jueves, 24 de abril de 2014

SEÑOR, QUÉ ADMIRABLE ES TU NOMBRE EN TODA LA TIERRA


Del Salmo 8: 

Señor, Dios nuestro,
¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!

Señor, Dios nuestro,
¿qué es el hombre,
para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder? 

Señor, Dios nuestro,

¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies.


Señor, Dios nuestro,
¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!

Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar. 


Señor, Dios nuestro,
¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!

Evitemos ser “cristianos murciélagos” que tienen miedo de la alegría de la Resurrección, dijo el Papa en su homilía

Hay cristianos que tienen miedo de la alegría de la Resurrección que Jesús nos quiere dar y su vida parece un funeral, pero el Señor resucitado está siempre con nosotros. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.
El Evangelio propuesto en la liturgia del día relata la aparición de Cristo resucitado a los discípulos. Ante el saludo de paz del Señor, los discípulos, en lugar de alegrarse – dijo el Papa – se quedan “trastornados y llenos de temor”, pensando “que veían un fantasma”. Jesús trata de hacerles entender que lo que ven es real, los invita a tocar su cuerpo, y pide que le den de comer. Los quiere conducir a la “alegría de la Resurrección, a la alegría de su presencia entre ellos”. Pero los discípulos – observó el Papa – “no podían creer, porque tenían miedo de la alegría”:

“Esta es una enfermedad de los cristianos. Tenemos miedo de la alegría. Es mejor pensar: ‘Sí, sí, Dios existe, pero está allá; Jesús ha resucitado, está allá’. Un poco de distancia. Tenemos miedo de la cercanía de Jesús, porque esto nos da alegría. Y así se explica la existencia de tantos cristianos de funeral, ¿no? Que su vida parece un funeral continuo. Prefieren la tristeza y no la alegría. Se mueven mejor, no en la luz de la alegría, sino en las sombras, como esos animales que sólo logran salir de noche, pero no a la luz del día, porque no ven nada. Como los murciélagos. Y con un poco de sentido del humor podemos decir que hay cristianos murciélagos que prefieren las sombras a la luz de la presencia del Señor”.

Pero “Jesús, con su Resurrección – prosiguió Francisco – nos da la alegría: la alegría de ser cristianos; la alegría de seguirlo de cerca; la alegría de ir por el camino de las Bienaventuranzas, la alegría de estar con Él”:
“Y nosotros, tantas veces, o estamos trastornados, cuando nos llega esta alegría, o llenos de miedo, o creemos que vemos un fantasma o pensamos que Jesús es un modo de actuar: ‘Pero nosotros somos cristianos y debemos hacer así. ¿Pero dónde está Jesús? ‘No, Jesús está en el Cielo’. ¿Tú hablas con Jesús? ¿Tú dices a Jesús: ‘Yo creo que Tú vives, que Tú has resucitado, que Tú estás cerca de mí, que Tú no me abandonas’? La vida cristiana debe ser esto: un diálogo con Jesús, porque – esto es verdad – Jesús siempre está con nosotros, siempre está con nuestros problemas, con nuestras dificultades, con nuestras obras buenas”.

¡Cuántas veces – dijo el Papa al concluir – nosotros los cristianos “no somos alegres, porque tenemos miedo!”. Cristianos que “han sido vencidos” en la cruz:
“En mi tierra hay un dicho que dice así: ‘Cuando uno se quema con la leche hirviendo, después, cuando ve una vaca, llora’. Y éstos se habían quemado con el drama de la cruz y dijeron: ‘No, detengámonos aquí; Él está en el Cielo; muy bien, ha resucitado, pero que no venga otra vez aquí, porque ya no podemos más’. Pidamos al Señor que haba con todos nosotros lo que ha hecho con los discípulos, que tenían miedo de la alegría: que abra nuestra mente: ‘Entonces, les abrió la mente para comprender las Escrituras’; que abra nuestra mente y que nos haga comprender que Él es una realidad viva, que Él tiene cuerpo, que Él está con nosotros, que nos acompaña y que Él ha vencido. Pidamos al Señor la gracia de no tener miedo de la alegría”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

miércoles, 23 de abril de 2014

Buscamos entre los muertos al que vive cada vez que nos encerramos en el egoísmo y nos dejamos seducir por el poder y las cosas de este mundo, olvidando a Dios y al prójimo, dijo el Papa en su catequesis


El Santo Padre Francisco celebró el Miércoles de la octava de Pascua su tradicional audiencia general ante la presencia de varios miles de fieles y peregrinos de diversos países. Teniendo en cuenta la tenue lluvia que caía sobre Roma, el Papa decidió recibir en primer lugar a los enfermos en el Aula Pablo VI del Vaticano.
 

En su catequesis recordó que en estos días celebramos con alegría el gran misterio de la resurrección de Cristo. Y dijo que se trata de una alegría auténtica, profunda, que se basa en la certeza de que Cristo resucitado ya no muere más, sino que vive y actúa en la Iglesia y en el mundo.
 

Naturalmente Francisco afirmó que no es fácil aceptar la presencia del resucitado en medio de nosotros. De hecho, el ángel había preguntado a las mujeres, la mañana de Pascua: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?”, dijo, lo que nos debe interrogar también a nosotros.

“Buscamos entre los muertos al que vive – afirmó el Papa Francisco – cada vez que nos encerramos en el egoísmo o en la autocomplacencia, cuando nos dejamos seducir por el poder y las cosas de este mundo, olvidando a Dios y al prójimo, cuando ponemos nuestra esperanza en vanidades mundanas, en el dinero o el éxito; cada vez que perdemos la esperanza o no tenemos fuerzas para rezar, cada vez que nos sentimos solos o abandonados de los amigos, e incluso de Dios, cada vez que nos sentimos prisioneros de nuestros pecados”.
 


lunes, 21 de abril de 2014

Que la Resurrección se transparente en nuestros corazones y en nuestra vida, dijo el Papa Francisco el Lunes del Ángel en la Octava de Pascua

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡Felices Pascuas! “Cristòs anèsti! – Alethòs anèsti!”, “¡Cristo ha resucitado! – ¡Verdaderamente ha resucitado!” ¡Está entre nosotros aquí!, en la plaza. En esta semana podemos seguir intercambiándonos la felicitación pascual, como si fuera un único día. Es el gran día que hizo el Señor.

El sentimiento dominante que transluce de los relatos evangélicos de la Resurrección es la alegría llena de estupor; pero un estupor grande, pero la alegría que viene desde adentro; y en la Liturgia nosotros revivimos el estado de ánimo de los discípulos por la noticia que las mujeres habían dado: ¡Jesús ha resucitado! Nosotros lo hemos visto.

Dejemos que esta experiencia, impresa en el Evangelio, se imprima también en nuestros corazones y se vea en nuestra vida. Dejemos que el estupor gozoso del Domingo de Pascua se irradie en los pensamientos, en las miradas, en las actitudes, en los gestos y en las palabras… ojalá seamos así luminosos. ¡Pero esto no es un maquillaje! Viene desde dentro, de un corazón inmerso en la fuente de esta alegría, como el de María Magdalena, que lloró por la pérdida de su Señor y no creía a sus ojos viéndolo resucitado.

Quien hace esta experiencia se convierte en testigo de la Resurrección, porque en cierto sentido ha resucitado él mismo, ha resucitado ella misma. Entonces es capaz de llevar un “rayo” de la luz del Resucitado en las diversas situaciones: en las felices, haciéndolas más bellas y preservándolas del egoísmo; y en las dolorosas, llevando serenidad y esperanza.

En esta semana, nos hará bien tomar el libro del Evangelio y leer aquellos capítulos que hablan de la resurrección de Jesús; nos hará tanto bien tomar el libro y buscar los capítulos y leer aquello.


También nos hará bien, esta semana, pensar en la alegría de María, la Madre de Jesús. Así como su dolor fue tan íntimo, tanto que le traspasó su alma, del mismo modo su alegría fue íntima y profunda, y de ella los discípulos podían tomar. Habiendo pasado, a través de la experiencia de la muerte y de la resurrección de su Hijo, viste, en la fe, como la expresión suprema del amor de Dios, y el corazón de María se ha convertido en una fuente de paz, de consuelo, de esperanza y de misericordia.
 

Todas las prerrogativas de nuestra Madre derivan de aquí, de su participación en la Pascua de Jesús. Desde la mañana del viernes hasta la mañana del domingo, Ella no perdió la esperanza: la hemos contemplado como Madre de los dolores, pero, al mismo tiempo, como Madre llena de esperanza. Ella, la Madre de todos los discípulos, la Madre de la Iglesia y Madre de esperanza.
A Ella, testigo silencioso de la muerte y de la resurrección de Jesús, le pedimos que nos introduzca en la alegría pascual. Lo haremos con el rezo del Regina Coeli, que en el tiempo pascual sustituye la oración del Ángelus.

 


Después de rezar a la Madre de Dios, el Papa Francisco saludó a los presentes diciendo:

Dirijo un saludo cordial a todos ustedes, querido peregrinos venidos de Italia y de diversos países para participar en este encuentro de oración.
Acuérdense esta semana de tomar el Evangelio y buscar los capítulos en donde se habla de la resurrección de Jesús y de leer cada día un fragmento de aquellos capítulos. Nos hará bien en esta semana de la resurrección de Jesús.
A cada uno formulo el deseo de transcurrir en la alegría y en la serenidad este Lunes del Ángel, en el que se prolonga la alegría de la Resurrección de Cristo.
¡Feliz y santa Pascua a todos, buen almuerzo y hasta pronto!
(Traducción de María Fernanda Bernasconi y María Cecilia Mutual – RV).

domingo, 20 de abril de 2014

«¡Cristo nuestra paz y nuestra esperanza ha resucitado! ¡Feliz y Santa Pascua!» Mensaje y bendición del Papa al mundo

Queridos hermanos y hermanas, Feliz Pascua!
El anuncio del ángel a las mujeres resuena en la Iglesia esparcida por todo el mundo: «No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado... Vengan a ver el lugar donde estaba » (Mt 28,5-6). ¡No tengan miedo! ¡El Señor ha resucitado!
Ésta es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. 

Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor; toda la misión de la Iglesia se quedaría sin brío, pues desde aquí ha comenzado y desde aquí reemprende siempre de nuevo. 

El mensaje que los cristianos llevan al mundo es este: Jesús, el Amor encarnado, murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el Amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte.
Por esto decimos a todos: «Vengan a ver». 

En toda situación humana, marcada por la fragilidad, el pecado y la muerte, la Buena Nueva no es sólo una palabra, sino un testimonio de amor gratuito y fiel: es un salir de sí mismo para ir al encuentro del otro, estar al lado de los heridos por la vida, compartir con quien carece de lo necesario, permanecer junto al enfermo, al anciano, al excluido... « Vengan a ver»: 

El amor es más fuerte, el amor da vida, el amor hace florecer la esperanza en el desierto.
Con esta gozosa certeza, nos dirigimos hoy a ti, Señor resucitado.
Ayúdanos a buscarte para que todos podamos encontrarte, saber que tenemos un Padre y no nos sentimos huérfanos; que podemos amarte y adorarte.
Ayúdanos a derrotar el flagelo del hambre, agravada por los conflictos y los inmensos derroches de los que a menudo somos cómplices.
Haznos disponibles para proteger a los indefensos, especialmente a los niños, a las mujeres y a los ancianos, a veces sometidos a la explotación y al abandono.
 

Haz que podamos curar a los hermanos afectados por la epidemia de Ébola en Guinea Conakry, Sierra Leona y Liberia, y a aquellos que padecen tantas otras enfermedades, que también se difunden a causa de la incuria y de la extrema pobreza.

Consuela a todos los que hoy no pueden celebrar la Pascua con sus seres queridos, por haber sido injustamente arrancados de su afecto, como tantas personas, sacerdotes y laicos, secuestradas en diferentes partes del mundo.
Conforta a quienes han dejado su propia tierra para emigrar a lugares donde poder esperar en un futuro mejor, vivir su vida con dignidad y, muchas veces, profesar libremente su fe.
Te rogamos, Jesús glorioso, que cesen todas las guerras, toda hostilidad pequeña o grande, antigua o reciente.
Te suplicamos por la amada Siria: que cuantos sufren las consecuencias del conflicto puedan recibir la ayuda humanitaria necesaria; que las partes en causa dejen de usar la fuerza para sembrar muerte, sobre todo entre la población inerme, y tengan la audacia de negociar la paz, tan anhelada desde hace tanto tiempo.
Jesús glorioso te rogamos que consueles a las víctimas de la violencia fratricida en Irak y sostengas las esperanzas que suscitan la reanudación de las negociaciones entre israelíes y palestinos.
Te invocamos para que se ponga fin a los enfrentamientos en la República Centroafricana, se detengan los atroces ataques terroristas en algunas partes de Nigeria y la violencia en Sudán del Sur.
Y te pedimos por Venezuela, para que los ánimos se encaminen hacia la reconciliación y la concordia fraterna.
Que por tu resurrección, que este año celebramos junto con las iglesias que siguen el calendario juliano, te pedimos que ilumines e inspires iniciativas de paz en Ucrania, para que todas las partes implicadas, apoyadas por la Comunidad internacional, lleven a cabo todo esfuerzo para impedir la violencia y construir, con un espíritu de unidad y diálogo, el futuro del País, que ellos, como hermanos, puedan gritar: «Christus surrexit, venite et videte!»
¡Te rogamos, Señor, por todos los pueblos de la Tierra: Tú, que has vencido a la muerte, concédenos tu vida, danos tu paz!.
«Christus surrexit, venite et videte!».
Queridos hermanos y hermanas ¡Feliz Pascua!

CRISTO HA RESUCITADO

«¡Volver al primer amor, recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo hasta los confines de la tierra!», invita el Papa

El Evangelio de la resurrección de Jesucristo comienza con el ir de las mujeres hacia el sepulcro, temprano en la mañana del día después del sábado. Se dirigen a la tumba, para honrar el cuerpo del Señor, pero la encuentran abierta y vacía. Un ángel poderoso les dice: «No teman» (Mt 28,5), y les manda llevar la noticia a los discípulos: « Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea » (v. 7). Las mujeres se marcharon a toda prisa y, durante el camino, Jesús les salió al encuentro y les dijo: « No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán » (v. 10).
 

Después de la muerte del Maestro, los discípulos se habían dispersado; su fe se deshizo, todo parecía que había terminado, derrumbadas las certezas, muertas las esperanzas. Pero entonces, aquel anuncio de las mujeres, aunque increíble, se presentó como un rayo de luz en la oscuridad. La noticia se difundió: Jesús ha resucitado, como había dicho… Y también el mandato de ir a Galilea; las mujeres lo habían oído por dos veces, primero del ángel, después de Jesús mismo: «Que vayan a Galilea; allí me verán».
Galilea es el lugar de la primera llamada, donde todo empezó. 

Volver allí, volver al lugar de la primera llamada. Jesús pasó por la orilla del lago, mientras los pescadores estaban arreglando las redes. Los llamó, y ellos lo dejaron todo y lo siguieron (cf. Mt 4,18-22).
Con esta chispa puedo encender el fuego para el hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena.
 


En la vida del cristiano, después del bautismo, hay también una «Galilea» más existencial: la experiencia del encuentro personal con Jesucristo, que me ha llamado a seguirlo y participar en su misión. En este sentido, volver a Galilea significa custodiar en el corazón la memoria viva de esta llamada, cuando Jesús pasó por mi camino, me miró con misericordia, me pidió que lo siguiera; recuperar la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los míos, el momento en que me hizo sentir que me amaba.
 


Hoy, en esta noche, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? ¿Dónde está mi Galilea? ¿La recuerdo? ¿La he olvidado? He andado por caminos y senderos que me la han hecho olvidar. Señor, ayúdame: dime cuál es mi Galilea; sabes, yo quiero volver allí para encontrarte y dejarme abrazar por tu misericordia.
El evangelio de Pascua es claro: es necesario volver allí, para ver a Jesús resucitado, y convertirse en testigos de su resurrección. No es un volver atrás, no es una nostalgia. Es volver al primer amor, para recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo a todos, hasta los confines de la tierra.
«Galilea de los gentiles» (Mt 4,15; Is 8,23): horizonte del Resucitado, horizonte de la Iglesia; deseo intenso de encuentro… ¡Pongámonos en camino!


sábado, 19 de abril de 2014

"Ayer estaba crucificado con Cristo, hoy soy glorificado con Él. Ayer había muerto con Él, hoy estoy vivo con Él”: el Papa en el Vía Crucis.

El mal no tiene la última palabra sino el amor, la misericordia, el perdón”. Lo dijo el Papa Francisco en una breve meditación al finalizar el tradicional Vía Crucis en el Coliseo de Roma, este Viernes Santo, ante la presencia de más de 40 mil personas.“Dios – dijo el Papa - ha puesto sobre la Cruz de Jesús todo el peso de nuestros pecados, todas las injusticias perpetradas por cada Caín contra su hermano, toda la amargura de la traición de Judas y de Pedro, toda la vanidad de los prepotentes, toda la arrogancia de los falsos amigos. Era una Cruz pesada, como la noche de las personas abandonadas. Pesada como la muerte de las personas queridas, pesada porque resume toda la fealdad del mal”.
 

“No obstante – prosiguió el Santo Padre – es también una Cruz gloriosa como el alba de una noche larga, porque representa en todo el amor de Dios que es más grande de nuestras iniquidades y de nuestras traiciones. En la Cruz vemos la monstruosidad de hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia. De frente a la Cruz de Jesús, vemos casi hasta tocar con las manos cuánto somos amados eternamente; de frente a la Cruz nos sentimos ‘hijos’ y no ‘cosas’ u objetos, como afirmaba San Gregorio Nacianceno dirigiéndose a Cristo con esta oración:
 


Si no existieras tú, oh mi Cristo, me sentiría criatura acabada. He nacido y me siento disolver. Como, duermo, descanso y camino, me enfermo y curo. Me asaltan sin número los tormentos, gozo del sol y de cuánto fructifica la tierra. Luego muero y la carne se convierte en polvo como la de los animales, que no tienen pecados. Pero yo, ¿qué tengo más que ellos? Nada sino Dios, si no existieras tú, oh, Cristo mío, me sentiría criatura acabada”.



“Oh nuestro Jesús - prosiguió el Papa - guíanos desde la Cruz hasta la resurrección, y enséñanos que el mal no tendrá la última palabra, sino el Amor, la Misericordia y el Perdón. Oh, Cristo, ayúdanos a exclamar nuevamente: ‘ayer estaba crucificado con Cristo, hoy soy glorificado con Él. Ayer había muerto con Él, hoy estoy vivo con Él. Ayer estaba sepultado con Él, hoy he resucitado con Él’. Finalmente, todos juntos recordemos a los enfermos, recordemos a todas las personas abandonadas bajo el peso de la Cruz, para que encuentren en la prueba de la Cruz la fuerza de la esperanza, de la esperanza de la Resurrección y del amor de Dios.
(MCM-RV)


La soledad de la Virgen. Fray Luis de Granada

Después de esto considera cómo fue quitado aquél santo cuerpo de la cruz y recibido en los brazos de la Virgen.

Abrázase la Madre con el cuerpo despedazado, apriétalo fuertemente en sus pechos, para sólo esto le quedaban fuerzas; mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la Madre con la sangre del Hijo y riégase la del Hijo con las lágrimas de la Madre.

¿Cómo no hablas ahora, Reina del cielo? ¿Cómo han atado los dolores vuestra lengua? La lengua estaba enmudecida, mas el corazón allá dentro hablaría con entrañable dolor al Hijo dulcísimo y le diría:

Hijo mío, ¿Qué haré sin ti? ¿Adónde iré? ¿Quién me remediará? Los padres y los hermanos afligidos venían a rogarte por sus hijos y por sus hermanos difuntos, y tú, con tu infinita virtud y clemencia, los consolabas y socorrías. Mas yo que veo muerto a mi hijo, y a mi padre, y mi hermano y mi Señor, ¿a quién rogaré por Él? ¿Quién me consolará? ¿Dónde está el buen Jesús Nazareno, Hijo de Dios vivo, que consuela a los vivos y da vida a los muertos? ¿Dónde está aquel grande Profeta poderoso en obras y palabras?
   
¡Oh dulcísimo hijo mío! ¿qué haré sin ti? Ya no limpiaré tu rostro asoleado y fatigado de los caminos y trabajos. Ya no te veré más sentado a mi mesa comiendo y dando de comer a mi alma con tu divina presencia. Ya no me veré más a tus pies oyendo las palabras de tu dulce boca. Fenecida en ya mi gloria; hoy se acaba mi alegría y comienza mi soledad.

Cómo dura poco la alegría en la tierra y se siente mucho el dolor después de mucha prosperidad! ¡Oh Belén y Jerusalén, cuán diferentes días he llevado en vosotros! ¡Qué noche fue aquella tan clara y qué día este tan oscuro! ¡Qué rica entonces y qué pobre ahora!

¡Oh ángel bienaventurado!, ¿dónde están ahora aquellas tan grandes alabanzas de la antigua salutación? Entonces me llamaste llena de gracia; ahora estoy llena de dolor. Entonces, bendita entre las mujeres; ahora, la más afligida entre las mujeres. Entonces dijiste: El Señor es contigo; ahora también está conmigo, mas no vivo, sino muerto, como lo tengo en mis brazos.

¡Oh muerte!, ¿por qué eres tan cruel que me apartas de aquel en cuya vida está la mía? Más cruel eres a las veces en perdonar que en matar. Piadosa fuera para mí si nos llevaras a entrambos; mas ahora fuiste cruel en matar al hijo y más cruel en perdonar a la madre. 


viernes, 18 de abril de 2014

LA VICTORIA DE CRISTO. Por San Juan Crisóstomo.


¿Has considerado esta victoria admirable? ¿Has considerado los preclaros hechos de la cruz? ¿Podré yo decirte algo que sea más admirable? ¡Conoce el modo de esta victoria y quedarás aún más estupefacto! Porque por los medios por donde el demonio había vencido, por esos Cristo lo venció; y habiendo tomado las mismas armas con que aquél se había revestido, con ellas lo derrocó. ¡Oye cómo! ¡Una virgen y un leño y la muerte fueron los signos de nuestra ruina! La virgen fue Eva, porque aún no había conocido varón. El leño fue el árbol y la muerte era la amenaza hecha a Adán. Pero observa: ¡de nuevo la Virgen, el leño y la muerte, fueron signos, pero ciertamente signos de ruina y de victoria!.

Porque en lugar de Eva aquí está María; en vez del árbol de la ciencia del bien y del mal, está el árbol de la cruz; y en vez de la muerte de Adán está la muerte de Cristo. ¿Ves cómo aquél fue vencido por los mismos medios con que había vencido? ¡A Adán lo venció el demonio junto al árbol y junto al árbol Cristo derribó al demonio! Aquel árbol echaba al infierno; mientras que éste, aun a los que ya habían descendido, los devuelve a la vida. Además, al hombre ya vencido y desnudo, lo ocultó uno de los árboles; el otro mostró desnudo en alto al vencedor a todos. ¡Aquella muerte condenó a todos los que después han nacido; ésta, en cambio, aun a los que nacieron antes de ella, los resucitó!.

¿Quién podrá contar las obras del poder de Yavé? ¡Sacados de la muerte se nos hizo inmortales! ¡Son éstas las preciaras hazañas de la cruz! ¿Has comprendido la victoria? ¿has comprendido el modo de ella? ¡Pues entiende ahora cómo sin trabajos ni sudores nuestros se alcanzó esta victoria! ¡No ensangrentamos nosotros nuestras armas; no nos presentamos en el combate; no sufrimos las heridas; ni siquiera vimos la batalla; y con todo ganamos la victoria! ¡Fue del Señor la pelea y fue nuestra la corona! Siendo pues nuestra la victoria, imitemos a los soldados, y cantemos las alabanzas y honores del triunfo con alegres voces: ¡La muerte ha sido absorbida por la victoria! ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¡Y fue la cruz la que nos engendró todas estas preclaras hazañas!.

¡La cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con que Cristo atravesó a la serpiente! ¡La cruz fue voluntad del Padre, gloria del Hijo, gozo del Espíritu Santo, honor de los ángeles, seguridad de la Iglesia, glorificación de Pablo, muro de los santos, luz del orbe todo! Porque así como si alguno enciende una lámpara en una habitación envuelta toda en tinieblas, y la pone en lo alto, al punto pone en fuga la oscuridad; así Cristo, cuando las tinieblas estaban esparcidas por todo el universo, El, a la manera de una lámpara, encendió la cruz y la levantó en alto y disipó en toda la tierra las tinieblas. Y a la manera que la lámpara lleva la luz en la parte superior, así la cruz tuvo encima de lo alto al Sol de justicia que resplandecía.

En cuanto el mundo lo vio a El fijo con los clavos, quedó aterrorizado; tembló la tierra; las rocas se partieron. Pero, aunque las rocas se rompieron, la dureza de los judíos no se rompió. Se rasgó el velo del templo, pero no se rompió la malvada conspiración de ellos. ¿Por qué se rasgó el velo? ¡Porque el templo no tuvo fuerzas para contemplar al Señor crucificado, y así, por lo que al velo le aconteció, publicó el templo, sólo faltando las palabras, que cualquiera, de hoy en adelante, puede conculcar el Santo de los santos! Porque ¿qué necesidad tengo ya de esas cosas, una vez que allá afuera se ha llevado a cabo y se ha ofrecido semejante sacrificio? ¿De qué me sirve ya el Testamento? ¡En vano y por tanto tiempo enseñé a éstos! ¿Qué utilidad se me sigue de la Ley? Todo esto gritaba también el profeta, cuando decía: ¿Por qué se amotinan las naciones y trazan los pueblos planes en vano? 25 Habían escuchado aquello de que: Como oveja fue llevado al matadero y a la manera de un cordero calló delante del que lo trasquilaba; y a pesar de haber considerado y meditado por tanto tiempo esta profecía, no la creyeron cuando ya estuvo presente lo que había ella predicho.

¿Ves cómo meditaron en vano? ¡Por esto se rasgó el velo del templo: para significar así la soledad y perpetua devastación que en adelante se seguiría!.


Papa Francisco: La oración nos cambia el corazón y nos hace comprender mejor cómo es Dios

En su homilía en la Misa que celebró en la capilla de la Casa Santa Marta hoy, el Papa Francisco señaló que “la oración nos cambia el corazón” y “nos hace comprender mejor cómo es Dios”, por lo que debe hacerse con libertad e insistencia, como se le habla a un amigo.

El Santo Padre recordó en su homilía el diálogo de Dios con Moisés en el Monte Sinaí, en el que Moisés reza con fuerza para que el Señor no castigue a su pueblo por haber hecho un becerro de oro.

“Esta oración es una verdadera lucha con Dios. Una lucha del jefe del pueblo para salvar a su pueblo, que es el pueblo de Dios”, indicó el Papa, pues la oración debe ser “negociar con Dios”, llevando “argumentaciones”.

Al final, Moisés convence a Dios, indicó el Papa, y la lectura dice que “el Señor se arrepintió del mal que había amenazado hacer a su pueblo”. Pero Francisco cuestionó a continuación “¿pero, quién ha cambiado a quién? ¿Cambió el Señor? Yo creo que no”.

“El que cambió fue Moisés, porque Moisés creía que el Señor habría hecho esto, creía que el Señor habría destruido al pueblo, y recuerda qué bueno había sido el Señor con su pueblo, cómo lo había liberado de la esclavitud de Egipto y conducido con una promesa”.

“Y con estas argumentaciones, trata de convencer a Dios, pero en este proceso él vuelve a encontrar la memoria de su pueblo, y encuentra la misericordia de Dios. Moisés, que tenía miedo, miedo de que Dios hiciera esto, al final desciende del monte con algo grande en su corazón: nuestro Dios es misericordioso. Sabe perdonar. Vuelve sobre sus decisiones. Es un Padre”.

El Papa señaló que todo esto Moisés ya lo sabía, “pero lo sabía más o menos oscuramente y en la oración lo reencuentra. Esto es lo que hace la oración en nosotros: nos cambia el corazón”.

“La oración nos cambia el corazón. Nos hace comprender mejor cómo es nuestro Dios. Pero para esto es importante hablar con el Señor, no con palabras vacías. Jesús dice: ‘Como hacen los paganos’. No, no, hablar con la realidad: ‘Pero, mira, Señor, que tengo este problema, en la familia, con mi hijo, con este, con el otro… ¿Qué se puede hacer? ¡Pero mira que tú no me puedes dejar así!’. ¡Ésta es la oración! ¿Pero tanto tiempo lleva esta oración? Sí, lleva tiempo”.

El Santo Padre recordó que “la Biblia dice que Moisés hablaba cara a cara con el Señor, como con un amigo. Así debe ser la oración: libre, insistente, con argumentaciones”.

“Y también reprochando un poco al Señor: ‘Pero, tú me has prometido esto, y esto no lo has hecho…’, así, como se habla con un amigo. Abrir el corazón a esta oración”.

Francisco indicó que “Moisés bajó del monte fortalecido: ‘He conocido más al Señor’, y con esa fuerza que le había dado la oración, retoma su trabajo de conducir al pueblo hacia la Tierra prometida. Porque la oración fortalece: fortalece. Que el Señor nos dé a todos nosotros la gracia, porque rezar es una gracia”.

“En toda oración está el Espíritu Santo”, recordó el Papa, señalando que “no se puede rezar sin el Espíritu Santo. Es Él quien reza en nosotros, es Él quien nos cambia el corazón, es Él quien nos enseña a llamar a Dios ‘Padre’”.

“Pidamos al Espíritu Santo que Él nos enseñe a rezar, sí, como ha rezado Moisés, a negociar con Dios, con libertad de espíritu, con coraje. Y que el Espíritu Santo, que siempre está presente en nuestra oración, nos conduzca por este camino”, concluyó.

jueves, 17 de abril de 2014

JUEVES SANTO

Este día comienza el Misterio del Amor de Dios... hoy es el día de la Cena... del lavatorio... de la Eucaristía... del Huerto... es día de dejarnos alcanzar por el amor de Jesús... de ser sus amigos... de orar con Él y no dejarle Solo... es día de abrazarle y consolarle ante la llegada inminente de su “Hora”...
Que esta hermosa reflexión del Padre Ignacio Camarena nos ayude a comprender un poco mejor el Misterio del Jueves Santo... y nos mueva a abrirle nuestros corazones al Corazón que salvó al mundo: el Corazón Misericordioso de Jesucristo... DTB!


De "Tengo sed de Ti"

miércoles, 16 de abril de 2014

Jesús aparece en la cruz como un derrotado pero Él carga el mal sobre sí para vencerlo, el Papa en su catequesis

El Papa Francisco dedicó su catequesis de este Miércoles Santo a la aceptación de Jesús de la humillación y muerte de cruz para salvarnos, y en cuyo sufrimiento podemos ver el dolor de la humanidad.
El Obispo de Roma afirmó que si bien nos gustaría que Dios acabara, mediante un gesto de su omnipotencia, con la injusticia, el mal y el pecado, la pasión de Jesucristo “no ocurre por error”, sino que de este modo nos muestra su amor infinito
Mientras nos revela que cuando todo parece perdido es cuando Dios interviene con la potencia de su resurrección, que no es el “final feliz” de un cuento de hadas, sino la prueba de que Dios actúa allí donde las fuerzas humanas ya no dan más de sí. 

Por eso, dijo el Papa, también nosotros, en los momentos de mayor oscuridad, debilidad y flaqueza, debemos poner nuestra esperanza en Dios, como hizo Jesús.
El Santo Padre invitó a vivir esta Pascua con la certeza de que, en Jesús, Dios nos ama y nos perdona. A la vez que pidió a nuestra Madre, la Virgen María, que nos acompañe en el camino de la cruz y del amor que Cristo nos enseña.
Hablando en nuestro idioma, el Papa Francisco dijo: 


 Resumen de la catequesis que el Papa Francisco pronunció español:

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, en la mitad de la Semana Santa la liturgia nos presenta el triste hecho de la traición de Judas. 

Judas va a las autoridades y les dice simplemente: ¿Cuánto me van a dar si yo lo entrego? ¡30 monedas! Y Jesús tiene precio, como cualquier mercadería en un mercado. Y Jesús acepta esa humillación hasta la muerte de cruz.
 

En su sufrimiento y en su muerte, podemos ver el dolor de la humanidad, el dolor de nuestros pecados, y la respuesta de Dios a ese misterio del poder del mal. Dios toma sobre sí el mal del mundo para vencerlo. 

Su pasión no ocurre por error. Es la manera de mostrarnos su amor infinito. 


En esa pasión de Jesús contemplamos su grandeza y su amor.
En esta Semana Santa nos hará bien, a todos, mirar el crucifijo, besar las llagas de Jesús y decirle gracias. Porque eso lo hizo por cada uno de nosotros. Pero Dios siempre interviene en el momento en que quizás uno no lo espera, y Jesús resucita.
La resurrección de Jesús no es el “final feliz” de un cuento de hadas, no es el “happy end” de una película, sino que es la prueba de que Dios actúa en el momento más difícil, en el momento más oscuro. La noche siempre es muy oscura un poquito antes de que empiece a amanecer. 

No bajemos de la cruz antes de tiempo. Y no olvidemos, en esta semana, de besar muchas veces el crucifijo.
 

martes, 15 de abril de 2014

El decálogo de Juan XXIII: sólo hoy, intentaré hacer el bien

Los diez consejos para la serenidad que proponía el "Papa Bueno"
1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente este día, sin querer resolver de una sola vez el problema de mi vida.
2. Sólo por hoy pondré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis modales, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, salvo a mí mismo.
3. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

4. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiem­po a una buena lectura; recordando que como el ali­mento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

5. Sólo por hoy haré una buena acción sin decírselo a nadie.
6. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido procuraré que nadie lo sepa.

7. Sólo por hoy seré feliz, en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en este mundo, sino también en el otro.

8. Sólo por hoy haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
9. Sólo por hoy creeré firmemente, aunque las cir­cunstancias demuestren lo contrario, que la buena pro­videncia de Dios se ocupa de mí como si nadie existie­ra en el mundo.

10. Sólo por hoy no tendré temores: De manera par­ticular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.
Puedo hacer el bien durante un día. Lo que me desa­lentaría sería pensar en tener que hacerlo durante toda mi vida.

Articulo publicado por Mercabá

UNO DE USTEDES ME ENTREGARÁ. Evangelio según San Juan 13,21-33.36-38.


Jesús, estando en la mesa con sus discípulos, se estremeció y manifestó claramente: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará". Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería. 

Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús. Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: "Pregúntale a quién se refiere".

El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: "Señor, ¿quién es?". Jesús le respondió: "Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato". Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. 

Jesús le dijo entonces: "Realiza pronto lo que tienes que hacer". Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto. Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: "Compra lo que hace falta para la fiesta", o bien que le mandaba dar algo a los pobres. Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche.

Después que Judas salió, Jesús dijo: "Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto.

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'".

Simón Pedro le dijo: "Señor, ¿adónde vas?". Jesús le respondió: "A donde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás".

Pedro le preguntó: "¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti". Jesús le respondió: "¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces".