domingo, 16 de agosto de 2015

El Vaticano acusa a Italia de no hacer lo suficiente para paliar las muertes en el Mediterráneo

Para finales de agosto habrán llegado a Europa 250.000 inmigrantes irregulares

 Lo peor de la situación sin embargo es que ya han muerto 2.300 en 2015, casi 500 más que en todo el año anterior
El Vaticano y el Gobierno de Italia se enfrascaron en sus más profundas críticas mutuas en décadas a consecuencia de un nuevo naufragio que dejó decenas de muertos entre inmigrantes que intentaban alcanzar la costa italiana. Ya suman 2.300 los muertos este año cuando cruzaban el Mediterráneo, 500 más que el total del año pasado.
La Organizaciòn Internacional de las Migraciones (OIM) en su último informe publicado el viernes, reveló que para fines de agosto habrán llegado a Europa 250.000 inmigrantes irregulares, contra 219.00 en total del año pasado. Lo peor de la situación sin embargo es que ya han muerto 2.300 en 2015, casi 500 más que en todo el año anterior.
El principal teatro de operaciones es el llamado canal de Sicilia, una lengua de aguas mediterráneas de cien quilómetros de ancho que separa la isla de Libia en el norte africano y que ahora ha pasado a llamarse el canal "más mortal del mundo". La OIM cree que la situación es aún peor a lo que se conoce, ya que se carece de datos suficientes sobre los camiones que por cientos llegan desde Nigeria, Somalia y Eritrea, cargados de gente desesperada y dispuesta a todo con tal de llegar a la costa europea.
Italia, es el segundo país que más inmigrantes ha recibido, después de Grecia, y las autoridades han perdido el control de la situación en muchos aspectos.
El conflicto de vaticano-italiano, se desató cuando Monseñor Nunzio Galantino,secretario de la Conferencia Episcopal Italiana, dijo a Radio Vaticana que los políticos italianos eran los máximos responsables de la crisis humanitaria en tanto nada les importa "con tal de conseguir un voto".
"Como italianos deberíamos distinguir entre la realidad y la percepción que de ella tenemos. Escuchamos que se habla de que es ‘insoportable' el número de las personas que piden asilo político. En mi opinión ésta es una actitud que viene alimentada por esos ‘comerciantes de poca monta' (apuntando a los políticos) que con tal de conseguir votos dicen cosas extraordinariamente insípidas. Sé que la inmigración tal cual está planteada es un esfuerzo, sé que es difícil abrir la propia casa, abrir el propio corazón, abrir la propia realidad", puntualizó. Recordó paralelamente la situación de Jordania, que "con seis millones de habitantes tiene dos millones de refugiados. Y no tienen más medios. Probablemente porque tienen sólo un corazón más grande".
Una decena de diputados de la derecha italiana, encabezados por la Liga Norte y Forza Italia, de Berlusconi, apuntaron al Vaticano rechazando los dichos del prelado y le conminaron pedir al papa Francisco que llame telefónicamente a Merkel, en Alemania; Hollande, en Francia; Rajoy, en España, y Cameron, en Inglaterra, para que a su vez colaboren a recibir más migrantes, en tanto esos países han puesto límites mayores de lo que habían comprometido.
(RD/Agencias)

INVITADOS AL BANQUETE

Coincide este domingo con el paso de quincena del mes de agosto, fecha en la que en muchos lugares se celebran fiestas en honor de la Asunción de Nuestra Señora y de San Roque.
Es tiempo de convivencia familiar, de cenas amigas, de celebraciones generosas. En vacaciones gusta el encuentro distendido ante un sorbo de bebida fresca y un aperitivo.
La Liturgia de la Palabra escoge para este tiempo el discurso del “Pan de Vida”, del Evangelio de San Juan, no solo por completar el texto evangélico más corto, como es el de Marcos, sino por acercarse al ambiente festivo del tiempo de estío.
Según el Cuarto Evangelio, Jesús se convierte en el mejor anfitrión, y da cumplida respuesta a los pasajes sapienciales, clave de interpretación por la que se comprenden muchos escritos del Antiguo Testamento.
Al leer el párrafo del libro de los Proverbios: "Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia."» (Prov 9, 6), es fácil recordar las palabras de Jesús en Cafarnaúm: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,56).
La buena mesa no solo se aprecia por los manjares que en ella se sirven, también depende de la conversación y el acompañamiento que se tenga, para que realmente la participación en el banquete se convierta en un momento especial. De ahí que la liturgia haya escogido el verso del salmo: “Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor” (Sal 33), para significar no solo que somos invitados a comer, sino también a la mesa de la Palabra, para conocer la sabiduría del Maestro.
Gracias a la enseñanza aprendida, como señala San Pablo: “Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos” (Ef 5,15), el encuentro rezuma abundancia de manjares, de sabia conversación de la que se deriva el aprendizaje esencial para caminar por el sendero de la vida satisfechos y gozosos.
¿Puedes decir que has participado durante este tiempo en la fiesta del Señor? ¿Has gustado el regalo de la Eucaristía? ¿Has escuchado con sosiego la Palabra de Dios? ¿Te has parado a evaluar el modo de vida y a ver si avanzas de manera sensata?
Posiblemente, aun te queda una quincena de vacaciones o de tiempo hasta empezar el curso. ¡Aprovecha la oportunidad!


Lo decisivo es tener hambre

El evangelista Juan utiliza un lenguaje muy fuerte para insistir en la necesidad de alimentar la comunión con Jesucristo. Solo así experimentaremos en nosotros su propia vida. Según él, es necesario comer a Jesús: «El que me come, vivirá por mí».

El lenguaje adquiere un carácter todavía más agresivo cuando dice que hay que comer la carne de Jesús y beber su sangre. El texto es rotundo. «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

Este lenguaje ya no produce impacto alguno entre los cristianos. Habituados a escucharlo desde niños, tendemos a pensar en lo que venimos haciendo desde la primera comunión. Todos conocemos la doctrina aprendida en el catecismo: en el momento de comulgar, Cristo se hace presente en nosotros por la gracia del sacramento de la eucaristía.

Por desgracia, todo puede quedar más de una vez en doctrina pensada y aceptada piadosamente. Pero, con frecuencia, nos falta la experiencia de incorporar a Cristo a nuestra vida concreta. No sabemos cómo abrirnos a él para que nutra con su Espíritu nuestra vida y la vaya haciendo más humana y más evangélica.

Comer a Cristo es mucho más que adelantarnos distraídamente a cumplir el rito sacramental de recibir el pan consagrado. Comulgar con Cristo exige un acto de fe y apertura de especial intensidad, que se puede vivir sobre todo en el momento de la comunión sacramental, pero también en otras experiencias de contacto vital con Jesús.

Lo decisivo es tener hambre de Jesús. Buscar desde lo más profundo encontrarnos con él. Abrirnos a su verdad para que nos marque con su Espíritu y potencie lo mejor que hay en nosotros. Dejarle que ilumine y transforme zonas de nuestra vida que están todavía sin evangelizar.

Entonces, alimentarnos de Jesús es volver a lo más genuino, lo más simple y más auténtico de su Evangelio; interiorizar sus actitudes más básicas y esenciales; encender en nosotros el instinto de vivir como él; despertar nuestra conciencia de discípulos y seguidores para hacer de él el centro de nuestra vida. Sin cristianos que se alimenten de Jesús, la Iglesia languidece sin remedio.
José Antonio Pagola


Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

- «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Disputaban los judíos entre sí:

- «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo:

- «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron;,el que come este pan vivirá para siempre.»
Palabra del Señor.

«TU CUERPO ES SANTO Y SOBREMANERA GLORIOSO».PAPA PÍO XII


Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo. 

Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, ... afirma, con elocuencia vehemente: « Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. 

Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino. Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal. [...]

Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.

De la constitución apostólica Munificentissimus Deus del papa Pío XII
(AAS 42 [1950), 760-762. 767-769)
Fuente: News.Va

María, luz de la Misericordia de Dios, muéstranos a Jesús, oración del Papa

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y ¡buena fiesta de la Virgen!
Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas más importantes dedicadas a la Santísima Virgen María: la fiesta de su Asunción. Al final de su vida terrena, la Madre de Cristo subió en cuerpo y alma al Cielo, es decir, en la gloria de la vida eterna, en plena comunión con Dios.
El Evangelio de hoy (Lc 1,39-56) nos presenta a María, que, inmediatamente después de haber concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, se dirige a ver a su anciana pariente Isabel, también ella milagrosamente a la espera de un hijo. En este encuentro lleno del Espíritu Santo, María expresa su alegría con el cántico del Magnificat, porque ha tomado plena conciencia de las grandes cosas que están ocurriendo en su vida: a través de ella se llega al cumplimiento de toda la espera de su pueblo.
Pero el Evangelio también nos muestra cual es el motivo más verdadero de la grandeza de María y de su beatitud: el motivo es la fe. De hecho Isabel la saluda con estas palabras: «Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor». (Lc 1:45). La fe es el corazón de toda la historia de María; ella es la creyente, la gran creyente; ella sabe - y así lo dice - que en la historia pesa la violencia de los prepotentes, el orgullo de los ricos, la arrogancia de los soberbios. Sin embargo, María cree y proclama que Dios no deja solos a sus hijos, humildes y pobres, sino que los socorre con misericordia, con premura, derribando a los poderosos de sus tronos, dispersando a los orgullosos en las tramas de sus corazones. Y ésta es la fe de nuestra Madre, ¡esta es la fe de María!

El Cántico de la Virgen también nos permite intuir el sentido cumplido de la vivencia de María: si la misericordia del Señor es el motor de la historia, entonces no podía «conocer la corrupción del sepulcro aquella que, de un modo inefable, dio vida en su seno y carne de su carne al autor de toda vida» (Prefacio). Todo esto no tiene que ver sólo con María. Las “grandes cosas” hechas en ella por el Omnipotente nos tocan profundamente, nos hablan de nuestro viaje por la vida, nos recuerdan la meta que nos espera: la casa del Padre. Nuestra vida, vista a la luz de María asunta al Cielo, no es un deambular sin rumbo, sino una peregrinación que, aún con todas sus incertidumbres y sufrimientos, tiene una meta segura: la casa de nuestro Padre, que nos espera con amor. Es bello pensar en esto: que nosotros tenemos un Padre que nos espera con amor y que nuestra Madre María también está allá arriba, y nos espera con amor.

Mientras tanto, mientras transcurre la vida, Dios hace resplandecer «para su pueblo, todavía peregrino sobre la tierra, un signo de consuelo y de segura esperanza». Aquel signo tiene un rostro, aquel signo tiene un nombre: el rostro radiante de la Madre del Señor, el nombre bendito de María, la llena de gracia, bendita porque ella creyó en la palabra del Señor. ¡La gran creyente! Como miembros de la Iglesia, estamos destinados a compartir la gloria de nuestra Madre, porque, gracias a Dios, también nosotros creemos en el sacrificio de Cristo en la cruz y, mediante el Bautismo, somos insertados en este misterio de salvación.
Hoy todos juntos le rezamos para que, mientras se desanuda nuestro camino sobre esta tierra, ella vuelva sobre nosotros sus ojos misericordiosos, nos despeje el camino, nos indique la meta, y nos muestre después de este exilio a Jesús, fruto bendito de su vientre. Y decimos juntos: ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!
Traducción del italiano: Griselda Mutual, Radio Vaticano


sábado, 15 de agosto de 2015

¡ Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

-«¡ Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

María dijo:

-«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mi: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia - como lo había prometido a nuestros padres - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.
Palabra del Señor.

Nota Eclesial: La Virgen de la Consolación

La Madre de Dios asunta al cielo en cuerpo y alma, es la Virgen de la Consolación, intercesora de los afligidos siendo oyente, orante, madre, y oferente como la presenta el Papa Pablo VI en la Exhortación Apostólica Marialis Cultus (MC). Siendo consoladora le veneramos como modelo de espiritualidad de la vida cristiana en el orden de la esperanza, la caridad y la perfecta unión con Cristo.
La Virgen María consuela a sus hijos primeramente porque es “Virgen oyente” tiene la paciencia materna de atender cada suplica. Pero principalmente porque “acoge con fe la palabra de Dios: fe, que para ella fue premisa y camino hacia la Maternidad   divina” (MC 17), que luego la hace también Madre de la humanidad.
Es de igual manera “Virgen orante” que testifica su permanente dialogo con Dios, en un espíritu de alabanza e intercesión. Los relatos bíblicos permiten contemplarla en oración en su visita a Santa Isabel, recitando su oración por excelencia: el Magníficat (Lucas 1, 46-55); o suplicando a su Hijo por las necesidades en la Boda de Cana (Juan 2, 1-12); y luego en oración persevante junto a los apóstoles. Resalta Pablo VI su importancia porque la “presencia orante de María en la Iglesia naciente y en la Iglesia de todo tiempo, porque Ella, asunta al cielo, no ha abandonado su misión de intercesión y salvación” (MC 18).
De manera especial los creyentes percibimos el consuelo de la “Virgen Madre” que no desampara a sus hijos, y que muestra está “prodigiosa maternidad constituida por Dios como ‘tipo’ y ‘ejemplar’ de la fecundidad de la Virgen-Iglesia, la cual se convierte ella misma en Madre, porque con la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos, concebidos por obra del Espíritu Santo, y nacidos de Dios" (MC 19).  ´
También el Papa Pablo VI reflexiona sobre la “Virgen oferente”, teniendo en cuenta la Presentación de Jesús en el Templo (Lucas 2, 22-35) que orienta hacia el misterio salvífico de la cruz, siendo una “continuidad de la oferta fundamental que el Verbo encarnado hizo al Padre al entrar en el mundo” (MC 20). Por lo cual vemos a la Virgen que consuela cooperando con la obra salvadora de Jesucristo.
La Virgen de la Consolación así se nos presenta como maestra de espiritualidad que sabe acoger la Palabra, para vivirla en la misión del mismo evangelio siendo cercana a sus hijos, escuchando sus suplicas y llevándoles a Jesucristo, para dar consuelo ante la adversidades del mundo.
(P. Johan Pacheco, RV)
(from Vatican Radio)

viernes, 14 de agosto de 2015

Carlos Osoro: "No hay discípulos de primera, de segunda o de tercera"

El arzobispo de Madrid y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE),Carlos Osoro, ha abogado este jueves porno juzgar y no condenar a divorciados que se vuelven a casar, a los homosexuales ni a los transexuales porque "Dios ha querido que el ser humano sea imagen y semejanza" suya.

Así ha contestado preguntado por las palabras del Papa Francisco, que la semana pasada dijo que los divorciados que se han vuelto a casar no están excomulgados y no deben ser tratados como tales, y por las del obispo de Bilbao, Mario Iceta, quien ha calificado de "reto pastoral de primera magnitud" acompañar a los homosexuales en la Iglesia, así como por Álex Salinas, un transexual al que finalmente se le permite ser padrino en el bautizo de un sobrino suyo en San Fernando (Cádiz).

En declaraciones a los medios antes de intervenir en el ciclo 'Conocimiento y Valores', en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), Osoro ha reivindicado que la Iglesia "da siempre y da el amor del Señor", lo que significa que "se sitúa al lado de todos los heridos y de todas las situaciones en las que estén los hombres, sean las que fueren", incluidos divorciados, homosexuales y transexuales.

De esta forma, ha asegurado que lo que el Pontífice quiere, en el Año de la Misericordia, es que "el ser humano viva y pase por cuatro estaciones que necesariamente hay que pasar: no juzgar, perdonarse, no condenar y dar". En este sentido, ha defendido que lo que da la Iglesia es "lo máximo que se da, el gran y amor y cariño" que, según ha añadido, es lo que cada persona recibe de sus padres.

Asimismo, ha recordado las palabras de Jesucristo, quien "cuando vino a este mundo, dijo 'He venido a salvar a los hombres, no a condenarlos'". "Porque en definitiva, lo que tiene que hacer (la Iglesia) es lo mismo que él (Jesucristo): 'He venido a salvaros'", ha proclamado Osoro, quien ha asegurado que el "problema real" no es permitir que los divorciados vuelvan a comulgar -aspecto que se está debatiendo de cara al Sínodo de Obispos del próximo mes de octubre-, sino que "estemos al lado de todos los seres humanos, estén en la situación que estén".

De esta forma, ha dado más importancia a que "todos los que son creyentes y por diversas circunstancias tuvieron que tomar una decisión en la vida, que sepan que son miembros de la Iglesia y que la Iglesia también les necesita".

"Eso es lo que ha dicho el Papa y lo que seguirá diciendo la Iglesia a través de todos los tiempos. Son discípulos de Cristo. No hay de primera, de segunda y de tercera, somos discípulos de Cristo todos aquellos que hemos sido bautizados y tenemos la vida del Señor en nuestra vida", ha manifestado. Así, ha dicho que él ve a todos los seres humanos "como imágenes de Dios que son".

"Esto es lo más sencillo y lo más maravilloso de un cristiano y es que no puede mirar a nadie por las ideas que tenga o por lo que haya hecho. Les tiene que mirar como les mira Dios", ha incidido Osoro. En este sentido, ha subrayado que Dios "ha querido que el ser humano sea imagen y semejanza" suya, al tiempo que ha señalado que él mismo no ve a las demás personas "como un enemigo", sino alguien "ante el cual me tengo que arrodillar, nada más, porque sé que eres imagen de Dios". "Y ojalá lo supiera hacer con todos. Yo ya sé que tengo mis deficiencias y no lo sé hacer con todos", ha concluido.

(RD/Ep)

«VAMOS A SUBIR AL MONTE DEL SEÑOR» SAN AGUSTÍN

Mira a aquel cuyas manos y pies fueron traspasados por los clavos, cuyos huesos pudieron contarse cuando pendía en la cruz, cuyas vestiduras fueron sorteadas; mira cómo reina ahora el mismo que ellos vieron pendiente de la cruz. Ve cómo se cumplen aquellas palabras: Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. Y, viendo esto, exclama lleno de gozo: Lo que habíamos oído lo hemos visto. Con razón se aplican a la Iglesia llamada de entre los gentiles las palabras del salmo: Escucha, hija, mira: olvida tu pueblo y la casa paterna. Escucha y mira: primero escuchas lo que no ves, luego verás lo que escuchaste. Un pueblo extraño —dice otro salmo— fue mi vasallo; me escuchaban y me obedecían. Si obedecían porque escuchaban es señal de que no veían. 

¿Y cómo hay que entender aquellas palabras: Verán algo que no les ha sido anunciado y entenderán sin haber oído? Aquellos a los que no habían sido enviados los profetas, los que anteriormente no pudieron oírlos, luego, cuando los oyeron, los entendieron y se llenaron de admiración. Aquellos otros, en cambio, a los que habían sido enviados, aunque tenían sus palabras por escrito, se quedaron en ayunas de su significado y, aunque tenían las tablas de la ley, no poseyeron la heredad. [...]

No se engrían los que dicen: El Mesías está aquí o está allí. El que dice: Está aquí o está allí induce a división. Dios ha prometido la unidad: los reyes se alían, no se dividen en facciones. 

De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos
(Salmo 47, 7: CCL 38, 543-545)


Fuente: News.va

jueves, 13 de agosto de 2015

La fiesta es un valioso regalo que Dios ha hecho a la familia humana, el Papa en la catequesis

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy abrimos un pequeño camino de reflexión sobre tres dimensiones que marcan, por así decir, el ritmo de la vida familiar: la fiesta, el trabajo y la oración.

Comenzamos por la fiesta. Hoy hablaremos de la fiesta. Y decimos inmediatamente que la fiesta es un invento de Dios. Recordamos la conclusión de la narración de la creación, en el Libro del Génesis que hemos escuchado: «El séptimo día, Dios concluyó la obra que había hecho, y cesó de hacer la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día y lo consagró, porque en él cesó de hacer la obra que había creado» (2,2-3). Dios mismo nos enseña la importancia de dedicar un tiempo a contemplar y a gozar de lo que en el trabajo ha sido bien hecho. Hablo de trabajo, naturalmente, no sólo en el sentido del arte manual y de la profesión, sino en el sentido más amplio: cada acción con la cual nosotros los hombres y mujeres podemos colaborar a la obra creadora de Dios.

Por lo tanto, la fiesta no es la pereza de quedarse en el sofá o la emoción de una tonta evasión… No, la fiesta es en primer lugar una mirada amorosa y grata sobre el trabajo bien hecho; festejamos un trabajo. También ustedes, recién casados, están festejando el trabajo de un lindo tiempo de noviazgo: ¡y esto es bello! Es el tiempo para ver a los hijos, o los nietos, que están creciendo, y pensar: ¡qué bello! Es el tiempo para mirar nuestra casa, los amigos que hospedamos, la comunidad que nos rodea, y pensar: ¡qué buena cosa! Dios ha hecho así cuando ha creado el mundo. Y continuamente hace así, porque Dios crea siempre, ¡también en este momento!

Puede suceder que una fiesta llegue en circunstancias difíciles y dolorosas, y se celebra quizá “con un nudo en la garganta”. Y sin embargo, también en estos casos, pedimos a Dios la fuerza de no vaciarla completamente. Ustedes mamás y papás saben bien esto: cuántas veces, por amor a los hijos, son capaces de apartar las penas para dejar que ellos vivan bien la fiesta, ¡gusten el sentido bueno de la vida! ¡Hay tanto amor en esto!

También en el ambiente de trabajo, a veces - ¡sin fallar a los deberes! - nosotros sabemos “filtrar” alguna chispa de fiesta: un cumpleaños, un matrimonio, un nuevo nacimiento, como también una despedida o una nueva llegada…, es importante. Es importante hacer fiesta. Son momentos de familiaridad en el engranaje de la máquina productiva: ¡nos hace bien!

Pero el verdadero tiempo de la fiesta, suspende el trabajo profesional, y es sagrado, porque recuerda que el hombre y la mujer que han sido hechos a imagen de Dios, el cual no es esclavo del trabajo, sino Señor, por lo tanto también nosotros no debemos ser nunca esclavos del trabajo, sino “señores”. Hay un mandamiento para esto, un mandamiento que se aplica a todos, ¡ninguno es excluido! Y en cambio sabemos que hay millones de hombres y mujeres, e incluso ¡niños esclavos del trabajo! En este tiempo existen esclavos ¡Son explotados, esclavos del trabajo y esto es en contra de Dios y en contra de la dignidad de la persona humana! La obsesión por el beneficio económico y el eficientismo de la técnica amenaza los ritmos humanos de la vida, porque la vida tiene sus ritmos humanos.

El tiempo del reposo, sobre todo el dominical, está destinado a nosotros para que podamos gozar de aquello que no se produce y no se consume, no se compra y no se vende. Y por el contrario vemos que la ideología de la ganancia y del consumo quiere devorar también la fiesta: y también ésta a veces se reduce a un “negocio”, un modo para ganar dinero y gastarlo. Pero ¿es para eso que trabajamos? La codicia del consumir, que comporta el desperdicio, es un virus feo que, entre otros, nos hace estar más cansados que antes. Perjudica el verdadero trabajo, consume la vida. Los ritmos desregulados de la fiesta causan víctimas, a menudo jóvenes.

Finalmente, el tiempo de la fiesta es sagrado porque Dios habita en modo especial. La Eucaristía dominical lleva a la fiesta toda la gracia de Jesucristo: su presencia, su amor, su sacrificio, su hacerse comunidad, su estar con nosotros… Y es así, como cada realidad recibe su sentido pleno: el trabajo, la familia, las alegrías y los cansancios de cada día, también el sufrimiento y la muerte; todo se trasfigura por la gracia de Cristo.

La familia está dotada de una competencia extraordinaria para entender, dirigir y sostener el auténtico valor del tiempo de la fiesta. Pero ¡que bellas son las fiestas en familia, son bellísimas! Y en particular del domingo. No es casualidad si las fiestas en las cuales hay lugar para toda la familia ¡son aquellas que salen mejor!

La misma vida familiar, mirada con los ojos de la fe, aparece mejor de los cansancios que implican. Nos aparece como una obra de arte de sencillez, bella porque no es artificial, no fingida, sino capaz de incorporar en sí misma todos los aspectos de la vida verdadera. Nos aparece como una cosa “muy buena”, como Dios dice al final de la creación del hombre y de la mujer (cfr Gen 1, 31). Por lo tanto, la fiesta es un valioso regalo de Dios; un valioso regalo que Dios ha hecho a la familia humana: ¡no la arruinemos! Gracias.
(Traducción por Mercedes De La Torre – RV)

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-19, 1
En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:
-«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta:
-«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
"Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo."
El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo:
"Págame lo que me debes."
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo:
"Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré."
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
"¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?"
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
Cuando acabó Jesús estas palabras, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.
Palabra del Señor.

BENDITO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR PARA SIEMPRE


Del Salmo 113: 

Bendito sea el Nombre del Señor para siempre

Aleluya! Alaben, servidores del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el Nombre del Señor,
desde ahora y para siempre.
Bendito sea el Nombre del Señor para siempre

Desde la salida del sol hasta su ocaso,
sea alabado el nombre del Señor.
El Señor está sobre todas las naciones,
su gloria se eleva sobre el cielo,

Bendito sea el Nombre del Señor para siempre

¿Quién es como el Señor, nuestro Dios,
que tiene su morada en las alturas,
y se inclina para contemplar
el cielo y la tierra?

Bendito sea el Nombre del Señor para siempre

Él levanta del polvo al desvalido,
alza al pobre de su miseria,
para hacerlo sentar entre los nobles,
Él honra a la mujer estéril en su hogar,
haciendo de ella una madre feliz


Bendito sea el Nombre del Señor para siempre

miércoles, 12 de agosto de 2015

BENDITO SEA DIOS, QUE NO RECHAZÓ MI ORACIÓN


Del Salmo 65:

 Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!»
Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida

Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas.
Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida

Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
apenas mi boca clamó hacia Él,
mi lengua comenzó a alabarlo.
Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida

Bendito sea Dios,
que no rechazó mi oración
ni apartó de mí su misericordia.

Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida

SI DOS DE USTEDES SE UNEN PARA PEDIR ALGO, EL PADRE SE LO CONCEDERÁ


Evangelio según San Mateo 18,15-20.

Jesús dijo a sus discipulos:

"Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.

Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos".