martes, 27 de enero de 2015

PIDAMOS AL SEÑOR LAS "GANAS" DE HACER SU VOLUNTAD

Es necesario orar a Dios y pedirle cada día la gracia de comprender su voluntad, la gracia de seguirla y la gracia de realizarla totalmente. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Las lecturas y el Salmo del día orientaron la reflexión del Papa sobre uno de los ejes de la fe: la “obediencia a la voluntad de Dios”.
Existía en un tiempo la ley hecha de prescripciones y prohibiciones, de sangre de toros y chivos, “sacrificios antiguos” que no tenían ni la “fuerza” de “perdonar los pecados”, ni de hacer “justicia”, explicó el Papa.
Después vino al mundo Cristo, que nos ha mostrado cuál es el “sacrificio” más agradable a Dios: el ofrecimiento de la propia voluntad para hacer la voluntad del Padre, como hizo Jesús muriendo en la cruz.
Voluntad de Dios, camino de santidad
Éste – afirmó Francisco –, “es el camino de la santidad del cristiano”: que “el plan de Dios sea realizado”, que “la salvación de Dios se cumpla”.
Lo contrario comenzó en el Paraíso, con la desobediencia de Adán, que trajo el mal a toda la humanidad. Los pecados son actos de desobediencia a Dios, de no hacer la voluntad de Dios.
En cambio, el Señor nos enseña que la obediencia al Padre es el camino, y que no hay ningún otro. "Y comienza con Jesús, sí, en el Cielo, en la voluntad de obedecer al Padre; pero en la tierra comienza con la Virgen: con Ella. ¿Qué le dijo al Ángel? “Que se haga lo que tú dices”, es decir que se haga la voluntad de Dios. Y con aquel “sí” al Señor, el Señor ha comenzado su recorrido entre nosotros".
Tantas opciones sobre la bandeja
“No es fácil”. El Papa repitió varias veces esta expresión refiriéndose al hecho de realizar la voluntad de Dios. No ha sido fácil para Jesús que – recordó – sobre esto fue tentado en el desierto, y también en el Huerto de los Olivos, con el corazón atormentado, aceptó el suplicio que le esperaba.
No fue fácil para algunos discípulos, que lo dejaron porque no entendieron lo que quería decir “hacer la voluntad del Padre”.
No lo es para nosotros, desde el momento que – notó Francisco – “cada día nos presentan tantas opciones sobre una bandeja”. De ahí que se haya preguntado: ¿Cómo hago para hacer la voluntad de Dios?”. Pidiendo “la gracia” de querer hacerla:
“¿Yo rezo para que el Señor me de ganas de hacer su voluntad, o busco compromisos porque tengo miedo de la voluntad de Dios? Y otra cosa: rezar para conocer la voluntad de Dios sobre mi vida, sobre la decisión que debo tomar ahora… tantas cosas. Sobre el modo de administrar las cosas… La oración para hacer la voluntad de Dios, y la oración para conocer la voluntad de Dios. Y cuando conozco la voluntad de Dios, también la oración, por tercera vez: para hacerla. Para cumplir aquella voluntad, que no es la mía, es la de Él. Y no es fácil”.
“Querer” la voluntad de Dios
El Papa Francisco resumió estos conceptos afirmando que “hay que rezar para tener ganas de seguir la voluntad de Dios, rezar para conocer la voluntad de Dios y rezar – una vez conocida esta voluntad – para ir adelante con la voluntad de Dios”:

“Que el Señor nos dé la gracia, a todos nosotros, que un día pueda decir de nosotros lo que dijo a aquel grupo, aquella muchedumbre que lo seguía, aquellos que estaban sentados en torno a Él, como hemos escuchado en el Evangelio: 'He aquí mi madre y mis hermanos. El que hace la voluntad de Dios, éste para mí es hermano, hermana y madre'. Hacer la voluntad de Dios nos hace ser parte de la familia de Jesús, nos hace madre, padre, hermana, hermano”.

La unidad de los cristianos es instrumento de reconciliación para el mundo, dijo el Papa

Impulsar el encuentro, el diálogo y la escucha, como nos enseña Jesús, que es paciente y nos ofrece un camino de conversión interior, que nos hace crecer en la caridad y en la verdad. Y nos impulsa a rogar el don de la comunión plena de todos los cristianos, sedientos de paz y fraternidad, para que brille ‘el sagrado misterio de la unidad de la Iglesia’ como signo e instrumento de reconciliación para el mundo entero. Fue la exhortación del Obispo de Roma, que presidió las segundas Vísperas de  la Solemnidad de la Conversión de San Pablo Apóstol, como es tradicional en la basílica papal dedicada al Apóstol de las gentes, culminando así la Semana de oración por la unidad de los cristianos 2015.

Reflexionando sobre el tema de este año, con las palabras de Jesús a la samaritana: ‘Dame de beber’, del Evangelio de San Juan, el Papa Francisco se refirió a las controversias entre los cristianos, heredadas del pasado, e hizo hincapié en la importancia de comprender lo que nos une. Es decir, «la llamada a participar en el misterio del amor del Padre, revelado por el Hijo a través del Espíritu Santo». «Nos necesitamos unos a otros, necesitamos encontrarnos y confrontarnos guiados por el Espíritu Santo, que armoniza la diversidad y supera los conflictos».

Jesús es la fuente de Agua viva que apaga la sed de amor, de justicia y libertad. Y ante una multitud de hombres y mujeres cansados y sedientos, los cristianos estamos llamados a ser evangelizadores: «todos estamos al servicio del único y mismo Evangelio», señaló el Santo Padre, reiterando que Jesús es la fuente de la que brota el agua del Espíritu Santo, es decir, «el amor de Dios derramado en nuestros corazones» (Rm 5,5) el día del Bautismo.

«Queridos hermanos y hermanas, hoy nosotros, que estamos sedientos de paz y fraternidad, invocamos con corazón confiado que el Padre celestial, por medio de Jesucristo, único Sacerdote, y la intercesión de la Virgen María, el apóstol Pablo y todos los santos, nos dé el don de la plena comunión de todos los cristianos, para que pueda brillar «el sagrado misterio de la unidad de la Iglesia» (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,  sobre el ecumenismo, 2), como signo e instrumento de reconciliación para el mundo entero».

El Papa se refirió finalmente al ecumenismo de la sangre. En este momento quisiera recordar a todos nuestros mártires perseguidos y asesinados porque son cristianos, dijo.

Con estas palabras concluyó su homilía, en la que dirigió un saludo cordial y fraterno a los respectivos representantes del Patriarcado Ecuménico, del Arzobispo de Canterbury, y a todos los representantes de las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales. A los miembros de la Comisión Mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales, a los estudiantes del Ecumenical Institute of Bossey y a los jóvenes que se benefician de las becas ofrecidas por el Comité de Colaboración Cultural con las Iglesias ortodoxas, que actúa en el Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

Sin olvidar a los religiosos y religiosas pertenecientes a diferentes Iglesias y Comunidades eclesiales, que han participado estos días en un encuentro ecuménico, organizado por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, en colaboración con el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, con ocasión del Año de la vida consagrada.

(CdM – RV)

LAS MUJERES, PRINCIPALES TRANSMISORAS DE LA FE -"NO HAY QUE SER TÍMIDOS NI VERGONZOSOS A LA HORA DE VIVIR NUESTRA FE"


Son sobre todo las mujeres las que transmiten la fe. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta al comentar la segunda Carta de San Pablo a Timoteo.
Son las mamás y las abuelas las que transmiten la fe
Pablo recuerda a Timoteo de dónde proviene su “fe pura”: la ha recibido del Espíritu Santo “a través de la mamá y de la abuela”. “Son las mamás, las abuelas – afirmó el Papa – quienes transmiten la fe.
Y añadió que “una cosa es transmitir la fe y otra es enseñar las cosas de la fe. La fe es un don. La fe no se puede estudiar. Se estudian las cosas de la fe, sí, para comprenderla mejor, pero con el estudio jamás tú llegas a la fe. La fe es un don del Espíritu Santo, es un regalo, que va más allá de toda preparación”.
Y es un regalo que pasa a través del “hermoso trabajo de las mamás y de las abuelas, el hermoso trabajo de estas mujeres” en una familia; aunque “puede ser también una empleada doméstica, puede ser una tía” quien transmite la fe:
“¿Pero por qué son principalmente las mujeres las que transmiten la fe? Sencillamente porque aquélla que nos ha dado a Jesús es una mujer. Es el camino elegido por Jesús. Él ha querido tener una madre: el don de la fe pasa por las mujeres, como Jesús por María”.
“Debemos pensar hoy – subrayó el Papa – si las mujeres tienen esta conciencia del deber de transmitir la fe”.
Custodiar el don de la fe para que no se diluya

Pablo invita a Timoteo a custodiar la fe, evitando “las vacías habladurías paganas, las vacías charlas mundanas”. “Todos nosotros – afirmó Francisco – hemos recibido el don de la fe. Debemos custodiarlo, para que al menos no se diluya, para que siga siendo fuerte con el poder del Espíritu Santo que nos lo ha regalado”. Y la fe se custodia reavivando este don de Dios:
“Si nosotros no ponemos atención, cada día, en reavivar este regalo de Dios que es la fe, la fe se debilita, se diluye, termina por ser una cultura: ‘Sí, pero, sí, sí, soy cristiano, sí, sí…’, sólo una cultura. O una gnosis, un conocimiento: ‘Sí, yo conozco bien todas las cosas de la fe, conozco bien el catecismo’. Pero tú, ¿cómo vives tu fe? Y ésta es la importancia de reavivar cada día este don, este regalo: de hacerlo vivo”.
El temor y la vergüenza no hacen crecer la fe
Contrastan “esta fe viva” – dice San Pablo – dos cosas: “El espíritu de timidez y la vergüenza”:
“Dios no nos ha dado un espíritu de temor. El espíritu de timidez va contra el don de la fe, no deja que crezca, que vaya adelante, que sea grande. Y la vergüenza es aquel pecado: ‘Sí, tengo fe, pero la cubro, que no se vea tanto…’. Y un poco de acá, un poco de allá, esa fe, como dicen nuestros antepasados, se vuelve superficial, así. Porque me avergüenzo de vivirla fuertemente. No. Ésta no es la fe: ni timidez, ni vergüenza. ¿Pero qué cosa es? Es un espíritu de fuerza, de caridad y de prudencia. Ésta es la fe”.
La fe no se negocia
El espíritu de la prudencia – explicó el Francisco – es “saber que nosotros no podemos hacer todo lo que queremos”, significa buscar “los caminos, las calles, las maneras” para llevar adelante la fe, pero con prudencia. El Papa concluyó diciendo: “Pidamos al Señor la gracia de tener una fe pura, una fe que no se negocia según las oportunidades que vienen”. Una fe que cada día trato de reavivarla o, al menos, “pido al Espíritu Santo que la reavive y de este modo fructifique grandemente”.

lunes, 26 de enero de 2015

LOS ENVÍO COMO OVEJAS EN MEDIO DE LOBOS



Evangelio según San Lucas 10,1-9.

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde Él debía ir.

Y les dijo: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.
No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: '¡Que descienda la paz sobre esta casa!'. Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.

Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.

En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: 'El Reino de Dios está cerca de ustedes'."
De News.va

La unidad de los cristianos es instrumento de reconciliación para el mundo, dijo el Papa

 Impulsar el encuentro, el diálogo y la escucha, como nos enseña Jesús, que es paciente y nos ofrece un camino de conversión interior, que nos hace crecer en la caridad y en la verdad. Y nos impulsa a rogar el don de la comunión plena de todos los cristianos, sedientos de paz y fraternidad, para que brille ‘el sagrado misterio de la unidad de la Iglesia’ como signo e instrumento de reconciliación para el mundo entero. Fue la exhortación del Obispo de Roma, que presidió las segundas Vísperas de  la Solemnidad de la Conversión de San Pablo Apóstol, como es tradicional en la basílica papal dedicada al Apóstol de las gentes, culminando así la Semana de oración por la unidad de los cristianos 2015.

Reflexionando sobre el tema de este año, con las palabras de Jesús a la samaritana: ‘Dame de beber’, del Evangelio de San Juan, el Papa Francisco se refirió a las controversias entre los cristianos, heredadas del pasado, e hizo hincapié en la importancia de comprender lo que nos une. Es decir, «la llamada a participar en el misterio del amor del Padre, revelado por el Hijo a través del Espíritu Santo». «Nos necesitamos unos a otros, necesitamos encontrarnos y confrontarnos guiados por el Espíritu Santo, que armoniza la diversidad y supera los conflictos».

Jesús es la fuente de Agua viva que apaga la sed de amor, de justicia y libertad. Y ante una multitud de hombres y mujeres cansados y sedientos, los cristianos estamos llamados a ser evangelizadores: «todos estamos al servicio del único y mismo Evangelio», señaló el Santo Padre, reiterando que Jesús es la fuente de la que brota el agua del Espíritu Santo, es decir, «el amor de Dios derramado en nuestros corazones» (Rm 5,5) el día del Bautismo.

«Queridos hermanos y hermanas, hoy nosotros, que estamos sedientos de paz y fraternidad, invocamos con corazón confiado que el Padre celestial, por medio de Jesucristo, único Sacerdote, y la intercesión de la Virgen María, el apóstol Pablo y todos los santos, nos dé el don de la plena comunión de todos los cristianos, para que pueda brillar «el sagrado misterio de la unidad de la Iglesia» (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,  sobre el ecumenismo, 2), como signo e instrumento de reconciliación para el mundo entero».

El Papa se refirió finalmente al ecumenismo de la sangre. En este momento quisiera recordar a todos nuestros mártires perseguidos y asesinados porque son cristianos, dijo.
Con estas palabras concluyó su homilía, en la que dirigió un saludo cordial y fraterno a los respectivos representantes del Patriarcado Ecuménico, del Arzobispo de Canterbury, y a todos los representantes de las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales. A los miembros de la Comisión Mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales, a los estudiantes del Ecumenical Institute of Bossey y a los jóvenes que se benefician de las becas ofrecidas por el Comité de Colaboración Cultural con las Iglesias ortodoxas, que actúa en el Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

Sin olvidar a los religiosos y religiosas pertenecientes a diferentes Iglesias y Comunidades eclesiales, que han participado estos días en un encuentro ecuménico, organizado por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, en colaboración con el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, con ocasión del Año de la vida consagrada.

(CdM – RV)

LA PRIMERA VEZ (Jn 1,35-42)

La escena que la liturgia nos presenta este domingo en el Evangelio, es sin duda alguna una de las más estremecedoras: el encuentro de Jesús con sus dos primeros discípulos. Aquí está el comienzo de toda una aventura insospechada e inimaginable.
            Jesús pasa, el profeta lo señala. Una mirada que se hace en seguida confesión. “Es el Cordero de Dios”: el cordero sacrificado como ofrenda, el cordero comido como recuerdo de la salvación y fidelidad de Dios. Es importante esa mirada y esa confesión del Bautista, sin las cuales aquellos dos discípulos no habrían sabido quién era Aquel que pasaba ni habría sucedido todo lo que aconteció tras su paso. El Bautista simplemente miró, señaló y confesó; no hizo lo más importante, pero esto no habría acontecido sin lo que le correspondió a él. El resto lo hizo Dios.
            Una pregunta y una casa. Aquellos dos discípulos comenzaron a seguir a Jesús, con un seguimiento henchido de búsquedas y de preguntas: el haber encontrado al maestro de su vida, el querer conocer su casa, el comenzar a convivir con él y a vivirle a él. El Evangelio dará cuenta de todas las consecuencias de este encuentro, de estas búsquedas y preguntas iniciales. Aquí está sólo el germen, pero tan incisivo e imprescindible, tan fundamental y tan fundante para el resto de sus vidas, que Juan evangelista no olvidará anotar cuando escriba esta página, ya anciano, la hora en que esto sucedió: las 4 de la tarde. Así sucede siempre con todo amor-Amor: no olvida jamás el instante de la 1ª vez aunque se le olviden tantas otras cosas.
            Este fue el inicio. Luego vendrá toda una vida, consecuencia de aquello que sucedió a la hora décima cuando vieron pasar a Jesús: el Tabor y su gloria, la última cena con su intimidad junto al costado del Maestro, Getsemaní y su sopor, el pie de la cruz, el sepulcro vacío y la postrera pesca milagrosa, el cenáculo y María en la espera del Espíritu, Pentecostés y la naciente Iglesia... tantas cosas con todos los matices que la vida siempre dibuja. Todo comenzó entonces a las 4 de la tarde, hace ahora 2000 años.
            La misión incontenible. Finalmente, aquellos discípulos no se encerraron en la casa de Jesús ni detuvieron el reloj del tiempo. Salieron de allí, y dieron las cinco y las seis, y las mil horas siguientes. Y a los que encontraban les narraban con sencillez lo que a ellos les había sucedido, permitiendo así que Jesús hiciera con los demás lo que con ellos había hecho. ¿No es esto el Cristianismo?

+ Fr. Jesús Sanz Montes

Arzobispo de Oviedo 

viernes, 23 de enero de 2015

Jesús es Salvador e Intercesor dijo el Papa en su homilía

Lo más importante no es la gracia de una curación física, sino el hecho de que Jesús nos salva e intercede por nosotros. Lo dijo el Papa Francisco al reanudar la celebración de la Misa matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta con la participación de algunos fieles.
El pueblo ve una esperanza en Jesús
Al comentar el Evangelio del día, que refiere que la gente iba a ver a Jesús procedente de todas las regiones, el Pontífice observó que el pueblo de Dios ve una esperanza en el Señor, porque su modo de actuar, de enseñar, les toca el corazón, llega al corazón, porque tiene la fuerza de la Palabra de Dios”:
“El pueblo siente esto y ve que en Jesús se cumplen las promesas, que en Jesús hay una esperanza. El pueblo estaba un poco aburrido por el modo de enseñar la fe, de los doctores de la ley de aquel tiempo, que cargaban sobre los hombros tantos mandamientos, tantos preceptos, y que no llegaban al corazón de la gente. Y cuando ve a Jesús y siente a Jesús, las propuestas de Jesús, las bienaventuranzas… siente dentro algo que se mueve – ¡es el Espíritu Santo que despierta eso! –  y el pueblo va a ver a Jesús”.

Pureza de intención al buscar a Dios

La gente va a ver a Jesús para ser curada: es decir, busca su propio bien: “Jamás – afirmó el Papa –podemos seguir a Dios con una intención pura desde el inicio, siempre nos reservamos algo para nosotros, un poco para nosotros, un poco para Dios… Y el camino es purificar esta intención. Y la gente va, sí, busca a Dios, pero también busca la salud, la curación. Y se acercaban a Él para tocarlo, para que saliera esa fuerza y los curara”.
Jesús salva
Pero lo más importante “no es que Jesús cure” – explicó el Papa Francisco – esto “es signo de otra curación”; y ni siquiera el hecho de que “Jesús diga palabras que lleguen al corazón”: esto, ciertamente ayuda a encontrar a Dios. La cosa más importante la dice la Carta a los Hebreos: “Cristo puede salvar perfectamente a aquellos que por medio de Él se acercan a Dios. Y destacó que “Jesús salva y Jesús es el intercesor”. “Éstas – dijo el Pontífice –  son las dos palabras clave”:

“¡Jesús salva! 

Estas curaciones, estas palabras que llegan al corazón son el signo y el inicio de una salvación. El itinerario de la salvación de tantos que comienzan a ir para escuchar a Jesús o para pedir una curación y después vuelven a Él y sienten la salvación. Pero lo más importante de Jesús ¿es que cure? No, no es lo más importante. ¿Qué nos enseñe? No es lo más importante. ¡Qué nos salve! Él es el Salvador y nosotros somos salvados por Él. Y esto es lo más importante. Y ésta es la fuerza de nuestra fe”.

Jesús intercede

Jesús subió al Padre “y desde allí intercede aún, todos los días, en todos los momentos, por nosotros”:
“Y ésta es una cosa actual. Jesús ante el Padre, ofrece su vida, la redención, hace ver al Padre las llagas, el precio de la salvación. Y todos los días, así, Jesús intercede. Y cuando nosotros, por una cosa o por otra, estamos un poco deprimidos, recordamos que es Él quien reza por nosotros, intercede por nosotros continuamente. Tantas veces olvidamos esto: ‘Pero Jesús… sí, ha terminado, se fue al Cielo, nos ha enviado al Espíritu Santo, fin de la historia’. ¡No! Actualmente, en cada momento, Jesús intercede. En esta oración: ‘Pero, Señor Jesús, ten piedad de mí’. Intercede por mí. Dirigirse al Señor, pidiendo esta intercesión”.

Jesús es Salvador e Intercesor

Éste es el punto central – afirmó el Papa– que Jesús es “Salvador e Intercesor. Te hará bien recordar esto”. “Así la gente busca a Jesús con esa intuición de la esperanza del pueblo de Dios, que esperaba al Mesías, y trata de encontrar en Él la salud, la verdad, la salvación, porque Él es el Salvador y como Salvador aún hoy, en este momento, intercede por nosotros. Que nuestra vida cristiana – fue la oración conclusiva del Papa – esté cada vez más convencida de que nosotros hemos sido salvados, que tenemos un Salvador, Jesús a la diestra del Padre, que intercede. Que el Señor, el Espíritu Santo, nos haga entender estas cosas”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).

Dios perdona siempre, perdona todo, dijo el Papa en su homilía

La confesión no es un “juicio”, sino un “encuentro” con un Dios que perdona y olvida cada pecado de la persona que no se cansa de pedir su misericordia. Lo explicó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta a la que asistió un grupo de fieles.
Es el “trabajo de Dios, y es un trabajo “hermoso”: reconciliar. Porque “nuestro Dios perdona” cualquier pecado, lo perdona “siempre”, hace “fiesta” cuando uno le pide perdón y “olvida” todo. Francisco reflexionó sobre el pasaje de san Pablo a los Hebreos, en el que el Apóstol habla insistentemente de la “nueva alianza” establecida por Dios con su pueblo elegido, y en su homilía ofreció una meditación sobre el perdón.
Dios perdona siempre
El Papa Bergoglio explicó asimismo que “el Dios que reconcilia”, eligió enviar a Jesús para restablecer un nuevo pacto con la humanidad y el fundamento de este pacto es básicamente uno: el perdón. Un perdón que, como explicó el Santo Padre, tiene muchas características:
“Ante todo, ¡Dios perdona siempre! No se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Pero Él no se cansa de perdonar. Cuando Pedro pregunta a Jesús: “¿Cuántas veces debo perdonar? ¿Siete veces?”. “No siete veces: setenta veces siete”. Es decir siempre. Así perdona Dios: siempre. Y si tú has vivido una vida de tantos pecados, de tantas cosas feas, pero al final, un poco arrepentido, pides perdón, ¡te perdona inmediatamente! Él perdona siempre”.
Dios perdona todo y olvida
Sin embargo, la duda que podría surgir en el corazón humano está en el “cuánto” Dios está dispuesto a perdonar. Y bien – repitió Francisco –basta “arrepentirse y pedir perdón”: “No se debe pagar nada”, porque ya “Cristo ha pagado por nosotros”. El modelo es el hijo pródigo de la Parábola, que arrepentido prepara un razonamiento para exponerle a su padre, el cual ni siquiera lo deja hablar, sino que lo abraza y lo tiene junto a sí:
“Non hay pecado que Él no perdone. Él perdona todo. ‘Pero, padre, yo no voy a confesarme porque hice tantas cosas feas, tan feas, tantas de esas que no tendré perdón...’ No. No es verdad. Perdona todo. Si tú vas arrepentido, perdona todo. Cuando… ¡eh!, tantas veces ¡no te deja hablar! Tú comienzas a pedir perdón y Él te hace sentir esa alegría del perdón antes de que tú hayas terminado de decir todo”.
La Confesión no es un juicio sino un encuentro
Además – prosiguió diciendo el Papa – cuando perdona, Dios “hace fiesta”. Y, en fin, Dios “olvida”. Porque lo que le importa a Dios  es “encontrarse con nosotros”. De ahí que el Papa Francisco haya sugerido un examen de conciencia a los sacerdotes en el confesionario: “¿Estoy dispuesto a perdonar todo?”, “¿a olvidarme de los pecados de aquella persona?”. La confesión –  concluyó –  “más que un juicio, es un encuentro”:
“Tantas veces las confesiones parecen una práctica, una formalidad : ‘Bla, bla, bla…, bla, bla, bla…, bla, bla … Vas”. ¡Todo mecánico! ¡No! ¿Y el encuentro dónde está? El encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta. Éste es nuestro Dios, tan bueno. También debemos enseñar: para que aprendan nuestros niños, nuestros muchachos a confesarse bien, porque ir a confesarse no es ir a la tintorería para que te quiten una mancha. ¡No! Es ir a encontrar al Padre, que reconcilia, que perdona y que hace fiesta”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).