lunes, 21 de noviembre de 2016

21 de noviembre: Presentación de la Santísima Virgen en el Templo

Este día la Iglesia celebra la presentación de la Virgen en el Templo. En oriente y en occidente se conmemora esta fiesta que data del siglo VI. Gregorio XI y Sixto V fueron los Sumos Pontífices que difundieron esta devoción de forma universal. La beata Ana Catalina Emmerick tuvo unas extensas revelaciones místicas sobre la presentación de la Virgen en el Templo
La celebración de esta fiesta tiene sus primeros vestigios en el año 543, cuando los cristianos de oriente, en la Iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del templo de Jerusalén, ya celebraban la presentación de la Santísima Virgen al Templo.
Según la tradición, San Joaquín y Santa Ana llevaron a la Virgen al Templo cuando ya tenía tres años para ser consagrada a Dios y formar parte de las doncellas que eran instruidas en la piedad. 
A pesar de su corta edad, la Virgen quiso subir sola al lugar en donde iba a consagrarse a Dios y en donde iba a preparar su cuerpo y su alma para la misión que el Señor le tenía encomendada.
En occidente no aparecen apuntes biográficos de la fiesta hasta el año 1372, cuando el Papa Gregorio XI la introdujo en Avignon después de que el canciller de la corte de Chipre le hablara de la gran fiesta que se celebraba el 21 de noviembre con motivo de la Presentación. Sin embargo, fue Sixto V quien difundió la fiesta en toda la Iglesia.Otro de los lugares donde aparece la fiesta es en las revelaciones místicas de la beata Ana Catalina Emmerick. La beata relata con gran detalle como María sale de la posada en dirección al Templo, donde le espera Zacarías. También cuenta la estancia de María en el templo acompañada del resto de doncellas.
José Calderero @jcalderero
Alfa y Omega

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Rex


El año litúrgico finaliza con la solemnidad de Cristo, Rey del Universo, que resalta la imagen de Jesucristo como clave interpretativa de toda la historia de la salvación. Es, en cierto sentido, anticipo sacramental de la meta a la que nos conduce el proceso histórico de la creación. El misterio de la historia se interpretará a la luz del misterio de Jesucristo, muerto y resucitado. Él es origen, guía y meta del universo (Romanos 11,36).
Concluye también la proclamación de los textos evangélicos dominicales del Evangelio de Lucas. Culmina el largo viaje de Jesús hacia Jerusalén con su muerte en cruz, signo evidente de la creciente oposición surgida en el pueblo judío hacia Jesús y del rechazo trágico hacia su misión. Los enemigos de Jesús demuestran su resistencia al Reino de Dios y terminan crucificando al Ungido de Dios.
El Rey crucificado
Decía san Pablo que predicamos a un Cristo muerto y resucitado (1 Corintios 1,23). El misterio pascual de Cristo es la referencia fundamental al proyecto de amor establecido por Dios desde el principio para toda la humanidad. En el momento central y culminante de la historia, la imagen de Jesús es la de un Crucificado. Aunque el letrero clavado sobre la cruz anuncia que ahí está «el rey de los judíos», nadie podía sospechar que en ese condenado se escondía un Rey o Señor. Por eso, los líderes presentes, los soldados romanos y hasta uno de los malhechores crucificados se burlan de él y niegan su condición de salvador: si no puede salvarse a sí mismo de la muerte en cruz es porque no es el Mesías ni rey de los judíos. ¿Cómo puede salvar a la gente si no se salva a sí mismo? Ironías que desafían y tientan a Jesús para demostrar espectacularmente que es el Mesías, Sin embargo, Jesús se mantiene firme en su misión, no baja de la cruz y manifiesta de este modo el poder y la misericordia de Dios en medio de la burla y la arrogancia, porque no se salvó a sí mismo.
Es curiosa y significativa la doble actitud de los malhechores crucificados. Ambos piden ser salvados por Jesús, pero en ellos se advierten dos reacciones contrarias ante el mismo espectáculo y la misma persona; dos actitudes diversas fruto del misterio de la libertad humana: uno blasfema contra Dios y el otro cree; uno se retuerce en su propia rebelión interna, el otro confía. Ellos no solo son ellos, son también nosotros. ¿Cuál fue la reacción de Jesús ante ellos?
Silencio ante la provocación de uno; aceptación de la súplica del otro; misericordia para ambos. Jesús no responde al desafío airado del mal ladrón que exigía la liberación milagrosa de los condenados y reta a Jesús como última posibilidad para librarse del suplicio mortal. Pero es inútil. Jesús no responde ni a sus insultos ni a su provocación.
El Rey glorificado
Sí responde a la súplica sentida del buen ladrón. Y sorprende la contundencia de su respuesta: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». Es evidente la inminencia de su muerte. El «hoy» expresa la inmediatez y la gratuidad de la salvación. Hoy, en tu último instante, estarás conmigo. Eso es el paraíso: estar con Dios, estar en Dios. Jesús promete un paraíso a quien pasa por la cruz, a quien asume con fe y humildad la fragilidad de la vida y la verdad de la propia existencia. Por eso, la cruz, instrumento de tortura y lugar de sufrimiento, es puerta del paraíso y promesa de salvación. La respuesta de Jesús al buen ladrón es aliento de vida en el momento último de la muerte. Es vida prometida al pecador arrepentido. Esto es lo que había enseñado a sus discípulos durante su vida pública: no he venido a condenar, sino a salvar lo que estaba perdido.
El Cristo crucificado es también el Cristo glorificado. Son dos imágenes de una misma realidad. La realeza de Cristo se comprende solamente desde el madero de la cruz, convertido en el trono desde el que reconcilia y reúne a todos los seres de la tierra. Porque para reinar, hay que pasar por el misterio de la cruz.
Efectivamente, Cristo es Rey, el Crucificado Resucitado convertido en Señor del mundo y de la historia, el Kyriosexaltado a la derecha de Dios que vive y reina eternamente. A Él nuestra gloria, honor, alabanza y acción de gracias hoy y siempre. Amén.
Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (21,1-4)




Fuente: L’Osservatore Romano, 28 de noviembre de 2014:
En la viuda que entrega sus dos moneditas al tesoro del templo podemos ver la «imagen de la Iglesia» que debe ser pobre, humilde y fiel. Parte del Evangelio del día, tomado del capítulo 21 de san Lucas (1-4), la reflexión del Papa Francisco durante la misa. 

En la homilía hizo referencia al pasaje donde Jesús, «tras largas discusiones» con los saduceos y los discípulos en relación a los escribas y a los fariseos que «se complacían en ocupar los primeros puestos, los primeros asientos en las sinagogas, en los banquetes, en ser saludados», alzando los ojos «vio a una viuda». El «contraste» es inmediato y «fuerte» respecto a los «ricos que echaban sus donativos en el tesoro del templo». Precisamente la viuda es «la persona más fuerte aquí, en este pasaje».

De la viuda, explicó el Pontífice, «se dice dos veces que era pobre: dos veces. Y pasaba necesidad». Es como si el Señor hubiese querido destacar a los doctores de la ley: «Tenéis muchas riquezas de vanidad, de apariencia o incluso de soberbia. Esta es pobre...». Pero «en la Biblia el huérfano y la viuda son las figuras de los más marginados» así como también los leprosos, y «por ello hay muchos mandamientos para ayudar, para ocuparse de las viudas, de los huérfanos». 

Y Jesús «mira a esta mujer sola, vestida con sencillez» y «que echa todo lo que tenía para vivir: dos moneditas». El pensamiento vuela también a otra viuda, la de Sarepta, «que había recibido al profeta Elías y había dado todo lo que tenía antes de morir: un poco de harina y aceite...».

El Pontífice volvió a componer la escena narrada por el Evangelio: «Una mujer pobre en medio de los poderosos, en medio de los doctores, de los sacerdotes, de los escribas... también en medio de los ricos que echaban sus donativos, e incluso algunos para hacerse ver». A ellos les dijo Jesús: «Este es el camino, este es el ejemplo. Esta es la senda por la que vosotros tenéis que ir». Surge fuerte el «gesto de esta mujer que le pertenecía totalmente a Dios, como la viuda Ana que recibió a Jesús en el Templo: toda para Dios. Su esperanza estaba sólo en el Señor». 

«El Señor puso de relieve la persona de la viuda», dijo el Papa Francisco, y continuó: «Me gusta ver aquí, en esta mujer, una imagen de la Iglesia». Sobre todo la «Iglesia pobre, porque la Iglesia no debe tener otras riquezas más que su Esposo»; luego la «Iglesia humilde, como lo eran las viudas de ese tiempo, porque en esa época no existía la pensión, no existían las ayudas sociales, nada». En cierto sentido la Iglesia «es un poco viuda, porque espera a su Esposo que volverá». Cierto, «tiene a su Esposo en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en los pobres: pero espera que regrese».

¿Qué es lo que impulsa al Papa a «ver en esta mujer la figura de la Iglesia»? El hecho de que «no era importante: el nombre de esta viuda no aparecía en los periódicos, nadie la conocía, no tenía títulos... nada. Nada. No brillaba con luces propias». Y la «gran virtud de la Iglesia» debe ser precisamente la «de no brillar con luz propia», sino reflejar «la luz que viene de su Esposo». 

Tanto más que «a lo largo de los siglos, cuando la Iglesia quiso tener luz propia, se equivocó». Lo decían incluso «los primeros Padres», la Iglesia es «un misterio como el de la luna. La llamaban mysterium lunae: la luna no tiene luz propia; la recibe siempre del sol».

Cierto, especificó el Papa, «es verdad que algunas veces el Señor puede pedir a su Iglesia que tenga, que procure un poco de luz propia», como cuando pidió «a la viuda Judit que se quitara las vestiduras de viuda y se pusiera vestidos de fiesta para cumplir una misión». Pero, dijo, «permanece siempre la actitud de la Iglesia hacia su Esposo, hacia el Señor». La Iglesia «recibe la luz de allá, del Señor» y «todos los servicios que realizamos» le sirven a ella para «recibir esa luz». 

Cuando a un servicio le falta esta luz «no esá bien», porque «hace que la Iglesia se haga rica, o poderosa, o que busque el poder, o que se equivoque de camino, como sucedió muchas veces en la historia, y como sucede en nuestra vida cuando queremos tener otra luz, que no es precisamente la del Señor: una luz propia».

El Evangelio, destacó el Papa, presenta la imagen de la viuda precisamente en el momento en el que «Jesús comienza a sentir las resistencias de la clase dirigente de su pueblo: los saduceos, los fariseos, los escribas, los doctores de la ley». Y es como si Él dijera: «Sucede todo esto, pero mirad allí», hacia esa viuda. La confrontación es fundamental para reconocer la verdadera realidad de la Iglesia que «cuando es fiel a la esperanza y a su Esposo, se alegra de recibir la luz que viene de Él, de ser —en este sentido— viuda: esperando ese sol que vendrá». 

Por lo demás, «no por casualidad la primera confrontación fuerte que Jesús tuvo en Nazaret, después de la que tuvo con Satanás, fue por nombrar a una viuda y por nombrar a un leproso: dos marginados». Había «muchas viudas en Israel, en ese tiempo, pero sólo Elías fue invitado por la viuda de Sarepta. Y ellos se enfadaron y querían matarlo». 

Cuando la Iglesia, concluyó el Papa Francisco, es «humilde» y «pobre», y también cuando «confiesa sus miserias —que, además, todos las tenemos— la Iglesia es fiel». Es como si ella dijera: «Yo soy oscura, pero la luz me viene de allí». Y esto, añadió el Pontífice, «nos hace mucho bien». 

Entonces «recemos a esta viuda que está en el cielo, seguro», a fin de que «nos enseñe a ser Iglesia de ese modo», renunciando a «todo lo que tenemos» y a no tener «nada para nosotros» sino «todo para el Señor y para el prójimo». Siempre «humildes» y «sin gloriarnos de tener luz propia», sino «buscando siempre la luce que viene del Señor».

EL EJEMPLO DE LA VIUDA POBRE




Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,1-4):

EN aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo:

«En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Palabra del Señor

Nunca cerrar la puerta de la reconciliación y del perdón, invita el Papa concluyendo el Jubileo de la Misericordia

La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el año litúrgico y este Año santo de la misericordia. El Evangelio presenta la realeza de Jesús al culmen de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. «El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se presenta sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, sino sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas.
Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo.
Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.
Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar. En esto nos ayudan los personajes que el Evangelio de hoy presenta. Además de Jesús, aparecen tres figuras: el pueblo que mira, el grupo que se encuentra cerca de la cruz y un malhechor crucificado junto a Jesús.
En primer lugar, el pueblo: el Evangelio dice que «estaba mirando» (Lc 23,35): ninguno dice una palabra, ninguno se acerca. El pueblo esta lejos, observando qué sucede. Es el mismo pueblo que por sus propias necesidades se agolpaba entorno a Jesús, y ahora mantiene su distancia. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación de tomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».
Hay un segundo grupo, que incluye diversos personajes: los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor. Todos ellos se burlaban de Jesús. Le dirigen la misma provocación: «Sálvate a ti mismo» (cf. Lc 23,35.37.39). Es una tentación peor que la del pueblo. Aquí tientan a Jesús, como lo hizo el diablo al comienzo del Evangelio (cf. Lc 4,1-13), para que renuncie a reinar a la manera de Dios, pero que lo haga según la lógica del mundo: baje de la cruz y derrote a los enemigos. Si es Dios, que demuestre poder y superioridad. Esta tentación es un ataque directo al amor: «Sálvate a ti mismo» (vv. 37. 39); no a los otros, sino a ti mismo. Prevalga el yo con su fuerza, con su gloria, con su éxito. Es la tentación más terrible, la primera y la última del Evangelio. Pero ante este ataque al propio modo de ser, Jesús no habla, no reacciona. No se defiende, no trata de convencer, no hace una apología de su realeza. Más bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba según la voluntad del Padre, consciente de que el amor dará su fruto.
Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.
En el Evangelio aparece otro personaje, más cercano a Jesús, el malhechor que le ruega diciendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Esta persona, mirando simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús. Pidió ser recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo.
Pidamos también nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás. Porque, aunque se cierra la Puerta santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolación y la esperanza.
Muchos peregrinos han cruzado la Puerta santa y lejos del ruido de las noticias has gustado la gran bondad del Señor. Damos gracias por esto y recordamos que hemos sido investidos de misericordia para revestirnos de sentimientos de misericordia, para ser también instrumentos de misericordia. Continuemos nuestro camino juntos. Nos acompaña la Virgen María, también ella estaba junto a la cruz, allí ella nos ha dado a luz como tierna Madre de la Iglesia que desea acoger a todos bajo su manto. Ella, junto a la cruz, vio al buen ladrón recibir el perdón y acogió al discípulo de Jesús como hijo suyo. Es la Madre de misericordia, a la que encomendamos: todas nuestras situaciones, todas nuestras súplicas, dirigidas a sus ojos misericordiosos, que no quedarán sin respuesta.
(from Vatican Radio)

domingo, 20 de noviembre de 2016

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

Todo se ha cumplido, todo ha llegado a su plenitud, se ha realizado el proyecto de Dios. Su Hijo, Jesucristo, ha llevado a término la voluntad de su Padre y le ha devuelto la creación redimida, y a los seres humanos convertidos en su propia carne, al haberse encarnado Él mismo. Por este motivo, cabe aplicar la expresión bíblica: “Hueso tuyo y carne tuya somos”. Hemos sido hechos hijos de Dios, pertenecemos al Señor, somos de su bandera, su triunfo es el nuestro, nos gloriamos de tener por Rey y Señor a Jesucristo.
Las profecías que se aplicaban al rey David se ven realizadas en Jesús: “El Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel."”. Y Jesús va a decir de Sí mismo: “Yo soy el Buen Pastor”. Pastor y Rey; Profeta y Señor; Maestro y Mesías. “Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos”.
Con san Pablo entonamos el himno de alabanza: “Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido”.
Y resuena la acogida que oyó Jesús al entrar en Jerusalén: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David”. Acogida y cántico de los peregrinos, cuando se acercan a la ciudad santa: “Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor”.
Es día de rendir homenaje a Jesucristo, no con un sentimiento de triunfalismo populista, porque se enardecen nuestros labios y corazón por entusiasmo de masas o circunstancial. Sabemos que esta reacción puede cambiar de signo, pues los mismos que gritaron “Bendito el que viene en nombre del Señor”, también estaban vociferando. “¡Crucifícalo, crucifícalo!”

Tenemos un Rey que se nos presenta en la Cruz para ofrecernos el camino de bendición y de bienaventuranza. La pertenencia al reino de Jesucristo nos la ofrece Él mismo, y el gozo de permanecer en Él nos lo da el compartir su entrega. Sabemos que al final de los tiempos los que han padecido con Él y por Él recibirán el título de herederos de su reino.
Hoy se nos invita a profetizar la alegría por sabernos destinados al reino de los cielos, al reino de Jesucristo, a la felicidad que anhelamos, viviendo el Evangelio.
Ángel Moreno de Buenafuente

Cargar con la cruz

El relato de la crucifixión, proclamado en la fiesta de Cristo Rey, nos recuerda a los seguidores de Jesús que su reino no es un reino de gloria y de poder, sino de servicio, amor y entrega total para rescatar al ser humano del mal, el pecado y la muerte.
Habituados a proclamar la «victoria de la Cruz», corremos el riesgo de olvidar que el Crucificado nada tiene que ver con un falso triunfalismo que vacía de contenido el gesto más sublime de servicio humilde de Dios hacia sus criaturas. La Cruz no es una especie de trofeo que mostramos a otros con orgullo, sino el símbolo del amor crucificado de Dios que nos invita a seguir su ejemplo.
Cantamos, adoramos y besamos la Cruz de Cristo porque en lo más hondo de nuestro ser sentimos la necesidad de dar gracias a Dios por su amor insondable, pero sin olvidar que lo primero que nos pide Jesús de manera insistente no es besar la Cruz sino cargar con ella. Y esto consiste sencillamente en seguir sus pasos de manera responsable y comprometida, sabiendo que ese camino nos llevará tarde o temprano a compartir su destino doloroso.
No nos está permitido acercarnos al misterio de la Cruz de manera pasiva, sin intención alguna de cargar con ella. Por eso, hemos de cuidar mucho ciertas celebraciones que pueden crear en torno a la Cruz una atmósfera atractiva pero peligrosa, si nos distraen del seguimiento fiel al Crucificado haciéndonos vivir la ilusión de un cristianismo sin Cruz. Es precisamente al besar la Cruz cuando hemos de escuchar la llamada de Jesús: «Si alguno viene detrás de mí... que cargue con su cruz y me siga».
Para los seguidores de Jesús, reivindicar la Cruz es acercarse servicialmente a los crucificados; introducir justicia donde se abusa de los indefensos; reclamar compasión donde solo hay indiferencia ante los que sufren. Esto nos traerá conflictos, rechazo y sufrimiento. Será nuestra manera humilde de cargar con la Cruz de Cristo.
El teólogo católico Johann Baptist Metz viene insistiendo en el peligro de que la imagen del Crucificado nos esté ocultando el rostro de quienes viven hoy crucificados. En el cristianismo de los países del bienestar está ocurriendo, según él, un fenómeno muy grave: «La Cruz ya no intranquiliza a nadie, no tiene ningún aguijón; ha perdido la tensión del seguimiento a Jesús, no llama a ninguna responsabilidad, sino que descarga de ella».
¿No hemos de revisar todos cuál es nuestra verdadera actitud ante el Crucificado?¿No hemos de acercarnos a él de manera más responsable y comprometida?
José Antonio Pagola

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (23,35-43)





“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Las palabras que Jesús pronuncia durante su Pasión encuentran su culminación en el perdón. Jesús perdona: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). 

No sólo son palabras, porque se convierten en un acto concreto en el perdón ofrecido al «buen ladrón», que estaba junto a Él. San Lucas escribe sobre dos delincuentes crucificados con Jesús, los cuales se dirigen a Él con actitudes opuestas. 

El primero le insulta, como le insultaba toda la gente, ahí, como hacen los jefes del pueblo, pero este pobre hombre, llevado por la desesperación dice: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti mismo y a nosotros!» (Lc 23, 39). 

Este grito atestigua la angustia del hombre ante el misterio de la muerte y la trágica conciencia de que sólo Dios puede ser la respuesta liberadora: por eso es impensable que el Mesías, el enviado de Dios, pueda estar en la cruz sin hacer nada para salvarse. Y no entendían esto. No entendían el misterio del sacrificio de Jesús. Y en cambio, Jesús nos ha salvado permaneciendo en la cruz. 

Todos nosotros sabemos que no es fácil «permanecer en la cruz», en nuestras pequeñas cruces de cada día. Él en esta gran cruz, con este gran sufrimiento, ha permanecido así y nos ha salvado; nos ha mostrado su omnipotencia y ahí nos ha perdonado. Ahí se cumple su donación de amor y surge para siempre nuestra salvación. 

Muriendo en la cruz, inocente entre dos criminales, Él testimonia que la salvación de Dios puede llegar a cualquier hombre en cualquier condición, incluso en la más negativa y dolorosa. La salvación de Dios es para todos, nadie excluido. Es un regalo para todos. 

(...) La Iglesia no es solamente para los buenos o para aquellos que parecen buenos o se creen buenos; la Iglesia es para todos, y además preferiblemente para los malos, porque la Iglesia es misericordia. (...) ¡Nada nos puede separar del amor de Cristo! (cf. Rm 8, 39). 

A quien está postrado en una cama de hospital, a quien vive encerrado en una prisión, a los que están atrapados por las guerras, yo digo: mirad el Crucifijo; Dios está con vosotros, permanece con vosotros en la cruz y a todos se ofrece como Salvador, a todos nosotros. A vosotros que sufrís tanto digo, Jesús ha sido crucificado por vosotros, por nosotros, por todos. Dejad que la fuerza del Evangelio entre en vuestros corazones y os consuele, os dé esperanza y la íntima certeza de que nadie está excluido de su perdón. 

Pero vosotros podéis preguntarme: «Pero Padre dígame ¿El que ha hecho las cosas más malas durante la vida, tiene la posibilidad de ser perdonado?» — «¡Sí! Sí: ninguno está excluido del perdón de Dios. Solamente tiene que acercarse arrepentido a Jesús y con ganas de ser abrazado por Él».

Este era el primer delincuente. El otro es el llamado «buen ladrón». Sus palabras son un maravilloso modelo de arrepentimiento, una catequesis concentrada para aprender a pedir perdón a Jesús. Primero, él se dirige a su compañero: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?» (Lc 23, 40). Así pone de relieve el punto de partida del arrepentimiento: el temor a Dios. Pero no el miedo a Dios, no: el temor filial de Dios. No es el miedo, sino ese respeto que se debe a Dios porque Él es Dios. Es un respeto filial porque Él es Padre. 


El buen ladrón recuerda la actitud fundamental que abre a la confianza en Dios: la conciencia de su omnipotencia y de su infinita bondad. Este es el respeto confiado que ayuda a dejar espacio a Dios y a encomendarse a su misericordia, incluso en la oscuridad más densa.

Después, declara la inocencia de Jesús y confiesa abiertamente su propia culpa: «Y nosostros con razón porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho» (Lc 23, 41). Jesús está ahí en la cruz para estar con los culpables: a través de esta cercanía, Él les ofrece la salvación. Lo cual es un escándalo para los jefes y para el primer ladrón, para los que estaban ahí y se burlaban de Jesús. 

Sin embargo esto es el fundamento de su fe. Y así el buen ladrón se convierte en testigo de la Gracia; ha ocurrido lo impensable: Dios me ha amado hasta tal punto que ha muerto en la cruz por mí. La fe misma de este hombre es fruto de la gracia de Cristo: sus ojos contemplan en el Crucificado el amor de Dios por él, pobre pecador. Es verdad, era ladrón, era un ladrón, había robado toda su vida. Pero al final, arrepentido de lo que había hecho, mirando a Jesús tan bueno y misericordioso logró robarse el cielo: ¡éste es un buen ladrón! 

El buen ladrón se dirige directamente a Jesús, pidiendo su ayuda: «Jesús acuérdate de mí cuando vengas con tu reino» (Lc 23,42). Le llama por nombre, «Jesús», con confianza, y así confiesa lo que este nombre indica: «el Señor salva», esto significa el nombre de «Jesús». Ese hombre pide a Jesús que se acuerde de él. 

¡Cuánta ternura en esta expresión, cuánta humanidad! Es la necesidad del ser humano de no ser abandonado, de que Dios le esté siempre cerca. De este manera un condenado a muerte se convierte en modelo del cristiano que confía en Jesús. 

Un condenado a muerte es un modelo para nosotros, un modelo para un hombre, para un cristiano que confía en Jesús; y también un modelo de la Iglesia que en la liturgia tantas veces invoca al Señor diciendo: «Acuérdate… Acuérdate… Acuérdate de tu amor…».

Mientras el buen ladrón habla del futuro: «cuando vengas con tu reino», la respuesta de Jesús no se hace esperar; habla en presente: dice «hoy estarás conmigo en el Paraíso» (v. 43). En la hora de la cruz, la salvación de Cristo llega a su culmen; y su promesa al buen ladrón revela el cumplimiento de su misión: es decir, salvar a los pecadores. 

Al inicio de su ministerio, en la sinagoga de Nazaret, Jesús había proclamado: «la liberación a los cautivos» (Lc 4, 18); en Jericó, en la casa del público pecador Zaqueo, había declarado que «el hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 9). En la cruz, el último acto confirma la realización de este diseño salvífico. 

Desde el principio hasta el final Él se ha revelado Misericordia, se ha revelado encarnación definitiva e irrepetible del amor del Padre. Jesús es verdaderamente el rostro de la misericordia del Padre. Y el buen ladrón le ha llamado por su nombre: «Jesús». Es una invocación breve, y todos nosotros podemos hacerla durante el día muchas veces: «Jesús». «Jesús», simplemente. Hacedla durante todo el día.
(Papa Francisco, catequesis del 28 de septiembre de 2016)

JESÚS, ACUÉRDATE DE MÍ EN TU REINO


Lectura del santo evangelio según san Lucas (23,35-43):

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido».

Se burlaban de Él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

Había también por encima de Él un letrero: «Este es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo».

Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Palabra del Señor

sábado, 19 de noviembre de 2016

Carlos Osoro, "el peregrino", ya es cardenal

 "El peregrino" ya es cardenal. El Papa Francisco acaba de imponer la birreta y el anillo al arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, en una abarrotada basílica de San Pedro. El prelado, sin lugar a dudas el hombre del Papa en España, recibió la púrpura arrodillado a los pies del pontífice, quien le pidió, como al resto, cuatro grandes mandatos: "Amad, haced el bien, bendecid, orad". Le ha sido concedida la parroquia de Santa María del Trastevere.
"Yo, Carlos Osoro, cardenal de la Santa Iglesia de Roma, prometo y juro ser leal a partir de hoy y para siempre, mientras viva, a Cristo y a su Evangelio, ser obediente constantemente a la Santa Iglesia Apostólica Romana, a Pedro bendito en la persona del Supremo Pontífice Francisco y de sus sucesores elegidos canónicamente; mantener siempre la comunión con la Iglesia católica, de palabra y de hecho; no revelar a nadie lo que se me confíe en secreto, no divulgar lo que podría perjudicar o deshonrar a la Santa Iglesia; llevar a cabo aquellas tareas a las que soy llamado por mi servicio a la Iglesia con gran diligencia y lealtad, según las normas de la ley. Así que ayúdame Dios Todopoderoso", fue el juramento del nuevo cardenal de Madrid, visiblemente emocionado, al recibir el abrazo de Bergoglio. Osoro portaba el roquete que perteneció al cardenal Tarancón, en un gesto histórico.
Tras la procesión inicial, el Papa se detuvo en oración a los pies de la tumba de San Pedro. Estuvo Francisco cerca de tropezar con sus faldas al subir al altar de san Pedro, pero todo transcurrió según lo previsto, y pocos minutos antes de las once de la mañana comenzaba la ceremonia. Todo el colegio cardenalicio, y cientos de obispos, se encontraban en la basílica para acompañar a los nuevos miembros de los príncipes de la Iglesia.
El primero de los cardenales, Mario Zenari, nuncio en Siria, en nombre de todos, dirigió a todos un saludo de agradecimiento al Papa por su "renovado empeño en la misericordia" desde la apertura de la Puerta Santa de Bangui. "una Iglesia en salida que va a las periferias existenciales a llevar con coraje a todos los rincones de la Iglesia la luz de la fe".
Tuvo un recuerdo a los mártires cristianos, "más numerosos hoy que al inicio del Cristianismo". La "púrpura del martirio", la "Iglesia del buen samaritano" frente a un mundo que deja morir y sufrir a niños, pobres y ancianos por la guerra, los conflictos y la cultura del descarte. "En usted vemos la incansable obra, el llamado por la reconciliación y la paz, la aceptacion de los refugiados y el desrarollo integral de los pueblos", señaló el neocardenal Zenari.
Al finalizar la ceremonia, el Papa y nos nuevos cardenales salieron en dos minibuses hasta el monasterio Mater Ecclesia para visitar al papa emérito Benedicto XVI, según informó la oficina de prensa de la Santa Sede.

 "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso", narra el Evangelio de Lucas, elegido personalmente por el Papa. "El relato del Evangelio es el llamado discurso de la llanura", comenzó Francisco. "tras la institución de los 12, Jesús bajo con sus discípulos junto a una multitud", que estaba atormentada.
La elección, en vez de mantenerlos en lo alto del monte, les lleva al corazón de la multitud, en medio de los tormentos... de este modo el Señor nos dice que la cúspide se encuentra en una mirada, en una llamada. "Sean misericordiosos como nuestro Padre es misricordioso"
Y Francisco les pidió cuatro mandatos: "Son cuatro acciones que darán forma el camino del discípulo: Amad, haced el bien, bendecid, orad", frente al virus de la polarización y "la patología de la indiferencia". "Nosotros levantamos muros, construimos barreras y clasificamos a las personas. Dios tiene hijos", lamentó Francisco.
"Amen, hagan el bien, bendigan y rueguen. Creo que en estos aspectos todos podemos coincidir y hasta nos resultan razonables. Son cuatro acciones que fácilmente realizamos con nuestros amigos", apuntó el Papa. "el problema surge cuando Jesús nos presenta los destinarios de estas acciones, y en esto es muy claro, no anda con vueltas ni eufemismos: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman". Un gran desafío que el propio Papa está sufriendo en carne propia.
"Y estas no son acciones que surgen espontáneas con quien está delante de nosotros como un adversario, como un enemigo. Frente a ellos, nuestra actitud primera e instintiva es descalificarlos, desautorizarlos, maldecirlos", reconoció Francisco. Sin embargo, "Jesús nos dice que al enemigo, al que te odia, al que te maldice o difama: ámalo, hazle el bien, bendícelo y ruega por él".
"El enemigo es alguien a quien debo amar. En el corazón de Dios no hay enemigos, Dios tiene hijos. Nosotros levantamos muros, construimos barreras y clasificamos a las personas. Dios tiene hijos y no precisamente para sacárselos de encima. El amor de Dios tiene sabor a fidelidad con las personas, porque es amor de entrañas, un amor maternal/paternal que no las deja abandonadas, incluso cuando se hayan equivocado", recordó Bergoglio, quien afirmó que "nuestro Padre no espera a amar al mundo cuando seamos buenos, no espera a amarnos cuando seamos menos injustos o perfectos;nos ama porque eligió amarnos, nos ama porque nos ha dado el estatuto de hijos. Nos ha amado incluso cuando éramos enemigos suyos".
Un amor incondicional frente a las tentaciones de "juzgar, dividir, oponer y condenar". Porque "ninguna mano sucia puede impedir que Dios ponga en esa mano la Vida que quiere regalarnos". Y más en una época como la actual, marcada por "fuertes cuestionamientos e interrogantes a escala mundial", donde "la polarización y la exclusión como única forma posible de resolver los conflictos".
"Vemos, por ejemplo, cómo rápidamente el que está a nuestro lado ya no sólo posee el estado de desconocido o inmigrante o refugiado, sino que se convierte en una amenaza; posee el estado de enemigo. Enemigo por venir de una tierra lejana o por tener otras costumbres. Enemigo por su color de piel, por su idioma o su condición social, enemigo por pensar diferente e inclusive por tener otra fe. Enemigo por..."
"Cuántas heridas crecen por esta epidemia de enemistad y de violencia, que se sella en la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de esta patología de la indiferencia. Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento se siembran por este crecimiento de enemistad entre los pueblos, entre nosotros", apuntó el Papa.
"Sí, entre nosotros, dentro de nuestras comunidades, de nuestros presbiterios, de nuestros encuentros. El virus de la polarización y la enemistad se nos cuela en nuestras formas de pensar, de sentir y de actuar", denunció Bergoglio. Quien tenga oídos, que oiga. Y confrontó esta realidad con "la riqueza y la universalidad de la Iglesia que podemos palpar en este Colegio Cardenalicio. Venimos de tierras lejanas, tenemos diferentes costumbres, color de piel, idiomas y condición social; pensamos distinto e incluso celebramos la fe con ritos diversos. Y nada de esto nos hace enemigos, al contrario, es una de nuestras mayores riquezas".
Finalmente, Francisco pidió a los nuevos cardenales "bajar del monte" para "anunciar el Evangelio de la Misericordia". Pues "Jesús nos sigue llamando y enviando al «llano» de nuestros pueblos, nos sigue invitando a gastar nuestras vidas levantando la esperanza de nuestra gente, siendo signos de reconciliación. Como Iglesia, seguimos siendo invitados a abrir nuestros ojos para mirar las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de su dignidad, privados en su dignidad".
"Querido hermano neo Cardenal, el camino al cielo comienza en el llano, en la cotidianeidad de la vida partida y compartida, de una vida gastada y entregada. En la entrega silenciosa y cotidiana de lo que somos. Nuestra cumbre es esta calidad del amor; nuestra meta y deseo es buscar en la llanura de la vida, junto al Pueblo de Dios, transformarnos en personas capaces de perdón y reconciliación", concluyó el Pontífice.

El futuro cardenal Carlos Osoro: «El diálogo es imprescindible»


El arzobispo de Madrid y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Carlos Osoro, que este sábado 19 de noviembre será creado cardenal por el Papa Francisco, espera que el nuevo Gobierno dialogue con todas las instituciones, también con la Iglesia católica porque considera que es una tarea «imprescindible».
«El diálogo es imprescindible para cualquiera que gobierna, con todas las instituciones, entre ellas, la Iglesia aunque no tenga una misión política. En este sentido, creo que no hay problemas; al contrario, todos buscamos el diálogo y seguro que cualquier Gobierno lo va a buscar», ha explicado Osoro en una entrevista concedida a Europa Press. Si bien, ha precisado que él personalmente aún no ha mantenido contacto con ningún miembro del Ejecutivo.
En concreto, en el ámbito educativo, y ante el compromiso del Gobierno de aprobar un Pacto de Estado por la Educación entre todos los partidos, Osoro cree que sería «ideal» y espera que cuenten con las opiniones de todos los sectores sociales implicados como la propia Iglesia, que desde que se aprobó la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) se ha mostrado en desacuerdo con que la clase de Religión no sea de oferta obligatoria en Bachillerato. A esto hay que sumar la reducción de horas de esta asignatura en algunas comunidades autónomas.
«Creo que es ideal que se logre firmar un Pacto por la Educación entre todos los partidos; creo que contarán con las opiniones de todos los sectores sociales implicados o a los cuales les implica este pacto social, un pacto que cree de verdad libertad, que no promueva dictaduras de ningún tipo, que construya la familia de los españoles», subraya.
Si bien, ha recordado que no es «futurólogo» y, por lo tanto, desconoce si el hecho de que haya más agentes políticos dialogando en el Parlamento favorecerá o perjudicará a la Iglesia española. «No soy futurólogo y, por tanto, no puedo preverlo, pero un diálogo abierto buscador de la verdad, de los intereses verdaderos que construyen la existencia humana, que dan hondura y profundidad a la vida, eso creo que lo están buscando todos y uno no puede negarse a la evidencia de lo que más necesita en estos momentos España para salir adelante, tenemos que hacerlo juntos», ha defendido.
A nivel internacional, en cuanto a la elección de Donald Trump como presidente de EEUU, el arzobispo se sitúa en línea con el Papa Francisco y reza para que tome las decisiones que más «construyan y acerquen» a todos, promoviendo «la libertad y el bien común».
El obispo del Padrenuestro
Osoro será creado cardenal el próximo sábado 19 de octubre por el Papa Francisco en una ceremonia en El Vaticano en la que estará arropado por más de un millar de personas, entre sus hermanos, sobrinos y fieles de Orense, Oviedo, Valencia y Madrid, diócesis de las que ha sido obispo. También acudirá una representación del Gobierno español.
El arzobispo espera que las acciones que realice durante su cardenalato, sumadas a las que ya ha realizado como prelado, le otorguen el título de «obispo del Padre Nuestro», es decir, que se le reconozca como padre de todos los hombres, sea cual sea su situación.
«Me gustaría ser el obispo del Padre Nuestro, que se mueve en ese plano. Yo no voy a poner límites a mi acción con quien sea porque todos son hijos de Dios», ha asegurado. Además, considera un «piropo» que Francisco le apode «el peregrino» porque para él es lo que significa ser cristiano, salir a los caminos de los hombres. Si bien, no cree que sea el hombre del Papa en España, aunque le profesa «gran admiración».
Osoro afirma que su ministerio se ha ido enriqueciendo con el paso de los años con tareas cada vez más grandes. Ahora, indica que el Papa le llama «a estar más cerca de él» y quizá a pedirle «opiniones más directas». Y asegura que está dispuesto a seguir haciendo lo que ha hecho siempre, dar su vida por los demás y mostrar a Dios, una misión que no siempre le resulta sencilla.
«Cuando termino el día, antes de acostarme, voy a la capilla y me quito el pectoral –que le compró su madre– y el anillo –que le regalaron sus hermanos y que ahora tendrá que sustituir por el que le ponga el Papa, pero que guardará con mucho cariño–, los pongo encima del Sagrario y digo: “Señor, hasta mañana, déjame descansar, sigue guiando a tu Iglesia, lo que no he hecho por mi mediocridad perdónamelo”», apunta.
Responsabilidad como elector en un cónclave
Sobre su responsabilidad como cardenal elector en un futuro hipótetico Cónclave, pide a Dios que Francisco continúe siendo Pontífice durante muchos años para no tener que elegir al próximo Papa –a los 80 años se pierde la condición de elector–. Acerca de la posibilidad de ser elegido Papa, asegura que no le preocupa porque no cree que vaya a ocurrir.
«Esto último no me preocupa porque no creo que vaya… No hay preocupación por eso. Sí me ocupa esa responsabilidad (como cardenal elector). Ojalá sea muy tarde, pido al Señor que dé al Papa Francisco años de vida, audacia y entrega que necesitamos en la Iglesia como la que nos está dando, ojalá pasen los años y no tenga que elegir yo, que ya esté jubilado y siga el Papa Francisco, pero en el fondo es una responsabilidad», ha asegurado.
En cuanto a la Iglesia en España, Osoro ensalza la acción del arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, como presidente de la Conferencia Episcopal, y espera que repita. «Para mí lo ha hecho excepcionalmente y cuando un persona es excepcional, para qué vas a buscar a otra que no sabes cómo va a salir», precisa al tiempo que se descarta como próximo presidente de la CEE.
El prelado no cree que su creación como cardenal sea un mensaje para que la Iglesia española sea más hospital de campaña, pues considera que ya lo está siendo. En cualquier caso, señala que la Iglesia, en todas las épocas, tiene que «revisarse» y estar atenta para no convertirse en una «habitación estufa». «Siempre hay que revisar si hay algún lugar en el que no estamos, al que no vamos, que no escuchamos», ha subrayado.
No escuchar solo a quien te da botafumeiro
En este sentido, admite que él mismo, al hacer examen de conciencia al final del día, se da cuenta de que a alguno le ha mirado «de reojo» y se pregunta si ha escuchado a todos o solo a los que le dan «botafumeiro», es decir, a los que le dan la razón, y pide perdón. «Es una terapia muy buena», recomienda.
Para el futuro cardenal español, lo que más necesita la humanidad en este momento es «misericordia» y, precisamente, con motivo de la clausura del Jubileo este sábado 20 de noviembre en Roma, Osoro hace un balance «muy positivo» del mismo por el efecto «curativo» que ha tenido, un hecho que ha observado en tanta gente, más y menos creyente, que se ha acercado al confesionario.
A su juicio, se ha acogido a toda la gente «viniese de donde viniese». Diferente ha sido la acogida de refugiados en Europa, según admite, aunque puntualiza que esas son decisiones de instituciones determinadas y que no habrá sido por falta de prédica desde la Iglesia.
Europa Press
Alfa y Omega

DIOS ES DIOS DE VIVOS



Lectura del santo evangelio según san Lucas (20,27-40):

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:

«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano». 

Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. 

Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».

Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.

Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para Él todos están vivos».

Intervinieron unos escribas: «Bien dicho, Maestro».

Y ya no se atrevían a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

Entrevista al Papa Francisco en la vigilia de la conclusión del Jubileo: no tenía un plan, me dejé llevar por el Espíritu Santo

 
“¿El Jubileo? No tenía un plan, simplemente me dejé llevar por el Espíritu: así respondió el Papa Francisco a la periodista italiana Stefania Falasca, en una entrevista para el diario católico italiano Avvenire, en la vigilia del cierre del Año Santo de la Misericordia. “La Iglesia es Evangelio, no es un camino de ideas – explicó Francisco.  Este Año de la Misericordia es un proceso madurado en el tiempo, desde el Concilio. También en campo ecuménico el camino viene de lejos, con los pasos de mis predecesores. Éste es el camino de la Iglesia, no soy yo”.
“Me gusta pensar – prosigue el Papa – que el Omnipotente tiene una mala memoria. Una vez que te perdona, se olvida. Porque es feliz de perdonar. Para mí esto basta”. Y explica que vivir la experiencia del perdón enseña a cambiar la concepción cristiana “del legalismo a la Persona de Dios, que se ha hecho misericordia en la encarnación del Hijo.”
“Algunos, - dice citando ciertas objeciones a Amoris Laetitia – continúan a ver sólo o blanco o negro, mientras en el flujo de la vida se debe discernir. Y sostiene que las críticas  “si no hay un mal espíritu, ayudan”. ”Ciertos rigorismos nacen del querer esconder en una armadura la propia insatisfacción”. “Ninguna liquidación de la doctrina.  Servir a los pobres es servir a Cristo”.
Acerca de recientes encuentros ecuménicos, en particular aquellos de Suecia en ocasión del 500° aniversario de la reforma luterana, el Papa Francisco afirma que no son fruto del Año Santo de la Misericordia, sino de un recorrido iniciado con el Concilio Vaticano II. “Ninguna aceleración – observa – es el camino del Concilio que sigue adelante y se intensifica”.
“En este momento la unidad se hace en tres caminos: caminar juntos con las obras de caridad, rezar juntos y, finalmente, reconocer la confesión común, así como se expresa en el común martirio, en el ecumenismo de la sangre”.
Finalmente el Papa Bergoglio condena el proselitismo entre cristianos que “es en sí mismo un pecado grave” y dice que está convencido de que “el cáncer en la Iglesia es el darse gloria uno con el otro. En la reacción de Lutero  - agrega - estaba también esto: el rechazo de una imagen de Iglesia como una organización que podía seguir adelante prescindiendo de la Gracia del Señor”.
(MCM-RV)
(from Vatican Radio)