martes, 22 de noviembre de 2016

Francisco invita a dejar paso a la “fantasía de la misericordia” y dar vida a “iniciativas nuevas”


La misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre. Lo dice el papa Francisco en su carta apostólica Misericordia et misera, que ha escrito el finalizar el Año Santo de la Misericordia.
De este modo, además de dar una serie de indicaciones precisas para que lo vivido este Jubileo se “prolongue” en el tiempo, el Santo Padre reflexiona una vez más sobre este don de Dios.
Así, el Pontífice recuerda que el perdón es el signo más visible del amor del Padre, que Jesús ha querido revelar a lo largo de toda su vida. “No existe página del Evangelio que pueda ser sustraída a este imperativo del amor que llega hasta el perdón”, asegura. De este modo, señala que nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios “queda sin el abrazo de su perdón”. Por este motivo, explica el Papa, “ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia; ella será siempre un acto de gratuidad del Padre celeste, un amor incondicionado e inmerecido”.
El Santo Padre precisa que se necesitan testigos “de la esperanza” y “de la verdadera alegría para “deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales”. El vacío profundo de muchos –alienta Francisco– puede ser colmado por la esperanza que llevamos en el corazón y por la alegría que brota de ella.
En esta misma línea, el Santo Padre explica que hemos celebrado un Año intenso, “en el que la gracia de la misericordia se nos ha dado en abundancia”. Como un viento impetuoso y saludable, “la bondad y la misericordia se han esparcido por el mundo entero”, asegura el Papa.
Ahora, concluido este Jubileo, “es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina”, alienta.  Por esta razón, el Papa pide que “no limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva”. Además, recuerda que “estamos llamados a celebrar la misericordia”.
Por otro lado, el Pontífice pide abrir “el corazón a la confianza de ser amados por Dios”. Su amor –añade– nos precede siempre, nos acompaña y permanece junto a nosotros a pesar de nuestro pecado.
Respecto a la escucha de la Palabra de Dios el Santo Padre recomiendo mucho “la preparación de la homilía y el cuidado de la predicación”. Así, reconoce que será tanto más fructuosa, “cuanto más haya experimentado el sacerdote en sí mismo la bondad misericordiosa del Señor”.
Tal y como explica el Papa en este documento, la Biblia es la gran historia que narra las maravillas de la misericordia de Dios. Cada una de sus páginas está impregnada del amor del Padre que desde la creación ha querido imprimir en el universo los signos de su amor. Por eso el Santo Padre manifiesta su vivaz deseo de que la Palabra de Dios se celebre, se conozca y se difunda cada vez más, “para que nos ayude a comprender mejor el misterio del amor que brota de esta fuente de misericordia”.
A los sacerdotes, renueva la invitación a prepararse con mucho esmero para el ministerio de la Confesión, que es una verdadera misión sacerdotal. Y les pide que sean acogedores con todos; testigos de la ternura paterna, solícitos en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido, claros a la hora de presentar los principios morales, disponibles para acompañar a los fieles en el camino penitencial, siguiendo el paso de cada uno con paciencia, prudentesen el discernimiento de cada caso concreto y generosos en el momento de dispensar el perdón de Dios. Asimismo, les recuerda que “nosotros hemos sido los primeros en ser perdonados” y “hemos sido testigos en primera persona de la universalidad del perdón”. No existe ley ni precepto –asegura el Pontífice– que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a él reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio.
Todos, reconoce el Papa, tenemos necesidad de consuelo, porque ninguno es inmune al sufrimiento, al dolor y a la incomprensión.
Por otro lado, también señala que en un momento particular como el nuestro, caracterizado por la crisis de la familia es importante que llegue una palabra de gran consuelo a nuestras familias. “El don del matrimonio es una gran vocación a la que, con la gracia de Cristo, hay que corresponder con al amor generoso, fiel y paciente”, reconoce el papa Francisco.
La gracia del Sacramento del Matrimonio — indica el Santo Padre– no sólo fortalece a la familia para que sea un lugar privilegiado en el que se viva la misericordia, sino que compromete a la comunidad cristiana, y con ella a toda la acción pastoral, para que se resalte el gran valor propositivo de la familia.
En la carta apostólica, el Pontífice subraya que “termina el Jubileo y se cierra la Puerta Santa”  pero “la puerta de la misericordia de nuestro corazón permanece siempre abierta, de par en par”. Al respecto, reconoce que durante el Año Santo, especialmente en los «viernes de la misericordia», ha podido darse cuenta de cuánto bien hay en el mundo. Existen personas –reconoce el Papa– que encarnan realmente la caridad y que no llevan continuamente la solidaridad a los más pobres e infelices.
Es el momento de dejar paso a la fantasía de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia. Ya que todavía hay poblaciones enteras que sufren hoy el hambre y la sed, grandes masas de personas siguen emigrando, la enfermedad es una causa permanente de sufrimiento, las cárceles son lugares en los que las condiciones de vida inhumana causan sufrimientos, el analfabetismo está todavía muy extendido, la cultura del individualismo exasperado hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás. Por eso, el Papa precisa que “las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social”.
Por todo ello, el Papa pide que nos esforcemos “en concretar la caridad” y “en iluminar con inteligencia la práctica de las obras de misericordia”. Estamos llamados –asegura– a hacer que crezca una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás. Asimismo, concluye asegurado que “este es el tiempo de la misericordia”. Cada día de nuestra vida está marcado por la presencia de Dios, que guía nuestros pasos con el poder de la gracia que el Espíritu infunde en el corazón para plasmarlo y hacerlo capaz de amar.  

 Zenit

22 de noviembre: santa Cecilia, virgen, mártir y patrona de la música


Santa Cecilia es miembro de la alta sociedad romana y se convierte al cristianismo. Ella ha consagrado su virginidad a Dios, pero sus padres conciertan una boda con el joven Valeriano. El marido, después de bautizarse, respeta la decisión de Cecilia. Ambos son apresados por enterrar los cuerpos de otros cristianos. Cecilia es condenada a muerte pero sobrevive milagrosamente en varias ocasiones. Finalmente es martirizada. Santa Cecilia convirtió a muchos paganos al cristianismo y es Patrona de los músicos
Santa Cecilia proviene de una familia de la alta sociedad romana, lo que no impide que se convierta al cristianismo. Su conversión cae como un terremoto entre los aristócratas de la ciudad, pues uno de los suyos, de los ricos y poderosos, se ha convertido a la religión de los esclavos, de los pobres. Y no sólo se convierte, sino que se convierte en una cristiana devota, activa y en un ejemplo.
Los padres de Cecilia la habían prometido en matrimonio con un joven llamado Valeriano. Tras la boda, ella informó a su marido de su decisión de permanecer virgen por amor a Dios y que un ángel protegía su virginidad. Valeriano le responde que si es cierto quiere ver al ángel, y Cecilia le invita a bautizarse para poder verlo. Valeriano es bautizado por el Papa Urbano, y desde entonces ambos se consagran vírgenes al Señor.
Los esposos, junto al hermano de Valeriano, son encarcelados por enterrar cristianos, cosa que estaba prohibida. El prefecto de la ciudad quiere condenar a Cecilia y busca cualquier excusa para ello. Cita a Cecilia y le pide una relación de bienes de su marido y de su hermano, pero ella lo ha entregado todo a los pobres. El juez, en vez de condenarla, le propone un pacto. Si Cecilia ofrece un sacrificio a los dioses romanos, la deja libre. Cecilia responde que no hay más Dios que el de los cristianos, y que los ídolos son patrañas.
El prefecto la condena a morir en la hoguera pero los verdugos, por más leña que echan al fuego, no consiguen que Cecilia muera. El juez ordena entonces que le corten la cabeza. La espada impacta tres veces en el cuello de la santa, pero aun así no muere. Tienen que pasar tres días para que santa Cecilia muera mártir. Durante esos tres días, consigue convertir a muchísimos paganos.
El culto a santa Cecilia se inicia en el siglo V, en la iglesia construida sobre lo que había sido la casa de la santa. En dicha iglesia había una comunidad de monjes que fueron los primeros que celebraban a diario los oficios cantados. En el oficio divino de santa Cecilia había una antífona que decía «Cantantibus órganis Cecilia virgo corde suo soli Domino decantabat…» (Al son de los órganos la virgen Cecilia cantaba en su corazón sólo al Señor”. A raíz de estas coincidencias, la Academia de la Música de Roma nombró a santa Cecilia como su patrona. Se extendió posteriormente su patronazgo en el mundo entero para los músicos.

José Calderero @jcalderero

El Papa concede a todos los sacerdotes la facultad de absolver el pecado de aborto


Misericordia et misera, las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera, son las elegidas por el papa Francisco para dar nombre al documento conclusivo del Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia. Una carta apostólica en la que pide que la misericordia no sea «un paréntesis en la vida de la Iglesia». El Papa pide «iniciativas creativas» y recuerda que «es el momento de dejar paso a la fantasía de la misericordia». Además, da indicaciones precisas sobre cómo concretar esta misericordia.
Dando las gracias a los «misioneros de la misericordia», sacerdotes que durante este año han podido perdonar pecados reservados a la sede apostólica, el Papa indicado que este ministerio extraordinario no cesará con la clausura de la Puerta Santa. Así, desea que «se prolongue todavía, hasta nueva disposición, como signo concreto de que la gracia del Jubileo siga siendo viva y eficaz, a lo largo y ancho del mundo».
Por otro lado, «para que ningún obstáculo se interponga entre la petición de reconciliación y el perdón de Dios», de ahora en adelante Francisco concede a todos los sacerdotes, en razón de su ministerio, «la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado de aborto».
Asimismo, en el Año del Jubileo el Pontífice había concedido a los fieles, que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, fundada por Marcel Lefebvre y que no acepta el Concilio Vaticano II, la posibilidad de recibir válida y lícitamente la absolución sacramental de sus pecados. «Por el bien pastoral de estos fieles», y «confiando en la buena voluntad de sus sacerdotes», para que se pueda recuperar con la ayuda de Dios, la plena comunión con la Iglesia Católica, el Santo Padre establece que esta facultad «se extienda más allá del período jubilar, hasta nueva disposición, de modo que a nadie le falte el signo sacramental de la reconciliación a través del perdón de la Iglesia».
Además, el Santo Padre considera oportuno que cada comunidad, en un domingo del Año litúrgico, «renovase su compromiso en favor de la difusión, conocimiento y profundización de la Sagrada Escritura». Un domingo –precisa– dedicado enteramente a la Palabra de Dios para comprender la inagotable riqueza que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo.
Finalmente, el papa Francisco instituye el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, es decir, el domingo anterior a Cristo Rey, la Jornada mundial de los pobres.
Zenit/Rocío Lancho García

Santa María in Trastevere, la iglesia del cardenal Osoro en Roma


El cardenal Osoro ha recibido el título cardenalicio de Santa María in Trastevere. El título fue establecido en torno al año 112 por el Papa Alejandro I y fue confirmado por el Papa Calixto I. El Papa Julio I cambió su nombre. Más tarde, en 595, se convirtió en el título de Julio y Calixto. En la primera mitad del siglo VIII el título era conocido por el nombre de Santa Madre de Dios y por último, durante el pontificado del Papa León III, tomó el nombre de Santa María en Trastevere, por la basílica de Santa María en Trastevere. De acuerdo con el catálogo de Pietro Mallio, compilado durante el pontificado de Alejandro III, el título estaba conectado a la Basílica de San Pedro y los sacerdotes celebraban misa turnándose.
La fachada, que conserva en la parte superior un mosaico del siglo XIII, está precedida por el pórtico proyectado por Carlo Fontana en 1702. En el interior, de tres naves sobre columnas (inspirada en la Basílica de Santa María la Mayor), destacan el bello techo de madera, diseñado por Domenichino (también autor de la Asunción en el centro) y algunas pinturas que se encontraron en la restauración del siglo XIX, durante el papado de Pío IX.
En la primera capilla de la nave derecha encontramos Santa Francisca Romana de Giacomo Zoboli, y en la segunda capilla la Natividad de Étienne Parrocel. En la cúpula del ábside puede admirarse un mosaico con la Coronación de la Virgen, del siglo XII, adornado en su parte inferior con Historias de la Virgen, también en mosaico, obra de Pietro Cavallini (1291).
La primera capilla de la nave izquierda es la capilla Ávila, con estuco en estilo barroco de Antonio Gherardi (1680). Entre la cuarta y tercera capillas se encuentra la tumba de Inocencio II, obra del arquitecto Vespignani que entre 1866 y 1877 llevó a cabo una restauración estilística de la iglesia. En la tercera capilla, con claraboya, hay un retablo de Ferrau Tenzone.
Entre las otras obras de arte cabe señalar el icono de la Virgen de la Clemencia o Virgen Theotokos, preciosísimo ejemplar ejecutado tal vez en el siglo VI (aunque algunos historiadores lo datan en el VIII), de rígida frontalidad y colores radiantes, relacionados con el primer estrato de frescos de la Iglesia de Santa María Antigua (Santa Maria Antiqua). La capilla Altemps se construyó a finales del siglo XVI. La imagen de la Virgen de la Clemencia está estrechamente vinculada con la historia del Pontificio Colegio Español San José de Roma, uno de cuyos primeros emplazamientos, hasta medio siglo, fue en el palacio Altemps, junto a plaza Navona.
En la actualidad y desde hace algo más de un cuarto de siglo, la iglesia de Santa María in Trastevere de Roma es la sede de las Comunidades de Sant'Egidio. Esto es, la iglesia de los pobres y de la acción social de la Iglesia con ellos.
Algunos cardenales titulares de Santa María in Trastevere
  • Luis Antonio de Belluga y Moncada (1737-1738)
  • Joaquín Fernández Portocarrero (1753-1756)
  • Pedro Segura y Sáenz (1929-1957)
  • Stefan Wyszyński (1957-1981)
  • Józef Glemp (1983-2013)
  • Loris Francesco Capovilla, (22 de febrero de 2014 – 26 de Mayo de 2016)
  • Carlos Osoro Sierra, (19 de noviembre de 2016)
Ecclesia

No quedará piedra sobre piedra



Lectura del santo Evangelio según san Lucas 21, 5-11

En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra caliza y exvotos, Jesús les dijo:
«Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».
Ellos le preguntaron:
-«Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».
Él dijo:
«Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien "Está llegando el tiempo"; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
Entonces les decia:
«Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo».
Palabra del Señor.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Carta Apostólica del Papa Francisco "Misericordia et misera"

“Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios estén siempre vueltos hacia nosotros. Ella es la primera en abrir camino y nos acompaña cuando damos testimonio del amor. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protección de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo. Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicación de volver los ojos a Jesús, rostro radiante de la misericordia de Dios”.
Así se lee en el último párrafo de la Carta Apostólica Misericordia et Misera, que el Santo Padre Francisco firmó el domingo 20 de noviembre, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, en la conclusión del Año Santo Extraordinario de la Misericordia.
Se trata de un documento que se articula a lo largo de veintidós puntos, en el que, ante todo, el Papa Bergoglio desea “misericordia y paz” a todos los que lo leerán. Como su nombre lo indica, Misericordia et misera, son las dos palabras con las que san Agustín comenta el encuentro entre Jesús y la adúltera, es decir, la miserable y la misericordia; del que se desprende la enorme piedad y justicia divina y cuya enseñanza ilumina – tal como escribe el Pontífice – la conclusión de este Jubileo de la Misericordia, a la vez que indica el camino que estamos llamados a recorrer.
El Obispo de Roma vuelve a recordarnos que “nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón”. Por lo que ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia que siempre es un acto de gratuidad del Padre celestial, un amor incondicionado e inmerecido; una acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida.
En una cultura frecuentemente dominada por la técnica, el Santo Padre recuerda que se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre las cuales muchos jóvenes, puesto que el futuro parece estar en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad. Por esta razón escribe que “se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales”.
Del Año intenso que acaba de celebrarse el Papa escribe que la gracia de la misericordia se nos ha dado en abundancia. Y que como un viento impetuoso y saludable, la bondad y la misericordia se han esparcido por el mundo entero. De ahí que se sienta la necesidad de dar gracias al Señor, porque en este Año Santo la Iglesia ha sabido ponerse a la escucha y ha experimentado con gran intensidad la presencia y cercanía del Padre, que mediante la obra del Espíritu Santo le ha hecho más evidente el don y el mandato de Jesús sobre el perdón.
Una vez concluido este Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina – manifiesta asimismo el Pontífice –. Y pide que no limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva.
En cuanto a la cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, Franciscoescribe que “hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás”. Con todo – añade hacia el final de esta Carta Apostólica – “las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social”, que nos impulsa a “ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas”, llamados a construir con nosotros una “ciudad fiable”.
“Esforcémonos entonces – afirma el Papa – en concretar la caridad y, al mismo tiempo, en iluminar con inteligencia la práctica de las obras de misericordia, cuyo carácter social “obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía, de modo que los planes y proyectos no queden sólo en letra muerta”.
Francisco concluye explicando que a la luz del “Jubileo de las personas socialmente excluidas”, mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intuyó que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la “Jornada mundial de los pobres”, que constituirá la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, que se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir, precisamente, de las obras de misericordia.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

21 de noviembre: Presentación de la Santísima Virgen en el Templo

Este día la Iglesia celebra la presentación de la Virgen en el Templo. En oriente y en occidente se conmemora esta fiesta que data del siglo VI. Gregorio XI y Sixto V fueron los Sumos Pontífices que difundieron esta devoción de forma universal. La beata Ana Catalina Emmerick tuvo unas extensas revelaciones místicas sobre la presentación de la Virgen en el Templo
La celebración de esta fiesta tiene sus primeros vestigios en el año 543, cuando los cristianos de oriente, en la Iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del templo de Jerusalén, ya celebraban la presentación de la Santísima Virgen al Templo.
Según la tradición, San Joaquín y Santa Ana llevaron a la Virgen al Templo cuando ya tenía tres años para ser consagrada a Dios y formar parte de las doncellas que eran instruidas en la piedad. 
A pesar de su corta edad, la Virgen quiso subir sola al lugar en donde iba a consagrarse a Dios y en donde iba a preparar su cuerpo y su alma para la misión que el Señor le tenía encomendada.
En occidente no aparecen apuntes biográficos de la fiesta hasta el año 1372, cuando el Papa Gregorio XI la introdujo en Avignon después de que el canciller de la corte de Chipre le hablara de la gran fiesta que se celebraba el 21 de noviembre con motivo de la Presentación. Sin embargo, fue Sixto V quien difundió la fiesta en toda la Iglesia.Otro de los lugares donde aparece la fiesta es en las revelaciones místicas de la beata Ana Catalina Emmerick. La beata relata con gran detalle como María sale de la posada en dirección al Templo, donde le espera Zacarías. También cuenta la estancia de María en el templo acompañada del resto de doncellas.
José Calderero @jcalderero
Alfa y Omega

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Rex


El año litúrgico finaliza con la solemnidad de Cristo, Rey del Universo, que resalta la imagen de Jesucristo como clave interpretativa de toda la historia de la salvación. Es, en cierto sentido, anticipo sacramental de la meta a la que nos conduce el proceso histórico de la creación. El misterio de la historia se interpretará a la luz del misterio de Jesucristo, muerto y resucitado. Él es origen, guía y meta del universo (Romanos 11,36).
Concluye también la proclamación de los textos evangélicos dominicales del Evangelio de Lucas. Culmina el largo viaje de Jesús hacia Jerusalén con su muerte en cruz, signo evidente de la creciente oposición surgida en el pueblo judío hacia Jesús y del rechazo trágico hacia su misión. Los enemigos de Jesús demuestran su resistencia al Reino de Dios y terminan crucificando al Ungido de Dios.
El Rey crucificado
Decía san Pablo que predicamos a un Cristo muerto y resucitado (1 Corintios 1,23). El misterio pascual de Cristo es la referencia fundamental al proyecto de amor establecido por Dios desde el principio para toda la humanidad. En el momento central y culminante de la historia, la imagen de Jesús es la de un Crucificado. Aunque el letrero clavado sobre la cruz anuncia que ahí está «el rey de los judíos», nadie podía sospechar que en ese condenado se escondía un Rey o Señor. Por eso, los líderes presentes, los soldados romanos y hasta uno de los malhechores crucificados se burlan de él y niegan su condición de salvador: si no puede salvarse a sí mismo de la muerte en cruz es porque no es el Mesías ni rey de los judíos. ¿Cómo puede salvar a la gente si no se salva a sí mismo? Ironías que desafían y tientan a Jesús para demostrar espectacularmente que es el Mesías, Sin embargo, Jesús se mantiene firme en su misión, no baja de la cruz y manifiesta de este modo el poder y la misericordia de Dios en medio de la burla y la arrogancia, porque no se salvó a sí mismo.
Es curiosa y significativa la doble actitud de los malhechores crucificados. Ambos piden ser salvados por Jesús, pero en ellos se advierten dos reacciones contrarias ante el mismo espectáculo y la misma persona; dos actitudes diversas fruto del misterio de la libertad humana: uno blasfema contra Dios y el otro cree; uno se retuerce en su propia rebelión interna, el otro confía. Ellos no solo son ellos, son también nosotros. ¿Cuál fue la reacción de Jesús ante ellos?
Silencio ante la provocación de uno; aceptación de la súplica del otro; misericordia para ambos. Jesús no responde al desafío airado del mal ladrón que exigía la liberación milagrosa de los condenados y reta a Jesús como última posibilidad para librarse del suplicio mortal. Pero es inútil. Jesús no responde ni a sus insultos ni a su provocación.
El Rey glorificado
Sí responde a la súplica sentida del buen ladrón. Y sorprende la contundencia de su respuesta: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». Es evidente la inminencia de su muerte. El «hoy» expresa la inmediatez y la gratuidad de la salvación. Hoy, en tu último instante, estarás conmigo. Eso es el paraíso: estar con Dios, estar en Dios. Jesús promete un paraíso a quien pasa por la cruz, a quien asume con fe y humildad la fragilidad de la vida y la verdad de la propia existencia. Por eso, la cruz, instrumento de tortura y lugar de sufrimiento, es puerta del paraíso y promesa de salvación. La respuesta de Jesús al buen ladrón es aliento de vida en el momento último de la muerte. Es vida prometida al pecador arrepentido. Esto es lo que había enseñado a sus discípulos durante su vida pública: no he venido a condenar, sino a salvar lo que estaba perdido.
El Cristo crucificado es también el Cristo glorificado. Son dos imágenes de una misma realidad. La realeza de Cristo se comprende solamente desde el madero de la cruz, convertido en el trono desde el que reconcilia y reúne a todos los seres de la tierra. Porque para reinar, hay que pasar por el misterio de la cruz.
Efectivamente, Cristo es Rey, el Crucificado Resucitado convertido en Señor del mundo y de la historia, el Kyriosexaltado a la derecha de Dios que vive y reina eternamente. A Él nuestra gloria, honor, alabanza y acción de gracias hoy y siempre. Amén.
Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (21,1-4)




Fuente: L’Osservatore Romano, 28 de noviembre de 2014:
En la viuda que entrega sus dos moneditas al tesoro del templo podemos ver la «imagen de la Iglesia» que debe ser pobre, humilde y fiel. Parte del Evangelio del día, tomado del capítulo 21 de san Lucas (1-4), la reflexión del Papa Francisco durante la misa. 

En la homilía hizo referencia al pasaje donde Jesús, «tras largas discusiones» con los saduceos y los discípulos en relación a los escribas y a los fariseos que «se complacían en ocupar los primeros puestos, los primeros asientos en las sinagogas, en los banquetes, en ser saludados», alzando los ojos «vio a una viuda». El «contraste» es inmediato y «fuerte» respecto a los «ricos que echaban sus donativos en el tesoro del templo». Precisamente la viuda es «la persona más fuerte aquí, en este pasaje».

De la viuda, explicó el Pontífice, «se dice dos veces que era pobre: dos veces. Y pasaba necesidad». Es como si el Señor hubiese querido destacar a los doctores de la ley: «Tenéis muchas riquezas de vanidad, de apariencia o incluso de soberbia. Esta es pobre...». Pero «en la Biblia el huérfano y la viuda son las figuras de los más marginados» así como también los leprosos, y «por ello hay muchos mandamientos para ayudar, para ocuparse de las viudas, de los huérfanos». 

Y Jesús «mira a esta mujer sola, vestida con sencillez» y «que echa todo lo que tenía para vivir: dos moneditas». El pensamiento vuela también a otra viuda, la de Sarepta, «que había recibido al profeta Elías y había dado todo lo que tenía antes de morir: un poco de harina y aceite...».

El Pontífice volvió a componer la escena narrada por el Evangelio: «Una mujer pobre en medio de los poderosos, en medio de los doctores, de los sacerdotes, de los escribas... también en medio de los ricos que echaban sus donativos, e incluso algunos para hacerse ver». A ellos les dijo Jesús: «Este es el camino, este es el ejemplo. Esta es la senda por la que vosotros tenéis que ir». Surge fuerte el «gesto de esta mujer que le pertenecía totalmente a Dios, como la viuda Ana que recibió a Jesús en el Templo: toda para Dios. Su esperanza estaba sólo en el Señor». 

«El Señor puso de relieve la persona de la viuda», dijo el Papa Francisco, y continuó: «Me gusta ver aquí, en esta mujer, una imagen de la Iglesia». Sobre todo la «Iglesia pobre, porque la Iglesia no debe tener otras riquezas más que su Esposo»; luego la «Iglesia humilde, como lo eran las viudas de ese tiempo, porque en esa época no existía la pensión, no existían las ayudas sociales, nada». En cierto sentido la Iglesia «es un poco viuda, porque espera a su Esposo que volverá». Cierto, «tiene a su Esposo en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en los pobres: pero espera que regrese».

¿Qué es lo que impulsa al Papa a «ver en esta mujer la figura de la Iglesia»? El hecho de que «no era importante: el nombre de esta viuda no aparecía en los periódicos, nadie la conocía, no tenía títulos... nada. Nada. No brillaba con luces propias». Y la «gran virtud de la Iglesia» debe ser precisamente la «de no brillar con luz propia», sino reflejar «la luz que viene de su Esposo». 

Tanto más que «a lo largo de los siglos, cuando la Iglesia quiso tener luz propia, se equivocó». Lo decían incluso «los primeros Padres», la Iglesia es «un misterio como el de la luna. La llamaban mysterium lunae: la luna no tiene luz propia; la recibe siempre del sol».

Cierto, especificó el Papa, «es verdad que algunas veces el Señor puede pedir a su Iglesia que tenga, que procure un poco de luz propia», como cuando pidió «a la viuda Judit que se quitara las vestiduras de viuda y se pusiera vestidos de fiesta para cumplir una misión». Pero, dijo, «permanece siempre la actitud de la Iglesia hacia su Esposo, hacia el Señor». La Iglesia «recibe la luz de allá, del Señor» y «todos los servicios que realizamos» le sirven a ella para «recibir esa luz». 

Cuando a un servicio le falta esta luz «no esá bien», porque «hace que la Iglesia se haga rica, o poderosa, o que busque el poder, o que se equivoque de camino, como sucedió muchas veces en la historia, y como sucede en nuestra vida cuando queremos tener otra luz, que no es precisamente la del Señor: una luz propia».

El Evangelio, destacó el Papa, presenta la imagen de la viuda precisamente en el momento en el que «Jesús comienza a sentir las resistencias de la clase dirigente de su pueblo: los saduceos, los fariseos, los escribas, los doctores de la ley». Y es como si Él dijera: «Sucede todo esto, pero mirad allí», hacia esa viuda. La confrontación es fundamental para reconocer la verdadera realidad de la Iglesia que «cuando es fiel a la esperanza y a su Esposo, se alegra de recibir la luz que viene de Él, de ser —en este sentido— viuda: esperando ese sol que vendrá». 

Por lo demás, «no por casualidad la primera confrontación fuerte que Jesús tuvo en Nazaret, después de la que tuvo con Satanás, fue por nombrar a una viuda y por nombrar a un leproso: dos marginados». Había «muchas viudas en Israel, en ese tiempo, pero sólo Elías fue invitado por la viuda de Sarepta. Y ellos se enfadaron y querían matarlo». 

Cuando la Iglesia, concluyó el Papa Francisco, es «humilde» y «pobre», y también cuando «confiesa sus miserias —que, además, todos las tenemos— la Iglesia es fiel». Es como si ella dijera: «Yo soy oscura, pero la luz me viene de allí». Y esto, añadió el Pontífice, «nos hace mucho bien». 

Entonces «recemos a esta viuda que está en el cielo, seguro», a fin de que «nos enseñe a ser Iglesia de ese modo», renunciando a «todo lo que tenemos» y a no tener «nada para nosotros» sino «todo para el Señor y para el prójimo». Siempre «humildes» y «sin gloriarnos de tener luz propia», sino «buscando siempre la luce que viene del Señor».

EL EJEMPLO DE LA VIUDA POBRE




Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,1-4):

EN aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo:

«En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Palabra del Señor

Nunca cerrar la puerta de la reconciliación y del perdón, invita el Papa concluyendo el Jubileo de la Misericordia

La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el año litúrgico y este Año santo de la misericordia. El Evangelio presenta la realeza de Jesús al culmen de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. «El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se presenta sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, sino sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas.
Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo.
Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.
Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar. En esto nos ayudan los personajes que el Evangelio de hoy presenta. Además de Jesús, aparecen tres figuras: el pueblo que mira, el grupo que se encuentra cerca de la cruz y un malhechor crucificado junto a Jesús.
En primer lugar, el pueblo: el Evangelio dice que «estaba mirando» (Lc 23,35): ninguno dice una palabra, ninguno se acerca. El pueblo esta lejos, observando qué sucede. Es el mismo pueblo que por sus propias necesidades se agolpaba entorno a Jesús, y ahora mantiene su distancia. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación de tomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».
Hay un segundo grupo, que incluye diversos personajes: los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor. Todos ellos se burlaban de Jesús. Le dirigen la misma provocación: «Sálvate a ti mismo» (cf. Lc 23,35.37.39). Es una tentación peor que la del pueblo. Aquí tientan a Jesús, como lo hizo el diablo al comienzo del Evangelio (cf. Lc 4,1-13), para que renuncie a reinar a la manera de Dios, pero que lo haga según la lógica del mundo: baje de la cruz y derrote a los enemigos. Si es Dios, que demuestre poder y superioridad. Esta tentación es un ataque directo al amor: «Sálvate a ti mismo» (vv. 37. 39); no a los otros, sino a ti mismo. Prevalga el yo con su fuerza, con su gloria, con su éxito. Es la tentación más terrible, la primera y la última del Evangelio. Pero ante este ataque al propio modo de ser, Jesús no habla, no reacciona. No se defiende, no trata de convencer, no hace una apología de su realeza. Más bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba según la voluntad del Padre, consciente de que el amor dará su fruto.
Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.
En el Evangelio aparece otro personaje, más cercano a Jesús, el malhechor que le ruega diciendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Esta persona, mirando simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús. Pidió ser recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo.
Pidamos también nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás. Porque, aunque se cierra la Puerta santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolación y la esperanza.
Muchos peregrinos han cruzado la Puerta santa y lejos del ruido de las noticias has gustado la gran bondad del Señor. Damos gracias por esto y recordamos que hemos sido investidos de misericordia para revestirnos de sentimientos de misericordia, para ser también instrumentos de misericordia. Continuemos nuestro camino juntos. Nos acompaña la Virgen María, también ella estaba junto a la cruz, allí ella nos ha dado a luz como tierna Madre de la Iglesia que desea acoger a todos bajo su manto. Ella, junto a la cruz, vio al buen ladrón recibir el perdón y acogió al discípulo de Jesús como hijo suyo. Es la Madre de misericordia, a la que encomendamos: todas nuestras situaciones, todas nuestras súplicas, dirigidas a sus ojos misericordiosos, que no quedarán sin respuesta.
(from Vatican Radio)

domingo, 20 de noviembre de 2016

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

Todo se ha cumplido, todo ha llegado a su plenitud, se ha realizado el proyecto de Dios. Su Hijo, Jesucristo, ha llevado a término la voluntad de su Padre y le ha devuelto la creación redimida, y a los seres humanos convertidos en su propia carne, al haberse encarnado Él mismo. Por este motivo, cabe aplicar la expresión bíblica: “Hueso tuyo y carne tuya somos”. Hemos sido hechos hijos de Dios, pertenecemos al Señor, somos de su bandera, su triunfo es el nuestro, nos gloriamos de tener por Rey y Señor a Jesucristo.
Las profecías que se aplicaban al rey David se ven realizadas en Jesús: “El Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel."”. Y Jesús va a decir de Sí mismo: “Yo soy el Buen Pastor”. Pastor y Rey; Profeta y Señor; Maestro y Mesías. “Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos”.
Con san Pablo entonamos el himno de alabanza: “Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido”.
Y resuena la acogida que oyó Jesús al entrar en Jerusalén: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David”. Acogida y cántico de los peregrinos, cuando se acercan a la ciudad santa: “Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor”.
Es día de rendir homenaje a Jesucristo, no con un sentimiento de triunfalismo populista, porque se enardecen nuestros labios y corazón por entusiasmo de masas o circunstancial. Sabemos que esta reacción puede cambiar de signo, pues los mismos que gritaron “Bendito el que viene en nombre del Señor”, también estaban vociferando. “¡Crucifícalo, crucifícalo!”

Tenemos un Rey que se nos presenta en la Cruz para ofrecernos el camino de bendición y de bienaventuranza. La pertenencia al reino de Jesucristo nos la ofrece Él mismo, y el gozo de permanecer en Él nos lo da el compartir su entrega. Sabemos que al final de los tiempos los que han padecido con Él y por Él recibirán el título de herederos de su reino.
Hoy se nos invita a profetizar la alegría por sabernos destinados al reino de los cielos, al reino de Jesucristo, a la felicidad que anhelamos, viviendo el Evangelio.
Ángel Moreno de Buenafuente

Cargar con la cruz

El relato de la crucifixión, proclamado en la fiesta de Cristo Rey, nos recuerda a los seguidores de Jesús que su reino no es un reino de gloria y de poder, sino de servicio, amor y entrega total para rescatar al ser humano del mal, el pecado y la muerte.
Habituados a proclamar la «victoria de la Cruz», corremos el riesgo de olvidar que el Crucificado nada tiene que ver con un falso triunfalismo que vacía de contenido el gesto más sublime de servicio humilde de Dios hacia sus criaturas. La Cruz no es una especie de trofeo que mostramos a otros con orgullo, sino el símbolo del amor crucificado de Dios que nos invita a seguir su ejemplo.
Cantamos, adoramos y besamos la Cruz de Cristo porque en lo más hondo de nuestro ser sentimos la necesidad de dar gracias a Dios por su amor insondable, pero sin olvidar que lo primero que nos pide Jesús de manera insistente no es besar la Cruz sino cargar con ella. Y esto consiste sencillamente en seguir sus pasos de manera responsable y comprometida, sabiendo que ese camino nos llevará tarde o temprano a compartir su destino doloroso.
No nos está permitido acercarnos al misterio de la Cruz de manera pasiva, sin intención alguna de cargar con ella. Por eso, hemos de cuidar mucho ciertas celebraciones que pueden crear en torno a la Cruz una atmósfera atractiva pero peligrosa, si nos distraen del seguimiento fiel al Crucificado haciéndonos vivir la ilusión de un cristianismo sin Cruz. Es precisamente al besar la Cruz cuando hemos de escuchar la llamada de Jesús: «Si alguno viene detrás de mí... que cargue con su cruz y me siga».
Para los seguidores de Jesús, reivindicar la Cruz es acercarse servicialmente a los crucificados; introducir justicia donde se abusa de los indefensos; reclamar compasión donde solo hay indiferencia ante los que sufren. Esto nos traerá conflictos, rechazo y sufrimiento. Será nuestra manera humilde de cargar con la Cruz de Cristo.
El teólogo católico Johann Baptist Metz viene insistiendo en el peligro de que la imagen del Crucificado nos esté ocultando el rostro de quienes viven hoy crucificados. En el cristianismo de los países del bienestar está ocurriendo, según él, un fenómeno muy grave: «La Cruz ya no intranquiliza a nadie, no tiene ningún aguijón; ha perdido la tensión del seguimiento a Jesús, no llama a ninguna responsabilidad, sino que descarga de ella».
¿No hemos de revisar todos cuál es nuestra verdadera actitud ante el Crucificado?¿No hemos de acercarnos a él de manera más responsable y comprometida?
José Antonio Pagola

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (23,35-43)





“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Las palabras que Jesús pronuncia durante su Pasión encuentran su culminación en el perdón. Jesús perdona: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). 

No sólo son palabras, porque se convierten en un acto concreto en el perdón ofrecido al «buen ladrón», que estaba junto a Él. San Lucas escribe sobre dos delincuentes crucificados con Jesús, los cuales se dirigen a Él con actitudes opuestas. 

El primero le insulta, como le insultaba toda la gente, ahí, como hacen los jefes del pueblo, pero este pobre hombre, llevado por la desesperación dice: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti mismo y a nosotros!» (Lc 23, 39). 

Este grito atestigua la angustia del hombre ante el misterio de la muerte y la trágica conciencia de que sólo Dios puede ser la respuesta liberadora: por eso es impensable que el Mesías, el enviado de Dios, pueda estar en la cruz sin hacer nada para salvarse. Y no entendían esto. No entendían el misterio del sacrificio de Jesús. Y en cambio, Jesús nos ha salvado permaneciendo en la cruz. 

Todos nosotros sabemos que no es fácil «permanecer en la cruz», en nuestras pequeñas cruces de cada día. Él en esta gran cruz, con este gran sufrimiento, ha permanecido así y nos ha salvado; nos ha mostrado su omnipotencia y ahí nos ha perdonado. Ahí se cumple su donación de amor y surge para siempre nuestra salvación. 

Muriendo en la cruz, inocente entre dos criminales, Él testimonia que la salvación de Dios puede llegar a cualquier hombre en cualquier condición, incluso en la más negativa y dolorosa. La salvación de Dios es para todos, nadie excluido. Es un regalo para todos. 

(...) La Iglesia no es solamente para los buenos o para aquellos que parecen buenos o se creen buenos; la Iglesia es para todos, y además preferiblemente para los malos, porque la Iglesia es misericordia. (...) ¡Nada nos puede separar del amor de Cristo! (cf. Rm 8, 39). 

A quien está postrado en una cama de hospital, a quien vive encerrado en una prisión, a los que están atrapados por las guerras, yo digo: mirad el Crucifijo; Dios está con vosotros, permanece con vosotros en la cruz y a todos se ofrece como Salvador, a todos nosotros. A vosotros que sufrís tanto digo, Jesús ha sido crucificado por vosotros, por nosotros, por todos. Dejad que la fuerza del Evangelio entre en vuestros corazones y os consuele, os dé esperanza y la íntima certeza de que nadie está excluido de su perdón. 

Pero vosotros podéis preguntarme: «Pero Padre dígame ¿El que ha hecho las cosas más malas durante la vida, tiene la posibilidad de ser perdonado?» — «¡Sí! Sí: ninguno está excluido del perdón de Dios. Solamente tiene que acercarse arrepentido a Jesús y con ganas de ser abrazado por Él».

Este era el primer delincuente. El otro es el llamado «buen ladrón». Sus palabras son un maravilloso modelo de arrepentimiento, una catequesis concentrada para aprender a pedir perdón a Jesús. Primero, él se dirige a su compañero: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?» (Lc 23, 40). Así pone de relieve el punto de partida del arrepentimiento: el temor a Dios. Pero no el miedo a Dios, no: el temor filial de Dios. No es el miedo, sino ese respeto que se debe a Dios porque Él es Dios. Es un respeto filial porque Él es Padre. 


El buen ladrón recuerda la actitud fundamental que abre a la confianza en Dios: la conciencia de su omnipotencia y de su infinita bondad. Este es el respeto confiado que ayuda a dejar espacio a Dios y a encomendarse a su misericordia, incluso en la oscuridad más densa.

Después, declara la inocencia de Jesús y confiesa abiertamente su propia culpa: «Y nosostros con razón porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho» (Lc 23, 41). Jesús está ahí en la cruz para estar con los culpables: a través de esta cercanía, Él les ofrece la salvación. Lo cual es un escándalo para los jefes y para el primer ladrón, para los que estaban ahí y se burlaban de Jesús. 

Sin embargo esto es el fundamento de su fe. Y así el buen ladrón se convierte en testigo de la Gracia; ha ocurrido lo impensable: Dios me ha amado hasta tal punto que ha muerto en la cruz por mí. La fe misma de este hombre es fruto de la gracia de Cristo: sus ojos contemplan en el Crucificado el amor de Dios por él, pobre pecador. Es verdad, era ladrón, era un ladrón, había robado toda su vida. Pero al final, arrepentido de lo que había hecho, mirando a Jesús tan bueno y misericordioso logró robarse el cielo: ¡éste es un buen ladrón! 

El buen ladrón se dirige directamente a Jesús, pidiendo su ayuda: «Jesús acuérdate de mí cuando vengas con tu reino» (Lc 23,42). Le llama por nombre, «Jesús», con confianza, y así confiesa lo que este nombre indica: «el Señor salva», esto significa el nombre de «Jesús». Ese hombre pide a Jesús que se acuerde de él. 

¡Cuánta ternura en esta expresión, cuánta humanidad! Es la necesidad del ser humano de no ser abandonado, de que Dios le esté siempre cerca. De este manera un condenado a muerte se convierte en modelo del cristiano que confía en Jesús. 

Un condenado a muerte es un modelo para nosotros, un modelo para un hombre, para un cristiano que confía en Jesús; y también un modelo de la Iglesia que en la liturgia tantas veces invoca al Señor diciendo: «Acuérdate… Acuérdate… Acuérdate de tu amor…».

Mientras el buen ladrón habla del futuro: «cuando vengas con tu reino», la respuesta de Jesús no se hace esperar; habla en presente: dice «hoy estarás conmigo en el Paraíso» (v. 43). En la hora de la cruz, la salvación de Cristo llega a su culmen; y su promesa al buen ladrón revela el cumplimiento de su misión: es decir, salvar a los pecadores. 

Al inicio de su ministerio, en la sinagoga de Nazaret, Jesús había proclamado: «la liberación a los cautivos» (Lc 4, 18); en Jericó, en la casa del público pecador Zaqueo, había declarado que «el hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 9). En la cruz, el último acto confirma la realización de este diseño salvífico. 

Desde el principio hasta el final Él se ha revelado Misericordia, se ha revelado encarnación definitiva e irrepetible del amor del Padre. Jesús es verdaderamente el rostro de la misericordia del Padre. Y el buen ladrón le ha llamado por su nombre: «Jesús». Es una invocación breve, y todos nosotros podemos hacerla durante el día muchas veces: «Jesús». «Jesús», simplemente. Hacedla durante todo el día.
(Papa Francisco, catequesis del 28 de septiembre de 2016)

JESÚS, ACUÉRDATE DE MÍ EN TU REINO


Lectura del santo evangelio según san Lucas (23,35-43):

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido».

Se burlaban de Él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

Había también por encima de Él un letrero: «Este es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo».

Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Palabra del Señor