martes, 29 de noviembre de 2016

Cardenal Osoro, al comienzo del Adviento: «Dejad que entre el Señor y roture vuestra tierra»

El pasado domingo, el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, presidió la Eucaristía del I domingo de Adviento en la catedral de Santa María la Real de la Almudena. En su homilía, el prelado señaló que comenzamos «alegres» el nuevo año litúrgico, «porque queremos entrar en la casa del Señor, como hemos cantado en el salmo 121». Alegres, dijo, «porque vamos a encontrarnos con nuestro Señor, porque queremos oír y celebrar el nombre de Dios, que es realmente el nombre nuestro». «Dios nos ha dado un nombre, y somos hijos de Dios y hermanos de los hombres».
Voviendo al salmo proclamado, deseó que la paz de Dios «llegue a todos los hombres, que ocupe la existencia de la Iglesia, la nueva Jerusalén, de la que somos parte»; que esta paz «nos dé seguridad, porque las armas que nos quiere entregar el Señor son las suyas». Y así, recordó, «esperamos la venida del Señor y queremos celebrar el nacimiento de Jesucristo».
Además, alentó a todos, en este tiempo de Adviento, a ponerse en camino: «Sí, nos lo está gritando el Señor» y «Él nos va a instruir a la hora de ir haciendo el camino, nos va a dar su luz y va a hacer posible que marchemos por las sendas que Él quiere, y no por las nuestras». Y, recordando la figura de la Madre de Dios, preguntó: «¿No es esto lo que hizo la Santísima Virgen María, una figura fundamental del Adviento, quien se puso en camino cuando vio que Dios iba a venir». Que esta Navidad, continuó, «no la celebremos de igual manera, sino como lo hizo Ella: caminemos, subamos, instruyámonos según el Señor».
«En el camino encontraremos dificultades», expuso el cardenal, «pero si nosotros caminamos instruidos por el Señor, por su luz, haremos posible que esas espadas que queremos poner para estropear a los demás, se conviertan en instrumentos de paz, de concordia, de reconciliación, de amor entre los hombres, de entrega y de servicio incondicional». «Todo lo cambia Dios» porque «de las espadas hace arados que roturan la tierra, para que dé más fruto».
En una catedral repleta de fieles, animó a cada uno de los presentes a dejar «que entre el Señor y roture vuestra tierra, mueva vuestro corazón, vuestras entrañas y vuestra vida». Este tiempo de Adviento, señaló, «es importante para ponernos de cara al Señor», así que «pongámonos en camino y caminemos a la luz del Señor».
Tiempo para conversar con Dios y entregar su rostro
El prelado, además, les pidió tener tiempo «para conversar con Dios» y para «entregar a los hombres el rostro de Jesucristo». Y hacerlo, dijo, «en este momento de la historia que vivimos: un momento especialmente importante para que los discípulos de Jesús entreguemos a esta situación en la que viven los hombres su rostro».
Recordando las palabras de san Pablo, reveló que «es importante que los discípulos de Cristo nos despertemos del sueño y descubramos que la salvación está cerca, y la salvación es Cristo». «Las tinieblas y la oscuridad no sirven para arreglar este mundo, y las oscuridades las damos los hombres cuando eliminamos a Dios de la historia».
Hoy, aseveró, «el Señor quiere cambiar nuestra vida, que nos pongamos en camino, que meditemos con Dios y que nos vistamos del Señor Jesucristo». Porque «Cristo no nos engaña, Él quita las tinieblas y la oscuridad de este mundo», pero «para ello hay que cambiar el corazón». Y hacerlo, señaló el cardenal, porque «el Señor nos pide que tengamos el coraje de existir: un coraje que es importante». Si no, «recordemos las crisis profundas de la historia de los hombres, los valores que se están perdiendo y que necesitamos para vivir». Así, incitó a todos a no vivir «frívolamente», dejando que Jesús «nos siga haciendo la misma pregunta: ¿Vivís despiertos o adormilados? ¿Vivís en la rutina de cada día, de ir marchando sin más, o vivís con meta? Porque el Señor, en el Evangelio, nos dice que no vivamos distraídos y nos recuerda que puede venir en cualquier momento».
Infomadrid / Carlos González

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO SOBRE EL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (10,21-24)




"Quisiera ofrecer una imagen bíblica, que encontramos en el Evangelio de Lucas (cf.10,21-23), sobre la alegría de Jesús y de los discípulos misioneros.

El evangelista cuenta que el Señor envió a los setenta discípulos, de dos en dos, a las ciudades y pueblos, a proclamar que el Reino de Dios había llegado, y a preparar a los hombres al encuentro con Jesús. Después de cumplir con esta misión de anuncio, los discípulos volvieron llenos de alegría: la alegría es un tema dominante de esta primera e inolvidable experiencia misionera. 

El Maestro Divino les dijo: «No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo. En aquella hora, Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra...” (…) Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis.

Son tres las escenas que presenta san Lucas. Primero, Jesús habla a sus discípulos, y luego se vuelve hacia el Padre, y de nuevo comienza a hablar con ellos. De esta forma Jesús quiere hacer partícipes de su alegría a los discípulos, que es diferente y superior a la que ellos habían experimentado. 

Los discípulos estaban llenos de alegría, entusiasmados con el poder de liberar de los demonios a las personas. Sin embargo, Jesús les advierte que no se alegren por el poder que se les ha dado, sino por el amor recibido: «Porque vuestros nombres están inscritos en el cielo» (Lc 10,20). A ellos se le ha concedido experimentar el amor de Dios, e incluso la posibilidad de compartirlo. 

Y esta experiencia de los discípulos es motivo de gozosa gratitud para el corazón de Jesús. Lucas entiende este júbilo en una perspectiva de comunión trinitaria: «Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo», dirigiéndose al Padre y glorificándolo. Este momento de profunda alegría brota del amor profundo de Jesús en cuanto Hijo hacia su Padre, Señor del cielo y de la tierra, el cual ha ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las ha revelado a los pequeños (cf. Lc 10,21). 

Dios ha escondido y ha revelado, y en esta oración de alabanza se destaca sobre todo el revelar. ¿Qué es lo que Dios ha revelado y ocultado? Los misterios de su Reino, el afirmarse del señorío divino en Jesús y la victoria sobre Satanás. 

Dios ha escondido todo a aquellos que están demasiado llenos de sí mismos y pretenden saberlo ya todo. Están cegados por su propia presunción y no dejan espacio a Dios. Uno puede pensar fácilmente en algunos de los contemporáneos de Jesús, que Él mismo amonestó en varias ocasiones, pero se trata de un peligro que siempre ha existido, y que nos afecta también a nosotros. 

En cambio, los “pequeños” son los humildes, los sencillos, los pobres, los marginados, los sin voz, los que están cansados y oprimidos, a los que Jesús ha llamado “benditos”. Se puede pensar fácilmente en María, en José, en los pescadores de Galilea, y en los discípulos llamados a lo largo del camino, en el curso de su predicación. 

«Sí, Padre, porque así te ha parecido bien» (Lc 10,21). Las palabras de Jesús deben entenderse con referencia a su júbilo interior, donde la benevolencia indica un plan salvífico y benevolente del Padre hacia los hombres. En el contexto de esta bondad divina Jesús se regocija, porque el Padre ha decidido amar a los hombres con el mismo amor que Él tiene para el Hijo. 

Jesús, al ver el éxito de la misión de sus discípulos y por tanto su alegría, se regocija en el Espíritu Santo y se dirige a su Padre en oración. En ambos casos, se trata de una alegría por la salvación que se realiza, porque el amor con el que el Padre ama al Hijo llega hasta nosotros, y por obra del Espíritu Santo, nos envuelve, nos hace entrar en la vida de la Trinidad. 

El Padre es la fuente de la alegría. El Hijo es su manifestación, y el Espíritu Santo, el animador. Inmediatamente después de alabar al Padre, como dice el evangelista Mateo, Jesús nos invita: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (11,28-30). 

La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría".
(Del mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones 2014

DIOS SE REVELA A LOS PEQUEÑOS




Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,21-24):

En aquella hora Jesús se llenó de la alegría en el Espíritu Santo y dijo:

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:

«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».

Palabra del Señor

Francisco reconoce que el Jubileo fue una “simple intuición” que Dios convirtió en “realidad”





El papa Francisco ha asegurado que tuvo una “simple intuición” cuando expresó el deseo de un Jubileo de la Misericordia. Sin embargo, ha reconocido que nunca hubiera pensado que “el Señor lo convirtiera en una realidad y que, sobre todo, se pudiera celebrar con tanta fe y alegría en las comunidades cristianas esparcidas por el mundo”.

En un encuentro con los organizadores y colaboradores del Jubileo Extraordinario de la Misericordia en ocasión de la clausura del Año Santo, el Pontífice ha dado las gracias a todos los que de alguna manera han participado y ayudado en esta gran labor.

En particular, ha dado las gracias a monseñor Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, por el “compromiso precioso realizado durante estos meses”.

Asimismo, el Santo Padre ha asegurado que ha sido un año denso, lleno de iniciativas en toda la Iglesia, “donde se ha podido ver y tocar con la mano los frutos de la misericordia de Dios”.

También ha subrayado que la Puerta de la misericordia abierta en todas las catedrales y en los santuarios “ha consentido que los fieles no encontraran ningún obstáculo para experimentar el amor de Dios”. Ha sucedido algo verdaderamente extraordinario –ha añadido– que ahora es necesario incluir en la vida de cada día para convertir la misericordia en un compromiso y un estilo de vida permanente para los creyentes.

De este modo, Francisco ha asegurado a los presentes que todos ellos han hecho posible “que este evento de gracia se celebrara de forma segura, con gran afluencia de peregrinos y de forma que se pusiera de manifiesto el profundo valor espiritual que el Jubileo representa”.

Por ello, el Pontífice ha dado las gracias a todas las instituciones y autoridades implicadas en el Año Jubilar, así como al dicasterio vaticano encargado de la organización y a los voluntarios.

“Si tú quieres obtener misericordia, debes tú mismo ser misericordioso”. Estas palabras de san Agustín –ha indicado el Papa– puedan ser de consuelo para todos nosotros. “Con vuestro compromiso habéis expresado no solo el trabajo cotidiano, sino que habéis dado un verdadero servicio de misericordia a los millones de peregrinos que han llegado a Roma”. Finalmente ha deseado que este cansancio pueda “ser recompensado por la experiencia de misericordia que el Señor no dejará que os falte”.
Zenit

lunes, 28 de noviembre de 2016

El Papa en Sta. Marta: La fe cristiana no es una filosofía, es el encuentro con Jesús


El papa Francisco ha explicado, en la homilía de este lunes en Santa Marta, que la fe cristiana no es “una teoría o una filosofía”, sino que es “el encuentro con Jesús”. De este modo, ha recordado que para encontrar realmente a Jesús tenemos que ponernos en camino con tres actitudes: vigilantes en la oración, trabajando en la caridad y exultantes en la alabanza.
Asimismo ha subrayado que “la gracia que queremos en Adviento” es encontrar a Jesús. Por eso ha precisado que en este periodo del año, la Liturgia nos propone numerosos encuentros de Jesús: con su Madre en el vientre, con san Juan Bautista, con los pastores, con los Magos. Todo esto nos dice que el Adviento es “un tiempo para caminar e ir al encuentro del Señor, es decir un tiempo para no estar parado”.
De ahí, la pregunta planteada por el Pontífice en su homilía: ¿cuáles son las actitudes que debo tener para encontrar al Señor? ¿Cómo debo preparar mi corazón para encontrar al Señor?
Así, ha explicado que en la oración al principio de la misa, la Liturgia nos señala tres actitudes: vigilantes en la oración, trabajando en la caridad y exultantes en la alabanza. Y cuando habla de caridad se refiere a caridad fraterna: “no sólo dar limosna” sino también “tolerar a la gente que me molesta, tolerar en casa a los niños cuando hacen ruido, o al marido o la mujer cuando están en dificultad, o a la suegra…”.
A continuación, también ha recordado que Él es “el Señor de las sorpresas”. Tampoco el Señor “está parado”. Yo –ha explicado Francisco– estoy en camino para encontrarla y Él está en camino para encontrarme, y cuando nos encontramos vemos que la gran sorpresa es que Él me está buscando, antes que yo empiece a buscarlo.
Esta es la sorpresa del encuentro con el Señor: “Él nos ha buscado antes. Él siempre está primero. Él hace su camino para encontrarnos”. Eso es –ha recordado– lo que le sucedió al centurión. “Nosotros damos un paso y Él da diez”. Así, ha asegurado que es “la abundancia de su gracia, de su amor, de su ternura que no se cansa buscarnos”. El Pontífice ha subrayado que el nuestro es el Dios de las sorpresas, el Dios que nos está buscando, no está esperando y “solamente nos pide el pequeño paso de la buena voluntad”. Nosotros “tenemos que tener las ganas de encontrarlo”. Y después “Él nos ayuda”. Al respecto, ha asegurado el Papa que muchas veces Dios “nos verá alejarnos de Él, y Él espera como el Padre del hijo pródigo”.
Por otro lado, el Santo Padre ha asegurado que siempre le ha conmovido lo que Benedicto XVI dijo en un ocasión: que la fe no es una teoría, una filosofía o una idea sino un encuentro con Jesús.
Finalmente, el Pontífice ha señalado que los doctores de la ley “sabían todo de la dogmática del tiempo, todo de la moral de aquel tiempo”. Pero –ha lamentado– no tenían fe porque su corazón se había alejado de Dios.


 Zenit

Campaña de Personas Sin Hogar de Cáritas: La calle de los invisibles


«Cuando estás en la calle viviendo, te vuelves invisible», dice Alberto, de 24 años. Hijo de un padre con comportamiento violento y de una madre con trastorno bipolar, creció desde los 13 años en un centro de menores, «y a los 18 años me echaron. Tuve un trabajo pero lo perdí, y así acabé en la calle. Yo solo quiero un trabajo, una casa y una familia», explica en el vídeo que Cáritas, FACIAM (Federación de Asociaciones de Centros para la Integración y Ayuda a Marginados) y FEPSH (Federación de Entidades de Apoyo a las Personas Sin Hogar) han hecho público dentro de la campaña de Personas Sin Hogar 2016, que se celebra este domingo 27 de noviembre bajo el lema Por dignidad. Nadie sin hogar.
La campaña se lanzó este jueves en Madrid con una marcha de cientos de personas vestidas con una camiseta con el lema Nadie sin hogar, por la calle Arenal desde la puerta del Sol hasta la plaza de Ópera.
Los organizadores apuntan cinco objetivos concretos de la campaña: «que nadie duerma en la calle; que nadie viva en alojamiento de emergencia por un periodo superior al necesario; que nadie resida en alojamientos temporales más de lo estrictamente necesario; que nadie abandone una institución sin alternativa de alojamiento; y que ningún joven termine sin hogar como consecuencia de la transición a la vida independiente».
Para Enrique Domínguez, responsable nacional del Programa de Personas Sin Hogar de Cáritas Española, la visibilidad de las personas sin hogar «es una petición clara al reconocimiento de la dignidad y humanidad de estas personas. Pero este reconocimiento no puede quedarse en una mera observación, sino que debe ser un motor de cambio que nos ha de mover e incitar a la acción».
Según el informe ¿En qué sociedad vivimos?, de Cáritas Española, hay 40.000 personas que viven sin hogar en nuestro país, mientras que la situación de vivienda insegura (sin título legal, con notificación de abandono, bajo amenaza de violencia, etc.) afecta a 1,1 millones de hogares y a 3,6 millones de personas.
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

Alfa y Omega

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO SOBRE EL EVANGELIO DE HOY:




Dejémonos encontrar por Jesús «con la guardia baja, abiertos», para que Él pueda renovarnos desde lo profundo de nuestra alma. Es la invitación del Papa Francisco al inicio del tiempo de Adviento.

El camino que comenzamos en estos días, exhortó, es «un nuevo camino de Iglesia, un camino del pueblo de Dios, hacia la Navidad. Y caminamos al encuentro del Señor». La Navidad es, en efecto, un encuentro: no sólo «una celebración temporal o bien —indicó el Pontífice— un recuerdo de algo bonito. La Navidad es algo más. Nosotros vamos por este camino para encontrar al Señor». 

Por lo tanto, en el período de Adviento «caminamos para encontrarlo. Encontrarlo con el corazón, con la vida; encontrarlo vivo, como Él es; encontrarlo con fe».

El Papa recordó el episodio del centurión que, según el relato del Evangelio de Mateo (8, 5-11), se postra ante Jesús para pedirle que cure a su siervo. «El Señor, en la palabra que hemos escuchado —explicó el Papa—, se maravilló de este centurión. Se maravilló de la fe que tenía. Había hecho un camino para encontrar al Señor. Pero lo había hecho con fe. 

Por ello no sólo encontró al Señor, sino que sintió la alegría de haber sido encontrado por el Señor. Y éste es precisamente el encuentro que nosotros queremos, el encuentro de la fe. Encontrar al Señor, pero dejarnos encontrar por Él. ¡Es muy importante!».

Cuando sólo nos limitamos a encontrar al Señor, subrayó, «somos nosotros —pero esto digámoslo entre comillas— los “dueños” de este encuentro». Cuando, en cambio, «nos dejamos encontrar por Él, es Él quien entra dentro de nosotros» y nos renueva completamente.

«Esto es lo que significa que venga Cristo: rehacer todo de nuevo, rehacer el corazón, el alma, la vida, la esperanza, el camino».

En este período del año litúrgico, por lo tanto, estamos en camino para encontrar al Señor, pero también y sobre todo «para dejarnos encontrar por Él». Y debemos hacerlo con corazón abierto, «para que Él me encuentre, me diga lo que quiere decirme, que no es siempre lo que quiero que Él me diga». 

No olvidemos entonces que «Él es el Señor y me dirá lo que tiene para mí», para cada uno de nosotros, porque «el Señor —indicó el Pontífice— no nos mira en conjunto, como a una masa: ¡no, no! Él nos mira uno por uno, a la cara, a los ojos, porque el amor no es un amor abstracto, sino un amor concreto. Persona por persona. El Señor, persona, me mira a mí, persona». 

He aquí por qué dejarnos encontrar por el Señor significa, en definitiva, «dejarse amar por el Señor».

«Pidamos la gracia de hacer este camino con algunas actitudes que nos ayuden. La perseverancia en la oración: rezar más. La laboriosidad en la caridad fraterna: acercarnos un poco más a quienes tienen necesidad. Y la alegría en la alabanza al Señor». 

Por lo tanto, «comenzamos este camino con la oración, la caridad y la alabanza, a corazón abierto, para que el Señor nos encuentre». Pero, pidió el Papa como conclusión, «por favor, que nos encuentre con la guardia baja, abiertos».
Fuente: L’Osservatore Romano, 6-12-2013

NO SOY DIGNO DE QUE ENTRES EN MI CASA




Lectura del santo evangelio según san Mateo (8,5-11):

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».

Le contestó: «Voy yo a curarlo».

Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; a mi criado: "Haz esto", y lo hace».

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:
«En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos».

Palabra del Señor

Papa: Comienza el tiempo de la visita del Señor a la humanidad

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy en la Iglesia comienza un nuevo año litúrgico, es decir un nuevo camino de fe del pueblo de Dios. Y como siempre, comenzamos con el Adviento. La página del Evangelio  (Cfr. Mt 24, 37-44) nos introduce en uno de los temas más sugestivos del tiempo de Adviento: la visita del Señor a la humanidad.
La primera visita – sabemos – se produjo con la Encarnación, el nacimiento de Jesús en la gruta de Belén; la segunda acontece en el presente: el Señor nos visita continuamente, cada día, camina a nuestro lado y es una presencia de consolación; en fin, se producirá la tercera, la última visita, que profesamos cada vez que rezamos el Credo: “De nuevo vendrá en la gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”.
El Señor nos habla hoy de esta última visita suya, la que se producirá al final de los tiempos, y nos dice dónde llegará nuestro camino.
La Palabra de Dios hace resaltar el contraste entre el desarrollo normal de las cosas, la rutinacotidiana, y la venida improvisa del Señor. Dice Jesús: “En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos” (vv. 38-39), así dice Jesús.
Nos sorprende siempre pensar en las horas que preceden una gran calamidad: todos están tranquilos, hacen las cosas habituales sin darse cuenta de que su vida está a punto de ser alterada. Ciertamente el Evangelio no quiere atemorizarnos, sino abrir nuestro horizonte a la dimensión ulterior, más grande, que por una parte relativiza las cosas de cada día, pero al mismo tiempo las hace preciosas, decisivas. La relación con el Dios-que-viene-a-visitarnos da a cada gesto, a cada cosa una luz diversa, un espesor, un valor simbólico.
De esta perspectiva proviene también una invitación a la sobriedad, a no ser dominados por las cosas de este mundo, por las realidades materiales, sino más bien a gobernarlas. Si, por el contrario, nos dejamos condicionar y arrollar por ellas, no podemos percibir que hay algo muy importante: nuestro encuentro final con el Señor. Y esto es lo importante. Eso, aquel encuentro. Y las cosas de cada día deben tener este horizonte, deben ser dirigidas hacia aquel horizonte. Este encuentro con el Señor que viene por nosotros. En aquel momento, como dice el Evangelio, “De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado” (v. 40). Es una invitación a la vigilancia, porque al no saber cuándo vendrá Él, es necesario estar siempre listos para partir.
En este tiempo de Adviento, estamos llamados a ampliar el horizonte de nuestro corazón, a dejarnos sorprender por la vida que se presenta cada día con sus novedades. Para hacer esto es necesario aprender a no depender de nuestras seguridades, de nuestros esquemas afianzados, porque el Señor viene en la hora en que no lo imaginamos. Viene para introducirnos en una dimensión más bella y más grande.
Que la Madre, Virgen del Adviento, nos ayude a no considerarnos propietarios de nuestra vida, a no hacer resistencia cuando el Señor viene para cambiarla, sino a estar preparados para dejarnos visitar por Él, huésped esperado y grato incluso si cambia nuestros planes.  
(from Vatican Radio)

domingo, 27 de noviembre de 2016

ADVIENTO, MOTIVOS DE ESPERANZA


El Año Litúrgico nos ofrece un tiempo nuevo, el Adviento. Durante cuatro semanas, las lecturas diarias que nos acompañarán irán desgranando las profecías mesiánicas, que tendrán su concreción en la venida del Hijo de Dios a nuestra historia.
Este tiempo es propicio para contemplar no solo las antiguas profecías, sino las que acontecen junto a nosotros y que son motivos para alegrar el corazón y consolidar la esperanza teologal, la que se funda en el hecho del nacimiento de Jesús, por el que muchos viven como testigos del Amor de Dios.
Conozco a personas que asumen de manera discreta la necesidad de su prójimo y le entrega mensualmente el coste de un salario para que el menesteroso pueda cubrir sus gastos y vivir con dignidad.
Conozco a otras que salen fiadoras, adelantan créditos sin intereses, y así hacen posible que permanezca abierta la casa para los hijos pequeños ante el rompimiento familiar y la dolorosa ejecución del reparto del patrimonio entre los que han compartido todo y por cuestión legal una parte debe indemnizar a la otra.

Conozco a algunos que ante las obras necesarias en los templos de lugares deprimidos y un tanto deshabitados, prestan su dinero sin afán de lucro ni especulación para que se realicen las mejoras sin agobio para las pequeñas comunidades cristianas que aún permanecen en los pueblos pequeños.

Conozco a otros que, jubilados por motivos de salud o de alguna dolencia, prestan sin embargo voluntariamente y en gratuidad sus manos como ayuda al sostenimiento de obras sociales, que de otra manera no podrían realizar sus programas solidarios.
Conozco a personas que abren sus puertas a la hospitalidad amiga, y comunican la alegría familiar, acrecentando vínculos afectivos que ayudan en momentos de soledad, sufrimiento, pruebas de salud.
Conozco a quien reza por los demás, sin que quizá nadie lo sepa, y ofrece su vida por la paz del mundo, por la estabilidad de las familias, porque los enfermos recuperen la salud, o al menos tengan fuerza en sus pruebas. Son sin duda los brazos levantados que obtienen el favor del cielo de manera generosa.
Y conozco a otros que en medio de las pruebas se mantienen fieles, y aun en la oscuridad se convierten en signos luminosos de fe y de confianza en Dios.
La esperanza cristiana no es la reacción optimista de un carácter positivo, sino la virtud teologal por la que se permanece confiado en Dios, pues Él cumple siempre su palabra, y la ha comprometido hasta el extremo de dárnosla encarnada en su propio Hijo como testimonio de su fidelidad.
Atrévete en este tiempo a sumarte a cuantos son testigos de esperanza porque dan crédito a la promesa del amor divino, hecho Niño en Belén.

Con los ojos abiertos


Las primeras comunidades cristianas vivieron años muy difíciles. Perdidos en el vasto Imperio de Roma, en medio de conflictos y persecuciones, aquellos cristianos buscaban fuerza y aliento esperando la pronta venida de Jesús y recordando sus palabras: «Vigilad. Vivid despiertos. Tened los ojos abiertos. Estad alerta».
¿Significan todavía algo para nosotros estas llamadas de Jesús a vivir despiertos?
¿Qué es hoy para los cristianos poner nuestra esperanza en Dios viviendo con los ojos abiertos?
¿Dejaremos que se agote definitivamente en nuestro mundo secular la esperanza en una última justicia de Dios para esa inmensa mayoría de víctimas inocentes que sufren sin culpa alguna?
Precisamente, la manera más fácil de falsear la esperanza cristiana es esperar de Dios nuestra propia salvación eterna mientras damos la espalda al sufrimiento que hay ahora mismo en el mundo. Un día tendremos que reconocer nuestra ceguera ante Cristo Juez: ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, extranjero o desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te asistimos? Este será nuestro diálogo final con él si vivimos con los ojos cerrados.
Hemos de despertar y abrir bien los ojos. Vivir vigilantes para mirar más allá de nuestros pequeños intereses y preocupaciones. La esperanza del cristiano no es una actitud ciega, pues no olvida a los que sufren. La espiritualidad cristiana no consiste solo en una mirada hacia el interior, pues su corazón está atento a quienes viven abandonados a su suerte.
En las comunidades cristianas hemos de cuidar cada vez más que nuestro modo de vivir la esperanza no nos lleve a la indiferencia y el olvido de los pobres. No podemos aislarnos en la religión para no oír el clamor de los que mueren diariamente de hambre. No nos está permitido alimentar nuestra ilusión de inocencia para defender nuestra tranquilidad.
Una esperanza en Dios que se olvida de los que viven en esta tierra sin poder esperar nada, ¿no puede ser considerada como una versión religiosa de un optimismo a toda costa, vivido sin lucidez ni responsabilidad? Una búsqueda de la propia salvación eterna de espaldas a los que sufren, ¿no puede ser acusada de ser un sutil «egoísmo alargado hacia el más allá»?
Probablemente, la poca sensibilidad al sufrimiento inmenso que hay en el mundo sea uno de los síntomas más graves del envejecimiento del cristianismo actual. Cuando el Papa Francisco reclama «una Iglesia más pobre y de los pobres», nos está gritando su mensaje más importante e interpelador a los cristianos de los países del bienestar
José Antonio Pagola

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (24,37-44) POR EL P. CANTALAMESSA, PREDICADOR DE LA CASA PONTIFICIA




La palabra que destaca sobre todas, en el Evangelio de este primer domingo de Adviento, es: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor... Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre». 

Se pregunta a veces por qué Dios nos esconde algo tan importante como es la hora de su venida, que para cada uno de nosotros, considerado singularmente, coincide con la hora de la muerte. La respuesta tradicional es: «Para que estuviéramos alerta, sabiendo cada uno que ello puede suceder en sus días» (San Efrén el Sirio). 

Pero el motivo principal es que Dios nos conoce; sabe qué terrible angustia habría sido para nosotros conocer con antelación la hora exacta y asistir a su lenta e inexorable aproximación. Es lo que más atemoriza de ciertas enfermedades. Son más numerosos hoy los que mueren de afecciones imprevistas de corazón que los que mueren de «penosas enfermedades». Si embargo dan más miedo estas últimas porque nos parece que privan de esa incertidumbre que nos permite esperar.

La incertidumbre de la hora no debe llevarnos a vivir despreocupados, sino como personas vigilantes. El año litúrgico está en sus comienzos, mientras que el año civil llega a su fin. Una ocasión óptima para hacer espacio para una reflexión sabia sobre el sentido de nuestra existencia.

La misma naturaleza en otoño nos invita a reflexionar sobre el tiempo que pasa. Lo que decía el poeta Giuseppe Ungaretti de los soldados en la trinchera del Carso, durante la primera guerra mundial, vale para todos los hombres: «Se está / como en otoño / en los árboles / las hojas». Esto es, a punto de caer, de un momento a otro. «El tiempo pasa y el hombre no se da cuenta», decía Dante.

Un antiguo filósofo expresó esta experiencia fundamental con una frase que se ha hecho célebre: «panta rei», o sea, todo pasa. Ocurre en la vida como en la pantalla televisiva: los programas se suceden rápidamente y cada uno anula el precedente. La pantalla sigue siendo la misma, pero las imágenes cambian. 

Es igual con nosotros: el mundo permanece, pero nosotros nos vamos uno tras otro. De todos los nombres, los rostros, las noticias que llenan los periódicos y los telediarios del día --de mí de ti, de todos nosotros--, ¿qué permanecerá de aquí a algún año o década? Nada de nada. El hombre no es más que «un trazo que crea la ola en la arena del mar y que borra la ola siguiente».

Veamos qué tiene que decirnos la fe a propósito de este dato de hecho de que todo pasa. «El mundo pasa, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2, 17). Así que existe alguien que no pasa, Dios, y existe un modo de que nosotros no pasemos del todo: hacer la voluntad de Dios, o sea, creer, adherirnos a Dios. 

En esta vida somos como personas en una balsa que lleva un río en crecida a mar abierto, sin retorno. En cierto momento, la balsa pasa cerca de la orilla. El náufrago dice: «¡Ahora o nunca!», y salta a tierra firme. ¡Qué suspiro de alivio cuando siente la roca bajo sus pies!

Es la sensación que experimenta frecuentemente quien llega a la fe. Podríamos recordar, como conclusión de esta reflexión, las palabras que santa Teresa de Ávila dejó como una especie de testamento espiritual: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Sólo Dios basta.

News.va

VELAD PORQUE NO SABÉIS QUÉ DIA VENDRÁ VUESTRO SEÑOR



Lectura del santo Evangelio según San Mateo 24,37-44.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé.
En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán.

Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.

Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

Palabra del Señor

News.va

Papa: voluntarios al servicio de la promoción social, con Jesús, modelo perfecto de humanidad. Aliento a jóvenes del Servicio Civil italiano

Con gran alegría, el Papa Francisco recibió a cerca de siete mil jóvenes del Servicio Civil Nacional de Italia, en el marco del XV aniversario de promulgación de su institución. Tras saludar a las autoridades que los acompañaban, el Obispo de Roma se dirigió sobre todo a ellos, los «queridos jóvenes que han optado por dedicar una parte de su tiempo y de su vida a un proyecto de voluntariado y de promoción social».
E hizo hincapié en que «la gratuidad del voluntariado, aun por un tiempo determinado, representa una riqueza no sólo para la sociedad y para aquellos que se benefician con su obra», sino también para ellos mismos y su maduración humana:
«Ustedes son una fuerza preciosa y dinámica del país: su aportación es indispensable para realizar el bien de la sociedad, teniendo en cuenta en especial a los sujetos más débiles. El proyecto de una sociedad solidaria constituye la meta de toda comunidad civil, que quiera ser igualitaria y fraterna. Y es traicionado, cada vez que se asiste pasivamente al crecimiento de la desigualdad entre las diversas partes sociales y entre las naciones del mundo. Cuando se reduce la asistencia a las fajas más débiles sin que se les garantice otras formas de protección; cuando se aceptan peligrosas lógicas de rearme y se invierten preciosos recursos para la compra de armamentos – una verdadera plaga actual, ésta -  o aun cuando el pobre se vuelve una insidia y, en lugar de tenderle la mano, se lo relega a su miseria.
Todas estas actitudes son una afrenta para nuestra sociedad y su cultura, introduciendo en ellas los criterios y prácticas marcadas por la indiferencia y la opresión, que hacen más pobre la vida de los que están solos o discriminados,  pero también del que olvida o discrimina, que acaba ensimismándose y cerrándose al encuentro con la carne de los hermanos, que es la senda obligada para encontrar el bien.  A través de su servicio, están llamados a desarrollar una función crítica en relación con estas perspectivas contrarias a lo humano, y una función profética que muestre cómo es posible pensar y actuar de manera diferente».
Tras destacar la valiosa obra que desarrollan en la «tutela del ambiente», afianzada en una «ecología humana»; en la ayuda a los refugiados y los migrantes – en la que Italia está comprometida de «forma encomiable» - en todos los otros proyectos educativos y asistenciales, así como en la ayuda a los damnificados por el reciente terremoto, a los que renovó su cercanía, el Santo Padre animó a los jóvenes del Servicio Civil italiano a proseguir en la «senda que da pleno significado y alegría» a sus vidas:
«Seguramente la senda del servicio va contracorriente, con respecto a los modelos dominantes, pero en realidad cada uno de nosotros se siente contento y realizado cuando es útil para alguien. Ello libera en nosotros energías nuevas que nos hacen percibir que no estamos solos y dilata nuestros horizontes.
Los invito a caminar por esta senda del servicio y a seguir como modelo perfecto de humanidad a Jesús, que le hizo lugar a los demás en sí mismo, hasta el don de su vida».
Después de agradecer a las Instituciones, pidiendo que promuevan cada vez más un verdadero espíritu solidario en la población, el Papa reiteró la importancia del respeto y promoción humana, por el bien de toda la sociedad:
«El grado de civilización de un pueblo, en efecto, se mide según su capacidad de respetar y promover los derechos de toda persona, empezando por los más débiles.
Les agradezco por este encuentro. Invoco sobre ustedes y sus proyectos la bendición del Señor, para que los ayude a actuar siempre de forma audaz y desinteresada, mirando más allá, hacia los horizontes de la esperanza. Y, por favor, recen también por mí. Gracias».
(CdM – RV)
(from Vatican Radio)

El Papa en la entrega del Premio Ratzinger: afecto y agradecimiento al Papa Benedicto XVI

“Los felicito por el buen éxito del Simposio Internacional sobre el tema ‘Escatología: análisis y perspectiva’ que tuvo lugar en días pasados en la Universidad de la Santa Cruz en Roma”: fueron las palabras del Papa Francisco en la ceremonia de entrega del Premio Ratzinger, que tuvo lugar en la mañana de este sábado en la Sala Clementina en el Vaticano. 
El importante reconocimiento otorgado por la Fundación vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI a estudiosos que se han distinguido por particulares méritos en la actividad de investigación científica de carácter teológico, fue entregado este año de las manos del Pontífice a Mons. Inos Biffi, docente, teólogo y liturgista de fama internacional y al profesor y teólogo greco Ioannis Kourempeles, de la Facultad de Teología  de la Universidad de Salónica y primer ortodoxo en ser galardonado con el Premio de la Fundación Vaticana.
Al iniciar el breve y rico discurso el Obispo de Roma afirmó que para él esta ocasión es también un modo para expresar una vez más, junto a los participantes en el congreso “nuestro gran afecto y nuestro reconocimiento por el Papa emérito Benedicto XVI, que continúa a acompañarnos también ahora con su oración”.
Francisco destacó que el tema de la Escatología, tratado en el encuentro concluido esta mañana, “ha ocupado un lugar muy importante en el trabajo teológico del Profesor Joseph Ratzinger, en su actividad como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y finalmente en su magisterio durante el Pontificado”. “No podemos olvidar – afirmó – sus profundas consideraciones sobre la vida eterna y sobre la esperanza en la Encíclica Spe Salvi”.
El tema de la escatología – subrayó después el Santo Padre – es fundamental cuando se refleja sobre el sentido de nuestra vida y de nuestra historia sin quedar encerrados en una formulación materialista o puramente intramundana”.
El Papa se refirió luego al Jubileo de la Misericordia apenas concluido, “que nos ha recordado tantas veces que la misericordia está en el corazón del protocolo sobre el cual Jesús dice que seremos juzgados, y repitió el pasaje del evangelio de Mateo: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber”.
El Pontífice siguió concentrando sus palabras sobre la figura de Benedicto XVI y recalcó la profundidad del pensamiento de Joseph Ratzinger, que “sólidamente fundado en la Escritura y en los Padres y siempre nutrido de fe y de oración, nos ayuda a permanecer abiertos al horizonte de la eternidad, dando así sentido también a nuestras esperanzas y a nuestros compromisos humanos. “El suyo – destacó -  es un pensamiento y magisterio fecundo, que ha sabido concentrarse en las referencias fundamentales de nuestra vida cristiana, la persona de Jesucristo, la caridad, la esperanza, la fe. Y toda la Iglesia le estará siempre agradecida”.
Finalmente, las felicitaciones de Francisco a “las ilustres personalidades" a quienes el Premio Ratzinger 2016 ha sido atribuido: “a Mons. Inos Biffi, que recibe el premio como reconocimiento por los méritos de una vida entera dedicada a los estudios teológicos en la Iglesia y en su servicio". Un premio “a la carrera de un gran teólogo”, enfatizó el Pontífice.
Y refiriéndose al segundo galardonado, “el más joven Profesor Ioannis Kourempeles”, el Santo Padre motivó la entrega del Premio por su “interés en el pensamiento del Joseph Ratzinger y como aliento para continuar a sondar la fecundidad del encuentro entre el pensamiento de Ratzinger y la teología ortodoxa".
Felicitando a los premiados por su trabajo teológico y a la Fundación, el Papa expresó su deseo de que el Señor “los bendiga siempre”, junto a su “servicio por su Reino”.
(MCM-RV) 
(from Vatican Radio)