sábado, 7 de diciembre de 2013

Rezar con insistencia y con la certeza que Dios escuchará nuestra oración, Francisco el viernes en Santa Marta


El Papa reflexionó hoy sobre este tema en la homilía de la Misa en la Casa de Santa Marta. La oración, afirmó, tiene dos actitudes: es “necesaria” y al mismo tiempo es “segura” del hecho que Dios, en sus tiempos y en sus modos, escuchará la necesidad.

La oración, cuando es verdaderamente cristiana, oscila entre la necesidad que contiene siempre y la certidumbre de ser escuchada, aunque no se sepa con exactitud cuándo. Esto porque quien reza no teme disturbar a Dios y nutre una confianza ciega en su amor de Padre. Ciega como los dos ciegos del pasaje del Evangelio de hoy, que gritan detrás de Jesús su necesidad de ser curados. O como el ciego de Jericó, que invoca la intervención del Maestro con una voz más fuerte de quien quiere acallarlo. Porque el mismo Jesús – recordó el Santo Padre – nos ha enseñado a orar como “el amigo fastidioso” que pide comida a medianoche, o como “la viuda con el juez corrupto”:

“No sé si quizás esto suena mal, pero rezar es un poco molestar a Dios, para que nos escuche. Pero, el Señor lo dice: como el amigo a medianoche, como la viuda al juez… Es atraer los ojos, atraer el corazón de Dios hacia nosotros… Y esto lo han hecho aquellos leprosos que se le acercaron: ‘Si quieres, puedes sanarnos!’. Lo han hecho con una cierta seguridad. Así, Jesús nos enseña a rezar. Cuando nosotros rezamos, a veces pensamos: ‘Pero, si, yo digo esta es mi necesidad, le digo al Señor una, dos, tres veces, pero no con tanta fuerza. Después me canso de pedirlo y me olvido de pedirlo’. ´Éstos gritaban y no se cansaban de gritar’. Jesús nos dice: ‘Pidan’, pero también nos dice: ‘Llamen a la puerta’, y quien llama a la puerta hace ruido, disturba, da fastidio”.
Insistencia hasta el límite del fastidio. Pero también una inquebrantable certidumbre. Los ciegos del Evangelio son aún un ejemplo. “Se sienten – afirmó Francisco – seguros de pedir al Señor la salud”, porque a la pregunta de Jesús si creen que Él pueda curarlos, ellos responden: “¡Sí, Señor, creemos, estamos seguros!”:
“Y la oración tiene estas dos actitudes: es necesaria y es segura. Oración necesaria siempre: la oración, cuando nosotros pedimos alguna cosa, es necesaria: 'tengo esta necesidad, escúchame, Señor'. Pero también, cuando es verdadera, es segura: ‘¡Escúchame! Yo creo que tú puedes hacerlo porque tú lo has prometido’”.
“Él lo ha prometido”: he aquí la piedra angular sobre la que se apoya la certidumbre de una oración. “Con esta seguridad – repitió el Obispo de Roma – decíamos al Señor nuestras necesidades, pero seguros que Él pueda hacerlo”. Rezar, dice, es sentirse preguntar por Jesús la pregunta a los dos ciegos: “¿Tú crees que yo pueda hacer esto?”:
“Él puede hacerlo. Cuando lo hará, como lo hará no lo sabemos. Esta es la seguridad de la oración. La necesidad de decirla con verdad, al Señor. ‘Soy ciego, Señor. Tengo esta necesidad. Tengo esta enfermedad. Tengo este pecado. Tengo este dolor…’, pero siempre la verdad, como son las cosas. Y Él siente la necesidad, pero siente que pedimos su intervención con seguridad. Pensemos si nuestra oración es necesaria y es segura: necesaria, porque decimos la verdad a nosotros mismos, y segura, porque creemos que el Señor puede hacer aquello que le pedimos”. (RC-RV)

El Papa en Santa Marta advierte de las “palabras cristianas sin Cristo”


“Me refiero a las palabras cristianas, porque cuando no está Jesucristo también esto crea división entre nosotros, hace la división en la Iglesia. Pedir al Señor la gracia de ayudarnos en la humildad, que tenemos que tener siempre, de decir palabras cristianas en Jesucristo, no sin Jesucristo. Con esta humildad de ser discípulos salvados y de ir adelante no con palabras que, por creerse poderosas, terminan en la locura de la vanidad, en la locura del orgullo. ¡Que el Señor nos de esta gracia de la humildad de decir palabras con Jesucristo, fundadas sobre Jesucristo!”. (RC-RV)Quien pronuncia palabras cristianas sin Cristo, o sea sin ponerlas en práctica, se hace mal a sí mismo y a los otros, porque está vencido por el orgullo, y causa división también en la Iglesia: es en resumen lo que dijo el Papa Francisco la mañana del jueves, durante la Misa en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

Es una locura -explicó el Santo Padre- que hace volverse soberbios:
Escuchar y poner en práctica la palabra del Señor es como construir la casa sobre la roca. El Papa Francisco explicó la parábola evangélica propuesta por la liturgia del día. Jesús reprendía a los fariseos el conocer los mandamientos pero no realizarlos en sus vidas: “son palabras buenas”, pero si no son puestas en práctica “no solamente no sirven, sino que hacen mal: nos engañan, nos hacen creer que tenemos una bella casa, pero sin fundamento”. Una casa que no está construida sobre la roca:

“Esta figura de la roca se refiere al Señor. Isaías, en la Primera Lectura, lo dice: ‘¡Confíen en el Señor para siempre, porque el Señor es una Roca eterna!’. ¡La roca es Jesucristo! ¡La roca es el Señor! Una palabra es fuerte, da vida, puede ir adelante, puede tolerar todos los ataques, si esta palabra tiene sus raíces en Jesucristo. Una palabra cristiana que no tiene sus raíces vitales, en la vida de una persona, en Jesucristo, ¡es una palabra cristiana sin Cristo! y las palabras cristianas sin Cristo ¡engañan, hacen mal! Un escritor inglés, una vez, hablando de las herejías decía que una herejía es una verdad, una palabra, una verdad, que se ha convertido en una locura. Cuando las palabras cristianas son palabras sin Cristo comienzan a recorrer el camino de la locura”.

“Una palabra cristiana sin Cristo te conduce a la vanidad, a la seguridad de ti mismo, al orgullo, al poder por el poder. Y el Señor derriba a estas personas. Esta es una constante en la historia de la Salvación. Lo dice Ana, la mamá de Samuel; lo dice María en el Magnificat: el Señor derriba la vanidad, el orgullo de aquellas personas que se creen ser de roca. Estas personas que solamente van detrás de una palabra, pero sin Jesucristo: una palabra cristiana cierto, pero sin Jesucristo, sin la relación con Jesucristo, sin la oración con Jesucristo, sin el servicio a Jesucristo, sin el amor a Jesucristo. Esto es lo que hoy nos dice el Señor: construir nuestra vida sobre esta roca y la roca es Él”.

“Nos hará bien un examen de conciencia - afirmó el Obispo de Roma- para entender “como son nuestras palabras”, si son palabras “que creen ser poderosas”, capaces “de darnos la salvación”, o si “son palabras con Jesucristo”:

viernes, 6 de diciembre de 2013

"El Señor es mi luz y mi salvación"

ORAR CON EL SALMO DE HOY - Salmo 27(26): "El Señor es mi luz y mi salvación"


El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién he de temer?
Amparo de mi vida es el Señor,
¿ante quién temblaré?

Una cosa al Señor sólo le pido,
la cosa que yo busco
es habitar en la casa del Señor
mientras dure mi vida,
para gozar de la dulzura del Señor
y cuidar de su santuario.

La bondad del Señor espero ver
en la tierra de los vivientes.
Confía en el Señor, ¡ánimo, arriba!,
espera en el Señor.

Preparar la Navidad con la oración

Prepararse para la Navidad con la oración, la caridad y la alabanza: con el corazón abierto para dejarse encontrar por el Señor que todo lo renueva. 

En el Adviento empezamos un nuevo camino, un "camino de la Iglesia ... hacia la Navidad". Vayamos al encuentro del Señor, porque la Navidad no es sólo un acontecimiento temporal o un recuerdo de una cosa bonita.

La Navidad es algo más: vamos por este camino para encontrarnos con el Señor. ¡La Navidad es un encuentro! Y caminamos para encontrarlo: encontrarlo con el corazón; con la vida; encontrarlo vivo, como Él es; encontrarlo con fe. El Señor, en la palabra de Dios que escuchamos, se maravilló del centurión: se maravilló de la fe que el tenia. Él había hecho un camino para encontrarse con el Señor, pero lo había hecho con fe. Por eso no sólo él se ha encontrado con el Señor, sino que ha sentido la alegría de ser encontrado por el Señor. Y este es precisamente el encuentro que nosotros queremos: ¡el encuentro de la fe!

Pero más allá de ser nosotros los que encontremos al Señor, es importante "dejarnos encontrar por Él"

Cuando somos nosotros solos los que encontramos al Señor, somos nosotros -digámoslo, entre comillas - los dueños de este encuentro; pero cuando nos dejamos encontrar por Él, es Él quien entra en nosotros, es Él el que vuelve a hacer todo de nuevo, porque esta es la venida, lo que significa cuando viene Cristo: volver a hacer todo de nuevo, rehacer el corazón, el alma, la vida, la esperanza, el camino. Nosotros estamos en camino con fe, con la fe del centurión, para encontrar al Señor y, sobre todo, ¡para dejar que Él nos encuentre!

Pero se necesita un corazón abierto:¡para que Él me encuentre! Y me diga aquello que Él quiere decirme, ¡que no es siempre aquello que yo quiero que me diga! Él es Señor y Él me dirá lo que tiene para mí, porque el Señor no nos mira a todos juntos, como una masa. ¡No, no! Nos mira a cada uno a la cara, a los ojos, porque el amor no es un amor así, abstracto: ¡es un amor concreto! De persona a persona: el Señor persona me mira a mí persona. Dejarse encontrar por el Señor es precisamente esto: ¡dejarse amar por el Señor!

Papa Francisco
En este camino hacia la Navidad, nos ayudan algunas actitudes: 

  • La perseverancia en la oración, rezar más;
  • La laboriosidad en la caridad fraterna, acercarnos un poco más a los que están necesitados;
  • y la alegría en la alabanza del Señor. 

    Por tanto: la oración, la caridad y la alabanza, con el corazón abierto para que el Señor nos encuentre.
  • Adviento

    El Adviento es como un camino. Inicia en un momento del año, avanza por etapas progresivas, se dirige a una meta.

    Llega la invitación a ponernos en marcha. ¿Quién invita? ¿Desde dónde iniciamos a caminar? ¿Hacia qué meta hemos de dirigir nuestros pasos?

    La invitación llega desde muy lejos. La historia humana comenzó a partir de un acto de amor divino: "Hagamos al hombre". El amor daba inicio a la vida.

    Ese acto magnífico se vio turbado por la respuesta del hombre, por un pecado que significó una tragedia cósmica. Dios, a pesar de todo, no interrumpió su Amor apasionado y fiel. Prometió que vendría el Mesías.

    La humanidad entera fue invitada a la espera. El Pueblo escogido, el Israel de Dios, recibió nuevos avisos, oteó que el Mesías llegaría en algún momento de la historia. El pasar de los siglos no apagó la esperanza. El Señor iba a cumplir, pronto, su promesa.

    Esa invitación llega ahora a mi vida. También yo espero salir de mi pecado. También yo necesito sentir el Amor divino que me acompaña en la hora de la prueba. También yo escucho una voz profunda que me pide dejar el egoísmo para dedicarme a servir a mis hermanos.

    ¿Desde dónde comienzo este camino? Quizá desde la tibieza de un cristianismo apagado y pobre. Quizá desde odios profundos hacia quien me hizo daño. Quizá desde pasiones innobles que me llevan a caer continuamente en el pecado. Quizá desde la tristeza por ver tan poco amor y tantas promesas fracasadas.

    La voz vuelve a llamar. En el desierto del mundo, en la soledad de la multitud urbana, en la calma de la noche invadida por los ruidos, en las risas de una fiesta sin sentido... La voz pide, suplica, espera que dé un primer paso, que abra el Evangelio, que escuche la voz de Juan el Bautista, que abandone injusticias y perezas, que mira hacia delante.

    El Salvador llega. Juan lo anuncia. La voz que suena en el desierto llega hasta nosotros: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15-16).
    P. Fernando Pascual

    jueves, 5 de diciembre de 2013

    Más vale refugiarse en el Señor que confiar en los hombres"


    Den gracias al Señor, pues él es bueno,
    pues su bondad perdura para siempre.
    Más vale refugiarse en el Señor
    que confiar en los hombres;
    más vale refugiarse en el Señor
    que confiar en los poderosos.

    «¡Abranme las puertas de justicia
    para entrar a dar gracias al Señor!»
    «Esta es la puerta que lleva al Señor,
    por ella entran los justos».
    ¡Te agradezco que me hayas escuchado,
    tú has sido para mí la salvación!

    ¡Danos, oh Señor, la salvación, danos, oh Señor, la victoria!
    «¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor!
    Desde la casa del Señor los bendecimos:
    el Señor es Dios, él nos ilumina». 

    miércoles, 4 de diciembre de 2013

    De las catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo. Reflexión Espiritual, I semana de Adviento


    Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino. Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto, todavía futuro. [...]

    No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda [...]. El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. [...] Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado. [...]

    En nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria.
    News.va

    Papa: “Resucitaremos con nuestros cuerpos, esto es verdad”

    Vuelvo hoy de nuevo sobre la afirmación: “Creo en la resurrección de la carne”. Se trata de una verdad que no es sencilla y nada obvia, porque, viviendo inmersos en este mundo, no es fácil comprender la realidad futura. Pero el Evangelio nos ilumina: nuestra resurrección está estrechamente vinculada a la resurrección de Jesús; el hecho de que Él esté resucitado es la prueba de que existe la resurrección de los muertos. Quisiera entonces, presentar algunos aspectos que relacionan la resurrección de Cristo y nuestra resurrección. Él ha resucitado y así, nosotros también resucitaremos.
            
    Antes que nada, la misma Sagrada Escritura contiene un camino hacia la fe plena en la resurrección de los muertos. Esta se expresa como fe en Dios creador de todo hombre, alma y cuerpo, y como fe en Dios liberador, el Dios fiel a la Alianza con su pueblo. El profeta Ezequiel, en una visión, contempla los sepulcros de los deportados que se vuelven a abrir y los huesos secos vuelven a vivir gracias a la acción de un espíritu vivificante. Esta visión expresa la esperanza en la futura “resurrección de Israel”, es decir en el renacimiento del pueblo derrotado y humillado (cf. Ez 37,1-14).
     
    Jesús, en el Nuevo Testamento, lleva a su cumplimiento esta Revelación, y vincula la fe en la resurrección a su misma Persona: “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 11,25). De hecho, será Jesús el Señor el que resucitará en el último día a todos los que hayan creído en Él. Jesús vino entre nosotros, se hizo hombre como nosotros en todo, menos en el pecado; de este modo nos ha tomado consigo en su camino de vuelta al Padre. Él, el Verbo Encarnado, muerto por nosotros y resucitado, da a sus discípulos el Espíritu Santo como un anticipo de la plena comunión en su Reino glorioso, que esperamos vigilantes. Esta espera es la fuente y la razón de nuestra esperanza: una esperanza que, cultivada y custodiada, se convierte en luz para iluminar nuestra historia personal y comunitaria. Recordémoslo siempre: somos discípulos de Él que ha venido, viene cada día y vendrá al final. Si conseguimos tener más presente esta realidad, estaremos menos cansados en nuestro día a día, menos prisioneros de lo efímero y más dispuestos a caminar con corazón misericordioso en la vía de la salvación.
            
    Un segundo aspecto: ¿qué significa resucitar? La resurrección, la resurrección de todos nosotros, ¿eh? Sucederá en el último día, al final del mundo, por obra de la omnipotencia de Dios, que restituirá la vida a nuestro cuerpo reuniéndolo con el alma, por la resurrección de Jesús.

    Esta es la explicación fundamental: porque Jesús resucitó, nosotros resucitaremos. Tenemos esperanza en la Resurrección por que Él nos ha abierto la puerta, nos ha abierto la puerta a la Resurrección. Esta transformación en espera, en camino a la Resurrección, esta transfiguración de nuestro cuerpo se prepara en esta vida mediante el encuentro con el Cristo Resucitado en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Nosotros que en esta vida nos nutrimos de su Cuerpo y de su Sangre, resucitaremos como Él, con Él y por medio de Él. Como Jesús resucitó con su propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Esto no es mentira ¿eh? ¡Esto es verdad! Nosotros creemos que Jesús está resucitado, que Jesús está vivo en este momento, ¿Creéis que Jesús está vivo, que está vivo? ¡Ah! ¡no creéis! ¿creéis o no creéis? (¡Sí!) Y si Jesús está vivo ¿pensáis que Jesús nos dejará morir y nunca nos resucitará? ¡No! ¡Él nos espera! Y como Él está resucitado, la fuerza de su Resurrección nos resucitará a nosotros.
     
    Ya en esta vida nosotros participamos de la Resurrección de Cristo
    . Si es verdad que Jesús nos resucitará al final de los tiempos, es también verdad que, en un aspecto, ya estamos resucitados con Él. ¡La Vida Eterna comienza ya en este momento! Comienza durante toda la Vida hacia aquel momento de la Resurrección final ¡Ya estamos resucitados! De hecho, mediante el Bautismo, estamos insertos en la muerte y resurrección de Cristo y participamos de una vida nueva, es decir la vida del Resucitado. Por tanto, en la espera de este último día, tenemos en nosotros una semilla de resurrección, como anticipo de la resurrección plena que recibiremos en herencia. Por esto también el cuerpo de cada uno es resonancia de eternidad, por tanto ha de ser respetado siempre; y sobre todo debe ser respetada y amada la vida de todos los que sufren, para que sientan la cercanía del Reino de Dios, de esa condición de vida eterna hacia la que caminamos. Este pensamiento nos da esperanza. Estamos en camino hacia la Resurrección. Esta es nuestra alegría: un día encontrar a Jesús, encontrar a Jesús todos juntos. Todos juntos, no aquí en la Plaza, en otra parte, pero alegres con Jesús. Y este es nuestro destino.

    martes, 3 de diciembre de 2013

    La Iglesia es alegre en la esperanza, el Papa el martes en Santa Marta


    La Iglesia debe ser siempre alegre como Jesús. Lo afirmó el Papa Francisco en la Misa del martes en la Casa de Santa Marta. El Pontífice subrayó que la Iglesia está llamada a transmitir la alegría del Señor a sus hijos, una alegría que dona la verdadera paz.

    Paz y alegría. El Papa Francisco desarrolló su homilía deteniéndose sobre este binomio. En la primera Lectura tomada del Libro de Isaías, observó, notamos el deseo de paz que todos albergamos. Una paz que, dice Isaías, nos llevará al Mesías. En el Evangelio, en cambio, “podemos percibir un poco el alma de Jesús, el corazón de Jesús: un corazón alegre”:

    “Pensamos siempre en Jesús cuando predicaba, cuando sanaba, cuando caminaba, iba por las calles, también durante la Última Cena… Pero no estamos tan acostumbrados a pensar en Jesús sonriente, alegre. Jesús estaba lleno de alegría: lleno de alegría. En aquella intimidad con su Padre: ‘Exultó de alegría en el Espíritu Santo y alabó al Padre’. Es precisamente el misterio interno de Jesús, aquella relación con el Padre en el Espíritu. Es su alegría interna, su alegría interior que Él nos da”.

    “Y esta alegría – observó – es la verdadera paz: no es una paz estática, quieta, tranquila”. No, “la paz cristiana es una paz alegre, porque nuestro Señor es alegre”. Y, también, es alegre “cuando habla del Padre: ama tanto al Padre que no puede hablar del Padre sin alegría”. Nuestro Dios, recalcó, “es alegre”. Y Jesús “ha querido que su esposa, la Iglesia, también fuese alegre”:

    “No se puede pensar en una Iglesia sin alegría y la alegría de la Iglesia es justamente eso: anunciar el nombre de Jesús. Decir: ‘Él es el Señor. Mi esposo es el Señor. Es Dios. Él nos salva, Él camina con nosotros. Y aquella es la alegría de la Iglesia, que en esta alegría de esposa se convierte en madre. Pablo VI decía: la alegría de la Iglesia es precisamente evangelizar, ir adelante y hablar de su Esposo. Y también transmitir esta alegría a los hijos que ella hace nacer, que ella hace crecer”.

    Y así, agregó, contemplamos que la paz de la que nos habla Isaías “es una paz que se mueve tanto, es una paz de alegría, una paz de alabanza”, una paz que podemos definir “ruidosa, en la alabanza, una paz fecunda en la maternidad de nuevos hijos”. Una paz, subrayó Francisco, “que viene justamente de la alegría de la alabanza a la Trinidad y de la evangelización, de ir a los pueblos a decir quién es Jesús”. “Paz y alegría”, ha resaltado el Pontífice. Y subrayó sobre aquello que dice Jesús, “una declaración dogmática”, cuando afirma: “Tú has decidido así, de revelarte no a los sabios sino a los pequeños”:

    “También en las cosas tan serias, como ésta, Jesús es alegre, la Iglesia es alegre. Debe ser alegre. También en su viudez - porque la Iglesia tiene una parte de viuda que espera el regreso de su esposo - también en la viudez, la Iglesia es alegre en la esperanza. Que el Señor nos dé a todos esta alegría, esta alegría de Jesús, alabando al Padre en el Espíritu. Esta alegría de nuestra madre Iglesia en el evangelizar, en el anunciar a su Esposo”.


    (Traducción del italiano: Raúl Cabrera- Radio Vaticano)

    Toda la vida en un encuentro con Jesús. Papa Francisco

    Ciudad del Vaticano, 1 diciembre 2013 (VIS).-La parroquia romana de San Cirilo Alejandrino, que cuenta con un gran número de inmigrantes, ha recibido esta tarde, a las 16,00. la visita del Papa que ha encontrado a los niños que este año recibirán la primera comunión, a los bautizados y a sus padres y a los enfermos. Francisco, antes de celebrar la santa misa, ha confesado a siete parroquianos y, en el curso de la celebración eucarística, ha administrado el sacramento de la confirmación a nueve niños. Es la segunda vez que en su pontificado el Santo Padre va una parroquia de la capital, la primera que lo recibió en el mes de mayo fue la de Santa Isabel y San Zacarías.

    Nuestra vida es un camino que tenemos que recorrer para llegar al encuentro con Jesús. Lo más importante que le puede pasar a una persona es encontrarse con Jesús... que nos quiere, nos ha salvado y dio su vida por nosotros”, ha dicho el Papa, dirigiéndose sobre todo a los nuevos confirmados. “Podemos preguntarnos: ¿Pero cuando encontramos a Jesús? ¿Sólo al final?: ¡No!... Toda la vida es un encuentro con Jesús, cuando rezamos, cuando vamos a misa y cuando hacemos obras buenas; cuando visitamos a los enfermos y cuando ayudamos a un pobre; cuando pensamos en los demás, cuando no somos egoístas, cuando somos amables... En estas cosas encontramos siempre a Jesús. Y el camino de la vida es éste: caminar para encontrar a Jesús”.
    Acordaos siempre: la vida es un camino. Un camino para encontrar a Jesús. Al final y siempre. Un camino donde no encontramos a Jesús no es un camino cristiano... “Pero alguno me dirá -ha improvisado Francisco- tu sabes que este camino para mi es difícil, porque soy un pecador, he cometido tantos pecados... ¿cómo puedo encontrar a Jesús?. ¿Sabéis que las personas que Jesús buscaba eran sobre todo pecadores? Y ésto es lo que reprochaba la gente, las personas que se creían justas. Decían: éste no es un verdadero profeta ¡fíjate que compañía lleva! Estaba con los pecadores. Y El decía: Yo he venido para los que necesitan salud, para los que necesitan ser curados; y Jesús nos cura los pecados. Y en el camino... todos somos pecadores. E incluso cuando nos equivocamos...Jesús sale al encuentro y nos perdona. Y ese perdón que recibimos en la confesión es también un encuentro con Jesús; lo encontramos siempre”.
    Y caminemos así por la vida, como dice el profeta, hasta el monte, hasta el día del encuentro definitivo. ..Esta es la vida cristiana: caminar, ir adelante, unidos, como hermanos, queriéndonos unos a otros. Sed valientes, no tengáis miedo. La vida es este camino”, ha concluido el Papa, que una vez acaba la misa, ha departido con algunos grupos de fieles para volver al Vaticano poco antes de las ocho de la tarde.

    domingo, 1 de diciembre de 2013

    “Buen camino hacia Belén!”. Por el Papa Francisco.


    Se renueva hoy la tradicional cita de Adviento con los alumnos de las Universidades de Roma a los que se unen los Rectores y Profesores de los Ateneos romanos e italianos. Saludo a todos cordialmente: al Cardenal Vicario, a los Obispos, al Alcalde, a las Autoridades académicas e institucionales, a los Asistentes de las Capellanías y de los Grupos universitarios. Los saludo en especial a ustedes, queridos universitarios y universitarias.

    El deseo que San Pablo dirige a los cristianos de Tesalónica, para que Dios los santifique hasta la perfección, demuestra por una parte su preocupación por su santidad y por otra una gran confianza en la intervención del Señor. Esta preocupación del Apóstol vale también para nosotros, cristianos de hoy. La plenitud de la vida cristiana que Dios cumple en los hombres, en efecto, siempre está insidiada por la tentación de ceder al espíritu mundano. Por ello Dios nos dona su ayuda, mediante la cual podemos preservar los dones del Espíritu Santo, los dones que el Espíritu Santo nos ha dado, la vida nueva que nos da, todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserva irreprensible, integérrimo. 


    Pero ¿por qué Dios, después de darnos sus tesoros espirituales, debe intervenir aún para mantenerlos íntegros? Y esta es una pregunta que debemos plantearnos. Porque somos débiles, lo sabemos, nuestra naturaleza humana es frágil y los dones de Dios se conservan en nosotros como en “recipientes de barro” (cfr. 2 Co 4, 7). Y es así la debilidad.
    La intervención de Dios en favor de nuestra perseverancia hasta el final, hasta el encuentro definitivo con Jesús, es expresión de su fidelidad. Es como un diálogo, entre nuestra debilidad y su fidelidad. Él es fuerte en su fidelidad. Y Pablo dirá que él, es fuerte en su debilidad. ¿Porqué?, porque el diálogo con aquella fidelidad de Dios, la fidelidad de Dios nunca decepciona. Él es fiel sobre todo a sí mismo, por lo tanto la obra que ha iniciado en cada uno de nosotros, con su llamada, la conducirá a cumplimiento. Esto nos da seguridad y gran confianza: una confianza que se apoya en Dios y solicita nuestra colaboración activa y valiente, ante los desafíos del momento presente.
    Ustedes saben, queridos jóvenes universitarios, que no se puede vivir sin mirar, sin responder a los desafíos. El que no mira los desafíos, el que no responde a los desafíos, no vive. Su voluntad y sus capacidades, unidos al poder del Espíritu Santo que habita en cada uno de ustedes desde el día de su Bautismo, les permiten ser no espectadores, sino protagonistas de los hechos contemporáneos. Por favor no miren la vida desde el balcón. Estén siempre donde están los desafíos. Los desafíos ayudan a llevar adelante la vida, el desarrollo y la lucha en favor de la dignidad de las personas. La lucha por los valores y tantas luchas que tenemos que afrontar cada día

    Son diversos los desafíos que ustedes jóvenes universitarios están llamados a afrontar con fortaleza interior y audacia evangélica. Fortaleza y audacia. El contexto socio-cultural en el cual están insertados, a veces está recargado de mediocridad y aburrimiento. ¡No hay que resignarse a la monotonía del vivir cotidiano, sino cultivar proyectos de amplio respiro, ir más allá de lo ordinario: ¡no se dejen robar el entusiasmo juvenil! Sería un error también dejarse aprisionar por el pensamiento débil y uniforme, el que homologa una globalización entendida como homologación. 



    Para superar estos riesgos, el modelo a seguir no es la esfera, el modelo que hay que seguir no es la esfera, en la que se nivela cada relieve y desaparece cada diferencia; el modelo en cambio es el poliedro, que incluye una multiplicidad de elementos y respeta la unidad en la variedad. Al defender la unidad, defendemos también la diversidad. Por el contrario esa unidad no sería humana, el pensamiento, de hecho, es fecundo cuando es expresión de una mente abierta, que discierne, siempre iluminada por la verdad, por el bien y por la belleza. Si no se dejarán condicionar por la opinión dominante, sino que quedarán fieles a los principios éticos y religiosos cristianos, encontrarán la valentía de ir también contracorriente. En el mundo globalizado, podrán contribuir a salvar la peculiaridad y características propias, pero tratando de no bajar el nivel ético. En efecto, la pluralidad de pensamiento y de individualidad refleja la multiforme sabiduría de Dios cuando se apoya en la verdad con honestidad y rigor intelectual, cuando se acerca a la pluralidad, a la belleza y cada uno pueda ser un don a beneficio de todos.


    Que el empeño de caminar en la fe y de comportarse en manera coherente con el Evangelio los acompañe en este tiempo de Adviento, para vivir de modo auténtico la conmemoración de la Navidad del Señor. Les puede ayudar el bello testimonio del beato Pier Giorgio Frassati, que decía, un universitario como ustedes, decía: “Vivir sin fe, sin patrimonio que defender, sin sostener una lucha por la verdad no es vivir, sino ir tirando… Nosotros no debemos nunca tirar sino vivir”. (Carta a I. Bonini) 27.II.1925.
    ¡Gracias, y buen camino hacia Belén!

    sábado, 30 de noviembre de 2013

    «Pensar en cristiano» para comprender el «paso de Dios en la historia»Papa Francisco

    «Ésta es la gracia que debemos pedir hoy al Señor: la capacidad que nos da el Espíritu Santo para comprender bien los signos de los tiempos». 

    Un cristiano piensa según Dios y por ello rechaza el pensamiento débil y uniforme, destacó el Papa Francisco en la Misa matutina de este viernes en la Casa de Santa Marta, y explicó que para comprender los signos de los tiempos un cristiano debe pensar no sólo con la cabeza, sino también con el corazón y con el Espíritu Santo. 

    Reflexionando sobre el Evangelio del día, el Santo Padre señaló que el Señor enseña a sus discípulos a comprender los signos de los tiempos, signos que los fariseos no logran comprender. Hay que «pensar en cristiano», para comprender el «paso de Dios en la historia»:
     

    «En el Evangelio, Jesús no se enoja, pero lo finge cuando los discípulos no entienden las cosas. A los de Emaús dice: '¡necios y tardos de corazón'. "¡Oh necios, y tardos de corazón '... Él que no entiende las cosas de Dios es una persona así. El Señor quiere que entendamos lo que sucede: lo que pasa en mi corazón, lo que está pasando en mi vida, lo que sucede en el mundo, en la historia... ¿Qué significa esto que está pasando ahora? ¡Estos son los signos de los tiempos! 

    En cambio, el espíritu del mundo nos hace otras propuestas, porque el espíritu del mundo no nos quiere como pueblo: nos quiere masa, sin pensamiento, sin libertad».El espíritu del mundo, reiteró el Obispo de Roma, «quiere que vayamos por un camino de uniformidad», como advierte San Pablo: «el espíritu del mundo nos trata como si no fuéramos capaces de pensar por cuenta nuestra; nos trata como personas no libres»:
    «El pensamiento uniforme, el mismo pensamiento, el pensamiento débil, un pensamiento tan extendido. 

    El espíritu del mundo no quiere que nos preguntemos delante de Dios: "Pero ¿por qué esto, por qué aquello, ¿por qué sucede esto? '. O incluso nos propone un pensamiento prêt-à-porter, de acuerdo a nuestros propios gustos: "Yo pienso como me da la gana '. Esto para ellos está bien, dicen... Pero lo que el espíritu del mundo no quiere es lo que Jesús nos pide: ¡el libre pensamiento, el pensamiento de un hombre y de una mujer que son parte del pueblo de Dios, y la salvación es precisamente ésta! Piensen en los profetas... "Tú no eras mi pueblo, ahora te digo ‘pueblo mío': así dice el Señor. 

    Y ésta es la salvación: hacernos pueblo, pueblo de Dios, para tener libertad».Jesús nos pide que pensemos libremente, nos pide pensar para comprender qué sucede. La verdad es que solos no podemos, hizo hincapié el Papa Bergoglio, añadiendo que tenemos necesidad de la ayuda del Señor para comprender lo signos de los tiempos y el Espíritu Santo nos da este regalo, un don: la inteligencia para comprender y no porque otros me dicen qué sucede:
    «¿Cuál es el camino que quiere el Señor? Siempre con el espíritu de inteligencia para comprender los signos de los tiempos. Es hermoso pedir al Señor Jesús esta gracia, que nos envíe el espíritu de comprensión, para que no tengamos un pensamiento débil, un pensamiento uniforme, y un pensamiento según los propios gustos: sino un pensamiento como lo quiere Dios. Con este pensamiento, que es un pensamiento de mente, de corazón y de alma. Con este pensamiento, que es un don del Espíritu Santo, buscar que es lo que quieren decir las cosas y entender bien los signos de los tiempos».
    (CdM - ER -RV)

    jueves, 28 de noviembre de 2013

    La vida eterna según Platón

     Ahora que termina Noviembre, el mes de los fieles difuntos, se me ha ocurrido ofrecer una interesante catequesis acerca de un tema que nos interesa mucho a todos: ¿Qué será de nosotros después de la muerte?
                    Lo original es que nuestro catequista no será otro que Platón, el primer gran filósofo de la Antigüedad. Como sabemos, este discípulo de Sócrates no tuvo ningún contacto con el judaísmo, ni conocía la doctrina de Cristo (nació 430 años antes) relativa a la vida post mortem. Sorprendentemente, si leemos dos de sus obras: Fedón (F) y  Gorgias (G), encontramos una descripción del más allá tremendamente similar a la que nos ha transmitido la Iglesia.
                    En primer lugar, Platón afirma que tras el fallecimiento, las almas de los hombres mantienen el mismo estado que tenían en vida y son llevadas a un juicio: “La muerte, según yo creo, no es más que la separación de dos cosas, el alma y el cuerpo. Cuando se han separado la una de la otra, conserva cada una de ellas, en cierto modo, el mismo estado que cuando el hombre estaba en vida.(G 524a)”. “Una vez que los finados llegan al lugar a que conduce cada uno su genio, son antes que nada sometidos a juicio, tanto lo que vivieron bien santamente como los que no” (F113c)”.
                    En dicho juicio, hay dos posibles resultados finales: la vida eterna o la condenación eterna. Platón lo refleja con uno de sus famosos mitos: “Aún ahora continúa entre los dioses, una ley acerca de los hombres según la cual el que ha pasado la vida justa y piadosamente debe ir, después de muerto, a las Islas de los Bienaventurados y residir allí en la mayor felicidad, libre de todo mal; pero el que ha sido injusto e impío debe ir a la cárcel de la expiación y del castigo, que llaman Tártaro (G 522d)”.
                    Ya tenemos perfilado el cielo y el infierno. Descripciones más detalladas nos muestran más semejanzas con la visión cristiana del cielo: “            Los que se estiman que se han distinguido por su piadoso vivir son los que (…), llegan arriba a la pura morada y se establecen sobre la tierra. Y entre éstos, los que se han purificado de un modo suficiente por la filosofía (…) llegan a moradas aún más bellas que éstas, que no es fácil describir. (F114b)”;  y del infierno; “Los que por el contrario, se estima que no tienen remedio por causa de la gravedad de sus yerros, bien porque hayan cometido muchos y grandes robos sacrílegos, u homicidios injustos e ilegales en gran número, o cuantos demás delitos hay del mismo género a ésos el destino que les corresponde les arroja al Tártaro, de donde no salen jamás. (F113d)”.
                    Pero la cosa no termina aquí, los cristianos creemos que aquellos que no mueren perfectamente purificados pasan al Purgatorio, donde sufrirán penas temporales antes de pasar al cielo. Veamos, como describe Platón esta realidad: “Los que se estiman que han vivido en el término medio se encaminan (…) a la laguna, donde moran purificándose; y mediante la expiación de sus delitos, si alguno ha delinquido en algo, son absueltos” (F113c)”. “Los que sacan provecho de sufrir un castigo impuesto por los dioses o por los hombres son los que han cometido delitos que admiten curación; a pesar de ello, este provecho no lo alcanzan más que por medio de sufrimientos y dolores, aquí y en el Hades, porque de otro modo no es posible curarse de la injusticia. (G 524a)”.
                    Quedaría la duda de si Platón creía verdaderamente en esto, o  lo cuenta como si fuera un bello relato. El comienzo no deja lugar a dudas:  “Escucha, pues, como dicen, un precioso relato que tú, según opino, considerarás un mito, pero que yo creo un relato verdadero, pues lo que voy a decir de acuerdo a ella: “Por todas estas cosas que hemos expuesto, es menester poner de nuestra parte todo para tener participación durante la vida en la virtud y en la sabiduría, pues es hermoso el galardón y grande la esperanza. (F114b)”.
                   
    Uno no puede dejar de sorprenderse por la coincidencia entre esta catequesis griega y el punto 1022 del Catecismo de la Iglesia Católica: “Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse  inmediatamente para siempre.”
                    ¿Qué explicación existe para tan magna casualidad? Pues sencillamente que no es casualidad. Los dogmas sobre el cielo, el infierno y el purgatorio no son ideas arbitrarias que nos creemos sólo por que lo dice la Biblia;  son verdades que concuerdan con nuestra manera espontánea de pensar. Que un filosofo griego llegase a la misma conclusión, es coherente con el hecho de que Revelación y  fe  confirman y elevan verdades que ya Dios ha puesto dentro de nosotros. La razón y la fe no se contradicen; mas bien se reclaman mutuamente. Por eso, con estos ejemplos nos percatamos de que la razón humana tiene razón, y puede alcanzar por si sóla algunas de las verdades que serán posteriormente reveladas.
                    En definitiva, la doctrina sobre un juicio después de la muerte no es para el hombre como un “meteorito” sin lógica alguna; sino que encaja con nuestra manera de percibir nuestra existencia, porque el ser humano siempre ha intuido como diría Máximo en la película “Gladiator”, que “lo hacemos en esta vida, tiene su reflejo en la eternidad”.

    José Luis Retegui García. Seminario Conciliar de Madrid

    Síntesis de la Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”

    miércoles, 27 de noviembre de 2013

    Nada es imposible para Ti.





    La Hermana Glenda se reafirma en el Poder de Dios... si nada es imposible para ÉL, entonces no hay razón para tener miedo ni dudas... pero más allá de pedirle el milagro de cosas materiales... pidámosle hoy que transforme nuestra vida, nuestros corazones, nuestra mente, nuestra falta de compromiso, nuestra indiferencia... pidámosle hoy que podamos ser reflejo suyo... que seamos testimonios viviente de que Él sigue presente en el mundo... en nosotros... a través de nosotros... DTB!

    De tengo Sed de Ti.