domingo, 8 de enero de 2017

El cuarto Rey Mago


Hay una leyenda que, sin ser parte de la Revelación, nos enseña lo que Dios espera de nosotros.

Se cuenta que había un cuarto Rey Mago, que también vio brillar la estrella sobre Belén y decidió seguirla. Como regalo pensaba ofrecerle al Niño un cofre lleno de perlas preciosas. Sin embargo, en su camino se fue encontrando con diversas personas que iban solicitando de su ayuda.

Este Rey Mago las atendía con alegría y diligencia, e iba dejándoles una perla a cada uno. Pero eso fue retrasando su llegada y vaciando su cofre. Encontró muchos pobres, enfermos, encarcelados y miserables, y no podía dejarlos desatendidos. Se quedaba con ellos el tiempo necesario para aliviarles sus penas y luego procedía su marcha, que nuevamente era interrumpida por otro desvalido.

Sucedió que cuando por fin llegó a Belén, ya no estaban los otros Magos y el Niño había huido con sus padres hacia Egipto, pues el Rey Herodes quería matarlo. El Rey Mago siguió buscándolo, ya sin la estrella que antes lo guiaba.

Buscó y buscó y buscó... y dicen que estuvo más de treinta años recorriendo la tierra, buscando al Niño y ayudando a los necesitados. Hasta que un día llegó a Jerusalén justo en el momento que la multitud enfurecida pedía la muerte de un pobre hombre. Mirándolo, reconoció en sus ojos algo familiar. Entre el dolor, la sangre y el sufrimiento, podía ver en sus ojos el brillo de la estrella. Aquel miserable que estaba siendo ajusticiado era el Niño que por tanto tiempo había buscado.

La tristeza llenó su corazón, ya viejo y cansado por el tiempo. Aunque aún guardaba una perla en su bolsa, ya era demasiado tarde para ofrecérsela al Niño que ahora, convertido en hombre, colgaba de una Cruz. Había fallado en su misión. Y sin tener a dónde más ir, se quedó en Jerusalén para esperar que llegara su muerte.

Apenas habían pasado tres días cuando una luz aún más brillante que la de la estrella llenó su habitación. ¡Era el Resucitado que venía a su encuentro! El Rey Mago, cayendo de rodillas ante Él, tomó la perla que le quedaba y extendió su mano mientras hacía una reverencia. Jesús le tomó tiernamente y le dijo:

“Tú no fracasaste. Al contrario, me encontraste durante toda tu vida. Yo estaba desnudo, y me vestiste. Yo tuve hambre, y me diste de comer. Tuve sed y me diste de beber. Estuve preso, y me visitaste. Pues yo estaba en todos los pobres que atendiste en tu camino. ¡Muchas gracias por tantos regalos de amor! Ahora estarás conmigo para siempre, pues el Cielo es tu recompensa.”

La historia no requiere explicación... nosotros somos el cuarto Rey Mago y Jesús espera que le encontremos en cada persona necesitada que se cruce en nuestro camino... ¡Feliz Epifanía...!

Tengo sed de Ti.

Iglesia con las puertas abiertas, Una nueva etapa



Antes de narrar su actividad profética, los evangelistas nos hablan de una experiencia que va a transformar radicalmente la vida de Jesús. Después de ser bautizado por Juan, Jesús se siente el Hijo querido de Dios, habitado plenamente por su Espíritu. Alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos con su vida y su mensaje la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano.
No es extraño que, al invitarnos a vivir en los próximos años «una nueva etapa evangelizadora», el papa nos recuerde que la Iglesia necesita más que nunca «evangelizadores de Espíritu». Sabe muy bien que solo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia. ¿Por qué caminos?
Esta renovación de la Iglesia solo puede nacer de la novedad del Evangelio. El papa nos invita a escuchar también hoy el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de «volver a la fuente para recuperar la frescura original del Evangelio». Solo de esta manera «podremos romper esquemas aburridos en los que pretendemos encerrar a Jesucristo».
El papa está pensando en una renovación radical «que no puede dejar las cosas como están; ya no sirve una simple administración». Por eso nos pide abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así» e insiste una y otra vez: «Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades».
Francisco busca una Iglesia en la que solo nos preocupe comunicar la Buena Noticia de Jesús al mundo actual. «Más que el temor a no equivocarnos espero que nos mueva el temor a encerrarnos en estructuras que nos dan una falsa contención, en normas que nos vuelven jueces implacables, en costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: Dadles vosotros de comer».
El papa nos llama a construir «una Iglesia con las puertas abiertas», pues la alegría del Evangelio es para todos y no se debe excluir a nadie. ¡Qué alegría poder escuchar de sus labios una visión de Iglesia que recupera el Espíritu más genuino de Jesús rompiendo actitudes muy arraigadas durante siglos! «A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre, donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas».
José Antonio Pagola

EL BAUTISMO DE JESÚS


Leemos en la Biblia que “el hombre justo es como el árbol plantado junto a la corriente, no se marchitan sus hojas y cuanto emprende tiene buen fin” (Jr 17, 8). Al contemplar a Jesús metido en el río Jordán, he unido las imágenes. Solía aplicar la figura del árbol junto a la acequia a los que tenemos por justos, y nadie más justo que Jesucristo. San Pedro así lo llama en el discurso de Pentecostés: “Vosotros renegasteis del Santo y del Justo” (Act 3, 14).
Si el árbol plantado junto a la corriente da buen fruto, ningún árbol ha estado más próximo al manantial que brota del lado derecho del santuario, según el profeta Ezequiel, que el árbol de la Cruz, regado por el borbotón de agua que salta hasta la vida eterna, manantial de gracia, que nace del costado de Jesucristo.
Si los frutos de los árboles que crecen a las orillas del caudal sagrado llegan a la sazón, ningún árbol ha dado mejor fruto maduro que el árbol de la Cruz, según canta el himno litúrgico. “Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza! Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto. ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza con un peso tan dulce en su corteza!”
Puede parecer extraña esta concurrencia de imágenes. Sin embargo, durante toda la Pascua de Navidad las lecturas y las fiestas litúrgicas han unido contantemente las fiestas del nacimiento de Jesús con los pasajes de su muerte y resurrección. Así lo contemplábamos al celebrar al primer mártir, al discípulo amado, a los santos inocentes, y al escuchar el pasaje del sepulcro vacío, o la profecía de Simeón sobre la espada de dolor que atravesaría el corazón de la Madre de Jesús.
Si la escena de Jesús en el Jordán nos lleva a esta mirada complexiva del Misterio de la Redención, quienes participamos por el bautismo en la vida de Jesús nos deberemos sentir invitados a ser como árboles plantados junto a la corriente de gracia; es el secreto para no perecer en tiempo de sequía ni en momentos de turbación.
Por el bautismo hemos sido incorporados al Justo, y nuestras obras deben acreditar que somos ramas del mismo árbol frondoso y fecundo, que es Jesucristo. Con san Pablo deberíamos confesar: “Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree, primero del judío, y también del griego. Porque en él se revela la justicia de Dios de fe en fe, como está escrito: El justo por la fe vivirá” (Rm 1, 16-17).
Renovemos nuestra pertenencia a Jesucristo, y celebremos el regalo del bautismo, de que nuestras vidas han sido plantas junto al torrente de gracias, de amor de Dios.
Ángel Moreno de Buenafuente

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (3,13-17) POR BENEDICTO XVI




La alegría que brota de la celebración de la Santa Navidad encuentra hoy cumplimiento en la fiesta del Bautismo del Señor. (...)

El relato evangélico del bautismo de Jesús (...) muestra el camino de abajamiento y de humildad que el Hijo de Dios eligió libremente para adherirse al proyecto del Padre, para ser obediente a su voluntad de amor por el hombre en todo, hasta el sacrificio en la cruz. 

Siendo ya adulto, Jesús da inicio a su ministerio público acercándose al río Jordán para recibir de Juan un bautismo de penitencia y conversión. Sucede lo que a nuestros ojos podría parecer paradójico. ¿Necesita Jesús penitencia y conversión? Ciertamente no. 

Con todo, precisamente Aquél que no tiene pecado se sitúa entre los pecadores para hacerse bautizar, para realizar este gesto de penitencia; el Santo de Dios se une a cuantos se reconocen necesitados de perdón y piden a Dios el don de la conversión, o sea, la gracia de volver a Él con todo el corazón para ser totalmente suyos. 

Jesús quiere ponerse del lado de los pecadores haciéndose solidario con ellos, expresando la cercanía de Dios. Jesús se muestra solidario con nosotros, con nuestra dificultad para convertirnos, para dejar nuestros egoísmos, para desprendernos de nuestros pecados, para decirnos que si le aceptamos en nuestra vida, Él es capaz de levantarnos de nuevo y conducirnos a la altura de Dios Padre. 

Y esta solidaridad de Jesús no es, por así decirlo, un simple ejercicio de la mente y de la voluntad. Jesús se sumergió realmente en nuestra condición humana, la vivió hasta el fondo, salvo en el pecado, y es capaz de comprender su debilidad y fragilidad. Por esto Él se mueve a la compasión, elige «padecer con» los hombres, hacerse penitente con nosotros. 

Esta es la obra de Dios que Jesús quiere realizar; la misión divina de curar a quien está herido y tratar a quien está enfermo, de cargar sobre sí el pecado del mundo. 

¿Qué sucede en el momento en que Jesús se hace bautizar por Juan? Ante este acto de amor humilde por parte del Hijo de Dios, se abren los cielos y se manifiesta visiblemente el Espíritu Santo en forma de paloma, mientras una voz de lo alto expresa la complacencia del Padre, que reconoce al Hijo unigénito, al Amado. Se trata de una verdadera manifestación de la Santísima Trinidad, que da testimonio de la divinidad de Jesús, de su ser el Mesías prometido, Aquél a quien Dios ha enviado para liberar a su pueblo, para que se salve (cf. Is 40, 2). 

Se realiza así la profecía de Isaías: el Señor Dios viene con poder para destruir las obras del pecado y su brazo ejerce el dominio para desarmar al Maligno; pero tengamos presente que este brazo es el brazo extendido en la cruz y que el poder de Cristo es el poder de Aquél que sufre por nosotros: este es el poder de Dios, distinto del poder del mundo; así viene Dios con poder para destruir el pecado. 

Verdaderamente Jesús actúa como el Pastor bueno que apacienta el rebaño y lo reúne para que no esté disperso (cf. Is 40, 10-11), y ofrece su propia vida para que tenga vida. Por su muerte redentora libera al hombre del dominio del pecado y le reconcilia con el Padre; por su resurrección salva al hombre de la muerte eterna y le hace victorioso sobre el Maligno.

Queridos hermanos y hermanas: ¿qué acontece a vuestros niños en el Bautismo? (...) recibiendo el Bautismo renacen como hijos de Dios, partícipes en la relación filial que Jesús tiene con el Padre, capaces de dirigirse a Dios llamándole con plena confianza: «Abba, Padre». 

También sobre vuestros niños el cielo está abierto y Dios dice: estos son mis hijos, hijos de mi complacencia. Introducidos en esta relación y liberados del pecado original, ellos se convierten en miembros vivos del único cuerpo que es la Iglesia y se hacen capaces de vivir en plenitud su vocación a la santidad, a fin de poder heredar la vida eterna que nos ha obtenido la resurrección de Jesús. (...)
(De la homilía de Benedicto XVI el 13 de enero de 2013)

ESTE ES MI HIJO AMADO (EVANGELIO DE HOY)


Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,13-17):

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?»

Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.»

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él. y vino una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»

Palabra del Señor

sábado, 7 de enero de 2017

Carta a Luisa´. "Vayamos descubriendo y fomentando la belleza de la obra divina"



Querida Luisa: Muchas gracias por tu felicitación navideña: Hermosura tan antigua y tan nueva, Me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.
Tú no necesitas decir "que sea Navidad todo el añ
o". Porque "tu deseo" hoy, acompaña, verdaderamente, todo el año. Han pasado quince días de esta felicitación, y esta frase de san Agustín, que acompañabas de una imagen, sigue viva en mi mente. Y es curioso: el año anterior fue otra felicitación tuya, con una imagen de un monje dispuesto a hacer camino, teniendo delante un ambiente brumoso, gris, y sugiriendo el acompañamiento luminoso de la Cruz... Una imagen que me ha acompañado todo el año.
La de este año viene a complementarla, y va a estar de actualidad en mi vida a lo largo de los meses. ¿Qué sucede?, ¿qué misterio tiene tu deseo navideño para que permanezca?
Yo diría que el mismo misterio de la vida. Tú recoges unas palabras, esta vez, de una obra inmortal, las Confesiones, que rezuman sabiduría de este santo Padre de la Iglesia que es san Agustín, un permanente buscador de Dios. Te has sentido identificada con su enseñanza y me transmites eso que estás viviendo:
La belleza permanece, la belleza impregna toda la creación; que esta belleza se nos manifiesta como sabiduría para iluminar los pasos de nuestro caminar en la tierra.
En el fondo, o en lo profundo, de la existencia hay una conexión, un estrecho lazo de sintonía de nuestra vida con la vibración de la belleza de todo lo creado.
Pero percibimos esta conexión cuando despierta en nosotros la presencia de este Creador bueno y que ha hecho buenas todas las cosas. Y de todo este misterio de vida, belleza y bondad, nos habla san Agustín:
La vida feliz, Señor, no es más que gozar de ti, para ti y por ti. Eso es la vida feliz. No es otra cosa. Los que creen que es otra cosa buscan otro gozo que no es el verdadero.
De aquí que lo importante en la vida humana es plantearla como una permanente búsqueda, donde podemos ir descubriendo y viviendo nuevos horizontes que nos ponen en el sendero de la Divinidad. Y san Agustín nos sigue dando sugerencias para el camino:
¿Y dónde te encontré, Señor, para conocerte? ¿En dónde te encontré para conocerte, sino en ti, que estás por encima de mí? No es un lugar. ¡Oh verdad!, tú diriges en todas partes a los que preguntan por ti, y respondes a todos a la vez, aunque te pregunten cosas distintas. Respondes con claridad, pero no todos lo entienden con claridad. Todos te preguntan lo que quieren, pero no siempre oyen lo que quieren. El que mejor cumple tu voluntad es el que no se preocupa tanto de oír lo quisiera oír, cuanto de querer hacer lo que oye de ti...
Querida Luisa, estas palabras que me escribes en tu felicitación me recuerdan otras del mismo Agustín de Hipona:
Me llamas, Señor. Me gritas, Señor. Quieres romper mi sordera. Brillas y resplandeces ante mí. Quitas la ceguera de mis ojos. Exhalas tu perfume y respiro, y suspiro por ti. Te he probado y siento hambre y sed de ti. Me tocas y me abraso en tu paz.
En el fondo tu felicitación es una invitación a dejarme guiar por él, por ese Dios que ya puso en mí una primera llama de amor, que me guía sin peligro y sigue despertando mi capacidad de amar.
Y dejarse guiar por Dios no se puede separar de dejarse guiar por la obra buena de Dios. Es una llamada a contemplar la realidad, la vida, e ir descubriendo y fomentando la belleza de la obra divina.
Por esto tu felicitación no resulta vacía, no es vulgar, sino que nace de una belleza vivida, y, como tal, deseada para otros. Muy diferente de otras felicitaciones, de otros innumerables deseos, que nacen de "deseos de otros", es decir, a partir de "frases hechas", "de documentos de otros", aunque a veces incluso puedan ser frases tomadas de la Sagrada Escritura, pero que no han nacido del corazón de quien las escribe, un corazón que solo alcanza a pedir que las escriban, sobre incluido, y las remitan a su destino. Para estos Navidad finaliza con la cava y los turrones.
Tu recuerdo en estos días del Nacimiento del Señor es una invitación seria a prolongar la Navidad a lo largo del año. ¡Muchas gracias!
(José Alegre)

Polonia: la asistencia a la misa dominical aumenta de casi el 40 por ciento



El porcentaje de personas que participan en la misa dominical en Polonia, aumentó de casi el 40 por ciento en el 2015 en comparación con el año anterior, con un incremento de las personas que comulgan de un 17 por ciento. Los datos se basan en un estudio realizado en el país de san Juan Pablo II, por el Instituto de Estadísticas de la Iglesia Católica.
Polonia tiene una de las redes de parroquias mejor estructuradas del mundo católico. El número de religiosos que trabajan en las parroquias ha sido relativamente estable desde 1972 y asciende a alrededor del 7%.
En 2015, unos 28.800 sacerdotes participaban en las actividades pastorales en parroquias católicas polacas, mientras que el número de religiosas que trabajaban allí eran unas 7 mil.
A pesar de todo este renacer, no ha habido un aumento de las vocaciones, aunque se espera una inversión de tendencia en el futuro.
El motivo de estos resultados no es analizado en la encuesta encargada por los obispos, pero el ‘efecto papa Francisco’ y eventos como la canonización del papa Juan Pablo II el 27 de abril de 2014, y la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud realizada en el 2016, podrían estar en la raíz del mismo.
La forma del catolicismo polaco está determinada por la actividad religiosa del laicado, que representa un elemento importante del compromiso social de los polacos. En 2014, más de 60 mil organizaciones parroquiales, con 2,5 millones de personas, estaban activas en Polonia.
Además de las actividades de las organizaciones parroquiales de la Iglesia Católica, hay cerca de 1.800 instituciones sociales católicas dinámicas como escuelas o hospicios. Aproximadamente la mitad de ellas trabajan en beneficio de niños y adolescentes. Junto a estas organizaciones, se presta apoyo a los ancianos, a los pobres y a los discapacitados.
Por su parte la oficina de comunicación de la Conferencia Episcopal señala que “un elemento importante del catolicismo polaco es su espiritualidad mariana caracterizada por su gran diversidad y riqueza de formas, prácticas y costumbres”. En particular precisa, “sobre la base de los datos, se puede decir que hay tres formas básicas de devoción mariana en Polonia: el rosario, las devociones de mayo y la devoción a la Virgen de Fátima”.
Zenit

Cristianismo y familia



La celebración de la Navidad es también la exaltación de la familia, raíz de la vida social del hombre, garantía de su formación emocional, referencia imprescindible de nuestra existencia cuando el mundo tiembla a nuestro lado
La Navidad celebra el nacimiento de Cristo. Es momento para alabar aquel instante supremo en que el hombre recuperó la posibilidad de su salvación, y el modo en que la idea de Redención se vinculó para siempre con su libertad y dignidad, lejos del determinismo de la naturaleza, del consuelo ilusorio de la mitología y de la desesperada carencia de razones para habitar la tierra. Celebramos, por tanto, un nuevo comienzo, que se inserta en el origen mismo de nuestra civilización y proporciona sentido de eternidad a nuestro tiempo, universalidad a nuestra vida, espiritualidad a nuestra condición biológica y vinculación inextinguible a los fundamentos morales de nuestra existencia como hijos de Dios.
Sin embargo, hay algo que, casi sin apreciarlo, no dejamos de celebrar, de representar en escenarios teatrales, de fabricar en delicadas arquitecturas hogareñas, de colocar en las plazas y esquinas, en recintos escolares y jardines urbanos: la familia de Jesús, plenamente constituida en un humilde establo del villorrio de Belén. Porque Jesús no fue revelado, como ocurre en los mitos paganos o en las leyendas religiosas de la antigüedad, a través de una fuerza de la naturaleza. No se desprendió de una roca, ni brotó de un árbol, ni cobró forma en una lluvia colérica ante los ojos asombrados y afligidos de unos seres que asistían a una muestra más del poder absoluto de sus dioses.
La familia como refugio
La Verdad luminosa de Cristo empezó por donde siempre comienza la Revelación: por el milagro y la humildad, no por la magia y la humillación. Jesús no entró en el mundo de los hombres. Jesús se hizo hombre. María fue inspirada por el aliento de Dios: el Espíritu Santo fecundó su cuerpo inmaculado. Realidad del acto de la Encarnación, pero también metáfora maravillosa de la presencia del Creador en el arranque de toda vida humana. Jesús se formó en el vientre de María, nació con dolor y llanto, y fue acogido con ternura infinita por sus padres. Hijo del hombre, Dios encarnado, estrenaba su vida en aquel estado de debilidad y completa inocencia común a sus hermanos. El niño Jesús, protegido del frío por José y por María, venerado como Dios, amado como hombre, síntesis singular e irrepetible, milagro constante sostenido en una hora excepcional, cuyo poder simbólico y cuya enseñanza profunda nos alcanzan a más de 2.000 años de distancia.
La celebración de la Navidad es también la exaltación de la familia. En estos momentos de crisis, la familia ha mostrado que es raíz inexcusable de la vida social del hombre, garantía de su formación emocional, fuente de recios valores que protegen y orientan la trayectoria de cada individuo, referencia imprescindible de nuestra existencia, solidez a la que nos acogemos cuando el mundo tiembla a nuestro lado.
En los peores trances de este ciclo económico aterrador, la familia no ha dejado de ser ámbito de consuelo, de protección, de sustancia inalterable ante los vaivenes de la fortuna. Ha ayudado del modo más elemental, paliando circunstancias de sufrimiento económico. Pero ha ofrecido otro tipo de consuelo, junto al indispensable refugio para las penalidades materiales. Ha dado fe de una comunidad íntima, nuclear, sobre la que se trama e inspira toda forma de socialización.
Devastadora banalidad
España ha pasado, como todo Occidente, por un devastador periodo de banalidad, de despreocupación y pérdida de sustancia moral. Ha residido en una jovial ausencia de principios, en una constante improvisación de frivolidades, en un permanente abandono de tradiciones a las que se achacaba caducidad, cuando no oscurantismo. La ignorancia que se ha adueñado de nuestro mundo, el desprecio inaudito por nuestra cultura y la insolencia de querer actuar como si nuestras raíces colectivas fueran obstáculo para nuestra libertad individual, han arremetido con especial saña contra la familia. No ha habido aspecto alguno de esta que no haya sido impugnado. La función educativa de los padres, la preservación de la vida concebida, la fidelidad de los esposos como prenda de un amor que se arriesga a cualquier sacrificio, la unión prometida más allá de las enfermedades, de la pobreza, del cansancio nervioso o de la comodidad superficial, son mucho más que un contrato administrativo.
En momentos en que la injusticia, la violencia, la miseria y el fanatismo golpean este siglo, una Verdad permanente parece reiterar la imagen de Jesús, niño y Dios acunado por María, hombre y Dios velado por José. Una Verdad que asoma cuando, interrumpiendo por unas horas el desorden del mundo, una familia se reúne junto al pesebre para cantar su alegría por estar juntos, su indomable resistencia a la adversidad. Para afirmar su fe en aquella familia de Belén que, en el principio de nuestra era, proyectaba una escena inmortal que nos ilumina, un destino eterno que nos justifica.
Fernando García de Cortázar, SJ
Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto

«La Iglesia no debe encerrarse en sí misma, sino salir a los hombres»



«Dice usted cosas muy lindas, siga en esa línea», le dijo el Papa durante un encuentro en el Vaticano a Francisco Simón Comesa, que será ordenado el sábado obispo en Menorca
Ni se imaginaba Francisco Simón Conesa (Elche, 1961) cuando era monaguillo en la parroquia de San Agatángelo de Elche o cuando acompañaba a sus padres a las convivencias que estos impartían a grupos de matrimonios, que llegaría a ser un sucesor de los apóstoles. Gracias al testimonio y la transmisión de la fe de sus padres, descubrió a Dios y encontró su vocación como sacerdote. Su vida, como insiste, es para servir. Primero lo hizo como vicario parroquial, párroco y vicario general y, ahora, como obispo de Menorca. Será ordenado este sábado de manos del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, en una celebración en la que también estarán presentes, entre otros, el nuncio del Papa en España, Renzo Fratini, y el obispo de Orihuela-Alicante, Jesús Murgui.
¿Se esperaba el nombramiento? ¿Cómo reaccionó cuando se lo comunicaron?
No me lo esperaba de ninguna manera. Fue una enorme sorpresa y me generó sentimientos contradictorios. Por una parte, uno se da cuenta de la propia debilidad, de que lo que le han encargado le supera. Y, por otra parte, sentí una gran gratitud a la Iglesia, a la comunidad que he servido hasta ahora y a Dios por haberme elegido para este ministerio. Siento dejar la comunidad en la que estaba, pero también tengo ilusión por emprender una nueva tarea, que es fruto de la gracia de Dios, ya que uno no puede solo con sus propias fuerzas.
En la carta que dirigió a sus nuevos diocesanos, habla con mucho cariño de sus padres.
Muchas personas que los conocieron en vida me recuerdan quiénes eran mis padres: personas sencillas y trabajadoras, con una dedicación y amor a la familia muy grande. Y de una fe profunda. Siempre participaron de la vida de su parroquia, en equipos de matrimonios, impartiendo cursillos prematrimoniales… Tengo muchos recuerdos de pequeño en las convivencias de mis padres. Sé que ellos estarán muy contentos y acompañándome en estos momentos.
Supongo que le ayudará haber sido vicario general 16 años…
Tengo mucho que agradecer a los tres obispos con los que he sido vicario general en Orihuela-Alicante. Conocí con profundidad la diócesis, a los sacerdotes, las parroquias. Es un bagaje que me será útil.
También tiene experiencia en el trabajo pastoral en parroquias.
Siempre he trabajado como vicario en parroquias a excepción de estos tres últimos años en los que he sido párroco de la basílica de Santa María de Elche. He disfrutado mucho con la vida parroquial, el contacto con la gente, los grupos y las distintas iniciativas pastorales. Es una experiencia que me llevo a Menorca.
¿Cómo se presenta a esta pequeña diócesis insular?
Yo voy para caminar con esa Iglesia. Uno tiene un ritmo y unos orígenes, pero ahora me tengo que adaptar al rito de ellos, contando con los sacerdotes, laicos… para discernir qué pide el Señor a la Iglesia de Menorca, hacia dónde debemos caminar. Es un proceso que tenemos que hacer todos juntos. Llego también, como dice mi lema episcopal, como servidor de vuestra alegría (Adiutor gaudii vestri), para ayudar en la medida de mis posibilidades a que aquella comunidad cristiana crezca haciendo presente a Jesucristo a las gentes de Menorca.
Usted habla de una Iglesia de puertas abiertas.
La Iglesia no puede cerrarse en sí misma, porque cuando lo hace pierde su misión e identidad. Para la Iglesia es clave salir a ofrecer a Cristo y, por ello, tiene que andar preocupada por cómo lo puede llevar a cabo. Se trata, en definitiva, de abrir las puertas, salir a los hombres y dejar que la gente conozca a Jesucristo.
¿Ha podido visitar ya la diócesis?
Estuve un par de días. Me reuní con los sacerdotes, en torno a 30, que viven una realidad hermosa y sencilla. La ventaja que voy a tener es que podré mantener un contacto muy cercano con el clero, con los dos monasterios que hay y con los fieles, entre otros.
Como Orihuela-Alicante, Menorca es una diócesis que recibe mucho turismo. ¿Será una dimensión que cuidar?
Por supuesto, tenemos que trabajar en este aspecto, así como en la dimensión ecuménica, que también es importante. Pero hay otra coincidencia más, pues algunas poblaciones de Menorca se dedican al calzado como Elche, mi ciudad. Hay una confluencia entre los dos lugares.
Cuando estuvo con el Papa Francisco, ¿le dijo algo en especial?
El encuentro con el Papa fue extraordinario. Fue tras una audiencia general, me presenté como obispo electo de Menorca y me contestó que había leído declaraciones mías que le habían gustado. «Qué cosas más lindas dice, siga usted en esa línea», me dijo. Fue un encuentro muy cordial y salí muy reconfortado.
Fran Otero @franoterof

Está cerca el reino de los cielos



Lectura del santo evangelio según San Mateo 4, 12-17. 23-25

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó.
Y lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.
Palabra del Señor.

viernes, 6 de enero de 2017

Los cristianos coptos egipcios celebran su Navidad bajo extrema vigilancia



Los cristianos coptos egipcios celebran su Navidad bajo fuertes medidas de seguridad alrededor de los lugares sagrados, con el recuerdo del ataque perpetrado el pasado 11 de diciembre durante una misa en la iglesia de San Pedro, en el centro de El Cairo, que causó 28 muertos.
El periódico independiente egipcio "Al Masry al Youm" indicó hoy que la Catedral copta de San Marcos, complejo del que forma parte la iglesia donde se perpetró el ataque en el barrio de Al Abasiya, está sometida desde ayer a fuertes medidas de seguridad por la misa de Navidad, prevista para esta noche.
El acto religioso estará presidido por el Papa Teodoro II y al mismo asistirán tanto responsables gubernamentales como personalidades públicas, anunció el rotativo.
Además, la policía intensificó su presencia alrededor de las templos sagrados ubicados en la provincia de Suez (este), indicó la agencia de noticias MENA.
El jefe de seguridad de la provincia de Kafr el Sheij, Sameh Muslim, declaró a MENA que han utilizado las tecnologías más avanzadas para garantizar que todo transcurra en calma.

El gran jeque de Al Azhar, la institución más prestigiosa del islam suní, Ahmed al Tayeb, y otros grandes ulemas asistirán a la misa para felicitar al Papa Teodoro II y a todos los cristianos coptos por la festividad.
El periódico oficial "Al Ahram" explicó que la visita a la catedral por las figuras musulmanas en Egipto se producirá después de que "en las redes difundieran rumores de que el islam prohíbe la participación de los musulmanes en las celebraciones de la Navidad cristiana".
Los ulemas de Al Azhar condenaron esa afirmación y aseguraron lo contrario: "Compartir la felicidad con los cristianos es un deber religioso de todas las religiones monoteístas".
(RD/Agencias)

EVANGELIO DE HOY: LOS REYES MAGOS ADORAN AL NIÑO JESÚS










Evangelio según San Mateo 2,1-12. 

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: "¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo". 

Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. 

Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. 

"En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel". 

Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: 

"Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje". 

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. 

Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, 
y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. 

Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino. 

Lograron ver lo que el cielo les mostraba porque estaban abiertos a la novedad, dijo el Papa de los magos de Oriente el 6 de enero

«¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella y hemos venido a adorarlo» (Mt 2,2).
Con estas palabras, los magos, venidos de tierras lejanas, nos dan a conocer el motivo de su larga travesía: adorar al rey recién nacido. Ver y adorar, dos acciones que se destacan en el relato evangélico: vimos una estrella y queremos adorar.
Estos hombres vieron una estrella que los puso en movimiento. El descubrimiento de algo inusual que sucedió en el cielo logró desencadenar un sinfín de acontecimientos. No era una estrella que brilló de manera exclusiva para ellos, ni tampoco tenían un ADN especial para descubrirla. Como bien supo decir un padre de la Iglesia, «los magos no se pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino» (cf. San Juan Crisóstomo). Tenían el corazón abierto al horizonte y lograron ver lo que el cielo les mostraba porque había en ellos una inquietud que los empujaba: estaban abiertos a una novedad.
Los magos, de este modo, expresan el retrato del hombre creyente, del hombre que tiene nostalgia de Dios; del que añora su casa, la patria celeste. Reflejan la imagen de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el corazón.
La santa nostalgia de Dios brota en el corazón creyente pues sabe que el Evangelio no es un acontecimiento del pasado sino del presente. La santa nostalgia de Dios nos permite tener los ojos abiertos frente a todos los intentos reductivos y empobrecedores de la vida. La santa nostalgia de Dios es la memoria creyente que se rebela frente a tantos profetas de desventura. Esa nostalgia es la que mantiene viva la esperanza de la comunidad creyente la cual, semana a semana, implora diciendo: «Ven, Señor Jesús».
Precisamente esta nostalgia fue la que empujó al anciano Simeón a ir todos los días al templo, con la certeza de saber que su vida no terminaría sin poder acunar al Salvador. Fue esta nostalgia la que empujó al hijo pródigo a salir de una actitud de derrota y buscar los brazos de su padre. Fue esta nostalgia la que el pastor sintió en su corazón cuando dejó a las noventa y nueve ovejas en busca de la que estaba perdida, y fue también la que experimentó María Magdalena la mañana del domingo para salir corriendo al sepulcro y encontrar a su Maestro resucitado. La nostalgia de Dios nos saca de nuestros encierros deterministas, esos que nos llevan a pensar que nada puede cambiar. La nostalgia de Dios es la actitud que rompe aburridos conformismos e impulsa a comprometernos por ese cambio que anhelamos y necesitamos. La nostalgia de Dios tiene su raíz en el pasado pero no se queda allí: va en busca del futuro. Al igual que los magos, el creyente «nostalgioso» busca a Dios, empujado por su fe, en los lugares más recónditos de la historia, porque sabe en su corazón que allí lo espera su Señor. Va a la periferia, a la frontera, a los sitios no evangelizados para poder encontrarse con su Señor; y lejos de hacerlo con una postura de superioridad lo hace como un mendicante que no puede ignorar los ojos de aquel para el cual la Buena Nueva es todavía un terreno a explorar.
Como actitud contrapuesta, en el palacio de Herodes ―que distaba muy pocos kilómetros de Belén―, no se habían percatado de lo que estaba sucediendo. Mientras los magos caminaban, Jerusalén dormía. Dormía de la mano de un Herodes quien lejos de estar en búsqueda también dormía. Dormía bajo la anestesia de una conciencia cauterizada. Y quedó desconcertado. Tuvo miedo. Es el desconcierto que, frente a la novedad que revoluciona la historia, se encierra en sí mismo, en sus logros, en sus saberes, en sus éxitos. El desconcierto de quien está sentado sobre su riqueza sin lograr ver más allá. Un desconcierto que brota del corazón de quién quiere controlar todo y a todos. Es el desconcierto del que está inmerso en la cultura del ganar cueste lo que cueste; en esa cultura que sólo tiene espacio para los «vencedores» y al precio que sea. Un desconcierto que nace del miedo y del temor ante lo que nos cuestiona y pone en riesgo nuestras seguridades y verdades, nuestras formas de aferrarnos al mundo y a la vida. Y Herodes tuvo miedo, y ese miedo lo condujo a buscar seguridad en el crimen: «Necas parvulos corpore, quia te necat timor in corde» (San Quodvultdeus, Sermo 2 sobre el símboloPL, 40, 655).
Queremos adorar. Los hombres de Oriente fueron a adorar, y fueron a hacerlo al lugar propio de un rey: el Palacio. Allí llegaron ellos con su búsqueda, era el lugar indicado: pues es propio de un rey nacer en un palacio, y tener su corte y súbditos. Es signo de poder, de éxito, de vida lograda. Y es de esperar que el rey sea venerado, temido y adulado, sí; pero no necesariamente amado. Esos son los esquemas mundanos, los pequeños ídolos a los que le rendimos culto: el culto al poder, a la apariencia y a la superioridad. Ídolos que solo prometen tristeza y esclavitud.
Y fue precisamente ahí donde comenzó el camino más largo que tuvieron que andar esos hombres venidos de lejos. Ahí comenzó la osadía más difícil y complicada. Descubrir que lo que ellos buscaban no estaba en el palacio sino que se encontraba en otro lugar, no sólo geográfico sino existencial. Allí no veían la estrella que los conducía a descubrir un Dios que quiere ser amado, y eso sólo es posible bajo el signo de la libertad y no de la tiranía; descubrir que la mirada de este Rey desconocido ―pero deseado― no humilla, no esclaviza, no encierra. Descubrir que la mirada de Dios levanta, perdona, sana. Descubrir que Dios ha querido nacer allí donde no lo esperamos, donde quizá no lo queremos. O donde tantas veces lo negamos. Descubrir que en la mirada de Dios hay espacio para los heridos, los cansados, los maltratados y abandonados: que su fuerza y su poder se llama misericordia. Qué lejos se encuentra, para algunos, Jerusalén de Belén.
Herodes no puede adorar porque no quiso y no pudo cambiar su mirada. No quiso dejar de rendirse culto a sí mismo creyendo que todo comenzaba y terminaba con él. No pudo adorar porque buscaba que lo adorasen. Los sacerdotes tampoco pudieron adorar porque sabían mucho, conocían las profecías, pero no estaban dispuestos ni a caminar ni a cambiar.
Los magos sintieron nostalgia, no querían más de lo mismo. Estaban acostumbrados, habituados y cansados de los Herodes de su tiempo. Pero allí, en Belén, había promesa de novedad, había promesa de gratuidad. Allí estaba sucediendo algo nuevo. Los magos pudieron adorar porque se animaron a caminar y postrándose ante el pequeño, postrándose ante el pobre, postrándose ante el indefenso, postrándose ante el extraño y desconocido Niño de Belén descubrieron la Gloria de Dios.
(from Vatican Radio)

El Papa en el Ángelus: “Sigamos la verdadera estrella que es Jesús”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, celebramos la Epifanía del Señor, es decir, la manifestación de Jesús que resplandece como luz para todas las gentes. Símbolo de esta luz que brilla en el mundo y quiere iluminar la vida de cada uno es la estrella, que guio a los Magos a Belén. Ellos, dice el Evangelio, vieron  «su estrella en Oriente» (Mt 2,2) y decidieron seguirla: decidieron dejarse guiar por la estrella de Jesús.
También en nuestra vida existen diversas estrellas, luces que brillan y orientan. Depende de nosotros elegir a cuál de ellas seguir. Por ejemplo, hay luces intermitentes, que van y vienen, como las pequeñas satisfacciones de la vida: a pesar de ser buenas, no son suficientes, porque duran poco y no dejan la paz que buscamos. Luego, están las luces enceguecedoras, del dinero y del suceso, que prometen todo y enseguida: son seductoras, pero con su fuerza enceguecen y hacen pasar de los sueños de gloria a la oscuridad más densa. Los Magos, en cambio, invitan a seguir una luz estable, una luz gentil, que no se apaga, porque no es de este mundo: viene del cielo y resplandece. ¿Dónde? En el corazón.
Esta luz verdadera es la luz del Señor, o mejor dicho, es el Señor mismo. Él es nuestra luz: una luz que no enceguece, pero acompaña y dona una alegría única. Esta luz es para todos y llama a cada uno: podemos escuchar así la hodierna invitación dirigida a nosotros por el profeta Isaías:  ¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz» (60,1). Así decía Isaías, profetizando esta alegría de hoy en Jerusalén: “Levántate, revístete de luz”. Al inicio de cada día podemos acoger esta invitación: ¡levántate, vístete de luz, sigue hoy, entre tantas estrellas fugaces del mundo, la estrella luminosa de Jesús! Siguiéndola, tendremos alegría, como sucedió a los Magos, que «cuando vieron la estrella se llenaron de alegría» (Mt 2,10); porque donde esta Dios hay alegría. Quien ha encontrado a Jesús ha experimentado el milagro de la luz que rompe las tiniebla y conoce esta luz que ilumina y resplandece. Quisiera, con mucho respeto, invitar a no tener miedo de esta luz y a abrirse al Señor. Sobre todo quisiera decir a quien ha perdido la fuerza de buscar, y está cansado, a quien, afanado por la oscuridad de la vida, ha apagado el deseo: “¡Levántate, ánimo, la luz de Jesús sabe vencer las tinieblas más oscuras; levántate, ánimo!”.
Y ¿cómo encontrar esta luz divina? Sigamos el ejemplo de los Magos, que el Evangelio describe siempre en movimiento. Quien desea la luz, de hecho, sale de sí y busca: no se queda cerrado, firme a ver qué cosa sucede al su alrededor, sino pone en juego su propia vida; sale de sí. La vida cristiana es un camino continuo, hecho de esperanza, hecho de búsqueda; un camino que, como aquel de los Magos, prosigue incluso cuando la estrella desaparece momentáneamente de la vista. En este camino hay también engaños que se deben evitar: las habladurías superficiales y mundanas, que frenan el paso; los caprichos paralizantes del egoísmo; los agujeros del pesimismo, que envuelven a la esperanza. Estos obstáculos bloquearon a los escribas, del cual habla el Evangelio de hoy. Ellos sabían dónde estaba la luz, pero no se movieron. Cuando Herodes les pregunto: ¿Dónde nacerá el Mesías? En Belén. Sabían dónde, pero no se movieron. Su conocimiento ha sido en vano: sabían tantas cosas, pero para nada, todo en vano. No basta saber que Dios ha nacido, si no se hace con Él Navidad en el corazón. Dios ha nacido, sí, pero ¿Ha nacido en tú corazón? ¿Ha nacido en mí corazón? ¿Ha nacido en nuestro corazón? Y así lo encontraremos, como los magos, con María y José en la gruta.
Los Magos lo han hecho: encontraron al Niño, «se arrodillaron y adoraron» (v. 11). No lo vieron solamente, no dijeron solo una oración circunstancial y se fueron, no, sino lo adoraron: entraron en una comunión personal de amor con Jesús. Luego le donaron oro, incienso y mirra, es decir, sus bienes más preciosos. Aprendamos de los Magos a no dedicar a Jesús solo los restos de tiempo y algún pensamiento de vez en cuando, de lo contrario no tendremos su luz. Como los Magos, pongámonos en camino, revistámonos de luz siguiendo la estrella de Jesús, y adoremos al Señor con todo nuestro ser.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)