Juan Pablo II, Mensaje a la Orden de los Hermanos de la Bienaventurada
Virgen María del Monte Carmelo
Ya desde los primeros ermitaños que se establecieron en el monte Carmelo
y que habían ido como peregrinos a la tierra del Señor Jesús, la vida se suele
representar como una ascesis hasta llegar a Cristo nuestro Señor, monte de salvación (cf. Misal romano, Oración colecta de
la misa en honor de nuestra Señora del Carmen, 16 de julio). Orientan esa
peregrinación interior dos iconos bíblicos muy apreciados por la tradición
carmelitana: el del profeta Elías y el de la Virgen María.
El profeta Elías arde en celo por el Señor (cf.
1 R 19, 10); se pone en marcha hacia el monte Horeb y, aunque se siente
cansado, sigue caminando hasta alcanzar la meta. Sólo al término de su arduo
itinerario encuentra al Señor en el susurro de una brisa suave (cf. 1 R 19,
1-18).
Contemplando su ejemplo, los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo comprenden más profundamente que sólo quien se mantiene entrenado para escuchar a Dios e interpretar los signos de los tiempos es capaz de encontrar al Señor y reconocerlo en los acontecimientos diarios. Dios habla de muchos modos, incluso a través de realidades que a veces pueden parecer insignificantes.
Contemplando su ejemplo, los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo comprenden más profundamente que sólo quien se mantiene entrenado para escuchar a Dios e interpretar los signos de los tiempos es capaz de encontrar al Señor y reconocerlo en los acontecimientos diarios. Dios habla de muchos modos, incluso a través de realidades que a veces pueden parecer insignificantes.
El otro icono es el de la Virgen María, a quien
veneráis bajo el título de Hermana y Belleza del Carmelo. La Virgen se pone en
camino para ir a visitar a su anciana prima, santa Isabel. En cuanto recibe el
anuncio del ángel (cf. Lc 1, 26-38), al saber que Isabel necesita ayuda, parte
generosamente, casi corriendo por los senderos del monte (cf. Ct 2, 8; Is 52,
7). Durante el encuentro con su prima, de su alma brota un cántico de alegría:
el Magníficat (cf. Lc 1, 39-56). Cántico de alabanza al Señor y testimonio de
humilde disponibilidad a servir a sus hermanos. En el misterio de la Visitación
todo cristiano ve el modelo de su vocación. Así debe ser especialmente para
vosotros, reunidos en asamblea capitular con la finalidad de imprimir a la
Orden un nuevo impulso ascético y misionero. Con el corazón rebosante de
alabanza al Señor en la contemplación de su misterio, avanzad con alegría por
los caminos de la caridad, abriéndoos a la acogida fraterna, para ser testigos
creíbles del amor misericordioso del Verbo de Dios hecho hombre para redimir el
mundo.
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