sábado, 18 de marzo de 2017

Papa: Tres aspectos a tener en cuenta para ser buen confesor

 No se convierte en buenos confesores gracias a un curso, porque aquella del confesional es una ‘larga escuela’ que dura toda la vida. Pero… ¿Quién es el buen confesor y cómo se convierte en buenos confesores? Esta fue la pregunta que el Papa presentó y a la que respondió en tres puntos, en el discurso que dirigió a los participantes en el curso promovido por la Penitenciaría Apostólica.
Tras haber saludado y agradecido a los presentes, en primer lugar, al Cardenal Penitenciario Mayor, el Pontífice hizo una confesión: “el de la Penitenciaría es el tipo de Tribunal que me gusta de verdad”, dijo, porque “es el tipo de tribunal al cual uno se dirige para obtener aquella medicina indispensable que es la Misericordia Divina”, es “un tribunal de la misericordia”.  
“Su curso sobre el fuero interno, que contribuye a la formación de buenos confesores, es muy útil, y diría incluso necesario en nuestros días. Por supuesto, no se convierte en buenos confesores gracias a un curso, no: la del confesional es una "escuela larga", que dura toda la vida. Pero, ¿quién es el "buen confesor"? ¿Cómo se convierte en un buen confesor?”
Así pues, el Papa señaló tres de los aspectos que el buen confesor debe tener:
En primer lugar el buen confesor es “un amigo verdadero de Jesús el Buen Pastor”, esto significa principalmente cultivar la oración, tanto aquella personal como aquella para el ejercicio de la tarea de confesores, y para los fieles que se acercan en busca de la misericordia de Dios. Esto porque un ministerio de la reconciliación, - tal como precisara el Papa - que esté “envuelto con la oración” será reflejo creíble de la misericordia de Dios, y evitará las dificultades y malentendidos que a veces también se podrían generar en el encuentro sacramental.
“Un confesor que reza sabe bien que es él mismo el primer pecador y el primer perdonado. No se puede perdonar en el Sacramento sin la consciencia de haber sido perdonado antes.  Así, pues, la oración es la primera garantía para evitar cualquier actitud de dureza, que inútilmente juzga al pecador y no al pecado. En la oración se debe implorar el don de un corazón herido, capaz de comprender las heridas de los demás y de sanarlas con el aceite de la misericordia, lo que el Buen Samaritano derramó sobre las heridas de aquel desventurado, de quien nadie tuvo misericordia (cf. Lc 10,34)”.
Indispensable en este punto es pedir el precioso don de la humildad, para que sea claro que el perdón es un don gratuito y sobrenatural de Dios, del cual los confesores son sólo simples - aunque necesarios- administradores, por voluntad del mismo Jesús.
Además en la oración siempre invocamos al Espíritu Santo, - añadió Francisco-  que es Espíritu de discernimiento y de compasión. “El Espíritu permite identificarnos con los sufrimientos de los hermanos y hermanas que se acercan al confesional, y acompañarlos con prudente y maduro discernimiento y con verdadera compasión de sus sufrimientos, causados por la pobreza del pecado”.  
En segundo lugar el buen confesor es “un hombre del Espíritu y del discernimiento”Esto porque el discernimiento permite “distinguir”, es decir, permite “no poner todo en el mismo saco”,  otorgando la delicadeza de ánimo necesaria de frente a quien abre el sagrario de la propia conciencia para recibir luz, paz y misericordia. Y es hombre “del” Espíritu, porque no hace su propia voluntad ni enseña una propia doctrina, sino que está llamado a hacer siempre la voluntad de Dios en comunión plena con la Iglesia, de la cual es siervo.  
“El discernimiento es también necesario porque, aquellos que se acercan al confesionario, pueden venir de muchas situaciones diferentes; también pueden tener trastornos espirituales, cuya naturaleza debe ser sometida a un cuidadoso discernimiento, teniendo en cuenta todas las circunstancias existenciales, eclesiales, naturales y sobrenaturales. Allí donde el confesor se diera cuenta de la presencia de verdaderos trastornos espirituales - que también pueden ser en gran parte psicológicos, y por ello deben ser verificados a través de una sana colaboración con las ciencias humanas -, no dudarán en referirse a aquellos que, en la diócesis, están a cargo de este delicado y necesario ministerio, a saber, los exorcistas. Pero éstos deberán seleccionarse con gran cuidado y mucha prudencia”.
Y por último, tras aseverar que el confesionario es un verdadero y propio “lugar de evangelización”, porque “no hay evangelización más auténtica que el encuentro con el Dios de la misericordia”, el pontífice señaló que el confesionario es, en consecuencia, un lugar de formación, y por este motivo en el breve diálogo con el penitente, el confesor está llamado a discernir qué cosa sea más útil, e incluso necesaria, en el camino espiritual de aquel hermano o hermana. En definitiva, es una obra “de rápido e inteligente discernimiento que puede hacer mucho bien a los fieles”.
Para los confesores que están llamados cada día a ir a las periferias del mal y del pecado – como él mismo dijo – el Sucesor de Pedro deseó, en definitiva, que sean buenos confesores, es decir, a) inmersos en la relación con Cristo, b) capaces de discernimiento en el Espíritu Santo, y c) listos para aprovechar la oportunidad de evangelizar.
“Confesar es prioridad pastoral. Por favor, que no haya esos carteles 'Se confiesa sólo los lunes y miércoles a partir de tal hora a tal hora'. Se confiesa cada vez que te lo piden. Y si te quedas allí rezando, estás con el confesionario abierto, que es el corazón de Dios abierto”.
(Griselda Mutual – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

viernes, 17 de marzo de 2017

"Estáis arrastrando a Europa al abismo. Pronto empezarán guerras de religión en Europa"

 "¿Dónde iréis? A dónde estáis llevando a Europa? Habéis empezado a hundir Europa. Estáis arrastrando a Europa al abismo. Pronto empezarán guerras de religión en Europa". El ministro de Exteriores turco, Mevlut Cavusoglu, ha denunciado las políticas racistas de Geert Wilders en Holanda, que en su opinión están marcando una tónica común en el Viejo Continente.
Más allá de que el líder anti-islam no haya ganado las elecciones en Holanda, el canciller turco ha subrayado que no hay diferencias entre unos partidos y otros respecto a lo religioso. "Cuando miras a los muchos partidos que hay, no hay diferencia entre los socialdemócratas y el fascista (Geert) Wilders. Todos tienen la misma mentalidad", denunció.
Por su parte, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, dijo hoy que Europa ha empezado una "cruzada" contra el islam, en referencia a la decisión del Tribunal Europeo de permitir que las empresas prohíban el uso del velo islámico en horario laboral.
"Han empezado una cruzada, no hay otra explicación. Europa se acerca a los tiempos de antes de la II Guerra Mundial" dijo el mandatario en un evento en la ciudad de Sakarya.
En las últimas semanas, Turquía ha acusado a Holanda y a Alemania de comportamiento nazi por impedir que dos de sus ministros hicieran campaña electoral ante los turcos en esos países para pedirles que apoyen la reforma constitucional para entregar el poder ejecutivo al presidente, el islamista Recep Tayyip Erdogan.
Los turcos votarán el 16 de abril sobre una polémica reforma constitucional que refuerza los poderes del presidente. Otros países europeos prohibieron los mítines electorales pro-Erdogan, lo que enfureció a Ankara que comparó estas prácticas con las de los nazis. Este pasado miércoles, el presidente turco afirmó que existe un "espíritu de fascismo desbocado en las calles de Europa".
(J. B./Agencias)

Este es el heredero: venid, lo matamos


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 21, 33-43. 45-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchad otra parábola:
Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo".
Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia."
Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestaron:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos».
Y Jesús les dice:
«¿No habéis leído nunca en la Escritura:
"La piedra que deshecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente"?
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.
Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.
Palabra del Señor.

Papa Francisco: No cerremos nuestro corazón ante los pobres

Debemos estar atentos a no tomar el camino que del pecado lleva a la corrupción. Es la admonición que hizo el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Papa se inspiró en el Evangelio del día – de San Lucas – en el que el Señor relata la parábola del rico y el pobre Lázaro para subrayar que también hoy debemos estar atentos para no encerrarnos en nosotros mismos, ignorando a los pobres y a los sin techo de nuestras ciudades.
“Escruta, Dios, mi corazón. Mira si recorro el camino de la mentira y guíame por el camino de la vida”. El Papa desarrolló su homilía a partir de las palabras de la Antífona y del Salmo 1, para poner de manifiesto que “el  hombre que confía en el hombre, se apoya en la carne, es decir, en las cosas que él puede gestionar, en la vanidad,  en el orgullo, en las riquezas”, a partir de lo cual se produce un “alejamiento del Señor”. Francisco se refirió a “la fecundidad del hombre que confía en el Señor, y a la esterilidad del hombre que confía en sí mismo”, en el poder y en las riquezas. “Este camino  – dijo  – es un camino peligroso, es un camino resbaladizo, cuando sólo me fío de mi corazón: porque él es traidor, es peligroso”.
El que vive en las riquezas no ve al pobre, el pecado se vuelve corrupción
“Cuando una persona vive en un ambiente cerrado – añadió el Papa – respira el aire propio de sus bienes, de su satisfacción, de la vanidad, de sentirse seguro, confiando sólo en sí mismo, con lo cual pierde la orientación, pierde la brújula e ignora dónde están los límites”. Es precisamente lo que sucede al rico del que habla el Evangelio de Lucas, que transcurría su vida haciendo fiestas e ignorando al pobre que estaba en la puerta de su casa:
“Él sabía quién era aquel pobre. Lo sabía. Porque después, cuando habla con el Padre Abraham, dice: “Pero, envíame a Lázaro”. Incuso ¡sabía cómo se llamaba! Pero no le importaba. ¿Era un hombre pecador? Sí. Pero del pecado se puede ir hacia atrás: se pide perdón y el Señor perdona. Pero el corazón lo ha llevado por un camino de muerte hasta el punto de que no se puede volver atrás. Hay un punto, hay un momento, hay un límite del que difícilmente se vuelve atrás: es cuando el pecado se transforma en corrupción. Y éste no era un pecador, era un corrupto. Porque sabía de las tantas miserias, pero él se sentía feliz allí y no le importaba nada”.
¿Qué sentimos en el corazón cuando vemos a un sin techo por la calle?
“Maldito el hombre que confía en sí mismo, que confía en su corazón, subrayó el Pontífice aludiendo al Salmo 1.  Nada es más peligroso que el corazón, y difícilmente se cura. Cuando tú conoces aquel camino de enfermedad, difícilmente te curarás”. Y se preguntó:
“¿Qué sentimos en el corazón cuando vamos por el camino y vemos a un sin techo, veamos a niños solos que piden limosna? ‘No, pero estos son de aquella etnia que roba…’. ¿Sigo adelante, hago así? Los sin techo, los pobres, los abandonados, incluso los sin techo bien vestidos, porque no tienen dinero para pagar el alquiler, porque no tienen trabajo… ¿Qué cosa siento yo? Esto forma parte del panorama, del paisaje de una ciudad, como una estatua, la parada del autobús, la oficina del correo ¿Y también los sin techo son parte de la ciudad? ¿Esto es normal? Estén atentos. Estemos atentos. Cuando estas cosas resuenan en nuestro corazón como normales  – ‘pero sí, la vida es así… y yo como, bebo, y para quitarme un poco de sentido de culpa doy una oferta y voy adelante’ – el camino no va bien”.
Si el pecador se arrepiente vuelve para atrás, en cambio el corrupto está cerrado en sí mismo
El Obispo de Roma reafirmó la necesidad de darnos cuenta, cuando vamos por el camino “resbaladizo del pecado a la corrupción”. “¿Qué siento yo – se preguntó  – cuando en el telediario” veo que “cayó una bomba allá, sobre un hospital y murieron tantos niños”? ¿Rezo una oración y después sigo viviendo como si nada? “¿Entra en mi corazón esto”, o “soy como este rico para el cual el drama de Lázaro, del que tenían más piedad los perros, jamás entró en mi corazón?” Si así fuera, estaría en un camino que conduce “del pecado a la corrupción”:
“Por esta razón pidamos al Señor: ‘Escruta, oh Señor, mi corazón. Mira si mi camino está equivocado, si yo estoy en un camino resbaladizo del pecado a la corrupción, del que no se puede volver atrás’. Habitualmente, el pecador, si se arrepiente, vuelve hacia atrás; el corrupto, difícilmente, porque está encerrado en sí mismo. Que la oración sea hoy: ‘Escruta, Señor, mi corazón’. ‘Y hazme comprender en qué camino estoy, por cuál camino estoy yendo’”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

(from Vatican Radio)

Papa Francisco: No cerremos nuestro corazón ante los pobres

Debemos estar atentos a no tomar el camino que del pecado lleva a la corrupción. Es la admonición que hizo el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Papa se inspiró en el Evangelio del día – de San Lucas – en el que el Señor relata la parábola del rico y el pobre Lázaro para subrayar que también hoy debemos estar atentos para no encerrarnos en nosotros mismos, ignorando a los pobres y a los sin techo de nuestras ciudades.
“Escruta, Dios, mi corazón. Mira si recorro el camino de la mentira y guíame por el camino de la vida”. El Papa desarrolló su homilía a partir de las palabras de la Antífona y del Salmo 1, para poner de manifiesto que “el  hombre que confía en el hombre, se apoya en la carne, es decir, en las cosas que él puede gestionar, en la vanidad,  en el orgullo, en las riquezas”, a partir de lo cual se produce un “alejamiento del Señor”. Francisco se refirió a “la fecundidad del hombre que confía en el Señor, y a la esterilidad del hombre que confía en sí mismo”, en el poder y en las riquezas. “Este camino  – dijo  – es un camino peligroso, es un camino resbaladizo, cuando sólo me fío de mi corazón: porque él es traidor, es peligroso”.
El que vive en las riquezas no ve al pobre, el pecado se vuelve corrupción
“Cuando una persona vive en un ambiente cerrado – añadió el Papa – respira el aire propio de sus bienes, de su satisfacción, de la vanidad, de sentirse seguro, confiando sólo en sí mismo, con lo cual pierde la orientación, pierde la brújula e ignora dónde están los límites”. Es precisamente lo que sucede al rico del que habla el Evangelio de Lucas, que transcurría su vida haciendo fiestas e ignorando al pobre que estaba en la puerta de su casa:
“Él sabía quién era aquel pobre. Lo sabía. Porque después, cuando habla con el Padre Abraham, dice: “Pero, envíame a Lázaro”. Incuso ¡sabía cómo se llamaba! Pero no le importaba. ¿Era un hombre pecador? Sí. Pero del pecado se puede ir hacia atrás: se pide perdón y el Señor perdona. Pero el corazón lo ha llevado por un camino de muerte hasta el punto de que no se puede volver atrás. Hay un punto, hay un momento, hay un límite del que difícilmente se vuelve atrás: es cuando el pecado se transforma en corrupción. Y éste no era un pecador, era un corrupto. Porque sabía de las tantas miserias, pero él se sentía feliz allí y no le importaba nada”.
¿Qué sentimos en el corazón cuando vemos a un sin techo por la calle?
“Maldito el hombre que confía en sí mismo, que confía en su corazón, subrayó el Pontífice aludiendo al Salmo 1.  Nada es más peligroso que el corazón, y difícilmente se cura. Cuando tú conoces aquel camino de enfermedad, difícilmente te curarás”. Y se preguntó:
“¿Qué sentimos en el corazón cuando vamos por el camino y vemos a un sin techo, veamos a niños solos que piden limosna? ‘No, pero estos son de aquella etnia que roba…’. ¿Sigo adelante, hago así? Los sin techo, los pobres, los abandonados, incluso los sin techo bien vestidos, porque no tienen dinero para pagar el alquiler, porque no tienen trabajo… ¿Qué cosa siento yo? Esto forma parte del panorama, del paisaje de una ciudad, como una estatua, la parada del autobús, la oficina del correo ¿Y también los sin techo son parte de la ciudad? ¿Esto es normal? Estén atentos. Estemos atentos. Cuando estas cosas resuenan en nuestro corazón como normales  – ‘pero sí, la vida es así… y yo como, bebo, y para quitarme un poco de sentido de culpa doy una oferta y voy adelante’ – el camino no va bien”.
Si el pecador se arrepiente vuelve para atrás, en cambio el corrupto está cerrado en sí mismo
El Obispo de Roma reafirmó la necesidad de darnos cuenta, cuando vamos por el camino “resbaladizo del pecado a la corrupción”. “¿Qué siento yo – se preguntó  – cuando en el telediario” veo que “cayó una bomba allá, sobre un hospital y murieron tantos niños”? ¿Rezo una oración y después sigo viviendo como si nada? “¿Entra en mi corazón esto”, o “soy como este rico para el cual el drama de Lázaro, del que tenían más piedad los perros, jamás entró en mi corazón?” Si así fuera, estaría en un camino que conduce “del pecado a la corrupción”:
“Por esta razón pidamos al Señor: ‘Escruta, oh Señor, mi corazón. Mira si mi camino está equivocado, si yo estoy en un camino resbaladizo del pecado a la corrupción, del que no se puede volver atrás’. Habitualmente, el pecador, si se arrepiente, vuelve hacia atrás; el corrupto, difícilmente, porque está encerrado en sí mismo. Que la oración sea hoy: ‘Escruta, Señor, mi corazón’. ‘Y hazme comprender en qué camino estoy, por cuál camino estoy yendo’”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

(from Vatican Radio)

jueves, 16 de marzo de 2017

El Papa en Sta. Marta: ser indiferente acaba por corrompernos


Del camino del pecado se puede volver atrás, pero cuando se transforma en corrupción es muy difícil. Y nos puede suceder cuando nos cerramos ignorando a los sin techo, a los pobres o a quienes están en dificultad.
Lo indicó este jueves el papa Francisco en la misa en Santa Marta, inspirándose en el Evangelio del día, con la parábola de Lázaro y el rico que vestía púrpura y lino.
El rico “sabía quien era ese pobre: lo sabía. Porque cuando habla con el padre Abraham, dice: ‘Envíame a Lázaro’. Pero a él no le importaba de la miseria de Lázaro ya que él era feliz”. Es que el pecado a un cierto momento se transforma en corrupción, “y este no era un pecador sino un corrupto”.
E interrogó “¿Qué sentimos en el corazón cuando vamos por la calle y vemos a los mendigos, a los niños solos que piden limosna…?”. ¿Es normal esto…? Alguien se justifica: “No, pero estos son de esa etnia que roba…”. Y Francisco pide estar atentos si en nuestro corazón resuena normal decir: “la vida es así… yo como y bebo, pero para quitarme un poco de remordimiento doy una limosna y sigo adelante”, porque ese camino “no va bien”.
Lo mismo cuando escuchamos que una bomba cayó en un hospital y hubieron tantos muertos. “¿Digo una oración y sigo como si nada fuera? ¿Me entra en el corazón o hago como el rico con Lázaro?
“Por esto –concluyó el Papa– Señor escruta en mi corazón. Mira si mi camino es equivocado, y si estoy en ese camino resbaloso del pecado a la corrupción, del cual no se puede volver hacia atrás”. Te pido, “hazme entender en que camino estoy”.

Blázquez, a Podemos: “Pedir que se deje de emitir la misa es un recurso político, poco serio, para alimentar a la clientela”



El recién reelegido presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez, pasó esta mañana por los micrófonos de Herrera en la Onda. Durante la entrevista, lanzó un dardo a Unidos Podemos tras la petición de este grupo de suprimir la misa en la televisión pública. "Es un recurso político, poco serio, para alimentar a la clientela", subrayó.
Para el cardenal de Valladolid, la emisión de este espacio supone"un ofrecimiento a los ciudadanos de una celebración de carácter religioso", y recordó que "otras confesiones religiosas y otras religiosas tienen oportunidad en estos medios de exponer y celebrar su propia fe".
Del mismo modo, Blázquez negó que en las homilías se incite al odio contra los homosexuales. "Me llama la atención que se pueda decir esto. Seguramente quien lo ha dicho no ha ido a misa y no saben lo que se dice allí", recalcó, aunque se mostró abierto a algunos cambios en los Acuerdos Iglesia-Estado que, recordó, son "acuerdos parciales".
"Nosotros estamos abiertos a ello, lo que no queremos son latiguillos fáciles, intentos de ruptura que no tienen sentido y que no ayudan a la reflexión".
Precisamente, el prelado pidió respeto para los homosexuales, porque "tienen derecho a ser respetados y a respetarse", y recalcó el deseo de la Iglesia por participar en el debate sobre el pacto educativo. "No ha sido beneficioso que se hayan sucedido tantas leyes orgánicas en tan poco tiempo".
Sobre los vientres de alquiler, el cardenal Blázquez señala que "a veces encubrimos con eufemismos lo que realmente ocurre". Advierte que "los hijos son gestados junto al corazón de la madre. No se trata solo de un desarrollo biológico, es la gestación de una persona. Es una falta de respeto a la madre y al hijo ¿de quién es hijo al final?", se pregunta.
Respecto al drama de los refugiados, el cardenal de Valladolid apostó porque "la Iglesia se haga eco de esta causa que es mayor. Los inmigrantes no salen por gusto de su país sino empujados por la guerra, el hambre y la persecución. Hay que actuar en los países de origen y tenemos que abrir generosamente nuestras puertas. Es complejo y tiene que ser ordenado pero tenemos que ser mas generosos".

16 de marzo: Abraham, solitario y eremita


Los que escriben acerca de su vida, principalmente san Efrén con quien le unió una estrecha amistad, no mencionan el lugar de su vida de anacoreta, sí el territorio: Mesopotamia y, probablemente, en la cercanía de Edesa. Pasó más de cincuenta años en el desierto.
Hijo de padres ricos que también sabían ser buenos. Ven a su hijo tan bueno y leal que deciden casarlo con hija de buena familia escogida entre sus amistades y comprometen su matrimonio hasta que tengan la edad y puedan contraerlo. Parece que a Abraham no le agrada la idea lo más mínimo y que hasta la desprecia porque sus planes futuros van por otro derrotero. Pero el tiempo pasó y llegó la hora de casarse sin más dilaciones; ha pedido a su padre que lo libere del compromiso, mas no hay medio que haga desistir al progenitor de la palabra dada; por fin, el respeto paterno pudo más que sus propios deseos.
Lo que sucedió la noche de bodas, después de haber celebrado la fiesta con la grandiosidad propia de gente pudiente, fue lo imprevisto. Se escapa de casa huyendo; parece ser que solo Dios ocupa su corazón y a él quiere entregarlo. No ha mediado una sola palabra ni ha dado explicación; lo ha hecho en secreto. Solo tiene ganas de esconderse y lo hace en una cueva cercana que encontró.
Todos han pasado diecisiete días de trajín andando en su búsqueda, removiendo matojos y adentrándose en los agujeros de las peñas. Al encontrarlo, todo son ruegos, lágrimas, caricias y hasta amenazas, pero el que no supo imponerse en su momento mantiene ahora una actitud inflexible. Consigue de la esposa defraudada el consentimiento de una perpetua separación y del autoritario padre la promesa de no interrumpir en adelante su voluntario retiro.
Con veinte años ha comenzado Abraham su vida de soledad. Vive en una celda con ventanilla al campo y allí se entrega a la oración y a la penitencia. Sus bienes son ahora una escudilla de madera para comer y beber, una estera de juncos, un manto y un cilicio; el alimento ordinario son las hierbas y raíces que el campo le da. La gente empieza a tener noticia de la existencia del solitario penitente en aquellos contornos; primero por curiosidad, y luego por interés espiritual se le van aproximando los vecinos, que transmiten más y más sus méritos y santidad. Siempre le vieron alegre y con carácter apacible.
El obispo de Lampsaco (ahora, la ciudad turca de Lapseki) conoce su virtud; como tiene en su territorio un poblado en donde solo impera el paganismo, no ha pensado en mejor varón para convertirlos que en Abraham, y por eso le da el encargo de predicarles a Cristo después de hacerlo sacerdote.
El santo penitente deja su celda por amor a la Iglesia, que no por gusto personal. Lo primero que hace al llegar a su destino es edificar un templo grande, hermoso y digno de Dios; pasa las noches en oración, se lamenta de la ceguera de los incrédulos y gime ante las imágenes de los ídolos. Un día, animado por el edicto de Constantino, rompe las estatuas de las falsas divinidades. Como era de esperar, los paganos responden montando en cólera y propinándole una paliza de muerte. Al día siguiente, se repite la historia entre la invitación a seguir al Dios verdadero y los palos que recibe. Tres años pasan alternándose la predicación y los vapuleos hasta que su perseverancia consigue el fruto. El pueblo se ha decidido a asistir al templo ante la inusitada actitud de Abraham que ya está disponiendo las cosas para comenzar a administrar el bautismo a medida que va formando a los paganos en la fe verdadera. Convertido el pueblo, se retira nuevamente a su ansiada soledad.
Mezcladas la verdad histórica de la santidad de este hombre de Dios con los añadidos de la cándida fábula es difícil separar los elementos que corresponden a una y otra fuente. Algunos biógrafos añaden la conversión que hizo de una sobrina suya dedicada a artes nada recomendables y que termina sus días como penitente arrepentida junto a la celda del santo.
Archimadrid.org

Recibiste bienes, y Lázaro males: ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 16,19-31
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que se murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
"Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas".
Pero Abrahán le dijo:
"Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consuelo, mientras que tú eres atormentado.
Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros".
Él dijo:
"Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio, de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento".
Abrahán le dice:
"Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen".
Pero él le dijo:
"No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán".
Abrahán le dijo:
"Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».
Palabra del Señor.

Catequesis del Papa: “Del encuentro con el rostro misericordioso de Jesús, nace la alegría de la esperanza”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Sabemos bien que el gran mandamiento que nos ha dejado el Señor Jesús es aquel de amar: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente y amar al prójimo como a nosotros mismos (Cfr. Mt 22,37-39). Es decir, estamos llamados al amor, a la caridad y esta es nuestra vocación más alta, nuestra vocación por excelencia; y a esa está ligada también la alegría de la esperanza cristiana. Quien ama tiene la alegría de la esperanza, de llegar a encontrar el gran amor que es el Señor.
El Apóstol Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos que hemos apenas escuchado, nos pone en guardia: existe el riesgo que nuestra caridad sea hipócrita, que nuestro amor sea hipócrita. Entonces nos debemos preguntar: ¿Cuándo sucede esto, esta hipocresía? Y ¿Cómo podemos estar seguros de que nuestro amor sea sincero, que nuestra caridad sea auténtica? ¿De no aparentar de hacer caridad o que nuestro amor no sea una telenovela? Amor sincero, fuerte.
La hipocresía puede introducirse en todas partes, también en nuestro modo de amar. Esto se verifica cuando nuestro amor es un amor interesado, motivado por intereses personales; y cuantos amores interesados existen… cuando los servicios caritativos en los cuales parece que nos donamos son realizados para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos satisfechos: “pero, qué bueno que soy”, ¿no?: esto es hipocresía; o aún más, cuando buscamos cosas que tienen “visibilidad” para hacer alarde de nuestra inteligencia o de nuestras capacidades. Detrás de todo esto existe una idea falsa, engañosa, es decir que, si amamos, es porque nosotros somos buenos; como si la caridad fuera una creación del hombre, un producto de nuestro corazón. La caridad, en cambio, es sobre todo una gracia, un regalo; poder amar es un don de Dios, y debemos pedirlo. Y Él lo da gustoso, si nosotros se lo pedimos. La caridad es una gracia: no consiste en el hacer ver lo que nosotros somos, sino en aquello que el Señor nos dona y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los demás si antes no es generada en el encuentro con el rostro humilde y misericordioso de Jesús.
Pablo nos invita a reconocer que somos pecadores, y que también nuestro modo de amar está marcado por el pecado. Al mismo tiempo, sin embargo, se hace mensajero de un anuncio nuevo, un anuncio de esperanza: el Señor abre ante nosotros una vía de liberación, una vía de salvación. Es la posibilidad de vivir también nosotros el gran mandamiento del amor, de convertirnos en instrumentos de la caridad de Dios. Y esto sucede cuando nos dejamos sanar y renovar el corazón por Cristo resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros es capaz de sanar nuestro corazón: lo hace, si nosotros lo pedimos. Es Él quien nos permite, a pesar de nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor. Y entonces se entiende que todo aquello que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y continúa a hacer por nosotros. Es más, es Dios mismo que, habitando en nuestro corazón y en nuestra vida, continúa a hacerse cercano y a servir a todos aquellos que encontramos cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados en los cuales Él en primer lugar se reconoce.
El Apóstol Pablo, entonces, con estas palabras no quiere reprocharnos, sino mejor dicho animarnos y reavivar en nosotros la esperanza. De hecho, todos tenemos la experiencia de no vivir a plenitud o como deberíamos el mandamiento del amor. Pero también esta es una gracia, porque nos hace comprender que por nosotros mismos no somos capaces de amar verdaderamente: tenemos necesidad de que el Señor renueve continuamente este don en nuestro corazón, a través de la experiencia de su infinita misericordia. Y entonces sí que volveremos a apreciar las cosas pequeñas, las cosas sencillas, ordinarias; que volveremos a apreciar todas estas cosas pequeñas de todos los días y seremos capaces de amar a los demás como los ama Dios, queriendo su bien, es decir, que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos por la posibilidad de hacernos cercanos a quien es pobre y humilde, como Jesús hace con cada uno de nosotros cuando nos alejamos de Él, de inclinarnos a los pies de los hermanos, como Él, Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón.
Queridos hermanos, lo que el Apóstol Pablo nos ha recordado es el secreto para estar – uso sus palabras – es el secreto para estar “alegres en la esperanza” (Rom 12,12): alegres en la esperanza. La alegría de la esperanza, para que sepamos que en toda circunstancia, incluso en las más adversas, y también a través de nuestros fracasos, el amor de Dios no disminuye. Y entonces, con el corazón visitado y habitado por su gracia y por su fidelidad, vivamos en la gozosa esperanza de intercambiar con los hermanos, en lo poco que podamos, lo mucho que recibimos cada día de Él. Gracias.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

miércoles, 15 de marzo de 2017

Vídeo promocional día del seminario 2017 ( aparece nuestro párroco Lucas)

COMENTARIO DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (20, 17-28)



Santiago, hermano de Juan. 
Por el Evangelio conocemos el nombre de su padre y conocemos también a su madre. Sabemos que ella intervino ante Jesús en favor de sus hijos: «que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda» (Mt 20, 21).

La madre se preocupó por asegurar el futuro de sus hijos. Observaba todo lo que Jesús hacía: había visto el poder divino que acompañaba a su misión. Creía ciertamente que El era el Mesías anunciado por los profetas. El Mesías que iba a restablecer el reino de Israel (cf. Hch 1, 6).

No hay que maravillarse de la actitud de esta madre. No hay que maravillarse de una hija de Israel que amaba a su pueblo. Y amaba a sus hijos. Deseaba para ellos lo que consideraba un bien.

He aquí a Santiago, hijo de Zebedeo, pescador como su padre y su hermano; hijo de una madre decidida.

Santiago siguió a Jesús de Nazaret cuando el Maestro, respondiendo a la pregunta de su madre, les dijo: «¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» (Mt 20, 22). Santiago y su hermano Juan responden sin dudar: «Lo somos» (ib.).
Esta no es una respuesta calculada, sino llena de confianza.

Santiago no sabía aún, y en todo caso no lo sabía totalmente, qué significaba este «cáliz». Cristo hablaba del cáliz que El mismo había de beber: el cáliz que había recibido del Padre.

Llegó el momento en que Cristo llevó a cabo lo que había anunciado antes: bebió hasta la última gota el cáliz que el Padre le habla dado.

Verdaderamente, en el Gólgota Santiago no estaba con su Maestro. Tampoco estaban Pedro ni los demás Apóstoles. Junto a la Madre de Cristo permaneció únicamente Juan; solamente él.

Sin embargo, más tarde todos comprendieron ―y Santiago comprendió― la verdad sobre el «cáliz». Comprendió que Cristo había de beberlo hasta la última gota. Comprendió que era necesario que sufriera todo eso; que sufriera la muerte de cruz...

Cristo, en efecto, el Hijo de Dios, «no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28).
¡Cristo es el servidor de la Redención humana!

Por esto: «el que quiera ser grande de entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20, 26).

 A través de los siglos gente de muchas ciudades y de muchas naciones ha venido en peregrinación hasta aquí; hasta el Apóstol al que Cristo había dicho: «mi cáliz lo beberás».
Han peregrinado los jóvenes para aprender junto a la tumba del Apóstol aquella verdad evangélica: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor».

En estas palabras se encuentra el criterio esencial de la grandeza del hombre. Este criterio es nuevo Así fue en tiempos de Cristo y lo sigue siendo después de dos mil años.

Este criterio es nuevo. Supone una transformación, una renovación de los criterios con que se guía el mundo. «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros» (Mt 20, 25-26).

El criterio con el que se guía el mundo es el criterio del éxito. Tener el poder... Tener el poder económico para hacer ver la dependencia de los demás. Tener el poder cultural para manipular las conciencias. ¡Usar... y abusar!

Tal es el «espíritu de este mundo».

¿Quiere esto decir acaso que el poder en sí mismo es malo? ¿Quiere esto decir que la economía ―la iniciativa económica― es en sí misma mala?

¡No! De ninguna manera. Una y otra cosa pueden ser también un modo de servir. Este es el espíritu de Cristo, la verdad del Evangelio. Esta verdad y este espíritu están expresados en la Catedral de Santiago de Compostela por el Apóstol, que ―según el deseo de su madre― debía ser el primero, pero ―siguiendo a Cristo― se convirtió en servidor.

Por qué estáis aquí vosotros jóvenes de los años noventa y del siglo veinte? ¿No sentís acaso también dentro de vosotros «el espíritu de este mundo», en la medida en que esta época, rica en medios del uso y del abuso, lucha contra el espíritu del Evangelio?
¿No venís aquí tal vez para convenceros definitivamente de que «ser grandes» quiere decir «servir»? Pero. . . ¿estáis dispuestos a beber aquel cáliz? ¿Estáis dispuestos a dejaros penetrar por el cuerpo y sangre de Cristo, para morir al hombre viejo que hay en nosotros y resucitar con El? ¿Sentís la fuerza del Señor para haceros cargo de vuestros sacrificios, sufrimientos y «cruces» que pesan sobre los jóvenes desorientados acerca del sentido de la vida, manipulados por el poder, desocupados, hambrientos, sumergidos en la droga y la violencia, esclavos del erotismo que se propaga por doquier...? Sabed que el yugo de Cristo es suave... Y que sólo en El tendremos el ciento por uno, aquí y ahora, y después la vida eterna.

SANTA MISA EN EL MONTE DEL GOZO. HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 20 de agosto de 1989

Lo condenarán a muerte



Lectura del santo Evangelio según san Mateo 20, 17-28

En aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino:
«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó:
«¿Qué deseas?».
Ella contestó:
«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda»
Pero Jesús replicó:
«No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?».
Contestaron:
-«Podemos».
Él les dijo:
«Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús, les dijo:
«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».
Palabra del Señor.