Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir,
Portador de Dios, a la Iglesia de Magnesia del Meandro, a la bendecida en la
gracia de Dios Padre por Jesucristo, nuestro Salvador: mi saludo en él y mis
votos por su más grande alegría en Dios Padre y en Jesucristo.
Después de enterarme del orden perfecto de vuestra
caridad según Dios, me he determinado, con regocijo mío, a tener en la fe en
Jesucristo esta conversación con vosotros. Habiéndose dignado el Señor honrarme
con un nombre en extremo glorioso, voy entonando en estas cadenas que llevo por doquier un himno de alabanza a las Iglesias,
a las que deseo la unión con la carne y el espíritu de Jesucristo, que es
nuestra vida para siempre, una unión en la fe y en la caridad, a la que nada
puede preferirse, y la unión con Jesús y con el Padre; en él resistimos y
logramos escapar de toda malignidad del príncipe de este mundo, y así
alcanzaremos a Dios.
Tuve la suerte de veros a todos vosotros en la
persona de Damas, vuestro obispo, digno de Dios, y en la persona de vuestros
dignos presbíteros Baso y Apolonio, así como del diácono Soción, consiervo mío,
de cuya compañía ojalá me fuera dado gozar, pues se somete a su obispo como a
la gracia de Dios, y al colegio de los presbíteros como a la ley de Jesucristo.
Es necesario
que no tengáis en menos la poca edad de vuestro obispo, sino que, mirando en él
el poder de Dios Padre, le tributéis toda reverencia. Así he sabido que
vuestros santos presbíteros no menosprecian su juvenil condición; que salta a
la vista, sino que, como prudentes en Dios, le son obedientes, o por mejor
decir, no a él, sino al Padre de Jesucristo, que es el obispo o supervisor de
todos. Así pues, para honor de aquel que nos ha amado es conveniente obedecer sin ningún género de fingimiento; porque no
es a este o a aquel obispo que vemos a quien se trataría de engañar, sino que
el engaño iría dirigido contra el obispo invisible; es decir, en este caso, ya
no es contra un hombre mortal, sino contra Dios, a quien aun lo escondido está
patente.
Es pues necesario no sólo llamarse cristianos,
sino serlo en realidad; pues hay algunos que reconocen ciertamente al obispo su
título de vigilante o supervisor, pero luego lo hacen todo a sus espaldas. Los
tales no me parece a mí que tengan buena conciencia, pues no están firmemente
reunidos con la grey, conforme al mandamiento.
Ahora bien, las cosas están tocando a su término,
y se nos proponen juntamente estas dos cosas: la muerte y la vida, y cada uno
irá a su propio lugar. Es como si se tratara de dos monedas, una de Dios y otra
del mundo, que llevan cada una grabado su propio cuño: los incrédulos el de
este mundo, y los que han permanecido fieles por la caridad, el cuño de Dios
Padre, grabado por Jesucristo. Y si no estamos dispuestos a morir por él, para
imitar su pasión, tampoco
tendremos su vida en nosotros.
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