frío y nos calentamos con estufas de leña, y a esto no está todo el mundo acostumbrado. Así que cuando recibimos peticiones para venir en los meses de invierno, el mismo superior advierte de estas circunstancias para que se sepa que no va resultar muy cómoda la estancia».
Una vida en plenitud
Desde luego no es una vida cómoda y la exigencia espiritual y física es alta, pero esto se sostiene gracias a la vocación, que aunque no evita momentos duros, sí aporta la luz que hace falta para vivir de esta manera. Así lo explica el padre Pablo: «Está claro que físicamente, si lo comparamos con otras formas de vivir, es una vida dura porque se pasa mucho tiempo a la intemperie, ya que estamos en lo alto del monte, a 500 metros, y con unos meses de invierno rigurosos, pero para nosotros es una cuestión vocacional. Cuando se encuentra el sitio donde se entiende que Dios lo quiere y cuando se vive la vida en plenitud, uno lo hace con gusto. Se asume porque cualquier forma de vida tiene humanamente su parte exigente». Pero no es la parte física la más severa: «Lo más difícil para nosotros es quizás lo que es prioritario, porque el objetivo de nuestra vida es la unión con Dios a través de la oración continua, y llevarla a cabo es lo más bonito y deseable, pero también lo más difícil, porque hay distracciones, hace falta esfuerzo, humildad, continuidad… pero es por lo que se trabaja con más motivación también. A nivel físico hay muchas incomodidades, pero todo eso se queda claramente en un segunda plano».
Archidiócesis de Burgos
Alfa y Omega

Mis ojos han visto a tu Salvador


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 2, 22-32
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
-«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».
Palabra del Señor.

El Papa en la catequesis: “Mantengamos la esperanza de que resucitaremos con Cristo”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En las anteriores catequesis hemos iniciado nuestro recorrido sobre el tema de la esperanza releyendo en esta perspectiva algunas páginas del Antiguo Testamento. Ahora queremos pasar a poner en evidencia la extraordinaria importancia que esta virtud asume en el Nuevo Testamento, cuando encuentra la novedad representada por Jesús y por el evento pascual: la esperanza cristiana. Nosotros cristianos, somos mujeres y hombres de esperanza.
Es esto lo que emerge de modo claro desde el primer texto que ha sido escrito, es decir, desde la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses. En el pasaje que hemos escuchado, se puede percibir toda la frescura y la belleza del primer anuncio cristiano. La comunidad de Tesalónica era una comunidad joven, fundada de hace poco; no obstante las dificultades y las diversas pruebas, está enraizada en la fe y celebra con entusiasmo y con alegría la resurrección del Señor Jesús. El Apóstol entonces se alegra de corazón con todos, porque cuantos renacen en la Pascua se convierten de verdad en «hijos de la luz, hijos del día» – así los llama él – (5,5), en virtud de la plena comunión con Cristo.
Cuando Pablo les escribe, la comunidad de Tesalónica ha sido apenas fundada, y sólo pocos años la separan de la Pascua de Cristo; pocos años después, ¡eh! Por esto, el Apóstol trata de hacer comprender todos los efectos y las consecuencias que éste evento único y decisivo, es decir, la resurrección del Señor, comporta para la historia y para la vida de cada uno. En particular, la dificultad de la comunidad no era tanto reconocer la resurrección de Jesús, todos lo creían, sino de creer en la resurrección de los muertos. Si, Jesús ha resucitado, pero los muertos tenían un poco de dificultad.
En este sentido, esta carta se presenta más actual que nunca. Cada vez que nos encontramos ante nuestra muerte, o a aquella de una persona querida, sentimos que nuestra fe es puesta a la prueba. Surgen todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad, y nos preguntamos: “¿De verdad existirá la vida después de la muerte? ¿Podré todavía ver y abrazar a las personas que he amado?”. Esta pregunta me la ha hecho una señora hace pocos días en una audiencia. Me dijo: ¿Encontraré a mis seres queridos? Una incógnita… También nosotros, en el contexto actual, tenemos necesidad de regresar a las raíces y a los fundamentos de nuestra fe, para que así tomemos conciencia de lo que Dios ha obrado por nosotros en Cristo Jesús y que cosa significa nuestra muerte. Todos tenemos un poco de miedo; la muerte, por esta incertidumbre, ¿no? Aquí viene la palabra de Pablo. Me viene a la memoria un viejito, un anciano, bueno, que decía: “Yo no tengo miedo a la muerte. Tengo un poco de miedo verla venir”. Y tenía miedo de esto.
Pablo, ante los temores y las perplejidades de la comunidad, invita a tener firme sobre la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos más difíciles de nuestra vida, “la esperanza de la salvación”. Es un yelmo. Es esta la esperanza cristiana. Cuando se habla de esperanza, podemos ser llevados a comprenderla según el significado común del término, es decir, en relación a algo bello que deseamos, pero que puede realizarse o tal vez no. Esperemos que suceda, pero… esperemos, como un deseo, ¿no? Se dice por ejemplo: “¡Espero que mañana haga buen clima!”; pero sabemos que al día siguiente en cambio puede hacer un mal clima… La esperanza cristiana no es así. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido realizada; está la puerta ahí, y yo espero llegar a la puerta. ¿Qué cosa debo hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro que llegaré a la puerta. Así es la esperanza cristiana: tener la certeza que yo estoy en camino hacia algo que es y no lo que yo quiero que sea. Esta es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es espera de una cosa que ya ha sido realizada y que ciertamente se realizará para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y aquella de nuestros queridos difuntos, pues, no es una cosa que puede suceder o tal vez no, sino es una realidad cierta, en cuanto está fundada en el evento de la resurrección de Cristo. Esperar pues significa aprender vivir en la espera. Aprender a vivir en la espera y encontrar la vida. Cuando una mujer se da cuenta de estar embarazada, cada día aprende a vivir en la espera de ver la mirada de ese niño que llegará… También nosotros debemos vivir y aprender de estas actitudes humanas y vivir en la espera de mirar al Señor, de encontrar al Señor. Esto no es fácil, pero se aprende: a vivir en la espera. Esperar significa e implica un corazón humilde, pobre. Solo un pobre sabe esperar. Quien está lleno de sí y de sus bienes, no sabe poner la confianza en ningún otro sino en sí mismo.
Escribe aún Pablo: «Él que murió por nosotros, a fin de que, velando o durmiendo, vivamos unidos a Él» (1 Tes 5,10). Estas palabras son siempre motivo de grande consolación y de paz. Asimismo por las personas amadas que nos han dejado estamos pues llamados a orar para que vivan en Cristo y estén en plena comunión con nosotros. Una cosa que a mí me toca el corazón es una expresión de San Pablo, siempre dirigida a los Tesalonicenses. A mí me llena de seguridad en la esperanza. Dice así: «Y así permaneceremos con el Señor para siempre» (1 Tes 4,17). ¡Qué bello! Todo pasa. Pero, después de la muerte, por siempre estaremos con el Señor. Es la certeza total de la esperanza, la misma que, mucho tiempo antes, hacia exclamar a Job: «Yo sé que mi Redentor vive […]. Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos» (Job 19,25.27). Y así por siempre estaremos con el Señor. ¿Ustedes creen esto? Les pregunto: ¿Creen esto? Más o menos, ¡eh! Pero para tener un poco de fuerza los invito a decirlo tres veces conmigo: “Y así por siempre estaremos con el Señor”. Todos juntos: “Y así por siempre estaremos con el Señor”, “Y así por siempre estaremos con el Señor”, “Y así por siempre estaremos con el Señor”. Y allá, con el Señor, nos encontraremos. Gracias.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

miércoles, 1 de febrero de 2017

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (6,1-6) POR SAN JUAN PABLO II:


 

“Para ofrecer motivos de credibilidad, Jesús apela a sus obras: a todo lo que ha llevado a cabo en presencia de los discípulos y de toda la gente. Se trata de obras santas y muchas veces milagrosa
s, realizadas como signos de su verdad. Por esto merece que se tenga fe en Él. 

(...) Esta fe es ... la condición indispensable que exige el mismo Jesús a los que quieren convertirse en sus discípulos o beneficiarse de su poder divino.

A este respecto, es significativo lo que Jesús dice al padre del niño epiléptico, poseído desde la infancia por un “espíritu mudo” que se desenfrenaba en él de modo impresionante. El pobre padre suplica a Jesús: “Si algo puedes, ayúdanos por compasión hacia nosotros. Díjole Jesús: ¡Si puedes! Todo es posible al que cree. Al instante, gritando, dijo el padre del niño: ¡Creo! Ayuda a mi incredulidad” (Mc 9, 22-23). 

Y Jesús cura y libera a ese desventurado. Sin embargo, pide al padre del muchacho una apertura del alma a la fe. Es lo que le han dado a lo largo de los siglos tantas criaturas humildes y afligidas que, como el padre del epiléptico, se han dirigido a Él para pedirle ayuda en las necesidades temporales, y sobre todo en las espirituales.

Pero allí donde los hombres, cualquiera que sea su condición social y cultural, oponen una resistencia derivada del orgullo e incredulidad, Jesús castiga esta actitud suya no admitiéndolos a los beneficios concedidos por su poder divino. 

Es significativo e impresionante lo que se lee de los nazarenos, entre los que Jesús se encontraba porque había vuelto después del comienzo de su ministerio, y de haber realizado los primeros milagros. Ellos no sólo se admiraban de su doctrina y de sus obras, sino que además “se escandalizaban de Él”, o sea, hablaban de Él y lo trataban con desconfianza y hostilidad, como persona no grata. 

“Jesús les decía: ningún profeta es tenido en poco sino en su patria y entre sus parientes y en su familia. Y no pudo hacer allí ningún milagro fuera de que a algunos pocos dolientes les impuso las manos y los curó. Él se admiraba de su incredulidad” (Mc 6, 4-6). 

Los milagros son “signos” del poder divino de Jesús. Cuando hay obstinada cerrazón al reconocimiento de ese poder, el milagro pierde su razón de ser. Por lo demás, también Él responde a los discípulos, que después de la curación del epiléptico preguntan a Jesús por qué ellos, que también habían recibido el poder del mismo Jesús, no consiguieron expulsar al demonio. 

Él respondió: “Por vuestra poca fe: porque en verdad os digo, que si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: Vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible” (Mt 17, 19-20). Es un lenguaje figurado e hiperbólico, con el que Jesús quiere inculcar a sus discípulos la necesidad y la fuerza de la fe.
(...) 
Juan ofrece una primera conclusión de su Evangelio: “Muchas otras señales hizo Jesús en su presencia de los discípulos, que no están escritas en este libro para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su Nombre” (Jn 20, 30-31).

Así pues, todo lo que Jesús hacía y enseñaba, todo lo que los Apóstoles predicaron y testificaron, y los Evangelistas escribieron, todo lo que la Iglesia conserva y repite de su enseñanza, debe servir a la fe, para que, creyendo, se alcance la salvación. 

La salvación -y por lo tanto la vida eterna- está ligada a la misión mesiánica de Jesucristo, de la cual deriva toda la “lógica” y la “economía” de la fe cristiana. Lo proclama el mismo Juan desde el prólogo de su Evangelio: “A cuantos lo recibieron (al Verbo) dióles poder de venir a ser hijos de Dios: “A aquellos que creen en su Nombre” (Jn 1, 12).
(De la catequesis de San Juan Pablo II el 21-10-1987)

JESÚS SE EXTRAÑA DE LA FALTA DE FE ENTRE LOS SUYOS




Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,1-6):

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: 

«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»

Y esto les resultaba escandaloso.

Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.»

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor

Papa: Los mártires de hoy son la fuerza de la Iglesia


 La mayor fuerza de la Iglesia hoy está en las pequeñas Iglesias perseguidas. Es cuanto afirmó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Francisco centró su reflexión en los mártires. En efecto, afirmó hoy son más que los de los primeros siglos del cristianismo. Y explicó que los medios de comunicación no lo dicen, porque no es noticia. De ahí su invitación a hacer memoria de cuantos sufren el martirio.
Sí, porque como dijo el Pontífice “sin memoria no hay esperanza”. Y lo recordó comentando la Carta a los Hebreos que presenta la liturgia del día y que exhorta, precisamente, a remitirse a la memoria de toda la historia del pueblo del Señor. De hecho, el capítulo 11, se refiere, ante todo, a una “memoria de docilidad”, que – como afirmó el Papa – comienza con Abraham quien, obediente, salió de su tierra sin conocer su meta. Además, en este capítulo también se habla de otras dos memorias: la de las grandes hazañas del Señor, cumplidas por Gedeón, Sansón, David y tantos otros que han hecho grandes proezas en la historia de Israel”.
Para los medios de comunicación los mártires no son noticia
Y después hay un tercer grupo del que hacer memoria, la “memoria de los mártires”: “Aquellos que han sufrido y dado su vida como Jesús”. El Santo Padre recordó que la Iglesia es, en efecto, este pueblo de Dios, “pecador pero dócil”, “que hace grandes cosas y que también da testimonio de Cristo hasta el martirio”:
“Los mártires son aquellos que llevan adelante la Iglesia, son aquellos que sostienen a la Iglesia, que la han sostenido y la sostienen hoy. Y hoy hay más que en los primeros siglos. Los medios de comunicación no lo dicen porque no hace noticia, pero tantos cristianos en el mundo hoy son bienaventurados porque son perseguidos, insultados, encarcelados. ¡Hay tantos en las cárceles, sólo por llevar una cruz o por confesar a Jesucristo! Ésta es la gloria de la Iglesia y nuestro apoyo y también nuestra humillación: nosotros que tenemos todo, todo parece fácil para nosotros y si nos falta algo nos quejamos… ¡Pero pensemos en estos hermanos y hermanas que hoy, en número mayor al de los primeros siglos, sufren el martirio!”.
Francisco recordó que no puede olvidar “el testimonio de aquel sacerdote y aquella monja en la Catedral de Tirana: años y años de cárcel, trabajos forzados y humillaciones”, para los cuales no existían los derechos humanos.
La mayor fuerza de la Iglesia
Y añadió que hoy, la mayor fuerza de la Iglesia está en “las pequeñas Iglesias perseguidas”:
“Y nosotros, también es verdad y justo, estamos satisfechos cuando veamos un acto eclesial grande, que ha tenido gran éxito, los cristianos que se manifiestan… ¡Y esto es bello! ¿Esta es fuerza? Sí, es fuerza. Pero la mayor fuerza de la Iglesia hoy está en las pequeñas Iglesias, pequeñas, con poca gente, perseguidas, con sus obispos en la cárcel. Ésta es nuestra gloria hoy, ésta es nuestra gloria y nuestra fuerza hoy”.
La sangre de los mártires es semilla de cristianos
Hacia el final de su homilía el Obispo de Roma afirmó que una Iglesia sin mártires es “una Iglesia sin Jesús”. Por lo que invitó a rezar “por nuestros mártires que sufren tanto”, “por aquellas Iglesias que no tienen libertad de expresión”, porque “ellas son nuestra esperanza”. En los primeros siglos de la Iglesia – recordó el Santo Padre – un antiguo escritor decía: “La sangre de los cristianos, la sangre de los mártires, es semilla de cristianos”.
“Ellos con su martirio, con su testimonio, con su sufrimiento, incluso dando la vida, ofreciendo la vida, siembran cristianos para el futuro y en las demás Iglesias. Ofrezcamos esta Misa por nuestros mártires, por aquellos que ahora sufren, por las Iglesias que sufren, que no tienen libertad. Y demos gracias al Señor por estar presente, con la fortaleza de su Espíritu, en estos hermanos y hermanas nuestros que hoy dan testimonio de Él”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)





Papa: Jesús no masifica a la gente, mira a cada uno

Si con perseverancia tenemos nuestra mirada dirigida hacia Jesús, descubriremos con estupor que es Él quien nos mira con amor a cada uno de nosotros. Es uno de los conceptos que expresó el Santo Padre Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, en el día en que la Iglesia recuerda la memoria litúrgica de San Juan Bosco.  
Jesús no busca la popularidad, aunque está siempre en medio de la gente
El autor de la Carta a los Hebreos, propuesta por la liturgia, exhorta a correr en la fe “con perseverancia, teniendo fija la mirada en Jesús”. Y, según el Evangelio, es precisamente Jesús quien nos mira. El Papa Bergoglio reafirmó que él está cerca de nosotros y que está “siempre en medio de la muchedumbre”. Escuchemos:
“No está con los guardias que lo escoltan a fin de que la gente no lo toque. ¡No, no! Se ha quedado allí, y la gente lo estrecha. Y cada vez que Jesús salía, la muchedumbre aumentaba. Los especialistas de estadísticas quizá habrían podido publicar: ‘Baja la popularidad del Rabí Jesús’… Pero Él buscaba otra cosa: buscaba a la gente. Y la gente lo buscaba a Él: la gente tenía los ojos fijos sobre Él y Él tenía los ojos fijos sobre la gente. ‘Sí, sí, sobre la gente, sobre la multitud’. ‘¡No, sobre cada uno!’. Y ésta es la peculiaridad de la mirada de Jesús. Jesús no masifica a la gente: Jesús mira a cada uno”.
Jesús mira las cosas grandes y las cosas pequeñas
El Evangelio de San Marcos relata dos milagros: Jesús que cura a una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años y que, en medio de la muchedumbre, logra tocar el manto del Señor. Y dice que Él se da cuenta de haber sido tocado. Y después, la resurrección de la hija de Jairo – uno de los jefes de la sinagoga – que tenía doce años. Él se da cuenta de que la muchacha tiene hambre y le dice a sus padres que le den de comer:
“La mirada de Jesús va a lo grande y a lo pequeño. Así mira Jesús: nos ve a todos, pero mira a cada uno de nosotros. Ve nuestros grandes problemas, nuestras grandes alegrías, y ve también nuestras cosas pequeñas. Porque está cerca. Jesús no se asusta de las grandes cosas, pero también tiene en cuenta las pequeñas. Así nos mira Jesús”.
El estupor del encuentro con Jesús
Si corremos “con perseverancia, teniendo fija la mirada en Jesús” – dijo el Papa Francisco hacia el final de su homilía – nos sucederá lo que le sucedió a la gente después de la resurrección de la hija de Jairo, que fue acogida “con gran estupor”:
“Yo voy, miro a Jesús, camino delante, fijo la mirada en Jesús y ¿qué encuentro? ¡Que Él tiene fija la mirada sobre mí! Y esto me provoca gran estupor. Es el estupor del encuentro con Jesús. ¡Pero no tengamos miedo! No tengamos miedo, como aquella anciana que no tuvo miedo de ir a tocar el borde del manto. ¡No tengamos miedo! Corramos por este camino, siempre con la mirada fija en Jesús. Y tendremos esta bella sorpresa: nos henchirá de estupor. El mismo Jesús tiene fija su mirada sobre mí”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

martes, 31 de enero de 2017

San Juan Bosco – 31 de enero

«El fundador de los salesianos fue un sembrador de alegría. Derrochó generosidad entre la infancia y juventud abandonada a la que proporcionó toda clase de recursos. Con una pedagogía excepcional condujo a muchos a la conversión»


Este gran maestro de santos que hoy ofrece ZENIT nació en I Becchi, Castelnuovo d’Asti, Italia, el 16 de agosto de 1815.. Un sentimiento alentó su santa vida: «¡Señor, dame almas!… Almas, almas, sobre todo de niños y de jóvenes, para llevarlas a Ti». Muy pequeño orientó toda su capacidad creativa organizando juegos con otros niños, que interrumpía al repique de campanas para conducirlos a la iglesia; entonces comenzaba a hacerse manifiesto su innegable carisma con este colectivo. A los 9 años vio en sueños los rasgos inequívocos del abandono. Una infancia duramente castigada por la distancia afectiva convertía la pradera en escenario de hiriente conducta: robos, blasfemias y otras fechorías, ante las cuales el santo reaccionaba con violencia, golpeando a los muchachos. En el mismo estado de vigilia se sintió amonestado y exhortado a ponerse en medio de ellos; se le daba a entender que debía mostrarles la fealdad del pecado y la belleza de la virtud: «No con golpes, sino con la mansedumbre y con la caridad deberás ganarte a estos tus amigos.. Yo te daré la Maestra bajo cuya disciplina llegarás a ser sabio; y sin la cual, toda sabiduría se convierte en necedad». A su vez, en una aparición, María, que sería esa Maestra anunciada, le mostró una manada de animales extraños y feroces, que pronto se trocaron en mansos corderillos. «¡Mira lo que te espera!», dijo la Virgen, añadiendo: «Hazte humilde, fuerte, bueno, y verás lo que vas a hacer». Juan se echó a llorar, y Ella le aseguró que un día lo comprendería todo. Así fue. En su momento entendió el significado de la visión a través de la cual se le encomendó la recuperación de niños y jóvenes maleantes. María siempre sería para él la «Auxiliadora de los cristianos».
Se había quedado huérfano de padre cuando tenía 2 años, y su madre hizo lo posible para que pudiera estudiar, algo que consiguió en medio de no pocas privaciones y sacrificios. Eran tan pobres que tuvo que mendigar para costear su formación. Almas caritativas le dieron ora la chaqueta, ora el abrigo, y hasta los zapatos. Él aunaba inteligencia y esfuerzo que, junto a su piedad, pronto hicieron maravillas. Cursados los primeros estudios en Chieri, prosiguió realizándolos en el seminario mayor de Turín. Por entonces sus dotes teatrales ya eran conocidas. Los niños quedaban fascinados y estupefactos ante las acrobacias y números de magia que realizaba ante ellos. Eran algunas de sus tácticas para mantenerlos alejados del mal. Con la misma fórmula en Turín se rodeó de chavales que vagaban sin rumbo y se atrajo su amistad sin esfuerzo.
Fue ordenado sacerdote en 1841. Tuvo como guía a san José Cafasso, que corroboró la vocación a la que se sentía llamado: «Prosigue tu trabajo con los chicos abandonados. Eso y no otra cosa es lo que Dios quiere de ti». Y le aconsejó: «Camina y observa a tu alrededor». Su entorno le devolvía estampas desoladoras, miseria asomada en las pupilas de la infancia y la juventud de las zonas marginales que bien conocía. «Hasta el último aliento por los jóvenes», se dijo. Con ellos, en particular los pobres y abandonados, compartía rezos, juegos, y los invitaba a comer de vez en cuando. Contaba para todo con la inestimable ayuda de su madre Margarita Occhiena, que ejerció gran influencia sobre él, y junto a ella hizo frente a las críticas y habladurías. En diciembre de 1841 un muchacho fue acogido por el santo y tras él llegaron otros. Pronto el cobertizo Pinardi se llenó de jóvenes que fueron la semilla del Oratorio de San Francisco de Sales. Cuando en una ocasión una bienhechora le dio a elegir entre el grupo de niños y jóvenes ruidosos, faltos de educación y buenos modales, que no habían recibido cariño, y destinar el lugar que tenía para las muchachas, Juan no los abandonó, sino que se los llevó consigo.
Pudo perder la vida a causa de una pulmonía, pero se recuperó y siguió luchando por los chicos. Logró rescatarlos de las influencias ajenas y de los peligros que les acechaban lejos del hogar que había creado para ellos. La clave de todo era el amor que sembraba a su alrededor: «Con la bondad y el amor trato de ganar para el Señor a estos mis amigos». Un amor derrochado de forma personalizada, de un modo que cada uno podía pensar que era único para él. Su creatividad, que parecía no tener fronteras, dio lugar a talleres diversos donde, al tiempo que los mantenía a cobijo, les proporcionaba formación.
El «método preventivo» consistente en la práctica de la caridad, con el sentido paulino, fue dando sus frutos, materializándose en una sólida educación cristiana y humana. La continuidad de esta obra se produjo a través de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales (los Salesianos) y de las Hijas de María Auxiliadora (las Salesianas), fundadas con santa María Dominica Mazzarello. La pedagogía salesiana, conocida y estimada por doquier, incluye los recursos que le proporcionó su fundador: escuelas tipográficas, revistas y editoriales, entre otras. De la pluma del santo surgieron libros didácticos encaminados siempre a poner de manifiesto los más altos ideales. Las obras que emprendió tuvieron como finalidad enseñar que el amor y la confianza en los jóvenes disuelve todos los males.
Uno de sus alumnos, el mejor, fue santo Domingo Savio, elevado a los altares a los 15 años. Éste, antes de morir, glosó el espíritu que les había inculcado su fundador, afirmando: «Nosotros aquí hacemos consistir la santidad en mucha alegría». En un momento en el que todos sus colaboradores, menos uno, abandonaron a Don Bosco, él pensó formar a Domingo para que le acompañase en su delicada misión. Entre sus muchas acciones también mandó erigir varias iglesias. Al final de su vida pudo decir con toda propiedad: «… Lo que he hecho, lo he hecho por el Señor… Se habría podido hacer más… Pero lo harán mis hijos… Nuestra Congregación es conducida por Dios y protegida por María Auxiliadora». Murió en Valdocco el 31 de enero de 1888. Fue beatificado por Pío XI el 2 de junio de 1929, y este mismo pontífice lo canonizó el 1 de abril de 1934.
ZENIT