jueves, 3 de noviembre de 2016

San Martín de Porres – 3 de noviembre



«Religioso dominico peruano. El primer mulato en subir a los altares, honrado en numerosos países del mundo. Patrón de la justicia social, de los barberos, barrenderos, enfermeros, farmacéuticos, protector de los pobres»

El que tantas veces se presentó como «un perro mulato», primero de América en subir a los altares, es uno de los más grandes santos que Perú ha dado a la Iglesia. Ostenta el patronazgo de numerosas entidades de Perú, Venezuela, México, Argentina, Panamá, Guatemala, España, Chile, Costa Rica, Bolivia y otros países. Quién le iba a decir al humilde Martín que al paso del tiempo le honrarían hermandades y cofradías, que al procesionar su imagen sería aclamada por las avenidas de su hermosa tierra aún pasando los siglos… Pero así es. La gracia que le acompañó en vida, y a la que se aferró, sigue alumbrándonos a través de su heroico testimonio de amor a Cristo.
Nació en Lima, Perú, el 9 de diciembre de 1579. Era hijo natural del español Juan de Porres, un burgalés que pertenecía a la Orden militar de Calatrava, y de la mulata libre de origen panameño, Ana Velásquez. Debió prometerle que la desposaría, pero los prejuicios de la época no se aliaron con ellos. De esta unión ilegítima en 1581 vino al mundo también una niña. Cuando el virrey comisionó a Juan para irse a Guayaquil, se llevó con él a los pequeños. Sin embargo, su familia repudió al muchacho por su color de piel. Juan se ocupó de su educación, pero en 1590 cuando lo nombraron gobernador de Panamá, se vio obligado a enviarlo a Lima. Eso sí, la cercanía le había permitido constatar las numerosas virtudes de Martín, su bondad y proverbial generosidad con los pobres, a los que daba limosna haciendo uso de la asignación que él le entregaba. No era una táctica nueva. Cuando vivía con su madre, le solía sisar el dinero que le proporcionaba para efectuar las compras. Al regresar a casa, cándidamente se excusaba diciendo que las monedas que le faltaban las había perdido por el camino.
En Lima se ocupó del santo Isabel García Michel, que vivía en Malambo, un barrio marginal caracterizado por el origen multirracial de su población, pero en una casa respetable; tal vez Ana fuese una de las encargadas del servicio, y por eso se afincó allí con su hijo. Éste recibió la confirmación en 1591 de manos de santo Toribio de Mogrovejo, patrono del episcopado latinoamericano. Elegante y amable en el trato, Martín era también muy inteligente, así que no le costó aprender las técnicas de barbería, oficio reputado en la época, y adquirir nociones de medicina que le servirían más tarde en su misión. Antes de convertirse en religioso obtenía un buen sueldo como ayudante del boticario Mateo Pastor. Con lo que ganaba, ayudaba a otros muchachos que no tenían medios económicos. El ejercicio de su profesión le permitía acceder tanto a la flor y nata de la sociedad limeña como a las clases inferiores; a todos hablaba de la bondad de Dios. Combinaba esta tarea con la labor voluntaria que realizaba en hospitales; pasaba las noches prácticamente en vela orando ante una imagen de Cristo crucificado.
A los 15 años, animado por fray Juan de Lorenzana, quiso ser dominico como él, pero la discriminación por diferencia de raza, prejuicio marcado entonces, le siguió al convento de Nuestra Señora del Rosario. Y únicamente pudo ingresar como «donado». Pero era más que suficiente para su espíritu humilde y servicial, ya que solo deseaba estar más cerca de Dios y ayudar al prójimo. Por lo demás, se gozaba en «pasar desapercibido y ser el último». El trato desigual que le dispensaron, los insultos que recibía por su tez oscura, no le arrebataron su alegría, y la escoba que pusieron en sus manos fue instrumento de gloria para su vida.
En una visita que su padre hizo al convento, logró que el provincial considerara a Martín como hermano cooperador. Profesó en junio de 1603. Fiel observante, pronto a la oración, obediente, humilde, generoso, puntual, sobrio, sencillo, austero, era también diligente y dadivoso con los demás hasta el extremo. El Santísimo Sacramento y la Virgen del Rosario fueron objeto supremo de su devoción. Por lo general, estaba tan extenuado por sus tareas que hacía ímprobos esfuerzos para no sucumbir al sueño durante la oración. Sus cuidados como enfermero fueron un pararrayos para el convento; allí acudían numerosas personas en su busca. Pero su piedad y misericordia con los enfermos y pobres que recogía en las calles, portándolos a hombros hasta su propio lecho para prodigarles atenciones con toda ternura, suscitaron recelos y envidias; fue objeto de injurias hasta de sus propios hermanos.
Dios le otorgó el don de milagros, entre otros. Las curaciones extraordinarias se produjeron no solo con sus cuidados sino simplemente con su presencia. Él, humildemente, advertía: «yo te curo, Dios te sana». Como recibió el don de la bilocación, podía vérsele en varios lugares a la vez consolando y remediando los males de unos y de otros. Una vez vio que un obrero se caía del andamio de la torre y, para no desobedecer –cuentan los testigos de la época– le dijo «¡detente!» y a renglón seguido fue a solicitar permiso a su superior para salvarle, mientras el albañil permanecía suspendido en el aire, permiso que que le fue otorgado obrándose ese milagro que precisaba el buen hombre y que se produjo ante su fuerte impresión y la del superior de Martín. Memorable fue la acción del santo durante la epidemia de viruela; se convirtió en el «ángel de Lima». Hasta los animales hambrientos y heridos eran objeto de su afecto. Fundó los Asilos y Escuelas de Huérfanos de Santa Cruz para niños y niñas. Sus hermanos contemplaban asombrados su intensísima acción apostólica cotidiana, preguntándose en qué momento dormía.
Era estimado por todos, incluido el virrey, que no ocultaba su veneración por él. En 1639 contrajo el tifus exantemático que cursaba con espasmos, alta fiebre y delirios. Y supo que había llegado su hora: «He aquí el fin de mi peregrinación sobre la tierra. Moriré de esta enfermedad. Ninguna medicina será de provecho». Manifestó que en ese instante le acompañaban la Virgen, San José, santo Domingo, san Vicente Ferrer y santa Catalina de Alejandría. Y besando el crucifijo falleció el 3 de noviembre de ese año. Gregorio XVI lo beatificó en 1837. Juan XXIII lo canonizó el 6 de mayo de 1962, y lo declaró santo patrón de la justicia social.
Zenit

Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-10
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ése acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Quién de
vosotros que tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:
"¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido."
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿que mujer tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice:
"¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido."
Os digo que la misma alegría habrá tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
Palabra del Señor.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

El Papa en el día de los difuntos: ‘La tristeza se une a la esperanza de la Resurrección’



El papa Francisco visitó este miércoles por la tarde el cementerio de Prima Porta o Cementerio Flaminio, situado en las afueras de la ciudad de Roma. Es el más grande de Europa, con 140 hectáreas de parque y 36 kilómetros de calles internas.
Poco antes, un mensaje en su cuenta twitter en Papa escribió: “Nos detenemos con fe ante ante las tumbas de nuestros seres queridos, rezando también por los difuntos que nadie recuerda”. De  hecho cuando en el cementerio caminaba hacia el altar para celebrar la eucaristía, el Santo Padre puso un ramo de rosas color amarillo delante de una tumba sin flores ni iluminación que encontró en su camino, como símbolo de todas las sepulturas.
El Santo Padre vistiendo paramentos color violeta celebró la santa misa en el altar situado en una estructura puesta delante de la plaza del osario, donde el público asistió ubicado al lado de una zona verde con las tumbas sobre el prado. Concelebraron entre otros, el cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini y un coro acompañó la ceremonia cantando en italiano.
Después de la lectura del Evangelio, el Papa dirigió unas palabras simples que indicaron el significado de esta conmemoración. El Pontífice en su homilía recordó la lectura apenas realizada, y como en ese momento de angustia y de dolor Job proclama la esperanza: ‘Mis ojos lo contemplarán’, como recuerda la oración de los difuntos.
Y si bien reconoció que “un cementerio es triste”, porque “nos recuerda a los nuestros que se fueron”, y porque también “nos recuerda el futuro y la muerte”, señaló que en este momento triste, “las personas traemos flores como símbolo de esperanza” sabiendo que este momento “más adelante se convertirá en un día de fiesta”. O sea que “la tristeza se mezcla con la esperanza”.
Recordó también que se hace “memoria de los nuestros delante de sus restos mortales” y que “la esperanza nos ayuda para hacer este camino que “todos deberemos recorrer, todos, antes o después”.
Pero que en ese camino hay esperanza, porque existe “un ancla que no desilusiona: la esperanza de la Resurrección”. Porque “Jesús fue el primero que hizo este camino y Él mismo nos abrió la puerta de la esperanza, con su cruz, para entrar donde contemplaremos a Dios”.
Y como dice la oración: “Yo lo veré, yo mismo, mis ojos lo contemplarán”. Invitó así a los presentes a volver a sus casas “con la memoria del pasado”, de quienes se fueron “y del futuro camino que recorreremos, pero con la seguridad de las palabras que salieron de los labios de Jesús: “Yo los resucitaré en el último día”.
La misa concluyó con un hermoso atardecer de otoño y el Santo Padre rezó una oración por los difuntos y bendijo las tumbas del cementerio Flaminio.
El cementerio ubicado en la localidad de Prima Porta, cuenta con sectores dedicados a las diversas confesiones religiosas con sus respectivos templos. Es la primera vez que el Papa celebra aquí porque en los años pasados conmemoró el día de muertos en el cementerio monumental de Roma, llamado ‘El Verano’.
Al su regreso el Papa visitó en el Vaticano las llamadas ‘Grutas’, ubicadas debajo de la basílica de San Pedro. Allí rezará privadamente por los pontífices difuntos.
Zenit

La lápida original de Jesús al descubierto por primera vez en cinco siglos

La lápida original del lugar donde la tradición cristiana sitúa la tumba de Jesús ha quedado al descubierto por primera vez en cinco siglos después de que un equipo de expertos griegos haya retirado la lastra que la cubría desde tiempos de Bonifacio de Ragusa en el siglo XVI.
«Bonifacio cubrió la tumba con la lastra actual», ha explicado el franciscano español fray Artemio Vítores, quien fuera custodio adjunto de Tierra Santa. «Ahora se ha visto de nuevo la piedra original», ha añadido.
El descubrimiento forma parte de los trabajos de renovación hechos esta semana en el Santo Sepulcro en Jerusalén, a cargo de Antonia Moropoulou, profesora de la Universidad Nacional Técnica de Atenas, y que están en marcha desde junio pasado.
La última vez que se pudo ver la losa original de la tumba de Jesucristo fue en 1555, durante unas obras ordenadas por el entonces custodio, Bonifacio de Ragusa.
Fue este quien ordenó cubrirla con una losa para protegerla y pidió «una partida en dos para que pareciera inservible y no la robaran», sostiene Vítores, quien prepara un libro sobre la historia del lugar más santo para el cristianismo, situado en el corazón de la ciudad vieja de Jerusalén.






Conmemoración de los fieles difuntos

Textos: Job 19, 1.23-27; Rm 5, 5-11; Juan 6, 37-40
P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil).
Idea principal: La muerte es la puerta que nos abre la eternidad y al encuentro con Dios. ¡No tengamos miedo!
Síntesis del mensaje: Si ayer, festividad de todos los santos, contemplábamos con alegría  a tantos y tantos hermanos nuestros que tras haber pasado de este mundo al Padre gozan ya de la gloria  de Dios, hoy nos fijamos, con ánimo agradecido, en aquellos hermanos que, habiendo cruzado ya el umbral de la muerte, esperan de la misericordia divina la apertura para ellos de las puertas del reino. Con la muerte no acaba todo, sino que comienza la vida plena en Dios y con Dios.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, nada está tan cercano a la vida del hombre como la muerte. Y sin embargo, nuestro mundo parece ignorar este hecho. Nuestras vidas son los ríos / que van a parar al mar, / que es el morir…” cantaba el poeta Jorge Manrique con razón, pero no con toda la razón, ya que nuestra meta no es la muerte sino la gloria. El Concilio Vaticano II dice (Gaudium et Spes 18) que  el máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. Todos los esfuer zos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano.
En segundo lugarmientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Ahí radica nuestra esperanza.
Finalmente, hoy hacemos nuestra oración y ofrecemos el sacrificio de la Misa por nuestros hermanos difuntos. “Es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado” (2 Mac 12,46). La oración por los difuntos, anclada en la más profunda tradición cristiana se funda, queridos hermanos, en dos hechos fundamentales de nuestra fe: En primer lugar, rezamos por nuestros difuntos porque creemos en la resurrección. San Pablo en su primera carta a los corintios también se hace eco del tema y dice: Cristo ha resucitado de entre los muertos, como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte. Porque lo mismo que por un hombre vino la muerte, también por un hombre ha venido la resurrección de los muertos. Y como por su unión con Adán todos los hombres mueren, así también por su unión con Cristo, todos retornarán a la vida” (1 Cor 15,20-22). En segundo lugar, rezamos por los muertos porque creemos en la comunión de los santos. Según el concilio, todos, aunque en grado y formas distintas, estamos unidos en fraterna caridad y cantamos el mismo himno de gloria a nuestro Dios. Porque todos los que son de Cristo y tienen su Espíritu crecen juntos y en El se unen entre sí, formando una sola Iglesia (cf. Ef., 4,16). Así que la unión de los peregrinos con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe; antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se fortalece con la comunicación de los bienes espirituales” (Lumen Gentium 49). Nos sentimos unidos con los difuntos, y rezamos por ellos, al igual que ayer reconocíamos la intercesión de todos los santos por nosotros.
Para reflexionar: ¿Tengo miedo a la muerte? ¿Por qué? ¿Cómo prepararme mejor para la muerte?
Para rezar: consciente de que el Dios vivo “no ha hecho la muerte, ni se complace en el exterminio de los vivos. Él lo creó todo para que subsistiese, y las criaturas del mundo son saludables” (Sab 1,13-14), pediré hoy a Dios: Señor, prepárame a bien morir. Aumenta mi fe y mi esperanza en Ti, Cristo, mi Redentor que estás vivo y me recompensarás al final de mi vida. Que al final de mi vida encuentre tus brazos amorosos donde descansar eternamente después de mi lucha y mis fatigas por cumplir tu Santa Ley y haberte amado a ti y a mis hermanos.
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«No es humano cerrar puertas a los refugiados, pero se necesita prudencia para integrar bien»

«No es humano cerrar puertas y corazones a los refugiados», pero también se necesita prudencia para poder acoger a todos los que pueden se integrados de verdad ofreciéndoles casa, escuela y trabajo. Lo dijo Papa Francisco dialogando con los periodistas durante el vuelo de regreso de la ciudad de Malmö a Roma. «Quisiera saludarles y agradecerles por el trabajo que hicieron —dijo al inicio Francisco—; por el frío que se cogieron. Pero salimos a tiempo, dicen que hoy en la noche habrá cinco grados menos».
Cada vez más personas buscan refugio en los países europeos, pero hay reacciones de miedo. Hay quienes dicen que los refugiados pueden amenazar la identidad y el cristianismo en Europa. También Suecia comienza a cerrar las fronteras…
Como argentino y sudamericano, agradezco mucho a Suecia por esta acogida, porque muchos argentinos, chilenos, uruguayos, en la época de las dictaduras militares, fueron acogidos aquí. Tiene una larga tradición de acogida, y no solo recibiendo, sino también integrando, buscando casa, escuela y trabajo inmediatamente. Integrar en un pueblo. Tal vez me equivoco, no estoy seguro, pero Suecia tiene 9 millones de habitantes y 850 mil serían «nuevos suecos», es decir migrantes y refugiados. O sus hijos. Hay que distinguir entre migrante y refugiado. El migrante debe ser tratado con ciertas reglas, porque migrar es un derecho, pero está muy regulado. En cambio, el refugiado viene de situaciones de angustia, hambre, guerra terrible, y su estatus requiere más cuidados y más trabajo. También en esto Suecia siempre ha dado un ejemplo alojando, enseñando la lengua e integrando en la cultura. Sobre la integración de las culturas: no debemos espantarnos. Europa fue construida con una continua integración de culturas. ¿Qué pienso sobre los países que cierran las fronteras? Creo que, en teoría, no se puede cerrar el corazón a un refugiado. También está la prudencia de los gobernantes, que deben ser muy abiertos para recibirlos pero también deben hacer el cálculo de cómo poderlos alojar, porque no solo hay que recibir a un refugiado: hay que integrarlo. Si un país tiene una capacidad de integración, que haga lo que pueda. Si otro tiene más, que haga más, siempre con el corazón abierto. No es humano cerrar las puertas, no es humano cerrar los corazones, y a la larga esto se paga, se paga políticamente, como también se paga políticamente una imprudencia en los cálculos y recibiendo a más de los que pueden ser integrados. ¿Cuál es el riesgo si un migrante o un refugiado no es integrado? ¡Se guetiza! Entra a un gueto, y una cultura que no se desarrolla en una relación con la otra cultura, esto se vuelve peligroso. Creo que el peor consejero para los países que tienden a cerrar las fronteras siempre es el miedo. Y el mejor consejero es la prudencia. Hablé con un funcionario del gobierno sueco y me dijo que hay algunas dificultades, porque llegan muchos y no hay tiempo para encontrarles una casa, una escuela, un trabajo. La prudencia debe hacer este cálculo. Yo creo que si Suecia disminuye su capacidad de acogida, no lo hace por egoísmo; si hay algo de este tipo es por todo lo que dije antes… ven a Suecia, pero no hay tiempo para ayudarlos a todos.
En Suecia hay una mujer como guía de su Iglesia. ¿Es realista pensar que también habrá mujeres sacerdote en la Iglesia católica?
Leyendo un poco la historia de esta zona, en donde hemos estado, vi que hubo una reina que se quedó viuda tres veces, y dije: esta mujer es fuerte. Me dijeron: «Las mujeres suecas son muy fuertes y muy buenas…». Sobre las mujeres ordenadas: la última palabra clara fue la que dio Juan Pablo II. Y sigue siendo la misma. Las mujeres pueden hacer muchas cosas mejor que los hombres. La eclesiología católica tiene dos dimensiones, la dimensión petrina, la de los apóstoles, Pedro y el colegio, los obispos; y la dimensión mariana, que es la dimensión femenina de la Iglesia. ¿Quién es más importante en la teología y en la mística de la Iglesia? ¿Los apóstoles o María? Es María: la Iglesia es mujer. La Iglesia se casa con Jesucristo. Es un misterio esponsalicio y a la luz de este misterio se entiende el por qué de estas dos dimensiones. No existe la Iglesia sin esta dimensión femenina.
Pero, ¿nada de mujeres sacerdote?
Si usted vuelve a leer bien, la declaración de san Juan Pablo II va en esta línea.
A la vigilia del pentecostés de 2017 habrá un encuentro en el Circo Máximo para el aniversario de la renovación carismática. ¿Qué espera?
Fua ver a los evangélicos de Caserta, y después en Turín estuve con los valdenses: estas son iniciativas de reparación, de perdón, porque los católicos, parte de la Iglesia católica, no se comportó cristianamente con ellos. Había que pedir perdón y sanar heridas. La otra iniciativa es la del diálogo. En Buenos Aires tuvimos tres encuentros en el estadio con fieles evangélicos y católicos, en la línea de la renovación carismática, pero abierta. Encuentros de todo el día, durante los que predicaban un obispo evangélico y un obispo católico. En dos de estos encuentros predicó el padre Cantalamessa. También tuvimos dos retiros espirituales de tres días, con pastores y sacerdotes católicos juntos. Esto ha ayudado mucho al diálogo, a la comprensión, al acercamiento, al trabajo por los más necesitados. En Roma he tenido reuniones con algunos pastores. Se organiza una celebración por los 50 años de la renovación carismática, que nació ecuménica. Si Dios me dará vida, iré a hablar ahí, al Circo Máximo. Cuando nació la renovación carismática, uno de los más fuertes opositores fue quien les está hablando, que era provincial de los jesuitas: le prohibí a los jesuitas entrar a esto y dije que, cuando había una celebración litúrgica, tenía que ser una celebración y no una escuela de samba. Ahora pienso lo contrario, y cada año en Buenos Aires ofrecía una misa por los carismáticos. Hubo un proceso de reconocimiento del bien que ha hecho esta renovación, con la figura del cardenal Suenens…
Usted recibió hace poco tiempo al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. ¿Qué sensación le dio este encuentro y qué piensa del inicio del diálogo?
El presidente de Venezuela pidió una cita porque llegaba de Medio Oriente y hacía una escala técnica en Roma. Cuando un presidente lo pide, se le recibe. Lo escuché media hora, le hice alguna pregunta y escuché su parecer. Siempre es bueno escuchar el parecer de todos. Sobre el diálogo: es la única vía para todos los conflictos, o se dialoga o se grita. Con el corazón, le entro con todo al diálogo, creo que hay que ir por ese camino, no sé cómo va a acabar… Está Zapatero, que fue jefe del gobierno español. Ambas partes pidieron a la Santa Sede que estuviera presente. La Santa Sede designó al Nuncio en Argentina. El diálogo que favorece la negociación es el único camino para salir de los conflictos. Si esto se hubiera hecho en Medio Oriente, cuántas vidas se habrían salvado.
En Suecia la secularización es muy fuerte. Es un fenómeno que afecta a toda Europa; se estima que en Francia la mayor parte de los ciudadanos no tendrán religión. ¿La secularización es una fatalidad? ¿De quién es la responsabilidad, de los gobiernos laicos o de la Iglesia que es tímida?
¿Fatalidad? No, yo no creo en las fatalidades. ¿Quiénes son los responsables? No sabría decirlo, es un proceso. Benedicto XVI habló mucho y claramente sobre esto. Cuando la fe se vuelve tibia es porque se debilita la Iglesia. Los tiempos más secularizados (pensemos en Francia, por ejemplo), son los de la mundanización, cuando los sacerdotes eran lacayos de la corte, había un funcionalismo clerical, faltaba la fuerza del Evangelio. En tiempos de secularización podemos decir que hay alguna debilidad en la evangelización. Pero también hay otro proceso, cuando el hombre recibe el mundo de Dios para hacerlo cultura, para hacer que crezca. Pero, en determinado momento, el hombre se siente tan padrón de esa cultura que comienza a hacer él el creador de otra cultura, pero propia, y ocupa el sitio de Dios creador. En la secularización, creo que antes o después se llega al pecado contra Dios creador, el hombre autosuficiente. No es un problema de laicismo: se necesita un sano laicismo, la sana autonomía de las ciencias, del pensamiento, de la política. Otra cosa es un laicismo como el que nos dejó como herencia la Ilustración… Quien va más allá de los límites y se siente Dios; hay una debilidad en la evangelización, los cristianos se vuelven tibios. Es necesario retomar una saludable autonomía en el desarrollo de la cultura y de la ciencia, pero siendo criaturas, sin sentirse Dios. El cardenal De Lubac dijo que cuando en la Iglesia entra esta mundanidad es peor de lo que sucedió en la época de los Padres corruptos. Jesús, cuando reza por todos nosotros en la Última cena, pide una cosa al Padre: que no nos quite del mundo, sino que nos defienda del mundo, de la mundanidad, que es peligrosísima: una secularización un poco maquillada o disfrazada, un poco «lista para llevar».
Hace algunos días usted se reunió con el Grupo Santa Marta, que se ocupa de contrarrestar la esclavitud y del tráfico de seres humanos. ¿Por qué? ¿Tuvo alguna experiencia en Argentina?
Cuando era cura siempre tenía esta inquietud de la carne de Cristo, el hecho de que Cristo continúa sufriendo, que Cristo es crucificado constantemente en sus hermanos más débiles. Siempre me ha conmovido. Como cura, trabajé en pequeñas cosas, con los pobres, pero no exclusivamente: también trabajaba con universitarios. Después, como obispo de Buenos Aires, hicimos iniciativas contra la esclavitud en el trabajo también con grupos de no católicos y de no creyentes. Llegan migrantes y les quitan el pasaporte y los ponen a hacer trabajo esclavo. He trabajado con dos congregaciones de monjas que se ocupan de prostitutas, mujeres esclavas de la prostitución (no me gusta decir prostitutas: esclavas de la prostitución). Una vez al año hacíamos una misa para estas mujeres… Trabajábamos juntos y aquí en Italia hay muchos grupos de voluntariado que trabajan contra cualquier forma de esclavitud. Hace algunos meses visité una de estas organizaciones. Se trabaja bien, no me lo hubiera imaginado. Es una cosa bella que tiene Italia, el voluntariado, y esto se debe a los párrocos: el oratorio y el voluntariado nacieron del celo apostólico de los párrocos.
Andrea Tornielli/Vatican Insider
Alfa y Omega

2 de noviembre: Conmemoración de los fieles difuntos

Hoy son multitudes las que van y vienen a los cementerios que están durante todo el día llenos. En los alrededores hay puestos de flores con cantidad de ofrecimientos para adornar siquiera sea por fuera las tumbas y nichos de los seres queridos. Hasta la Iglesia premia determinadas actitudes de los fieles con indulgencias aplicables a los muertos.
Se lee en cada tumba RIP –DEPA en versión moderna hispana– bien como oración que indica deseo vehemente, bien como afirmación. Al cristiano, ese fonema –iniciales de Requiescat in pace en latín o de Descanse en paz en castellano– le suena a oración con tintes de esperanza al recordar lo bueno realizado en vida por el muerto y teniendo muy presente lo mucho que abarca la misericordia de Dios; desde la increencia solo suena a voz hueca expresiva de la quietud del muerto, del profundo silencio del cementerio considerado como su última morada y juzgando la separación pretérita como una «pérdida irreparable».
Sin querer, se mezcló la mentalidad pagana: terror y ambiente macabro. Corrupción, abandono y soledad. Vino el espíritu tenebroso del Renacimiento que resumía su pensamiento al respecto con calaveras, tibias cruzadas y columnas rotas como iconografía ridícula, válida para animales cuyo ser muere en su totalidad, y no para el cristiano, que vive esperando su resurrección y hace de su propia muerte el acto humano capital de entrega al Creador, sin dudosa improvisación, adiestrado por las continuas entregas diarias.
Contemplar el hecho de la muerte a lo pagano se hace irresistible para una sociedad hedonista que bien querría eliminar de raíz su recuerdo. Se contempla a diario que va en auge y tomando cuerpo el «piadoso» ocultamiento casi sistemático del cadáver como si el muerto hubiera hecho algo muy malo o vergonzoso al morirse; como si el muerto fuera algo que es preciso disimular en el tanatorio –sin mortaja a la vista– y con velatorio breve y de compromiso.
También se aprecia que la frecuente dificultad de pagar costos elevados por la muerte del familiar tiene gran parte de la culpa de que se haya borrado tan pronto la memoria de muchos muertos, o se borrará en breve, y consecuentemente desaparecen también los posibles sufragios; el tarro de las cenizas que entregaron al poco de la incineración se conservó en el sitio de honor de la casa el tiempo que duraron las lágrimas, luego llegó a estorbar porque los vecinos decían que era algo macabro, fue pasando a lugares menos dignos hasta que las cenizas se espolvorearon en el campo con hipócrita manifestación romántica y sentimentaloide, o sencillamente acabaron en el contenedor de la basura una buena noche.
Una ineludible interrogación está en la cabeza de los que creemos y también ronda en el pensamiento de los que aún conservan un recuerdo, aunque sea débil y lejano, de la existencia del más allá. ¿Están ya en la Patria los muertos motivo del recuerdo o han de purificarse todavía?
La celebración de «los que nos han precedido con el signo de la fe» comenzó con san Odilón de Cluny y se extendió por toda la Iglesia. No deja lugar a duda: Son los cristianos muertos los que motivan hoy nuestro rezo. Con los testimonios bíblicos veterotestamentarios, la fe y práctica de la Iglesia católica confiesa como verdad perteneciente a la fe la existencia del Purgatorio, ese misterioso ámbito, más allá de esta vida, donde se realiza la purificación previa a la gozosa y definitiva proyección hacia la beatitud.
La muerte, ¿esqueleto con guadaña? Los fieles difuntos no se evocan entre las brumas otoñales como un signo de muerte, sino de gozo por la segura, aunque retardada, conquista de la eternidad con Dios. La muerte no abre las puertas de la nada, sino de la plenitud de la vida, no hay otra visión posible desde la fe.
El libro del Éxodo narra la salida del Pueblo de la esclavitud con el apoteósico paso del mar Rojo donde termina el enemigo; luego vinieron la Alianza, el maná y camino largo sembrado de dificultades por el inhóspito desierto donde se hace resplandecer el cariño de Dios, la esperanza de la tierra prometida y su posesión. Encierra con su tipología un formidable paso de lo transitorio a lo estable que podría servir para explicar lo que pasa el día en que se conmemora a los fieles difuntos e incluso para revitalizar el espíritu cristiano ante la muerte, porque así es el comienzo y fin de la vida del cristiano.
Muchas cosas convendría revisar porque no pocas veces viene precedida la muerte de la falsa y burguesa idea de no facilitar la presencia del sacerdote con pretextos erróneos de respeto a la intimidad del moribundo y de sus deudos. La debilidad de la fe y el falso sentimiento de piedad hacia el agonizante impiden, en casos cada vez más frecuentes, recibir el perdón de los pecados con el sacramento de la Confesión y las mejores disposiciones ante la ruptura próxima con el sagrado signo de la Unción.
El bautizado vibra con agrado y consuelo por la comunión del Cuerpo de Cristo tomada como Viático, porque sabe que recibe al Buen Pastor –frecuente motivo evangélico en las catacumbas, pensado por los primeros cristianos–. Se siente amparado por los santos y sus méritos en su definitivo paso a la eternidad, apoyado por la Virgen María y rodeado de quienes, queriéndole, le despiden con los honores del que terminó su pelea. Sí, el Rosario y las Letanías son como las salvas de honor. ¡Cómo no besar la imagen del crucifijo redentor en la hora postrera, cuando se unen y compenetran la iglesia de la tierra, la del purgatorio y la del cielo!
Pedimos hoy que se abrevie la dolorosa impaciencia de poseer el Bien seguro y cierto, que la ansiada Luz ilumine ya sus tinieblas esperanzadas y que sean nuestros valedores cuando caminamos.
Archimadrid.org
Alfa y Omega

Jesús, dando un fuerte grito, expiró


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 15,33-39;16,1-6
Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta media tarde.
Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente: "Eloí, Eloí, lamá sabaktaní". (Que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?")
Algunos de los presentes, al oírlo, decían: "Mira, está llamando a Elías." Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: "Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo."
Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: "Realmente este hombre era Hijo de Dios."
Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: "¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?"
Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: "No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron."
Palabra del Señor

Homilía del Papa: Alcancemos la santidad en la unidad

Con toda la Iglesia celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos. Recordamos así, no sólo a aquellos que han sido proclamados santos a lo largo de la historia, sino también a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia sencilla y oculta. Seguramente, entre ellos hay muchos de nuestros familiares, amigos y conocidos.
Celebramos, por tanto, la fiesta de la santidad. Esa santidad que, tal vez, no se manifiesta en grandes obras o en sucesos extraordinarios, sino la que sabe vivir fielmente y día a día las exigencias del bautismo. Una santidad hecha de amor a Dios y a los hermanos. Amor fiel hasta el olvido de sí mismo y la entrega total a los demás, como la vida de esas madres y esos padres, que se sacrifican por sus familias sabiendo renunciar gustosamente, aunque no sea siempre fácil, a tantas cosas, a tantos proyectos o planes personales.
Pero si hay algo que caracteriza a los santos es que son realmente felices. Han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les llama bienaventurados. Las bienaventuranzas son su camino, su meta hacia la patria. Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña, para que sigamos sus huellas. En el Evangelio de hoy, hemos escuchado cómo Jesús las proclamó ante una gran muchedumbre en un monte junto al lago de Galilea.
Las bienaventuranzas son el perfil de Cristo y, por tanto, lo son del cristiano. Entre ellas, quisiera destacar una: «Bienaventurados los mansos». Jesús dice de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Este es su retrato espiritual y nos descubre la riqueza de su amor.
La mansedumbre es un modo de ser y de vivir que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que nos divide y nos enfrenta, y se busquen modos siempre nuevos para avanzar en el camino de la unidad, como hicieron hijos e hijas de esta tierra, entre ellos santa María Elisabeth Hesselblad, recientemente canonizada, y santa Brígida, Brigitta Vadstena, copatrona de Europa. Ellas realizaron y trabajaron para estrechar lazos de unidad y comunión entre los cristianos.
Un signo muy elocuente es el que sea aquí, en su país, caracterizado por la convivencia entre poblaciones muy diversas, donde estemos conmemorando conjuntamente el quinto centenario de la Reforma. Los santos logran cambios gracias a la mansedumbre del corazón. Con ella comprendemos la grandeza de Dios y lo adoramos con sinceridad; y además es la actitud del que no tiene nada que perder, porque su única riqueza es Dios.
Las bienaventuranzas son de alguna manera el carné de identidad del cristiano, que lo identifica como seguidor de Jesús. Estamos llamados a ser bienaventurados, seguidores de Jesús, afrontando los dolores y angustias de nuestra época con el espíritu y el amor de Jesús. Así, podríamos señalar nuevas situaciones para vivirlas con el espíritu renovado y siempre actual: Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón; bienaventurados los que miran a los ojos a los descartados y marginados mostrándoles cercanía; bienaventurados los que reconocen a Dios en cada persona y luchan para que otros también lo descubran; bienaventurados los que protegen y cuidan la casa común; bienaventurados los que renuncian al propio bienestar por el bien de otros; bienaventurados los que rezan y trabajan por la plena comunión de los cristianos...
Todos ellos son portadores de la misericordia y ternura de Dios, y recibirán ciertamente de él la recompensa merecida.
Queridos hermanos y hermanas, la llamada a la santidad es para todos y hay que recibirla del Señor con espíritu de fe. Los santos nos alientan con su vida y su intercesión ante Dios, y nosotros nos necesitamos unos a otros para hacernos santos. Ayudarnos a hacernos santos. Juntos pidamos la gracia de acoger con alegría esta llamada y trabajar unidos para llevarla a plenitud.
A nuestra Madre del cielo, Reina de todos los Santos, le encomendamos nuestras intenciones y el diálogo en busca de la plena comunión de todos los cristianos, para que seamos bendecidos en nuestros esfuerzos y alcancemos la santidad en la unidad.
(from Vatican Radio)

martes, 1 de noviembre de 2016

1 de noviembre: Todos los Santos


Para cada persona humana, al ser libre, hay un momento decisivo: el de rendir cuentas. La razón pide un cumplimiento de la justicia postulado por las diversas opciones que cada persona va tomando a lo largo, ancho y alto de su existencia; a veces son acertadas porque coinciden con las exigencias del propio modo de ser; otras elecciones son aberrantes y malintencionadas, trastornan el orden de las personas, destrozan la convivencia y causan el mal. Por eso, la recta razón pide premio para los que usan bien la libertad y castigo para quien obra el mal. La enseñanza de Jesucristo confirma esta intuición del hombre al hablar de aquel rey que ajustará las contabilidades de sus vasallos.
Y es que no se puede servir a dos señores. Aterra pensar que no tener el traje de fiesta para el banquete de bodas, ir medio vestido con una indumentaria impropia del momento, presentarse con los capisayos hechos jirones o con la ropa destrozada supone ser arrojado fuera donde rechinan los dientes.
Hay que remontarse a las catacumbas para entender el sentido cristiano de la fiesta de Todos los Santos; es preciso ir a los inicios. Originariamente existió entre los cristianos un culto a los mártires; muchos de los primeros murieron así –Inés, Cecilia, Lucía, Sebastián, Lorenzo– y tuvieron una celebración anual determinada. La firme convicción de su poder celeste cuando interceden, la necesidad de su ejemplaridad como estímulo para vivir en cristiano y de su tercería en el tremendo juicio, lleva a desear poner los enterramientos cerca de sus sepulcros.
En el siglo IV aparece la liturgia colectiva a «todos los mártires» en Oriente; pasa a Occidente y cobra auge en Roma por el apoyo de los papas, de modo especial con Bonifacio IV que trasladó veinticuatro carretas de huesos de mártires al Panteón del paganismo –construido en honor de Júpiter, y donde entronizaron a Marte y a Venus–, dando a aquella edificación un sentido nuevo.
Y alrededor del culto martirial va abriéndose camino el anhelo de festejar a «todos los santos»: anacoretas, viudas, vírgenes, confesores y doctores. Con la herejía iconoclasta se produce la ocasión al condenar Gregorio III, en el 731, a «todos los que, despreciando el uso fiel de la Iglesia, retiren, destruyan o profanen las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, de su gloriosa Madre María, siempre Virgen inmaculada, de los apóstoles y de los santos»; luego, el papa Gregorio IV fijó la fiesta para el 1 de noviembre a instancias de Leudovico Pío y de los obispos de las Galias. Apoyan el culto las visiones del Apocalipsis con la descripción de muchedumbres vestidas de blanco y con palmas en las manos adorantes, dando bendición y gloria, en continua alabanza a Dios y al Cordero, a una con los ángeles.
Allí, en el Cielo, están los catalogados en los martirologios y todos los que mueren en paz; también los anónimos sin aureola en un número desconocido; todos los que vivieron como justos mientras estuvieron aquí, participando de los mismos gozos y alegrías de sus contemporáneos; son los que el mismo Pablo llama ya aquí santos; compartieron las mismas penas y tristezas, mezclando los sinsabores con los fogonazos de esperanza, en tono cristiano aprendido del Evangelio.
Unos vivieron virtudes heroicas dando testimonio ejemplar de fidelidad a Jesucristo y otros le fueron fieles en la vida ordinaria y normal con no menos heroicidad; porque a unos y a otros les movió el mismo denominador: el amor a Dios. Lo mismo imitó a Jesucristo el que dio su vida en el martirio cruel –arrebato de amor– que la madre santa que diariamente repite la sublimación de su vida por amor a Dios, dándose en entrega a los suyos, sin salir de los afanes domésticos. De ese modo se testimonia que es posible la santidad en la sencilla santidad asequible desde la casa y la calle, que es lo mismo que decir desde cualquier ámbito profesional y ciudadano.
Descubre y celebra la fiesta de hoy que todas las situaciones humanas honestas o dignas pueden ser iluminadas por el Evangelio y llevar al cristiano a la santidad; teniendo en circunstancias distintas la misma fortaleza de los mártires, el mismo afán misionero de Javier, la pasión por la Cruz de Pedro de Alcántara y la mismísima paciencia del santo Job. Se enlazan con la santidad todas las variantes y nimiedades de la vida sumergiéndolas en Dios: la casa, el campo, el taller, el laboratorio, la fábrica y los libros; también la deben conseguir los profesionales de la policía o de la docencia.
Son tantos los santos que faltan días del calendario para mostrarlos: «una gran muchedumbre que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus y lenguas». Unos fueron –Pedro, Pablo, Agustín, Jerónimo, Francisco, Domingo, Tomás, Ignacio, Teresa, Catalina– humanamente ilustres y, por ello, conocidos en su entorno humano y recordados en la posteridad; otros son anónimos como aquel niño enfermo, esa madre entregada, el empleado paciente y el empresario honrado; también consiguieron el Cielo el novio limpio y la enfermera valiente que perdió su trabajo por no querer someterse a la imposición del hospital que le mandaba colaborar en el aborto criminal. Estos solo llevaron aquella existencia gris que a nadie llamó la atención, nada esplendorosa; fueron unos más de esa multitud de gente buena de todos los tiempos que es vulgar.
No lo creímos demasiado cuando nos dijeron en su entierro que «murió como un santo», pero, ya ves, era verdad. Allí está. Supo ser fiel y, a escala humana, había decidido ser otro Cristo.
Archimadrid.org

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
«Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Palabra del Señor.

El Papa en Malmö: “Cristianos unidos seamos protagonistas de la revolución de la ternura”

Queridos hermanos y hermanas:
Doy gracias a Dios por esta conmemoración conjunta de los 500 años de la Reforma, que estamos viviendo con espíritu renovado y siendo conscientes que la unidad entre los cristianos es una prioridad, porque reconocemos que entre nosotros es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. El camino emprendido para lograrla es ya un gran don que Dios nos regala, y gracias a su ayuda estamos hoy aquí reunidos, luteranos y católicos, en espíritu de comunión, para dirigir nuestra mirada al único Señor, Jesucristo.
El diálogo entre nosotros ha permitido profundizar la comprensión recíproca, generar mutua confianza y confirmar el deseo de caminar hacia la comunión plena. Uno de los frutos que ha generado este diálogo es la colaboración entre distintas organizaciones de la Federación Luterana Mundial y de la Iglesia Católica. Gracias a este nuevo clima de entendimiento, hoy Caritas Internationalis y Lutheran World Federation World Service firmarán una declaración común de acuerdos, con el fin de desarrollar y consolidar una cultura de colaboración para la promoción de la dignidad humana y de la justicia social. Saludo cordialmente a los miembros de ambas organizaciones que, en un mundo fragmentado por guerras y conflictos, han sido y son un ejemplo luminoso de entrega y servicio al prójimo. Los exhorto a seguir adelante por el camino de la cooperación.
He escuchado con atención los testimonios, de cómo en medio de tantos desafíos entregan la vida día a día para construir un mundo que responda cada vez más a los designios de Dios. Pranita se ha referido a la creación. Es cierto que toda la creación es una manifestación del inmenso amor de Dios para con nosotros; por eso, también por medio de los dones de la naturaleza nosotros podemos contemplar a Dios. Comparto tu consternación por los abusos que dañan nuestro planeta, nuestra casa común, y que generan graves consecuencias también sobre el clima. Como bien has recordado, los mayores impactos recaen a menudo sobre las personas más vulnerables y con menos recursos, y son forzadas a emigrar para salvarse de los efectos de los cambios climáticos. Todos somos responsables de la preservación de la creación, y de modo particular nosotros los cristianos. Nuestro estilo de vida, nuestros comportamientos deben ser coherentes con nuestra fe. Estamos llamados a cultivar una armonía con nosotros mismos y con los demás, pero también con Dios y con la obra de sus manos. Pranita, te animo a seguir adelante en tu compromiso en favor de nuestra casa común.
Mons. Héctor Fabio nos ha informado del trabajo conjunto que católicos y luteranos realizan en Colombia. Es una buena noticia saber que los cristianos se unen para dar vida a procesos comunitarios y sociales de interés común. Les pido una oración especial por esa tierra maravillosa para que, con la colaboración de todos, se pueda llegar finalmente a la paz, tan deseada y necesaria para una digna convivencia humana. Que sea una oración que abrace también a todos los países en los que sigue habiendo graves situaciones de conflicto.
Marguerite ha llamado nuestra atención sobre el trabajo en favor de los niños víctimas de tantas atrocidades y el compromiso con la paz. Es algo admirable y, a su vez, un llamado a tomar en serio innumerables situaciones de vulnerabilidad que sufren tantas personas indefensas, aquellas que no tienen voz. Lo que tú consideras como una misión, ha sido una semilla que ha generado abundantes frutos, y hoy, gracias a esta semilla, miles de niños pueden estudiar, crecer y recuperar la salud. Te doy las gracias por el hecho de que ahora, incluso en el exilio, sigues comunicando un mensaje de paz. Has dicho que todos los que te conocen piensan que lo que haces es una locura. Por supuesto, es la locura del amor a Dios y al prójimo. Ojalá que se pudiera propagar esta locura, iluminada por la fe y la confianza en la Providencia. Sigue adelante y que esa voz de esperanza que escuchaste al inicio de tu aventura continúe animando tu corazón y el corazón de muchos jóvenes.
Rose, la más joven, ha manifestado un testimonio realmente conmovedor. Ha sabido sacar provecho al talento que Dios le ha dado a través del deporte. En lugar de malgastar sus fuerzas en situaciones adversas, las ha empleado en una vida fecunda. Mientras escuchaba tu historia, me venía a la mente la vida de tantos jóvenes que necesitan de testimonios como el tuyo. Me gustaría recordar que todos pueden descubrir esa condición maravillosa de ser hijos de Dios y el privilegio de ser queridos y amados por él. Rose, te agradezco de corazón tus esfuerzos y tus desvelos por animar a otras niñas a regresar a la escuela y, también, el que rece todos los días por la paz en el joven estado de Sudán del Sur, que tanto la necesita.
Después de escuchar estos testimonios valientes, y que nos hacen pensar en nuestra propia vida y en el modo cómo respondo a las situaciones de necesitad que están a nuestro lado, quiero agradecer a todos los gobiernos que asisten a los refugiados, a los desplazados y a los que solicitan asilo, porque todas las acciones en favor de estas personas que tienen necesidad de protección representan un gran gesto de solidaridad y de reconocimiento de su dignidad. Para nosotros cristianos, es una prioridad salir al encuentro de los desechados y marginados de nuestro mundo, y hacer palpable la ternura y el amor misericordioso de Dios, que no descarta a nadie, sino que a todos acoge.
Dentro de poco escucharemos el testimonio del Obispo Antoine, que vive en Alepo, ciudad extenuada por la guerra, donde se desprecia y se pisotean incluso los derechos más fundamentales. Las noticias nos refieren cotidianamente el inefable sufrimiento causado por el conflicto sirio, que dura ya más de cinco años. En medio de tanta devastación, es verdaderamente heroico que permanezcan allí hombres y mujeres para prestar asistencia material y espiritual a quien tiene necesidad. Es admirable también que tú, querido hermano, sigas trabajando en medio de tantos peligros para contarnos la dramática situación de los sirios. Cada uno de ellos está en nuestros corazones y en nuestra oración. Imploremos la gracia de la conversión de los corazones de quienes tienen la responsabilidad de los destinos de aquella región.
Queridos hermanos y hermanas, no nos dejemos abatir por las adversidades. Que estas historias nos motiven y nos den nuevo impulso para trabajar cada vez más unidos. Cuando volvamos a nuestras casas, llevemos el compromiso de realizar cada día un gesto de paz y de reconciliación, para ser testigos valientes y fieles de esperanza cristiana.
(from Vatican Radio)

Declaración conjunta con ocasión de la Conmemoración Católico –Luterana de la Reforma

«Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,4).
Con corazones agradecidos
Con esta Declaración Conjunta, expresamos gratitud gozosa a Dios por este momento de oración en común en la Catedral de Lund, cuando comenzamos el año en el que se conmemora el quinientos aniversario de la Reforma. Los cincuenta años de constante y fructuoso diálogo ecuménico entre Católicos y Luteranos nos ha ayudado a superar muchas diferencias, y ha hecho más profunda nuestra mutua comprensión y confianza. Al mismo tiempo, nos hemos acercado más unos a otros a través del servicio al prójimo, a menudo en circunstancias de sufrimiento y persecución. A través del diálogo y el testimonio compartido, ya no somos extraños. Más bien, hemos aprendido que lo que nos une es más de lo que nos divide.
Pasar del conflicto a la comunión
Aunque estamos agradecidos profundamente por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma, también reconocemos y lamentamos ante Cristo que Luteranos y Católicos hayamos dañado la unidad vivible de la Iglesia. Las diferencias teológicas estuvieron acompañadas por el prejuicio y por los conflictos, y la religión fue instrumentalizada con fines políticos. Nuestra fe común en Jesucristo y nuestro bautismo nos pide una conversión permanente, para que dejemos atrás los desacuerdos históricos y los conflictos que obstruyen el ministerio de la reconciliación. Aunque el pasado no puede ser cambiado, lo que se recuerda y cómo se recuerda, puede ser trasformado. Rezamos por la curación de nuestras heridas y de la memoria, que nublan nuestra visión recíproca. Rechazamos de manera enérgica todo odio y violencia, pasada y presente, especialmente la cometida en nombre de la religión. Hoy, escuchamos el mandamiento de Dios de dejar de lado cualquier conflicto. Reconocemos que somos liberados por gracia para caminar hacia la comunión, a la que Dios nos llama constantemente.
Nuestro compromiso para un testimonio común
A medida que avanzamos en esos episodios de la historia que nos pesan, nos comprometemos a testimoniar juntos la gracia misericordiosa de Dios, hecha visible en Cristo crucificado y resucitado. Conscientes de que el modo en que nos relacionamos unos con otros da forma a nuestro testimonio del Evangelio, nos comprometemos a seguir creciendo en la comunión fundada en el Bautismo, mientras intentamos quitar los obstáculos restantes que nos impiden alcanzar la plena unidad. Cristo desea que seamos uno, para que el mundo crea (cf. Jn 17,21).
Muchos miembros de nuestras comunidades anhelan recibir la Eucaristía en una mesa, como expresión concreta de la unidad plena. Sentimos el dolor de los que comparten su vida entera, pero no pueden compartir la presencia redentora de Dios en la mesa de la Eucaristía. Reconocemos nuestra conjunta responsabilidad pastoral para responder al hambre y sed espiritual de nuestro pueblo con el fin de ser uno en Cristo. Anhelamos que sea sanada esta herida en el Cuerpo de Cristo. Este es el propósito de nuestros esfuerzos ecuménicos, que deseamos que progresen, también con la renovación de nuestro compromiso en el diálogo teológico.
Pedimos a Dios que Católicos y Luteranos sean capaces de testimoniar juntos el Evangelio de Jesucristo, invitando a la humanidad a escuchar y recibir la buena noticia de la acción redentora de Dios. Pedimos a Dios inspiración, impulso y fortaleza para que podamos seguir juntos en el servicio, defendiendo los derechos humanos y la dignidad, especialmente la de los pobres, trabajando por la justicia y rechazando toda forma de violencia. Dios nos convoca para estar cerca de todos los que anhelan dignidad, justicia, paz y reconciliación. Hoy, en particular, elevamos nuestras voces para que termine la violencia y el radicalismo, que afecta a muchos países y comunidades, y a innumerables hermanos y hermanas en Cristo. Nosotros, Luteranos y Católicos, instamos a trabajar conjuntamente para acoger al extranjero, para socorrer las necesidades de los que son forzados a huir a causa de la guerra y la persecución, y para defender los derechos de los refugiados y de los que buscan asilo.
Hoy más que nunca, comprendemos que nuestro servicio conjunto en este mundo debe extenderse a la creación de Dios, que sufre explotación y los efectos de la codicia insaciable. Reconocemos el derecho de las generaciones futuras a gozar de lo creado por Dios con todo su potencial y belleza. Rogamos por un cambio de corazón y mente que conduzca a una actitud amorosa y responsable en el cuidado de la creación.
Uno en Cristo
En esta ocasión propicia, manifestamos nuestra gratitud a nuestros hermanos y hermanas, representantes de las diferentes Comunidades y Asociaciones Cristianas Mundiales, que están presentes y quienes se unen a nosotros en oración. Al comprometernos de nuevo a pasar del conflicto a la comunión, lo hacemos como parte del único Cuerpo de Cristo, en el que estamos incorporados por el Bautismo. Invitamos a nuestros interlocutores ecuménicos para que nos recuerden nuestros compromisos y para animarnos. Les pedimos que sigan rezando por nosotros, que caminen con nosotros, que nos sostengan viviendo los compromisos de oración que manifestamos hoy.
Exhortación a los Católicos y Luteranos del mundo entero
Exhortamos a todas las comunidades y parroquias Luteranas y Católicas a que sean valientes, creativas, alegres y que tengan esperanza en su compromiso para continuar el gran itinerario que tenemos ante nosotros. En vez de los conflictos del pasado, el don de Dios de la unidad entre nosotros guiará la cooperación y hará más profunda nuestra solidaridad.  Nosotros, Católicos y Luteranos, acercándonos en la fe a Cristo, rezando juntos, escuchándonos unos a otros, y viviendo el amor de Cristo en nuestras relaciones, nos abrimos al poder de Dios Trino. Fundados en Cristo y dando testimonio de él, renovamos nuestra determinación para ser fieles heraldos del amor infinito de Dios para toda la humanidad.
(RC-RV)