martes, 11 de octubre de 2016

«Ser cardenal supone estar dispuesto a dar la vida por Pedro»



El cardenal electo Carlos Osoro ha aprovechado el rezo del ángelus en la catedral de la Almudena para agradecer las muestras de afecto recibidas por parte de la Curia y de los fieles de Madrid. Varias personas le han parado a su llegada al templo para felicitarle o pedirle bendiciones. El arzobispo de Madrid ha agradecido la cercanía y confianza del Papa Francisco «por el gesto que ha tenido hacia la archidiócesis a través de mi persona», y ha pedido oraciones «para que no os defraude y no le defraude al Papa».
Comentando el Evangelio del día, monseñor Osoro ha reivindicado el ideal de una «Iglesia en salida», porque «no solamente somos los cristianos; hay mucha gente que busca» y «se hace preguntas». Estas personas buscan «signos». Por tanto, «hagamos signos, signos de cercanía a todos los hombres», sin distinción. «Signos de que la Iglesia no está para mirarse a sí misma». «Vayamos allá donde hay un conflicto, donde hay división, donde hay dudas...», para que así «la gente perciba que Cristo ha resucitado».
La confianza del Papa le reafirma al arzobispo y aumenta sus «ganas de estar en la calle, con la gente...», había dicho poco antes el arzobispo durante un encuentro con la prensa. De hecho, la mayor parte de las preguntas fueron en la línea del modelo de Iglesia abierta e inclusiva que promueve monseñor Osoro, siguiendo el ejemplo del Papa. «Para llevar la alegría del Evangelio, hay que salir, estar con los hombres, como él lo está haciendo», dijo. El Papa proyecta una imagen de la Iglesia alejada del boato, y pegada a las preocupaciones de la gente. «Esa es la forma de evangelizar», añadió.
En cuanto a las críticas que ese estilo pastoral o el propio Papa reciben a veces, monseñor Osoro respondió que «Jesús quiere que hagamos sitio a los demás», pero algunos «no quieren moverse y hacer un sitio a otros en el sillón».
Además de teorías, el arzobispo fue, de algún modo, sometido a un examen práctico, con la irrupción de un activista que entró en el salón de actos de Alfa y Omega profiriendo gritos contra la Iglesia. Informado previamente acerca de la presencia de esta persona, monseñor Osoro había pedido que no se le expulsase, porque «no está bien echar a nadie», ni siquiera «al que me insulta». Además, añadió, «nos viene bien» escuchar a todos.

San Juan XXIII – 11 de octubre


Hoy se celebra la festividad de Nuestra Señora de Begoña, y entre otros santos y beatos, la vida de este pontífice.
Ángelo Giuseppe, internacionalmente conocido por su afabilidad como el «papa bueno», nació el 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, Bérgamo, Italia. Era el cuarto de trece hermanos de una humilde familia de piadosos campesinos. Creció arropado por las hondas convicciones religiosas del clan Roncalli. Su tío y padrino Zaverio influyó notablemente en su formación espiritual. Ingresó en el seminario de Bérgamo en 1892.
En 1895 comenzó a redactar su extraordinario Diario del alma mientras realizaba ejercicios espirituales. No solo consignó en él buenos propósitos sino que, al ser fiel a ellos, arrebató para su vida un cúmulo de bendiciones. Incluyó pautas cotidianas de oración, reflexión, examen de conciencia, lectura de libros devotos, rezo a María, de la que fue devoto, etc. Un programa minucioso que iba ampliando atendiendo al mes, al año, y en todo tiempo, caracterizado por la concisión en cuanto a las prácticas de las virtudes en las que juzgó debía progresar. Se encomendaba a sus santos preferidos, que eran junto a Bernardino, Luís Gonzaga, Estanislao de Kostka y Juan Berchmans, todos adalides de la pureza a la que aspiraba. Entonces advirtió que le conduciría al altar la «vida oculta, oración y trabajo. Orar y trabajar, trabajar orando».
El Diario muestra su extraordinaria sensibilidad plasmada en su amor a Cristo, a la Iglesia, a su familia y al género humano: «cualquier forma de desconfianza o de trato descortés con alguien –sobre todo, si se trata de débiles, pobres o inferiores–, cualquier dureza o irreflexión de juicio me procuran pena e íntimo sufrimiento». Revela la conciencia de su propia indigencia –«el Miserere por mis pecados debería ser mi plegaria más familiar»–, la humildad y generosidad de un alma nobilísima, dispuesta a conquistar la santidad: «el pensamiento de que estoy obligado, como mi tarea principal y única, a hacerme santo cueste lo que cueste, debe ser mi preocupación constante; pero preocupación serena y tranquila, no agobiante y tirana». En suma, el Diario revela la trayectoria vital y espiritual de este gran hombre de Dios. Es uno de esos textos que, por su enseñanza, merecen estar en la cabecera de cualquier persona.
Becado en 1901 por la diócesis de Bérgamo, prosiguió su formación en el Pontificio seminario romano. Mientras aguardaba el momento de su ordenación que se produjo en 1904, cumplió el servicio militar. En 1905 fue designado secretario del obispo de Bérgamo, Giacomo María Radini Tedeschi, misión que simultaneó como profesor en el seminario de diversas disciplinas y otras acciones pastorales y apostólicas. Comenzaba a ser reconocido como excelente predicador y reclamado por diversas instituciones católicas. Monseñor Radini murió en 1914, y al año siguiente el futuro pontífice tuvo que partir al frente actuando como sargento sanitario y capellán de los combatientes heridos en la batalla.
Culminada la Primera Guerra Mundial, creó la «Casa del estudiante» y desempeñó una gran labor entre los alumnos. Fue director espiritual del seminario en 1919, y a partir de entonces su carrera diplomática fue imparable. Presidió el consejo central de las Obras pontificias para la Propagación de la Fe, fue visitador apostólico y obispo de Bulgaria con sede en Areópoli, delegado apostólico en Turquía y Grecia, nuncio apostólico en París, y finalmente, cardenal y patriarca de Venecia en 1953. En estas relevantes misiones fueron evidentes su sencillez y apertura, así como su carácter respetuoso y dialogante. Era un observador excepcional y supo actuar con prudencia y tacto en todos los momentos delicados que se le presentaron. Ya entonces acogió a miembros de otras religiones. A su paso fue dejando copiosos frutos, apaciguando los ánimos entre el clero y el estamento diplomático. En la Segunda Guerra Mundial ayudó a muchos judíos proporcionándoles el «visado de tránsito». Siempre tuvo presente el fiat evangélico: «Basta la preocupación por el presente; no es necesario tener fantasía y ansiedad por la construcción del futuro».
Cuando en 1958, contando ya 77 años, fue elegido pontífice, nadie pudo imaginar –y menos él mismo– que su pontificado iba a suponer un hito de insondables proporciones en la Iglesia. «No puedo mirar demasiado lejos en el tiempo», decía. Sin embargo, en cinco años escasos fue artífice de una renovación sin precedentes. «Obediencia y paz», el lema que escogió cuando fue nombrado obispo de Bulgaria, seguía animando su vida que le urgía al amor. No se olvidó de los enfermos, especialmente de los niños, ni de los presos a los que confortó visitándoles, portando con su testimonio el evangelio de la mansedumbre, de la alegría evangélica y de la generosidad. Fue un intrépido apóstol, creativo, innovador… Con ese gesto de paz que le acompañó abría sus brazos a todos. Pero fue también un papa firme. No dudó en cercenar de raíz formas de vida de la curia que juzgó impropias de su condición, logró que se respetasen los derechos laborales de los empleados del Vaticano, designó cardenales a miembros de países lejanos del Oriente y de América, algo novedoso en la Iglesia, etc.
A los tres meses de pontificado convocó el Concilio Vaticano II, y poco después mantuvo un encuentro con el arzobispo de Canterbury. El Concilio se inició el 11 de octubre de 1962 y con él franqueó la puerta al ecumenismo. «Lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la bondad», dijo antes de morir. Había querido renovar la Iglesia con el fin de que pudiese afrontar su misión evangelizadora en la etapa moderna en la que estaba inserta con este luminoso criterio: fijarse «en lo que nos une y no en lo que nos separa». Escribió ocho encíclicas, entre otras, la Pacem in terris y Mater et Magistra. En mayo de 1963 se conoció el funesto diagnóstico: cáncer de estómago. Murió el 3 de junio de ese año en medio de la consternación del mundo que le amaba profundamente. Juan Pablo II lo beatificó el 3 de septiembre de 2000 indicando que su fiesta se celebraase el 11 de octubre. Francisco lo canonizó el 27 de abril de 2014.
ZENIT

lunes, 10 de octubre de 2016

Carlos Osoro: "Estoy muy feliz, y con más fuerzas para dar mi vida por la Iglesia y por el Papa"


El anuncio de su nombramento como cardenal de la Iglesia católica cogió a Carlos Osoro en el aeropuerto de Santander, regresando de una celebración familiar. "Había recibido un correo electrónico, pero antes de leerlo me llamó Don Gabino Díaz Merchán para felicitarme... y se me derramó todo el café en la camisa y los pantalones".
El nuevo cardenal español -el cuarto elector, junto a Blázquez, Cañizares y Sistach-, en conversación con RD, se muestra "profundamente feliz por la confianza que el Papa Francisco ha depositado en mí", a la vez que "sorprendido", porque "no me lo esperaba".
"Ahora mismo regreso a Madrid, porque quiero compartir este honor con mi comunidad diocesana", subrayó Osoro, quien apuntó que "me siento honrado, y con más fuerzas para dar todo lo que la Iglesia y el Papa quieran de mí, incluso hasta dar la vida". La birreta cardenalicia, de hecho, significa la total dedicación de un purpurado.
"Estoy muy feliz, no te lo puedo negar", revela, exultante, a esta web, y no deja de enviar un saludo "a los lectores de Religión Digital" para que "recen por este humilde servidor de la Iglesia".
En las últimas semanas, se había adelantado la posibilidad de que el Papa Francisco nombrara cardenales como culmen del Año de la Misericordia, algo que ya anunció en exclusiva RD y que se confirma, con el anuncio de Consistorio el próximo 19 de noviembre, al término del Jubileo.
Si lugar a dudas, Carlos Osoro es el hombre del Papa Francisco en España. "El peregrino", como el mismo Bergoglio lo denominó, es uno de los elegidos por el Santo Padre para construir la "cultura del encuentro" frente a la "cultura de la indiferencia". Nombrado arzobispo de Madrid hace ahora dos años, el nuevo cardenal tendrá, a buen seguro, la responsabilidad de liderar el cambio en la Iglesia española, y en la Conferencia Episcopal, donde desde hace dos años y medio ejerce como vicepresidente.
Pocos dudan que, tras el nombramiento de Osoro, su candidatura a la presidencia de la Conferencia Episcopal está cantada, así como la opción de formar tándem con el otro hombre de Francisco en la Iglesia española, el arzobispo de Barcelona, Juan José Omella. La sintonía entre ambos es clara, así como la conexión de un estilo cercano y amable frente a los ruidos y la imagen de Iglesia oscura y condenatoria de anteriores mandatos al frente de la CEE.
Si Tarancón fue el hombre de Pablo VI en la España franquista, Osoro es el hombre de Francisco para promover su primavera aquí y ahora. La tarea es dura y difícl, y muchos los enemigos, pero Osoro lo tiene claro, porque es posible. Tal y como resaltó en su primera carta a los madrileños: "Hagamos nuestros los sueños de Dios".
Para Osoro, "este nombramiento es una oportunidad para poder seguir trabajando por la causa del Evangelio y de Nuestro Señor Jesucristo. No merece la pena haber prestado mi vida para que el Señor se hciera presente a través de mí, si no es precisamente para que llegue a todos la alegría del Evangelio".

BENDITO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR POR SIEMPRE



Del Salmo 112:

Bendito sea el Nombre del Señor por siempre

Alabad, siervos del Señor,
alabad el Nombre del Señor.
Bendito sea el Nombre del Señor,
ahora y por siempre. 



Bendito sea el Nombre del Señor por siempre

De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el Nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. 



Bendito sea el Nombre del Señor por siempre

¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono y se abaja
para mirar al cielo y a la tierra?
Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre. 


Bendito sea el Nombre del Señor por siempre

El Papa pide tras el huracán de Haití solidaridad y oración



El santo padre Francisco quiso recordar este domingo antes de rezar la oración del ángelus a las numerosas víctimas que ha causado el huracánMatthews que acaba de devastar Haití y vastas zonas del Caribe y América del Norte, dejando más de mil muertos.
“He sabido con dolor de las graves consecuencias causadas por el huracán que en los días pasados ha golpeado al Caribe, en particular Haití, dejando numerosas víctimas y desplazados, además de ingentes daños materiales” dijo el Papa.
“Les aseguró –aseguró el Santo Padre– mi cercanía a las poblaciones y expreso confianza en el sentimiento de solidaridad de la comunidad internacional, de las instituciones católicas y de las personas de buena voluntad”. Y concluyó invitando a unirse a su oración “por estos hermanos y hermanos tan duramente probados”.
El Papa recordó también que ayer la ciudad española de Oviedo, “fueron proclamados beatos los sacerdotes Juan Fueyo Castañón y tres compañeros laicos. Alabemos al señor por estos héroes testimonios de la fe, que se sumaron a las filas de mártires que ofrecieron su vida en el nombre de Cristo”.
El Santo Padre concluyó sus saludos dirigiendo sus saludos “a todos ustedes, queridos peregrinos que han participado a este Jubileo Mariano. ¡Gracias por vuestra presencia! E invitó a los presentes a repetir las palabras de San Juan Pablo II pronunció el 8 de octubre de 2000 en el acto de afiliación jubilar a María: “Ho madre… queremos confiarte el futuro que nos espera. La humanidad… puede hacer de este mundo un jardín, o reducirlo a un cúmulo de escombros”. Y Francisco añadió: “En esta encrucijada, la Virgen nos ayude a elegir la vida, recibiendo y practicando el Evangelio de Cristo Salvador”.
ZENIT

HISTORIA DE JONÁS Y COMENTARIO AL EVANGELIO DE HOY POR SAN PEDRO CRISÓLOGO:



Queridos amigos, para comprender mejor el Evangelio de hoy, recordamos brevemente la historia de Jonás que podemos leer en la Biblia: 

El Señor ordenó a Jonás que fuera a predicar a Nínive anunciando la destrucción de la ciudad a causa de la maldad de sus habitantes. Pero Jonás, en lugar de hacer lo que el Señor le había mandado, quiso escapar de su presencia y se embarcó en una nave. 

Entonces el Señor desencadenó una tempestad tan grande que el barco estaba a punto de naufragar. Jonás, comprendiendo que era el Señor quien enviaba la tempestad por su culpa, pidió a los marineros que lo arrojasen al mar; así lo hicieron y el mar se calmó.

El Señor hizo que un gran pez se tragara a Jonás, y éste permaneció en el vientre el pez tres días y tres noches, orando. Transcurrido ese tiempo, el pez arrojó a Jonás en tierra. Entonces el profeta partió hacia Nínive. Por su predicación, los ninivitas creyeron en Dios e hicieron penitencia, conviertiéndose de su mala conducta. Así, el Señor perdonó a los ninivitas y no destruyó la ciudad.

Comentario al Evangelio de San Pedro Crisólogo (Del sermón 37):

“Toda la historia de Jonás es como una prefiguración perfecta del Salvador… Jonás descendió a Joppe para subirse a un barco con destino a Tarsis; el Señor descendió del cielo a la tierra, la divinidad hacia la humanidad, el sumo poder descendió hasta nuestra miseria, para embarcarse en el buque de su Iglesia…

Jonás mismo es quien toma la iniciativa de tirarse al mar: “Tómame, dice, échame al mar”; anuncia así la Pasión voluntaria del Señor. Cuando la salvación de una multitud depende de la muerte de uno sólo, esta muerte está en las manos de este hombre que puede libremente retrasarla, o al contrario adelantarla para evitar el peligro. Todo el misterio del Señor está prefigurado aquí. Para Él la muerte no es una necesidad; depende de su libre elección. Escúchalo: “Tengo el poder de entregar mi vida, y tengo el poder de retenerla: no me la quitan” (Jn 10,18)…

He aquí, que sale de las profundidades del mar un monstruo, un gran pez se acerca que tiene que cumplir y manifestar la resurrección del Señor, o mejor dicho, engendrar este misterio. He aquí un monstruo, imagen terrorífica del infierno, que con sus fauces abiertas se lanza sobre el profeta, saborea y asimila el poder de su creador, y devorándolo come su propia incapacidad de engullir ya nunca más a nadie. 

La estancia en sus entrañas prepara la estancia del visitante de arriba: así, lo que había sido causa de desdicha se transforma en embarcación inconcebible de una travesía necesaria, guardando a su pasajero. Y después de tres días lo devuelve a la luz, para darlo a los paganos… 

Este es el signo, el único signo, que Cristo consintió a dar a los escribas y en Fariseos (Mt 12,39), con el fin de darles a entender que la gloria que ellos mismos esperaban de Cristo iba a volverse también hacia los paganos: Los Ninivitas son el símbolo de las naciones que creyeron en Él… ¡Qué felicidad para nosotros, hermanos! Lo que ha sido anunciado y prometido simbólicamente, es en realidad y con toda verdad, lo que veneramos, lo que vemos y poseemos.

Por la maldad de sus enemigos, Cristo fue sumergido en las profundidades del caos del infierno; durante tres días ha recorrido todos sus rincones (1P 3,19) . Y cuando resucitó manifestó la crueldad de sus enemigos, la propia grandeza y su triunfo sobre la muerte.

Será, pues, justo que los habitantes de Nínive se levantaran el día del juicio para condenar a esta generación, porque ellos se convirtieron por la proclamación de un solo profeta naufragado, extranjero, desconocido, mientras que la gente de esta generación, después de tantas obras admirables y prodigios, con todo el esplendor de la resurrección, no llegó a acoger la fe ni se convirtió. Rechazaron creer en el signo mismo de la resurrección”.

EL SIGNO DE JONÁS




Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,29-32):

En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y Él se puso a decirles: 

«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación. 

Cuando sean juzgados los hombres de esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que los condenen; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón. 

Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.»

Palabra del Señor

domingo, 9 de octubre de 2016

Confesor GO: Una app para encontrar el sacerdote más cercano y purgar tus pecados


La aplicación, apoyada por la Parroquia de los Santos Inocentes de Madrid, conecta a usuarios y confesores en tiempo real
El mundo de las app ha llegado a la Iglesia. Un sacerdote español ha lanzado una aplicación móvil para encontrar confesores en cualquier momento y lugar. Ya sea en una parroquia, un parque o en plena calle, Confesor GOpermite purgar tus pecados en tiempo real.
Para aparecer en la aplicación, basada en la geolocalización, los sacerdotes interesados deben asociarse a esta plataforma, con el apoyo de la Parroquia de los Santos Inocentes de Madrid. «Cuando un sacerdote estime que existe causa justa para ponerse a confesar en espacios públicos abiertos, Confesor GO también estará informando de su ubicación exacta», explica un vídeo publicado en la página web de la app.
El funcionamiento de Confesor Go es secillo. La búsqueda se podrá realizar por cercanía o por provincias y al pulsar sobre cada ubicación aparecerán los datos del confesor: nombre, año de nacimiento, ordenación y dirección del lugar en el que está confesando. Si lo hace en un lugar público, se mostrará una fotografía para que el usuario pueda reconocerlo. Además, si se tiene activado el GPS del móvil, con solo tocar sobre alguno de los datos, se puede obtener la distancia entre usuario y confesor y la ruta más corta para llegar hasta el lugar seleccionado.
ABC

El Papa Francisco nombra cardenal a monseñor Osoro, arzobispo de Madrid


El Papa Francisco anunció hoy que nombrará cardenal al actual arzobispo de Madrid, Carlos Osoro Sierra, dentro de la lista de trece nuevos purpurados que adelantó a los fieles congregados durante el Ángelus dominical.
El consistorio para la creación de estos nuevos cardenales tendrá lugar el próximo 19 de noviembre, en la víspera de la clausura del Año Santo Extraordinario de la misericordia.
Los nuevos cardenales (13 electores más otros 4 que superan los 80 años) proceden de once países de todo el mundo, lo que en opinión del Pontífice da muestra de la universalidad de la Iglesia.
Destacan en la lista el nombre del nuncio en Siria, el italiano Mario Zenari, que ha anunciado que permanecerá allí; y el de Bangui (República Centroafricana), Dieudonné Nzapalainga, incansable trabajador por la paz y la reconciliación en su país.
Son mayoría los purpurados del sur, entre ellos el arzobispo de Tlalnepantla (México) y ex presidente del CELAM, Carlos Aguilar; el arzobispo de Mérida (Venezuela), monseñor Porras; y el de Brasilia, monseñor Da Rocha.
El único curial en la lista es monseñor Kevin Joseph Farrell, prefecto del recién creado dicasterio para Laicos, la Familia y la Vida. Procede de Estados Unidos de América), igual que otros dos neocardenales:  el arzobispo de Chicago, monseñor Cupich, y el de Indianápolis, Joseph William Tobin.
Además de monseñor Osoro, hay solo otro obispo residencial europeo en la lista: el arzobispo de Malinas-Bruselas, Jozef De Kesel.
Esa es el listado de los nuevos cardenales:
1- Mons. Mario Zenari, nuncio apostólico en Siria.
2- Mons. Dieudonné Nzapalainga, arzobispo de Bangui (República Centroafricana).
3- Mons. Carlos Osoro Sierra, arzobispo de Madrid (España).
4- Mons. Sérgio da Rocha, arzobispo de Brasilia (Brasil).
5- Mons. Blase J. Cupich, arzobispo de Chicago (Estados Unidos).
6- Mons. Patrick D’Rozario, arzobispo de Dhaka (Bangladés).
7- Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo, arzobispo de Mérida (Venezuela).
8- Mons. Jozef De Kesel, arzobispo de Malinas-Bruselas (Bélgica).
9- Mons. Maurice Piat, arzobispo de Port-Louis (Isla Mauricio).
10- Mons. Kevin Joseph Farrell, prefecto del Dicasterio para Laicos, la Familia y la Vida (Estados Unidos de América).
11- Mons. Carlos Aguiar Retes, arzobispo de Tlalnepantla (México)
12- Mons. John Ribat, arzobispo de Port Moresby (Papúa Nueva Guinea)
13- Mons. Joseph William Tobin, arzobispo de Indianápolis (Estados Unidos de América).
El Papa ha anunciado la creación de nuevos cardenales que no tendrán derecho a voto en un futuro cónclave  pero «representan a muchos obispos y sacerdotes que en toda la Iglesia edifican el pueblo de Dios, anunciando el amor misericordioso de Dios en el cuidado diario del rebaño del Señor y en la confesión de la fe». Son los siguientes:
1- Mons. Anthony Soter Fernandez, arzobispo emérito de Kuala Lumpur (Malasia).
2- Mons. Renato Corti, arzobispo de Novara (Italia).
3- Mons. Sebastián Koto Khoarai, obispo emérito de Mohale’s Hoek (Lesoto, África).
4- Reverendo Ernest Simoni, presbítero de la archidiócesis de Shkodër-Pult (Shkodër- Albania).
Agencias/Alfa y Omega
Fecha de Publicación: 09 de Octubre de 2016

EFECTO DE LA MISERICORDIA



Entre las obras de misericordia corporales, una de las más habituales que podemos practicar es la de visitar a los enfermos y hacer todo lo posible por que sientan afecto, compañía y amistad.
Las lecturas de este domingo se refieren principalmente a varias curaciones de enfermos de lepra, que en los tiempos bíblicos era una de las enfermedades más estigmatizadas, y que se relacionaba con la conducta moral de los que la padecían.
Naamán el sirio y los diez leprosos del Evangelio, entre los que se cita a un samaritano, son los beneficiarios de la misericordia divina. Sin embargo, unos agradecen el favor que reciben y otros, no. Y sorprendentemente, los más agradecidos, según los textos, son los extranjeros, el leproso sirio y el samaritano.
En el relato de ambas curaciones hay una referencia al movimiento corporal físico: Naamán baja de su carroza hasta el río, movimiento que significa obediencia, y el samaritano curado, se arroja a los pies del Señor, adorándolo y reconociéndolo, a lo que Jesús responde: “Levántate, tu fe te ha salvado”.
En una interpretación literal cabe, sin duda, admirarse del poder del Señor sobre aquellos leprosos, pero si aplicamos las lecturas a nuestra vida, la acción sanadora la podemos aplicar a nuestra conciencia, y al quedar perdonados, exultar de alegría y prorrumpir en alabanzas por las maravillas que hace el Señor. “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad”.
La gran maravilla que Dios ha hecho es la de resucitar a su propio Hijo, y la memoria de este acontecimiento, como señala el apóstol Pablo, es la razón de nuestra esperanza, y por tanto de nuestra alegría interior, y sanación de nuestras heridas, fruto de la fe.
La referencia a la carne sana, como la de un niño, evoca un nuevo nacimiento. La curación de Naamán, al bañarse siete veces, profetiza el bautismo. La fe en Cristo resucitado nos adelanta nuestro destino glorioso, y nuestra carne nueva. Levantarse significa también resucitar.
Desde estas resonancias, las lecturas de hoy no solo nos describen hechos lejanos y referidos a otros, sino que interpelan nuestra fe. Desde ella cabe vivir en clave pascual, pues vamos a participar en el triunfo de Jesucristo, superada nuestra mortalidad.
ÁNGEL MORENO DE BUENA FUENTE

Curación


El episodio es conocido. Jesús cura a diez leprosos enviándolos a los sacerdotes para que les autoricen a volver sanos a sus familias. El relato podía haber terminado aquí. Al evangelista, sin embargo, le interesa destacar la reacción de uno de ellos.
Una vez curados, los leprosos desaparecen de escena. Nada sabemos de ellos. Parece como si nada se hubiera producido en sus vidas. Sin embargo, uno de ellos «ve que está curado» y comprende que algo grande se le ha regalado: Dios está en el origen de aquella curación. Entusiasmado, vuelve «alabando a Dios a grandes gritos» y «dando gracias a Jesús».
Por lo general, los comentaristas interpretan su reacción en clave de agradecimiento: los nueve son unos desagradecidos; solo el que ha vuelto sabe agradecer. Ciertamente es lo que parece sugerir el relato. Sin embargo, Jesús no habla de agradecimiento. Dice que el samaritano ha vuelto «para dar gloria a Dios». Y dar gloria a Dios es mucho más que decir gracias.
Dentro de la pequeña historia de cada persona, probada por enfermedades, dolencias y aflicciones, la curación es una experiencia privilegiada para dar gloria a Dios como Salvador de nuestro ser. Así dice una célebre fórmula de san Ireneo de Lion: «Lo que a Dios le da gloria es un hombre lleno de vida». Ese cuerpo curado del leproso es un cuerpo que canta la gloria de Dios.
Creemos saberlo todo sobre el funcionamiento de nuestro organismo, pero la curación de una grave enfermedad no deja de sorprendernos. Siempre es un «misterio» experimentar en nosotros cómo se recupera la vida, cómo se reafirman nuestras fuerzas y cómo crece nuestra confianza y nuestra libertad.
Pocas experiencias podremos vivir tan radicales y básicas como la sanación, para experimentar la victoria frente al mal y el triunfo de la vida sobre la amenaza de la muerte. Por eso, al curarnos, se nos ofrece la posibilidad de acoger de forma renovada a Dios que viene a nosotros como fundamento de nuestro ser y fuente de vida nueva.
La medicina moderna permite hoy a muchas personas vivir el proceso de curación con más frecuencia que en tiempos pasados. Hemos de agradecer a quienes nos curan, pero la sanación puede ser, además, ocasión y estímulo para iniciar una nueva relación con Dios. Podemos pasar de la indiferencia a la fe, del rechazo a la acogida, de la duda a la confianza, del temor al amor.
Esta acogida sana de Dios nos puede curar de miedos, vacíos y heridas que nos hacen daño. Nos puede enraizar en la vida de manera más saludable y liberada. Nos puede sanar integralmente.

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (17,11-19):POR BENEDICTO XVI




“Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este domingo presenta a Jesús que cura a diez leprosos, de los cuales sólo uno, samaritano y por tanto extranjero, vuelve a darle las gracias. El Señor le dice: "Levántate, vete: tu fe te ha salvado". Esta página evangélica nos invita a una doble reflexión. 

Ante todo, nos permite pensar en dos grados de curación: uno, más superficial, concierne al cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que la Biblia llama el "corazón", y desde allí se irradia a toda la existencia. 

La curación completa y radical es la "salvación". Incluso el lenguaje común, distinguiendo entre "salud" y "salvación", nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena, definitiva. 

Además, aquí, como en otras circunstancias, Jesús pronuncia la expresión: "Tu fe te ha salvado". Es la fe la que salva al hombre, restableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se manifiesta en el agradecimiento. 

Quien sabe agradecer, como el samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios. Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: "gracias"! 

Jesús cura a los diez enfermos de lepra, enfermedad en aquel tiempo considerada una "impureza contagiosa" que exigía una purificación ritual. En verdad, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado; son el orgullo y el egoísmo los que engendran en el corazón humano indiferencia, odio y violencia. 

Esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad, nadie puede curarla sino Dios, que es Amor. Abriendo el corazón a Dios, la persona que se convierte es curada interiormente del mal. 

"Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15). Jesús inició su vida pública con esta invitación, que sigue resonando en la Iglesia 
(Del Ángelus de Benedicto XVI el 14 de octubre de 2007)

LEVÁNTATE, TU FE TE HA SALVADO




Evangelio según san Lucas (17,11-19):

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»

Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes.»

Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»

Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

Palabra del Señor

“María, memoria perenne de Cristo, riqueza de la misericordia”, el Papa en la Vigilia Mariana


Queridos hermanos y hermanas
En esta Vigilia hemos recorrido los momentos fundamentales de la vida de Jesús, en compañía de María. Con la mente y el corazón hemos ido a los días del cumplimiento de la misión de Cristo en el mundo. La Resurrección como signo del amor extremo del Padre que devuelve vida a todo y es anticipación de nuestra condición futura. La Ascensión como participación de la gloria del Padre, donde también nuestra humanidad encuentra un lugar privilegiado. Pentecostés, expresión de la misión de la Iglesia en la historia hasta el fin de los tiempos, bajo la guía del Espíritu Santo. Además, en los dos últimos misterios hemos contemplado a la Virgen María en la gloria del Cielo, ella que desde los primeros siglos ha sido invocada como Madre de la Misericordia.
Por muchos aspectos, la oración del Rosario es la síntesis de la historia de la misericordia de Dios que se transforma en historia de salvación para quienes se dejan plasmar por la gracia. Los misterios que contemplamos son gestos concretos en los que se desarrolla la actuación de Dios para con nosotros. Por medio de la plegaria y de la meditación de la vida de Jesucristo, volvemos a ver su rostro misericordioso que sale al encuentro de todos en las diversas necesidades de la vida. María nos acompaña en este camino, indicando al Hijo que irradia la misericordia misma del Padre. Ella es en verdad la Odigitria, la Madre que muestra el camino que estamos llamados a recorrer para ser verdaderos discípulos de Jesús. En cada misterio del Rosario la sentimos cercana a nosotros y la contemplamos como la primera discípula de su Hijo, la que cumple la voluntad del Padre (cf. Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21).
La oración del Rosario no nos aleja de las preocupaciones de la vida; por el contrario, nos pide encarnarnos en la historia de todos los días para saber reconocer en medio de nosotros los signos de la presencia de Cristo. Cada vez que contemplamos un momento, un misterio de la vida de Cristo, estamos invitados a comprender de qué modo Dios entra en nuestra vida, para luego acogerlo y seguirlo. Descubrimos así el camino que nos lleva a seguir a Cristo en el servicio a los hermanos. Cuando acogemos y asimilamos dentro de nosotros algunos acontecimientos destacados de la vida de Jesús, participamos de su obra de evangelización para que el Reino de Dios crezca y se difunda en el mundo. Somos discípulos, pero también somos misioneros y portadores de Cristo allí donde él nos pide estar presentes. Por tanto, no podemos encerrar el don de su presencia dentro de nosotros. Por el contrario, estamos llamados a hacer partícipes a todos de su amor, su ternura, su bondad y su misericordia. Es la alegría del compartir que no se detiene ante nada, porque conlleva un anuncio de liberación y de salvación.
María nos permite comprender lo que significa ser discípulo de Cristo. Ella fue elegida desde siempre para ser la Madre, aprendió a ser discípula. Su primer acto fue ponerse a la escucha de Dios. Obedeció al anuncio del Ángel y abrió su corazón para acoger el misterio de la maternidad divina. Siguió a Jesús, escuchando cada palabra que salía de su boca (cf. Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21); conservó todo en su corazón (cf. Lc 2,19) y se convirtió en memoria viva de los signos realizados por el Hijo de Dios para suscitar nuestra fe. Sin embargo, no basta sólo escuchar. Esto es sin duda el primer paso, pero después lo que se ha escuchado es necesario traducirlo en acciones concretas. El discípulo, en efecto, entrega su vida al servicio del Evangelio.
De este modo, la Virgen María acudió inmediatamente a donde estaba Isabel para ayudarla en su embarazo (cf. Lc 1,39-56); en Belén dio a luz al Hijo de Dios (cf. Lc 2,1-7); en Caná se ocupó de los dos jóvenes esposos (cf. Jn 2,1-11); en el Gólgota no retrocedió ante el dolor, sino que permaneció ante la cruz de Jesús y, por su voluntad, se convirtió en Madre de la Iglesia (cf. Jn 19,25-27); después de la Resurrección, animó a los Apóstoles reunidos en el cenáculo en espera del Espíritu Santo, que los transformó en heraldos valientes del Evangelio (cf. Hch 1,14). A lo largo de su vida, María ha realizado lo que se pide a la Iglesia: hacer memoria perenne de Cristo. En su fe, vemos cómo abrir la puerta de nuestro corazón para obedecer a Dios; en su abnegación, descubrimos cuánto debemos estar atentos a las necesidades de los demás; en sus lágrimas, encontramos la fuerza para consolar a cuantos sufren. En cada uno de estos momentos, María expresa la riqueza de la misericordia divina, que va al encuentro de cada una de las necesidades cotidianas.
Invoquemos en esta tarde a nuestra tierna Madre del cielo, con la oración más antigua con la que los cristianos se dirigen a ella, sobre todo en los momentos de dificultad y de martirio. Invoquémosla con la certeza de saber que somos socorridos por su misericordia maternal, para que ella, «gloriosa y bendita», sea protección, ayuda y bendición en todos los días de nuestra vida: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, Oh Virgen gloriosa y bendita».
(from Vatican Radio)

Papa Francisco: la oración del Rosario es la síntesis de la historia de la misericordia de Dios que se transforma en historia de salvación.

Queridos hermanos y hermanas, En esta Vigilia hemos recorrido los momentos fundamentales de la vida de Jesús, en compañía de María. Con la mente y el corazón hemos ido a los días del cumplimiento de la misión de Cristo en el mundo. La Resurreccióncomo signo del amor extremo del Padre que devuelve vida a todo y es anticipación de nuestra condición futura. La Ascensióncomo participación de la gloria del Padre, donde también nuestra humanidad encuentra un lugar privilegiado. Pentecostés, expresión de la misión de la Iglesia en la historia hasta el fin de los tiempos, bajo la guía del Espíritu Santo. Además, en los dos últimos misterios hemos contemplado a la Virgen María en la gloria del Cielo, ella que desde los primeros siglos ha sido invocada como Madre de la Misericordia.
Por muchos aspectos, la oración del Rosario es la síntesis de la historia de la misericordia de Dios que se transforma en historia de salvación para quienes se dejan plasmar por la gracia. Los misterios que contemplamos son gestos concretos en los que se desarrolla la actuación de Dios para con nosotros. Por medio de la plegaria y de la meditación de la vida de Jesucristo, volvemos a ver su rostro misericordioso que sale al encuentro de todos en las diversas necesidades de la vida. María nos acompaña en este camino, indicando al Hijo que irradia la misericordia misma del Padre. Ella es en verdad la Odigitriala Madre que muestra el camino que estamos llamados a recorrer para ser verdaderos discípulos de Jesús. En cada misterio del Rosario la sentimos cercana a nosotros y la contemplamos como la primera discípula de su Hijo, la que cumple la voluntad del Padre (cf. Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21).
La oración del Rosario no nos aleja de las preocupaciones de la vida; por el contrario, nos pide encarnarnos en la historia de todos los días para saber reconocer en medio de nosotros los signos de la presencia de Cristo. Cada vez que contemplamos un momento, un misterio de la vida de Cristo, estamos invitados a comprender de qué modo Dios entra en nuestra vida, para luego acogerlo y seguirlo. Descubrimos así el camino que nos lleva a seguir a Cristo en el servicio a los hermanos. Cuando acogemos y asimilamos dentro de nosotros algunos acontecimientos destacados de la vida de Jesús, participamos de su obra de evangelización para que el Reino de Dios crezca y se difunda en el mundo. Somos discípulos, pero también somos misioneros y portadores de Cristo allí donde él nos pide estar presentes. Por tanto, no podemos encerrar el don de su presencia dentro de nosotros. Por el contrario, estamos llamados a hacer partícipes a todos de su amor, su ternura, su bondad y su misericordia. Es la alegría del compartir que no se detiene ante nada, porque conlleva un anuncio de liberación y de salvación.
María nos permite comprender lo que significa ser discípulo de Cristo. Ella fue elegida desde siempre para ser la Madre, aprendió a ser discípula. Su primer acto fue ponerse a la escuchade Dios. Obedeció al anuncio del Ángel y abrió su corazón para acoger el misterio de la maternidad divina. Siguió a Jesús, escuchando cada palabra que salía de su boca (cf. Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21); conservó todo en su corazón (cf. Lc 2,19) y se convirtió en memoria viva de los signos realizados por el Hijo de Dios para suscitar nuestra fe. Sin embargo, no basta sólo escuchar. Esto es sin duda el primer paso, pero después lo que se ha escuchado es necesario traducirlo en acciones concretas. El discípulo, en efecto, entrega su vida al servicio del Evangelio.
De este modo, la Virgen María acudió inmediatamente a donde estaba Isabel para ayudarla en su embarazo (cf. Lc 1,39-56); en Belén dio a luz al Hijo de Dios (cf. Lc 2,1-7); en Caná se ocupó de los dos jóvenes esposos (cf. Jn 2,1-11); en el Gólgota no retrocedió ante el dolor, sino que permaneció ante la cruz de Jesús y, por su voluntad, se convirtió en Madre de la Iglesia (cf. Jn 19,25-27); después de la Resurrección, animó a los Apóstoles reunidos en el cenáculo en espera del Espíritu Santo, que los transformó en heraldos valientes del Evangelio (cf. Hch 1,14). A lo largo de su vida, María ha realizado lo que se pide a la Iglesia: hacer memoria perenne de Cristo. En su fe, vemos cómo abrir la puerta de nuestro corazón para obedecer a Dios; en su abnegación, descubrimos cuánto debemos estar atentos a las necesidades de los demás; en sus lágrimas, encontramos la fuerza para consolar a cuantos sufren. En cada uno de estos momentos, María expresa la riqueza de la misericordia divina, que va al encuentro de cada una de las necesidades cotidianas.
Invoquemos en esta tarde a nuestra tierna Madre del cielo, con la oración más antigua con la que los cristianos se dirigen a ella, sobre todo en los momentos de dificultad y de martirio. Invoquémosla con la certeza de saber que somos socorridos por su misericordia maternal, para que ella, «gloriosa y bendita», sea protección, ayuda y bendición en todos los días de nuestra vida: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, Oh Virgen gloriosa y bendita».